Mostrando entradas con la etiqueta Pacheco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pacheco. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de octubre de 2016

Las batallas en el desierto




 Cuando una mujer guapa parte plaza

                                                                                                                JEP in memoriam

“Si los indios no fueran al mismo tiempo los pobres nadie usaría esa palabra a modo de insulto”, le dice su papá a Carlitos, el protagonista de Las batallas en el desierto (Era, 1981), novela corta de José Emilio Pacheco (México, junio 30 de 1939-México, enero 26 de 2014), cuya “Edición conmemorativa” por sus 30 años incluye 9 imágenes del fotógrafo Nacho López (1923-1986) que le dan atmósfera visual, antologadas de su legendaria labor de fotorreportero en los años 50 en las revistas Mañana, Hoy y Siempre!
  Pese a que el meollo de la trama se remonta a la época del régimen presidencial de Miguel Alemán (diciembre 1 de 1946 al 30 de noviembre de 1952), el señalamiento del inicio pudo haber sido dicho hoy mismo (domingo 26 de enero de 2014) en cualquier rincón del país, y como tal contiene muchas otros aún vigentes: “Los mayores se quejaban de la inflación, los cambios, el tránsito, la inmoralidad, el ruido, la delincuencia, el exceso de gente, la mendicidad, los extranjeros, la corrupción, el enriquecimiento sin límite de unos cuantos y la miseria de casi todos”. 

La actriz Maty Huitrón escenificó las imágenes de “Cuando
una mujer guapa parte plaza por Madero”, fotoensayo de Nacho
López (1923-1986) publicado en la revista Siempre! (junio 27 de 1953).

     En la obra, Carlos, ya adulto, evoca el enamoramiento que de niño padeció ante Mariana, la madre de Jim, su condiscípulo, una mujer joven y atractiva (“es un auténtico mango, de veras está más buena que Rita Hayworth”), más el contexto social y ciertos hechos ocurridos alrededor de ello. Dado que Carlitos era un niño clasemediero de la Colonia Roma de la Ciudad de México, el autor, a través de su personaje y entre la narración de la remembranza, hace breves contrastes entre el presente y el pasado; pero sobre todo elabora una crónica nostálgica, sentimental, de los objetos que son parte de la iconografía y de la idiosincrasia de la época, de los atavismos, de las costumbres, de los usos y lugares comunes que vivió su generación. Es por ello que abundan las listas y los nombres de programas de radio, de coches, cómics, revistas, filmes, actores, vedettes, canciones, músicas, compositores, edificios, comercios, calles, sitios, avenidas, autobuses, tranvías, empresas y marcas de distintas cosas: electrodomésticos, juguetes, comestibles y un largo etcétera, como el surgimiento de novedades de inminente propagación: las plumas atómicas, los juguetes de plástico, el fab. En tal reconstrucción memoriosa no faltan los datos, las supersticiones y las fobias exhumadas de la historia (“El símbolo sombrío de nuestro tiempo es el hongo atómico”). Pero también la voz narrativa alude o narra escenarios como si estuviera describiendo sets cinematográficos y por ello no faltan las anécdotas peliculescas. En este sentido, resulta consecuente que el dramaturgo Vicente Leñero (Guadalajara, 1933) y el cineasta José El Perro Estrada (1938-1986) hayan escrito un guión fílmico basado en Las batallas en el desierto, película dirigida —con no muy buena fortuna— por Alberto Isaac (1923-1998), con el título Mariana, Mariana (1987), que obtuvo, en 1988, ocho Arieles, entre ellos el de “Mejor Dirección” y el de “Mejor Guión Cinematográfico”. 
        En la obra se entreteje el reparto de los representantes de las distintas clases sociales (e incluso razas), entre ellos: el político enriquecido y encumbrado por ser amigo del presidente; Toru, el niño japonés que creció en un campo de concentración para nipones (que “hoy dirige una industria japonesa con cuatro mil esclavos mexicanos”); Harry Atherton, el niño gringo, heredero de un imperio, que vivía en una mansión de yuppie, en contraste de Rosales, que subsistía, con su mamá y el amante de ésta, en un par de cuartuchos de una vecindad con los caños del patio inservibles, anegados de agua verdosa y excrementos flotando. Y, desde luego, descuellan los ejemplares que ilustran la variedad clasemediera de la Romita: la familia de Carlitos, oriunda de los cristeros de Guadalajara; y Mariana y Jim, su hijo gringo-mexicano.


José Emilio Pacheco
(1939-2014)
Foto: Lola Álvarez Bravo
      El multipremiado y muy homenajeado JEP es célebre por su columna Inventario (lástima que desapareció de la revista Proceso); pero también es famoso por su catastrofista corazón de masa: esa postura moral, corrosiva y afectiva que sustenta poemas y sus cuestionamientos ideológicos y políticos ante la historia y frente a los desmanes que ocurren en México y en el orbe. De este modo, el tiempo del milagro de la modernización alemanista, de la creciente norteamericanización de la industria “nacional”, del comercio y de la cultura, de la posguerra europea que hizo cohabitar en la Roma a árabes y judíos, a provincianos y chilangos venidos a menos, todo ello es referido desde ópticas críticas (son las que predominan), sin tapujos, e incluso con palabrotas, precisamente como la vox populi solía (y suele) condenar la corrupción del sistema político mexicano en el ámbito del partido único. Ejemplo y blanco de esto es el “poderosísimo amigo íntimo y compañero de banca de Miguel Alemán”; el político y empresario, ganador de mil y una corruptelas aludidas en la obra; el que tiene por querida a Mariana, hermosa joven de 28 años; el que aparece en las imágenes oficiales del gabinete, como las fotos de las inauguraciones a las que continuamente llevan a los niños de primaria, horas esperando, entre ellos Carlitos y Jim, y en las que no falta (dizque por generación espontánea) “la eterna viejecita que rompe la valla militar y es fotografiada cuando entrega al Señor presidente un ramo de rosas”.
       Se colige que para urdir esa mirada crítica de la Ciudad de México, de la Colonia Roma, del alemanismo y su contexto social, JEP echó mano de sus propios recuerdos; y es posible que para la biografía de Carlitos también haya recurrido a su memoria personal. Por lo pronto, Carlitos era un niño bueno, muy sensible ante lo que les sucedía a los otros; es decir, en potencia era un intelectual corazón de masa a imagen y semejanza de JEP (“Lo que más odio: La crueldad con la gente y con los animales, la violencia, los gritos, la presunción [...], que haya quienes no tienen para comer mientras otros se quedan con todo [...]; que poden los árboles o los destruyan; ver que tiren pan a la basura”). Héctor, su veinteañero hermano mayor, era todo lo contrario: rebelde y broncudo (alguna vez cayó en la cárcel), leía la biblia nazi: Mi lucha y onanistas novelillas pornográficas; a medianoche aterrorizaba a la criada de turno en la búsqueda de un infructuoso acostón (“Carne de gata, buena y barata”); y entre otras preciosidades “fue uno de los militantes derechistas que expulsaron al rector Zubirán y borraron el letrero ‘Dios no existe’ en el mural que Diego Rivera pintó en el hotel del Prado”. Tenía su credo político: “Tanto quejarse de los militares, decía, y ya ven cómo anda el país cuando imponen en la presidencia a un civil. Con mi general Henríquez Guzmán, México estaría tan bien como en Argentina con el general Perón. Ya verán, ya verán cómo se van a poner aquí las cosas en 1952. Me canso que, con el PRI o contra el PRI, Henríquez Guzmán va a ser presidente.” Y ahora es un respetable “hombre de empresa al servicio de las transnacionales” (que podría militar en el Yunque): un “Caballero católico, padre de once hijos, gran señor de la extrema derecha mexicana”. 

José Emilio Pacheco en 1963
Foto: Kati Horna
     Carlitos, en cambio, denota que en sus gustos y hábitos infantiles ya es un lector y un cinéfilo. Y una y otra vez ilustra su gran corazón (diaro de un niño): lo ilimitado de sus sentimientos humanos y morales, por lo que no elude emitir un rosario de meas culpas: “yo en el papel de la Doctora Corazón desde su Clínica de Almas”, “yo el magnánimo que a pesar de la devaluación y de la inflación tenía dinero de sobra”, “yo el generoso, capaz de perdonar porque se ha vuelto invulnerable”. Y en contraste con los coloquialismos y las picardías que incluso llega a esgrimir en una escaramuza (“Pásame a tu madre, pinche buey, y verás qué tan puto, indio pendejo”), suele pensar y hablar, no como niño, sino con la formalidad y la rectitud moral de un adulto.
       Jim invita a Carlitos a merendar unos platillos voladores en su casa (un modesto departamento alquilado en un tercer piso). Mira a la bella Mariana por primera vez (sin duda con el tentador cuerpo de pecado de una Venus chilanga) y se enamora ipso facto. El flechazo literalmente lo atraviesa, le parte plaza. El asunto se complica cuando en el aula, oyendo la conjugación verbal “hubiera o hubiese amado”, decide ir (a media clase y solito) a confesárselo. Mariana (“fresca, hermosísima, sin maquillaje”, con “un kimono de seda” y el rastrillito con el que se rasura las piernas) le dice que lo entiende y más que nada trata de situarlo en la realidad; pero el niño, que aún no se masturba ni puede eyacular, en un ligero entreabrir de su kimono le mira “las rodillas, los muslos, los senos, el vientre, el misterioso sexo escondido”.
El hervidero de chismes que es la escuela, la casa familiar, la Roma y todo el pueblote que es el Ciudad de México, provoca que, a raíz de la deducción y delación de Jim, descubran su enamoramiento y se vuelve objeto de incomprensiones y satanizaciones: en la primaria se escandalizan; sus progenitores lo recriminan (la madre mocha y repleta de prejuicios, el padre mediomocho y con casa chica), lo cambian de escuela, lo llevan con el cura y con el psiquiatra (episodios narrados con una lúdica mezcla de sarcasmo, parodia y crítica).

Edición conmemorativa de sus 30 años
(Era,2011)
      Las batallas en el desierto, además de nombre de la novela (integrada por XII capítulos con rótulos), es el apelativo con que los escuincles llaman al remedo de sangrienta guerra a la que juegan en un descampado: árabes contra judíos, jueguito puesto de moda después de que el 14 de mayo de 1948 se fundó el Estado de Israel, causa de la primera guerra árabe-israelí. Pero también es la batalla que tiene que enfrentar Carlitos, solo, en su desierto interior, frente a la falta de comprensión que vive ante adultos y chicos; batalla que se agudiza cuando un poco después (su padre ya ha mejorado su estatus y agringado aún más las condiciones de vida de la familia) se encuentra a Rosales vendiendo chicles en un autobús Santa María y se entera, por éste —con pelos, señales y chismes—, que Mariana se suicidó. No obstante, Carlos nunca pudo dilucidar si en realidad se mató o fue otra cosa (quizá un asesinato ejecutado por los esbirros del todopoderoso señor del gabinete del Cachorro de la Revolución).

José Emilio Pacheco de joven

     La figura de la bella Mariana es traída a la memoria del niño por los versos de “un antiguo bolero puertorriqueño” —se trata de “Obsesión”, del compositor boricua Pedro Flores (1894-1979)—, los cuales, a largo de la narración, evoca y repite varias veces. Pero también pudo haberla recordado al oír los apasionados y humorísticos versos y estribillos de “Mariana”, canción anónima que aún interpreta Oscar Chávez y que según Gabriel Zaid, en su Ómnibus de poesía mexicana (Siglo XXI, 1971), data de 1898, la cual comienza: 


Me quisiera comer un panecillo
con azúcar y canela muy caliente,
me quisiera arrancar hasta los dientes
tan sólo por tu amor.


Por ti, bella Mariana,
por ti lo puedo todo,
el mundo entero, si me mandas,
te lo pongo de otro modo.


José Emilio Pacheco, Las batallas en el desierto. Una foto en sepia y 8 en blanco y negro de Nacho López. Diseño y viñetas de Vicente Rojo. Era. 1ª reimpresión conmemorativa. México, octubre 21 de 2011. 72 pp. 

*******

Enlace a "Mariana Mariana" (1987), película dirigida por Alberto Isaac, basada en la novela homónima de José Emilio Pacheco.
Enlace a "Oye Carlos", canción de Café Tacuba basada en Las batallas en el desierto.


lunes, 16 de mayo de 2016

La cruzada de los niños


En la historia universal de la infamia 
                     
En 1991, para la serie “Sepan Cuantos...”, de Editorial Porrúa, José Emilio Pacheco (Ciudad de México, junio 30 de 1939-enero 26 de 2014) prologó una edición conjunta de La cruzada de los niños (1895) y de Vidas imaginarias (1896), libros escritos en francés por el francés Marcel Schwob (Chavillle, Hauts-de-Heine, agosto 23 de 1867-París, febrero 26 de 1905). Once Vidas imaginarias fueron traducidas al español por JEP y las otras once por el legendario y casi olvidado Rafael Cabrera (Puebla, marzo 5 de 1884-Ciudad de México, febrero 21 de 1943), quien también tradujo La cruzada de los niños. La erudita información del prólogo de JEP es enriquecedora, tal y como son la mayoría de sus Inventarios y de sus Relojes de arena. Aún así, los fervientes borgeanos no dejarán de estimar ni de coleccionar las dos ediciones de Marcel Schwob que prologó Jorge Luis Borges (Buenos Aires, agosto 24 de 1899-Ginebra, junio 14 de 1986).


(Porrúa, México, 1991)




Marcel Schwob
Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges número 36
(Hyspamérica, Buenos Aires, 1985)
    Un prólogo de Borges preludia Vidas imaginarias (Hyspamérica, Buenos Aires, 1985), título publicado con el número 36 de la colección de libros que Borges eligió para la serie Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges de los cuales sólo logró prologar 64; no obstante, de los 75 libros que al final se editaron los 3 últimos se publicaron sin prólogo—, cuya traducción al español de Julio Pérez Millán había aparecido en 1944, en Buenos Aires, editada por Emecé. El otro prólogo, Borges lo escribió para La cruzada de los niños, traducida al castellano por Ricardo Baeza e impresa en 1949, en Buenos Aires, por Ediciones La Perdiz, con ilustraciones de su hermana Norah Borges (1901-1998). Tal prefacio, Borges lo incluyó en su libro Prólogos con un prólogo de prólogos (Torres Agüero, Buenos Aires, 1975). 

Las niñas y Borges
Cuadernos marginales núm. 13, Tusquetes Editores, 2ª edición.
Barcelona, septiembre de 1984.
    Pero antes fue reimpreso en la edición de La cruzada de los niños que Tusquets Editores pergeñó, en Barcelona, en mayo de 1971, dentro de la serie Cuadernos Marginales dirigida por Sergio Pitol; mas la traducción no es la de Ricardo Baeza sino la de Rafael Cabrera, la que apareció en la Ciudad de México, en 1917, al igual que Mimos (1894), de Marcel Schwob, bajo el sello de Cvltvra, la célebre editorial de los hermanos Loera y Chávez que en 1922, al mismo Rafael Cabrera, le editó la traducción que hizo de once de las veintidós Vidas imaginarias. Esto explica que la susodicha edición de 1971 de La cruzada de los niños incluya la dedicatoria con que la signó Rafael Cabrera y que a la letra dice: “Ofrezco esta versión a Julio Torri, que me inició en el conocimiento de Marcel Schwob. Plegue a los dioses que desconozca la vejez, y que vea sus días colmados de dones amables y risueños.”
Julio Torri
José Emilio Pacheco en 1989
Foto: Rogelio Cuéllar
    En Puebla, Ciudad de los Ángeles, donde Rafael Cabrera nació el 5 de marzo de 1884, dirigió la revista Don Quijote (1908-1911) y publicó su único poemario: Presagios (1912), mismo que aumentó en “las sucesivas ediciones de 1933 y 1942”, apunta José Emilio Pacheco, quien también anota que el dominicano Pedro Henríquez Hureña (1884-1946) lo propuso como miembro del Ateneo de la Juventud y que en 1918 se inició en el servicio diplomático. Y si alguien de a pie quiere leer algunos datos sobre Rafael Cabrera y su amistad con Julio Torri (1889-1970), JEP remite a un discurso de Torri compilado en El ladrón de ataúdes (1987), libro editado por el FCE dentro de la serie Cuadernos de La Gaceta, con un prólogo de Jaime García Terrés (1924-1996), cuyo rescate y ensayo preliminar se deben al investigador Serge I. Zaïtzeff, quien le proporcionó a Pacheco, tomadas de las Œuvres complètes (1928) de Marcel Schwob, las fotocopias de las once Vidas imaginarias que Rafael Cabrera no tradujo. Cabe decir, además, que en la misma serie Cuadernos de La Gaceta se editaron dos libros de Marcel Schwob: Ensayos y perfiles (1987), traducido al español por Juan Damonte, cuya primera edición en francés data de 1896; y Mimos (1988), publicado en francés en 1894 (se apuntó arriba), y cuya traducción al español es la misma que a Rafael Cabrera le editaron en Cvltvra, en 1917, los hermanos Loera y Chávez.

(FCE, México, 1987)
(FCE, México, 1987)
(FCE, México, 1988)
    A Rafael Cabrera lo oyen y leen ciertos diocesillos bajunos de las catacumbas de la aldea global (“En todas partes del mundo hay devotos de Marcel Schwob que constituyen pequeñas sociedades secretas”, dice Borges). Su traducción de La cruzada de los niños está joven y fresca a imagen y semejanza de una hoja de parra del Jardín del Edén. Y esto lo refrendan las coincidencias y causalidades infradivinas que dispusieron que sea precedida por La cruzada de los niños, ilustración de Gustave Doré (1832-1883) —cuya estampa otrora se pudo apreciar en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, en la Ciudad de México—, pues ilustra la portada de la segunda edición que Tusquets Editores concluyó en septiembre de 1984, en Barcelona, dentro la serie Cuadernos Marginales. 

La cruzada de los niños
Ilustración: Gustave Doré
Grabado: Jannard
     Los ocho monólogos que conforman La cruzada de los niños, de Marcel Schwob, remiten, como el título lo indica, a las ocho Cruzadas, ese cruento y espeluznante episodio histórico que duró dos siglos, de fines del siglo XI al término del siglo XIII, cuando los cristianos de Europa intentaron arrebatarle a los musulmanes los Santos Lugares, en Tierra Santa. Los ocho relatos (“del goliardo”, “del leproso”, “del Papa Inocencio III”, “de los tres pequeñuelos”, “de Francisco Longuejoue, clérigo”, “de Kalandar”, “de la pequeña Allys”, “del Papa Gregorio IX”), sin embargo, no aluden los trasfondos comerciales, políticos y militares que las impulsaron, sino ciertas paradojas y antagonismos concernientes a la fe. La principal paradoja y contradicción es la cruzada de los niños. Fueron dos columnas. Una partió de Alemania y otra de Francia, ambas en el siglo XIII (año 1212). “Dios permitió que la columna francesa fuera secuestrada por traficantes de esclavos y vendida en Egipto; la alemana se perdió y despareció, devorada por una bárbara geografía y (se conjetura) por pestilencias.” Anota Borges, sentencioso y con ironía y como si parafraseara “el tremendo título de la historia de la primera cruzada” que evoca: “Gesta Dei per Francos, que significa Hazañas de Dios ejecutadas por medio de los franceses”; pero en ello se advierte el trasfondo de la repulsiva locura y del terrible crimen: el extravío y la matanza de los inocentes.
       Los monólogos urdidos por Marcel Schwob son un pequeño mosaico de relatos con una pizca de prosa poética o de pequeños poemas en prosa. Dice Borges en su prólogo: “En ciertos libros del Indostán se lee que el universo no es otra cosa que un sueño de la inmóvil divinidad que está indivisa en cada hombre; a fines del siglo XIX, Marcel Schwob 
—creador, actor y espectador de este sueño— trata de volver a soñar lo que había soñado hace muchos siglos, en soledades africanas y asiáticas: la historia de los niños que anhelaron rescatar el sepulcro. No ensayó, estoy seguro, la ansiosa arqueología de Flaubert; prefirió saturarse de viejas páginas de Jacques de Vitry o de Ernoul y entregarse después a los ejercicios de imaginar y de elegir. Soñó así ser el papa, ser el goliardo, ser los tres niños, ser el clérigo. Aplicó a la tarea el método analítico de Robert Browning, cuyo largo poema narrativo The Ring and the Book (1868) nos revela a través de doce monólogos la intrincada historia de un crimen, desde el punto de vista del asesino, de su víctima, de los testigos, del abogado defensor, del fiscal, del juez, del mismo Robert Browning […]”


Portada de la primera edición
(Tor, Col Megáfono, núm. 3, Buenos Aires, 1935)
Portada de la segunda edición
(Emecé, Buenos Aires, 1954)
      En este sentido, los monólogos de La cruzada de los niños semejan diminutas páginas arrancadas a la evanescente historia “de las personas que no menciona la historia” sobre las cuales Schwob borró y reescribió un puñado de vidas imaginarias, únicas e irrepetibles, y que bien podrían inscribirse en la Historia universal de la infamia, para decirlo con el retintín del sonoro título de Borges (quien anotó en su prólogo a Vidas imaginarias: “Hacia 1935 escribí un libro candoroso que se llamaba Historia universal de la infamia. Una de sus muchas fuentes, no señalada aún por la crítica, fue este libro de Schwob”). Son un pequeño y fragmentario espejo que refleja el oscuro y mezquino afán del efímero e infinitesimal hombre por trascender en la tierra y más allá de la muerte, en este caso implícito en la ciega fe religiosa y en la guerra que confrontan el par de fanáticos contrincantes que reclaman para sí la verdad cosmogónica (única y exclusiva), la supremacía idiosincrásica y el poder militar, político, económico y territorial: la religión musulmana y la religión católica. Así, en tales relatos subyace y late una crítica a la cuestionable moral de ambos credos. 
    En ese anhelo de trascendencia divina que la imaginación popular (no sólo del Medioevo) suele retorcer con supercherías y mistificaciones, alguien (al parecer “un joven pastor, exaltado por las prédicas de San Bernardo”, que “recorrió el norte de Francia y Alemania diciéndose enviado de Dios y exhortando a los niños para que abandonaran sus casas y partieran a la reconquista del sepulcro de Cristo”), con un ciego fundamentalismo, supuso y pergeñó que la pureza y la inocencia de los niños podría provocar el milagro: la recuperación de los Santos Lugares (“Mas Jesús, llamándolos, dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de tales es el reino de Dios.” Lucas 18:16, citan Borges y Pacheco). Era un pesadillesco y terrible tiempo en que, a imagen y semejanza de la peste negra, brotaban ciertos forúnculos fétidos y alucinógenos cuasi milenaristas: sectas, peregrinos, autoflagelantes, ermitaños, predicadores, clérigos errantes, leprosos, mudas desnudas que corrían por las calles y señalaban al cielo, mentecatos que les sacaban los ojos a los niños, les cortaban las piernas y les ataban las manos con el objeto de exhibirlos y de implorar la caridad. Había chiquillos que oían voces, un llamado secreto que les decía que las estrellas de mar habían caído “vivas del cielo a fin de indicarles el camino del Señor”, que a su paso se abriría el océano para que ellos lo cruzaran (“Pásate de aquí allá, y se pasará”, se lee en Mateo 17:20 en torno al poder de la fe), que llegarían a Jerusalén y rescatarían el Santo Sepulcro, y así los escuincles mudos hablarían y los ciegos verían por siempre jamás.
       Alrededor de siete mil niños convertidos en cruzados, cifra dantesca que repiten los testigos. Era previsible el fracaso y la matanza de los inocentes. Ya lo advertían mentes menos ciegas, pero aún así enredadas en las trampas de la fe, en los renglones torcidos de Dios. El modesto goliardo, mendigo de los bosques, por ejemplo; e incluso un Papa: “Son ineptos y nos avergüenzan”, se dice Inocencio III en su retiro. “Son ignorantes de toda verdadera religión.” “Todos estos inocentes serán entregados al naufragio y a los adoradores de Mahoma.” “Debemos creer que el Maligno posee a estas pobres criaturas.” “En otro tiempo revistió el aspecto de un cazador de ratas para atraer con las notas de la música de su caramillo a los pequeñuelos de la ciudad de Hamelin.”
  Vale reiterar que los monólogos de los Papas, con sus líneas de poemas en prosa, son un modo de cuestionar los límites de la religión y del individuo (proclive al error y al pecado) que no dejan de ser.

Marcel Schwob
(Chaville, Hauts-de-Seine, agosto 23 de 1867-
París, febrero 26 de 1905)
      Para la religión católica, el blanco es signo de pureza; pero en este sangriento y beligerante caso también es indicio de racismo y pugna racial. Las voces de los católicos, afirman, se dicen, proclaman, esgrimen, que Jesús es blanco. Pensarlo y pronunciar su nombre tiene un remanente no menos divino y significativo que las cruces que llevan cosidas en el pecho y en la espalda y los bordones que empuñan. Así, cuando un pelirrojo niño cruzado (Johannes el Teutón) es sorprendido por un leproso que vaga en la selva de Loira, el chiquillo no se asusta ni teme el contagio, sólo porque el leproso es un hombre blanco. El niño va a Jerusalén a conquistar los Santos Lugares. Sin embargo ignora dónde se halla tal sitio. Cree que Jerusalén es Nuestro Señor y lo único que sabe de éste es que es blanco. Ante tales ingenuos conceptos el leproso lo limpia y lo deja ir; y conmovido a sí mismo se pregona: “Mi monstruosa blancura es semejante para él a la del Señor.”


Marcel Schwob, La cruzada de los niños. Traducción del francés al español de Rafael Cabrera. Prólogo de Jorge Luis Borges. Cuadernos Marginales núm. 13, Tusquets Editores. 2ª edición. Barcelona, septiembre de 1984. 48 pp.  





La luz de México. Entrevistas con pintores y fotógrafos


Aquí nos tocó mugir

Nacida en San Felipe Torres Mochas, Guanajuato, el 13 de septiembre de 1941, la periodista y narradora Cristina Pacheco —viuda de José Emilio Pacheco (1939-2014), por quien adoptó tal nom de plume, pues en realidad se apellida Romo Hernández— dedicó su libro La luz de México. Entrevistas con pintores y fotógrafos a los ya fallecidos Lya Kostakowsky (pintora) y Luis Cardoza y Aragón (poeta y crítico de arte). La primera edición fue editada en 1988 por el Gobierno del Estado de Guanajuato y la segunda, aumentada, fue impresa en 1995 por el Fondo de Cultura Económica con el número 510 de la serie Cultura Popular (la tercera data de 1996, la cuarta de 2005 y de 2014 la primera versión electrónica). Incluye 44 entrevistas hechas por la autora entre 1977 y 1988. La mayoría aparecieron en la revista Siempre! y unas pocas en sábado, otrora suplemento del diario unomásuno. De las 44, tres corresponden a Rufino Tamayo, dos a José Luis Cuevas, y las que restan, una por cabeza, a los demás elegidos por su dedo flamígero: Gilberto Aceves Navarro, Juan Alcázar, Lola Álvarez Bravo, Manuel Álvarez Bravo, Feliciano Béjar, Fernando Botero, Manuel Carrillo, Gustavo Casasola, Pedro Coronel, Rafael Coronel, Francisco Corzas, Olga Costa, Héctor Cruz, José Chávez Morado, Manuel Felguérez, Héctor García, Luis García Guerrero, Gunther Gerzso, Mathias Goeritz, Héctor Xavier, Armando Herrera, Fernando Leal, Antonio López Sáenz, Faustino Mayo, Carlos Mérida, Benito Messeguer, Armando Morales, Rodolfo Morales, Kishio Murata, Luis Nishizawa, Juan O’Gorman, Máximo Pacheco, Mario Rangel, Vicente Rojo, Armando Salas Portugal, Juan Soriano y Cordelia Urueta.
José Emilio Pacheco y Cristina Pacheco
       Casi todos los entrevistados son mexicanos (incluido Luis Nishizawa, hijo de mexicana y padre japonés); pero también hay extranjeros que adoptaron como suyo a este país: Olga Costa, Mathias Goeritz, Faustino Mayo, Carlos Mérida, Vicente Rojo, Gunther Gerzso (nacido aquí pero de padre húngaro y madre berlinesa); e incluso extranjeros que vivieron en México o pasaron por tales latitudes: Kishio Murata y Fernando Botero.

     
(FCE, 2ª ed., México, 1995) 
        La luz de México está precedido por “Cristina Pacheco: el arte de la historia oral”, el prólogo de su amigo Carlos Monsiváis (1938-2010). Entre las vivas que preludian las mil y una porras con que reseña y celebra el libro y las virtudes de entrevistadora, cronista y reportera de Cristina Pacheco (“por lo que ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Periodismo, el Premio Manuel Buendía y el que otorga la Federación Latinoamericana de Periodistas”), Monsiváis alude el programa televisivo Aquí nos tocó vivir, que en 1978 Cristina empezó a conducir en el Canal 11 del Instituto Politécnico Nacional, “desde alguno de los infinitos barrios de la capital”; pero también, como se ha visto, desde algún lugar de la provincia mexicana. 

Cristina Pacheco en 1979
Monumento a la Revolución, Ciudad de México
Foto: Rogelio Cuéllar
  Si en Aquí nos tocó vivir —reconocido por la UNESCO por su valor documental como “Memoria del Mundo de México 2010” y “Patrimonio Cultural de los Pueblos” y que aún realiza y conduce en el Canal 11 (donde también protagoniza el celebérrimo y misceláneo Conversando con Cristina Pacheco)— la reportera, con camarógrafo y micrófono, acude al hábitat de un pescador o de un artesano (y su parentela), por ejemplo, y a través de la entrevista hace que éste bosqueje su historia personal y familiar y ciertos meollos de su aprendizaje y oficio cotidiano, puede decirse que algo parecido ocurrió con las entrevistas que integran La luz de México. Si bien fueron provocadas por algún suceso entonces noticioso y publicitario (para el entrevistado, la entrevistadora y el medio impreso): una retrospectiva, la presentación o edición de un libro, un homenaje o un aniversario, la mayoría de las veces Cristina, con su libreta y bolígrafo y acompañada por un fotorreportero, procuró hacer la entrevista en la casa-estudio del fotógrafo o pintor. 

     
Juan Soriano y Cristina Pacheco
       Así, si en el programa televisivo Aquí nos tocó vivir algunas imágenes contrapunteadas de palabras son las que ilustran y describen el entorno del entrevistado y al mismo entrevistado, en los reportajes-entrevistas del libro, Cristina Pacheco, con unas cuantas frases y anécdotas describe el itinerario artístico, la casa y el estudio donde se halla, e incluso ciertas características del personaje en cuestión. 

Benito Messeguer y Cristina Pacheco
     
Cristina Pacheco y Rufino Tamayo
       La casa-estudio puede ser casi un pequeño museo con jardín (la de Pedro Coronel en San Jerónimo Lídece); o una especie de abigarrada bodega (la de Mathias Goeritz); o un apretujado y astroso departamento de vecindad (el habitáculo de Máximo Pacheco). En este sentido, la ubicua luz de México y el cielo azul (magnificados por la nostalgia o roídos por la polución) suelen ser aludidos por Cristina Pacheco o por su entrevistado; pero también, como parte del preámbulo y de la atmósfera doméstica que los rodea, suele hablar del jardín, de ciertos objetos y de las mascotas. Es decir, cada reportaje-entrevista es un circunstancial y azaroso acercamiento: un retocado retrato-autorretrato en el que habla el fotógrafo o el pintor de su trayectoria y su obra. Es por esto que casi todos discurren, con sus diferencias y particularidades, por los mismos temas: genealogía, aprendizaje, viajes, obra, disciplinas, ideas, discrepancias, recuerdos, aventuras, anécdotas, gustos y disgustos.

         
Cristina Pacheco y Fernando Botero
          Ante estos retratos-autorretratos en los que confluyen las palabras de los entrevistados y los matices y retoques de Cristina Pacheco y cuyo destino fue un medio impreso, resulta comprensible que casi siempre haya sido acompañada por un fotorreportero. En este sentido, el libro incluye 32 retratos de 32 entrevistados; son fotos en blanco y negro, con baja o pésima resolución, en las que a veces figura la entrevistadora (o una parte de ella). La mayoría de los retratos, pese a ser anecdóticos, son imágenes sin sentido creativo, de simple disparador. Pero además resulta contradictorio que en un libro donde se habla de fotografía y fotoperiodismo, y en el que además hablan fotógrafos que fueron notables fotorreporteros (Gustavo Casasola, Héctor García, Faustino Mayo), no se acredite el nombre de los fotoperiodistas que la acompañaron, pese a que Cristina aluda su fantasmal presencia; es decir, como si todavía estuviéramos en los tiempos en que el fotorreportero era tratado a imagen y semejanza de un vulgar disparador de quinta categoría (que aún los hay y sobran) y sus fotos ninguneadas como imágenes de relleno, susceptibles de ser manipuladas sin su consentimiento y sin su crédito. Pero además de que no se incluyeron nueve retratos de igual número de entrevistados (lo cual resulta o parece discriminatorio), la iconografía, especial para el libro, debió ser elegida con un criterio estético y no simplote y chambón. Entre los fotógrafos de prensa había (y hay) excelentes retratistas como para que no se hubiera podido hacer. 

        
Gustavo Casasola y Cristina Pacheco
         
Héctor García y Cristina Pacheco
       Ciertamente, “en la actualidad [o en notorios y relevantes casos] el arte está sobrestimado”, “es un juego de intelectuales para intelectuales” del que coleccionistas, marchantes, políticos chapulines y funcionarios trepadores y copetones sacan provecho y con ello “los artistas se hacen una enorme publicidad”, —de algo viven, unos de mal en peor (Máximo Pacheco era por entonces un humilde pepenador que subsistía en un asfixiante y reducido cuarto de vecindad) y otros con posturas y ganancias de petulantes príncipes-empresarios; es decir, en cierto modo y para decirlo con Mathias Goeritz, numerosas veces el artista “es un arlequín, una figura que entretiene a la sociedad” (y a la consabida y envanecida jet-set y su quezque intelligentsia incrustada en las mamas del establishment y del statu quo). 

     
Máximo Pacheco, "autor de 15 murales", todos "destruidos"; el primero
pintado "en 1922 y el último en 1945". Fue ayudante de Diego Rivera,
de José Clemente Orozco y de Fermín Revueltas. "Durante 30 años
-de 1937 a 1966-" dio a los niños "clases de pintura en Bellas Artes".
Sin embargo, en 1983, cuando Cristina Pacheco lo visitó para
entrevistarlo, ya llevaba mucho tiempo "oculto entre los montones
de papel y cartón" que recogía "en las calles para sobrevivir".
         Sin embargo, el libro resulta interesante, pues por diversas razones (por la obra o por la trayectoria venturosa o más o menos venturosa e incluso dramática, como fue el caso de Máximo Pacheco), todos los entrevistados tienen su relevancia o algo que decir ante sus propios pasos y frente a la manoseada cultura de México y del mundo, esa cultura que recrea, retroalimenta y entretiene (mientras los políticos y corifeos se pelean por el poder, por el dinero público y las agencias de colocaciones e influencias donde éste se reparte a través de chambas, embajadas, premios, becas, donativos y sobornos), pero que también incide o puede incidir en la facultad crítica y participativa del espectador y elector para votar o anular su voto o abstenerse frente a los corrompidos ganones que infestan y saquean el país: PRI, PAN, PRD, PVEM, etcétera (por quienes el reseñista nunca es su vida ha votado ni votará jamás).

     
José Emilio Pacheco y Cristina Pacheco en 1977
Foto: Rogelio Cuéllar
      Las entrevistas, además, son breves. Tienen cierto valor documental, más aún en los casos en que el entrevistado ya murió. Son amenas, pese a que no falta el que no comparte el discurso sentimental, de tinte izquierdista con que Cristina Pacheco (o su entrevistado) a veces trata de involucrar y conmover al lector. 

Juan O'Gorman
  Con esta serie de pequeños espectáculos clasificación “B” de bolsillo, en los que la entrevistadora pregunta, matiza, y el entrevistado posa y se le ilumina u opaca el coco y la memoria, además de pasársela bien (o más o menos bien) contraponiéndose o haciéndose cómplice de lo que lee, tiene acceso a un buen número de datos y chismes sobre distintos autores, sus obras y otras más.



Cristina Pacheco, La luz de México. Entrevistas con pintores y fotógrafos. Prólogo de Carlos Monsiváis. Iconografía en blanco y negro. Colección Popular núm. 510, FCE. 2ª edición aumentada. México, 1995. 640 pp.


*********