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viernes, 25 de marzo de 2016

El Evangelio según Jesucristo


Todo cuanto interesa a Dios, interesa al Diablo 


En su momento, el anuncio mundial del Premio Nobel de Literatura 1998 otorgado al escritor José Saramago [nacido en Azinhaga, Santarém, Portugal, el 16 de noviembre de 1922; muerto en Tías, isla de Lanzarote, España, el 18 de junio de 2010] exacerbó, como es tradicional, las numerosas ediciones y reediciones masivas y las traducciones múltiples de sus libros. E ineludiblemente a tal golosa publicidad y tumultuosa venta (tal si se tratara de rosquillas milagrosas o de gladicroquetas afrodisíacas para resucitar al muerto) contribuyó la condena del Vaticano a su novela El Evangelio según Jesucristo, traducida al español por Basilio Losada, cuya primera edición en portugués data de 1991. Quizá no venga al caso, pero algo semejante sucedió, también en su momento y aún más terrible en el ámbito musulmán, cuando el 14 de febrero de 1989 el ayatollah Jomeini ordenó la búsqueda y el asesinato del escritor anglo-hindú Salman Rushdie (Bombay, 1947) por las presuntas “blasfemias” de su novela Los versos satánicos (1988), obra maldita y apestada, que por maldita y apestada (¡qué buen marketing!) se volvió aún más célebre y multitraducida.

Primera edición en México: noviembre de 1998
Alfaguara/Biblioteca José Saramago
   Desde las primeras páginas de El Evangelio según Jesucristo (Alfaguara, 1998), las que describen el grabado en madera, en cuya estampa (reproducida en el libro) se ve a Jesús recién crucificado en el Gólgota, rezuma el afán iconoclasta, irónico, erótico y crítico de José Saramago, que es el corrosivo que predomina a lo largo de la novela al cuestionar, imaginariamente, ciertos cánones que en toda la aldea global preserva y dicta la poderosa Iglesia católica. 

Grabado sin título reproducido en
El Evangelio según Jesucristo (Alfaguara, México, 1998)
   Repleta de digresiones, comentarios desde el siglo XX, bagazo y palabrería de la que se place la voz narrativa (y que celebran hasta el hartazgo los corifeos de aquí, allá y acullá que idolatran a José Saramago y queman cirios e incienso por él), la novela El Evangelio según Jesucristo narra la vida de Jesús, desde que nace hasta que muere crucificado. Sin embargo, la obra no se apega al pie de la letra a lo que rezan los libros canónicos, los Evangelios apócrifos y la mistificada tradición católica, sino que a manera de un palimpsesto y como le viene en gana al autor, trastoca y manipula los episodios más populares y consabidos (incluso integrando versículos); es decir, según los propósitos novelísticos de José Saramago, que no son los de un teólogo erudito que dicta cátedra con los pelos de la burra en la mano, sino los de un mortal sin fe con nociones religiosas e históricas que juzga y arremete a mazazos contra la catedral católica; el resultado de la ostia: literatura repleta de anécdotas perversas, sangrientas y crueles que ponen en tela de juicio los cruentos, legendarios y míticos cimientos sobre los que se erige la colosal y todopoderosa idea de Dios y de Cristo en la cruz con que a lo largo de los siglos ha gobernado la Iglesia con mayor poder e influjo en el inconsciente e imaginario colectivo del mundo occidental, en su pensamiento e historia.
Cuando el muchachito Jesús tiene 14 años, después de que José, su padre, carpintero de Nazaret, fue crucificado entre un grupo de 39 guerrilleros de las huestes de Judas de Galilea, obliga a María, su madre, a que le cuente la pesadilla que atormentaba y perseguía al carpintero José desde que Jesús nace en una cueva próxima a Belén, y en la que José se veía como un soldado del roñoso rey Herodes dispuesto a consumar el asesinato de los niños de Belén menores de tres años (lo que contrasta con el sueño que tuvo el rey Herodes donde el profeta Miqueas le reveló que en Belén había nacido el que gobernará Israel), matanza que se conmemora cada 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. Al enterarse de la culpa onírica y moral que perseguía y martirizaba al carpintero José, su fallecido padre, y al suponer que éste pudo salvar a los 25 niños sacrificados y que por ende fue uno de los asesinos (cosa absurda y vil infundio, puesto que se trató de una orden inapelable, no hubo tiempo de avisarles a los demás, y a José ni siquiera se le ocurrió e inmediatamente hubiera sido ejecutado en caso de oponerse a la brava), Jesús, adolorido por la nauseabunda y sangrienta noticia, abandona la casucha familiar. Es decir, pese a ser el primogénito y a contravenir sus obligaciones atávicas y éticas, deja en la miseria a su madre María y a sus ocho hermanos menores, y no tarda en encontrarse ante un pastor con el que vive durante cuatro años en el desierto como aprendiz de su rebaño, y que luego resulta ser nada menos y nada más que el mero Diablo, quien también fue el Ángel de la Anunciación, el que otrora visitara a María el día en que Dios introdujo en ella su simiente a través de la simiente de José y de la que nació Jesús. 
   La ubicuidad y omnisciencia del Diablo no son fortuitas, puesto que de un modo axial y neurálgico en El Evangelio según Jesucristo, el Diablo comparte su poder con los misterios y decisiones inescrutables de Dios; por ejemplo, en el papel secundario destinado a la mujer. De ahí que cuando Jesús ya tiene 25 años de edad y se entrevista por segunda y última vez con Dios (la primera ocurre en el desierto y rubrica, a sus 18 años, el fin de su estancia con el Diablo), el Diablo también está presente e incluso los rasgos físicos de éste y los de Dios son muy parecidos, casi como una gota de agua se parece a otra gota de agua, con lo que se subraya lo bien que se sobrentienden y equilibran sus intereses y fuerzas dentro del siniestro artilugio universal creado por Dios, dicotomía y dualidad que el mismo Dios reitera diciendo: “todo cuanto interesa a Dios, interesa al Diablo”.
   Allí, durante la segunda y última entrevista con Dios, la revelación otrora dicha a Jesús por el Diablo/los diablos que habitaban a un poseso: que Jesús es el hijo de Dios, le es confirmada por el propio Dios. Pero lo más trascendente es el hecho de que Dios, para quien el hombre es un simple títere con el que hace y deshace como le dé su regalada, inescrutable, cruel, maldita, sangrienta y espeluznante gana, le vocifera la cifra de su destino: “Serás la cuchara que yo meteré en la humanidad para sacarla llena de hombres que creerán en el Dios nuevo en el que me convertiré”. Pero también, como poniéndolo ante una bola de cristal, le revela el futuro de la nueva religión; y numerosos cruentos detalles que ilustran los miles de tormentos y muertes que implica su procreación, sostenimiento, expansión y cisma a lo largo de la historia. 
   Así, a través de Jesús y de los sucesos que fermenten sus milagros, predicas y crucifixión, Dios, sangriento e insaciable titiritero, se dispone a edificar el nuevo templo; es decir, que sobre las piedras de la minúscula y aldeana iglesia de los judíos, construirá la todopoderosa y ubicua Iglesia católica que dominará el globo terráqueo sobre la base de miles y miles de torturas y asesinatos múltiples, habidos y por haber.
José Saramago
Premio Nobel de Literatura 1998
En El Evangelio según Jesucristo, la novela de José Saramago, como se ve, Dios no es amor, sino un monstruo sanguinario, un ogro cruel, un vampiro despiadado que todo lo ordena, manipula y controla: no vuela un zancudo ni alguien eructa ni restalla una hedionda flatulencia sin que él lo permita o lo haya dispuesto. Jesús, por el poder y la voluntad de Dios, tiene el poder de favorecer a los pescadores, de curar a los desahuciados, de darle la vista a los ciegos de nacimiento, de hacer caminar a los paralíticos, de revivir a los muertos, de desaparecer las tempestades, de transformar en pájaros vivos un puñado de aves de barro amasadas por él, de alimentar a una multitud de quince mil personas hambrientas a partir de seis panes y seis pescados, de exorcizar a un poseso habitado por mil y un diablos/el Diablo. No obstante, tal poder, siempre bajo el ubicuo escrutinio del omnisciente ojo avizor, tiene sus límites, como en el caso de la higuera que Jesús, en un berrinche de escuincle, condena a la esterilidad y muerte y luego no puede otorgarle nueva vida. 
   Pero lo que a lo postre resulta singular es el hecho de que Jesús, pese a su origen divino, está marcado por rasgos y contradicciones humanas. Por ejemplo, cuando por primera vez Dios se le aparece y le ofrece “el poder y la gloria” a cambio de su fiel y ciega obediencia, Jesús, con tal de obtener el cetro, el manto y la corona, no duda en sacrificar a la oveja de sus afectos, que es como su hijita de inocentes y tiernos ojitos aborregados, lo cual equivale a un asesinato (casi un infanticidio), pese a que el animal también haya sido manipulado por Dios, quien, casi sobra decirlo, degusta con harto placer los buches de sangre de la oveja con que se atiborra su gran panza de insaciable ogro. 
   Varias veces se hace evidente que Jesús no es muy listo; por ejemplo, cuando al exorcizar al poseso de los mil y un diablos/el Diablo, permite que los demonios infesten una piara de dos mil cerdos, lo cual supone que “podrían los gentiles ingerir también a los demonios que encerraban y quedar posesos”. 
    Jesús, junto a cierta nobleza y bondad que lo distingue, es también un engreído y un resentido incorregible que nunca perdona ni vuelve a querer a su madre y a sus hermanos menores, sólo por el irrelevante hecho de que no le creyeron que había visto nada menos y nada más que a Dios. A ello se agrega su notable e inveterado egoísmo cuando dos veces los abandona en su miseria (las monedas que les deja la segunda vez sólo son un fugaz y momentáneo paliativo), en lugar de involucrarse con ellos para solventar la pobreza extrema, según dicta el canon del primogénito y bueno por antonomasia. 
   Vive en unión libre con María de Magdala, legendaria prostituta mayor que él, cuyos siete días de iniciación sexual que Jesús pasa con ella conforman excelentes páginas eróticas, de lo mejor de esta novela de José Saramago. Pero Jesús es un burro, un reverendo inútil cuando intenta ganarse la vida trabajando como si fuera el marido de ella, pues el escarnio y el desprecio de los aldeanos de Magdala los obliga a irse de allí. 
   Al conocer a Jesús, María de Magdala abandona para siempre su antiguo oficio y se entrega a una relación amorosa de mutua y recíproca confianza y complicidad, que poco antes de que empiecen a sucederse las anécdotas finales que preludian la prisión de Juan el Bautista y su consecuente degollamiento, la lleva a decirle a su amado: “Miraré tu sombra si no quieres que te mire a ti”; “Quiero estar donde mi sombra esté, si es allí donde están tus ojos”; palabras que fascinan a Pilar del Río, la otrora joven esposa de José Saramago a quien dedicó El Evangelio según Jesucristo.
Pilar del Río y José Saramago
Lo más significativo y trascendente de los rasgos humanos de Jesús empieza a fermentarse durante la susodicha segunda y última entrevista con Dios en medio del mar rodeado de niebla espesa (un día para él, cuarenta días para el común de los mortales). Ante los siniestros y despóticos actos y planes del terrible y sanguinario Dios, Jesús intenta oponerse, negarse a ser su instrumento; sin embargo, se somete y comienza a cumplir con la misión que el sumo vampiro y titiritero dispuso para él. “Todo cuanto la ley de Dios quiera es obligatorio, las excepciones también”, le dice, lapidario y dictatorial. 
   Pero lo más notable que logra pergeñar por sí mismo, según cree él, es adelantar su crucifixión con el fin de evitar cientos de torturas y muertes. Así, ante los doce apóstoles, planea que Judas de Iscariote simule que lo traiciona y delata en Jerusalén yendo con el chisme de que Jesús de Nazaret, el tipo de los milagros, el que pregona el arrepentimiento, el fin de los tiempos y la llegada del reino de Dios, se dice rey de los judíos y por ende instigador del pueblo para derribar al rey Herodes del trono y expulsar de Israel a los romanos.


José Saramago, El Evangelio según Jesucristo. Traducción del portugués al castellano de Basilio Losada. Alfaguara. México, 1998. 520 pp.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

La caverna


 Los amorosos y el viaje de nunca jamás

Según la nota anónima que se lee en la cuarta de forros de la editorial Alfaguara, Ensayo sobre la ceguera (1995), Todos los nombres (1997) y La caverna (2000), novelas que el lusitano José Saramago urdió en portugués, forman “un tríptico en que el autor deja escrita su visión del mundo actual, de la sociedad humana tal como la vivimos.” Y dizque “En definitiva: no cambiaremos de vida sino cambiamos la vida.” Sin embargo, esto, además de retórico y demagogo (propio de la perorata de un político en campaña o de un hueco y prescindible libro de autoayuda), resulta un ardid publicitario para exacerbar las multitudinarias ventas en distintos países del ámbito del español, pues las novelas son independientes entre sí. Una cosa es la deshumanización, los estragos y crímenes que desencadena la súbita e inexplicable ceguera blanca en una ciudad sin nombre y en un manicomio utilizado a modo de campo de concentración de ciegos, epidemia que desaparece en un suspiro al término de la obra (Ensayo sobre la ceguera); otra es el patético y gris fetichismo, inextricable a la kafkiana, patética y gris pesquisa del patético, subterráneo y gris burócrata don José obsesionado por encontrar los datos de la mujer desconocida y quizá a ella, pero que resulta suicida (Todos los nombres); y otra cosa es lo que se narra en La caverna, cuyos sucesos trazan una situación utópica, particular y a todas luces improbable.
(Alfaguara, México, 2001)
  Traducida al castellano por la española Pilar del Río (Castril, provincia de Granada, 1950), entonces amorosa esposa del novelista (y ahora heredera de sus derechos de autor), La caverna también se distingue por el desbordante, apretado y fatigoso estilo narrativo de José Saramago (Azinhaga, Santarém, Portugal, noviembre 16 de 1922-Tías, Lanzarote, España, junio 18 de 2010), feliz Premio Nobel de Literatura 1998: páginas y páginas repletas de cabo a rabo, plagadas de palabrería, circunloquios, digresiones, largas enumeraciones, comentarios de la voz narrativa, bagazo que esponja la lineal trama y casi sin suspense.

Pilar del Río y José Saramago
  Cipriano Algor, un alfarero de 64 años de edad que parece ser el último alfarero que queda en una pequeña aldea sin nombre, vive con Marta, su joven hija recién embarazada, y Marcial Gacho, su yerno desde hace un par de años, quien aún no cumple los 30 y quien en etapas de diez días seguidos trabaja de guarda interno de segunda clase en el Centro comercial de la moderna ciudad sin nombre, cercana a la provinciana aldea donde Cipriano Algor posee la casa y la alfarería que fundara su abuelo y heredera su padre, quienes también se llamaron Cipriano Algor.

Al principio de la novela parece que hay cierta tensión y ciertas discrepancias entre Cipriano y su yerno, pero a lo largo de las páginas abundan los episodios que ilustran sobre el entrañable afecto, apoyo y respeto que ambos se brindan, lo que contrasta con las desavenencias y el poco entendimiento que Marcial Gacho tiene con sus propios padres, vecinos de la misma aldea, poco respetuosos de la vida individual y familiar del hijo y más necios que una mula, sobre todo la madre.
 Marta y Marcial se aman demasiado. Son un modelo ideal de pareja unida y fraterna. Marta heredó las virtudes artesanales de Cipriano Algor, su padre, quien es un buen hombre; Marta trabaja con él en la alfarería y ambos también se aman con el corazón en la mano, pero sin el Jesús en la boca. A tal amoroso y ejemplar núcleo familiar se une, y se torna protagonista en sus vidas, el amoroso y fiel perro Encontrado, de quien tampoco escasean las anécdotas, algunas sentimentales e incluso lacrimosas. Pero si entre ellos predomina la armonía, la comunicación y el amor, entre los humanoides que los rodean por aquí y por acullá, proliferan, a imagen y semejanza de una maloliente y supurante peste de cucarachas, los prototipos de gandallas, de bestias peludas y salvajes, de egoístas, competitivos, avaros, indiferentes y mezquinos entre sí, y los faltos de empatía y solidaridad con el otro, capaces de darle fría, calculada y paulatina o instantánea muerte de despanzurrado chinaguate. De ahí que no resulte gratuito que en un momento se diga que “cada persona es una isla”, que “cada persona es un silencio”, y que el dedo flamígero del Centro comercial, el todopoderoso y despiadado dios de los negocios de la ciudad, “escribe derecho con renglones torcidos”.
José Saramago y Pilar del Río
  Al parecer, todo iría sobre rieles, todo sería miel y leche de vaca sagrada sobre hojuelas de trigo integral, casi como un pequeño, verde, aséptico y aldeano Edén extraviado en la fétida y contaminada faz de la tierra, si no fuera porque el malvado y monstruoso Centro comercial de la metrópoli controla y devora todo lo que se le atraviesa, incluido el exterminio de las piezas de loza doméstica que produce el noble oficio de Cipriano Algor y su hija. Es decir, el Centro es una ciclópea y laberíntica construcción que monopoliza las actividades mercantiles de la ciudad, amén de ser una descomunal urbe dentro de la urbe, pues además de los mil y un sofisticados entretenimientos de cotidiana feria y cotidiano circo para niños y niñotes crónicos e incorregibles (elocuente es el hecho de que no hay megabiblioteca, pero sí un “catálogo comercial del Centro” de “cincuenta y cinco volúmenes de mil quinientas páginas de formato A-4 cada uno”), posee altísimos edificios de modernos departamentos y departamentitos (infinitesimales ratoneras) en los que viven o subsisten hacinados los trabajadores residentes.   

Dado el generalizado desinterés de los consumidores ante los cacharros que produce la alfarería de Cipriano Algor, el Centro decide disminuir y casi inmediatamente cancelar el contrato de compraventa que tiene con tal artesano, cosa que le da matarile o un fiero matamoscazo a su modus vivendi y fuente de ingresos, pues según los meandros de la novela de José Saramago, ya nadie quiere trabajar en una alfarería y a Cipriano Algor prácticamente le resultaría imposible vender por su cuenta sus trastos y baratijas (quizá dando vueltas y vueltas por las calles con su vetusta furgoneta y un altavoz), pues dizque ya ha fracasado en tales intentos. Asunto francamente inverosímil o casi inverosímil, pues paralelo y al margen del previsible, estandarizado y estereotipado consumo masivo que promueve y genera la sociedad industrial manipulando y cosificando el inconsciente colectivo, las ideas, los usos y las costumbres, el gusto estético y pseudoestético, e imponiendo la moda (muchas veces kitsch), siempre —un ancestral e infalible elemento consubstancial del ser humano y de su inextricable sentido artístico y poético— hay grupos étnicos e individuos citadinos (pensantes e incluso intelectuales) que preservan y tratan de cultivar las tradiciones y por ende optan por los objetos creados por las manos de los artesanos y de los artistas, ya sea cerámica, talla en madera, escultura, textiles, carpintería, talabartería, vidrio soplado, pintura naïf y no, hojalatería repujada, herrería forjada y demás. 
Pero en la novela de José Saramago, al unísono del generalizado desinterés por las vajillas y cacharros que produce la alfarería de Cipriano Algor (dizque han surgido unos productos plásticos que imitan el barro, pesan menos, no se rompen y tienen menor costo), el futuro del núcleo familiar se encamina en lo inmediato a que Marcial Gacho deje de ser guarda interno de segunda clase y ascienda a guarda residente (quizá de primera), lo que implica que la amorosa familia (no siempre feliz) tendrá que cerrar la alfarería y la casa y abandonar al queridísimo perro Encontrado (cuasi famélico, harapiento y titiritante expósito al pie de una iglesia) e irse a vivir a uno de los minúsculos y asépticos departamentuchos de los altos edificios del Centro.
Pocas horas después de recibir la noticia de la primera disminución de la compra y la amenaza de la inminente cancelación definitiva, Cipriano Algor va al cementerio de la aldea donde yace la tumba de Justa Isasca, su ex mujer, muerta hace tres años, con quien compartiera el arduo y antiguo oficio de la alfarería. Allí se encuentra con Isaura Estudiosa, una viuda de 45 años, con la que a partir de un cántaro roto comienza a tejerse un intermitente vínculo de atracción-rechazo, pues Cipriano, pese a que la fémina lo atrae y desde entonces habita sus fantasías oníricas y no, una y otra vez se siente viejo, sin futuro, sin empleo, y sin un clavo en el bolsillo para ofrecerle nada. 
Un poco más tarde, como una especie de tabla de salvación en medio del tempestuoso y furibundo océano, a Marta se le ocurre hacer estatuillas de ornato: un grupo de muñecos de barro pigmentado y que Cipriano Algor presente el proyecto al jefe del departamento de compras del Centro. El jefe del departamento de compras acepta el proyecto y le hace a Cipriano un encargo experimental de mil doscientos monigotes (doscientos de cada uno de los seis modelos: una enfermera, un esquimal, un payaso, un bufón, un mandarín y un asirio barbudo).
La novela abunda sobre los menesteres, los tropiezos y las minucias que supone el aprendizaje de la creación y del pintado de los monigotes de barro para estos dos alfareros cuyo hábito era hacer vajillas y otros cacharros domésticos, a quienes incluso Marcial Gacho, en su tiempo libre, les llega a ayudar, por ejemplo, introduciendo muñecos en el horno, acarreando leña para el fogón, facilitándoles dos mascarillas para el pintado, y con el transporte a una cueva de las ahora invendibles lozas que estaban almacenadas en las bodegas del departamento de compras del Centro. Vertiente que ejemplifica y más o menos da luces sobre lo laborioso y azaroso del oficio de alfarero; aunque curiosamente José Saramago pierde la cuenta de las estatuillas, pues en la página 302 Cipriano Algor está “solo en la alfarería y ya ocupado con los segundos trescientos muñecos de la primera entrega de seiscientos”. Y luego en la página 317 “Entró Cipriano Algor en la alfarería para comenzar el modelado de los trescientos muñecos de la segunda entrega”, que también es de seiscientos, pues el total del pedido es de mil doscientos monigotes (ya lo reportó el reseñista), según se lee en las páginas 172 y 173 de la novela. Sin embargo, José Saramago olvida lo escrito en la página 317 (quizá por un atisbo del Mal de Alzheimer) y da por hecho que Cipriano Algor nunca empezó “el modelado de los trescientos muñecos de la segunda entrega”, pues, por ejemplo, en la página 374 alude a “las seiscientas que ni siquiera estaban comenzadas”.
No obstante, a Cipriano Algor se le ocurre proponer y llevar al Centro y por adelantado trescientos monigotes y un poco después un subjefe del departamento de compras le anuncia la aplicación de un sondeo (se distribuirán gratis cincuenta de tales muñecos entre cincuenta clientes) que a la postre, cuando aún no han concluido los mil doscientos ni llevado otra entrega, confirma el rechazo de la mayoría de los consumidores ante las figuras de barro pigmentado creadas por Cipriano Algor y su hija Marta.
Esto casi coincide con el ascenso de Marcial Gacho a flamante guarda residente y con el casi inmediato traslado de éste, Marta y Cipriano Algor a uno de los minúsculos departamentos del piso 34 de uno de los rascacielos del Centro.
Poco antes de irse a vivir a tal departamentucho, la casa y la alfarería son cerrados y Cipriano Algor, pese a las lágrimas y al dolor ante la pérdida y dispuesto “a agotar el cáliz de la amargura hasta las heces”, lleva al perro Encontrado a casa de Isaura Estudiosa y allí, con besos y apapachos, se desatan los visos del apasionado amor entre el viejo viudo y la joven viuda; pero nuevamente Cipriano evita una relación con Isaura y le refrenda sus atavismos e impedimentos: “No tengo nada que ofrecerle, soy una especie en vías de extinción, no tengo futuro, ni siquiera tengo presente”, le dice. Y más claro que un vaso de agua: “un hombre no pide a una mujer que se case con él si no tiene medios para ganarse la vida”. Así que no acepta la invitación que ella le hace: “La única solución es que te quedes”; pues esto implicaría malvivir de lo que poco que gana la mujer como dependiente en una tienda de la aldea. Y todavía más recalcitrante: cuando esté sobreviviendo del sueldo del yerno en el pequeño departamento del edificio del Centro, donde no hay espacio para el futuro bebé de su hija y donde el dormitorio de él será un cuartito en el que apenas podrá estirar las piernas, Cipriano Algor no estará “dispuesto, aunque le cueste todas las penas y amarguras de la soledad, a representar ante sí mismo el papel del sujeto que periódicamente visita a la amasia y regresa sin más sentimentales recuerdos que los de una tarde o una noche pasadas agitando el cuerpo y sacudiendo los sentidos, dejando a la salida un beso distraído en una cara que ha perdido el maquillaje, y, en el caso particular que nos viene ocupando, una caricia en la cabeza de un canino, Hasta la próxima, Encontrado”. 
Ya en el liliputiense y claustrofóbico departamentucho del piso 34 de uno de los rascacielos del Centro (Marta tiene la secreta certidumbre de que no podrá vivir el resto de sus días en tal encierro), Cipriano Algor no se hunde en la depresión por el mundo perdido y por el golpe a su dignidad intrínseca (“Olvidas la bofetada que supone que te rechacen el fruto de tu trabajo”, le dijo al yerno) ni hace agua en el miasma de la melancólica nostalgia por la mujer imposible, sino que además de ver con la familia la aburrida y soporífera tele, se dedica a explorar, a imagen y semejanza un boquiabierto niño explorador, diferentes linderos de la eterna feria y del eterno circo (vil atolito con el dedo) que brinda el Centro comercial a los consumidores a ultranza (con doble descuento para él: por ser residente y por ser un ejemplar de la tercera edad). Así que cuando Marta, Marcial Gacho y Cipriano Algor tienen la noticia de que algo secreto recién se descubrió en una excavación bajo tierra (a partir del piso cero-cinco), el viejo alfarero, como si jugara a Sherlock Holmes, hace lo posible por investigar y descubrir lo que primero descubre y observa Marcial Gacho con sus propios ojos en su papel de guarda residente durante una jornada de “las dos de la madrugada hasta las seis de la mañana”. 
El meollo del secreto hallazgo en el fondo de la oscura caverna no resulta ser un monumental y terrorífico esqueleto de un dragón de siete cabezas, sino un dizque pesadillesco y horrorosísimo grupo de seis cuerpos petrificados: tres hombres y tres mujeres alrededor de una mesa de piedra blanca, “igualmente sentados, erectos todos como si un espigón de hierro les hubiese entrado por el cráneo y los mantuviese atornillados a la piedra”, con “restos de ataduras que parecían haber servido para inmovilizarles los cuellos” y “ataduras iguales les prendían las piernas”, a lo que se añade “una gran mancha negra” en el suelo, “como si durante mucho tiempo allí hubiera ardido una hoguera”. 
El sueño de la razón produce monstruos
Grabado de Goya
  Para Cipriano Algor tal tenebrosa y horrorosísima visión (“El sueño de la razón produce monstruos”, reza el celebérrimo grabado de Los Caprichos de Goya) es como ver un espejo que refleja la imagen de sí mismo y los suyos, y más aún: “el Centro todo, probablemente el mundo”. Por lo que casi de inmediato resuelve que su hija y Marcial Gacho deben decidir por sí mismos sobre su presente y su futuro, puesto que él no va a quedarse el resto de sus “días atado a un banco de piedra y mirando una pared”. 
Así, después de tres semanas de niño explorador en la entrañas del laberíntico Centro, el viejo alfarero toma su maleta, arranca su decrépita furgoneta que estaba guardada en el estacionamiento y se marcha a la cercana aldea de su vida y no tarda en reunirse, ya en su propia casa, con su querido perro Encontrado y con Isaura Estudiosa (cuyo apellido de soltera es Madruga) y ahora sí se entrega a vivir con ella el amoroso presente y el espejismo del amoroso futuro de Irás y no Volverás, quizá a imagen y semejanza de la inasible olla rebosante de monedas de oro al otro lado del fugaz arcoiris. 
Pilar del Río y José Saramago
  Cinco días después Marcial Gacho ha renunciado a su puesto de guarda residente del Centro y él y Marta dejan para siempre el departamentito del piso 34 y se reúnen con Cipriano Algor, Isaura y el perro Encontrado. Y puesto que la alfarería en el entorno de la aldea y de la ciudad ya no sirve para ningún carajo (a los lados de la carretera que del pueblo lleva a la metrópoli se divisa el extenso Cinturón Verde, que no tiene nada de verde, repleto de cubiertos invernaderos que al parecer cultivan productos transgénicos, luego sigue el humeante y tubular Cinturón Industrial y enseguida las caóticas casuchas de una miserable ciudad perdida), las dos amorosas parejas cargan la astrosa furgoneta con sus cosas más útiles y se lanzan con el perro Encontrado a un azaroso, feliz y maravilloso viaje de nunca jamás, un viaje que aún no tiene “destino conocido y que no se sabe cómo ni dónde terminará”, no sin antes distribuir (cuasi inspiración divina) los monigotes de barro, incluidos los malhechos, sobre el terreno de la casa y de la alfarería, quizá trazando una especie de abstruso ideograma o una inconsciente, idiosincrásica y palimpséstica manera de rubricar el fragmento de la sentencia dictada al arquetípico Adán, según el Génesis, después de haber probado el fruto del árbol prohibido, el árbol del conocimiento, el árbol de la ciencia del bien y del mal: “polvo eres, y al polvo volverás”. Pero ante el caso de las dos amorosas parejas y el amoroso perro, más cabe recordarlo a través del endecasílabo que concluye “Amor más allá de la muerte”, soneto de Góngora: “polvo serán, mas polvo enamorado.” A años luz de lo que la voz de “El suicida” cifra en el poema de Borges:


           Borraré las pirámides, las medallas,
           Los continentes y las caras.
           Borraré la acumulación del pasado.
           Haré polvo la historia, polvo el polvo.
           Estoy mirando el último poniente.
           Oigo el último pájaro.
           Lego la nada a nadie.

Jorge Luis Borges en Teotihuacán, México
Diciembre de 1973
Foto de Paulina Lavista
  Y ya encarrerado el gato, cuando los amorosos ya van de salida en la vetusta furgoneta podrían ir cantando a coro, y con aullidos del perro Encontrado, la vieja canción ecuatoriana “Vasija de barro” que otrora interpretara Atahualpa Yupanqui, e incluso Los folkloristas y Los calchakis: 


          Yo quiero que a mí me entierren
          como a mis antepasados
          en el vientre oscuro y fresco
          de una vasija de barro.
          Cuando la vida me cubra
          tras una cortina de años
          surgirán a flor de tiempo
          amores y desengaños.
          Arcilla cocida y dura
          alma de verdes collados
          sangre y sueño de mis hombres
          flor de mis antepasados.
          De ti nací a ti vuelvo
          arcilla
          vasija vaso de barro
          y en mi muerte yazgo en ti
          y en tu polvo enamorado.


 
Atahualpa Yupanqui 
    Pero lo cierto es que Marcial, al volante de la chocha furgoneta (tal velocípedo celeste de huitlacoche), les lee al suegro y a las dos mujeres un gran cartel que luce con bombo y platillo la fachada del Centro comercial: “EN BREVE, APERTURA AL PÚBLICO DE LA CAVERNA DE PLATÓN, ATRACCIÓN EXCLUSIVA, ÚNICA EN EL MUNDO, COMPRE YA SU ENTRADA.” Lo que implica la rapadísima explotación del hallazgo arqueológico por parte del Centro y quizá el ninguneo o la complicidad pecuniaria de los expertos e intelectualoides que supuestamente fueron convocados ante el recién y trascendental descubrimiento: “un equipo mixto de especialistas estará trabajando allí, habrá geólogos, arqueólogos, sociólogos, antropólogos, médicos, legistas, técnicos de publicidad, incluso me han dicho que forman parte del grupo dos filósofos, no me pregunten por qué”, les dijo el comandante al grupo de veinte guardas destinados a la vigilancia de la entrada de la caverna y a la custodia del secreto de los secretos. 
Busto de Platón
Pieza del siglo IV d. C.
Copia romana de un original griego
Museo Pío-Clementino del Vaticano


José Saramago, La caverna. Traducción del portugués al castellano de Pilar del Río. Alfaguara. México, 2001. 456 pp.


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jueves, 14 de mayo de 2015

Ensayo sobre la ceguera


Érase una vez mil y un ciegos errantes

La primera edición en portugués de Ensayo sobre la ceguera, novela de José Saramago —Premio Nobel de Literatura 1998— data de 1995 y de 1996 la traducción al castellano de España de Basilio Losada. En el crucero de una atestada calle de una ciudad sin nombre, que podría ser una ciudad de la Europa actual, un individuo, frente al volante de su auto, repentinamente se queda ciego. Es el primer caso de una epidemia que no tardan en bautizar con el nombre de ceguera blanca o mal blanco, puesto que el ciego no se hunde en un mundo de sombras y tinieblas, sino que todo lo ve blanco, “como si hubiera caído en un mar de leche”. 
José Saramago
(1922-2010)
Premio Nobel de Literatura 1998
     Luego del primer caso, ocurren otros que brindan la conjetura de que quien tiene contacto frontal con un ciego de éstos, muy pronto se convertirá en un ciego más. Así, ante el terror, desconocimiento y rápida propagación de la nueva enfermedad, el ministerio de salud y el gobierno nombran una Comisión de Logística y Seguridad que, con auxilio de la policía y del ejército, se da a la tarea de localizar y remitir a los ciegos y posibles contagiados a un viejo edificio que fue manicomio. Allí no les facilitan afanadores ni médicos ni enfermeras ni medicinas ni ningún botiquín; el drenaje, los retretes y regaderas están en mal estado; carecen de ropa, de sábanas, de extintores de incendios y de otras cosas de primera necesidad. Así, el encierro y el reglamento que día a día les comunica un altavoz que manipulan los soldados que los vigilan con orden de disparar a quien se les acerque o intente huir, es una extrema deshumanización y negación de los derechos humanos más elementales. Están allí sin bañarse ni quitarse lo que llevan puesto; sucios, malolientes, hambrientos, abandonados, atascando y desbordando las letrinas y los pasillos; casi sin noticias del exterior; sin las típicas ONGes haciendo manifestaciones e impugnaciones frente al cercado, y sin ningún socorro nacional e internacional, como si las personas y los países de todo el mundo estuvieran ciegos de remate. 
Las abyecciones que se padecen en el manicomio semejan una pesadilla, como las grotescas y fantasmagóricas deformaciones proyectadas por una laberíntica y amarillenta sucesión y amasijo de espejos deformantes. El número de reclusos llega a lindar los 300. A través de las noticias que reporta a los demás el viejo de la venda negra, un ciego que atesora una radio portátil, se tienen visos de los abundantes desastres que la ceguera blanca está suscitando por aire, mar y tierra. No sólo se han improvisado otros sitios para recluir más ciegos (“fábricas abandonadas, templos sin culto, pabellones deportivos y almacenes vacíos”), sino que la peste de la ceguera blanca está destruyendo la ciudad y al país entero. Es decir, no se ha encontrado remedio alguno y la epidemia, con celeridad, está fuera del control de los médicos y autoridades. Incluso, el ciego radioescucha llega a captar el horrorosísimo instante en que el locutor, frente al micrófono, pierde la vista. 
El ciego de la pistola
(Gael García Bernal)
Fotograma de Ceguera (2008)
  Pero la degradación inhumana, insalubre y excrementicia, y los mil y un infortunios de los ciegos hacinados en el manicomio se agudizan aún más cuando surge entre ellos una mafia (alrededor de 20 rufianes), encabezados por un ciego que empuña una pistola. La mafia se apodera de una sala del ala izquierda y de las cajas de comestibles que los soldados les dejan día a día, y les impone a los otros ciegos, a cambio de cierta cantidad de víveres, la entrega de los objetos de valor. Cuando éstos se terminan, les exigen la entrega de sus mujeres a través de un método rotativo: primero les toca a las mujeres de una sala, otro día a las de otra, hasta agotar las cinco salas que existen, y de nuevo comienza el ciclo. 

Paradójicamente, esta exigencia de la mafia funciona como afrodisiaco y laxante moral, pues seis de las siete mujeres de la primera sala del ala derecha (en la que hay cerca de 40 ciegos), se dedican a gratificar, por gusto y placer, las necesidades sexuales de los varones de la misma sala.
Si dentro del manicomio la lucha por el poder y el sometimiento de los otros y de las mujeres es un reflejo de la corrupción y degradación ética del espectro social, entonces la imagen del globo terráqueo (un inmenso, enfermo, purulento, fétido, ciego, decadente y desahuciado manicomio destruyéndose a sí mismo) es de lo más terrible. “No hay límites para lo malo, para el mal”, dijo el primer ciego como si estuviera pudriéndose en el miasma de los horrores de una guerra o de un campo de concentración de judíos o de una franja de palestinos sometidos y aterrorizados por la ocupación militar de los judíos. Y más adelante puntualiza la voz narrativa: “la ceguera también es esto, vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza”. 
El oculista ciego guiado por su esposa
(Julianne Moore y Mark Ruffalo)
Fotograma de Ceguera (2008)
  El primer acto temerario que intenta romper el control de la mafia, lo pergeña y efectúa la mujer del oculista, el único humano cuyos ojos nunca se contagian del mal blanco y sin que se sepa por qué, quien desempeña el suicida papel de samaritana ante el pequeño grupo que la rodea, los suyos, llega a decir. En un momento, cuando las 15 mujeres de la segunda sala del ala derecha van a cumplir la exigencia orgiástica de la mafia, la mujer del oculista, sin decir nada a nadie y con unas tijeras, le corta la garganta al ciego de la pistola, en un instante en que éste sometía a una nauseabunda fellatio a una de las reclusas. Se desata un zafarrancho y hay otros muertos, pero fracasa la derrota de los mafiosos y la situación empeora. Con otro líder que se apodera de la pistola, el ciego contable que sabe braille, la mafia se repliega e interrumpe el flujo alimenticio. Ante la hambruna, un grupo de 17 ciegos, luego son 34, con el viejo de la venda negra como estratega, intenta, con fierros arrancados a las camas, tomar por asalto la sala de los criminales. Hay otros muertos y de nuevo fracasa el descalabro de los bandoleros. Y sólo son vencidos cuando otra ciega suicida, también sin consultar a nadie, con un encendedor que ocultaba, se desliza frente a la sala de los mafiosos y desencadena un incendio que se propaga por todo el manicomio. 

Las escenas del incendio es uno de los pasajes más alucinantes, dantescos y peliculescos de Ensayo sobre la ceguera, novela escrita con esa apretada fluidez verbal que distingue el estilo narrativo del lusitano José Saramago (Azinhaga, Santarém, Portugal, noviembre 16 de 1922-Tías, isla de Lanzarote, España, junio 18 de 2010), que puede gustar o no, poblado de digresiones y de un sinnúmero de detalles que alargan las anécdotas, y a veces con un sentido del humor que carece de sentido del humor.
Fotograma de Ceguera (2008)
  Una vez fuera del manicomio, que ya desde antes del incendio había sido abandonado por los soldados y el gobierno, cobra mayor protagonismo un grupo de siete despojos, seis de ellos sin vista: el primer ciego y su esposa, la chica de las gafas oscuras, el viejo de la venda negra, el niño estrábico, y el oculista y su mujer, quien es la que ve y les sirve de guía y auxilio ante la odisea que emprenden por las calles de esa ciudad devastada por los estragos de la ceguera blanca, carente de gobierno y de organización alguna, en la que proliferan los excrementos, los hedores, las putrefacciones, los montones de basura, los ratas y los perros hurgando, los cadáveres a la intemperie, los coches y autobuses abandonados, las tiendas y supermercados saqueados, sin agua ni luz, y los errantes grupos de ciegos deambulando por aquí y por allá en busca de comida, habitando casas, sitios y departamentos que no son los suyos, y donde la moral y las costumbres sexuales, como en el manicomio, se han tornado flexibles, puesto que la promiscuidad abunda hasta decir ya basta, ya no quiero. 

En medio de ese orbe demencial, decadente y destructivo, que parece encaminarse al exterminio de la especie, y donde la delirante prioridad es conseguir o robar cualquier tipo de alimentos, extraídos donde se pueda y cada vez más escasos, la mujer del médico y su grupo, más el perro de las lágrimas, concluyen su itinerario por los restos de la ciudad sin nombre instalándose en el quinto piso donde ella y su marido tienen su apartamento. Este grupo, aunque quizá haya otros que la novela no ilustra, parece conformar la única tabla de salvación que tienen los humanoides asolados, al parecer en su totalidad, por la pandemia blanca. Y esto, sobre todo, porque en la cohesión y fraternidad del grupo, descuella la calidad ética y el heroísmo de la mujer del oculista. 
Alfaguara, 1ª reimpresión mexicana
México, octubre de 1998
   Mucho antes de que el lector finalice la presente reimpresión de Ensayo sobre la ceguera, terminada en México, por Alfaguara, el mes de octubre de 1998, advertirá que las pastas se desprenden y las hojas se desgajan, como si lo hubiera maquilado un grupo de mercaderes sin escrúpulos que se hacen los ciegos tercermundistas. Pero el lector que navegue o haya navegado por las tinieblas que José Saramago pinta en estas páginas, nunca sabrá, al parecer, qué otras atrocidades hubieran ocurrido si la ceguera blanca, a imagen y semejanza de un siniestro e inescrutable artilugio de Dios, no hubiera desaparecido del mapa. Pues por fortuna, las pesadillas soñadas y padecidas en tal laberinto de soledad (blanco pero sombrío) empiezan a desvanecerse, precisamente, cuando el primer ciego, de pronto, recupera la vista, como tocado por una varita mágica que una hada buena de otra narración dejó por aquí, y en cadena, luego de la chica de las gafas oscuras y del oculista, los otros ciegos —se sabe porque gritan de exultación por aquí y por allá—, comienzan a recuperar el sentido de la vista, la facultad de mirar el entorno; pero también la ancestral y atávica manía de ver lo que se quiere ver y hacer que no se ve lo que se ve. 
  Así, el lector, conciliado o contento consigo mismo, puede respirar tranquilo y suspirar de nuevo con la cuarta estrofa de “Flor en la luz”, soneto de Carlos Pellicer: 

     Dichosa luz la que en tus ojos vive.
     Tú se las das al día como flores
     y como flores a quien esto escribe.


José Saramago, Ensayo sobre la ceguera. Traducción del portugués al español de Basilio Losada. Alfaguara. 1ª reimpresión mexicana. México, octubre de 1998. 376 pp.


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Enlace a un trailer de Blindness (2008), filme dirigido por Fernando Meirelles, basado en Ensaio sobre a cegueira (1995), novela de José Saramago.
Enlace a un trailer de Ceguera (2008), película dirigida por Fernando Meirelles, basada en Ensayo sobre la ceguera, novela de José Saramago.

lunes, 23 de marzo de 2015

El año de la muerte de Ricardo Reis



La vida inútil de un ’jijo e poeta

De 1984 data la primera edición en portugués de El año de la muerte de Ricardo Reis, novela del Premio Nobel de Literatura 1998: José Saramago, nacido en Azinhaga, Santarém, Portugal, el 16 de noviembre de 1922 [muerto en Tías, isla de Lanzarote, España, el 18 de junio de 2010]. Y la primera edición en castellano, traducida del portugués por Basilio Losada, data de 1985. 
      João Gaspar Simões, en Vida y obra de Fernando Pessoa (FCE, 1987), apunta que su biografiado murió a los 47 años de edad, tras un cólico hepático, en el Hospital de San Luis de los Franceses, en Lisboa, Portugal, el 30 de noviembre de 1935, y que entre sus heterónimos imaginó a tres poetas (consubstanciales a la celebridad póstuma de Fernando Pessoa): Álvaro Caeiro (nacido en 1889), Álvaro de Campos (nacido en 1890) y Ricardo Reis (nacido en 1887, un año antes que Pessoa), supuestamente educado por los jesuitas, médico de profesión, monárquico expatriado que había vivido en Brasil. 
José Saramago
(1922-2010)
     En este sentido, con tales datos y con otros (como el hecho de que los primeros poemas del Reis de Pessoa datan del 12 de junio de 1914), José Saramago imagina en su novela El año de la muerte de Ricardo Reis que tal médico y poeta, tras vivir 16 años en Río de Janeiro, ha cruzado el océano durante 14 días a bordo del Highland Brigade, que desembarca en Lisboa el 29 de diciembre de 1935 y se instala en el Hotel Bragança, donde se registra con 48 años de edad, natural de Porto, soltero, doctor en medicina, y con última residencia en Río de Janeiro. Así, una de las primeras cosas que hace después de su llegada es ir al cementerio donde fueron enterrados los restos de Fernando Pessoa, pues la noticia del fallecimiento de éste (un telegrama que le enviara Álvaro de Campos) fue lo que lo hizo regresar a Portugal.
Pasadas las doce y media de la noche, tras vagabundear por las calles de Lisboa que frenéticamente celebran el Año Nuevo, Ricardo Reis retorna a su cuarto de hotel y descubre que allí lo espera el fantasma de Pessoa, sin lentes y con el traje negro con que fue enterrado, quien además de puntualizarle sus características de hombre muerto (no puede verse en el espejo, tiene sombra, el agua no lo moja, no puede atravesar las paredes, nadie lo ve si no quiere que lo vean, no obstante hay personas que pueden verlo pero sin determinar si es un muerto o no), sólo durante nueve meses puede ir y venir del cementerio de Prazeres donde yace en la cripta donde también está enterrada doña Dionisia, su abuela loca; y como restan ocho meses antes del “olvido total”, le dice, solamente durante ese lapso podrán encontrarse. 
En la portada: Fernando Pessoa
(Alfaguara, México, 1988)
A lo largo de la novela El año de la muerte de Ricardo Reis, que concluye al término de los nueve meses (un día de agosto de 1936), Reis es visitado por Pessoa diez veces; y sólo una vez Ricardo Reis lo visita en el cementerio para hablar con él, pero Fernando Pessoa no se corporifica, solamente se oye su voz. Además de que los diálogos que sostienen son de lo más intrascendentes y banales, Reis no se extraña ante el hecho de que Pessoa sea un fantasma, ni nunca comentan el equívoco de que Ricardo Reis figure ante la opinión pública como uno de los heterónimos de Pessoa (cosa que el propio Reis lee en uno de los periódicos que por entonces dieron la noticia de la muerte de Pessoa y de sus “innumerables yoes”), sino que ambos se comportan y platican como dos individuos independientes entre sí, pese a que Pessoa en un momento dice conocer muy bien los poemas que Reis escribe en secreto, es decir, sin que Pessoa los haya leído. 
     A esto se añade el hecho de que Ricardo Reis actúa como si no tuviera más memoria que la que cultiva a partir de su retorno a Lisboa, como si no tuviera pasado, ni en Portugal ni en Brasil, ni ningún lazo familiar ni amistoso, como si hubiera salido de la nada o de la página de un libro, quizá de un ejemplar de la biblioteca del Highland Brigade, a la que pertenece The god of the labyrinth, novela policiaca de Herbert Quain con la que desembarcó, pues olvidó devolverla, y que a lo largo de la novela a veces lee sin que nunca la concluya, cuyo título y autor resultan un tributo de José Saramago a Jorge Luis Borges, puesto que evocan el cuento que el argentino escribió en forma de ensayo: “Examen de la obra de Herbert Quain” (sobra decir que autor y obra son imaginarios), reunido en El jardín de senderos que se bifurcan (Sur, 1941) y luego en Ficciones (Sur, 1944).
Con la desbordante, exhaustiva y apretada fluidez verbal que distingue el estilo narrativo de José Saramago, el dibujo de la personalidad solitaria e individualista de Ricardo Reis, repleto de atavismos y prejuicios decimonónicos y conservadores, y el trazo de las anécdotas que desencadena su estancia de dos meses en el Hotel Bragança y luego en un segundo piso de un edificio del Alto de Santa Catarina durante el resto del tiempo de 1936 que precede a su muerte anunciada en el título, la novela El año de la muerte de Ricardo Reis abunda en digresiones y palabrería, incluso sobre cosas nimias y prescindibles. De hecho, lo que concierne a las vivencias de Ricardo Reis y a su estereotipado desasosiego de solitario existencialoide de los años 50, es un relato muy simple, lineal, sin complicaciones, y tal parece que Ricardo Reis, su inutilidad y su grisura, sólo fue el pretexto para que José Saramago, tras consultar libros de historia, periódicos y anuncios de la época, bosquejara consabidos y novelescos indicios del contexto social, político y beligerante que en 1936 masiva y tumorosamente se propagaba en Portugal y en Europa contra la “conjura roja” fermentada como secuela e influjo de la Revolución de Octubre de 1917; es decir, el fortalecimiento nacionalista, policiaco y fascistoide del gobierno del dictador Antonio de Oliveira Salazar, empeñado en destruir a los subversivos y comunistas, en simpatizar y coquetear con las andanadas y pavoneos de los camisas negras de Benito Mussolini y de los nazis de Adolf Hitler, en brindar apoyo tanto a los refugiados españoles de la derecha opuestos al triunfo (ocurrido ese año) del Frente Popular y al gobierno republicano de España, como al posterior levantamiento militar que el general Francisco Franco encabezó en Marruecos, dando inicio a la cruenta Guerra Civil de España (1936-1939).
Vale que repetir que el protagonista de El año de la muerte de Ricardo Reis, la novela de José Saramago, es un personaje gris y patético, cuyo egocentrismo y conducta moral y sexual pueden suscitar vómito y diarrea; el cual, por inocuo y solitario (esto se transluce a leguas), no justifica (y más bien resulta un absurdo kafkiano) que la ominosa policía política (policía de vigilancia y defensa del Estado) lo tome por sospechoso de subversión y le extienda un citatorio para interrogarlo sobre su itinerario y sus vínculos políticos en Brasil y en Portugal, además de que un polizonte apestoso a cebolla lo espía y le sigue los pasos. 
     Puesto que Ricardo Reis desembarca en Lisboa cargado de libras inglesas, se da el lujo de vivir holgadamente, a imagen y semejanza del trillado clisé de un inútil señorito o buen burgués que no necesita trabajar para vivir, lo cual no riñe con su declarada índole monárquica, antidemócrata, antisocialista y antirrevolucionaria. Tal es así, que pudiendo montar su propio consultorio, sólo se emplea de médico sustituto durante unas semanas (tres días de cada semana), y esto sólo para dar la apariencia de que trabaja; cuando el médico titular retorna a su puesto, Ricardo Reis se interesa cada vez menos por volver a desempeñar su profesión. Y día tras día, desde su arribo a Lisboa, mata lastimosa y desvergonzadamente el tiempo, ya sea deambulando por diversos sitios, leyendo la novela de Herbert Quain o los periódicos censurados por la dictadura (dizque para mantenerse informado de lo que pasa en el mundo), abandonándose a la secreta escritura de sus secretos poemas (sólo los comparte con Pessoa), de los cuales José Saramago intercala algunos versos del poeta Ricardo Reis creado por el verdadero Pessoa, extirpados de por allí y acullá.
  Bien lo dice el sueco Ingmar Bergman en una página de la Linterna mágica (Tusquets, 1988), uno de sus libros de memorias: “Y pensar que crecen a menudo lirios en el culo de los cadáveres”, pues además de todo lo anterior, Ricardo Reis también mata el tiempo durmiendo la mona hasta el mediodía cuando la sirvienta (su amante) empieza a ir con menos frecuencia a su alquilado piso, y, desde luego, a través de lo que corresponde a su enredo sexual y clasista con la susodicha criada, de nombre Lidia (homónima de una de las musas de sus poemas), a la que recién llegado de Río de Janeiro conoce en el Hotel Bragança, mientras se siente estúpidamente atraído y más o menos enamorado de Marcenda, una joven de 23 años de edad, virgen e hija de un notario de Coimbra, a la que cada mes, desde hace tres años, su padre la lleva a Lisboa instalándose en el Hotel Bragança, mientras buscan que un tratamiento médico le cure la inmovilidad del brazo izquierdo.
Fernando Pessoa
(1888-1935)
   Si Ricardo Reis, más o menos a escondidas, sexualmente se desahoga con la camarera Lidia, a la señorita Marcenda (bella para él) le escribe en secreto poemas y cartas cursis, la espera ansiosamente como un trivial, onanista y eterno adolescente burgués, e incluso, con tal de hacerse el encontradizo, el muy ateo emprende un viaje en autobús a Fátima confundido entre los miserables y dolientes peregrinos que buscan alivio ante la imagen de la Virgen. Sin embargo, si no la encuentra allí, su enamoramiento y pseudoseducción fracasa estrepitosamente, pues Marcenda rechaza a Reis cuando le pide matrimonio, al parecer por cierta androfobia y miedo a la infelicidad.
De un modo ideal, a Lidia, la camarera del Hotel Bragança, el lector puede imaginarla con los nutritivos y sensuales rasgos que la actriz Jeanne Moreau luce en su caracterización de Célestine, la protagonista de Diario de una camarera (1964), el filme de Luis Buñuel ubicado en la Francia de 1928. Pero como se trata de una mujer acostumbrada a la rudeza del trabajo doméstico y semianalfabeta, quizá sus rasgos sean más o menos parecidos a los de la pobre y fea Marianne (Muni), la tonta y lacrimosa criada que a la fuerza se fornica el ridículo donjuán de la casa: Monsieur Monteil (Michel Piccoli). 
   En el Hotel Bragança, Ricardo Reis se enreda con Lidia debido a una recíproca atracción carnal; pero nunca pierden la perspectiva (mucho menos él) de que se trata de una relación clandestina entre un señor doctor y una simple criada, a quien el ñoño y megalómano de Ricardo Reis ve como un sencillo ejemplar de la clase trabajadora y, por lo tanto, por debajo de su cultura, de su nivel pecuniario y de su posición social. 
   De modo que durante los dos meses en el Hotel Bragança sostienen una serie de encuentros más o menos ocultos, que sin embargo se vuelven la comidilla de los empleados y del untuoso y servil gerente. Esto y el citatorio de la policía tornan el ambiente irrespirable (incluso en el restaurante del hotel), por lo que Ricardo Reis se ve impelido a buscar otro sitio, que resulta ser el segundo piso del edificio del Alto de Santa Catarina, a donde Lidia va durante sus días libres para hacer la limpieza y a acostarse con Reis, a quien siempre trata con el respeto y la distancia que una criada le debe a un señor doctor. 
  Hay destacar que el sentido práctico de Lidia, su calidad moral y sus conjeturas frente a los sucesos del orbe (en particular los de Portugal, pues su joven hermano es un marino comunista que muere durante un intento subversivo), están muy por encima del egocentrismo y de los atavismos decimonónicos y de clase pudiente de Ricardo Reis. Así que cuando Lidia le da la noticia de que está embarazada, ella decide tener el hijo, ya sea que Reis lo reconozca o no. Ricardo Reis, el médico, el poeta, el culto, el docto bicho que a todas luces sabía que la mujer podía quedar embarazada, como un cobarde evita casarse con ella debido a que se trata de una simple criada, y no tarda mucho en eludir la paternidad del futuro bebé. 
   Así, el bueno para nada de Ricardo Reis, que se niega a trabajar de médico, una y otra vez duerme hasta el mediodía; incluso una vez se queda dormido en el retrete, entre otras formas de castrar sin misericordia al dios Cronos, y el piso y él paulatinamente se tornan más sucios, malolientes y desaliñados. “No tengo trabajo ni ganas de buscarlo, mi vida transcurre entre esta casa, el restaurante y un banco de jardín, es como si no tuviera otra cosa qué hacer más que esperar la muerte”, se dice. 
   Fantasea, además, con regresar a Brasil. Y asiste como un absurdo e inútil curioso a un mitin masivo convocado por los sindicatos de la derecha nacionalista adheridos al régimen de Salazar (entre cuya fauna vociferante descuellan los invitados de honor: de la falange española, de los nazis de Alemania, y de los fascistas de Italia). 
  La fácil huida de su personal e inútil vida gris (no de lo que ocurre en Portugal, en España y en toda Europa) y por ende de las responsabilidades que engendró con Lidia y con el futuro hijo de ambos, es la huida de un triste cobarde. Y la emprende precisamente cuando Pessoa, el día de agosto de 1936, dado que se han cumplido los nueve meses de su índole fantasmal, va a despedirse de Ricardo Reis y entonces éste opta por seguirlo al cementerio, al más allá. 

José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis. Traducción del portugués al castellano de Basilio Losada. Alfaguara. México, 1998. 432 pp. 


lunes, 11 de agosto de 2014

El cuento de la isla desconocida



La pareja ideal y la isla que fue el Paraíso

Traducido del portugués al español por Pilar del Río, mujer del autor, El cuento de la isla desconocida (1999), de José Saramago [1922-2010], impreso en México por Alfaguara, incluye en la cubierta un cintillo que anuncia: “Los beneficios de esta edición se destinarán íntegramente a ayudar a los damnificados de Centroamérica”. Y al término, luego del colofón, figura otra nota en la que se acredita el nombre de las compañías y de las personas que hicieron posible tal proyecto. Es decir, con este ardid publicitario (y humanitario, al parecer) que en primera instancia beneficia y publicita la imagen pública e internacional de la editora y de José Saramago y la venta de sus libros no sólo en lengua castellana, el lector anónimo compra la idea de que ha contribuido con una causa noble manejada quién sabe por cuál de todas las organizaciones humanitarias, que en este caso, pese a las particularidades geográficas, sociales, económicas y políticas de cada país centroamericano, no duda en meter en un solo costal a todos los damnificados de Centroamérica.
(Alfaguara, México, 1999)
   El cuento de la isla desconocida es una minúscula gota del desbordante y descomunal talento narrativo que distingue al Premio Nobel de Literatura 1998. Se trata de una narración fantástica y onírica, aderezada con un efluvio de antiguo cuento de tradición oral, cuya urdimbre apela a mitos, arquetipos y símbolos cosmogónicos y genésicos que habitan el inconsciente colectivo, y a viejos interrogantes existenciales que suelen atosigar ya a la mujer o al hombre que se busca a sí mismo a través de su actividad y destino definitorio, ya al hombre y a la mujer que buscan ser pareja sin jamás encontrarse (pese a estar el uno frente al otro), pero que acaso llegan a coincidir en un sueño (inasible y volátil) que implica la nostalgia del Paraíso Perdido, el retorno a la Tierra de Nunca Jamás, la reinvención de la isla desconocida que navega hacia un destino incierto y que de algún modo prefigura (o puede prefigurar) el silencio, la isla desierta habitada por la pareja arquetipo, cada uno aislado en la soledad, desolación e incomunicación más extrema: “todo hombre es una isla”, reza el robinsoniano y lapidario adagio.
José Saramago y Pilar del Río
Hay una pátina kafkiana en el inicio de El cuento de la isla desconocida, precisamente cuando el simple mortal, el espécimen de la masa anónima se dirige a la casa del rey de la ciudad para solicitarle un barco. El rey, un egocéntrico y fetichista hasta los huesos, se pasa el día sentado a la puerta de los obsequios, lamiendo al placer de recibir y coleccionar regalos. Así, hace caso omiso ante las solicitudes que le llegan a través de la puerta de las peticiones, delegando el trabajo a una pirámide burocrática que termina en la mujer de la limpieza, quien es la que atiende al hombre que pide un barco, el cual, ante la negligencia del rey, decide apostarse frente a la puerta de las peticiones. El rey, movido por la posibilidad de incrementar el flujo de regalos y no por satisfacer al hombre, va a hablar con él en persona y no tarda en otorgarle un navío para que halle la isla desconocida, más que nada inducido por el clamor popular que se arma frente a la puerta. 
La mujer de la limpieza abandona la casa del rey y sin que el hombre del barco lo sepa, sigue a éste, que va hacia el muelle donde el capitán del puerto, tras leer la tarjeta del rey, le entrega una nave que fue carabela, es decir, “del tiempo en que toda la gente andaba buscando islas desconocidas”. Así, en el presente del relato ya es el tiempo en que las islas desconocidas dejaron de existir, lo cual le refrenda el capitán del puerto a ese hombre que además desconoce el oficio de la marinería y de la navegación oceánica. Sin embargo, el hombre le espeta una declaración de principios que parece irrebatible: “todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas”. Pero que no obstante olvida, como el más burro entre los burros, según le informa a la mujer sobre su fracaso para reclutar marinos: “Cómo podría hablarles de una isla desconocida, si no la conozco”. 
Mientras el hombre de la carabela fue a enganchar marinos para la delirante travesía, la mujer de la limpieza comienza a desempeñarse en su oficio; pero además, a la larga, deja ver que en relación al hombre es mucho más práctica y pragmática, aparte de colegir y aprender mucho más rápido el arte de la marinería. La mujer siguió al hombre porque fue seducida por el sueño de encontrar con él la isla desconocida. Pero al hombre, más que aspiraciones geográficas y fundacionales, parecen impulsarlo resortes interiores, existenciales, que pueden ser falaces o no: “quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién soy yo cuando esté en ella”, le dice; “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres”; “Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros”. Sin embargo, la travesía que emprenden en ese barco/isla que aún se halla atracado en el puerto y sólo con ellos dos a bordo, es un viaje onírico, interior, que han emprendido despiertos, ya intercambiando acuerdos, anécdotas e ideas, y con el aleteo de la incipiente, distante y mutua seducción, mismo que continua cuando uno se va a dormir a babor y el otro a estribor. 
   En el sueño del protagonista la carabela lleva tiempo navegando. A bordo hay tantas mujeres como marinos, hartos ya de navegar hacia un destino incierto y bajo una razón absurda, pues se da por entendido que la isla desconocida sólo existe en la cabeza del hombre del navío. La mujer de la limpieza decidió no ir en el último minuto. La carabela transporta tal variedad de flora y fauna que parece un Arca de Noé, una isla/navegante que va a fundar un Mundo Nuevo en una latitud desconocida; tal carga evoca la flora y fauna del Daphne, el navío aparentemente desierto de La isla del día de antes (Lumen, 1995), novela de Umberto Eco, al que Roberto de la Grive arriba como un náufrago amarrado a un tablón cierto día de 1643, cuyo objetivo primordial, el de la nave, era y es resolver el misterio de las longitudes, es decir, el modo de fijar el antimeridiano de la Isla del Hierro (el 180) y al unísono acceder a los tesoros de las Islas de Salomón. Cuando en el relato de José Saramago las mujeres y los marinos abandonan la carabela, se llevan los animales: patos, conejos, gallinas, bueyes, burros, caballos, gaviotas y gaviotillas, y sólo dejan “los árboles, los trigos y las flores, con las trepadoras que se enrollaban a los mástiles y pendían de la amurada como festones”. Así, la isla/carabela, con un solitario Robinson Crusoe al timón, prefigura el ámbito de la utopía, donde la primera mujer quizá brote de su onírica costilla. “Las raíces de los árboles están penetrando en el armazón del barco, no tardará mucho en que estas velas hinchadas dejen de ser necesarias, bastará que el viento sople en las copas y vaya encaminando la carabela a su destino. Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, estarían escondidos por ahí y pronto decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es hora de la siega. Entonces el hombre fijó la rueda del timón y bajó al campo con la hoz en la mano, y, cuando había segado las primeras espigas, vio una sombra al lado de su sombra. Se despertó abrazado a la mujer de la limpieza, y ella a él, confundidos los cuerpos, confundidas las literas, que no se sabe si ésta es la de babor o la de estribor [lo cual sugiere que se trata de otro sueño, pero de un sueño en el que confluyen el sueño que cada uno sueña en su camastro]. Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma.”
(Joaquín Mortiz, México, 1979)
Sobre el trazo y el sueño de una isla y el dibujo y el sueño de la pareja arquetipo, escribe Julieta Campos [1932-2007] casi al inicio de El miedo de perder a Eurídice (Joaquín Mortiz, 1979), seductora y poética novela signada por su extraordinario bagaje literario, insular y onírico, en la que se halla implícito el cuento de José Saramago: “Eranse una vez, un hombre y una mujer. El hombre y la mujer soñaban. El hombre y la mujer se habían soñado y al soñarse se habían inventado. Voy a contar, pues, la historia de un sueño: Erase una vez una pareja: la pareja ideal, la pareja perfecta, la pareja arquetípica, la que reuniría en su doble rostro los rasgos de todos los amantes de la historia, de los que hubieran podido amarse, de los que han imaginado los poetas y de los que no han sido imaginados todavía. Eran (serían) a un tiempo [...] La historia podría comenzar en cualquier momento. Acaso así: La isla surgió al mismo tiempo en la fantasía de ambos que, irreflexivamente, decidieron en ese instante convertirla en el espacio de su amor. Fue entonces el lugar del encuentro soñado y el lugar soñado del encuentro. O bien: Fue entonces cuando la isla empezó a brotar dulcemente del mar como una Venus con los pies mojados por las ondas. Engendrada en una noche tormentosa, nació predestinada. Sería ingenuo evocar una aurora: la creación es un misterio y el paisaje de los misterios es familiar de las tinieblas [...] El sueño de él y el sueño de ella coinciden en más de un punto, de tal modo que resulta difícil determinar cuándo es él quien sueña y cuándo es ella. Todavía no sé si se aman porque sueñan o si sueñan porque se aman. Contarlos y contar la historia de su sueño será, sospecho, la única manera de descubrirlo”.
José Sarmago y Pilar del Río


José Saramago, El cuento de la isla desconocida. Traducción del portugués al español de Pilar del Río. Diseño gráfico e ilustraciones en color de Manuel Estrada. Alfaguara. México, 1999. 54 pp.