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lunes, 3 de abril de 2017

Vientos de Cuaresma




No hay más remedio que acostumbrarse al fracaso

Firmada en “Mantilla, 1992”, Vientos de Cuaresma, novela del cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), obtuvo en Cuba, en 1993, el Premio Nacional de Novela “Cirilo Villaverde” otorgado por la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba). Y Tusquets Editores la publicó en Barcelona, en marzo de 2001, con el número 434 de la Colección Andanzas. Es su cuarto libro publicado por tal editorial con el que completó la tetralogía de novelas policiales “Las cuatro estaciones” (ubicadas en La Habana) protagonizadas por el teniente investigador Mario Conde. En este sentido, Vientos de Cuaresma (2001) se sucede en la “Primavera de 1989”, Máscaras (1997) en el “Verano de 1989”, Paisaje de otoño (1998) en el “Otoño de 1989” y Pasado perfecto (2000) en el “Invierno de 1989”. Vale añadir que a estas alturas, además de La novela de mi vida (2002) —sobre la biografía del poeta José María Heredia— y de El hombre que amaba a los perros (2009) —sobre el exilio y el asesinato de León Trotsky—, Tusquets ha publicado en la Colección Andanzas otras tres novelas policiales de Leonardo Padura en las que el protagonista es el mismo Mario Conde: La neblina del ayer (2005), Adiós, Hemingway (2006) y La cola de la serpiente (2011). 
(Tusquets, Barcelona, 2001)
Pese a los episodios eróticos y culinarios, a la lúdica ironía y a la procacidad coloquial, a la íntima disección idiosincrásica y a la proverbial desfachatez de Mario Conde (que comparte con sus compinches de siempre, en particular con el Flaco Carlos), Vientos de Cuaresma es una novela melancólica, repleta de un existencial pesimismo, que linda, boga o hace agua en los hediondos y anquilosados miasmas del fracaso. 
Una vertiente narrativa oscila en torno al esclarecimiento del crimen, cuya investigación policial encabezan el teniente Mario Conde y su adjunto el sargento Manuel Palacios. Se trata de descubrir quién mató a Lissette Núñez Delgado y por qué. Lissette, quien aún no cumplía 25 años, era una profesora de química en el Pre de La Víbora (el mismo Pre donde el Conde y sus compinches de siempre estudiaron “entre 1972 y 1975”). Según le informa a Mario Conde el mayor Rangel, el jefe de la Central, Lissette era soltera y militante de la Juventud (con un notable e impoluto currículum); “la asfixiaron con una toalla, pero antes le dieron golpes de todos los colores, le fracturaron una costilla y dos falanges de un dedo y la violaron al menos dos hombres. No se llevaron nada de valor, aparentemente: ni ropa, ni equipos eléctricos... Y en el agua del inodoro de la casa aparecieron fibras de un cigarro de marihuana.” Y según se lee en la p. 36, “En la casa [un cómodo departamento en el cuarto piso de un edificio de Santos Suárez] habían aparecido huellas frescas de cinco personas, sin contar a la muchacha, pero ninguna estaba registrada. Sólo el vecino del tercer piso había dicho algo ligeramente útil: escuchó música y sintió las pisadas rítmicas de un baile la noche de la muerte, el 19 de marzo de 1989.” 
A tales latitudes de la novela —que aún son las iniciales—, tal fecha incide en que el lector conjeture las fechas de los consecutivos días, no precisadas por el autor, pues el crimen se resuelve en una semana. En la p. 102 el Conde le afirma a Pupy (Pedro Ordónez Martell), uno de los investigados: “A Lissette la mataron el martes”. Y por ende, considerando la citada fecha, se da por entendido que fue el martes 19 de marzo de 1989. De nuevo, sin precisar, el Conde le comenta al sargento que el crimen fue “el martes por la noche”. Pero hasta la p. 145 se dice que fue el “martes 18”. Y a partir de la p. 202, a punto de desvelar al asesino, se reitera y repite tal cambio de fecha: “Lissette fue asesinada el martes 18, alrededor de las doce de la noche”. 
Leonardo Padura
Siendo tal la flagrante contradicción y la reiteración del cambio de fecha, al lector no le queda más que optar porque el crimen ocurrió el martes 18 y no el martes 19. En este sentido, el tiempo presente de la novela (dividida en siete capítulos sin rótulos) transcurre entre el Miércoles de Ceniza, es decir, el 19 de marzo de 1989, día del inicio de la Cuaresma, cuando el Conde conoce a Karina, una ingeniera de 28 años, y el siguiente martes 25, día del entierro del capitán Jorrín y de los últimos puntos sobre las íes en torno al trasfondo del asesinato. Más dos o tres días después, cuando, luego de haber ido a presenciar un catártico juego de béisbol con sus compinches de siempre (el Flaco Carlos, Andrés y el Conejo), el Conde, ya en su casa y en la cama, se sumerge en un sueño que reitera y varía el meollo de su recurrente y frustrado sueño guajiro: “soñó que vivía frente al mar, en una casa de madera y tejas [donde siempre se ve escribiendo, él, que es un escritor frustrado] y que amaba a una mujer de pelo rojo y senos pequeños [que corporificó la fugaz Karina], con la piel tostada por el sol. En el sueño siempre veía el mar como a contraluz, dorado y agradecido. En la casa asaban un pez rojo y brillante, que olía como el mar, y hacían el amor bajo la ducha, que de pronto desaparecía para dejarlos sobre la arena, amándose más, hasta quedar dormidos y soñar entonces que la felicidad era posible. Fue un sueño largo, asordinado y nítido, del que despertó sin sobresaltos, cuando la luz del sol volvía a entrar por su ventana.”
Vale decir que el caso del asesinato de la profesora Lissette no destapa, al interior del Pre de La Víbora, una amplia urdimbre de descomposición sistémica (más allá de las aulas) semejante a la que rememora el Conde de su época de estudiante y que él y otros alumnos apodaron “Waterpre” (lúdico parafraseo al sonoro escándalo que suscitó, el 8 de agosto de 1974, la caída del presidente Richard Nixon), pero sí hay visos de una cómplice y promiscua permisividad, coronada por la corrupción de ciertos alumnos. Es decir, Lissette, pese a su imagen e inmaculado currículum de militante de la Juventud, es una libertina: lo mismo se acuesta con uno de sus amantes para obtener unos tenis o con el director para conseguir impunidad ante ciertas corruptelas a ojos vistas; le gusta toquetear a los estudiantes y hacer fiestas con ellos y llevarse a alguno a la cama; se embriaga y baila en su departamento y no le importa el ruido y el respeto a sus inmediatos vecinos. La cereza del pastel, no obstante, no la protagoniza el director o alguno de los maestros, sino el alumno que “vendía a cinco pesos la respuesta de los exámenes”, empeñado en que Lissette le consiguiera “los exámenes de física y matemáticas”.
El Miércoles de Ceniza —un día antes de que el Conde se entere por el mayor Rangel y empiece a investigar el caso del asesinato de Lissette—, se sucede el citado encuentro con Karina, a quien conoce porque a ella se le pincha una llanta de su Fiat polaco y, con torpeza, la auxilia. Karina, quien además de ingeniera toca el saxo, se va a Matanzas para cumplir una tarea en una fábrica de fertilizantes y acuerdan verse el viernes a su regreso. El Conde queda flechado: desde el inicio de los “tres días de espera” se imagina “todo: matrimonio y niños incluidos, pasando, como etapa previa, por actos amatorios en camas, playas, hierbazales tropicales y prados británicos, hoteles de diversos estrellatos, noches con y sin luna, amaneceres y Fiats polacos, y después, todavía desnuda, la veía colocarse el saxo entre las piernas y chupar la boquilla, para atacar una melodía pastosa, dorada y tibia. No podía hacer otra cosa que imaginar y esperar, y masturbarse cuando la imagen de Karina, saxofón en ristre, resultaba insoportablemente erógena”.
En este sentido, la otra vertiente narrativa de Vientos de Cuaresma discurre en torno a la espera de Karina (y los dos encuentros sexuales que tiene con ella: el sábado 23 y el domingo 24), imbricada a la interacción del Conde con su orbe doméstico y cotidiano —sobre todo con el Flaco Carlos en silla de ruedas desde la Guerra de Angola y las comilonas que para ambos prepara su madre Josefina—. Pero también figuran Andrés (médico), el Conejo (historiador), y Candito el Rojo (zapatero, quien ha sido y es su secreto informante), más las íntimas evocaciones de su genealogía y biografía. Y es allí donde descuella su recurrente sueño guajiro: “Se conformaba, entonces, con soñar —sabiendo que sólo soñaba— que alguna vez viviría frente al mar, en una casa de madera y tejas siempre expuesta al olor de la sal. En aquella casa escribiría un libro —una historia simple y conmovedora sobre la amistad y el amor— y dedicaría las tardes, después de la siesta —que tampoco había escapado a sus cálculos— en el largo portal abierto a las brisas y terrales, a lanzar cordeles al agua y a pensar, como ahora, con las olas batiéndole los tobillos, en los misterios de la mar.”
El lunes 25, Mario Conde espera ansioso el telefonema de Karina (“Estoy asquerosamente enamorado”); pero ésta no lo hace y él, en el entorno de la cercana casa de la madre de ella, observa la ausencia del Fiat polaco. El martes 26, luego de desvelar la identidad del asesino de Lissette, el Conde la halla en casa de su progenitora y Karina le revela el trasfondo de su ausencia: tiene marido y vuelve a él. Es decir, Karina es otra variante de la “alegre buscona de fines del siglo XX”, quien además de enfatizarle: “Me sentía sola, me caíste bien, me hacía falta acostarme con un hombre”, le reprocha: “Te enamoras”.
El Conde, vil perro apaleado, todavía dice: “Llámame alguna vez”. No obstante, “Piensa que no hay más remedio que acostumbrarse al fracaso”.
El teniente investigador Mario Conde, con 35 años de edad y estudios universitarios truncos, sin mujer y sin hijos (vive solo con un autista y solitario pez recluido en su circular pecera), fumador empedernido, bebedor voraz que ronda el alcoholismo (suicida vicio que comparte con el Flaco Carlos, preso en la silla de ruedas desde hace una década), coincidiendo con la muerte del capitán Jorrín (decano de la Central que era su estimado amigo) y con la bronca callejera que tuvo con el teniente Fabricio (motivo por lo que el mayor Rangel, tras resolver el caso de Lissette, lo suspende en espera de la comisión disciplinaria y del proceso), piensa que su ciclo en la policía ya concluyó: “Quiero irme de aquí —dijo, y abrió las manos para abarcar el espacio que lo agredía”. 
Leonardo Padura
Si tales son los resumidos rasgos de un fracaso individual e íntimo (siente que su destino está ligado al incierto destino del Flaco Carlos y su madre Josefina), está inmerso en el fracaso social, político y económico de su generación y del régimen autoritario que gobierna Cuba. El Conde —que borracho se ve atosigado por la angustia de un triste llanto sin control— no se opone al statu quo (que traza los estertores del “socialismo” dictatorial dependiente de la hegemonía de la URSS) ni busca huir de la isla, pese a la falta de libertades, a su inveterada pobreza y a que en su fuero interno cuestione muchas anomalías. En este sentido, la conciencia autocrítica del grupo la formula Andrés (“el perfecto, el inteligente, el equilibrado, el triunfador”) en una perorata que es un doméstico deshago verbal ante sus compinches de siempre: “Carlos: estás jodido, te jodieron. Y yo que camino también estoy jodido: no fui pelotero, soy un médico del montón en un hospital del montón, me casé con una mujer que también es del montón y trabaja en una oficina de mierda donde se llenan papeles de mierda para que se limpien con ellos otras oficinas de mierda...”


Leonardo Padura, Vientos de Cuaresma. Colección Andanzas (438), Tusquets Editores. Barcelona, marzo de 2001. 232 pp.



Que se mueran los feos


    El as del sexo, el sapo y la pata de palo

El legendario y fugaz Boris Vian, quien por un infarto sólo vivió casi 39 años (Ville-d’Avray, marzo 10 de 1920-París, junio 23 de 1959), fue un escritor polifacético y polímata que se codeó con jazzistas e intelectuales de la crème de la crème del existencialismo francés. Escribió poemas, cuentos, novelas, libretos teatrales, canciones y artículos para revistas como Les Temps Modernes, Jazz Hot y el periódico Combat. Y además de ingeniero e inventor, fue cantante y trompetista de jazz, locutor de radio, escenógrafo y traductor.  
En el centro: Boris Vian y su mujer Michelle
A los lados: Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir
(París, 1952)
  Urdida en francés y dispuesta en 30 capítulos con rótulos, su novela Que se mueran los feos se publicó en París, en 1948, firmada con el pseudónimo de Vernon Sullivan (supuesto escritor gringo de raza negra) y en ella Boris Vian figuró como traductor. Si la fecha de la primera edición corresponde al hipotético tiempo en que sucede la trama (después de la Segunda Guerra Mundial), también hay cierta consonancia entre la juventud del autor y la de Rock Bailey, el protagonista, quien dentro de seis meses cumplirá 20 años. 

Colección Andanzas núm. 105, Tusquets Editores
Primera reimpresión mexicana
México, diciembre de 1992
  Podría ser que Boris Vian hubiera escrito una obra consistente, profunda, lo cual no excluye lo humorístico, lúdico y paródico. No es el caso: se trata de una novela light, bufa, de una especie de thriller para adolescentes crónicos e incurables, pero de unos chamacos desmadrosos que sólo esperen pasar un buen rato leyendo una mezcla de cómic y novela negra, cuento de Playboy y pastiche holliwoodense, con acción, trompadas, intrigas, secuestros, mujeres bellas desaparecidas, autos a toda máquina que se persiguen por las calles, agentes del FBI, balas, cuerpos perforados y chorreando sangre, estallidos de granadas, absurdos caricaturescos, hazañas espectaculares y cierta dosis de ciencia ficción: androides y un científico loco que pretende exterminar a los feos y construir un mundo feliz (que obviamente deviene del mundo feliz que imaginó y propagó Aldous Huxley en 1932) con series de mujeres y hombres hermosos, perfectos, hipersexuales, con su tarea laboral preconcebida y tipificada en el laboratorio. Pero sobre todo, mediante esa cohorte de demiurgos menores, el doctor Markus Schutz, el científico loco, sueña con apropiarse del todopoderoso gobierno de los Estados Unidos de América. Y, desde luego, en tal explosivo menjurje no podían faltar los heroínos en quienes los jóvenes lectores (aún con acné) proyectan sus soterradas fantasías: varios aún no tienen 20 años y dos de ellos: Rock y Mike, son guapos, atléticos, hipersexuales, temerarios, y pueden contra lo que sea. 

     
Boris Vian
(Ville-d’Avray, marzo 10 de 1920-París, junio 23 de 1959)
       Quizá en francés la obra resulte distinta y su vacuidad argumental sea, no obstante, un divertimento digno de leerse; pero la presente traducción al castellano —y no es chovinismo— es lamentable: los personajes parlotean a imagen y semejanza de los humanoides de España, pese a que son gringos de Los Ángeles, California; y todo el tiempo berrean chistes y frases hechas que sólo articulan y vociferan los españoletes cursis. Así, la tradicional leyenda que deifica al autor más o menos se desinfla en esta versión.

     
Boris Vian, trompetista de jazz
       Rock Bailey, la estrella del elenco, se ha propuesto perder su virginidad sólo al cumplir la veintena. Es un deportista con 90 kilos de peso y un metro 88 de altura. El año anterior ganó el título Mister Los Ángeles. Es el más atractivo de todos, por lo que constantemente tiene que quitarse de encima a las féminas que se lanzan sobre él para comérselo en un tris. Al principio sus chistes son muy bobos, ridículos y pedantes, precisamente del tamaño de su estupidez e ingenuidad; así, se cohíbe, ruboriza y grita al estar desnudo frente a una mujer desnuda. Suele encontrarse con sus amiguetes en el Zooty Slammer, el bar de Lem Hamilton, un pianista negro y gordo. Uno de tales compinches es Gary Kilian, reportero del California Call, y otro, menos compinche, es Douglas Thruck, crítico cinematográfico (sintomáticamente, para Boris Vian, quien parece sentirse filmado por Hollywood en el papel de Rock Bailey y quizá con la corpulencia y el rostro del goberneitor Arnold Schwarzenegger), cuyo sueño es escribir una Estética del cine, diez volúmenes en diez años de trabajo. 

Boris Vian en su papel de escritor
Cierta noche entre las noches el grupo se halla en una de sus reuniones en el bar; Rock Bailey, como siempre, exhibiendo su idiotez y su virginal éxito con las mujeres. Sale a tomar aire y un tipo con “la clásica treta del gángster decidido a hacer una jugarreta”, le pide fuego y le invita un cigarrillo que lo duerme. Lo secuestran y lo encierran desnudo con una mujer desnuda. 

Al regresar al bar con su virginidad intacta, sucede que Sunday Love, una de las chavas del grupo, de 17 años, descubre un cadáver en la caseta telefónica. 
A partir del secuestro y del crimen, el asunto cambia. Rock Bailey, junto con Gary Kilian, literalmente empiezan a jugar a los detectives (y el juego se prolonga hasta la última página), no sin invocar, como bendición, las películas de Humphrey Bogart. Rock Bailey deja de ser un niño bobo y con agilidad e inteligencia (pero también su cuate) deduce a la investigador policíaco e incluso sus chistes son menos tontos. 
Paralelamente a Nick Defato, el jefe de la policía, pero apoyados por éste, se introducen en la madeja de los misterios. ¿Qué mafia secuestró a Rock Bailey, en una especie de clínica, para que hiciera el sexo con una fémina tipo modelo de Playboy? ¿Quién mató al hombre de la caseta telefónica? ¿Quién hizo las fotos de vivisección con humanos? ¿Para qué se hacen tales operaciones quirúrgicas? ¿Quién y para qué ha desaparecido a varias mujeres bellas y jóvenes? ¿Las fotos y el atentado contra el coche en que viajaba Nick Defato aluden el enfrentamiento de dos bandas o es la escisión de una sola?
     
Boris Vian de locutor de radio
        El tono y el ritmo para resolver tales misterios iniciales es el juego del suspense: los improvisados detectives juegan y dicen bromas, pero también los otros personajes. Y si no escasean las chavas, los desnudos y los manoseos, también abundan los gags de acción citados líneas arriba, como las peleas cuerpo a cuerpo en las que destaca, para dar y recibir golpes y porrazos (así reza el estereotipado rosario de clisés del heroíno), la fortaleza y resistencia de Rock Bailey, pero también la de Mike Bokanski, el joven que se les une junto con su supuesto tío, el viejo Andy Sigman, dizque taxista, quien posee la peliculesca virtud de llegar al rescate en el momento en que se le necesita.

      Los crímenes, pesquisas y trompadas los conducen a la clínica del doctor Markus Schutz, ubicada en San Pinto, cerca de Los Ángeles. Esta es, al unísono, búnker y laboratorio clandestino; un laberinto subterráneo, con pisos y pisos, puertas y puertas, pasillos y pasillos. Allí, Rock, Mike y su perro Noonoo, son conducidos por el androide número 16 de la serie C, al que Rock bautiza: “Jef Devay”. 
Tal androide es un paradójico sapo, diría Jules Renard, en la sopa de perfección y belleza del doctor Schutz: además de feo y defectuoso, anima un odio al padre (en cuyos defectos, escuálida figura y pulsión parricida, se vislumbra una pátina del engendro abandonado por el doctor Frankenstein en la clásica novela que Mary W. Shelley publicó en 1818, tantas veces adaptada y parodiada en el cine, en la tele, en el cómic y en la novela gráfica), pero sobre todo les revela varios de los secretos del doctor Markus Schutz, el científico loco: que en poco tiempo fabrica humanoides; la escena de una vivisección; un suculento forniqueo entre dos insaciables androides. Y entre otras cosas, les enseña una cámara de incubación y envejecimiento acelerado en la que observan a varios embriones que serán androides de distintas series, cada ejemplar idéntico al modelo de la serie a que pertenece. Por último, les dice que el doctor Schutz se ha ido a una isla del Pacífico, de su propiedad, llevándose aparatos, archivos y series de sujetos. 
El defectuoso androide Jef Devay, además de sapo, es un hilo suelto, dado que después de que los héroes dejan el laboratorio, pese a que iba a seguir con ellos, nunca se sabe más de él. Lo mismo ocurre con Noonoo, el perro super entrenado que llega a hablar (otro clisé de caricatura y teleserie clasificación A) sin que nadie se sorprenda ni diga ni mu ni pío sobre el asunto. Simples detalles, como el chiste sobre el presidente Truman, al que llaman Truwoman.
        Al salir del búnker, Mike Bokanski y Andy Sigman revelan que son agentes secretos del FBI y que ya le seguían las huellas y la pista al doctor Markus Schutz. Gary y Rock, casi sin dormir ni comer y guiados por la compulsión que les dicta su instinto y su olfato de sabueso detectivesco (otro cliché), vuelan con los agentes en un B-29 rumbo a la isla del Pacífico, que fue base militar durante la guerra, por lo que entre los abandonados restos abundan los cascos japoneses. Al llegar, se dejan caer en paracaídas. Pero frente al fragor sexual visto en el anterior laboratorio y frente a lo incierto del regreso, Rock Bailey, antes de partir de la ínsula, decide perder la virginidad. Y en tal ámbito, al igual que su atlética fortaleza de heroíno, la escenas eróticas denotan que es un as del sexo: durante horas y horas lo hace con Sunday Love y casi enseguida y al mismo tiempo con Mona y Beryl. 
En la isla, luego de cruzar un jardín en el que no faltan los empalados (que evocan los cruentos sembradíos del legendario antropófago Vlad Tepes, El Empalador), pero con un letrero en el cuello que reza: aspecto defectuoso, resulta que en el nuevo búnker hay una orgía entre androides de ambos sexos, desnudos, perfectos, idénticos y superpotentes, todos de la serie O. Y puesto que Rock, camuflado, puede hacerse pasar por un ejemplar de la serie S, vuelve a demostrar sus ínfulas de superdotado. 
Boris Vian observando su efigie
  Cuando finalmente Mike y Rock se encuentran con el heresiarca, éste les presume que ya sabía que lo seguían, que su divisa es que se mueran los feos, que para exterminarlos llenará el orbe de generaciones bellas y perfectas, que ya posee androides infiltrados entre artistas famosos, deportistas campeones, políticos y militares con los que se apoderará de la Casa Blanca, como es el caso del almirante que comanda el cercano torpedero, que dizque iba a apoyar a los que llegaron por aire. 

A Mike y a Rock los enclaustran con dos androides idénticas y pese a que las inducen a escenificar para ellos un espectáculo lésbico, no pierden la cabeza. El viejo Andy Sigman, en cambio, se encierra con cuatro androides y delega su responsabilidad en Mike Bokanski. 
Boris Vian pensando en el cine
  El frijol en la sopa, o paradoja del caso, es que a partir de que el doctor Markus Schutz se va de vacaciones, pese a que se supone científico y megalómano obseso de la perfección y del todopoderoso poder, Mike Bokanski puede desmontarle los planes con una simple prueba del añejo: ordena que del torpedero le envíen 25 marinos guapos y 25 feos y los coloca frente a 50 hermosas, húmedas y sedientas androides. Luego ordena a éstas que se lancen sobre los marinos que ellas deseen. Sin pensarlo optan por los feos; es decir, están hartas de tanta perfección y belleza, el mismo síndrome y hastío que muestra Mike Bokanski e incluso el mismo almirante-androide, quien para calmarlo y excitarlo le dice que tiene a bordo, a su disposición, una secretaria jorobada, repulsiva, con una enorme sonrisa y una pata de palo.



Boris Vian, Que se mueran los feos. Traducción del francés al español de T.P. Lugones. Colección Andanzas núm. 105, Tusquets Editores. Primera reimpresión mexicana. México, diciembre de 1992. 208 pp.


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Enlace a "Que se mueran los feos", interpretación de Los Xochimilcas.
"El jeque de Arabia", Boris Vian a la trompeta.

Memorial del convento



La ilusión viaja en globo
(Alfaguara, Madrid, 1998)
De 1982 data la primera edición en lengua portuguesa de Memorial del convento, novela del portugués José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998, nacido en Azinhaga, Santarém, Portugal, el 16 de noviembre de 1922 [muerto en Tías, isla de Lanzarote, España, el 18 de junio de 2010]. Y de 1998 data la traducción del portugués al español de Basilio Losada, autor de las ilustrativas notas al pie de página, tales como las fichas biográficas del padre Bartolomeu Lourenço de Gusmão (1685-1724) y la del dramaturgo Antonio José da Silva (1705-1739), aunque tal vez debió incluir otras, por ejemplo, la del compositor y clavecinista Domenico Scarlatti (1675-1757), pues también juega cierto papel protagónico. 
      Memorial del convento es una novela voluminosa, muy descriptiva, sin profundidad psicológica en el carácter y en el comportamiento de los personajes, con la mayoría de las páginas repletas de cabo a rabo, por lo que no es fácil reseñar en un puñado de cuartillas todas las menudencias que se narran allí, incluidas algunas arbitrariedades o descuidos en el transcurso de varios de los tiempos que maneja. 
El estilo narrativo de José Saramago es caudaloso, denso y apretado, proclive a los excesos, a las frecuentes y largas enumeraciones, a la palabrería, al bagazo, a los ripios, a la infalible digresión, a los comentarios humorísticos o cáusticos de la voz narrativa (alter ego del autor) desde su particular perspectiva de europeo del siglo XX y Memorial del convento no es la excepción, pero con la salvedad o con la notable y trascendente característica de que en esta obra la narración fulgura, de un modo extraordinario, por su riqueza y sabiduría barroca. Esto es así porque los acontecimientos centrales, que se desarrollan de un modo lineal y alterno, se ubican entre 1711 y 1739 en territorio portugués, bajo la monarquía imperial de Don Juan V y de la atávica y prejuiciosa férula de la Iglesia católica y de los terroríficos, inhumanos y carnavalescos autos de fe que promueve el Santo Oficio en sus mazmorras y en las plazas públicas.
      De modo que el lector del siglo XXI, si quiere comprender al pie de la letra el sentido o el intríngulis de lo que significan, narran y pintan un sinnúmero de palabras, una y otra vez tiene que consultar el Diccionario de la Real Academia Española o algún otro de buen calibre.  
José Saramago
(1922-2010)
Los sucesos que se relatan en Memorial del convento giran, sobre todo, en torno a dos epicentros paralelos que a veces se entrecruzan, tal laberíntico jardín de senderos que se bifurcan. 
Uno lo protagoniza la conducta (muchas veces libertina) del rey de Portugal y de su parentela y todo el fasto y la superabundancia y exageración de los ritos y protocolos de la corte y de los cortesanos y de la Iglesia católica, vertiente que además implica la cimentación del convento que alude el título de la novela. Al principio de la misma, el joven rey Don Juan V, en 1711, aún no cumple los 22 años de edad y está empeñado en embarazar a la reina: Doña María Ana Josefa, importada de Austria, muy devota, con la que lleva casado más de dos años. 
     Bajo la conjura del obispo inquisidor: Don Nuno da Cunha, de los frailes de la Arrábida y de la reina María Ana Josefa, un fraile franciscano que se supone milagroso: Antonio de San José, le dice al joven rey Don Juan V que si promete construir y construye el convento franciscano en la villa de Mafra que desde 1624 busca ser edificado, engendrará heredero al trono. 
      Don Juan V dicta su promesa. A la reina poco a poco le crece la feliz barriga y a su debido tiempo nace la infanta Doña María Javiera Francisca Leonor Bárbara, primera de los seis hijos que el real matrimonio tendrá.
  Comienza la construcción del convento en la villa de Mafra y simbólicamente la primera piedra, después de la bendición de rigor por un prelado de primer orden, es colocada por el rey el 17 de noviembre de 1717 en medio de una rimbombante ceremonia religiosa. La edificación es una obra ardua y ciclópea que llega a emplear a más de veinte mil hombres y hacia 1730 ya suman más de cuarenta mil. El rey Don Juan V, caprichoso e ignorante, ante la imposibilidad de construir en territorio portugués una réplica de la basílica de San Pedro de Roma (“consumió ciento veinte años de trabajos y riquezas”, le dice el arquitecto del convento de Mafra), en 1728 decide que el convento de Mafra ya no será sólo para 80 frailes, según se acordó, sino para 300. Y frente al miedo y al presentimiento de morir y no ver su obra terminada, decide que dentro de dos años, el domingo 22 de octubre de 1730, día que cumplirá sus 51 años de edad, tendrá que celebrarse la consagración del convento, cosa que ocurre casi al término de la novela, pese a que aún está inconcluso y a los mil y un problemas y desventuras que el agrandamiento y la prisa provocaron entre los estrategas de la construcción y entre los hombres (la mayoría pobrísimos, harapientos y analfabetas) que de todos los rincones del reino de Portugal fueron cazados y extirpados de sus familias y de sus oficios y llevados a la fuerza (no pocos sujetos por una cuerda) a laborar en las obras y a subsistir en los barracones (cuasi campo de concentración nazi) por un vil y mísero mendrugo. 
Sobre el monumental, monstruoso y lento alzamiento del convento franciscano en la villa de Mafra, abundan los detalles y los episodios, mismos que dada su cantidad y colorido puede descubrir el lector por su cuenta; por ejemplo, las peripecias y muertes que suscita, durante ocho días de julio de 1725, el transporte de una piedrota de mármol de 31 toneladas cuyo destino es el “balcón que quedará sobre el pórtico de la iglesia” (“Es la madre de la piedra”, dijo uno de los boyeros), misma que es llevada de la cantera de Pêro Pinheiro al futuro convento de Mafra en un gran carro (“especie de nave de India con ruedas”) arrastrado por 400 bueyes y más de 20 carros con los pertrechos para la conducción. O las 18 monumentales estatuas de santos desembarcadas de Italia en San Antonio do Tojal, llevadas de allí al convento de Mafra sobre 18 carros jalados por bueyes que se cruzan en el “camino que viene de Cheleiros con el que viene de Alcaínça Pequena” con un grupo de “novicios del convento de San José de Ribamar, cercano a Algés y Carnaxide”, cuyos infortunios se narran con pintorescos pelos y señales, pues fueron enviados a pata pelada por caminos agrestes para participar en la consagración del convento de Mafra, el cual habitarán en aposentos donde les esperan otras desdichas. 
El otro epicentro narrativo de Memorial del convento, que a la postre resulta el principal, lo conforma la historia de amor que a lo largo de las páginas protagonizan Baltasar Mateus, alias Sietesoles, y Blimunda, ambos pobres en extremo e iletrados. Casi al comienzo de la novela, Baltasar (alto, delgado, con 26 años de edad, nacido en Mafra el año de 1685) ha sido liberado del ejército de su majestad después de cuatro años de guerrear, tras perder la mano izquierda en una batalla ocurrida en Jerez de los Caballeros un día de octubre de 1710. En la primavera de 1711, Baltasar Mateus anda en Évora pidiendo limosna para reunir el pago al herrero quien le hace un gancho de hierro y un punzón, que alternativamente usará ligados al muñón con correas de cuero, ya como instrumento de trabajo, ya como puntiaguda y mortal arma, que en su camino a Lisboa, donde tal vez obtenga de las arcas del palacio real una pensión de guerra “por la sangre vertida”, pasando Pegões, le sirve para matar a uno de los bandidos que intentan asaltarlo y quizá liquidarlo. 
Ya en Lisboa, Baltasar Sietesoles vagabundea y se informa para comer de limosna en las hermandades católicas y conoce a João Elvas, un viejo ex soldado convertido en ladrón que se hace su amigo y lo lleva a dormir a su refugio de truhanes en un olivar a un lado del convento de la Esperanza. Pero lo más trascendente de ese año de 1711 es el hecho de que entre la multitud vociferante y blasfema conglomerada en el Rossío (incluso figura el rey) en torno a un vistoso, terrorista y ejemplar auto de fe convocado por el Santo Oficio, Baltasar conoce a la joven Blimunda, quien se halla acompañada por el padre Bartolomeu Lourenço de Gusmão. Son 104 los sentenciados por la Inquisición, unos a la hoguera, otros a recibir garrotazos o azotes, entre ellos Sebastiana María de Jesús, la madre de Blimunda, “condenada a ser azotada en público y a ocho años deportada en el reino de Angola”, cuya herejía consiste en oír voces del cielo, en tener visiones y revelaciones, y en creer que puede ser santa. Poderes que Blimunda, con 19 años de edad, sólo heredó en cierto aspecto, pues ella únicamente puede ver el interior material de los cuerpos, no los pensamientos, pero sí las voluntades de los humanos, que las llega a ver como “una nube cerrada sobre la boca del estómago” después de que el padre Bartolomeu Lourenço, en un pasaje y para determinada misión, la insta a observar con detenimiento; es decir, en ayunas, además de las voluntades de hombres y mujeres, Blimunda únicamente ve los huesos, el flujo sanguíneo, los pulmones, el corazón, las vísceras, el relleno de relleno, los minúsculos pedúnculos umbelíferos y demás etcéteras de todo humano o animal que se le ponga enfrente o lo que ocultan las extrañas de la tierra (puede descubrir, por ejemplo, un escondido y profundo ojo de agua que alivie la sequía de un territorio); y para evitar o interrumpir tales imágenes, cada mañana con los ojos cerrados come un trozo de pan. 
   Una especie de inducción telepática hace que ante al paso y la mirada de la madre entre los procesados por el Santo Oficio, Blimunda, sorpresivamente, le pregunte al desconocido que tiene al dado: “Cuál es tu gracia”; y allí mismo, con pocas palabras, largos silencios y sobreentendidos, empieza a tejerse la entrañable e ideal historia de amor entre Baltasar Sietesoles (el susodicho desconocido) y Blimunda, pues luego del auto de fe se van a la casucha de ella acompañados por el padre Bartolomeu Lourenço, cuya amistad los signa hasta los últimos días que tienen destinados sobre el planeta Tierra y en medio de la eterna e infinita soledad del cosmos.
   Nacido en Santos, Brasil, el padre Bartolomeu Lourenço, también tiene 26 años de edad y es conocido en Lisboa como el Volador porque otrora voló en un globo construido por él. Según la nota de Basilio Losada, el verdadero Bartolomeu Lourenço de Gusmão, creador del globo aerostático y precursor de la aeronáutica, “inventó un globo rudimentario que se alzó de tierra el 8 de agosto de 1709” y ese año “envió a Juan V una Memoria comunicándole haber inventado ‘un instrumento para andar por el aire del mismo modo que por la tierra y el mar’”. Pero además, apunta, “por Lisboa circuló un dibujo de un extraño artefacto en forma de ave —de ahí el nombre de passarola— que parece ser una mixtificación del propio Volador para desviar la atención de las gentes de la verdadera índole de sus experiencias”. 
  Dado que el padre Bartolomeu Lourenço goza de cierta cercanía y protección del rey Don Juan V, le consigue empleo a Baltasar Sietesoles en el matadero del Terreiro do Paço aledaño al castillo real, pero no el pago de su pensión de guerra. Antes lo lleva a conocer su máquina de volar que oculta en la especie de bodega de una finca en San Sebastián da Pedreira, no muy lejos de Lisboa, y le enseña el dibujo de un ave, nada menos que la passarola, con la que según él volará, y le propone a Baltasar que lo auxilie en su construcción. Baltasar acepta después de oír los argumentos algo heréticos del padre Bartolomeu Lourenço. Pero la passarola sólo podrá volar cuando el cura, les dice a Baltasar y a Blimunda en otro momento, conozca y domine el misterio del éter, que según él “es donde cuelgan las estrellas” y que únicamente se baja del espacio mediante la alquimia, arte que el cura Bartolomeu aprenderá en Holanda. 
   Para hacerse entender, el padre Bartolomeu les explica que el éter “es parte de la virtud general que atrae a los seres y a los cuerpos, y hasta a las cosas inanimadas y los libera del peso de la tierra, llevándolos al sol”. Y más aún: “para que la máquina se levante en el aire, es preciso que el sol atraiga el ámbar que ha de estar preso en los alambres del techo, que a su vez atraerá al éter que habremos introducido en las esferas, que a su vez atraerá a los imanes que estarán abajo, los cuales, a su vez, atraerán las laminillas de hierro de que se compone la osamenta de la barca, y, entonces, subiremos al aire con el viento, o con el soplo de los fuelles, si el viento falta, pero vuelvo a decir, faltando el éter nos falta todo”. 
Así, hacia 1713, el padre Bartolomeu Lourenço realiza su viaje de estudios a Holanda. Dejan bajo llave la passarola. Y Baltasar y Blimunda se van a Mafra, donde ella conoce a la parentela de Sietesoles y donde se suceden una serie episodios, algunos relativos a la construcción del monumental convento franciscano.
    En 1717 el cura Bartolomeu retorna de Holanda y los visita en Mafra, precisamente en el chamizo de los padres de Baltasar y en un paseo los pone al tanto de sus nuevos conocimientos (que resultan aún más etéreos y metafísicos): que el éter “no se puede alcanzar por las artes de la alquimia”, y que “antes de subir a los aires para ser aquello de donde las estrellas cuelgan y el aire que Dios respira, vive dentro de los hombres y mujeres”; “no se compone de las almas de los muertos, se compone, oídlo bien, de las voluntades de los vivos”. “Dentro de nosotros existen voluntad y alma, el alma se retira con la muerte, y va allá donde las almas esperan el juicio, nadie sabe, pero la voluntad, o se separó del hombre estando vivo, o se separa de él con la muerte, ella es el éter, es, pues, la voluntad del hombre lo que sostiene las estrellas, y es la voluntad del hombre lo que Dios respira”.
   Siendo las cosas así, mientras el padre Bartolomeu Lourenço se marcha rumbo a Coimbra en busca de su doctorado en Cánones, dispone que Baltasar y Blimunda regresen a Lisboa y se instalen en la finca en San Sebastián da Pedreira con dos objetivos: que Baltasar Sietesoles construya la máquina siguiendo el dibujo y las indicaciones del cura (cosa que hace con el auxilio de Blimunda), y que Blimunda, con el poder de su mirada en ayunas, se dedique a coleccionar voluntades donde haya gente (procesiones religiosas, autos de fe, durante los estragos de la peste, en las obras del convento). Es decir, puesto que la voluntad de un humano la ve como “una nube cerrada sobre la boca del estómago”, ella anda en ayunas por todos lados con un frasco de cristal en cuyo fondo hay una pastilla de ámbar amarillo, “llamado electro”, informó el cura, que atrae y atrapa a las voluntades en fuga, que no es otra cosa (ya se dijo) que el éter, el elemento (miles y miles de voluntades) que hará posible que la luz del sol haga volar a la passarola
Así, entre 1717 y 1724, Baltasar y Blimunda viven en la finca de San Sebastián da Pedreira realizando, sobre todo, las labores que les destina el cura. Llega el momento en que la passarola ya está en condiciones de volar, cosa que ocurre un día de septiembre de 1724 cuando el padre Bartolomeu Lourenço, en medio de la locura que lo atosiga, de sus devaneos religiosos y de la persecución del Santo Oficio, inesperadamente arriba a la finca de San Sebastián da Pedreira y los tres huyen volando en la máquina, pasan incluso sobre las obras del convento de Mafra, donde “hay quien los ve, gente que huye despavorida, gente que se arrodilla y alza las manos implorando misericordia, gente que tira piedras, se apodera la inquietud de miles de hombres, quien no ha llegado a verlo, duda, quien lo vio, jura y pide el testimonio del vecino, pero pruebas ya nadie puede presentar, porque la máquina se ha alejado en dirección al sol, se ha vuelto invisible contra el disco refulgente, tal vez no haya sido más que una alucinación, los escépticos triunfan sobre la perplejidad de los que creyeron”. Sin embargo, la passarola sigue su azaroso curso y aterriza al concluir la luz del día sin que a los tres ocupantes les pase nada. Durante la noche el padre Bartolomeu intenta incendiar la máquina. “Si he de arder en una hoguera, al menos que sea en ésta”, les dice. Y luego desaparece en la oscuridad sin que Baltasar y Blimunda lo adviertan. Al día siguiente, en el camino, las palabras de un pastor les hace ver que cayeron en Monte Junto, un sitio de la sierra del Barregudo, donde la passarola ha quedado chamuscada y escondida. 
    La pareja tarda dos días en retornar a la villa de Mafra, donde se encuentran en las calles con una procesión que celebra y da gracias a Dios por hacer volar a su Espíritu Santo “por encima de las obras de la basílica”. No vuelven a tener noticia del cura, hasta que el músico Domenico Scarlatti, quien había llevado un clavicordio a la finca de San Sebastián da Pedreira (instrumento que arrojó a las profundidades de un pozo para no ser inculpado por el Santo Oficio), les lleva la mala nueva de que el padre Bartolomeu Lourenço de Gusmão murió en Toledo, España, el 19 de diciembre de 1724. 
En la novela de José Saramago las cosas siguen su curso. Gracias a la recomendación de Alvaro Diego, el cuñado de Baltasar que trabaja en las obras del convento (quien de albañil pasa a cantero, y de cantero a cantero de obra fina, el cual morirá al caer de un muro de 30 metros de alto), en 1724, tras su retorno a Mafra, Sietesoles, con 39 años de edad, comienza a trabajar en las mismas obras llevando y trayendo una carretilla; y en 1725 se convierte en boyero, es decir, en conductor de una de las cientos de yuntas de bueyes. 
   Baltasar y Blimunda, que se aman hasta la saciedad, de vez en cuando van de Mafra hasta Monte Junto, en la sierra del Barregudo, a visitar a la passarola, que tiene forma de ave, y limpian y remozan las averías que presenta por el abandono y la vuelven a dejar oculta, quizá con una especie de esperanza de volar en ella.
Días antes del domingo 22 de octubre de 1730, fecha dictada por Don Juan V para la consagración del convento franciscano, en la villa de Mafra se vive la efervescencia de las inminentes fiestas y ceremonias religiosas. Han pasado seis meses desde la última vez que Baltasar estuvo donde la passarola. Al visitarla y arreglar los daños, un súbito accidente provoca que la luz del sol dé sobre la máquina y que el mecanismo se active. La passarola sale volando con Sietesoles colgado de ella. Esa noche y al día siguiente Blimunda espera el retorno de Baltasar. Va a buscarlo al sitio de Monte Junto y se encuentra con la desaparición de la máquina y de su hombre, además de que en la búsqueda se ve impelida a matar a un fraile dominico que intenta abusar de ella.
    El mismo domingo de las celebraciones, el primero de los ocho días de la consagración del convento, Blimunda, sin decirle nada a nadie, se marcha de la villa de Mafra con el fin de localizar a Sietesoles o sus restos.
     Entre 1730 y 1739, durante nueve años, Blimunda, casi siempre a pie y descalza, busca a Baltasar por todos los rincones de Portugal, incluso un poco más allá de la frontera de España. Se hace más vieja y más astrosa, y hay lugares donde le tiran piedras y se burlan de ella. La séptima vez que pasa por Lisboa, en 1739, se encuentra con una multitud en la plaza de Santo Domingo donde se efectúa un auto de fe. Son once los condenados por el Santo Oficio que arden en la hoguera, entre ellos “un hombre a quien falta la mano izquierda”.
Pilar del Río y José Saramago
   Vale subrayar, por último, que Memorial del convento, una de las extraordinarias novelas de José Saramago, también es una crítica a la histórica intolerancia de la Iglesia católica, pues, por ejemplo, es una herejía ser judío y por ende el judío, por serlo, puede ser condenado a la hoguera. Pero además es una crítica a la hipocresía y a la endeble ética de los feligreses y sacerdotes, pues, también por ejemplo, durante Cuaresma y durante Semana Santa casi todo es libertinaje y fornicación; además de que sobran las sabrosas y lúdicas anécdotas de los frailes disolutos; y del consabido y sobresaliente caso de que el propio monarca, Don Juan V, se da la gran vida con las monjas de los conventos del reino.


José Saramago, Memorial del convento. Notas y traducción del portugués al castellano de Basilio Losada. Alfaguara. Madrid, 1998. 472 pp.


domingo, 5 de marzo de 2017

La guerra de los mundos

Bajo el talón de los marcianos

I de III
El argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) leyó en inglés la prolífica y polifacética obra del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946). De ahí que lo haya antologado y prologado, en español, en dos libros pertenecientes a dos colecciones canónicas seleccionadas y dirigidas por él y su dedo flamígero de demiurgo mayor (que alguna poderosa empresa editorial del siglo XXI debería exhumar y editar para los remisos y sobre todo para las nuevas generaciones de lectores de habla hispana). Uno es La puerta en el muro, número 11 de la serie La Biblioteca de Babel, editado en Madrid, en 1984, por Ediciones Siruela, que compila los relatos: “La puerta en el muro”, “El país de los ciegos”, “El caso Plattner”, “La historia del difunto señor Elvesham” y “El huevo de cristal” (que es un pequeño, camuflado y perdidizo objeto alienígena donde, en su interior y en la obscuridad, se pueden observar imágenes que corresponden al planeta Marte y sus habitantes, y donde al unísono, desde allá, se ve el planeta Tierra como una reluciente estrella vespertina); del cual, en su prefacio, revela: “Dos elementos muy diversos hay en ‘El huevo de cristal’: la desvalida condición del protagonista y una imprevisible proyección que abarca el universo. A una vaga memoria de esas páginas debo mi cuento ‘El Aleph’.” El otro libro, editado en 1985 por Hysparémica, en Madrid y en Buenos Aires, es el número 14 de la serie Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges y reúne a La máquina del tiempo (1895) y a El hombre invisible (1897), dos de las novelas más famosas y sucesivamente traducidas y reeditadas de H.G. Wells, uno de los angulares precursores de la ciencia-ficción de siglo XX; obras, de eufónicos títulos (explotados ad nauseam por la industria del cine), no menos célebres que La isla del Doctor Moreau (1896), La guerra de los mundos (1898) y Los primeros hombres en la Luna (1901).
H.G. Wells con su primer traje de etiqueta
(enero de 1895)
Foto en H.G. Wells (Circe, 1993),
biografía de Anthony West
       Abundan las dispersas y múltiples alusiones de Borges sobre la obra de H.G. Wells —entre las más notables descuella la que se lee en “La flor de Coleridge”, ensayo publicado el 23 de septiembre de 1945 en La Nación, periódico de Buenos Aires, luego compilado en su libro Otras inquisiciones (1937-1952) (Sur, 1952), donde también antologó a “El primer Wells”, ensayo que se autoeditó, en septiembre de 1946, en el número 9 de Los anales de Buenos Aires—. Y en la Revista Multicolor de los Sábados del diario Crítica de la capital argentina, Borges publicó tres cuentos de H.G. Wells traducidos por él: “El caso del difunto Mr. Elvesham” en el número 28 (febrero 17 de 1934), “Los distantes ojos de Davidson” en el número 41 (mayo 19 de 1934) y “El cono” en el número 58 (septiembre 15 de 1934). Y en la revista Sur se ocupó de su obra en cuatro artículos: “Wells, previsor”, en el número 26 (noviembre de 1936); “H.G. Wells y las parábolas”, nota en torno a The Croquet Player y Star Begotten, en el número 34 (julio de 1937), incluida en 1957 en su libro Discusión (Gleizer, 1932); “Apropos of Dolores”, nota en torno al libro homónimo, en el número 50 (noviembre de 1938); y la reseña “H.G. Wells, Travels of a Republican Radical in Search of Hot Water” en el número 64 (enero de 1940). Y en “Libros y autores extranjeros”, sección de la revista bonaerense El Hogar, entre el “27 de noviembre de 1936” y el “24 de marzo de 1939”, Borges comentó y criticó en español, brevísimamente, ocho libros de H.G. Wells leídos en inglés: Things to Come, The Croquet Player, Star Begotten, Brynhild, The Brothers, The Camford Visitation, Apropos of Dolores y The Holy Terror. Y el “13 de mayo de 1938” concluyó la miscelánea subsección “De la vida literaria” con un sarcástico e hilarante comentario: “En el segundo volumen de su Autobiografía, H.G. Wells declara que Marcel Proust tiene menos valor documental y es menos divertido que un diario viejo y que éste ofrece la ventaja de ser más fidedigno y de no imponer su interpretación.”   

 
Libros del Zorro Rojo
(Polonia, octubre de 2016)
      Pero la relevante anécdota para la presente nota, y como preludio a mi reseña de La guerra de los mundos —la novela de H.G. Wells editada en octubre de 2016 por Libros del Zorro Rojo—, descuella el hecho de que el “23 de diciembre de 1938” en la revista El Hogar (cuando aún era reciente la sonora “broma de Halloween” con que Orson Welles y el Mercury Theatre aterrorizaron a los crédulos radioescuchas de la cadena CBS que oían “un programa de música de baile” “interrumpido por unos alarmantes boletines informativos”, y por entrevistas y transmisiones supuestamente en vivo desde el dramático lugar de los hechos, que reportaban el arribo de los marcianos haciendo la destructiva guerra a los horrorizados y masacrados terrícolas en varios lugares del país del Tío Sam), Borges, en la subsección “De la vida literaria” y con el título “H.G. Wells contra Mahoma”, alude otra perenne guerra de los mundos ideológico-religiosos, que da visos de que por esas trincheras del planeta Tierra podría existir otro ayatola Jomeini, barbudo y ortodoxo, dispuesto a condenar a la hoguera otros Versos satánicos y a su barbudo autor anglohindú, por sus presuntas blasfemias contra el Islam, El Corán y su profeta. En su prefacio a La puerta en el muro, Borges recuerda que al igual que George Bernard Shaw, H.G. Wells perteneció a la Sociedad Fabiana de Londres, una agrupación de intelectuales con ideas pragmáticas y socialistas, pero no marxistas ni revolucionarias ni todos coreando al unísono una especie de candorosa y acólita internacional socialista; no obstante, Wells, en su búsqueda de un hipotético y cooperativo “Estado mundial organizado” —según se lee casi al término de su Experimento en autobiografía (Espasa-Calpe Argentina, 1943)— llegaría a alabar los “logros” en la URSS del sanguinario genocida y dictador José Stalin y su supuesta personalidad (“Jamás he visto a un hombre más cándido, más limpio y más honesto”), con quien dialogó en 1934 en su viaje al Kremlin de Moscú, el epicentro de la totalitaria e imperialista cortina de hierro. En este sentido (y contrasentido), Borges apunta: “En su libro La conspiración abierta, Wells declaró que la división actual del planeta en distintos países, regidos por distintos gobiernos, es del todo arbitraria y que los hombres de buena voluntad acabarán por entenderse y prescindirán de las formas actuales del Estado. Las naciones y sus gobiernos desaparecerán, no por obra de una revolución, sino porque la gente comprenderá que son del todo artificiales.” 
   
Espasa-Calpe Argentina
(Buenos Aires, 1943)
           Pese a que Borges recuerda que “Anatole France dijo de él que era ‘la mayor fuerza intelectual del mundo de habla inglesa’”, se trata de un presagio incierto, de una vaporosa y evanescente utopía (digna de la Oda a la alegría de Beethoven) que, sin proponérselo, refrenda, por actual (en el contexto de la globalizada islamofobia y viceversa), el meollo de la breve nota “H.G. Wells contra Mahoma”, escrita con ese estilo borgeseano de condensada erudición enciclopédica que se aprecia, por ejemplo, en su prefacio a La cruzada de los niños, de Marcel Schwob; en su prólogo a Mystical Works, de Emmanuel Swedenborg; y en algunos de los textos del Libro del cielo y del infierno (Emecé, 1960), antología urdida a cuatro manos con Adolfo Bioy Casares:
“Es conocida la veneración que el Islam profesa por su libro sagrado. Los teólogos musulmanes afirman que el Corán es eterno, que los ciento catorce capítulos que lo forman son anteriores a la tierra y al cielo y sobrevivirán a su fin, y que el texto original —la Madre del Libro— está en el paraíso, donde lo veneran los ángeles. Otros doctores, no contentos con esas prerrogativas, han divulgado que el Corán puede tomar la forma de un hombre o la de un animal y contribuir a la ejecución de los impenetrables propósitos del Señor. Este mismo (en el capítulo diecisiete de su obra) dice que aunque los hombres colaboraran con los demonios para confeccionar otro Corán, no lo conseguirán... H.G. Wells (en el capítulo cuarenta y tres de su Breve historia del mundo) se felicita de esa incapacidad humanodemoníaca, y deplora que doscientos millones de musulmanes acaten ese libro confuso.
“Indignados, los mahometanos que residen en Londres han procedido en su mezquita a una ceremonia expiatoria. Ante una silenciosa congregación, el doctor Addul Yakub Khan, barbudo y ortodoxo, ha arrojado a las llamas un ejemplar de la Breve historia del mundo.”
A.P. Márquez, Editor
(Méjico, 1939)
        O sea que, al parecer, esa Breve historia del mundo, por tal bemol, no es parte de los últimos e idealistas libros de H.G. Wells que Borges refiere casi al concluir su prólogo a La máquina del tiempo y El hombre invivible: “En las últimas décadas de su vida pasó de la escritura de sueños a la redacción laboriosa de grandes libros que pudieran ayudar a los hombres a ser ciudadanos del mundo.” 

Vale decir que en su nota “H.G. Wells contra Mahoma”, Borges alude, sin precisar, el versículo 90 de la “Sura XVII” del Corán. En la traducción de Juan Vernet reza así: “Di: ‘Aunque se reuniesen los hombres y los genios para traer algo semejante a este Corán, no traerían nada parecido, aunque se auxiliasen unos a otros’.” Y en la versión de una anónima vulgata tariqa: “Di: Aunque los hombres y los genios se reuniesen para producir una cosa semejante a este Corán, no producirían nada semejante, aunque se ayudasen mutuamente.” Y una consulta a “Mahoma y el Islam”, el escueto “Capítulo XLIII” de Breve historia del mundo (con traducción “corregida y puesta al día” de R. Atard, publicada en Méjico, en 1939, por A.P. Márquez, Editor, “Con trece mapas a colores” y permiso de la empresa española M. Aguilar, Editor, que la publicó en Madrid, por primera vez, en 1935, “Con doce mapas”), revela que H.G. Wells esboza una imagen crítica, escéptica y somera del Corán y de ciertos rasgos humanos de la legendaria y mítica personalidad de Mahoma, quizá “lesivos” para los intolerantes barbudos y ortodoxos dispuestos a blandir la sharia, una fetua, la cimitarra, el Kaláshnikov o los ocultos explosivos adheridos al cuerpo (imagen de reprochable y violenta lobotomía que evoca “el conventículo de monstruos sentados que gangosean en su noche un credo servil”, que según el demiurgo mayor: “es el Vaticano y es Lhasa”). Por ejemplo, dice incrédulo de Mahoma: “Hacía versos que decía le comunicaba un ángel y tenía extrañas visiones en que aseguraba era transportado al cielo e instruido por Dios acerca de su misión [...] Al declinar sus años se casó con varias mujeres, y su vida, en conjunto, era poco edificante desde el punto de vista de las ideas modernas. Parece que Mahoma fue un compuesto de gran vanidad, codicia, astucia, desengaño y pasión religiosa muy sincera. Dictó un libro de preceptos y explicaciones: el Corán, que afirmó le había sido comunicado por Dios. Tanto literaria como filosóficamente, el Corán es manifiestamente indigno del Autor Divino a quien se atribuyera.” 
       Pero a pesar de la acritud y del disentimiento de H.G. Wells, en ninguna línea del “Capítulo XLIII” de su Breve historia del mundo “se felicita de esa” susodicha y supuesta “incapacidad humanodemoníaca” “para confeccionar otro Corán”, ni “deplora que doscientos millones de musulmanes acaten ese libro confuso”.   
   
A.P. Márquez, Editor
(Méjico, 1939)
        Desde las catacumbas del recalentado y minúsculo globo terráqueo, ciertos terrícolas sobrevivientes sabemos, por lega antonomasia, que no sólo los libros sagrados y los Evangelios apócrifos son formas de la literatura fantástica. Y si Borges, como buen humano-demiurgo, también incurría en olvidos y lapsus, quizá sí leyó y tuvo noticia de lo que apuntó y comentó el “23 de diciembre de 1938” en la revista El Hogar. Y tal vez, ante el auto de fe que condenó a la hoguera (en la mezquita de Londres) a su Breve historia del mundo, H.G. Wells decidió extirparle ese pasaje “revulsivo” (e “incendiario”) y por ende el traductor R. Atard no lo encontró cuando tradujo en la España de los años 30. 

II de III
Al término de su prefacio a La puerta en el muro, Borges dice: “Lamento haber descubierto a Wells a principios de nuestro siglo: querría poder descubrirlo ahora para sentir aquella deslumbrada y, a veces, terrible felicidad.” Aserto literariamente autobiográfico (ídem: “me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses”; “a veces pienso que nunca he salido de esa biblioteca”) que repite y varía al concluir su preámbulo a La máquina del tiempo y El hombre invisible: “Las ficciones de Wells fueron los primeros libros que yo leí; tal vez serán los últimos.” Palabras que repiten lo dicho por él casi al concluir su ensayo “El primer Wells”: “De la vasta y diversa biblioteca que nos dejó, nada me gusta más que su narración de algunos milagros atroces: The Time Machine, The Island of Dr. Moreau, The Plattner Story, The First Men in the Moon. Son los primeros libros que yo leí, tal vez serán los últimos...” Y concluye con un vaticinio de oráculo que alcanza con celeridad el imaginario colectivo del siglo XXI y lo rebasa: “Pienso que habrán de incorporarse, como la fórmula de Teseo o la de Ahasverus, a la memoria general de la especie y que se multiplicarán en su ámbito, más allá de los términos de la gloria de quien lo escribió, más allá de la muerte del idioma en que fueron escritos.”
   
Borges en 1911
       
H.G. Wells en 1876
      No sin olvidar que “Un libro no es menos íntimo que las manos y los ojos” y que “La lectura es una forma de la felicidad” —Borges dixit—, en tales finales parece pregonar que las ficciones de Wells son propias para la infancia y la juventud de todo lector. Esto parece ser así en angulares casos y sin duda mucho lo es en el caso de La guerra de los mundos, novela que al parecer no era de sus preferidas, quizá por su desbordante y diverso filón fantástico. No obstante, en “El primer Wells”, afirma categórico: “Verne escribió para adolescentes, Wells, para todas las edades del hombre.”
Libros del Zorro Rojo
(Polonia, octubre de 2016)
      “Impreso en Polonia por Zapolex”, en “octubre de 2016”, el libro La guerra de los mundos editado en Barcelona por Libros del Zorro Rojo está diseñado y manufacturado con un criterio celebratorio y preciosista, pese a que el corrosivo e insomne duende dejó su lúdica impronta (casi una cagadita de mosca): en el antepenúltimo renglón de la página 90 refulge una planetaria errata. De buen tamaño (24.05 x 17 cm), pastas duras y vistosa sobrecubierta (ilustrada en el anverso y en el reverso), en el frontispicio se anuncia que está “Ilustrado por Alvim Corrêa”. Y en el faldón se evoca la susodicha y legendaria “Transmisión radial de 1938” que suscitó “una ola de pánico colectivo” que catapultó a la fama (y a Hollywood) al joven Orson Welles en medio de un escandaloso y mediático juicio contra la CBS, y que por otra parte, Woody Allen recrea en un jocoso pasaje de su película Días de radio (1987): “Damas y caballeros, tengo el deber de comunicarles una grave noticia. Los extraños seres que han aterrizado esta noche son la vanguardia de un ejército invasor procedente de Marte.” Episodio que se complementa, en la contraportada y en la cuarta de forros, con un dizque desfragmentado código de barras (para quesque activarlo en la web) y su adjunto letrero: “Este enlace permite escuchar la grabación original de Orson Welles y leer la traducción de dicho guion radiofónico.” Episodio que se retoma en el tercer párrafo de “Sobre La guerra de los mundos”, nota sin firma de los editores, que precede a la traducción de la novela hecha por Ramiro de Maeztu: “El 30 de octubre de 1938, como broma de Halloween, el actor, director y guionista estadounidense Orson Welles adaptó La guerra de los mundos a un guion de radio que, teatralizado en forma de noticiario, narraba el arribo de naves marcianas a la ciudad de Nueva York. Los oyentes que sintonizaron la emisión ya comenzada y que, por ende, no habían escuchado la introducción aclaratoria, fueron presa de un estado de pánico que se extendió rápidamente por la ciudad. ‘Muchas verdades se han dicho en broma’, escribió H.G. Wells en su célebre libro. Sociedades con poderosos ejércitos y altamente armadas (como la británica y la estadounidense) habían recibido, en forma de reflejo espejeado, el terror que suscita su propensión al abuso militar.”

Orson Welles en 1938
       Vale puntualizar que si bien en esa legendaria e histórica transmisión radial hecha a través de las ondas hertzianas encadenadas a la CBS de Nueva York la noche del domingo 30 de octubre de 1938, entre las 20 y las 21 horas, el joven Orson Welles, de 23 años, era el director del Mercury Theatre —una pequeña compañía de actores (fundada por él y John Houseman) con quienes producía y realizaba el semanario programa radiofónico The Mercury Theatre on the Air (El teatro de Mercurio en el aire)— y el flamante primer locutor y actor del radioteatro (fue la diecisieteava entrega del programa semanal), él no escribió el guion radiofónico basado y a partir de La guerra de los mundos, la famosa novela de H.G. Wells, sino el dramaturgo y guionista Howard E. Koch. Y además de que durante la emisión del radioteatro hubo cuatro alusiones a la adaptación radiofónica de la novela de H.G. Wells (al inicio, a la mitad, y dos veces al término), la supuesta invasión marciana (que dizque suscitó una apresurada ley marcial) no empezó en la ciudad de Nueva York ni se limitó a ella: el primer cilindro (no una nave) en el que dizque llegaron los marcianos supuestamente cayó en la Granja Wilmuth, en Grovers Mill, Nueva Jersey; y fue allí donde dizque se formó un cerco de “siete mil hombres armados con rifles y ametralladoras frente a una sola máquina de guerra marciana”, que en un instante los incendió y fulminó con su “rayo térmico”. 

   
Henrique Alvim Corrêa
(1876-1910)
       En la segunda de forros de La guerra de los mundos editada por Libros del Zorro Rojo, precedida por un retrato en blanco y negro de H.G. Wells, se lee una nota sobre su vida y obra. Y en la tercera de forros, encabezada también por un retrato en blanco y negro, se lee una nota de la misma índole sobre el pintor y artista gráfico Henrique Alvim Corrêa (Río de Janeiro, 1876-Bruselas, 1910), quien “falleció de tuberculosis a los treinta y cuatro años”. Es decir, derrotado en otra guerra de los mundos: la feroz batalla sin cuartel contra las bacterias, que son, con los virus, los seres microscópicos del planeta Tierra que, en la novela de Wells, derrotan y matan a los marcianos y exterminan en un santiamén (casi como con barita mágica) a la plaga de la invasora Hierba Roja, de rápida propagación, que los extraterrestres trajeron consigo.
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         Treinta y dos espléndidas estampas de Henrique Alvim Corrêa figuran en el interior del libro con excelente reproducción, dispuestas en páginas completas e ilustrando, en buena parte, episodios adyacentes. Tan modernas y contemporáneas que podrían haber sido trazadas hoy mismo. Y se distinguen por su impronta caricaturesca, de recuadros de historieta (o novela gráfica), y por su dejo hilarante e infantil, muy visible, por ejemplo, en los saltones ojos antropomórficos (o animalescos) de las giratorias caperuzas metálicas de las descomunales Máquinas de Combate que en la novela se desplazan a gran velocidad con enormes zancadas de su mecánico trípode, una de las cuales se observa, en pleno ataque, en el diseño de la tapa. 

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       Saltones ojos que, por ejemplo, también poseen los marcianos que se observan en esa imagen donde un hombre está cabizbajo y sentado en una escalera y agarrándose el cráneo con las crispadas manos, frente al cadáver de otro hombre que yace en el suelo con la cabeza reposada en el rastrero cuerpo de un marciano, y que remite a la angustia, neurosis y pesadilla que al escritor y filósofo le suscitan la presencia de los invasores extraterrestres y a la necedad, fobia, obcecación, delirio y psicosis del clérigo católico de Weybridge empeñado en seguirlo y en hacerle difícil la sobrevivencia. 

     
Editorial Sexto Piso
(México, 2005)
       Curiosamente, la traducción y edición de La guerra de los mundos que Sexto Piso publicó en México, en 2005, exhibe en la portada una de las láminas de Henrique Alvim Corrêa; pero además de que es la única (y se repite en la tarjeta postal adjunta al libro), en la página legal se acredita así: “Ilustración de portada: Alvin Correco, 1906”. Pero eso sí, en un fosforescente círculo anaranjado pegado al plástico protector que lo envolvía, se pregonaba con bombo y platillo a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada aldea global: “Nueva traducción y edición del libro clásico La guerra de los mundos, en el que está basada la película dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Tom Cruise.” Largometraje de 2005 que supera con creces el filme de 1953, guionizado por Barré Lyndon y dirigido por Byron Haskin.

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         La preliminar y anónima “Nota de la edición” de Libros del Zorro Rojo informa y canta sobre las ilustraciones de Henrique Alvim Corrêa:
    “La presente edición de La guerra de los mundos recupera las magníficas ilustraciones del artista brasileño Henrique Alvim Corrêa, iniciadas apenas cuatro años luego de la aparición del célebre libro. Estas portan, inalterado, el imaginario de una época que aún no conocía las feroces guerras del siglo XX. Trabajadas con lápiz de carbón y tinta sobre papel fueron publicadas por primera y única vez en 1906 por la editorial belga L. Vandamme & Co. En una tirada limitada de tan solo quinientos ejemplares.
“Por vez primera se ofrece al lector de habla hispana este trabajo que sorprendió gratamente al propio H.G. Wells, y cuyos trazos premodernistas y mirada futurista merecieron elogiosas palabras del autor homenajeado.”
Y entre lo que se dice en la tercera de forros sobre Alvim Corrêa, se lee que “En 1890 fue llevado por su padrastro a Europa. En 1894 comenzó sus estudios artísticos en París, donde asistió a las clases del pintor Jean Baptiste Édouard Detaille, especializado en pinturas de temática bélica. Al año siguiente expuso por primera vez en el Salón de París, y en 1900 se trasladó a Bruselas, donde instaló su taller. Realizó óleos sobre la guerra franco-prusiana, y acuarelas de impronta erótica, que firmó bajo el seudónimo de Henri Lemort (‘El muerto’ en francés) [...] En 1942, la guerra de este mundo casi acaba con su obra: el navío que transportaba a Brasil los originales de su trabajo fue atacado por las tropas alemanas. Pese a ello, prevaleció el arte.” 
 
Ramiro de Maeztu
(1874-1936)
          No obstante, Libros del Zorro Rojo no aporta ningún dato sobre el traductor Ramiro de Maeztu ni sobre su traducción de La guerra de los mundos. Nacido en Vitoria, el 4 de mayo de 1874, Ramiro de Maeztu “fue un diplomático y escritor español perteneciente a la generación del 98”, asesinado en otra sangrienta guerra de los mundos ideológico-políticos; es decir, el 29 de octubre de 1936 fue fusilado en Aravaca, entonces provincia de Madrid, “en el curso de una de las sacas que elementos del bando republicano efectuaron en el Madrid posterior al golpe de Estado de julio de 1936”. 
     
Editorial Bruguera
(Barcelona, 1981)
         Curiosamente, Editorial Bruguera, en Barcelona, en enero de 1981, publicó la traducción de Ramiro de Maeztu en un libro de bolsillo, de pastas duras y con ilustraciones en blanco y negro de Eugenio Darnet, número 1 de la colección Club Joven Bruguera, que en la tapa le canturreaba (y aún le canturrea) al novicio lector: “Ediciones íntegras e ilustradas”. Allí, en la página legal, el circulito del copyright de la traducción de Ramiro de Maeztu está datado en 1902. Es decir, primero, entre el 17 de marzo y el 21 de abril de 1902, la traducción de Ramiro de Maeztu, a modo de folletín, se publicó por entregas en El Imparcial, periódico de Madrid; y luego “ese mismo año la publicó la imprenta de El Imparcial en formato de libro”. Y “En 1914 [el año que en Europa estalló la cruenta, espeluznante y sonora Gran Guerra de varios mundos del mundanal mundo] apareció otra edición dentro de la Colección ‘Biblioteca de El Imparcial’, editada por Establecimiento Tipográfico de la Sociedad Editorial de España”. Pero lo que sí hizo Libros del Zorro Rojo fue añadirle, a la traducción de Ramiro de Maeztu, cinco sesudas e ilustrativas notas al pie de página.

III de III
Dedicada a su “hermano Frank Wells, que tuvo la idea”, y precedida por un epígrafe de Kepler, transcrito de La anatomía de la melancolía, de Robert Burton, La guerra de los mundos está dividida en dos partes. La primera se titula “Libro primero: La llegada de los marcianos”, y está seccionada en catorce capítulos con rótulos y números romanos. La segunda se titula “Libro segundo: La Tierra en poder de los marcianos”, y está dispuesta en nueve capítulos con rótulos y números romanos. Y la concluye un “Epílogo”. La voz narrativa, omnisciente y ubicua (alter ego de H.G. Wells), es la de un británico de clase media que reside en Woking (donde vivió el autor), pueblo en el sureste de Inglaterra, ubicado a un poco más de 40 km al sureste de Londres. Según dice de sí mismo, es “un escritor reputado que se ocupa en cuestiones filosóficas”; y por ende, previo al ataque alienígena, se pasa el tiempo “en aprender a andar en bicicleta y en escribir una serie de artículos” sobre el “Probable desarrollo de las Ideas Morales en concordancia con el progreso material e intelectual”. El meollo es que el arribo de los belicosos extraterrestres ocurrió un viernes de junio de 1894 y la dramática guerra de los ingleses contra los marcianos duró sólo unos quince días (o un poco más); y él traza un círculo narrativo en el decurso de la trama que evoca y relata, pues el domingo (posterior al viernes), ante el avance asesino y destructor de los marcianos, salió huyendo de Woking en compañía de un artillero y un mes después regresa a su medio destruida y saqueada casa familiar, donde en su despacho, en el piso superior, lee el inconcluso manuscrito del artículo que estaba escribiendo cuando aquella noche del viernes cayó el primer cilindro en la llanura de Horsell. Y al poco rato de su retorno, para, con un final feliz, cerrar el círculo evocativo y narrativo del libro, llegan nada menos que su propia esposa y su primo, a quienes creía masacrados en la villa de Leatherhead, pues los suponía allí cuando fue demolida por una de las terroríficas y altas Máquinas de Combate de los marcianos.
Vale puntualizar, entonces, que el filósofo y escritor, quien nunca dice su nombre, hace un recuento y una reminiscencia de lo ocurrido seis años antes: en 1894. Es decir, él escribe y narra sus memorias —y lo indagado, lo meditado, lo conjeturado y lo hipotético— en 1900, o sea: en el inminente futuro ante el presente de H.G. Wells, pues La guerra de los mundos se editó en 1898.   
Portada de la primera edición en inglés
de La guerra de los mundos (1898)
      Entre sus preliminares reflexiones sobre el extinto y fugaz ataque de los marcianos —cuyo clímax destructivo (y la derrota) se sucede en Londres, la metrópoli más poderosa del mundo, de la que frente el avance de los marcianos salieron huyendo unos seis millones de aterrorizados terrícolas—, el filósofo y escritor apunta: “Antes de juzgarlos con excesiva severidad debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente, no solo especies animales, como el bisonte y el dodo, sino también razas humanas inferiores. Los tasmanios, a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia en una guerra exterminadora de cincuenta años que emprendieron los inmigrantes europeos.” Es obvio que ese prejuicio y atavismo xenofóbico y racista del arquetipo del hombre blanco que se transluce en sus conceptos taxonómicos, propio de la idiosincrasia y supremacía imperial británica decimonónica, resulta ahora obsoleto y anacrónico. Pero es lo que piensa el filósofo y escritor, tan veraz como es su inveterada creencia en Dios, sus rezos y ruegos; y por ende, antes de su breve colapso amnésico, le agradece haber sobrevivido al ataque de los extraterrestres. E incluso es a Dios a quien le atribuye la creación y existencia de las bacterias y virus que causan la muerte y exterminio de los marcianos: “por las ínfimas criaturas que Dios, con su sabiduría, ha puesto sobre la Tierra”. De ahí que diga: “Acaso los marcianos, llenos de confianza, invocaban también a Dios. Seguro que, aunque no hayamos aprendido nada más, esta guerra nos ha enseñado la piedad, piedad hacia esas almas sin razón que nosotros dominamos.”

H.G. Wells en la Escuela Normal de South Kensington,
como alumno del curso de biología elemental del gran
Thomas Henry Huxley.

Foto en H.G. Wells (circe, 1993)


       
Thomas Henry Huxley
(1825-1895)
Según Borges:
Apodado el bulldog del darwinismo
Foto en Experimento de autobiografía  (Espasa-Calpe, 1943)
          No obstante que la novela La guerra de los mundos se cuenta entre los decimonónicos y finiseculares libros precursores del género literario de la ciencia-ficción del siglo XX (y de su traslación al cine), sus planteamientos “científicos” son pseudocientíficos y a todas luces ficticios, ingenuos e imaginativos, y muy marcados por las limitaciones y recursos técnicos, mecánicos, armamentísticos, tecnológicos y científicos de la época, y por los usos, hábitos, costumbres y transportes terrestres y acuáticos del entorno social victoriano. Su ritmo es vertiginoso, envolvente y trepidante. Y en el desarrollo de la trama, además de las escenas y anécdotas particulares, descuella la mirada panorámica, geográfica y aérea de la voz narrativa, que evoca y narra sus propias observaciones y experiencias vividas y sabidas entre las villas y villorrios que van de Woking a Londres y en los márgenes del Támesis; pero también las vistas y vividas por su hermano, estudiante de medicina en la capital inglesa, quien, en medio de los sinsabores y ríspidos azares suscitados por el sorpresivo e imprevisto ataque alienígena, logra huir de Londres y embarcarse en un vapor rumbo a Ostende en compañía de un par de señoras.  

Inextricable a las escenas bélicas y a los escenarios de destrucción, muerte y abandono, y a la agresiva competitividad, deshumanización y egoísta beligerancia que la guerra y el terror suscita en un tris entre los pobladores que huyen o son atacados por los marcianos (hay robos y rapiña —no sólo alimenticia— en los comercios, bares y casas, y se suceden abusos, agandalles, tacañerías, pleitos callejeros y asesinatos, e incluso los periódicos aumentan sus precios en su afán de lucrar con el pánico, el drama y el avance de los extraterrestres), lo que descuella sobremanera, por inaudito y nunca visto, es lo que concierne a los extraños seres procedentes de Marte, de los cuales, según reporta el escritor y filósofo, seis años después del ataque, en el Museo de Historia Natural, en Londres, se “conserva en alcohol” “un ejemplar magnífico y casi completo”; mientras que en la cima de “la cuesta del Primrose Hill”, “todavía se alza allí” una de las gigantes Máquinas de Guerra de trípode, que los británicos, adultos y niños, acuden a contemplar con asombro y boquiabiertos, casi como si fuera la enorme montaña rusa de un parque de diversiones itinerante. 
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
          Para viajar al planeta Tierra desde Marte —focalizada su caída en la todopoderosa Gran Bretaña—, los marcianos cruzaron, raudos y veloces, los “sesenta millones de kilómetros” del “espacio vacío” a bordo de unos enormes cilindros (cayeron diez en total en distintos puntos). Los cuales fueron disparados, uno a uno, por un ciclópeo, potente, explosivo y ultralumínico cañón. Instrumento y protonave espacial que ineludiblemente evoca al rudimentario cañón de mecha (que al unísono evoca los ahora arcaicos pero entonces poderosos cañones Maxim con que los artilleros británicos combaten a los marcianos) y el hilarante cohete (especie de bala de lata construida por los herreros que golpeaban sobre el aledaño yunque) en cuyo hueco interior viaja a la Luna un estrafalario grupo de terrícolas con paraguas desintegradores y cobijas para dormir en el pedregoso y cavernoso territorio de la salvaje tribu de los monárquicos selenitas, según se observa en Viaje a la luna (1902), el caricaturesco y fantástico cortometraje silente de Georges Méliès, “la primera película de ciencia-ficción de la historia”.

     
Fotograma del Viaje a la luna (1902),
cortometraje silente de Georges Méliès.
        En su violenta caída, cada cilindro causa un enorme cráter, que luego los marcianos acrecientan con su imparable laboriosidad de hormigas insomnes y obreras, según lo observa el escritor y filósofo en tres escenarios: en la llanura de Horsell (contigua a Woking); en la villa de Mortlake, precisamente frente al borde de un cráter, donde pasa dos semanas de miedo y angustia oculto entre los restos de una casa en compañía del obcecado, psicótico, fóbico y glotón sacerdote católico, hasta que lo atrapa un ciego tentáculo rastreador de una Máquina de Combate (luego de que quedara inconsciente por el golpazo que le da el escritor y filósofo con el mango de un cuchillo de carnicero); y en Londres, donde, en medio de las ruinas, de la desolación en las calles y de la muerte del último marciano en Regent’s Park (quien moribundo aúlla llamando a sus compinches dentro de la caperuza de la enorme Máquina de Guerra), llega a pie y exhausto al borde de lo que fue “el último y el mayor de los campamentos marcianos”. 

Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         Antes de salir a la Tierra a hacer de las suyas, los extraterrestres esperan a que el cilindro se enfríe. Y cuando ya está frío, paulatinamente desatornillan la tapa y del interior emergen esos extraños seres de apariencia horrenda y repulsiva: parecen enormes, pesados, torpes y redondeados moluscos babeantes con tentáculos (“pulpos”, los tilda un zapador del ejército tras oír su descripción), cuyos detalles físicos el escritor y filósofo observa en primera línea al emerger el primer alienígena en el cráter de la llanura de Horsell; y luego, con mayor detenimiento, en su cautiverio en los restos de la casa de Mortlake; a lo que se añaden otros datos, características y conjeturas sobre su anatomía externa e interna (incluso quizá absurda, como el hecho de que tienen pulmones, pero no fosas nasales ni olfato).

Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
        Esos catapultados cilindros son de considerables dimensiones, pues en ellos los marcianos transportaron las enormes y desplegables Máquinas de Guerra, que se desplazan a través de un trípode que da enormes y veloces zancadas. Las Máquinas de Guerra son manejadas por un marciano ubicado dentro de la giratoria caperuza, situada en lo alto, quien despliega y mueve los prensiles tentáculos. Y para atacar y destruir despliega y utiliza dos móviles y poderosas armas: el Rayo Ardiente, “un rayo luminoso” que es un “chorro invisible” que incendia lo que toca: personas, flora, fauna, arquitectura; y el tóxico y letal Humo Negro, del que un periódico reportó con amarillista alarma: “Los marcianos descargan enormes nubes de humo negro y venenoso por medio de cohetes. Han asfixiado a los artilleros de las baterías, destruido Richmond, Kingston y Wimbledon y avanzan lentamente hacia Londres, devastándolo todo al pasar. Es imposible detenerlos. Contra el Humo Negro no hay otro modo de salvación que la fuga.” 

       
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       A lo que se agrega la plaga de la trepadora, expansiva y voraz Hierba Roja (de un rojo-sangre y con el ramaje “parecido al del cactus”), de rápida y predominante propagación, cuyas semillas transportaron no por accidente, sin duda. A esto se añade el hecho de que los marcianos armaron “una máquina voladora”, que dizque están “aprendiendo a manejarla”, según le reporta el artillero, al escritor y filósofo, en su avituallado y egocéntrico escondrijo en Putney Hill; lo cual lo induce a pensar en el “¡Adiós a la humanidad!”, pues “Si consiguen volar, darán la vuelta al mundo...” No obstante, además de que esa “máquina voladora” quedó abandonada en el último campamento marciano a imagen y semejanza de un trebejo inútil, sí la sabían manejar, pues su hermano, en su huida a Ostende a bordo del vapor, vio en lo alto lo que a todas luces es un alienígena platillo volador: “Se puso el sol bajo las nubes grises, se enrojeció el cielo, se oscureció después; parpadeó en la penumbra la estrella de la noche. Era grande la oscuridad cuando el capitán lanzó un grito tendiendo los brazos al cielo. Miró mi hermano con atención. Del horizonte gris subió a lo alto, por encima de las nubes, un objeto que con marcha oblicua y rápida brilló en los últimos resplandores del crepúsculo; un objeto plano y gigantesco que luego de describir una inmensa curva, de disminuir poco a poco y de hundirse lentamente, se desvaneció en el gris misterio de la noche. Se hubiera dicho que extendía las tinieblas al pasar.”   

    
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       Los marcianos se comunican con gritos y aullidos y al parecer de un modo telepático. Y para construir sus campamentos en los subterráneos cráteres y trabajar en ellos, utilizan dos tipos de máquinas. Las Máquinas de Mano, dice el escritor y filósofo, no parecen un mecanismo, “sino una criatura semejante a un cangrejo de mar de tegumento resplandeciente”, con “el aspecto de una especie de araña metálica, con cinco piezas articuladas y ágiles y un número extraordinario de varillas y palancas, también articuladas, y de tentáculos que tocaban y agarraban las cosas en derredor del cuerpo.” Estas son manipuladas por un tripulante alienígena; pero las máquinas excavadoras no y laboran sin cesar totalmente automatizadas. O sea: son robots, artilugios marcianos diseñados y construidos décadas antes de que la humanidad desarrollara la electrónica, la computación, la informática y la robótica. 

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
            Pero a pesar de su complejo y avanzado desarrollo tecnológico, ingenieril y armamentístico, los marcianos, que según la descripción de su anatomía externa e interna, son sobre todo “cerebros” hiperactivos que no necesitan dormir ni hablar ni descansar ni mordisquear ni digerir, su monstruosa, destructiva, voraz y coreográfica conducta castrense parece la de un potenciado ente híbrido, con rasgos de bestia salvaje, cefalópodo, crustáceo, artrópodo, reptil, insecto rastrero y arácnido. Viajaron a la Tierra para alimentarse a toda costa, casi como un enorme oso hormiguero necesita, por ciego instinto, atiborrar su gran panza de minúsculas hormigas; y, para dar con ellas, penetra en los rincones y recovecos su larga trompa y su larga lengüeta de gusano; y en esas orgías culinarias destruye las laberínticas construcciones arquitectónicas que son los subterráneos hormigueros. Vale observar que según reporta el escritor y filósofo, pese a que “los marcianos carecen de sexo” (o sea: no hay cuchicuchi), “nació un marciano en nuestro planeta durante la guerra; se le encontró pegado a su progenitor, como un capullo a medio abrir, del mismo modo en que brotan los bulbos en los lirios o los animálculos en los pólipos de agua dulce”. Pero el alimento que les interesa de las hordas y manadas de los aterrorizados y alharaquientos terrícolas, no es su carne ni sus órganos ni sus huesos ni su médula ósea (ni las aletas de los delfines ni la bolsa de aceite de los tiburones ni los colmillos de los elefantes ni los cuernos de los rinocerontes ni el buche de totoaba ni los huevos de codorniz ni las pieles de las focas del norte de Canadá), sino la sangre, el plasma sanguíneo de los humanos, que extraen y se inyectan directamente “en sus propias venas” con avidez de murciélago, quizá placentera, embriagadora, adictiva y psicotrópica. Delicatessen de dulce vita y delirium alimenticio para los alienígenas, que implica la preservación, continuación y propagación de su horrorosísima y pesadillesca especie. Es por tal objetivo que alguna manipulada Máquina de Combate transporta, en lo alto de la giratoria caperuza, una clase de cesta o jaula, donde va coleccionando especímenes de terrícolas vivitos y coleando y lanzando gritos de terror, los cuales son cazados y atrapados con el mecanismo prensil de los móviles tentáculos. Según reporta el escritor y filósofo, en los cilindros los marcianos traían víctimas “consigo desde Marte en calidad de provisiones. A juzgar por los arrugados cadáveres que han caído en poder de los hombres, esas criaturas eran bípedos de frágiles esqueletos silíceos (parecidos a los de las esponjas), músculos débiles, de un metro ochenta de altura, cabezas redondas y erguidas y grandes ojos en órbitas petrificadas. Parece que en cada cilindro venían dos o tres y que ya estaban muertos antes de llegar a la Tierra. Hubiera sido lo mismo que los dejaran vivos, porque al solo esfuerzo de sostenerse en pie sobre nuestro planeta se les habrían roto todos los huesos del cuerpo.”
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
      Vale comentar, por último, y no por terror cósmico (de solitario navegante en la infinita noche de los tiempos) ni para ponerle los pelos de ponketa a nadie (por mucha melena de Rapunzel que tengan), que según reporta en el “Epílogo” el escritor y filósofo, ciertos astrónomos del planeta Tierra han observado agitadas y elocuentes actividades en Marte, y de Marte a Venus, indicativos de alguna marciana y violenta intromisión. Lo cual implica, quizá, el futuro ataque en la Tierra de otra tribu alienígena, quizá con tecnología aún más avanzada. ¡Felices sueños y felices pesadillas!



H.G. Wells, La guerra de los mundos. Traducción del inglés al español de Ramiro de Maeztu. Ilustraciones de Henrique Alvim Corrêa. Libros del Zorro Rojo. Polonia, octubre de 2016. 210 pp.