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lunes, 23 de marzo de 2015

El año de la muerte de Ricardo Reis



La vida inútil de un ’jijo e poeta

De 1984 data la primera edición en portugués de El año de la muerte de Ricardo Reis, novela del Premio Nobel de Literatura 1998: José Saramago, nacido en Azinhaga, Santarém, Portugal, el 16 de noviembre de 1922 [muerto en Tías, isla de Lanzarote, España, el 18 de junio de 2010]. Y la primera edición en castellano, traducida del portugués por Basilio Losada, data de 1985. 
      João Gaspar Simões, en Vida y obra de Fernando Pessoa (FCE, 1987), apunta que su biografiado murió a los 47 años de edad, tras un cólico hepático, en el Hospital de San Luis de los Franceses, en Lisboa, Portugal, el 30 de noviembre de 1935, y que entre sus heterónimos imaginó a tres poetas (consubstanciales a la celebridad póstuma de Fernando Pessoa): Álvaro Caeiro (nacido en 1889), Álvaro de Campos (nacido en 1890) y Ricardo Reis (nacido en 1887, un año antes que Pessoa), supuestamente educado por los jesuitas, médico de profesión, monárquico expatriado que había vivido en Brasil. 
José Saramago
(1922-2010)
     En este sentido, con tales datos y con otros (como el hecho de que los primeros poemas del Reis de Pessoa datan del 12 de junio de 1914), José Saramago imagina en su novela El año de la muerte de Ricardo Reis que tal médico y poeta, tras vivir 16 años en Río de Janeiro, ha cruzado el océano durante 14 días a bordo del Highland Brigade, que desembarca en Lisboa el 29 de diciembre de 1935 y se instala en el Hotel Bragança, donde se registra con 48 años de edad, natural de Porto, soltero, doctor en medicina, y con última residencia en Río de Janeiro. Así, una de las primeras cosas que hace después de su llegada es ir al cementerio donde fueron enterrados los restos de Fernando Pessoa, pues la noticia del fallecimiento de éste (un telegrama que le enviara Álvaro de Campos) fue lo que lo hizo regresar a Portugal.
Pasadas las doce y media de la noche, tras vagabundear por las calles de Lisboa que frenéticamente celebran el Año Nuevo, Ricardo Reis retorna a su cuarto de hotel y descubre que allí lo espera el fantasma de Pessoa, sin lentes y con el traje negro con que fue enterrado, quien además de puntualizarle sus características de hombre muerto (no puede verse en el espejo, tiene sombra, el agua no lo moja, no puede atravesar las paredes, nadie lo ve si no quiere que lo vean, no obstante hay personas que pueden verlo pero sin determinar si es un muerto o no), sólo durante nueve meses puede ir y venir del cementerio de Prazeres donde yace en la cripta donde también está enterrada doña Dionisia, su abuela loca; y como restan ocho meses antes del “olvido total”, le dice, solamente durante ese lapso podrán encontrarse. 
En la portada: Fernando Pessoa
(Alfaguara, México, 1988)
A lo largo de la novela El año de la muerte de Ricardo Reis, que concluye al término de los nueve meses (un día de agosto de 1936), Reis es visitado por Pessoa diez veces; y sólo una vez Ricardo Reis lo visita en el cementerio para hablar con él, pero Fernando Pessoa no se corporifica, solamente se oye su voz. Además de que los diálogos que sostienen son de lo más intrascendentes y banales, Reis no se extraña ante el hecho de que Pessoa sea un fantasma, ni nunca comentan el equívoco de que Ricardo Reis figure ante la opinión pública como uno de los heterónimos de Pessoa (cosa que el propio Reis lee en uno de los periódicos que por entonces dieron la noticia de la muerte de Pessoa y de sus “innumerables yoes”), sino que ambos se comportan y platican como dos individuos independientes entre sí, pese a que Pessoa en un momento dice conocer muy bien los poemas que Reis escribe en secreto, es decir, sin que Pessoa los haya leído. 
     A esto se añade el hecho de que Ricardo Reis actúa como si no tuviera más memoria que la que cultiva a partir de su retorno a Lisboa, como si no tuviera pasado, ni en Portugal ni en Brasil, ni ningún lazo familiar ni amistoso, como si hubiera salido de la nada o de la página de un libro, quizá de un ejemplar de la biblioteca del Highland Brigade, a la que pertenece The god of the labyrinth, novela policiaca de Herbert Quain con la que desembarcó, pues olvidó devolverla, y que a lo largo de la novela a veces lee sin que nunca la concluya, cuyo título y autor resultan un tributo de José Saramago a Jorge Luis Borges, puesto que evocan el cuento que el argentino escribió en forma de ensayo: “Examen de la obra de Herbert Quain” (sobra decir que autor y obra son imaginarios), reunido en El jardín de senderos que se bifurcan (Sur, 1941) y luego en Ficciones (Sur, 1944).
Con la desbordante, exhaustiva y apretada fluidez verbal que distingue el estilo narrativo de José Saramago, el dibujo de la personalidad solitaria e individualista de Ricardo Reis, repleto de atavismos y prejuicios decimonónicos y conservadores, y el trazo de las anécdotas que desencadena su estancia de dos meses en el Hotel Bragança y luego en un segundo piso de un edificio del Alto de Santa Catarina durante el resto del tiempo de 1936 que precede a su muerte anunciada en el título, la novela El año de la muerte de Ricardo Reis abunda en digresiones y palabrería, incluso sobre cosas nimias y prescindibles. De hecho, lo que concierne a las vivencias de Ricardo Reis y a su estereotipado desasosiego de solitario existencialoide de los años 50, es un relato muy simple, lineal, sin complicaciones, y tal parece que Ricardo Reis, su inutilidad y su grisura, sólo fue el pretexto para que José Saramago, tras consultar libros de historia, periódicos y anuncios de la época, bosquejara consabidos y novelescos indicios del contexto social, político y beligerante que en 1936 masiva y tumorosamente se propagaba en Portugal y en Europa contra la “conjura roja” fermentada como secuela e influjo de la Revolución de Octubre de 1917; es decir, el fortalecimiento nacionalista, policiaco y fascistoide del gobierno del dictador Antonio de Oliveira Salazar, empeñado en destruir a los subversivos y comunistas, en simpatizar y coquetear con las andanadas y pavoneos de los camisas negras de Benito Mussolini y de los nazis de Adolf Hitler, en brindar apoyo tanto a los refugiados españoles de la derecha opuestos al triunfo (ocurrido ese año) del Frente Popular y al gobierno republicano de España, como al posterior levantamiento militar que el general Francisco Franco encabezó en Marruecos, dando inicio a la cruenta Guerra Civil de España (1936-1939).
Vale que repetir que el protagonista de El año de la muerte de Ricardo Reis, la novela de José Saramago, es un personaje gris y patético, cuyo egocentrismo y conducta moral y sexual pueden suscitar vómito y diarrea; el cual, por inocuo y solitario (esto se transluce a leguas), no justifica (y más bien resulta un absurdo kafkiano) que la ominosa policía política (policía de vigilancia y defensa del Estado) lo tome por sospechoso de subversión y le extienda un citatorio para interrogarlo sobre su itinerario y sus vínculos políticos en Brasil y en Portugal, además de que un polizonte apestoso a cebolla lo espía y le sigue los pasos. 
     Puesto que Ricardo Reis desembarca en Lisboa cargado de libras inglesas, se da el lujo de vivir holgadamente, a imagen y semejanza del trillado clisé de un inútil señorito o buen burgués que no necesita trabajar para vivir, lo cual no riñe con su declarada índole monárquica, antidemócrata, antisocialista y antirrevolucionaria. Tal es así, que pudiendo montar su propio consultorio, sólo se emplea de médico sustituto durante unas semanas (tres días de cada semana), y esto sólo para dar la apariencia de que trabaja; cuando el médico titular retorna a su puesto, Ricardo Reis se interesa cada vez menos por volver a desempeñar su profesión. Y día tras día, desde su arribo a Lisboa, mata lastimosa y desvergonzadamente el tiempo, ya sea deambulando por diversos sitios, leyendo la novela de Herbert Quain o los periódicos censurados por la dictadura (dizque para mantenerse informado de lo que pasa en el mundo), abandonándose a la secreta escritura de sus secretos poemas (sólo los comparte con Pessoa), de los cuales José Saramago intercala algunos versos del poeta Ricardo Reis creado por el verdadero Pessoa, extirpados de por allí y acullá.
  Bien lo dice el sueco Ingmar Bergman en una página de la Linterna mágica (Tusquets, 1988), uno de sus libros de memorias: “Y pensar que crecen a menudo lirios en el culo de los cadáveres”, pues además de todo lo anterior, Ricardo Reis también mata el tiempo durmiendo la mona hasta el mediodía cuando la sirvienta (su amante) empieza a ir con menos frecuencia a su alquilado piso, y, desde luego, a través de lo que corresponde a su enredo sexual y clasista con la susodicha criada, de nombre Lidia (homónima de una de las musas de sus poemas), a la que recién llegado de Río de Janeiro conoce en el Hotel Bragança, mientras se siente estúpidamente atraído y más o menos enamorado de Marcenda, una joven de 23 años de edad, virgen e hija de un notario de Coimbra, a la que cada mes, desde hace tres años, su padre la lleva a Lisboa instalándose en el Hotel Bragança, mientras buscan que un tratamiento médico le cure la inmovilidad del brazo izquierdo.
Fernando Pessoa
(1888-1935)
   Si Ricardo Reis, más o menos a escondidas, sexualmente se desahoga con la camarera Lidia, a la señorita Marcenda (bella para él) le escribe en secreto poemas y cartas cursis, la espera ansiosamente como un trivial, onanista y eterno adolescente burgués, e incluso, con tal de hacerse el encontradizo, el muy ateo emprende un viaje en autobús a Fátima confundido entre los miserables y dolientes peregrinos que buscan alivio ante la imagen de la Virgen. Sin embargo, si no la encuentra allí, su enamoramiento y pseudoseducción fracasa estrepitosamente, pues Marcenda rechaza a Reis cuando le pide matrimonio, al parecer por cierta androfobia y miedo a la infelicidad.
De un modo ideal, a Lidia, la camarera del Hotel Bragança, el lector puede imaginarla con los nutritivos y sensuales rasgos que la actriz Jeanne Moreau luce en su caracterización de Célestine, la protagonista de Diario de una camarera (1964), el filme de Luis Buñuel ubicado en la Francia de 1928. Pero como se trata de una mujer acostumbrada a la rudeza del trabajo doméstico y semianalfabeta, quizá sus rasgos sean más o menos parecidos a los de la pobre y fea Marianne (Muni), la tonta y lacrimosa criada que a la fuerza se fornica el ridículo donjuán de la casa: Monsieur Monteil (Michel Piccoli). 
   En el Hotel Bragança, Ricardo Reis se enreda con Lidia debido a una recíproca atracción carnal; pero nunca pierden la perspectiva (mucho menos él) de que se trata de una relación clandestina entre un señor doctor y una simple criada, a quien el ñoño y megalómano de Ricardo Reis ve como un sencillo ejemplar de la clase trabajadora y, por lo tanto, por debajo de su cultura, de su nivel pecuniario y de su posición social. 
   De modo que durante los dos meses en el Hotel Bragança sostienen una serie de encuentros más o menos ocultos, que sin embargo se vuelven la comidilla de los empleados y del untuoso y servil gerente. Esto y el citatorio de la policía tornan el ambiente irrespirable (incluso en el restaurante del hotel), por lo que Ricardo Reis se ve impelido a buscar otro sitio, que resulta ser el segundo piso del edificio del Alto de Santa Catarina, a donde Lidia va durante sus días libres para hacer la limpieza y a acostarse con Reis, a quien siempre trata con el respeto y la distancia que una criada le debe a un señor doctor. 
  Hay destacar que el sentido práctico de Lidia, su calidad moral y sus conjeturas frente a los sucesos del orbe (en particular los de Portugal, pues su joven hermano es un marino comunista que muere durante un intento subversivo), están muy por encima del egocentrismo y de los atavismos decimonónicos y de clase pudiente de Ricardo Reis. Así que cuando Lidia le da la noticia de que está embarazada, ella decide tener el hijo, ya sea que Reis lo reconozca o no. Ricardo Reis, el médico, el poeta, el culto, el docto bicho que a todas luces sabía que la mujer podía quedar embarazada, como un cobarde evita casarse con ella debido a que se trata de una simple criada, y no tarda mucho en eludir la paternidad del futuro bebé. 
   Así, el bueno para nada de Ricardo Reis, que se niega a trabajar de médico, una y otra vez duerme hasta el mediodía; incluso una vez se queda dormido en el retrete, entre otras formas de castrar sin misericordia al dios Cronos, y el piso y él paulatinamente se tornan más sucios, malolientes y desaliñados. “No tengo trabajo ni ganas de buscarlo, mi vida transcurre entre esta casa, el restaurante y un banco de jardín, es como si no tuviera otra cosa qué hacer más que esperar la muerte”, se dice. 
   Fantasea, además, con regresar a Brasil. Y asiste como un absurdo e inútil curioso a un mitin masivo convocado por los sindicatos de la derecha nacionalista adheridos al régimen de Salazar (entre cuya fauna vociferante descuellan los invitados de honor: de la falange española, de los nazis de Alemania, y de los fascistas de Italia). 
  La fácil huida de su personal e inútil vida gris (no de lo que ocurre en Portugal, en España y en toda Europa) y por ende de las responsabilidades que engendró con Lidia y con el futuro hijo de ambos, es la huida de un triste cobarde. Y la emprende precisamente cuando Pessoa, el día de agosto de 1936, dado que se han cumplido los nueve meses de su índole fantasmal, va a despedirse de Ricardo Reis y entonces éste opta por seguirlo al cementerio, al más allá. 

José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis. Traducción del portugués al castellano de Basilio Losada. Alfaguara. México, 1998. 432 pp. 


lunes, 11 de agosto de 2014

El cuento de la isla desconocida



La pareja ideal y la isla que fue el Paraíso

Traducido del portugués al español por Pilar del Río, mujer del autor, El cuento de la isla desconocida (1999), de José Saramago [1922-2010], impreso en México por Alfaguara, incluye en la cubierta un cintillo que anuncia: “Los beneficios de esta edición se destinarán íntegramente a ayudar a los damnificados de Centroamérica”. Y al término, luego del colofón, figura otra nota en la que se acredita el nombre de las compañías y de las personas que hicieron posible tal proyecto. Es decir, con este ardid publicitario (y humanitario, al parecer) que en primera instancia beneficia y publicita la imagen pública e internacional de la editora y de José Saramago y la venta de sus libros no sólo en lengua castellana, el lector anónimo compra la idea de que ha contribuido con una causa noble manejada quién sabe por cuál de todas las organizaciones humanitarias, que en este caso, pese a las particularidades geográficas, sociales, económicas y políticas de cada país centroamericano, no duda en meter en un solo costal a todos los damnificados de Centroamérica.
(Alfaguara, México, 1999)
   El cuento de la isla desconocida es una minúscula gota del desbordante y descomunal talento narrativo que distingue al Premio Nobel de Literatura 1998. Se trata de una narración fantástica y onírica, aderezada con un efluvio de antiguo cuento de tradición oral, cuya urdimbre apela a mitos, arquetipos y símbolos cosmogónicos y genésicos que habitan el inconsciente colectivo, y a viejos interrogantes existenciales que suelen atosigar ya a la mujer o al hombre que se busca a sí mismo a través de su actividad y destino definitorio, ya al hombre y a la mujer que buscan ser pareja sin jamás encontrarse (pese a estar el uno frente al otro), pero que acaso llegan a coincidir en un sueño (inasible y volátil) que implica la nostalgia del Paraíso Perdido, el retorno a la Tierra de Nunca Jamás, la reinvención de la isla desconocida que navega hacia un destino incierto y que de algún modo prefigura (o puede prefigurar) el silencio, la isla desierta habitada por la pareja arquetipo, cada uno aislado en la soledad, desolación e incomunicación más extrema: “todo hombre es una isla”, reza el robinsoniano y lapidario adagio.
José Saramago y Pilar del Río
Hay una pátina kafkiana en el inicio de El cuento de la isla desconocida, precisamente cuando el simple mortal, el espécimen de la masa anónima se dirige a la casa del rey de la ciudad para solicitarle un barco. El rey, un egocéntrico y fetichista hasta los huesos, se pasa el día sentado a la puerta de los obsequios, lamiendo al placer de recibir y coleccionar regalos. Así, hace caso omiso ante las solicitudes que le llegan a través de la puerta de las peticiones, delegando el trabajo a una pirámide burocrática que termina en la mujer de la limpieza, quien es la que atiende al hombre que pide un barco, el cual, ante la negligencia del rey, decide apostarse frente a la puerta de las peticiones. El rey, movido por la posibilidad de incrementar el flujo de regalos y no por satisfacer al hombre, va a hablar con él en persona y no tarda en otorgarle un navío para que halle la isla desconocida, más que nada inducido por el clamor popular que se arma frente a la puerta. 
La mujer de la limpieza abandona la casa del rey y sin que el hombre del barco lo sepa, sigue a éste, que va hacia el muelle donde el capitán del puerto, tras leer la tarjeta del rey, le entrega una nave que fue carabela, es decir, “del tiempo en que toda la gente andaba buscando islas desconocidas”. Así, en el presente del relato ya es el tiempo en que las islas desconocidas dejaron de existir, lo cual le refrenda el capitán del puerto a ese hombre que además desconoce el oficio de la marinería y de la navegación oceánica. Sin embargo, el hombre le espeta una declaración de principios que parece irrebatible: “todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas”. Pero que no obstante olvida, como el más burro entre los burros, según le informa a la mujer sobre su fracaso para reclutar marinos: “Cómo podría hablarles de una isla desconocida, si no la conozco”. 
Mientras el hombre de la carabela fue a enganchar marinos para la delirante travesía, la mujer de la limpieza comienza a desempeñarse en su oficio; pero además, a la larga, deja ver que en relación al hombre es mucho más práctica y pragmática, aparte de colegir y aprender mucho más rápido el arte de la marinería. La mujer siguió al hombre porque fue seducida por el sueño de encontrar con él la isla desconocida. Pero al hombre, más que aspiraciones geográficas y fundacionales, parecen impulsarlo resortes interiores, existenciales, que pueden ser falaces o no: “quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién soy yo cuando esté en ella”, le dice; “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres”; “Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros”. Sin embargo, la travesía que emprenden en ese barco/isla que aún se halla atracado en el puerto y sólo con ellos dos a bordo, es un viaje onírico, interior, que han emprendido despiertos, ya intercambiando acuerdos, anécdotas e ideas, y con el aleteo de la incipiente, distante y mutua seducción, mismo que continua cuando uno se va a dormir a babor y el otro a estribor. 
   En el sueño del protagonista la carabela lleva tiempo navegando. A bordo hay tantas mujeres como marinos, hartos ya de navegar hacia un destino incierto y bajo una razón absurda, pues se da por entendido que la isla desconocida sólo existe en la cabeza del hombre del navío. La mujer de la limpieza decidió no ir en el último minuto. La carabela transporta tal variedad de flora y fauna que parece un Arca de Noé, una isla/navegante que va a fundar un Mundo Nuevo en una latitud desconocida; tal carga evoca la flora y fauna del Daphne, el navío aparentemente desierto de La isla del día de antes (Lumen, 1995), novela de Umberto Eco, al que Roberto de la Grive arriba como un náufrago amarrado a un tablón cierto día de 1643, cuyo objetivo primordial, el de la nave, era y es resolver el misterio de las longitudes, es decir, el modo de fijar el antimeridiano de la Isla del Hierro (el 180) y al unísono acceder a los tesoros de las Islas de Salomón. Cuando en el relato de José Saramago las mujeres y los marinos abandonan la carabela, se llevan los animales: patos, conejos, gallinas, bueyes, burros, caballos, gaviotas y gaviotillas, y sólo dejan “los árboles, los trigos y las flores, con las trepadoras que se enrollaban a los mástiles y pendían de la amurada como festones”. Así, la isla/carabela, con un solitario Robinson Crusoe al timón, prefigura el ámbito de la utopía, donde la primera mujer quizá brote de su onírica costilla. “Las raíces de los árboles están penetrando en el armazón del barco, no tardará mucho en que estas velas hinchadas dejen de ser necesarias, bastará que el viento sople en las copas y vaya encaminando la carabela a su destino. Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, estarían escondidos por ahí y pronto decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es hora de la siega. Entonces el hombre fijó la rueda del timón y bajó al campo con la hoz en la mano, y, cuando había segado las primeras espigas, vio una sombra al lado de su sombra. Se despertó abrazado a la mujer de la limpieza, y ella a él, confundidos los cuerpos, confundidas las literas, que no se sabe si ésta es la de babor o la de estribor [lo cual sugiere que se trata de otro sueño, pero de un sueño en el que confluyen el sueño que cada uno sueña en su camastro]. Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma.”
(Joaquín Mortiz, México, 1979)
Sobre el trazo y el sueño de una isla y el dibujo y el sueño de la pareja arquetipo, escribe Julieta Campos [1932-2007] casi al inicio de El miedo de perder a Eurídice (Joaquín Mortiz, 1979), seductora y poética novela signada por su extraordinario bagaje literario, insular y onírico, en la que se halla implícito el cuento de José Saramago: “Eranse una vez, un hombre y una mujer. El hombre y la mujer soñaban. El hombre y la mujer se habían soñado y al soñarse se habían inventado. Voy a contar, pues, la historia de un sueño: Erase una vez una pareja: la pareja ideal, la pareja perfecta, la pareja arquetípica, la que reuniría en su doble rostro los rasgos de todos los amantes de la historia, de los que hubieran podido amarse, de los que han imaginado los poetas y de los que no han sido imaginados todavía. Eran (serían) a un tiempo [...] La historia podría comenzar en cualquier momento. Acaso así: La isla surgió al mismo tiempo en la fantasía de ambos que, irreflexivamente, decidieron en ese instante convertirla en el espacio de su amor. Fue entonces el lugar del encuentro soñado y el lugar soñado del encuentro. O bien: Fue entonces cuando la isla empezó a brotar dulcemente del mar como una Venus con los pies mojados por las ondas. Engendrada en una noche tormentosa, nació predestinada. Sería ingenuo evocar una aurora: la creación es un misterio y el paisaje de los misterios es familiar de las tinieblas [...] El sueño de él y el sueño de ella coinciden en más de un punto, de tal modo que resulta difícil determinar cuándo es él quien sueña y cuándo es ella. Todavía no sé si se aman porque sueñan o si sueñan porque se aman. Contarlos y contar la historia de su sueño será, sospecho, la única manera de descubrirlo”.
José Sarmago y Pilar del Río


José Saramago, El cuento de la isla desconocida. Traducción del portugués al español de Pilar del Río. Diseño gráfico e ilustraciones en color de Manuel Estrada. Alfaguara. México, 1999. 54 pp.






sábado, 23 de febrero de 2013

Todos los nombres




Todos somos el burócrata desconocido

De 1997 data la primera edición en portugués de Todos los nombres, novela del lusitano José Saramago [nacido en Azinhaga, Santarém, Portugal, el 16 de noviembre de 1922; muerto en Tías, isla de Lanzarote, España, el 18 de junio de 2010]. Y de 1998 data la primera edición en castellano, traducida por la española Pilar del Río, esposa del escritor. 
José Saramago y Pilar del Río
En medio del protagonismo y del trabajo autopublicitario que una y otra vez despliega en México, José Saramago parece ser un hombre sencillo y con una gran simpatía y solidaridad hacia la beligerancia otrora armada y ahora política del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional). Es por ello que para cientos de lectores no es difícil admirarlo o simpatizar con él desde los sótanos y las catacumbas de la masa anónima y que casi parezca un sacrilegio que una novela suya, nada menos que del rimbombante Premio Nobel de Literatura 1998, no le guste a este ínfimo reseñista (más xalapeño que el chile jalapeño).
El reseñista confiesa que hasta ahora [mayo 17 de 2001] sólo ha leído y reseñado un puñado de libros de la abundante bibliografía de José Saramago: Memorial del convento (1982), El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), El Evangelio según Jesucristo (1991), Ensayo sobre la ceguera (1995), El cuento de la isla desconocida (1998) y ahora Todos los nombres, que le resulta el más soporífero y el menos afortunado de tal conjunto, pese a que según ha dicho el autor y la sonora publicidad, es la segunda parte de la trilogía integrada por Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres y La caverna (2000), con la que según la nota anónima de Alfaguara, José Saramago “deja escrita su visión del mundo actual, de la sociedad humana tal como la vivimos.” Y quezque “En definitiva: no cambiaremos de vida si no cambiamos la vida.”
(Punto de lectura, España, 2000)
Todos los nombres es una novela lineal, gris, plagada de palabrería, circunloquios, digresiones y ripios, no obstante que el autor parece muy autocomplacido e inspirado rellenando páginas y páginas. El protagonista, un burócrata microscópico e intrascendente, es el único personaje del que la voz narrativa dice su nombre: don José, con 50 años de edad, 25 de ellos trabajando de simple escribiente en la Conservaduría General del Registro Civil de una incierta y antigua ciudad de un pequeño país, cuyos borrosos modelos quizá sean Lisboa y Portugal. Don José, con escasa cultura, repleto de fobias y prejuicios, solitario y pobretón, subsiste en una astrosa covacha que colinda con el edificio de la Conservaduría, separado tan sólo por una delgada puerta condenada por donde podría entrar (y retornar) al sitio de su empleo. Aparte de su chamba y de sobrevivir sin mayor pena ni gloria, en su reducido y fétido cuchitril cultiva un único hobby (su subliminal fetichismo) con el que lastimosamente mata las horas libres de cada día: colecciona recortes de periódicos y revistas con noticias de personajes famosos de su país elegidos por su limitado criterio. Un día decide darle mayor fundamento, según él, a los datos de los héroes de su colección, añadiendo a cada expediente la copia del acta de nacimiento de cada uno y otros informes particulares (como el bautizo, el casamiento y el divorcio), por lo que se permite usar la llave que abre y cierra la puerta condenada que comunica su casucha con el interior de la Conservaduría General del Registro Civil. 
En esas inocuas tareas subrepticias (de ratón de archivo) aún se halla, cuando sin buscarlo ni quererlo se trae a su casucha, entre otros papeles de la Conservaduría, la ficha de una mujer desconocida de 36 años, cuyos datos copia y se torna su onírica, insomne y delirante obsesión, pues emprende la pálida odisea de localizarla para que de viva voz le cuente los pormenores su vida de mujer desconocida. Búsqueda que implica el inconsciente y recóndito anhelo de encontrar su media naranja: el amor de la mujer ideal que nunca ha vivido en su trayecto de eterno solitario y burócrata de escasos recursos. 
José Saramago y Pilar del Río
Los episodios y giros de la torpe, timorata, fóbica y prejuiciosa pesquisa que don José realiza (falsificación de credenciales, impostura de personalidad, engaño a varios informantes, asalto nocturno a un colegio y robo de boletas de calificaciones, intromisión en el departamento de la mujer desconocida, entre otros que puede descubrir el lector por su cuenta) son de lo más infelices y simplones, tan infelices y simplones, como los devaneos interiores de su oscura, subterránea, torpe, timorata, fóbica y prejuiciosa subsistencia de burócrata desconocido perdido en los oscuros meandros de la masa anónima de los burócratas desconocidos habidos y por haber. 
Según la contraportada, “Todos los nombres es a todas luces una novela psicológica, en la que el autor traza un perfecto retrato del funcionario don José y a la vez una crítica irónica de la burocracia.” Pero si bien la novela traza un retrato del burócrata don José, no es una novela psicológica; no se sabe nada, por ejemplo, de los rasgos de su rostro y de su cuerpo, nada de su niñez, de su adolescencia, de su juventud, de su formación, de los traumas de su vida familiar, de su vida sexual y desarrollo psicosexual, como para elaborar indicios o el rompecabezas de un cuadro psicopatológico o psicoanalítico, además de que no hay introspección en su mundo interior, ni reveladores monólogos interiores, pese al relato de algunas de sus pesadillas y sueños y a sus solitarias divagaciones en las que a veces la voz narrativa le inventa un artificial e inverosímil alter ego con el que dialoga y debate consigo mismo, como es el caso del sabihondo y dicharachero techo de su cuchitril, quien le llega a decir: “los techos de las casas son el ojo múltiple de Dios”, o sea: omnisciente y ubicuo. 
José Saramago
Y en cuanto a la supuesta “crítica irónica de la burocracia”, hay que decir que esto es relativo, pues además de que en la Conservaduría General del Registro Civil sólo trabajan unos cuantos empleados (ocho escribientes, cuatro oficiales, dos subdirectores y el jefe), su rígida, ritual, cabizbaja y minusválida conducta de autómatas incapaces de pensar y de tomar decisiones por sí mismos y por las condiciones laborales que imperan, más bien parecen el minúsculo y retorcido reflejo de un país totalitario, pues los grises burócratas, además de egoístas, gandallas y delatores entre sí, pueden ser humillados por el jefe, castigados o despedidos por él a la menor provocación y por la más minúscula burrada. O sea que el jefe se comporta y pavonea a imagen y semejanza de un despótico y arbitrario dictadorzuelo de baja estofa que hace y deshace a su antojo, apoyado por las añejas costumbres y por el reglamento disciplinario con malolientes visos militaroides; a lo que se añade el hecho de que una de sus ocupaciones primordiales es espiar, a imagen y semejanza de un pernicioso policía, los hábitos personales y los movimientos íntimos de sus subalternos. 
Esta perspectiva, desde luego, es de las licencias imaginarias de José Saramago, como la circunstancia de que en la Conservaduría General del Registro Civil de Todos los Nombres, pese a poder modernizarse y a que constantemente aumenta el volumen de los archivos de los vivos y de los muertos, aún trabajan a la antigüita, sólo por preservar la rancia tradición; es decir, los armarios y los estantes son de madera, no hay máquinas de escribir y mucho menos computadoras e Internet, y los burócratas todavía usan plumas que introducen en tinteros y que empuñan sobre papel secante. O el caso del descomunal y ciego muro posterior que es derrumbado para levantar otro, cada vez que a la Conservaduría le falta espacio para más anaqueles, que son altísimos, y por ende los escribientes tienen que subir a lo alto con una escalera y atados a una cuerda y con una lámpara de mano; además de que existe otra lámpara más poderosa y otra cuerda mucho más larga llamada hilo de Ariadna (epítome inverosímil entre incultos burócratas) que utilizan atada al tobillo para no extraviarse en la laberíntica y densa oscuridad del archivo de los muertos, pues podrían morir perdidos como niños abandonados en el nocturno bosque plagado de sombras, alimañas y fieras salvajes, o apachurrados por montones de papeles como cucarachas kafkianas. Hay que destacar, además, que en el archivo de los muertos predomina el caos y el descuido de ciertos burócratas, lo cual conforma una contradicción y una paradoja ante el orden del archivo de los vivos y frente a lo imperioso del reglamento disciplinario y de las exigencias del jefe, siempre rigurosamente bien vestido y rasurado y sin un minúsculo cabello fuera de su lugar.
Pero la vertiente imaginaria se torna aún más exagerada y enloquecida en el complicado laberinto que es el Cementerio General, cuyos extensos brazos de monstruoso pulpo se enredan en espacios de la urbe otrora destinados a los vivos, por lo que éstos, para no perderse al enterrar o al visitar a los suyos, tienen que valerse de un mapa.  
El insípido y desconocido don José llega a ir al Cementerio debido a que en su búsqueda de la mujer desconocida se topa con su recién e incomprensible suicidio. En la sección de los suicidas del Cementerio, don José cree encontrar la sepultura de la inasible y evanescente fémina, incluso pasa la noche allí hecho un ovillo en el tronco de un olivo; pero a la mañana siguiente un pastor con su rebaño que pasa por donde se halla le revela la imposibilidad de localizar la tumba de la mujer desconocida, pues todos los nombres que se leen en las lápidas de mármol no corresponden a los restos enterrados, debido a que el mismo pastor cambia a su antojo los números de las sepulturas antes de que los enterradores del Cementerio coloquen las piedras con los nombres grabados. Antes de irse de allí, ya solo, don José cambia de nuevo el número que tenía el falso túmulo de la mujer desconocida, con la esperanza de que la casualidad haga que el pastor, cuando de nuevo meta la mano para modificar los números, regrese a su sitio la cifra que le corresponde a la mujer de sus desvelos y sueños. 
Pilar del Río
Cabe añadir que cuando don José engaña a los padres de la suicida y logra entrar en el departamento donde ella vivió, se exacerba su fetichismo y el lúbrico apetito que inconscientemente le daba impulso en su búsqueda de la mujer desconocida y demás fantaseos, pues cuando ya está allí “piensa que si abre el armario no resistirá al deseo de recorrer con los dedos los vestidos colgados, así, como si estuviese acariciando las teclas de un piano mudo, piensa que levantará la falda de uno para aspirarle el aroma, el perfume, el simple olor”. Cosa que ejecuta con deleite (música para el tacto y el olfato) cuando ya se encuentra en el borde de la cama y una y otra vez desliza “la mano despacio por el embozo bordado de la sábana”. Y tras abrir el armario, mete el rostro entre los vestidos y aspira la fragancia. Y luego, al suponer que pasará la noche en el lecho donde dormía ella, no elude pensar en un sueño erótico y en una satisfacción onanista. 
Cuando don José deja el departamento de la suicida y retorna a su cuchitril, pese a que es domingo, el jefe de la Conservaduría se ha metido a su covacha y lo espera allí, sentado a la mesa, con las inculpatorias pruebas del inofensivo crimen: las falsas credenciales, las fichas escolares de la mujer desconocida robadas en el colegio, el cuaderno de apuntes donde don José puntualmente ha registrado sus culpables actos y sus íntimas pulsiones, y algunos documentos oficiales extraídos de la Conservaduría General del Registro Civil. Pero, oh paradoja, el despótico jefe, el auténtico y despiadado policía que no le perdonaría la vida ni a su propia mamita ni a su propia abuelita, no lo despide en un tris de su mugrienta chamba ni acepta la renuncia del diminuto subalterno, sino que se vuelve cómplice de sus fraudulentos y pecaminosos actos de burócrata solitario y desconocido, e incluso le enmienda la página, pues le sugiere “hacer para esta mujer una ficha nueva, igual que la antigua, con todos los datos exactos, pero sin la fecha del fallecimiento”, y que luego la coloque “en el fichero de los vivos como si ella no hubiese muerto”; por lo que prácticamente le ordena a don José que busque y halle la extraviada acta de defunción de la mujer desconocida y que la destruya. Atrevida y valiente misión que don José, una vez que el conservador se ha marchado, ni tardo ni perezoso se dispone a realizar yendo de su pocilga a la Conservaduría, donde en la mesa del jefe abre el cajón y toma la potente linterna y el hilo de Ariadna; luego se ata al tobillo la punta del hilo y avanza heroico hacia la terrorífica y laberíntica oscuridad. Suerte, pues podría no encontrar el acta de defunción o morir despanzurrado. 
José Saramago y Pilar del Río

José Saramago, Todos los nombres. Traducción del portugués al español de Pilar del Río. Punto de lectura. España, 2000. 352 pp.