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lunes, 3 de abril de 2017

Vientos de Cuaresma




No hay más remedio que acostumbrarse al fracaso

Firmada en “Mantilla, 1992”, Vientos de Cuaresma, novela del cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), obtuvo en Cuba, en 1993, el Premio Nacional de Novela “Cirilo Villaverde” otorgado por la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba). Y Tusquets Editores la publicó en Barcelona, en marzo de 2001, con el número 434 de la Colección Andanzas. Es su cuarto libro publicado por tal editorial con el que completó la tetralogía de novelas policiales “Las cuatro estaciones” (ubicadas en La Habana) protagonizadas por el teniente investigador Mario Conde. En este sentido, Vientos de Cuaresma (2001) se sucede en la “Primavera de 1989”, Máscaras (1997) en el “Verano de 1989”, Paisaje de otoño (1998) en el “Otoño de 1989” y Pasado perfecto (2000) en el “Invierno de 1989”. Vale añadir que a estas alturas, además de La novela de mi vida (2002) —sobre la biografía del poeta José María Heredia— y de El hombre que amaba a los perros (2009) —sobre el exilio y el asesinato de León Trotsky—, Tusquets ha publicado en la Colección Andanzas otras tres novelas policiales de Leonardo Padura en las que el protagonista es el mismo Mario Conde: La neblina del ayer (2005), Adiós, Hemingway (2006) y La cola de la serpiente (2011). 
(Tusquets, Barcelona, 2001)
Pese a los episodios eróticos y culinarios, a la lúdica ironía y a la procacidad coloquial, a la íntima disección idiosincrásica y a la proverbial desfachatez de Mario Conde (que comparte con sus compinches de siempre, en particular con el Flaco Carlos), Vientos de Cuaresma es una novela melancólica, repleta de un existencial pesimismo, que linda, boga o hace agua en los hediondos y anquilosados miasmas del fracaso. 
Una vertiente narrativa oscila en torno al esclarecimiento del crimen, cuya investigación policial encabezan el teniente Mario Conde y su adjunto el sargento Manuel Palacios. Se trata de descubrir quién mató a Lissette Núñez Delgado y por qué. Lissette, quien aún no cumplía 25 años, era una profesora de química en el Pre de La Víbora (el mismo Pre donde el Conde y sus compinches de siempre estudiaron “entre 1972 y 1975”). Según le informa a Mario Conde el mayor Rangel, el jefe de la Central, Lissette era soltera y militante de la Juventud (con un notable e impoluto currículum); “la asfixiaron con una toalla, pero antes le dieron golpes de todos los colores, le fracturaron una costilla y dos falanges de un dedo y la violaron al menos dos hombres. No se llevaron nada de valor, aparentemente: ni ropa, ni equipos eléctricos... Y en el agua del inodoro de la casa aparecieron fibras de un cigarro de marihuana.” Y según se lee en la p. 36, “En la casa [un cómodo departamento en el cuarto piso de un edificio de Santos Suárez] habían aparecido huellas frescas de cinco personas, sin contar a la muchacha, pero ninguna estaba registrada. Sólo el vecino del tercer piso había dicho algo ligeramente útil: escuchó música y sintió las pisadas rítmicas de un baile la noche de la muerte, el 19 de marzo de 1989.” 
A tales latitudes de la novela —que aún son las iniciales—, tal fecha incide en que el lector conjeture las fechas de los consecutivos días, no precisadas por el autor, pues el crimen se resuelve en una semana. En la p. 102 el Conde le afirma a Pupy (Pedro Ordónez Martell), uno de los investigados: “A Lissette la mataron el martes”. Y por ende, considerando la citada fecha, se da por entendido que fue el martes 19 de marzo de 1989. De nuevo, sin precisar, el Conde le comenta al sargento que el crimen fue “el martes por la noche”. Pero hasta la p. 145 se dice que fue el “martes 18”. Y a partir de la p. 202, a punto de desvelar al asesino, se reitera y repite tal cambio de fecha: “Lissette fue asesinada el martes 18, alrededor de las doce de la noche”. 
Leonardo Padura
Siendo tal la flagrante contradicción y la reiteración del cambio de fecha, al lector no le queda más que optar porque el crimen ocurrió el martes 18 y no el martes 19. En este sentido, el tiempo presente de la novela (dividida en siete capítulos sin rótulos) transcurre entre el Miércoles de Ceniza, es decir, el 19 de marzo de 1989, día del inicio de la Cuaresma, cuando el Conde conoce a Karina, una ingeniera de 28 años, y el siguiente martes 25, día del entierro del capitán Jorrín y de los últimos puntos sobre las íes en torno al trasfondo del asesinato. Más dos o tres días después, cuando, luego de haber ido a presenciar un catártico juego de béisbol con sus compinches de siempre (el Flaco Carlos, Andrés y el Conejo), el Conde, ya en su casa y en la cama, se sumerge en un sueño que reitera y varía el meollo de su recurrente y frustrado sueño guajiro: “soñó que vivía frente al mar, en una casa de madera y tejas [donde siempre se ve escribiendo, él, que es un escritor frustrado] y que amaba a una mujer de pelo rojo y senos pequeños [que corporificó la fugaz Karina], con la piel tostada por el sol. En el sueño siempre veía el mar como a contraluz, dorado y agradecido. En la casa asaban un pez rojo y brillante, que olía como el mar, y hacían el amor bajo la ducha, que de pronto desaparecía para dejarlos sobre la arena, amándose más, hasta quedar dormidos y soñar entonces que la felicidad era posible. Fue un sueño largo, asordinado y nítido, del que despertó sin sobresaltos, cuando la luz del sol volvía a entrar por su ventana.”
Vale decir que el caso del asesinato de la profesora Lissette no destapa, al interior del Pre de La Víbora, una amplia urdimbre de descomposición sistémica (más allá de las aulas) semejante a la que rememora el Conde de su época de estudiante y que él y otros alumnos apodaron “Waterpre” (lúdico parafraseo al sonoro escándalo que suscitó, el 8 de agosto de 1974, la caída del presidente Richard Nixon), pero sí hay visos de una cómplice y promiscua permisividad, coronada por la corrupción de ciertos alumnos. Es decir, Lissette, pese a su imagen e inmaculado currículum de militante de la Juventud, es una libertina: lo mismo se acuesta con uno de sus amantes para obtener unos tenis o con el director para conseguir impunidad ante ciertas corruptelas a ojos vistas; le gusta toquetear a los estudiantes y hacer fiestas con ellos y llevarse a alguno a la cama; se embriaga y baila en su departamento y no le importa el ruido y el respeto a sus inmediatos vecinos. La cereza del pastel, no obstante, no la protagoniza el director o alguno de los maestros, sino el alumno que “vendía a cinco pesos la respuesta de los exámenes”, empeñado en que Lissette le consiguiera “los exámenes de física y matemáticas”.
El Miércoles de Ceniza —un día antes de que el Conde se entere por el mayor Rangel y empiece a investigar el caso del asesinato de Lissette—, se sucede el citado encuentro con Karina, a quien conoce porque a ella se le pincha una llanta de su Fiat polaco y, con torpeza, la auxilia. Karina, quien además de ingeniera toca el saxo, se va a Matanzas para cumplir una tarea en una fábrica de fertilizantes y acuerdan verse el viernes a su regreso. El Conde queda flechado: desde el inicio de los “tres días de espera” se imagina “todo: matrimonio y niños incluidos, pasando, como etapa previa, por actos amatorios en camas, playas, hierbazales tropicales y prados británicos, hoteles de diversos estrellatos, noches con y sin luna, amaneceres y Fiats polacos, y después, todavía desnuda, la veía colocarse el saxo entre las piernas y chupar la boquilla, para atacar una melodía pastosa, dorada y tibia. No podía hacer otra cosa que imaginar y esperar, y masturbarse cuando la imagen de Karina, saxofón en ristre, resultaba insoportablemente erógena”.
En este sentido, la otra vertiente narrativa de Vientos de Cuaresma discurre en torno a la espera de Karina (y los dos encuentros sexuales que tiene con ella: el sábado 23 y el domingo 24), imbricada a la interacción del Conde con su orbe doméstico y cotidiano —sobre todo con el Flaco Carlos en silla de ruedas desde la Guerra de Angola y las comilonas que para ambos prepara su madre Josefina—. Pero también figuran Andrés (médico), el Conejo (historiador), y Candito el Rojo (zapatero, quien ha sido y es su secreto informante), más las íntimas evocaciones de su genealogía y biografía. Y es allí donde descuella su recurrente sueño guajiro: “Se conformaba, entonces, con soñar —sabiendo que sólo soñaba— que alguna vez viviría frente al mar, en una casa de madera y tejas siempre expuesta al olor de la sal. En aquella casa escribiría un libro —una historia simple y conmovedora sobre la amistad y el amor— y dedicaría las tardes, después de la siesta —que tampoco había escapado a sus cálculos— en el largo portal abierto a las brisas y terrales, a lanzar cordeles al agua y a pensar, como ahora, con las olas batiéndole los tobillos, en los misterios de la mar.”
El lunes 25, Mario Conde espera ansioso el telefonema de Karina (“Estoy asquerosamente enamorado”); pero ésta no lo hace y él, en el entorno de la cercana casa de la madre de ella, observa la ausencia del Fiat polaco. El martes 26, luego de desvelar la identidad del asesino de Lissette, el Conde la halla en casa de su progenitora y Karina le revela el trasfondo de su ausencia: tiene marido y vuelve a él. Es decir, Karina es otra variante de la “alegre buscona de fines del siglo XX”, quien además de enfatizarle: “Me sentía sola, me caíste bien, me hacía falta acostarme con un hombre”, le reprocha: “Te enamoras”.
El Conde, vil perro apaleado, todavía dice: “Llámame alguna vez”. No obstante, “Piensa que no hay más remedio que acostumbrarse al fracaso”.
El teniente investigador Mario Conde, con 35 años de edad y estudios universitarios truncos, sin mujer y sin hijos (vive solo con un autista y solitario pez recluido en su circular pecera), fumador empedernido, bebedor voraz que ronda el alcoholismo (suicida vicio que comparte con el Flaco Carlos, preso en la silla de ruedas desde hace una década), coincidiendo con la muerte del capitán Jorrín (decano de la Central que era su estimado amigo) y con la bronca callejera que tuvo con el teniente Fabricio (motivo por lo que el mayor Rangel, tras resolver el caso de Lissette, lo suspende en espera de la comisión disciplinaria y del proceso), piensa que su ciclo en la policía ya concluyó: “Quiero irme de aquí —dijo, y abrió las manos para abarcar el espacio que lo agredía”. 
Leonardo Padura
Si tales son los resumidos rasgos de un fracaso individual e íntimo (siente que su destino está ligado al incierto destino del Flaco Carlos y su madre Josefina), está inmerso en el fracaso social, político y económico de su generación y del régimen autoritario que gobierna Cuba. El Conde —que borracho se ve atosigado por la angustia de un triste llanto sin control— no se opone al statu quo (que traza los estertores del “socialismo” dictatorial dependiente de la hegemonía de la URSS) ni busca huir de la isla, pese a la falta de libertades, a su inveterada pobreza y a que en su fuero interno cuestione muchas anomalías. En este sentido, la conciencia autocrítica del grupo la formula Andrés (“el perfecto, el inteligente, el equilibrado, el triunfador”) en una perorata que es un doméstico deshago verbal ante sus compinches de siempre: “Carlos: estás jodido, te jodieron. Y yo que camino también estoy jodido: no fui pelotero, soy un médico del montón en un hospital del montón, me casé con una mujer que también es del montón y trabaja en una oficina de mierda donde se llenan papeles de mierda para que se limpien con ellos otras oficinas de mierda...”


Leonardo Padura, Vientos de Cuaresma. Colección Andanzas (438), Tusquets Editores. Barcelona, marzo de 2001. 232 pp.



Que se mueran los feos


    El as del sexo, el sapo y la pata de palo

El legendario y fugaz Boris Vian, quien por un infarto sólo vivió casi 39 años (Ville-d’Avray, marzo 10 de 1920-París, junio 23 de 1959), fue un escritor polifacético y polímata que se codeó con jazzistas e intelectuales de la crème de la crème del existencialismo francés. Escribió poemas, cuentos, novelas, libretos teatrales, canciones y artículos para revistas como Les Temps Modernes, Jazz Hot y el periódico Combat. Y además de ingeniero e inventor, fue cantante y trompetista de jazz, locutor de radio, escenógrafo y traductor.  
En el centro: Boris Vian y su mujer Michelle
A los lados: Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir
(París, 1952)
  Urdida en francés y dispuesta en 30 capítulos con rótulos, su novela Que se mueran los feos se publicó en París, en 1948, firmada con el pseudónimo de Vernon Sullivan (supuesto escritor gringo de raza negra) y en ella Boris Vian figuró como traductor. Si la fecha de la primera edición corresponde al hipotético tiempo en que sucede la trama (después de la Segunda Guerra Mundial), también hay cierta consonancia entre la juventud del autor y la de Rock Bailey, el protagonista, quien dentro de seis meses cumplirá 20 años. 

Colección Andanzas núm. 105, Tusquets Editores
Primera reimpresión mexicana
México, diciembre de 1992
  Podría ser que Boris Vian hubiera escrito una obra consistente, profunda, lo cual no excluye lo humorístico, lúdico y paródico. No es el caso: se trata de una novela light, bufa, de una especie de thriller para adolescentes crónicos e incurables, pero de unos chamacos desmadrosos que sólo esperen pasar un buen rato leyendo una mezcla de cómic y novela negra, cuento de Playboy y pastiche holliwoodense, con acción, trompadas, intrigas, secuestros, mujeres bellas desaparecidas, autos a toda máquina que se persiguen por las calles, agentes del FBI, balas, cuerpos perforados y chorreando sangre, estallidos de granadas, absurdos caricaturescos, hazañas espectaculares y cierta dosis de ciencia ficción: androides y un científico loco que pretende exterminar a los feos y construir un mundo feliz (que obviamente deviene del mundo feliz que imaginó y propagó Aldous Huxley en 1932) con series de mujeres y hombres hermosos, perfectos, hipersexuales, con su tarea laboral preconcebida y tipificada en el laboratorio. Pero sobre todo, mediante esa cohorte de demiurgos menores, el doctor Markus Schutz, el científico loco, sueña con apropiarse del todopoderoso gobierno de los Estados Unidos de América. Y, desde luego, en tal explosivo menjurje no podían faltar los heroínos en quienes los jóvenes lectores (aún con acné) proyectan sus soterradas fantasías: varios aún no tienen 20 años y dos de ellos: Rock y Mike, son guapos, atléticos, hipersexuales, temerarios, y pueden contra lo que sea. 

     
Boris Vian
(Ville-d’Avray, marzo 10 de 1920-París, junio 23 de 1959)
       Quizá en francés la obra resulte distinta y su vacuidad argumental sea, no obstante, un divertimento digno de leerse; pero la presente traducción al castellano —y no es chovinismo— es lamentable: los personajes parlotean a imagen y semejanza de los humanoides de España, pese a que son gringos de Los Ángeles, California; y todo el tiempo berrean chistes y frases hechas que sólo articulan y vociferan los españoletes cursis. Así, la tradicional leyenda que deifica al autor más o menos se desinfla en esta versión.

     
Boris Vian, trompetista de jazz
       Rock Bailey, la estrella del elenco, se ha propuesto perder su virginidad sólo al cumplir la veintena. Es un deportista con 90 kilos de peso y un metro 88 de altura. El año anterior ganó el título Mister Los Ángeles. Es el más atractivo de todos, por lo que constantemente tiene que quitarse de encima a las féminas que se lanzan sobre él para comérselo en un tris. Al principio sus chistes son muy bobos, ridículos y pedantes, precisamente del tamaño de su estupidez e ingenuidad; así, se cohíbe, ruboriza y grita al estar desnudo frente a una mujer desnuda. Suele encontrarse con sus amiguetes en el Zooty Slammer, el bar de Lem Hamilton, un pianista negro y gordo. Uno de tales compinches es Gary Kilian, reportero del California Call, y otro, menos compinche, es Douglas Thruck, crítico cinematográfico (sintomáticamente, para Boris Vian, quien parece sentirse filmado por Hollywood en el papel de Rock Bailey y quizá con la corpulencia y el rostro del goberneitor Arnold Schwarzenegger), cuyo sueño es escribir una Estética del cine, diez volúmenes en diez años de trabajo. 

Boris Vian en su papel de escritor
Cierta noche entre las noches el grupo se halla en una de sus reuniones en el bar; Rock Bailey, como siempre, exhibiendo su idiotez y su virginal éxito con las mujeres. Sale a tomar aire y un tipo con “la clásica treta del gángster decidido a hacer una jugarreta”, le pide fuego y le invita un cigarrillo que lo duerme. Lo secuestran y lo encierran desnudo con una mujer desnuda. 

Al regresar al bar con su virginidad intacta, sucede que Sunday Love, una de las chavas del grupo, de 17 años, descubre un cadáver en la caseta telefónica. 
A partir del secuestro y del crimen, el asunto cambia. Rock Bailey, junto con Gary Kilian, literalmente empiezan a jugar a los detectives (y el juego se prolonga hasta la última página), no sin invocar, como bendición, las películas de Humphrey Bogart. Rock Bailey deja de ser un niño bobo y con agilidad e inteligencia (pero también su cuate) deduce a la investigador policíaco e incluso sus chistes son menos tontos. 
Paralelamente a Nick Defato, el jefe de la policía, pero apoyados por éste, se introducen en la madeja de los misterios. ¿Qué mafia secuestró a Rock Bailey, en una especie de clínica, para que hiciera el sexo con una fémina tipo modelo de Playboy? ¿Quién mató al hombre de la caseta telefónica? ¿Quién hizo las fotos de vivisección con humanos? ¿Para qué se hacen tales operaciones quirúrgicas? ¿Quién y para qué ha desaparecido a varias mujeres bellas y jóvenes? ¿Las fotos y el atentado contra el coche en que viajaba Nick Defato aluden el enfrentamiento de dos bandas o es la escisión de una sola?
     
Boris Vian de locutor de radio
        El tono y el ritmo para resolver tales misterios iniciales es el juego del suspense: los improvisados detectives juegan y dicen bromas, pero también los otros personajes. Y si no escasean las chavas, los desnudos y los manoseos, también abundan los gags de acción citados líneas arriba, como las peleas cuerpo a cuerpo en las que destaca, para dar y recibir golpes y porrazos (así reza el estereotipado rosario de clisés del heroíno), la fortaleza y resistencia de Rock Bailey, pero también la de Mike Bokanski, el joven que se les une junto con su supuesto tío, el viejo Andy Sigman, dizque taxista, quien posee la peliculesca virtud de llegar al rescate en el momento en que se le necesita.

      Los crímenes, pesquisas y trompadas los conducen a la clínica del doctor Markus Schutz, ubicada en San Pinto, cerca de Los Ángeles. Esta es, al unísono, búnker y laboratorio clandestino; un laberinto subterráneo, con pisos y pisos, puertas y puertas, pasillos y pasillos. Allí, Rock, Mike y su perro Noonoo, son conducidos por el androide número 16 de la serie C, al que Rock bautiza: “Jef Devay”. 
Tal androide es un paradójico sapo, diría Jules Renard, en la sopa de perfección y belleza del doctor Schutz: además de feo y defectuoso, anima un odio al padre (en cuyos defectos, escuálida figura y pulsión parricida, se vislumbra una pátina del engendro abandonado por el doctor Frankenstein en la clásica novela que Mary W. Shelley publicó en 1818, tantas veces adaptada y parodiada en el cine, en la tele, en el cómic y en la novela gráfica), pero sobre todo les revela varios de los secretos del doctor Markus Schutz, el científico loco: que en poco tiempo fabrica humanoides; la escena de una vivisección; un suculento forniqueo entre dos insaciables androides. Y entre otras cosas, les enseña una cámara de incubación y envejecimiento acelerado en la que observan a varios embriones que serán androides de distintas series, cada ejemplar idéntico al modelo de la serie a que pertenece. Por último, les dice que el doctor Schutz se ha ido a una isla del Pacífico, de su propiedad, llevándose aparatos, archivos y series de sujetos. 
El defectuoso androide Jef Devay, además de sapo, es un hilo suelto, dado que después de que los héroes dejan el laboratorio, pese a que iba a seguir con ellos, nunca se sabe más de él. Lo mismo ocurre con Noonoo, el perro super entrenado que llega a hablar (otro clisé de caricatura y teleserie clasificación A) sin que nadie se sorprenda ni diga ni mu ni pío sobre el asunto. Simples detalles, como el chiste sobre el presidente Truman, al que llaman Truwoman.
        Al salir del búnker, Mike Bokanski y Andy Sigman revelan que son agentes secretos del FBI y que ya le seguían las huellas y la pista al doctor Markus Schutz. Gary y Rock, casi sin dormir ni comer y guiados por la compulsión que les dicta su instinto y su olfato de sabueso detectivesco (otro cliché), vuelan con los agentes en un B-29 rumbo a la isla del Pacífico, que fue base militar durante la guerra, por lo que entre los abandonados restos abundan los cascos japoneses. Al llegar, se dejan caer en paracaídas. Pero frente al fragor sexual visto en el anterior laboratorio y frente a lo incierto del regreso, Rock Bailey, antes de partir de la ínsula, decide perder la virginidad. Y en tal ámbito, al igual que su atlética fortaleza de heroíno, la escenas eróticas denotan que es un as del sexo: durante horas y horas lo hace con Sunday Love y casi enseguida y al mismo tiempo con Mona y Beryl. 
En la isla, luego de cruzar un jardín en el que no faltan los empalados (que evocan los cruentos sembradíos del legendario antropófago Vlad Tepes, El Empalador), pero con un letrero en el cuello que reza: aspecto defectuoso, resulta que en el nuevo búnker hay una orgía entre androides de ambos sexos, desnudos, perfectos, idénticos y superpotentes, todos de la serie O. Y puesto que Rock, camuflado, puede hacerse pasar por un ejemplar de la serie S, vuelve a demostrar sus ínfulas de superdotado. 
Boris Vian observando su efigie
  Cuando finalmente Mike y Rock se encuentran con el heresiarca, éste les presume que ya sabía que lo seguían, que su divisa es que se mueran los feos, que para exterminarlos llenará el orbe de generaciones bellas y perfectas, que ya posee androides infiltrados entre artistas famosos, deportistas campeones, políticos y militares con los que se apoderará de la Casa Blanca, como es el caso del almirante que comanda el cercano torpedero, que dizque iba a apoyar a los que llegaron por aire. 

A Mike y a Rock los enclaustran con dos androides idénticas y pese a que las inducen a escenificar para ellos un espectáculo lésbico, no pierden la cabeza. El viejo Andy Sigman, en cambio, se encierra con cuatro androides y delega su responsabilidad en Mike Bokanski. 
Boris Vian pensando en el cine
  El frijol en la sopa, o paradoja del caso, es que a partir de que el doctor Markus Schutz se va de vacaciones, pese a que se supone científico y megalómano obseso de la perfección y del todopoderoso poder, Mike Bokanski puede desmontarle los planes con una simple prueba del añejo: ordena que del torpedero le envíen 25 marinos guapos y 25 feos y los coloca frente a 50 hermosas, húmedas y sedientas androides. Luego ordena a éstas que se lancen sobre los marinos que ellas deseen. Sin pensarlo optan por los feos; es decir, están hartas de tanta perfección y belleza, el mismo síndrome y hastío que muestra Mike Bokanski e incluso el mismo almirante-androide, quien para calmarlo y excitarlo le dice que tiene a bordo, a su disposición, una secretaria jorobada, repulsiva, con una enorme sonrisa y una pata de palo.



Boris Vian, Que se mueran los feos. Traducción del francés al español de T.P. Lugones. Colección Andanzas núm. 105, Tusquets Editores. Primera reimpresión mexicana. México, diciembre de 1992. 208 pp.


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Enlace a "Que se mueran los feos", interpretación de Los Xochimilcas.
"El jeque de Arabia", Boris Vian a la trompeta.

Memorial del convento



La ilusión viaja en globo
(Alfaguara, Madrid, 1998)
De 1982 data la primera edición en lengua portuguesa de Memorial del convento, novela del portugués José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998, nacido en Azinhaga, Santarém, Portugal, el 16 de noviembre de 1922 [muerto en Tías, isla de Lanzarote, España, el 18 de junio de 2010]. Y de 1998 data la traducción del portugués al español de Basilio Losada, autor de las ilustrativas notas al pie de página, tales como las fichas biográficas del padre Bartolomeu Lourenço de Gusmão (1685-1724) y la del dramaturgo Antonio José da Silva (1705-1739), aunque tal vez debió incluir otras, por ejemplo, la del compositor y clavecinista Domenico Scarlatti (1675-1757), pues también juega cierto papel protagónico. 
      Memorial del convento es una novela voluminosa, muy descriptiva, sin profundidad psicológica en el carácter y en el comportamiento de los personajes, con la mayoría de las páginas repletas de cabo a rabo, por lo que no es fácil reseñar en un puñado de cuartillas todas las menudencias que se narran allí, incluidas algunas arbitrariedades o descuidos en el transcurso de varios de los tiempos que maneja. 
El estilo narrativo de José Saramago es caudaloso, denso y apretado, proclive a los excesos, a las frecuentes y largas enumeraciones, a la palabrería, al bagazo, a los ripios, a la infalible digresión, a los comentarios humorísticos o cáusticos de la voz narrativa (alter ego del autor) desde su particular perspectiva de europeo del siglo XX y Memorial del convento no es la excepción, pero con la salvedad o con la notable y trascendente característica de que en esta obra la narración fulgura, de un modo extraordinario, por su riqueza y sabiduría barroca. Esto es así porque los acontecimientos centrales, que se desarrollan de un modo lineal y alterno, se ubican entre 1711 y 1739 en territorio portugués, bajo la monarquía imperial de Don Juan V y de la atávica y prejuiciosa férula de la Iglesia católica y de los terroríficos, inhumanos y carnavalescos autos de fe que promueve el Santo Oficio en sus mazmorras y en las plazas públicas.
      De modo que el lector del siglo XXI, si quiere comprender al pie de la letra el sentido o el intríngulis de lo que significan, narran y pintan un sinnúmero de palabras, una y otra vez tiene que consultar el Diccionario de la Real Academia Española o algún otro de buen calibre.  
José Saramago
(1922-2010)
Los sucesos que se relatan en Memorial del convento giran, sobre todo, en torno a dos epicentros paralelos que a veces se entrecruzan, tal laberíntico jardín de senderos que se bifurcan. 
Uno lo protagoniza la conducta (muchas veces libertina) del rey de Portugal y de su parentela y todo el fasto y la superabundancia y exageración de los ritos y protocolos de la corte y de los cortesanos y de la Iglesia católica, vertiente que además implica la cimentación del convento que alude el título de la novela. Al principio de la misma, el joven rey Don Juan V, en 1711, aún no cumple los 22 años de edad y está empeñado en embarazar a la reina: Doña María Ana Josefa, importada de Austria, muy devota, con la que lleva casado más de dos años. 
     Bajo la conjura del obispo inquisidor: Don Nuno da Cunha, de los frailes de la Arrábida y de la reina María Ana Josefa, un fraile franciscano que se supone milagroso: Antonio de San José, le dice al joven rey Don Juan V que si promete construir y construye el convento franciscano en la villa de Mafra que desde 1624 busca ser edificado, engendrará heredero al trono. 
      Don Juan V dicta su promesa. A la reina poco a poco le crece la feliz barriga y a su debido tiempo nace la infanta Doña María Javiera Francisca Leonor Bárbara, primera de los seis hijos que el real matrimonio tendrá.
  Comienza la construcción del convento en la villa de Mafra y simbólicamente la primera piedra, después de la bendición de rigor por un prelado de primer orden, es colocada por el rey el 17 de noviembre de 1717 en medio de una rimbombante ceremonia religiosa. La edificación es una obra ardua y ciclópea que llega a emplear a más de veinte mil hombres y hacia 1730 ya suman más de cuarenta mil. El rey Don Juan V, caprichoso e ignorante, ante la imposibilidad de construir en territorio portugués una réplica de la basílica de San Pedro de Roma (“consumió ciento veinte años de trabajos y riquezas”, le dice el arquitecto del convento de Mafra), en 1728 decide que el convento de Mafra ya no será sólo para 80 frailes, según se acordó, sino para 300. Y frente al miedo y al presentimiento de morir y no ver su obra terminada, decide que dentro de dos años, el domingo 22 de octubre de 1730, día que cumplirá sus 51 años de edad, tendrá que celebrarse la consagración del convento, cosa que ocurre casi al término de la novela, pese a que aún está inconcluso y a los mil y un problemas y desventuras que el agrandamiento y la prisa provocaron entre los estrategas de la construcción y entre los hombres (la mayoría pobrísimos, harapientos y analfabetas) que de todos los rincones del reino de Portugal fueron cazados y extirpados de sus familias y de sus oficios y llevados a la fuerza (no pocos sujetos por una cuerda) a laborar en las obras y a subsistir en los barracones (cuasi campo de concentración nazi) por un vil y mísero mendrugo. 
Sobre el monumental, monstruoso y lento alzamiento del convento franciscano en la villa de Mafra, abundan los detalles y los episodios, mismos que dada su cantidad y colorido puede descubrir el lector por su cuenta; por ejemplo, las peripecias y muertes que suscita, durante ocho días de julio de 1725, el transporte de una piedrota de mármol de 31 toneladas cuyo destino es el “balcón que quedará sobre el pórtico de la iglesia” (“Es la madre de la piedra”, dijo uno de los boyeros), misma que es llevada de la cantera de Pêro Pinheiro al futuro convento de Mafra en un gran carro (“especie de nave de India con ruedas”) arrastrado por 400 bueyes y más de 20 carros con los pertrechos para la conducción. O las 18 monumentales estatuas de santos desembarcadas de Italia en San Antonio do Tojal, llevadas de allí al convento de Mafra sobre 18 carros jalados por bueyes que se cruzan en el “camino que viene de Cheleiros con el que viene de Alcaínça Pequena” con un grupo de “novicios del convento de San José de Ribamar, cercano a Algés y Carnaxide”, cuyos infortunios se narran con pintorescos pelos y señales, pues fueron enviados a pata pelada por caminos agrestes para participar en la consagración del convento de Mafra, el cual habitarán en aposentos donde les esperan otras desdichas. 
El otro epicentro narrativo de Memorial del convento, que a la postre resulta el principal, lo conforma la historia de amor que a lo largo de las páginas protagonizan Baltasar Mateus, alias Sietesoles, y Blimunda, ambos pobres en extremo e iletrados. Casi al comienzo de la novela, Baltasar (alto, delgado, con 26 años de edad, nacido en Mafra el año de 1685) ha sido liberado del ejército de su majestad después de cuatro años de guerrear, tras perder la mano izquierda en una batalla ocurrida en Jerez de los Caballeros un día de octubre de 1710. En la primavera de 1711, Baltasar Mateus anda en Évora pidiendo limosna para reunir el pago al herrero quien le hace un gancho de hierro y un punzón, que alternativamente usará ligados al muñón con correas de cuero, ya como instrumento de trabajo, ya como puntiaguda y mortal arma, que en su camino a Lisboa, donde tal vez obtenga de las arcas del palacio real una pensión de guerra “por la sangre vertida”, pasando Pegões, le sirve para matar a uno de los bandidos que intentan asaltarlo y quizá liquidarlo. 
Ya en Lisboa, Baltasar Sietesoles vagabundea y se informa para comer de limosna en las hermandades católicas y conoce a João Elvas, un viejo ex soldado convertido en ladrón que se hace su amigo y lo lleva a dormir a su refugio de truhanes en un olivar a un lado del convento de la Esperanza. Pero lo más trascendente de ese año de 1711 es el hecho de que entre la multitud vociferante y blasfema conglomerada en el Rossío (incluso figura el rey) en torno a un vistoso, terrorista y ejemplar auto de fe convocado por el Santo Oficio, Baltasar conoce a la joven Blimunda, quien se halla acompañada por el padre Bartolomeu Lourenço de Gusmão. Son 104 los sentenciados por la Inquisición, unos a la hoguera, otros a recibir garrotazos o azotes, entre ellos Sebastiana María de Jesús, la madre de Blimunda, “condenada a ser azotada en público y a ocho años deportada en el reino de Angola”, cuya herejía consiste en oír voces del cielo, en tener visiones y revelaciones, y en creer que puede ser santa. Poderes que Blimunda, con 19 años de edad, sólo heredó en cierto aspecto, pues ella únicamente puede ver el interior material de los cuerpos, no los pensamientos, pero sí las voluntades de los humanos, que las llega a ver como “una nube cerrada sobre la boca del estómago” después de que el padre Bartolomeu Lourenço, en un pasaje y para determinada misión, la insta a observar con detenimiento; es decir, en ayunas, además de las voluntades de hombres y mujeres, Blimunda únicamente ve los huesos, el flujo sanguíneo, los pulmones, el corazón, las vísceras, el relleno de relleno, los minúsculos pedúnculos umbelíferos y demás etcéteras de todo humano o animal que se le ponga enfrente o lo que ocultan las extrañas de la tierra (puede descubrir, por ejemplo, un escondido y profundo ojo de agua que alivie la sequía de un territorio); y para evitar o interrumpir tales imágenes, cada mañana con los ojos cerrados come un trozo de pan. 
   Una especie de inducción telepática hace que ante al paso y la mirada de la madre entre los procesados por el Santo Oficio, Blimunda, sorpresivamente, le pregunte al desconocido que tiene al dado: “Cuál es tu gracia”; y allí mismo, con pocas palabras, largos silencios y sobreentendidos, empieza a tejerse la entrañable e ideal historia de amor entre Baltasar Sietesoles (el susodicho desconocido) y Blimunda, pues luego del auto de fe se van a la casucha de ella acompañados por el padre Bartolomeu Lourenço, cuya amistad los signa hasta los últimos días que tienen destinados sobre el planeta Tierra y en medio de la eterna e infinita soledad del cosmos.
   Nacido en Santos, Brasil, el padre Bartolomeu Lourenço, también tiene 26 años de edad y es conocido en Lisboa como el Volador porque otrora voló en un globo construido por él. Según la nota de Basilio Losada, el verdadero Bartolomeu Lourenço de Gusmão, creador del globo aerostático y precursor de la aeronáutica, “inventó un globo rudimentario que se alzó de tierra el 8 de agosto de 1709” y ese año “envió a Juan V una Memoria comunicándole haber inventado ‘un instrumento para andar por el aire del mismo modo que por la tierra y el mar’”. Pero además, apunta, “por Lisboa circuló un dibujo de un extraño artefacto en forma de ave —de ahí el nombre de passarola— que parece ser una mixtificación del propio Volador para desviar la atención de las gentes de la verdadera índole de sus experiencias”. 
  Dado que el padre Bartolomeu Lourenço goza de cierta cercanía y protección del rey Don Juan V, le consigue empleo a Baltasar Sietesoles en el matadero del Terreiro do Paço aledaño al castillo real, pero no el pago de su pensión de guerra. Antes lo lleva a conocer su máquina de volar que oculta en la especie de bodega de una finca en San Sebastián da Pedreira, no muy lejos de Lisboa, y le enseña el dibujo de un ave, nada menos que la passarola, con la que según él volará, y le propone a Baltasar que lo auxilie en su construcción. Baltasar acepta después de oír los argumentos algo heréticos del padre Bartolomeu Lourenço. Pero la passarola sólo podrá volar cuando el cura, les dice a Baltasar y a Blimunda en otro momento, conozca y domine el misterio del éter, que según él “es donde cuelgan las estrellas” y que únicamente se baja del espacio mediante la alquimia, arte que el cura Bartolomeu aprenderá en Holanda. 
   Para hacerse entender, el padre Bartolomeu les explica que el éter “es parte de la virtud general que atrae a los seres y a los cuerpos, y hasta a las cosas inanimadas y los libera del peso de la tierra, llevándolos al sol”. Y más aún: “para que la máquina se levante en el aire, es preciso que el sol atraiga el ámbar que ha de estar preso en los alambres del techo, que a su vez atraerá al éter que habremos introducido en las esferas, que a su vez atraerá a los imanes que estarán abajo, los cuales, a su vez, atraerán las laminillas de hierro de que se compone la osamenta de la barca, y, entonces, subiremos al aire con el viento, o con el soplo de los fuelles, si el viento falta, pero vuelvo a decir, faltando el éter nos falta todo”. 
Así, hacia 1713, el padre Bartolomeu Lourenço realiza su viaje de estudios a Holanda. Dejan bajo llave la passarola. Y Baltasar y Blimunda se van a Mafra, donde ella conoce a la parentela de Sietesoles y donde se suceden una serie episodios, algunos relativos a la construcción del monumental convento franciscano.
    En 1717 el cura Bartolomeu retorna de Holanda y los visita en Mafra, precisamente en el chamizo de los padres de Baltasar y en un paseo los pone al tanto de sus nuevos conocimientos (que resultan aún más etéreos y metafísicos): que el éter “no se puede alcanzar por las artes de la alquimia”, y que “antes de subir a los aires para ser aquello de donde las estrellas cuelgan y el aire que Dios respira, vive dentro de los hombres y mujeres”; “no se compone de las almas de los muertos, se compone, oídlo bien, de las voluntades de los vivos”. “Dentro de nosotros existen voluntad y alma, el alma se retira con la muerte, y va allá donde las almas esperan el juicio, nadie sabe, pero la voluntad, o se separó del hombre estando vivo, o se separa de él con la muerte, ella es el éter, es, pues, la voluntad del hombre lo que sostiene las estrellas, y es la voluntad del hombre lo que Dios respira”.
   Siendo las cosas así, mientras el padre Bartolomeu Lourenço se marcha rumbo a Coimbra en busca de su doctorado en Cánones, dispone que Baltasar y Blimunda regresen a Lisboa y se instalen en la finca en San Sebastián da Pedreira con dos objetivos: que Baltasar Sietesoles construya la máquina siguiendo el dibujo y las indicaciones del cura (cosa que hace con el auxilio de Blimunda), y que Blimunda, con el poder de su mirada en ayunas, se dedique a coleccionar voluntades donde haya gente (procesiones religiosas, autos de fe, durante los estragos de la peste, en las obras del convento). Es decir, puesto que la voluntad de un humano la ve como “una nube cerrada sobre la boca del estómago”, ella anda en ayunas por todos lados con un frasco de cristal en cuyo fondo hay una pastilla de ámbar amarillo, “llamado electro”, informó el cura, que atrae y atrapa a las voluntades en fuga, que no es otra cosa (ya se dijo) que el éter, el elemento (miles y miles de voluntades) que hará posible que la luz del sol haga volar a la passarola
Así, entre 1717 y 1724, Baltasar y Blimunda viven en la finca de San Sebastián da Pedreira realizando, sobre todo, las labores que les destina el cura. Llega el momento en que la passarola ya está en condiciones de volar, cosa que ocurre un día de septiembre de 1724 cuando el padre Bartolomeu Lourenço, en medio de la locura que lo atosiga, de sus devaneos religiosos y de la persecución del Santo Oficio, inesperadamente arriba a la finca de San Sebastián da Pedreira y los tres huyen volando en la máquina, pasan incluso sobre las obras del convento de Mafra, donde “hay quien los ve, gente que huye despavorida, gente que se arrodilla y alza las manos implorando misericordia, gente que tira piedras, se apodera la inquietud de miles de hombres, quien no ha llegado a verlo, duda, quien lo vio, jura y pide el testimonio del vecino, pero pruebas ya nadie puede presentar, porque la máquina se ha alejado en dirección al sol, se ha vuelto invisible contra el disco refulgente, tal vez no haya sido más que una alucinación, los escépticos triunfan sobre la perplejidad de los que creyeron”. Sin embargo, la passarola sigue su azaroso curso y aterriza al concluir la luz del día sin que a los tres ocupantes les pase nada. Durante la noche el padre Bartolomeu intenta incendiar la máquina. “Si he de arder en una hoguera, al menos que sea en ésta”, les dice. Y luego desaparece en la oscuridad sin que Baltasar y Blimunda lo adviertan. Al día siguiente, en el camino, las palabras de un pastor les hace ver que cayeron en Monte Junto, un sitio de la sierra del Barregudo, donde la passarola ha quedado chamuscada y escondida. 
    La pareja tarda dos días en retornar a la villa de Mafra, donde se encuentran en las calles con una procesión que celebra y da gracias a Dios por hacer volar a su Espíritu Santo “por encima de las obras de la basílica”. No vuelven a tener noticia del cura, hasta que el músico Domenico Scarlatti, quien había llevado un clavicordio a la finca de San Sebastián da Pedreira (instrumento que arrojó a las profundidades de un pozo para no ser inculpado por el Santo Oficio), les lleva la mala nueva de que el padre Bartolomeu Lourenço de Gusmão murió en Toledo, España, el 19 de diciembre de 1724. 
En la novela de José Saramago las cosas siguen su curso. Gracias a la recomendación de Alvaro Diego, el cuñado de Baltasar que trabaja en las obras del convento (quien de albañil pasa a cantero, y de cantero a cantero de obra fina, el cual morirá al caer de un muro de 30 metros de alto), en 1724, tras su retorno a Mafra, Sietesoles, con 39 años de edad, comienza a trabajar en las mismas obras llevando y trayendo una carretilla; y en 1725 se convierte en boyero, es decir, en conductor de una de las cientos de yuntas de bueyes. 
   Baltasar y Blimunda, que se aman hasta la saciedad, de vez en cuando van de Mafra hasta Monte Junto, en la sierra del Barregudo, a visitar a la passarola, que tiene forma de ave, y limpian y remozan las averías que presenta por el abandono y la vuelven a dejar oculta, quizá con una especie de esperanza de volar en ella.
Días antes del domingo 22 de octubre de 1730, fecha dictada por Don Juan V para la consagración del convento franciscano, en la villa de Mafra se vive la efervescencia de las inminentes fiestas y ceremonias religiosas. Han pasado seis meses desde la última vez que Baltasar estuvo donde la passarola. Al visitarla y arreglar los daños, un súbito accidente provoca que la luz del sol dé sobre la máquina y que el mecanismo se active. La passarola sale volando con Sietesoles colgado de ella. Esa noche y al día siguiente Blimunda espera el retorno de Baltasar. Va a buscarlo al sitio de Monte Junto y se encuentra con la desaparición de la máquina y de su hombre, además de que en la búsqueda se ve impelida a matar a un fraile dominico que intenta abusar de ella.
    El mismo domingo de las celebraciones, el primero de los ocho días de la consagración del convento, Blimunda, sin decirle nada a nadie, se marcha de la villa de Mafra con el fin de localizar a Sietesoles o sus restos.
     Entre 1730 y 1739, durante nueve años, Blimunda, casi siempre a pie y descalza, busca a Baltasar por todos los rincones de Portugal, incluso un poco más allá de la frontera de España. Se hace más vieja y más astrosa, y hay lugares donde le tiran piedras y se burlan de ella. La séptima vez que pasa por Lisboa, en 1739, se encuentra con una multitud en la plaza de Santo Domingo donde se efectúa un auto de fe. Son once los condenados por el Santo Oficio que arden en la hoguera, entre ellos “un hombre a quien falta la mano izquierda”.
Pilar del Río y José Saramago
   Vale subrayar, por último, que Memorial del convento, una de las extraordinarias novelas de José Saramago, también es una crítica a la histórica intolerancia de la Iglesia católica, pues, por ejemplo, es una herejía ser judío y por ende el judío, por serlo, puede ser condenado a la hoguera. Pero además es una crítica a la hipocresía y a la endeble ética de los feligreses y sacerdotes, pues, también por ejemplo, durante Cuaresma y durante Semana Santa casi todo es libertinaje y fornicación; además de que sobran las sabrosas y lúdicas anécdotas de los frailes disolutos; y del consabido y sobresaliente caso de que el propio monarca, Don Juan V, se da la gran vida con las monjas de los conventos del reino.


José Saramago, Memorial del convento. Notas y traducción del portugués al castellano de Basilio Losada. Alfaguara. Madrid, 1998. 472 pp.


domingo, 5 de marzo de 2017

Chiquita




La reina liliputiense cubana

El cubano Antonio Orlando Rodríguez (Ciego de Ávila, junio 30 de 1956) obtuvo con Chiquita el XI Premio Alfaguara de Novela 2008. Se trata de un divertimento que posee un descomunal, hilarante y caricaturesco sentido lúdico y humorístico que impera en casi todas las páginas y en sus mil y una historias, en algunas de las cuales se transluce su estudio y análisis de la literatura infantil no sólo de América Latina y del Caribe y por ende a veces conllevan una mixtura popular muy emparentada con los cuentos para niños, adolescentes y jóvenes.


Antonio Orlando Rodríguez
En su “Nota final”, firmada en “Miami, noviembre de 2007”, el autor vierte una especie de declaración de principios: “Soy un novelista; es decir, un mentiroso profesional. Aunque este libro se inspira en la vida de Espiridiona ‘Chiquita’ Cenda, dista mucho de reproducirla con fidelidad. Se trata de una obra concebida desde la libertad absoluta que permite la ficción, así que cambié a mi antojo todo lo que quise y añadí episodios que, probablemente, a la famosa liliputiense le hubiese gustado protagonizar.
“He entremezclado sin el menor escrúpulo verdad histórica y fantasía, y dejo al lector la tarea de averiguar cuánto hay de una y de otra en las páginas de esta suerte de biografía imaginaria de un personaje real. Ahora bien, le recomiendo que no se fíe de las apariencias: algunos hechos que parecen pura fabulación están documentados en libros y periódicos de la época.”
(Alfaguara, México, 2008)
Sin embargo, pese a la broma implícita en esto último, a tales alturas del libro lo que declara resulta perogrullesco, pues inextricablemente urdidos a un enorme acopio de datos, hechos, anécdotas y personajes históricos y de la farándula (básicamente extirpados de los anales de Cuba, Estados Unidos y Europa), se desglosa con muchísimos detalles, pasajes y elementos imaginarios, maravillosos y fantásticos para conformar una novela bufa y no una biografía novelada. Así, Espiridiona Cenda del Castillo, la Chiquita del divertido y desternillante volumen de Antonio Orlando Rodríguez es, simple y llanamente, el personaje literario que lo protagoniza.
En cierta página del libro se indica la diferencia entre enanos y liliputienses (no por casualidad Lemuel Gulliver fue el seudónimo con que concursó el autor): los primeros son deformes, con la cabeza muy grande, casi sin cuello, con el pecho combado y alguna porra en la espalda; los segundos son a imagen y semejanza de las personas de talla “normal”. En este sentido, la Chiquita de la novela fue una encantadora y atractiva liliputiense, muy bien hechecita, que desde los diez años hasta su muerte midió 26 pulgadas.
Estrella de vaudeville en teatros, pero también atracción en ferias y zoológicos, sobre todo en Estados Unidos, la cubana Espiridiona Cenda del Castillo nació en Matanzas el 14 de diciembre de 1869, y murió en su casa de Far Rockaway, en Long Island, el 11 de diciembre de 1945, tres días antes de cumplir 76 años, acompañada por Rústica, su fiel y abnegada criada negra de toda la vida.
Con la falda corta, en una tarjeta postal vendida en la feria del condado
Lake, en Ohio, en 1926. Aunque por entonces estaba cerca de los cincuenta
y siete años de edad, en la dedicatoria que escribió en el reverso Chiquita
dice tener sólo cuarenta y cuatro años.
En el “Preámbulo de la novela, el supuesto albacea final (alter ego y homónimo del autor) que hizo posible la transcripción y edición de la supuesta biografía de Chiquita, puntualiza su identidad (novelística) al término de la primera nota al pie de página (cuyo conjunto, a lo largo de las hojas, también son parte de la ficción, del juego y de las bufonadas): “Todas las notas al pie de página son de Antonio Orlando Rodríguez”.
En tal prefacio el tocayo del autor dice que supo de Chiquita, por primera vez, cuando en La Habana, en 1990, Cándido Olazábal, un octogenario que “había sido corrector de pruebas de la revista Bohemia”, puso en venta su biblioteca antes de retirarse al asilo Santovenia, y que el anciano, por saber que Antonio era escritor, le ofreció las viejas cajas sobrevivientes del furibundo huracán Fox que en 1952 azotó e inundó a Mantazas y su hábitat, mismas que contenían papeles amarillentos y apolillados de lo que el joven Cándido mecanografió durante tres años (en medio de la Depresión Económica desencadenada en 1929) sobre la vida y milagros de Chiquita, oyendo la viva voz y el dictado de ésta, quien para tal cosa le brindó honorarios y cobijo en su casa de Far Rockaway.
En este sentido, el cuerpo central del volumen se desarrolla en dos vertientes alternas: los capítulos numerados con romanos, que se supone son la transcripción de las hojas otrora mecanografiadas por el joven Cándido; y los capítulos que se perdieron durante el huracán, también numerados con romanos pero entre corchetes, y que el parlanchín viejito Cándido Olazábal evocó y reconstruyó de memoria, no sin digresiones, hablándole de tú a Antonio y por ende los modismos y los giros coloquiales son más frecuentes.


Tarjeta para publicitar sus presentaciones en el Lit Brother's Free
Theatre de Pensilvania. Curiosamente, en el manuscrito no se
hace alusión a este momento de su carrera.
A esto se añaden tres anexos compilados y anotados por el tocayo del autor de la novela. Unos versos en inglés y español de la matancera quezque transcritos del folleto Chiquita “Little One”, dizque “publicado en Boston, alrededor de 1897”. La nota y listado: “Liliputienses y enanos: mientas más pequeños, más grandes”, que el húngaro F. Koltai, erudito en notable gente pequeña, publicó hacia 1926 en el Rhode Island Lady’s Magazine. Más un “Testimonio gráfico” sobre Chiquita que reproduce 19 imágenes (no muy legibles) con sus correspondientes lúdicos y jocosos pies.
Si después de tres años de trabajar en la casa de Far Rockaway, el joven Cándido está cansado y siente nostalgia de su terruño cubano y por ende se apresuran y él y Chiquita terminan la biografía en dos meses (su encomienda fue mecanografiarla no a modo de memorias autobiográficas en primera persona, sino a la manera de un narrador despersonalizado, omnisciente y ubicuo), esto coincide con los capítulos finales del volumen, cuando entre 1906 y 1909 comienza a sucederse cierto declive artístico y anímico de Chiquita. Es decir, el lector tiene la impresión de que si bien el novelista de carne y hueso no pierde la pulsión amena, fabulosa, juguetona y humorística, sí parece que también él se cansó y apresuró el paso para concluir de prisa con pequeñas anécdotas y grandes huecos y omisiones.


Chiquita
En 1872, en Matanzas, el príncipe ruso Alejo Romanov de paso por Cuba con una comitiva en la que figura su viejo preceptor: el contrahecho y feo enano Arkadi Arkadievich Dragulescu, a través de sus padres le obsequia a la bebé Chiquita una cadenita de la que cuelga una diminuta esfera de oro que tiene grabados unos crípticos jeroglíficos y lo que les dice de la joya parece la cháchara de un vendedor de maleficios y pócimas mágicas, quizá médium y experto en la bola de cristal, la quiromancia y la cartomancia: “Es un talismán”. “La esfera es el mundo, pero también es Sphairos, el infinito y la perfección. Si su niña lo lleva siempre consigo, el universo será gentil con ella, la buena suerte la acompañará a donde vaya y tendrá una vida larga y feliz.” 
Pues bien, alrededor de tal objeto (cuyo oculto meollo ignoran Chiquita y su parentela) se entretejen, a lo largo de la novela, el suspense y las intrigas más relevantes, pues además de los indicios sobrenaturales: los jeroglíficos se mueven en ciertos instantes y la bolita de oro emite luz y destellos a manera de señal o de advertencia de algún peligro, ocurren varios misteriosos asesinatos (a cuyos cadáveres les clavan en la lengua trece alfileres) y el furtivo robo de la joya durante una madrugada de agosto de 1896, día en que Chiquita debuta en el neoyorquino Palacio del Placer, precisamente con un show que alude la guerra de independencia de los cubanos contra el imperio español, sangriento enfrentamiento conjurado gracias a la dizque noble y quezque desinteresada y samaritana intervención del Tío Sam.


Chiquita poseía una voz afinada y bastante más potente
de lo que su talla hacía suponer.
Si diez meses después del hurto la joya es recuperada en forma subrepticia, su intríngulis comienza a despejarse cuando a Chiquita, en la feria mundial de Omaha, en 1898, el chino Ching Ling Foo, mago y amante suyo con quien hace el amor levitando en medio de una nube, le dice que la alhaja es emblema de la secreta “secta de los pequeños” y que en algún momento le pedirán que se integre a ella; y opta por no decir una palabra más, porque no quiere aparecer muerto y con trece alfileres clavados en la lengua.
Tal requerimiento ocurre durante la noche del 14 de diciembre de 1900, día de su 31 aniversario, cuando en un ineludible viaje astral le es revelada la arcana existencia de La Orden de los Pequeños Artífices de la Nueva Arcadia, cuyo origen data del siglo XV, ídem la acuñación de su idioma secreto (los jeroglíficos). Y si bien sus cofrades de enanos y liliputienses otrora se infiltraron “en las cortes de emperadores, reyes y príncipes de Europa” con tal de incidir en las decisiones de los poderosos y en el rumbo de la historia, su objetivo último es apoderarse del gobierno del planeta, pero encabezado por la gente pequeña. 
Tal propósito megalómano y hegemónico es dirigido por una especie de diocescillo bajuno llamado Demiurgo (al parecer del más allá ¿subterráneo? o de un ámbito liminal entre el sueño y la vigilia o de una dimensión paralela a la nuestra); por su dedo flamígero y las conjunciones astrales Chiquita fue elegida al nacer. Es por ello que se le entregó la joya para que siempre la llevara consigo; y no es un talismán, sino el indicativo de la posición privilegiada y única que le corresponde dentro de la autoritaria, dogmática y excluyente Orden, que además le sirve para realizar las bilocaciones; es decir, que mientras el Maestro Mayor y los cuatro Artífices Superiores (quienes también tienen sus bolitas de oro) dejan su cuerpo físico en la cama o en otro sitio, éstos, con su cuerpo astral, viajan por el espacio y se reúnen y dialogan entre sí.


Medir mucho menos que los demás no significaba que pudieran
esclavizarla o arrogarse el derecho de decidir por ella.
Sin embargo, a Chiquita, pese a su designación ultraterrena y privilegiada en la jerarquía inamovible y dictatorial, la secta le importa un comino y con ello su cualidad paranormal de bilocación; y esto contrasta con el silencio y la indiferencia del Demiurgo (que al parecer se equivocó de títeres y sumos acólitos) y con la paulatina ruina y muerte de la Orden, antecedida por la extinción de un par de sectarios y cruentos desgajamientos: Los Auténticos Pequeños y Los Verdaderos Auténticos Pequeños.


¿Su última foto?


Antonio Orlando Rodríguez, Chiquita. Alfaguara. México, 2008. 510 pp.


sábado, 18 de febrero de 2017

Los papeles de Aspern

Sólo la cuchara conoce el fondo de la olla

Un estadounidense y decimonónico crítico e historiador literario radicado en Londres es el punto de vista, la voz narrativa de Los papeles de Aspern, novela corta de Henry James (1843-1916), escrita en inglés (salpimentada con vocablos extranjeros), publicada por entregas en 1888, en Boston, en la revista The Atlantic Monthly. Celebérrima obra (a estas alturas del siglo XXI una especie de anacrónico, obsolescente, melodramático, sucinto y artificial culebrón), ha sido varias veces adaptada al cine (en 1947 con somnífera y fallida fortuna). Y traducida al español por Sergio Pitol, fue editada en Xalapa, en 2012, por la Universidad Veracruzana, con el número 18 de la colección Sergio Pitol Traductor. 
Colección Sergio Pitol Traductor número 18
Universidad Veracruzana, Xalapa, agosto de 2012
  Por alguna imprecisa razón y dirigiéndose a alguien igualmente impreciso, el crítico literario, quien nunca dice su nombre verdadero ni el falso, evoca, confiesa, narra y comenta las aciagas, ampulosas y retóricas peripecias otrora vividas en su afán por conseguir las cartas que Jeffrey Aspern —excelso poeta norteamericano de corta vida (ya fallecido)—, que en su juventud le enviara a Juliana Bordereau, entonces joven y bella y con cautivadores y magnéticos ojos (quizá de basilisca encantadora de víboras); musa, “esencialmente americana”, de “algunos de los poemas más exquisitos y famosos de Aspern”. El crítico literario, con obra publicada, se considera un especialista en la vida y la poesía de Jeffrey Aspern, a quien sitúa apenas por debajo de Shakespeare. La noticia de que Juliana Bordereau, anciana y solterona, subsiste oculta en un vetusto palacio en Venecia, en compañía de su sobrina, hizo que él y su colega John Cumnor se pusieran en contacto con ellas, desde Londres, a través de un par de cartas enviadas por éste, con el fin de observar los papeles, y luego escribir y publicar un desconocido episodio de la biografía de Jeffrey Aspern. La negativa, redactada por Tita, la sobrina, fue áspera y contundente: “La señorita Bordereau le había pedido que le escribiera para decirle que no lograba imaginarse qué pretendía al importunarlas. No poseían papel alguno del señor Aspern y, en caso de tenerlos, no tenían la menor intención de mostrárselos a nadie, cualesquiera que fuesen las circunstancias.”    

Fotograma de The Lost Moment (1947),
película dirigida por Martin Gabel,
basada en Los papeles de Aspern (1888),
novela de Henry James.
  Así que ya en Venecia, apoyándose con informes, el comadreo, los chismes y cuentos de la señora Prest en torno a las señoritas Bordereau (“poco respetables americanas”, “tienen fama de brujas”, “no pedían favores ni solicitaban atención alguna”), el crítico pone manos a la obra en su plan de asedio y asalto para apropiarse de los papeles de Aspern. “La hipocresía y la falsedad son mis únicas armas”, le pregona a la señora Prest su declaración de principios, quien le sugiere el caballo de Troya para infiltrarse en el ruinoso palacio: “Sencillamente pídales que lo admitan en calidad de inquilino”. Así que el crítico, dispuesto a enamorar a la sobrina (según le dijo, cantarín, a la señora Prest), se presenta con una tarjeta de visita con un nombre falso e inventa que, para realizar ciertos estudios literarios, está ansioso por rentar unas habitaciones de ese palacio, pero que colinden con el descuidado pero magnífico jardín, que él está dispuesto a transformarlo en un lugar repleto de flores (casi un pequeño remedo del Jardín del Edén). La decrépita pero lúcida Juliana Bordereau fija la renta mensual en mil francos en oro (contantes y sonantes), cantidad que, dice el crítico, es enorme y le serviría para rentar durante un año alguno de los antiguos palacios que abundan en “los canales no céntricos” de Venecia (quizá habitados por fantasmas evanescentes o por algún horripilante y laberíntico fantasma de la Ópera). “Le pagaría con el rostro sonriente lo que me pedía [dice], pero en ese caso tendría la compensación de extraer los papeles gratuitamente.” Así que al día siguiente regresa al palacio para entregarle tres mil francos en oro, por tres meses de renta, precisamente dentro de “un saco de gamuza de dimensiones respetables” que le proporcionó su banquero. 

Dividida en nueve capítulos, en Los papeles de Aspern no escasea el suspense, los detalles inesperados y los giros sorpresivos. La estancia del crítico en el palacio de las señoritas Bordereau inicia un día de abril y se prolonga unos cuantos meses; seis, al parecer. Tiempo que se sucede “en plena mitad del siglo XIX, la época de los periódicos, los telegramas, las fotografías y los entrevistadores”. No obstante, el período que evoca el crítico relativo a la leyenda que vivió Jeffrey Aspern con Juliana Bordereau en los años veinte del siglo XIX parece muy remoto: “Allá por 1825 había corrido el rumor de que ‘la había tratado mal’, igual que habían corrido rumores de que ‘había despachado’, como dice el populacho en Londres, a varias damas ‘con la misma cuchara’.” De ahí que diga sobre la achacosa, autoritaria, sarcástica e iracunda anciana que parece no levantarse por sí misma de la silla de ruedas y nunca descubrir su rostro ni sus ojos: “Revoloteaba en torno a su nombre un aroma de indómita pasión, una insinuación de que no había sido siempre una joven estrictamente respetable.”
Durante esa breve estancia en el ruinoso palacio de las señoritas Bordereau el crítico muestra indicios de poseer alguna fortuna: sin trabajar en ningún sitio, dizque se entrega a sus estudios literarios en el rincón elegido y preparado ex profeso en el jardín, y tiene a su disposición, pagados por su bolsillo, un sirviente, una góndola, un gondolero, y el jardinero llevado por él; pero también, pese a “su banquero”, dice no ser rico y se queja de que está agotando sus recursos. Así que cuando la anciana Bordereau le pide por adelantado la renta por otros seis meses (seis mil francos en monedas de oro), él sólo, le responde, puede pagar un mes y por ende ella, colérica, pensará si acepta tal escueto compromiso o no. 
Fotograma de The Lost Moment (1947)
  Así como el crítico no puede verle los ojos a Juliana Bordereau porque siempre los oculta “con una horrorosa visera verde que hacía el efecto de una máscara”, a esas alturas de su estancia es obvia la codicia de la anciana: él, como persona, no le importa o le importa muy poco, y al unísono busca apropiarse de todo el oro posible del crítico (para acumularlo y coleccionarlo) y heredárselo a su sobrina Tita Bordereau, ya entrada en años, y, al parecer, muy poco agraciada. Pero además, semejante a una Celestina y alcahueta, pretende que entre el crítico y su sobrina medie un amistoso galanteo (y quizá un romántico enamoramiento) que, dados los implícitos prejuicios y atavismos, tendría que dirigirse a las cuatro paredes del matrimonio. (Incluso, como toda una chismosa casamentera de vecindario, sin ningún respeto por su sobrina y él, y como si éstos fueran un par de escuincles de manita sudada, le pregunta de qué habló con su sobrina el día que salieron a pasear en góndola por sugerencia de la propia tía. “¿Por qué no saca a pasear alguna vez a esta muchacha y le muestra la ciudad?”, le dijo al crítico; y a Tita: “Sal con él y sírvele de cicerone”.) Pero el intríngulis que obstaculiza el probable romance y el ineludible casorio es que el crítico no experimenta ninguna atracción por la añosa sobrina (incluso llega a expresarse de ella con mucho desprecio: “una ridícula y patética vieja provinciana”). Y pese a que a la señora Prest le anunció, dándoselas de donjuán, que enamoraría a la sobrina, él, si bien en el palacio, con mentiras, hipocresía, lisonjas y buenos modales, busca engatusarla para posesionarse de los papeles de Aspern, no intenta enamorarla; no obstante, ella sí, tristemente, se enamora de él. 

Fotograma de The Lost Moment (1947)
  Tita Bordereau es un personaje lastimero, infeliz, lacrimoso y patético. “Nosotras carecemos de vida”, le confiesa al crítico. “Ahora no somos nada”. “No hay ningún placer en esta casa”. Y además de tontorrona, es decir, pánfila y anodina (semejante a un huevo sin sal) y sin un grumo de malicia ni perspicacia (incluso sobre las menudencias pecuniarias), su vida y su individualidad están totalmente anuladas y plegadas a las órdenes y caprichos de su altanera tía, quien con descaro y falta de respeto la minusvalúa y pone en ridículo delante del crítico. “Eres muy ignorante”, le sorraja frente a éste, que es un extraño recién llegado. Y enseguida le reporta sobre su sobrina, tal si fuera una rascuache perrita caniche del octavo día que a veces se orina en su falda: “Tuvo una buena educación de joven. Yo misma me ocupé de ella.” “Pero desde entonces no ha aprendido nada.” Sin embargo, pese a lo nauseabundo del yugo, a las heces del cicateo viperino y del infalible menosprecio, al parecer hay entre ambas un muto y largo apego con cierto cariño filial, pero inextricable al añejo y mórbido dominio y a la perentoria tiranía que la tía ejerce sobre su sobrina. Es decir, se atisba en el oscuro meollo una maloliente interdependencia sadomasoquista. De ahí el desaseo, el desorden y la mugre que pulula en la alcoba de la anciana Juliana Bordereau, siempre con la cama “tan mal hecha”: “La habitación estaba terriblemente revuelta: parecía el camerín de una vieja actriz; había vestidos colgados sobre el respaldo de las sillas; aquí y allá podían verse bultos de ropa de bastante mal aspecto y varias cajas de cartón, enormes y descoloridas, que hubiesen podido tener cincuenta años de antigüedad, apiladas en un rincón.” “A ella le gusta vivir así”, le dice Tita al crítico. E incluyendo a la pelirroja y joven sirvienta añade: “no nos permite mover nada. Algunas de esas cajas las ha tenido consigo más de la mayor parte de su vida.”

Fotograma de The Lost Moment (1947)
  El crítico literario codicia los papeles de Aspern (y podría robarlos si supiera dónde están y salir corriendo de allí e implícitamente glorificar su nombre con ellos) y Juliana Bordereau codicia el oro de él (por su valor monetario y por su rancio fetichismo, pero también para heredárselo a su sobrina). Y Tita Bordereau, tras el fallecimiento de su tía y con sus tres dedos de frente, codicia el amor del crítico para ella sola (y por lo siglos de los siglos). Es decir, Tita, tras la muerte y entierro de Juliana Bordereau, con ceremonia católica, posee los papeles de Jeffrey Aspern y podría, desprendida, dárselos al crítico y desobedecer así las irrevocables órdenes de su tía (quien intentó quemarlos), tal y como le entrega el pequeño (pero valioso) retrato oval de Jeffrey Aspern que guardaba y atesoraba su tía (sin que la sobrina lo supiera ni lo hubiera visto nunca). Pero sólo está dispuesta a darle los papeles de Aspern (y todo el resto, lo que quiera, el enorme palacio, su cuerpo, su vida) si él le pide su mano, no para lucirla y conservarla en una pecera, sino para casarse con ella y con todo lo demás. Los papeles de Aspern son, entonces, su moneda de cambio (o compra) para obtener lo que codicia con lagrimones en el rostro y el corazón hecho añicos y puntiagudas esquirlas. Ante la negativa de él (“¡No resultaría, no resultaría!”), y cuando tenso y nervioso se ha marchado por allí (para luego regresar pensando en enajenar su vida: “¿Por qué no, después de todo? ¿Por qué no?”), Tita quema los papeles en el fuego de la cocina y signa así su decisión de que él se vaya de inmediato del palacio y su deseo de no volver a verlo nunca más por el resto de sus días.

(Lectorum, 2002)
        En su ensayo sobre Los papeles de Aspern, firmado en “Budapest, diciembre de 1977”, que Sergio Pitol compiló en su libro Adicción a los ingleses. Vida y obra de diez novelistas (Lectorum, 2002), se lee sobre la simiente de la novela: “En el cuaderno de notas de James existe una anotación de enero de 1887. Acaba de enterarse de que hasta hacía poco vivía en Florencia, al lado de una sobrina de más de cincuenta años, una señora que había sido amante de Byron y posteriormente de Shelley, y que había vivido hasta ser casi centenaria. Un tal capitán Sillsbee, gran admirador de Shelley, se enteró de que la anciana poseía cartas de su ídolo y decidió vivir como arrendatario suyo con la esperanza de apoderarse de ellas. Fue el germen del relato. Aunque en Los papeles de Aspern, todos los personajes, el poeta muerto, las señoritas Bordereau, tía y sobrina, el literato que desea conseguir los papeles son norteamericanos, la figura de Aspern recupera muchos rasgos de Byron.”



Henry James, Los papeles de Aspern. Traducción del inglés al español de Sergio Pitol. Colección Sergio Pitol Traductor núm. 18, Universidad Veracruzana. Xalapa, agosto de 2012. 146 pp.

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