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jueves, 11 de enero de 2018

El maravilloso mago de Oz

Matar y engañar y no morir en el intento

A mediados de 1900, en Chicago y en Nueva York, George M. Hill Company publicó en inglés, con las ilustraciones en color de William Wallace Denslow (1856-1915), El maravilloso mago de Oz, novela fantástica dirigida al lector infantil, escrita por el polifacético Lyman Frank Baum (1856-1919), que se hizo popular casi al unísono de la versión musical estrenada el 16 de junio de 1900 “en el teatro de Clark Street de Chicago”. (“La obra recaudó en sus primeros ocho años cerca de cinco millones y medio de dólares y fue vista por más de seis millones de personas, unos números sensacionales para su época.”) Y a la postre tal título fue el primero de una serie de catorce libros para niños (editados entre 1900 y 1920) sobre las vivencias y aventuras en el fantástico, maravilloso y caricaturesco mundo de Oz.  
   
Totó y Judy Garland en el papel de Dorothy
Fotograma de El mago de Oz (1939)
       A estas alturas del siglo XXI casi resulta tautológico recordar que generaciones y generaciones de lectores del orbe —chicos y grandes— se acercan al libro de Baum (que es el único que pulula más allá de los EU) seducidos o incitados por la celebérrima película musical producida por la Metro-Goldwyn-Mayer, cuyo estreno data de 1939, protagonizada por Judy Garland en el papel de Dorothy, la niña campesina de Kansas que, casi al inicio, melancólica y añorante canta Over the Rainbow; sin descartar, claro está, al rutilante e icónico elenco y a la perrita que caracterizó al perrito Totó. (El Totó de la película es, además, el único que se parece al modelo trazado por Denslow en el libro). 
 
Judy Garland vestida de Dorothy y leyendo en inglés
El maravilloso mago de Oz
       Y un claro ejemplo de ello es la versión en español de El maravilloso mago de Oz editada en Madrid, en 2014, con el número 15 de la serie Letras populares de Ediciones Cátedra, con iconografía en blanco y negro, bibliografía, prólogo, traducción y notas de la española Ana Belén Ramos (Córdoba, 1979). Pues si bien no es ni pretende ser una exhaustiva y erudita edición anotada, sí es un libro que resume y compendia información básica sobre la novela, sobre la trayectoria del novelista y del ilustrador, y sobre la variante fílmica, cuyo director más notable fue Victor Fleming, ultracelebérrimo, también, en la sucesiva dirección de la mastodóntica Lo que el viento se llevó (1939). En este sentido, descuella que en medio de la nota 10 de su sesudo prefacio la traductora diga: “Perrault, en Francia, designó sus cuentos de hadas con el término tradicional Contes de ma mère l’Oye.” Pues de sobra es consabido que en “enero de 1697”, cuando en París, en la “imprenta de Claude Barbin”, se concluyó el tiraje de la primera edición de los cuentos en prosa de Perrault, no llevó por título Contes de ma mère l’Oye, sino Histories ou contes du temps passé, avec des moralités; y en tal “libro no figuraba el nombre del autor”: Charles Perrault (1628-1703), sino el nombre de P. Darmancour (su hijo “Pierre Perrault Darmancour, nacido el 21 de marzo de 1678”), quien en la dedicatoria a Mademoiselle “dice que un ‘niño’ se ha complacido en componerlos”. “Esta Mademoiselle a quien van dedicados los Cuentos de antaño es Elisabeth-Charlotte d’Orléans (1676-1744), sobrina de Luis XIV, a quien llamaban ‘Mademoiselle’. Casada con el duque de Lorena en 1698, fue abuela de la reina María Antonieta, la desgraciada esposa de Luis XVI, que murió con él en la guillotina durante la Revolución francesa.” Vale añadir que sobre tales minucias históricas (y otras) puede consultarse el volumen Cuentos completos de Charles Perrault (Anaya, Madrid, 1997), con “Traducción y notas” de Joëlle Eyheramonno y Emilio Pascual, “Apéndice” de éste, “Introducción” de Gustavo Martín Garzo, y magníficas láminas en color de doce ilustradores.
   
Colección Letras populares número 15, Ediciones Cátedra
Madrid, 2014
        Recamada con alguna preciosa errata, la traducción de El maravilloso mago de Oz es aceptable, pese a varios descuidos. Por ejemplo, en el penúltimo párrafo del “Capítulo V”, “El rescate del Leñador de Hojalata”, se lee en torno al egocentrismo e individualismo de la niña: “Dorothy no dijo nada, estaba intentando descifrar cuál de sus dos amigos llevaba la razón. Llegó a la conclusión de que si podía volver a Kansas con tía Em el hecho de que el Leñador careciera de cerebro y el Espantapájaros de corazón o, por el contrario, que los dos cumplieran su deseo dejaría de tener mucha importancia.” Es decir —y es lo que previamente discuten—, quien carece de cerebro, y quiere uno, es el listillo del Espantapájaros; y quien desea un corazón, porque no lo tiene, es el  sentimentalista del Leñador de Hojalata. Y en el “Capítulo VIII”, “El Mortífero Campo de Amapolas”, cuando el grupo va en medio de ese plantío deletéreo rumbo a Ciudad Esmeralda, dice el Leñador de Hojalata: “si no conseguimos llegar a tierra, seremos arrastrados al país de la Malvada Bruja del Este, y ella nos hechizará y nos convertirá en sus esclavos.” Pero a esas alturas del relato y del viaje, la Bruja del Este ya no existe (¿quién padece Alzheimer?), fue eliminada, y por ende no puede esclavizarlos, pues cuando la casa de Dorothy, traída por los aires desde Kansas por la fuerza y las oscilaciones del tornado, cayó en el “País de los Munchkins”, la mató y así liberó de la esclavitud a esos pequeños seres que parecen gnomos azules y la creen hechicera; y después de que los restos de la Bruja del Este se esfumaron por lo rayos del sol (era muy vieja y estaba aplastada), de ella sólo quedaron los mágicos Zapatos Plateados que la Bruja del Norte, que es buena, le entrega a la niña. Vale apuntar, que la diminuta Bruja del Norte, que al principio tutela a Dorothy, le explica que “en toda la Tierra de Oz” había cuatro brujas. La del Norte y la del Sur son buenas; y como la Malvada Bruja del Este murió aplanada y se deshizo por los rayos del sol, ahora sólo queda una mala: la Malvada Bruja del Oeste, quien tiene esclavizados a los amarillos Winkies (y podría esclavizar a Dorothy y a sus amigos). 
   
DVD de El mago de Oz (1939)
      Entre las principales diferencias entre la película y el libro descuella el hecho de que en el filme el viaje de Dorothy y Totó al mundo de Oz es un sueño de ella (tras recibir un golpe durante el tornado), signado por la añoranza de su casa en Kansas y por la postrera revaloración afectiva del querido hogar (“Hogar dulce hogar”), mientras que en el libro es literalmente un viaje a la Tierra de Oz, en cuyo mapa la Ciudad Esmeralda está en el centro. Y si bien Dorothy, en el libro, añora su pequeña casucha en el entorno árido y grisáceo de Kansas, con la tía Em y el tío Henry, está ausente la carga emotiva y sentimental de la película. Los Zapatos Plateados que la pequeña Bruja del Norte entrega a la niña Dorothy, claves para su retorno a Kansas, en el filme son rojos y de rubí (y son los objetos mágicos que codicia y desea poseer la Malvada Bruja del Oeste y por ello la persigue y acosa). En la película sólo aparece una bruja buena: Glinda, la Bruja Buena del Norte, caracterizada por Billie Burke, quien se desplaza en una burbuja (o con forma de burbuja) y con su apariencia de maternal hada madrina con corona de plata y varita mágica con una estrella en la punta repleta de gemas, tutela y protege a Dorothy al inicio, en el sembradío de flores somníferas, ante la Malvada Bruja del Oeste y al final. Y en el libro, la Bruja del Norte, cuyo nombre no se menciona, tutela a Dorothy sólo al principio y la protege con un beso en la frente que le deja una marca indeleble; y al final lo hace Glinda, la bellísima Bruja del Sur, monarca del País de los Quadlings (que son bajos, gordos, mofletudos, amables y vestidos de rojo), quien además es la Bruja que signa el regreso a Kansas de Dorothy y Totó (le revela el mágico poder de los Zapatos Plateados para viajar en un instante: con solo “dar tres golpecitos con los talones y ordenar a los zapatos que te lleven a donde quieras ir”); y más aún: con el uso de los tres poderes mágicos del Birrete Dorado y de los veloces Monos Alados, facilita y favorece el transporte y el destino de sus amigos en la Tierra de Oz: el Espantapájaros regresará a Ciudad Esmeralda, donde los verdosos habitantes lo aceptaron como su monarca tras irse el Mago de Oz en el globo areotástico que también debió transportar a Dorothy y a Totó; el León Cobarde irá a la selva “Detrás de la montaña de los Cabeza-Martillo”, porque allí lo hicieron Rey de los Animales del Bosque tras descabezar y matar a una gigantesca araña que los aterrorizaba; y el Leñador de Hojalata retornará al País de los Winkies, porque estos seres amarillos lo hicieron su Rey luego de que la Malvada Bruja del Oeste muriera al derretirse cuando súbitamente Dorothy le arrojó un balde de agua. 
Fotograma de El mago de Oz  (1939)
      En el filme, caracterizada por Margaret Hamilton, la Malvada Bruja del Oeste es verde, viste de negro, usa un sombrero puntiagudo, vuela en una veloz escoba y tiene los dos ojos. Mientras que en el libro la Malvada Bruja del Oeste lleva siempre un paraguas negro, no vuela en escoba (ni la tiene) ni restalla risotadas y sólo tiene un ojo, pero “más potente que un telescopio, y además podía verlo todo”; poder parecido a la tipificada bola de cristal con que en el filme la Bruja observa a Dorothy y a su grupo. En el libro, en Ciudad Esmeralda los habitantes y visitantes deben usar unas gafas verdes que a cada uno le asegura con una llave el Guardián de las Puertas; en la película esto no es así.
   
Baum como actor en
The Maid of Arran (1882)
(Cátedra, 2014)
         Con una “Introducción” firmada por Lyman Frank Baum en “Chicago, abril de 1900”, y dedicada a su querida esposa Maud Gage, la presente traducción y edición de la novela El maravilloso mago de Oz, además del “Colofón de la primera edición” (datado el 15 de mayo de 1900), reproduce las 24 láminas originales de William Wallace Denslow (contando la portada), pero en blanco y negro, más el dibujo de la Malvada Bruja del Oeste. Y se divide en 24 capítulos con números romanos y rótulos, más las 15 “Notas” de la traductora y prologuista. En el círculo que traza la trama de la novela (salida y regreso a Kansas) se advierte una pugna entre el Bien y el Mal, representada sobremanera por la agresiva beligerancia que en la Tierra de Oz confronta a las brujas buenas contra las brujas malas (arpías que esclavizan a los países conquistados por ellas), meollo donde a la postre triunfa el Bien que beneficia y premia a los héroes de la travesía. No obstante, no se trata de una novela moralista ni moralizante. El terrible y todopoderoso Mago de Oz, que supuestamente puede ayudar a los necesitados y desvalidos (regresar a Kansas a Dorothy y a su perrito Totó, darle un cerebro al Espantapájaros, un corazón al Leñador de Hojalata y valor al León Cobarde) es realidad un antihéroe, un estafador que busca y ha buscado beneficiarse de los demás y en grandes y desmesuradas proporciones e incluso sin ensuciarse ni marcharse las manos de ave de rapiña. Cuando el viejecillo y pequeño Mago de Oz era joven en Omaha trabajaba allí anunciando el espectáculo de un circo desde un globo aerostático; y por accidente las corrientes de aire llevaron el globo hasta ese lejano y desconocido lugar, donde los lugareños, al verlo descender de las nubes, lo creyeron “un gran mago”. Y como le tenían miedo (tal si se tratase de un pueblo ágrafo, de pensamiento mítico y supersticioso del octavo día que lo cree un poderoso semidiós), prometieron obedecerlo. Así que se convirtió en su monarca, los hizo construir para él la ciclópea y deslumbrante Ciudad Esmeralda, donde tiene un fastuoso castillo para él solo, su culo y su ombligo. Y con sus dotes de ventrílocuo y prestidigitador sin escrúpulos los persuadió para que creyeran en el uso obligatorio de las gafas verdes en Ciudad Esmeralda, so pena de perder la vista por el esplendor de las piedras preciosas. Y puesto que es un gran farsante y un gran mentiroso, procura que sus súbditos nunca lo vean y por ende la mayor parte del tiempo se la pasa escondido.
     

Oz sorprendido tran el biombo
Ilustración de W.W. Denslow
(Cátedra, 2014)
        Por si fuera poco, la autoritaria e inapelable prerrogativa para supuestamente concederle a Dorothy la ayuda que le solicita implica que ipso facto la convierte en asesina: “Mata a la Malvada Bruja del Oeste”, exclama y le ordena en la Sala del Trono, como si fuera un despótico pachá echado en su otomana (salido de una página de Las mil y una noches) y la niña un rudo mercenario de la CIA entrenado en West Point. (En la película esa sanguinaria orden queda atenuada y encubierta por el hecho de que al aterrorizado grupo le impone traerle el palo de la escoba de la bruja.) Y lo mismo le rebuzna, a cada uno por separado y representado distintas formas de manifestarse, al Espantapájaros, al Leñador de Hojalata y al León Cobarde. Pero como todo eso es un vil engaño para consumar una rancia y personal venganza sin poner en peligro su pellejo y cuando los solicitantes ya han destruido a la Malvada Bruja del Oeste (que otrora lo había derrotado y expulsado “de la tierra del Oeste”) y ya están de regreso en Ciudad Esmeralda y se empeñan en que el Mago de Oz cumpla su palabra y les conceda sus peticiones, a cada uno le da una pócima de translúcido atolito con el dedo, a cambio de que no releven a nadie que es un farsante, más un cómodo soborno en el ínterin: “mi pueblo os servirá y obedecerá hasta el más mínimo deseo”, les dice. Al listillo del Espantapájaros le otorga un cerebro quitándole la cabeza y sacándole la paja y luego metiéndole allí una mezcla de salvado con agujas y alfileres y más paja (por ende queda convertido en un cabezota pero con el cerebro dizque “salvado” y con ideas dizque agudas y dizque puntillosas). Al sollozante Leñador de Hojalata le hace una abertura en el pecho, le introduce “un bonito corazón, hecho enteramente de seda y relleno de serrín” y la cierra con un parche. Al León Cobarde quesque lo llena de valor dándole de beber en un plato el contenido de “una botella verde cuadrada”. Y como el Mago de Oz ignora dónde se localiza Kansas ni sabe qué dirección tomar para llegar allí, alista el globo aerostático para cruzar el desierto y luego verán por dónde ir, pues él, para sorpresa de Dorothy, también se irá para siempre de la Tierra de Oz. “Estoy cansado de ser un farsante”, le confiesa. “Si salgo de este palacio, mi pueblo no tardará en descubrir que no soy un mago y entonces se enfadarán conmigo por haberles engañado. Así que debo permanecer todo el día encerrado en estas habitaciones, y se hace pesado. Preferiría volver a Kansas contigo y regresar otra vez al circo.” Así, como si los habitantes de Ciudad Esmeralda no tuvieran la menor capacidad de decisión y ni un grumo de masa gris en su mollera de niños pequeños con síndrome de Down, delega el poder en el Espantapájaros y rubrica su ida con otra gran mentira: “Oz informó a su gente de que iba a hacerle una visita a su gran hermano mago que vivía en las nubes. La noticia se difundió rápidamente por la ciudad y todo el mundo fue a contemplar la maravillosa visión.” Pero al momento del despegue Totó no aparece por ningún lado y Oz termina yéndose solo.
   
El Espantapájaros, Rey de Ciudad Esmeralda
Ilustración de W.W. Denslow
(Cátedra, 2014)
      Quizá las páginas del Maravilloso mago de Oz son, sin proponérselo, una caricaturesca metáfora de los Estados Unidos, del mundo real, del predador ser humano y de su inextricable índole peleonera y belicosa. Pues el credo ético que impera en ese beligerante ámbito de selvas y autoritarias monarquías parece resumirse en la consabida frase de que el fin justifica los medios. Para salirse con la suya y vivir holgadamente a expensas de sus conquistados y supersticiosos súbditos, el supuesto Mago de Oz, en base a embustes y mentiras, construyó ese deslumbrante, fortificado y fastuoso imperio de Ciudad Esmeralda, signado por la retorcida y siniestra fama de un régimen de terror: “Hace muchos años que nadie me pide ver a Oz”, les dice el Guardián de las Puertas a los recién llegados, “agitando su cabeza con perplejidad”. “Es poderoso y terrible, y, si venís con un propósito tonto o trivial a molestar las sabias reflexiones del Gran Mago, puede que se enfade mucho y os destruya al instante.” ¡Gulp! 
Fotograma de El mago de Oz (1939)
(Cátedra, 2014)
   Aunado y consubstancial a esa facilidad para matar por capricho, aburrimiento, berrinche o malhumor, en la Tierra de Oz prolifera la ley de la selva, la ley del más fuerte, la ley del empistolado salvaje Oeste. Allí te matan o matas. O puedes matar para comer, por ejemplo, carne de ciervo o de siervo. En este sentido, pese a que Dorothy le replica al Mago que nunca ha matado a una mosca y que no podría matar a la Malvada Bruja del Oeste, lo cierto es que, dado que implícitamente el fin justifica los medios (y ella quiere regresar a Kansas con su tía Em y el tío Henry), va con su grupo al peligroso Oeste, al País de los Winkies, decidida a eliminar al maligno bicho, pese a cierta ambigüedad moral: “Supongo que debemos intentarlo”, dice, “pero de lo que estoy segura es de que yo no quiero matar a nadie, ni siquiera para volver a ver a tía Em.” 
   
El Espantapájaros observado por Dorothy y el perrito Totó
Ilustración de W.W. Denslow
(Cátedra, 2014)
         Y esa facilidad para matar sin remilgos se observa, también, tanto en el precedente viaje a Ciudad Esmeralda, como en el posterior viaje al País de los Quadlings, donde reina Glinda, la Bruja Buena del Sur. Por ejemplo, cuando el grupo va rumbo a Ciudad Esmeralda en busca del todopoderoso Mago de Oz, son atacados por un par de feroces Kalidahs, que son unos “enormes animales con cuerpo de oso y cabeza de tigre”. Y pese a que el sentimental del descorazonado Leñador de Hojalata se conmueve hasta las lágrimas por pisar un escarabajo o una hormiga (podría volver a oxidarse y petrificarse con la humedad de su llanto), no duda en blandir su hacha para destrozar el tronco de un árbol, caído sobre un precipicio, por donde corren los Kalidahs para matarlos (y quizá para comerse vivos a la niña, al perrito y al león), de modo que “a punto de terminar de cruzar, el árbol cayó con estrépito en el abismo [brillante idea defensiva y exterminadora del descerebrado Espantapájaros], llevándose con él las feas y rugientes bestias, que se destrozaron ambas con las afiladas rocas del fondo.” 
 
Los Kalidahs cayendo en el abismo
Ilustración de W.W. Denslow
(Cátedra, 2014)
       Y cuando el grupo de héroes va en pos de matar a la Malvada Bruja del Oeste con tal de que el Mago de Oz les cumpla sus fervorosos e intrínsecos deseos, la Bruja, que los mira desde la distancia con su poderoso ojo telescópico, intenta matarlos antes de que la maten a ella. Primero ordena que en la noche “una manada de grandes lobos” los hagan pedazos. Pero el Leñador de Hojalata descabeza con su hacha, uno por uno, a los 40 lobos de la feroz manada. De modo que cuando a la mañana siguiente Dorothy se despierta (durmió sin despertarse acurrucada con Totó y el León Cobarde), ve ese sanguinolento montón de 40 lobos descabezados, seguramente maloliente y horrorosísimo. Ella, más bien tranquila, desayuna allí. Imagen de sangre fría, a la Michael Corleone, que ineludiblemente recuerda la antigua y espeluznante estampa donde Vlad Tepes el Empalador, no muy lejos de su castillo y sentado en el campo frente a una rústica mesa, se dispone a almorzar carne humana al pie de un grupo de cuerpos desnudos y cadáveres empalados (su alacena alimenticia al aire libre) y de una especie de hombre de hojalata que blandiendo en lo alto un hacha le prepara un guiso (en un caldero puesto al fuego) con trozos de cuerpos despedazados en su derredor (cabezas, pies, manos, troncos). Es así que el Espantapájaros y el Leñador de Hojalata, que nunca duermen ni comen, “Esperaron a que Dorothy se despertara a la mañana siguiente. La niña se asustó mucho cuando vio la gran pila de lobos peludos, pero el Leñador de Hojalata se lo contó todo. Ella le dio las gracias por salvarlos y se sentó a desayunar, después de lo cual volvieron a continuar su viaje.”
 

Vlad Tepes almuerza rodeado de empalados
Grabado en el libro de Ralf-Peter Märtin: 
Los Drácula”.
Vlad Tepes, El Empalador (Tusquets, 2014)

       Luego de la matanza de los 40 lobos, la Malvada Bruja del Oeste envía una parvada de cuervos con la orden de sacarles los ojos y hacerlos pedazos. Pero es el listillo del Espantapájaros quien asusta al primer cuervo simulando la rigidez de un espantapájaros en medio de un sembradío de maíz; y luego, uno por uno mata, retorciéndoles el cogote, a esa infame turba de nocturnas aves (40 cuervos, ¡Nunca más!). Cuando con su telescópico ojo la Bruja ve el montón de cuervos muertos, manda “un enjambre de abejas negras”. Y nuevamente descuella la astucia y el brillante plan del descerebrado Espantapájaros: le pide al Leñador de Hojalata que le saque la paja para proteger con ella a Dorothy, a Totó y al León Cobarde. Así que las burras abejas, como si fueran zumbantes suicidas kamikazes de la Segunda Guerra Mundial, se lanzan a toda máquina a picar al Leñador, pero como es de hojalata, sus aguijones se hacen añicos. Y al no poder vivir sin ellos, las mensas abejas terminan “esparcidas en una gruesa capa alrededor del Leñador, como pequeños montones de carbonilla”. Entonces la Malvada Bruja del Oeste envía “una docena de esclavos”, doce Winkies armados con “lanzas afiladas” con orden de destrozarlos. Pero el León Cobarde asusta a la tribu salvaje y asesina lanzando “un enorme rugido” y dando “un salto hacia ellos”. Frente a tales pérdidas y derrotas, la Bruja se ve impelida a usar el “conjuro del Birrete Dorado”, que sólo puede utilizarse tres veces. La primera vez que lo hizo fue para esclavizar a los amarillos Winkies; la segunda cuando derrotó y desterró al Mago de Oz. Así que luego de realizar las poses del caricaturesco rito y al unísono recitar el jocoso nonsense del conjuro, se presenta la matona banda de los Monos Alados dispuestos a cumplir esa última orden, que consiste en matar a todos menos al León, pues planea hacerlo trabajar con arreos de caballo. Los alharaquientos Monos Alados destrozan y dejan botados por allí los restos del Espantapájaros y del Leñador de Hojalata; pero con Dorothy no se atreven, pues ven en su frente la marca indeleble del beso de la Bruja Buena del Norte, lo cual implica que “la protegen los Poderes del Bien, que son más poderosos que los poderes del Mal”. 
 
Ilustración de W.W. Denslow
(Cátedra, 2014)
      De modo que delicadamente, como si fueran una tierna abuela tejiendo una chambrita de bebé o haciendo tru-tru, la transportan, junto con Totó, hasta las puertas del castillo de la Malvada Bruja del Oeste; y al León Cobarde lo amarran con cuerdas y así atado —igual a una bestia de circo romano, donde ineludiblemente se confrontaría a un fiero y hercúleo gladiador—, lo transportan por los aires y se lo entregan para que haga con él lo que le plazca.
 
Ilustración de W.W. Denslow
(Cátedra, 2014)
         El maravilloso mago de Oz
, fantástica novela-fábula que es un clásico de la literatura infantil y juvenil que divierte y entretiene con las aventuras y peligros que sortean los héroes de la trama; pero ineludiblemente invita a pensar en las oscuras contradicciones y perennes rasgos de la condición humana que infesta el planeta Tierra. 

L. Frank Baum, El maravilloso mago de Oz. Prólogo, bibliografía, traducción del inglés y notas de Ana Belén Ramos. Miscelánea iconográfica e ilustraciones en blanco y negro de W.W. Denslow. Letras populares núm. 15, Ediciones Cátedra. 1ª edición. Madrid, 2014. 256 pp.


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martes, 9 de enero de 2018

Cuentos de muerte y demencia



Cuervo a la gato negro por liebre

Editado en 2013, en Madrid, por Nórdica Libros y traducido al español por Íñigo Jáuregui y profusamente ilustrado a color por Gris Grimly, Cuentos de muerte y demencia es una antología de cuatro cuentos del norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849), cuya primera edición en inglés apareció en Estados Unidos publicado por la editorial infantil Atheneum Books for Young Readers. Los cuentos elegidos por el dedo flamígero de una mano anónima son: “El corazón delator”, “El sistema del doctor Tarr y el profesor Fether”, “La caja oblonga” y “Los hechos del caso del Sr. Valdemar”. Es decir, se trata de una cuarteta seleccionada de entre los 67 cuentos que Poe escribió en su corta vida, cuya traducción al castellano, en el orbe del idioma español, tienen, entre las más conocidas y celebradas versiones, las que el argentino Julio Cortázar (1914-1984) tradujo, ordenó y publicó por primera vez en 1956 a través de las Ediciones de la Universidad de Puerto Rico y de la Revista de Occidente, las cuales revisó y corrigió para la edición que Alianza Editorial, en Madrid, publicó por primera vez en 1970. Desde entonces han sido sucesivamente reeditadas, y no sólo por Alianza, pues, por ejemplo, en 2004, en España, las publicó Aguilar en el tomo 1 de las Obras completas de Edgar Allan Poe, junto con la casi novela Narración de Arthur Gordon Pym (también publicada por primera vez en 1956 por las Ediciones de la Universidad de Puerto Rico y la Revista de Occidente), incluidos los prólogos y las notas de Julio Cortázar. Y en 2008, con el título Cuentos completos. Edición comentada, Páginas de Espuma editó, en México, las traducciones que Cortázar hizo de los 67 cuentos de Poe, pero sin sus notas y sin su breve biografía preliminar (“hoy día obsoleta”, Margarita Rigal Aragón dixit), pues en tal volumen el quid editorial y mercantil es el relieve que los editores (Fernando Iwasaki y Jorge Volpi) le dan a cada uno de los 67 comentaristas (cada comentario, como si fuera la quintaesencia y lo más relevante y trascendente, figura antes de cada cuento, pese a que varios son notoriamente blandengues o fallidos), encabezados por los prefacios de Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa. Y en 2009, con el título Cuentos completos, Edhasa publicó en Barcelona los 67 relatos de Edgar Allan Poe traducidos por Julio Cortázar; pero a pesar de que en el interior se anuncia que el tomo incluye las notas del traductor, éstas no fueron incluidas, ni tampoco su preliminar esbozo biográfico; y además de añadir una postrera bibliografía y el supuesto “Prefacio a Cuentos grotescos y fantásticos (1840)” —compilación narrativa que Poe publicó y prologó en dos volúmenes editados en 1840, en Filadelfia, por Lea and Blanchard, con el título Tales of the Grotesque and Arabesque— los 67 cuentos fueron reordenados cronológicamente (según se dice en la anónima “Nota del Editor”) siguiendo en mayor medida “la edición llevada a cabo por Patrick E. Quinn y G.R. Thompson para The Library of America”: Poe, Poetry, Tales & Selected Essays (Nueva York, 1984).  Y en 2011, en Madrid, con el título Narrativa completa, Ediciones Cátedra publicó, en la Bibliotheca AVREA, las traducciones de Cortázar de los 67 cuentos y de la Narración de Arthur Gordon Pym, más la novela inconclusa El diario de Julius Rodman, traducida por Margarita Rigal Aragón, quien es la autora de la “Edición, introducción y notas” (y de algunos yerros), cuyo conjunto, en el ámbito de la aldea global del español, conforman el volumen más ambicioso y exhaustivo, pese a las erratas y a que ella, con etnocentrismo endogámico y viéndose el ombligo, sólo se dirige a los lectores de España.
(Nórdica, Madrid, febrero de 2013)
          Vale subrayar que lo más atractivo y lo mejor de Cuentos de muerte y demencia (22.6 x 16.5 cm) es su diseño (con pastas duras, sobrecubierta y buen papel) y las infantiles ilustraciones de Gris Grimly (lúdicas y caricaturescas). Pues si bien, con sus lógicas variantes, las traducciones de Íñigo Jáuregui no son deleznables, nada justifica —ni siquiera que se trate de un libro dirigido sobre todo a los pequeños lectores— que los cuentos de Edgar Allan Poe hayan sido mutilados en palabras y en múltiples detalles y fragmentos que sería largo enumerar. Circunstancia nodal que no se advierte en ningún sitio de libro; es decir, como si se tratase de una edición pirata y sin ningún pudor y sin decir agua va, te venden gato por liebre, pues a priori se anuncia y parece que te ofrecen y adquieres la vistosa edición y traducción ilustrada de cuatro cuentos de Edgar Allan Poe completos, dizque “los mejores relatos de Poe”, se pregona (con llana mentira) en la cuarta de forros, cuyas primeras ediciones en inglés datan, respectivamente, de “Enero de 1843”, de “Noviembre de 1845”, de “Septiembre de 1844” y de “Diciembre de 1845”.
Edgar Allan Poe
(Boston, enero 19 de 1809-Baltimore, octubre 7 de 1849)
        En el 
obsoleto esbozo” biográfico urdido por Julio Cortázar se dan visos del carácter polémico e intransigente que distinguía a Poe en su faceta de editor y crítico literario, tan legendaria como fue su proclividad al alcohol (al opio y al láudano) y a protagonizar, ebrio, embarazosos y sonoros desfiguros que acrecentaron su postrera y póstuma imagen y leyenda negra de poète maudit y borrachín impenitente. Viéndolo e imaginándolo puntilloso y lúcido, no cuesta suponer que a Poe le hubiera disgustado tal manipulación mercantil de sus cuentos, cuya censura, amén de caprichosa, modifica la narración. Por ejemplo, en “El corazón delator” el loco, después de matar al viejo del horripilante ojo de buitre sacándolo de la cama y echándosela encima, no descuartiza el cadáver, sino que entero lo oculta bajo los tablones de la habitación, que además reemplaza. 
       
Página de “El corazón delator”
Ilustración: Gris Grimly
       Y en “El sistema del doctor Tarr y el profesor Fether” —el cuento más divertido, más humorístico y el más amputado de los cuatro— varios de los comensales del manicomio (un gótico y vetusto castillo en el sur de Francia) fueron omitidos, pese a que son parte de la locuaz e hilarante locura del grupo y del coreográfico frenesí final. No obstante, se salvó el hecho de que las estrafalarias y setentonas ancianas lleven “el pecho y los brazos impúdicamente descubiertos” y que mademoiselle Salsafette empiece a hacer strip-tease ante el azoro del corro (y de los pequeños lectores) y esté a punto de quedar desnuda “como la Venus de Médeci”.
Mademoiselle Salsafette
Ilustración: Gris Grimly
 

           Vale observar, también, que si las viñetas e ilustraciones de Gris Grimly tienen su chispa y su gracia y un matiz grotesco, a veces se contraponen a lo que se narra de un modo contiguo; por ejemplo, cuando el alter ego de Poe llega a caballo acompañado del recién conocido que lo guía hasta las inmediaciones del decrépito castillo que es la maison de santé francesa (cuya vista le produce miedo), las láminas, en vez de un par de potros y dos jinetes, muestran un carruaje tirado por un corcel que no está en el relato. 
       
Pasaje de “El sistema del doctor Tarr y el profesor Fether”
Ilustración: Gris Grimly
         Y en “Los hechos del caso del Sr. Valdemar”, el hombre que es hipnotizado antes de morir, se lee que lleva bigotes blancos (y patillas blancas semejantes a las de John Randolph, según puntualiza la versión de Cortázar), pero las estampas lo muestran sólo con algunos pelillos y sin bigote y sin patillas. 

       
Página de “Los hechos del caso del Sr. Valdemar”
Ilustración: Gris Grimly
       En fin, hay otras minucias, como el hecho de que el hipnotizador lo hace a través de pases manuales y de la mirada (a imagen y semejanza de un mago de salón), mientras que en las ilustraciones lo hace con un reloj que hace oscilar frente a los ojos del moribundo y a la postre cadáver.

     
Página de “Los hechos del caso del Sr. Valdemar”
Ilustración: Gris Grimly
         O cuando el hipnotizado (mesmerizado, se dice aquí), ya sin vida, emite una extraña y espeluznante voz de ultratumba que revela que está muerto y entonces el estudiante de medicina se desmaya del susto y los enfermeros salen corriendo para no regresar. 

       
Página de “Los hechos del caso del Sr. Valdemar”
Ilustración: Gris Grimly
        La ilustración muestra a dos mujeres que huyen, pese a que páginas antes el hipnotizador —el alter ego de Poe que está narrando las historia más de siete meses después de haber iniciado el proceso hipnótico—, dijo que eran “un enfermero y una enfermera”.
Edgar Allan Poe y su alter ego


Edgar Allan Poe, Cuentos de muerte y demencia. Traducción del inglés al español de Íñigo Jáuregui. Ilustraciones a color de Gris Grimly. Nórdica Libros. Madrid, febrero de 2013. 136 pp. 

Enlace al video donde se muestran las ilustraciones de Gris Grimly que se observan en Cuentos de muerte y demencia (Nórdica, 2013), antología de cuatro narraciones de Edgar Allan Poe.

La verdadera historia del flautista de Hammelin




Érase un zapatero remendón 
de horrorosísimos crímenes

La verdadera historia del flautista de Hammelin (22 x 22 cm), narración para niños y niñas del colombiano Álvaro Mutis [Bogotá, agosto 25 de 1923-México, septiembre 22 de 2013]), dedicada al escritor Augusto Monterroso [1921-2003], apareció en México, en 1994, con seis mil ejemplares de tiraje, coeditada por el CIDCLI y el CONACULTA en la serie EnCuento.
(CIDCLI/CONACULTA, México, 1994)
    En la nota preliminar se dice que se trata del primer cuento para niños escrito por Álvaro Mutis y que lo hizo especialmente para el CIDCLI. Y ex profesas para el relato son las espléndidas y laboriosas ilustraciones de Alberto Celletti con las que visualmente reescribe, reinventa y amplía las anécdotas que narra el texto de Álvaro Mutis, dispuestas a través de la reproducción fotográfica en color de Rafael Miranda y el diseño gráfico de Rogelio Rangel. En este sentido, y quizá sugerido o incitado por el hecho de que Alter se llama el pueblo donde empieza La verdadera historia del flautista de Hammelin, en las láminas de Alberto Celletti el protagonista del cuento: el viejo zapatero llamado Hans (especie de alter ego del narrador) luce una gran nariz que evoca la gran nariz del Álvaro Mutis de carne y hueso. 
   
Álvaro Mutis
(1923-2013)
       El relato es un divertimento, con su tinte negro y dosis macabra, donde Álvaro Mutis traza la voz narrativa de un escritor que ante los niños lectores da fe de su filiación infantil por la antigua y legendaria historia del Flautista de Hammelin, misma que da por supuesto que todos los escuincles de la aldea global se saben de memoria (al derecho y al revés); pero además anuncia a los cuatro pestíferos vientos del recalentado planeta Tierra que tras ferviente y ardua investigación ha podido exhumar La verdadera historia del flautista de Hammelin

 
Ilustración de Alberto Celleti
     “Desde niño sentí gran admiración por el Flautista de Hammelin. El famoso personaje fue el favorito de mi infancia y el más admirado de todos los personajes de leyenda. Ya grande, me dediqué a averiguar su historia y a estudiar todos los detalles de su inolvidable y bella hazaña, gracias a la cual libró a la ciudad de Hammelin de la molesta plaga infantil. Consultando papeles y archivos muy viejos, logré, al fin, saber la verdad de los hechos y es esa la que les voy a contar ahora a mis pequeños lectores.”
La narración, y no sólo por la supuesta pátina germana del nombre de varios de los lugares y del zapatero, está imbuida por ese candor, atmósfera y efluvio europeo que deviene de los antiguos cuentos populares acuñados por tradición oral, generación tras generación, en el viejo continente del orbe occidental. Es decir, por antonomasia su ancestral abrevadero es la gran vertiente donde confluyen, entre otros, los cuentos urdidos por el francés Charles Perrault (1628-1703) y los compilados y transcritos por los alemanes hermanos Grimm: Jacob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859), mismos que en diferentes idiomas y variantes (incluidas las versiones cinematográficas de los más célebres) viven y bullen en los sueños y en la imaginación colectiva de los energúmenos y humanoides que pululan en el devastado globo terráqueo. 
Charles Perrault
     
Los hermanos Grimm
     
Robert Louis Stevenson, autor de
El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1886)
      Hans, el viejo zapatero de Alter, el pueblo donde arranca La verdadera historia del flautista de Hammelin, desprecia y odia a los alharaquientos escuincles. No tolera su presencia ni sus juegos ni sus voces ni sus gritos ni sus chillidos, mucho menos las bromas y preguntas con que suelen molestarlo en su taller de zapatero mientras él se esmera en su oficio. Así, tal ogro de ogros con doble identidad o secreto maleficio a la Jekyl y Mister Hyde, planea el exterminio de la peste, el feliz asesinato de todos los chiquillos de Alter. 

Ilustración de Alberto Celletti
  Hans, el viejo zapatero, les dice a los niños (y por todo el pueblo hace correr el rumor) de que el Miércoles de Ceniza (con lo cual revela que no tiene una pulga de beatería católica) “a la medianoche, en el horno del panadero”, les espera “la más rica variedad de exquisitos dulces y pasteles deliciosos y que podrían comérselos todos porque eran para ellos”. 
Ilustración de Alberto Celletti
  Una vez que los ruidosos y juguetones escuincles de Alter han escapado de sus casas y están adentro de la gran panza del horno, el viejo Hans tapa la entrada con ladrillos y cemento y prende el fuego con la leña que tenía dispuesta. “Dos días duró el horno ardiendo sin parar.” Con lo que el zapatero denota que en sus venas corre sangre nazi, de la peor y más nauseabunda estirpe asesina de judíos, negros, pieles rojas, zapatistas, mexicas y semejanzas por el estilo. 
Ilustración de Alberto Celletti
Thomas de Quincey
   Y como para que no sobre duda de que se trata de una variante más del asesinato considerado como una de las bellas artes —para decirlo con el sonoro título de las memorias que Thomas de Quincey (1784-1859) publicó en 1827 y en 1839—, la manada de chavalines queda convertida “en pequeños carbones en forma de cilindro”, y así “fueron guardados en el museo de la ciudad [y seguramente exhibidos en alguna sala erigida ex profeso] y poco a poco se fueron volviendo polvo y hubo que tirar el montón de hollín en que se habían convertido”. 
 
Ilustración de Alberto Celletti
       Luego de la quema de los niños en el horno, en Alter no hay protestas públicas ni pesquisas policíacas ni mucho menos castigo al exterminador (no lo despellejan vivo en el cadalso, por ejemplo, ni exhiben su cabeza en lo alto de una esquina de la iglesia), quien repleto de felicidad, relajado y sin ningún sentimiento de culpa, puede seguir chambeando en su taller de zapatero y paseándose en la plaza los días de descanso.
Esta imagen de ogro, tranquilo como vaca, que odia y asesina la plaga de niños, retocada en un lúdico y macabro cuento infantil, recuerda la legendaria imagen de ogro solitario de Jonathan Swift (1667-1745), el célebre autor de los Viajes de Gulliver (1726), quien además de detestar a los infantes, brindó instrucciones para su extermino, entendido como un supuesto acto de bienestar y justicia social. 
Jonathan Swift
 
Las niñas y Borges
       Al respecto, sigue diciendo Jorge Luis Borges de Jonathan Swift en su prefacio a los Viajes de Gulliver, compilado en su libro póstumo Jorge Luis Borges. Biblioteca personal (prólogos) (Alianza, Buenos Aires, 1988): “En 1729 publicó su Modesta propuesta para impedir que los hijos de los pobres fueran una carga para sus padres. Harto más atroz que los nueve círculos del Infierno, el plan propone la fundación de mataderos públicos donde los padres pueden vender a sus hijos de cuatro o cinco años, debidamente cebados para ese fin. En la última página del folleto señala que obra imparcialmente, ya que él no tiene hijos y ya es tarde para generarlos.”
Sin embargo, pese a su impecable crimen, el viejo Hans no disfruta muchos años de esa placentera paz. En las casas de Alter, poco a poco empiezan a nacer los horripilantes bebés y de nuevo comienzan los chillidos, los juegos de nunca acabar, y más tarde las risas y el espinoso y despreciable asedio de los niños en su taller de zapatero. Así, el viejo Hans se ve obligado a irse de Alter para siempre.
Ilustración de Alberto Celletti
   El viejo Hans fija su nuevo taller de zapatero en Halburg, un pueblo sobre el río Elba, cuya corriente lo atrae porque piensa que su rumor cubrirá el ruido de los chavales, pero resulta que los niños hablan y gritan más fuerte con tal de vencer el sonido de las aguas. 
 Cierto día Hans descubre una gran cueva cercana a Halburg, misma que le enciende la mecha de su instinto asesino. Así, de nueva cuenta le hace creer al total de la chiquillada que la noche del “próximo Miércoles de Ceniza los juguetes más hermosos del mundo iban a aparecer en el fondo de la cueva, a orillas del Elba; que eran un regalo para todos los niños de la ciudad, que para todos alcanzarían los juguetes y cada uno podría escoger los que más le gustaran, no importaba la cantidad.”
Ilustración de Alberto Celletti
     Cuando los niños de Halburg se hallan reunidos en el vientre de la cueva, el viejo Hans deja caer una gran roca y así tapa la entrada.
    Casi sobra decir que “Allí perecieron todos los niños de Halburg y una vez más Hans comenzó a vivir días de increíble y completa felicidad. Se recuerda todavía en Halburg los zapatos tan bellos y las botas tan finas que Hans fabricó allí, disfrutando de la ausencia de la infantil maldición que le había amargado tantos años de su vida.
“Pero otra vez, también, la dicha fue breve. Las canciones de cuna, los llantos y berridos de los nuevos bebés, vinieron a anunciar al pobre zapatero el final de su bienestar. En pocos años, de nuevo las preguntas de esas voces chillonas y destempladas llovieron sobre Hans para amargarle la vida y envenenarle hasta los días de descanso.
“Como ya estaba muy viejo, pensó que mejor sería partir hacia otra ciudad y probar allí fortuna. Fue así como se instaló en Hammelin, resignado ya a su suerte sin remedio.”
Ilustración de Alberto Celletti
      En Hammelin no tarda en aparecer la famosa plaga de ratones que acaba con los granos y quesos que la población había almacenado para el invierno. Es entonces cuando, según reza el canon que las abuelas no olvidan y cuentan, arriba el flautista que por “tres talegas de monedas de oro” ofrece acabar con los bichos. Así, bajo el hechizo sonoro de su instrumento, el flautista conduce al precipicio a los roedores que infestaron Hammelin y mueren ahogados en el río. 

Ilustración de Alberto Celletti
  Pero el malvado Hans, experto en tretas asesinas, que ya había visto en otros pueblos la terrible escena vengativa del flautista si le negaban el pago de sus servicios exterminadores, y puesto que además sabe que las monedas de oro están guardadas en una caja fuerte oculta tras un armario que se halla en la alcaldía, mientras todos duermen, se introduce en ésta, y con sus ya probadas dotes de albañil, levanta un muro que cubre el sitio donde se guarda el dinero. 
 
Ilustración de Alberto Celletti
       Cuando al día siguiente los habitantes de Hammelin tienen que pagarle al músico, sólo encuentran “un muro viejo, sin rendija ni señal de esconder nada. Aterrados, pensaron ser víctimas de algún encantamiento, y así se lo explicaron al Flautista, que esperaba en la plaza.” Este se siente engañado y conjura su venganza: “Esa noche, a medianoche, recorrió las calles de la ciudad tocando en su flauta un aire que despertó a los niños y los condujo tras el Flautista, quien se dirigió al precipicio sobre el río y allí perecieron ahogados todos los niños de la ciudad.” 
Ilustración de Alberto Celletti
   Esto resulta ser el broche de oro de los horrorosísimos y espeluznantes crímenes del viejo y solitario zapatero (un auténtico asesino múltiple), pues constituye el preámbulo de su tranquila vejez y muerte de anciano sin remordimientos, respetado y querido por los lugareños (a imagen y diferencia de un padrino de la mafia siciliana): “Hans volvió a disfrutar de la dicha de una ciudad sin niños y fue tan afortunado que murió apaciblemente antes de que volvieran los incorregibles preguntones y los ruidosos organizadores de juegos y rondas en el parque. Toda la culpa cayó sobre el Flautista y nadie, jamás, pensó en relacionar la desaparición de las criaturas con el simpático zapatero del pueblo.”



Álvaro Mutis, La verdadera historia del flautista de Hammelin. Ilustraciones a color de Alberto Celletti. Serie EnCuento, CIDCLI/ CONACULTA. México, 1994. 28 pp.

Enlace a "Fiesta de los zapatos", canción de Cri-Cri interpretada por Cri-Cri (Francisco Gabilondo Soler).


viernes, 8 de diciembre de 2017

Barba Azul



La curiosidad no siempre mata al gato

(París, enero 12 de 1628-París, mayo 16 de 1703)
Normalmente los pequeños lectores del ámbito del habla española (y quizá de otros idiomas) tienen noticia de los cuentos del francés Charles Perrault (1628-1703) a través de las adaptaciones de toda laya que, de forma dispersa y masiva y por lo regular muy arbitraria, no dejan de proliferar (fílmicas, caricaturescas, en libros con ilustraciones, etcétera). Es decir, sin tomar en cuenta el nombre y la identidad del autor aprenden una pizca o las legendarias menudencias de “La bella durmiente”, de “Caperucita Roja”, de “Barba Azul”, de “El gato con botas”, de la “Cenicienta”, de “Pulgarcito”, que son 6 de las 8 narraciones de Charles Perrault aparecidas en 1697, en París y en francés, en el libro: Historias o cuentos de antaño. Con moralejas, otrora popularmente conocido como Cuentos de mi madre la Oca o Cuentos de mamá Oca, debido a una imagen que alguna vez en lengua gala tuvo en la portada y “que es toda una deliciosa estampa evocadora de un viejo romance”, según dice María Edmée Álvarez en Cuentos de Perrault (Porrúa, México, 1974), “en que esa Mamá Oca de la fábula, convoca a sus patitos para relatarles aleccionadoras historias y prevenirlos contra las asechanzas de la vida”. A ello se añade la confusión sobre la primigenia autoría escrita que, sobre varios relatos, suscita o puede suscitar el hecho de que también abundan las variantes generadas a partir de las homónimas versiones (o más o menos homónimas) que en el ámbito del alemán compilaron los Hermanos Grimm: Jacob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859), cuya última edición (la séptima) impresa en Berlín, con 201 cuentos infantiles y 10 leyendas religiosas para niños, data de 1857. Y más aún: junto a los 8 cuentos del citado libro de Perrault hay ediciones en las que se incluye una anónima versión en prosa de “Piel de asno” (data de 1781), cuento en verso que el autor —anotan Joëlle Eyheramonno y Emilio Pascual en Cuentos completos de Charles Perrault (Anaya, Madrid, 1997)— publicó en un libro, en 1694, junto con sus otros dos cuentos en cuentos en verso: “Grisélidis” (1691) y “Los deseos ridículos” (1693), y que fue la versión que en 1862 ilustró el francés Gustave Doré (1832-1883); pero no sólo se trata de una arbitraria traslación del verso a la prosa, sino que además se modifica el cuento en minucias sustanciales; por ejemplo, además de que las alusiones a la mitología grecolatina fueron eliminadas, la presencia del casuista dispuesto a presidir el prohibitivo e incestuoso casorio (el rey está empeñado en casarse con su única hija) es cambiada por un druida; y, entre otros pormenores, la princesa, al ir en busca de su hada protectora, se marcha “en un bello cabriolé dirigido por un carnero que conocía todos los caminos del reino”, detalle que, pese a la ilustración de Gustave Doré, no está en la versión original. 
Ilustración de Gustave Doré
Dentro de esa constante avalancha destinada al lector infantil figura la versión de Barba Azul publicada en México, “en febrero de 2012”, por el Fondo de Cultura Económica, dentro de la serie Clásicos del Fondo. Se trata de un libro de pastas duras (21.3 x 15.7 cm) con ilustraciones en blanco y negro de Christoph Wischniowski. 
(FCE, México, 2012)
Traducido del francés por Mariana Mendía, en la portada se anuncia que se trata de una “Adaptación del texto de Charles Perrault”, con lo cual se cura en salud en el sentido de que se advierte al lector que no es el texto tal cual y por ende no tienen que desconcertar las variantes ni las minucias ni el hecho de que se hayan omitido el par de moralejas que figuran al término del cuento original.
Fuera del nombre de Charles Perrault, al niño no se le brinda ningún dato biográfico ni bibliográfico sobre él, ni tampoco se le dice una sola palabra sobre el ilustrador Christoph Wischniowski (no se apunta que es un alemán nacido en Dresden, en 1974, y que ha ilustrado otros libros infantiles).
Resulta razonable y persuasiva la oscuridad que predomina en los oscuros y caricaturescos dibujos de Christoph Wischniowski, cuyo clímax ilustran dos terribles episodios del relato: los colgantes cuerpos, desnudos y sin cabeza, de las esposas que Barba Azul ha asesinado y que colecciona y oculta en el cuarto prohibido de su casona; y el instante en que el par de intrépidos y veloces hermanos de su última esposa ya han matado, atravesándolo con sus espadas, al machista, misógino y asesino serial de Barba Azul.
Ilustración de Christoph Wischniowski
Ilustración de Christoph Wischniowski
Todo indica que el machismo que denota y despotrica el inhumano ogro que casi al término de su correspondiente cuento logra vencer el avispado Pulgarcito, era un atavismo muy arraigado en la Europa de fines del siglo XVII y no sólo en la Francia del Rey Sol, cuando la mujer, casi un cero a la izquierda, tenía que obedecer, a ciegas y fielmente, las órdenes y caprichos del marido. La derrota que le inflinge Pulgarcito implica, además, la exacerbación de la sangrienta crueldad que lo distingue y caracteriza, semejante a la crueldad del parlanchín lobo que en un santiamén devora a la abuela y luego a Caperucita; pues Pulgarcito, para huir de la casa del ogro con sus 6 hermanos y evitar así que se los coma en un banquete con sus amigotes (comilona que tendría que preparar la obediente, insultada y temerosa esposa del monstruo), mientras éste duerme (se pasó de tragos) intercambia los gorros de él y sus 6 hermanos con las coronas de oro de las 7 pequeñas hijas del ogro, quienes duermen en una cama contigua y no se despiertan durante el quita y pone; de modo que cuando el gigantón ogro hace un paréntesis en el sueño para degollar a los 7 chiquillos que se comerán (él y sus amigotes) tras ser cocinados por su cónyuge y que supone duermen en una cama inmediata a la cama donde duermen sus 7 pequeñas ogresas, sin advertirlo, degüella “sin vacilar”, con un filoso cuchillo, a sus colmilludas ogresas y las deja “nadando en su propia sangre”.
Ilustración de Gustave Doré
No menos misógino, sanguinario, brutal y cruel es Barba Azul. Todo indica que tal ricachón, desagradable y feo para las mujeres por el color de su barba, no busca casarse con una doncella hermosa o con la dama de sus sueños y vivir feliz y enamorado en medio de sus casonas y posesiones y tener hijos y nietos y hacer viajes por el mundo, sino tender un repetido cedazo en el que previsiblemente cae una nueva fémina que destinará a su colección de cuerpos sangrantes que cuelga en el cuarto prohibido de su fortín. Y así como un encantamiento es el que hace que a la pequeña llave que abre tal habitación no se le pueda quitar la sangre después de ser usada por la respectiva víctima que cae en la trampa (la sangre desaparece y reaparece al ser restregada), también hay un tácito e implícito hechizo en el cuarto de las muertas sin cabeza, pues además de que la sangre de todas ellas está coagulada, los cuerpos, que son los de sus anteriores esposas, no están en descomposición y por ende ningún olor fétido e intolerante le advirtió de lo que se ocultaba allí: 
“Al principio no vio nada porque las cortinas estaban cerradas, pero al cabo de unos instantes empezó a ver que el suelo estaba completamente cubierto de sangre coagulada y que en la sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas, sujetadas a las paredes. Eran las jóvenes a las que Barba Azul había desposado y que había degollado una tras otra. Creyó morir de miedo, y la llave del gabinete se le cayó de la mano.
Ilustración de Christoph Wischniowski
“Después de haber recobrado el aliento, recogió la llave, cerró la puerta y subió a su habitación para calmarse un poco; pero estaba tan perturbada que no lo logró.
“Entonces vio que la llave del gabinete estaba manchada de sangre y, aunque la limpió muchas veces, la sangre no desaparecía. Por más que la lavó y la frotó, la mancha continuaba ahí, pues la llave estaba hechizada y no había forma de limpiarla: cuando quitaba la sangre de un lado, reaparecía en el otro.”
Ilustración de Christoph Wischniowski
Apenas un mes después de la apresurada boda, Barba Azul le anuncia a su esposa que hará un viaje y que tardará “al menos seis semanas en volver” (casi sobra decir que regresa ese mismo día y la sorprende prácticamente con las manos en la masa y si su par de hermanos no hubieran llegado en el instante decisivo, le hubiera cortado el cuello y hubiera pasado a ser un ejemplar más de su colección de cuerpos colgantes y sin cabeza). Antes de partir, Barba Azul le da todas las llaves y le indica que puede entrar y salir por donde se le antoje y escudriñar todos los armarios, baúles, bargueños y recovecos, incluso con sus amigas; pero de ninguna manera debe hacerlo en el cuarto cerrado y prohibido, cuya llave más pequeña también le entrega. Tal tentadora prohibición excita la curiosidad de la esposa, la cual, según la lógica del cuento, caracteriza a todas las mujeres habidas y por haber, meollo que Charles Perrault subraya en la “Moraleja”: 
           Es la curiosidad una manía
           que, pese a su atractivo y apetencia,
           cuesta muchos disgustos con frecuencia,
           y de ello hay mil ejemplos cada día.
           Es, pese a las mujeres, un placer
           ligero y harto avaro,
           que en probándolo ya deja de ser,
           y siempre cuesta demasiado caro.
     No obstante, en la “Otra moraleja” atenúa tal prejuicio y la carga misógina de la narración: 
            Por poco hombre sensato que uno sea
            y del mundo conozca un poco el paño,
            es muy lógico que en seguida vea
            que esta historia sólo es cuento de antaño.
            Ya no queda esposo tan terrible,
            ni tampoco que pida lo imposible,
            por celoso que sea y esquinado.
            Cerca de su mujer hila delgado,
            y, sea como quiera
            el color de su barba, yo proclamo
            que apenas hay manera
            de ver quién de los dos allí es el amo.
Barba Azul y su esposa
Ilustración de Gustave Doré
En fin, se trata de una edificante historia de sangre macerada con un asesinato y con final feliz, muy útil para dormir a los niños: la viuda de Barba Azul hereda su fortuna, que le sirve para casar a su hermana “con un joven que la amaba desde hacía tiempo”, para casarse ella misma “con un hombre honesto” y para comprar “el grado de capitán para sus hermanos”, pues “uno era dragón y el otro era mosquetero”.
Ahora que si tras oír el cuento y quedarse dormidos, los traviesos chiquillos tienen alharaquientas pesadillas en las que se ven encerrados en el cruento gabinete prohibido de Barba Azul o perseguidos por éste blandiendo su filoso cuchillo rebana cogotes, la solución, para despertarlos en un santiamén, se halla en el citado cuento de Pulgarcito, pues allí, cuando la esposa del ogro “vio a sus siete hijas degolladas y nadando en sangre”, “Empezó por desmayarse (pues es éste el primer recurso que encuentran casi todas las mujeres en tales situaciones)”, comenta la docta y misógina voz narrativa; y el ogro, para despertarla y enmendar el agravio, le “Echó en seguida un jarro de agua en las narices de su mujer y, habiéndola hecho volver en sí, le dijo:
“—Dame rápidamente las botas de siete leguas para ir a atraparlos.”

Barba Azul, cuento de Charles Perrault
(FCE, México, 2012)
Contraportada

Charles Perrault, Barba Azul. Traducción del francés al español de Mariana Mendía. Ilustraciones en blanco y negro de Christoph Wischniowski. Serie Clásicos del Fondo, FCE. México, 2012. 46 pp.