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martes, 14 de febrero de 2017

El amor en los tiempos del cólera




El valse de la diosa coronada no tiene fin

El 5 de diciembre de 1985, editado por Diana con cien mil ejemplares, apareció en Colombia El amor en los tiempos del cólera, la novela de Gabriel García Márquez (Aracataca, marzo 6 de 1927-México, abril 17 de 2014) publicada después de que el 8 de diciembre de 1982, en Estocolmo, recibiera el Premio Nobel de Literatura. Está dedicada a Mercedes Barcha Pardo (Magangué, noviembre 6 de 1932), su esposa desde el 21 de marzo de 1958, quien también es aludida casi al final, cuando el Nueva Fidelidad, el barco de vapor donde por el río La Magdalena viajan los enamorados ancianos Florentino Ariza y Fermina Daza, se detiene en Magangué a cargar leña. 
Mercedes Barcha Pardo y Gabriel García Márquez


       
(Editorial Diana. 1ª edición. Colombia, diciembre 5 de 1985)
        La novela tiene por epígrafe un par de versos de un tal Leandro Díaz (“trovador ciego del vallenato”, según Gerald Martin) que a la letra dicen: “En adelanto van estos lugares:/ ya tienen su diosa coronada”. Pues bien, tal deidad y rutilante monarca no es otra que Fermina Daza, tildada así por Florentino Ariza con un valse: “La Diosa Coronada”, que él compuso para ella en su adolescencia y que en nocturnas serenatas solía interpretar con su solitario violín desde las lomas del cementerio de los pobres, según la dirección del viento.

Florentino Ariza (Javier Bardem) en el Portal de los Escribanos
Fotograma del filme El amor en los tiempos del cólera (2007)
      Cuando la adolescente Fermina Daza, en Fonseca (alejada por su padre del puerto de Cartagena para frustrar su clandestino noviazgo con el joven telegrafista), quiere asistir “a su primer baile de adultos”, Florentino le reitera su permiso y su íntima divisa en un telegrama que cruza “siete estaciones intermedias”: “Dígale que se lo juro por la diosa coronada”. Pero cuando a sus 17 años ella ha regresado (traída por su padre, quien la supone aliviada de esa temprana fiebre amorosa que interrumpió sus estudios con las mojas) y explora los expendios del bullanguero Portal de los Escribanos y él le sopla al oído: “Este no es un buen lugar para una diosa coronada”, la respuesta de ella, al ver su triste y fea pinta, además de que para sus adentros piensa: “¡Dios mío, pobre hombre!”, lo tunde con un duro y frío rechazo: “No, por favor”, “Olvídelo”; cuyo remate es “una carta de dos líneas: Hoy, al verlo, me di cuenta que lo nuestro no es más que una ilusión”, y la perentoria exigencia de que le devuelva las cartas y los objetos que le regaló. Pero aún así rechazado y vapuleado, la víspera de su exilio al puesto de telegrafista en Villa de Leyva, “Se puso a la media noche su traje de domingo, y tocó a solas bajo el balcón de Fermina Daza el valse de amor que había compuesto para ella, que sólo ellos dos conocían, y que fue durante tres años el emblema de su complicidad contrariada.” 

Fermina Daza (Giovanna Mezzogiorno) y Florentino Ariza (Javier Bardem)
a bordo del Nueva Fidelidad
Fotograma de la película El amor en los tiempos del cólera (2007)
       Vale adelantar que su obsesión y persistencia en el endiosamiento de Fermina Daza, ya en la ancianidad de ambos, más de 53 años después del rechazo, él con 77 años y ella con 73, en ese viaje por el río de La Magdalena a bordo del Nueva Fidelidad, cuando el amor se ha tornado algo tangible, senil y recíproco, “con el violín de la orquesta, y en medio día fue capaz de ejecutar para ella el valse de La Diosa Coronada, y lo tocó durante horas hasta que lo hicieron parar a la fuerza”.

Florentino Ariza (Javier Bardem), Fermina Daza (Giovanna Mezzogiorno)
y Juvenal Urbino (Benjamin Bratt), protagonistas de El amor en los
tiempos del cólera
 ((2007), película dirigida por Mike Newell.
        Con una recargada y barroca mezcla de novela rosa, culebrón romántico y folletín decimonónico (mixtura salpimentada con los acentos insólitos y maravillosos característicos de la narrativa garciamarquiana e incluso con pinceladas de ciertas obsesiones temáticas: el tren amarillo, la compañía bananera, la matanza ocurrida en Ciénega en 1928, la Guerra de los Mil Días, la muerte de Simón Bolívar), El amor en los tiempos del cólera comprende seis capítulos sin títulos. Centralmente narra dos vertientes amorosas en torno a una misma mujer: Fermina Daza. Una la protagoniza Florentino Ariza, que a la postre y a lo largo de las páginas es la principal; y la otra el doctor Juvenal Urbino de la Calle, galán de rancio abolengo, con solvencia económica y estudios en París, afrancesado y culto, cuyo matrimonio con Fermina Daza dura más de medio siglo y concluye con la muerte de él al caerse de un árbol un domingo de Pentecostés (trataba de atrapar al políglota y parlanchín loro real de Paramaribo); entonces son los años 30 del siglo XX y Urbino tiene 81 años y ella 72. Y es precisamente al término del día del sepelio, “en su primera noche de viuda”, cuando Florentino Ariza le reitera su “juramento de fidelidad eterna y amor para siempre”.

     
Juvenal Urbino (Benjamin Bratt) y Fermina Daza (Giovanna Mezzogiorno)
el día de su boda
Fotograma del filme El amor en los tiempo del cólera (2007)
         Entre las peculiaridades y anacronismos de los personajes y en su índole literaria e imposible, descuellan las características físicas y ridículas de Florentino Ariza, sus fracasos, sus contradicciones y sus claroscuros. La nota sombría del doctor Juvenal Urbino, católico acérrimo, se restringe a sus amoríos con Bárbara Lynch, divorciada y doctora en teología que vive con su padre (un pastor protestante e itinerante) en una casa antillana “asentada sobre pilotes de madera en la marisma de la Mala Crianza”, ella con 28 años y Urbino con 58, casado y con un hijo y una hija (ambos casados) y la sonora reputación de ser el médico más notable de la ciudad; vínculo clandestino que fue la crisis más grave de su matrimonio y que empujó a Fermina Daza a exiliarse casi dos años en la hacienda que su prima Hildebranda Sánchez tenía cerca de Flores de María; y que al tener noticia de sus rasgos y color de piel provocó la exacerbación de sus atavismos racistas: 

“Y lo peor de todo, carajo, con una negra. Él corrigió: ‘Mulata’. Pero entonces toda precisión salía sobrando: ella había terminado.
“—Es la misma vaina —dijo—, y sólo ahora lo entiendo: era un olor de negra.” Subraya, refiriéndose a la tufarada que olía en la ropa de él.   
Florentino, por su parte, si bien a sí mismo se prometió mantenerse virgen y soltero y en espera de la oportunidad que lo redimiera ante los ojos y el amor de Fermina Daza, desde que súbitamente perdió la virginidad en el vapor que lo llevaba al exilio a Villa de Leyva (una fémina lo asalta y lo mete a su camarote y luego de desvirgarlo le ordena: “Ahora, váyase y olvídelo”, “Esto no sucedió nunca”) y tras el primer fogueo sexual con la viuda Nazaret que Tránsito Ariza, su madre, le introduce en su cuarto para que se cure de su amor malhadado, se convierte en un donjuán, incorregible y maniático, que en un cuaderno titulado Ellas empieza a anotar sus lúbricos encuentros. De modo que “Cincuenta años más tarde, cuando Fermina Daza queda libre de su condena sacramental, tenía unos veinticinco cuadernos con seiscientos veintidós registros de amores continuados, aparte de las incontables aventuras fugaces que no merecieron ni una nota de caridad.”
“Apenas diez años antes” de la viudez de Fermina Daza, o sea: a sus 66 años y cuando ya es un vejete ricachón que preside la Compañía Fluvial del Caribe, “había asaltado a una de sus criadas detrás de la escalera principal de la casa, vestida y de pie, y en menos tiempo que un gallo filipino la dejó en estado de gracia. Tuvo que regalarle una casa amueblada para que jurara que el autor de su deshonra fue un medio novio dominical que ni siquiera la había besado, y el padre y los tíos de ella, que eran buenos macheteros de zafra, los obligaron a casarse.”
Si esto es una maquiavélica jugarreta de alguien cuya moral es pasada y ventilada por el arco del triunfo, esto es aún más grave y patético en el caso de América Vicuña. Cuando el domingo de Pentecostés muere Juvenal Urbino y Fermina Daza queda viuda, al viejo Florentino Ariza, de 76 años, sólo le queda una amante, “con catorce años cumplidos, y con todo lo que ninguna otra había tenido hasta entonces para volverlo loco de amor”. Ella es “América Vicuña. Había venido dos años antes de la localidad marítima de Puerto Padre encomendada por su familia a Florentino Ariza, su acudiente, con quien tenía un parentesco consanguíneo reconocido. La mandaban con una beca del gobierno para hacer los estudios de maestra superior, con su petate y su baulito de hojalata que parecía de una muñeca, y desde que bajó del barco con sus botines blancos y su trenza dorada, él tuvo el presentimiento atroz de que iban a hacer juntos la siesta de muchos domingos. Todavía era una niña en todo sentido, con sierras en los dientes y peladuras de la escuela primaria en las rodillas, pero él vislumbró de inmediato la clase de mujer que iba a ser muy pronto, y la cultivó para él en un lento año de sábados de circo, de domingos de parques con helados, de atardeceres infantiles con los que se ganó su confianza, se ganó su cariño, se la fue llevando de la mano con una suave astucia de abuelo bondadoso hacia el matadero clandestino.” De modo que el libertino vejestorio, a los 13 años de la niña, la “desnudaba pieza por pieza con engañifas de bebé: primero estos zapatitos para el osito, después esta camisita para el perrito, después estos calzoncitos de flores para el conejito, y ahora un besito en la cuquita rica de su papá.” Y pese a la falacia de que “ahora era una mujer hecha y derecha a la que le gustaba llevar la iniciativa” en materia sexual, América Vicuña, a sus 14 años, juega y se comporta como niña y así es tratada por la servidumbre, por el chofer y por el personal del internado (del que sale cada sábado y domingo a la casona de la Calle de las Ventanas) y por sus distantes padres, a quienes el hipócrita, abusivo, depravado y traidor de Florentino Ariza, “a fines de cada mes”, envía “sus impresiones personales sobre la conducta, el ánimo y la salud de la niña, y la buena marcha de sus estudios”.
Cuando en torno a las cuatro de la tarde de ese aciago domingo de Pentecostés muere el doctor Juvenal Urbino, Florentino estaba desnudo fornicando con América Vicuña. Al oír los dobles de las campanas de la catedral que empiezan a llamar a duelo, colige que “Tiene que ser un tiburón muy grande para que lo doblen en la catedral”. Así que el vejete, con el pálpito de que pudo morir el doctor Urbino y Fermina quedar libre, no tarda en vestirse y en devolver a la niña al internado.
El caso es que ante la viudez de Fermina y el galanteo que inicia el mismo día del entierro, Florentino Ariza corta de tajo sus acostones dominicales con América Vicuña, quien dizque está enamorada de él. 
Florentino Ariza (Javier Bardem) y Fermina Daza (Giovanna Mezzogiorno)
Fotograma del filme El amor en los tiempos del cólera (20007)
        Para reconquistar a Fermina Daza, iracunda el día que él le reitera su “juramento de fidelidad eterna y amor para siempre”, inicia la escritura de una serie de cartas (dizque “meditaciones sobre la vida, el amor, la vejez, la muerte”) que acaban de encandilar a la viuda y por ende entra a su círculo doméstico y privado. Ofelia, la hija de Fermina, quien vive en Nueva Orleáns, ve entre los viejos “una forma viciosa de concubinato secreto” y por ende le grita a su hermano: “El amor es ridículo a nuestra edad”, “pero a la edad de ellos es una cochinada”. El doctor Urbino Daza no piensa lo mismo; pero no puede “disimular el desconcierto” cuando ve “que también Florentino Ariza se iba de viaje” a bordo del Nueva Fidelidad, el barco donde por fin se cumple su postergado anhelo de mutuamente amar a Fermina Daza. Viaje de nunca jamás, pues para continuar el idilio y eludir las insidias y censuras que los masacrarían tras su regreso, enarbolan la bandera amarilla del cólera, con tal de aislarse, “Toda la vida”, navegando de ida y vuelta, entre Cartagena y La Dorada, por un río acosado por los estragos de la deforestación y del deterioro de la flora y fauna. 

La nota discordante, que cae como una roca en la conciencia del viejo Florentino sin que lo dañe, es la telegráfica noticia de la muerte de América Vicuña, quien se suicida, a los 15 años, “con un frasco de láudano que se robó en la enfermería del colegio”. Vale observar que alguna vez “se encontró sola una tarde de sábado en el dormitorio de la Calle de las Ventanas, y sin haberlas buscado, por pura casualidad, descubrió dentro de un armario sin llave las copias mecanografiadas de la meditaciones de Florentino Ariza, y las cartas manuscritas de Fermina Daza.”
Es decir, ¡qué cólera!, pues en la muerte de América Vicuña no hay nada digno ni glorioso y por ende torna una falacia aquello que el joven Florentino le rebuznó al padre de Fermina cuando éste lo amenazó con “pegarle un tiro”: “No hay mayor gloria que morir por amor.”
      
Portada del DVD de la película El amor en los tiempos del cólera (2007)
basada en la novela homónima de Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera. Editorial Diana. 1ª edición. Colombia, diciembre 5 de 1985. 478 pp.

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Trailer de El amor en los tiempos del cólera (2007), película dirigida por Mike Newell, basada en la novela homónima de Gabriel García Márquez.



     

lunes, 11 de enero de 2016

Memoria de mis putas tristes


  
    La increíble y libertina historia 
  de un no tan cándido y desalmado abuelo


En medio de la estridencia publicitaria que antecedió la inminente aparición de Memoria de mis putas tristes (Diana/Mondadori, Barcelona, 2004), el entonces último bananero bets-seller del colombiano Gabriel García Márquez (Aracataca, marzo 6 de 1927-Ciudad de México, abril 17 de 2014), la librería virtual elsotano.com (ubicada en la capital mexicana) promovió una venta previa de libros con pastas duras o blandas, mismos que serían enviados (de un modo exprés o normal) el 20 de octubre de 2004, día del lanzamiento del libro al público de México. El reseñista fue de los clientes que el 19 de octubre compró un ejemplar con pastas duras, pero sólo se lo enviaron después de transcurridos más de diez días, pues según elsotano.com la editorial no los proveyó a tiempo del material que anunciaron y vendieron con antelación. 


(Diana/Mondadori, Barcelona, 2004)
  El reseñista (desde Xalapa, Veracruz) adquirió el libro con pastas duras para eludir el antiecologista forrado con plástico y por su mayor durabilidad ante futuras manos, lecturas y relecturas, y no por la falaz trampa publicitaria, de clara mercadotecnia, con que se remata o remató, inútil en un autor que vende de un modo masivo, en distintos países y en diversas lenguas; es decir, encima del número correspondiente, Memoria de mis putas tristes tiene pegada una etiqueta que a la letra dice: “Edición única y numerada de 25 mil ejemplares”; pues es obvio que tal edición no es “única” y es fácil suponer que el libro con pastas duras se seguirá reeditando (en Barcelona, en Colombia, en China, en San Garabato Cucuchán, etcétera), por lo que da lo mismo tener un ejemplar sin número de serie o un ejemplar con el número 21035 o con el número 3245 de esta supuesta “Primera edición”, impresa en Barcelona, España, en “octubre de 2004”.






        Quizá el anciano nonagenario que protagoniza Memoria de mis putas tristes se convierta en un entrañable o inolvidable personaje, tanto como para muchos es el viejo septuagenario de El coronel no tiene quien le escriba (Aguirre Editor, Medellín, 1961); o ese alter ego del propio Gabo que habla y actúa en “El avión de la bella durmiente”, relato firmado en “Junio 1982”, uno de sus Doce cuentos peregrinos (Diana, México, 1992) —hay otra versión homónima que parece anterior (publicada “originalmente el 22 de septiembre de 1982”) reunida en Notas de prensa. Obra periodística 5. 1961-1984 (Diana, México, 2003)—, donde el protagonista viaja en aeroplano junto a una mujer, hermosa e indiferente, que duerme (bajo una dosis de somníferos dorados) “las ocho horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo [del ‘aeropuerto Charles de Gaulle de París’] a Nueva York”, circunstancia que lo induce a evocar La casa de las bellas durmientes (1961), libro del narrador y suicida Yasunari Kawabata (1899-1972), Premio Nobel de Literatura 1968: 

(Diana, México, 1992)
  “Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunari Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia del placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.”


(Caralt, Barcelona, 2004)
 
Yasunari Kawabata
       
Firmada en “Mayo de 2004” y dividida en cinco capítulos, Memoria de mis putas tristes inicia, amanera de epígrafe, con el íncipit de la citada novela de Yasunari Kawabata: 
       “No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido.” 
       Pero si con tal preludio Gabo sugiere y anuncia que su narración surgió del influjo de la obra del japonés, la experiencia erótica del nonagenario colombiano frente a una niña virgen y prostituta cuya edad oscila entre los 14 y los 15 años, implica, además de un acto inmoral y transgresor de las más elementales normas, un contexto social y político ominoso y nauseabundo.


Gabriel García Márquez
      Concebida con la envolvente e hiperbólica prosa garciamarquiana que caracteriza la voz de sus mejores libros y que no excluye ciertos colombianismos y modismos del habla caribe, la Memoria escrita por el nonagenario en el antiguo mesón de su vetusta y astrosa casona heredada de sus padres tiene dos puntos nodales (bien pudo escribirla en el burdel, junto a la niña dormida y desnuda, y así tributar a William Faulkner, quien vio la calma y el silencio de la mañana prostibularia como la mejor atmósfera para escribir). Uno gira en torno a la noche en que celebra sus 90 años, que es el día en que decidió regalarse “una noche de amor loco con una adolescente virgen”. Y el otro parte de la noche en que celebra sus 91 años junto al cuerpo desnudo y dormido de la niña que conoció en su anterior aniversario y que él bautizara con el nombre de Delgadina canturreándole unas coplas de una versión del trágico “Romance de Delgadina” (de origen medieval) donde se bosqueja un incesto: “la hija menor del rey, requerida de amores por su padre”; el cual, curiosamente, es el mismo que el vejestorio centenario de El otoño del Patriarca (Plaza & Janés, Barcelona, 1975) le hace oír a la joven Leticia Nazareno, la novicia en hábito secuestrada (por orden suya) en un monasterio de Jamaica y traída en barco hasta la casa presidencial de su extenso territorio caribeño, a quien durante un año de contemplar su nocturna y desnuda virginidad (de hecho sólo la posee hasta el segundo aniversario del secuestro cuando ella doblega el “miedo ancestral” de él), se lo reproducía “en el gramófono hasta que se gastó el cilindro [sic] la canción de la pobre Delgadina perjudicada por el amor de su padre”.

Gabriel García Márquez
        En la acuñación de la trama y los personajes de Memoria de mis putas tristes descuellan numerosos gags o clisés que pueblan las narraciones de Gabriel García Márquez, pero también su leyenda y su biografía, como son las legendarias parrandas cantineras y burdelescas de sus primeros años de periodista en Cartagena de Indias y luego en Barranquilla, donde fue uno de los mamadores de gallo del legendario Grupo de Barranquilla; de ahí que el pintoresco y pobretón nonagenario que declara: “nunca me he acostado con ninguna mujer sin pagarle” y “las putas no me dejaron tiempo para ser casado”, haya comenzado sus consecutivas andanzas prostibularias a los 13 años (luego de ser iniciado a la fuerza a los 12 por una furcia madura que en su vejez tuvo la pinta de una Mamá Grande del Caribe), y que sea un “periodista” con 71 años de escribir una nota dominical en El Diario de La Paz, fundado, al parecer, con la “fortuna con trata de blancas” que amasó el abuelo paterno del actual director, lo que evoca el aforismo de Honoré de Balzac que preludia a El padrino (1969), la gran novela sobre la mafia escrita por Mario Puzzo: “Detrás de cada gran fortuna hay un crimen”. 

 

(Ediciones B, Barcelona, 2001)
El coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía (1864-1937)
Abuelo materno de Gabriel García Márquez
  Gabo ubica la muerte del padre del nonagenario “el día en que se firmó el tratado de Neerlandia, que puso término a la guerra de los Mil Días”, la cual históricamente es la guerra civil (1899-1902) donde combatió, del lado de los liberales, su propio abuelo materno el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía (1864-1937); pero también, por decir algo, el protagonista de El coronel no tiene quien le escriba, quien recuerda al coronel Aureliano Buendía, “tesorero de la revolución en la circunscripción de Macondo”, en un rol relevante para que se cumpla la firma del susodicho tratado. Y si el coronel de la novela y su abuelo el coronel siempre esperaron que el barco fluvial del correo les llevara la pensión vitalicia pactada y nunca cumplida, no extraña que en la Memoria del nonagenario aparezca “el buque fluvial del correo, retrasado una semana por la sequía, [...] bramando en el canal del puerto”; ni que a la hora en que empieza a decorar el cuartucho del burdelito donde se encuentra con la niña desnuda y dormida, “lleve un dibujo a pluma de Cecilia Porras para Todos estábamos a la espera, el libro de cuentos de Álvaro Cepeda”, pues en la vida real Álvaro Cepeda Samudio fue del Grupo de Barranquilla, como también lo fue Orlando Rivera Figurita, de quien el nonagenario en otro capítulo lleva un cuadro al mismo cuarto, lo cual lo revela como un admirador de tales mamagallistas, el corro que Gabo aludía con su célebre frase: “escribo para que mis amigos me quieran más”. Pero además, Cecilia Porras, pintora cartagenera y amiga de Gabo y del Grupo de Barranquilla, ilustró la portada de La hojarasca (Ediciones S.L.B., Bogotá, 1955), su primer libro, dedicado a Germán Vargas, otro de los mamagallistas de La Cueva.



Tranquilina Iguarán Cotes (1863-1947)
Abuela materna de Gabriel García Márquez
  Si así festeja a sus viejos cuates y sus juergas, las historias de muertos, fantasmas y aparecidos que al niño Gabito le contaba (en la casa de Aracataca donde nació y vivó hasta sus diez años) su abuela materna Tranquilina Iguarán Cotes (1863-1947) como si fueran cosas ciertas, resultan homenajeadas con el meollo de la frase que el nonagenario halla escrita en el espejo del cuarto de baño de la habitación de sus encuentros con la analfabeta niña (“El tigre no come lejos”), pues la vieja matrona supone que la escribió alguien que murió allí, lo cual parece corroborarse cuando durante las horas nocturnas en que el anciano, con la niña dormida y desnuda a su lado, celebra sus 91 años, oye “un  grito en el horizonte, sollozos de alguien que quizás había muerto un siglo antes en la alcoba”. 



Gabriel García Márquez y las rosas amarillas
  Y ya encarrerado el gato en la vaina de unir cabos, las “rosas amarillas” que el nonagenario busca “para conjurar la pava de las flores de papel” en dicho cuartito, rememoran lo que Gabriel García Márquez le dijo a su colega y compadre Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba (La Oveja Negra/Diana, México, 1982), de modo que parece que Gabo nunca escribe sin que cerca de él ronde el efluvio de un ramo de flores amarillas o de eróticas féminas (quizá ejecutando la danza del vientre):

        “Siempre hay flores amarillas en tu casa. ¿Qué significado tienen?
“Mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme. Para estar seguro necesito tener flores amarillas (de preferencia rosas amarillas) o estar rodeado de mujeres.
“Mercedes pone siempre en tu escritorio una rosa.
“Siempre. Me ha ocurrido muchas veces estar trabajando sin resultado; nada sale, rompo una hoja de papel tras otra. Entonces vuelvo a mirar hacia el florero y descubro la causa: la rosa no está. Pego un grito, me traen la flor y todo empieza a salir bien.”

(La Oveja Negra/Diana, México, 1982)
  En el ámbito de la ficción resulta placentero e hilarante seguir y ver al ridículo, patético, simpático, anacrónico y peliculesco nonagenario a través de su Memoria, recordando y reviviendo sus divertidas descripciones, anécdotas y lujurias a partir de su decisión de revolcarse con una “adolescente virgen”. Pero como transposición y reflejo de la realidad alude una peste, un cáncer social muy terrible y sanguinario: la corrupción de menores, mismo que se sucede en todas las latitudes de la beligerante y pestilente aldea global, y que implica a las sórdidas mafias prostibularias y sus vínculos con las corrompidas redes policíacas, judiciales, burocráticas, políticas y gubernamentales. De ahí que el nonagenario anote, como cosa normal, sobre la impunidad de Rosa Cabarcas y sus corruptos nexos: 

“Recogía su cosecha entre las menores de edad que hacían mercado en su tienda, a las cuales iniciaba y exprimía hasta que pasaban a la vida peor de putas graduadas en el burdel histórico de la Negra Eufemia. Nunca había pagado una multa, porque su patio era la arcadia de la autoridad local, desde el gobernador hasta el último camaján de alcaldía, y no era imaginable que a la dueña le faltaran poderes para delinquir a su antojo.”


En la portada: Gabito con una galleta
(Diana, México, 2002)
  Cabe observar que “en la casa de fiestas de la Negra Eufemia”, la noche del “27 de julio de 1950” —según dice Gabriel García Márquez en Vivir para contarla (Diana, México, 2002)— obtuvo los gérmenes de “La noche de los alcaravanes”, su noveno cuento escrito de “un solo trazo” en las escuálidas oficinitas del semanario Crónica (en la calle San Blas de Barranquilla), donde era el “flamante jefe de redacción”, impreso al día siguiente en sus páginas, reunido 24 años después en su libro Ojos de perro azul (Plaza & Janés, Barcelona, 1974). Pero el feo y arrugado nonagenario, en su papel de antiguo cliente de Rosa Cabarcas, es cómplice de la mafia, nada ingenuo ni exculpado, pese a su dizque “ética personal” y al falaz “refinamiento senil” que practica en torno a la niña: no la sodomiza una y otra vez a su antojo como otrora lo hiciera con Damiana, su fiel y vieja sirvienta de toda la vida, aún virgen, estrenada cuando ésta “era casi una niña, aindiada, fuerte y montaraz”; tampoco copula con la infanta, pero sí lo pensó y quiso hacerlo al inicio, y sólo se deleita —mientras duerme desnuda— con leerle libros propios de su edad infantil-adolescente y con hacerle oír música “culta”, con adornar la habitación con cuadros y utensilios, con contemplar, husmear, toquetear y besar su cuerpo desnudo y siempre inconsciente y narcotizado por el cansancio de sus mil y una chambas y por el infalible “bebedizo de bromuro con valeriana” que previamente le da la madrota para convertirla en una bella durmiente.

Así que cuando el vejete está con la niña dormida y en otro de los seis cuartuchos del burdelito ocurre el asesinato de un banquero “famoso por su apostura, su simpatía y su buen vestir, y sobre todo por la pulcritud de su hogar”, pero cuya pareja al parecer era otro hombre, el nonagenario no sólo se involucra con la madama para modificar el cuerpo del delito, sino que también se apresura a irse de allí con tal de que no lo encuentren con la menor de edad. 
Comprado y salpicado su silencio de tal manera, es testigo mudo y casi no mueve un dedo frente a las “más de cincuenta” detenciones intencionalmente erradas y ante la falsa información que distancia el crimen del burdelito y que impone el gobierno con sus comunicados, incluso a través de El Diario de La Paz, donde al Abominable hombre de las nueve, el censor del gobierno, no le tiembla “el pulso para imponer la versión oficial de que había sido un asalto de bandoleros liberales” (los “refugiados del interior del país”), intríngulis que implica una geografía política con una libertad coartada y vendida, con harta pobreza, muy violenta, militarizada y gobernada por un corrupto y criminal poder conservador que practica una cruenta guerra sucia y sin cuartel contra el bando liberal, quizá proscrito y que tal vez no cante mal las rancheras en cuestión de armas, crímenes a mansalva y atentados sorpresivos. De ahí que al nonagenario, cuando en otro capítulo cruza a pie el parque de San Nicolás, una patrulla militarizada le revisa una canasta donde lleva un gato (regalo por sus 90 años), su cédula de identidad y su credencial de prensa.
Después de tal asesinato, el burdelito permanece cerrado con los sellos de la Sanidad, no de la policía; la niña y la madrota desaparecen de allí y el nonagenario sólo vuelve a encontrarlas un mes después y entonces se entera de que ambas estuvieron “invitadas” en un quezque “hotel de reposo de Cartagena de Indias”, nada menos que por otro cliente del burdel, el abogado del banquero asesinado a puñaladas, quien “repartió prebendas y sobornos a cuatro manos” mientras dizque “se disipaba el escándalo”. Pero lo que denota el trasfondo del viaje a Cartagena de Indias no es el ligero cambio de adolescente a jovencita mujer que el anciano observa en el cuerpo desnudo de la quinceañera dormida, sino las joyas y otros artificios que la adornan y en una silla el “traje de noche con lentejuelas y bordados, y las zapatillas de raso” al pie. Por lo que el anciano deduce la pérdida de la virginidad y el inicio en la putería, lo que en su explosivo enojo se traduce en rechazo y renuncia de su niña amada. 


Gabriel García Márquez
  Y sólo comienza a pensar en la posibilidad de recuperarla después de hablar con Casilda Armenta, otra añeja hetaira de sus viejos y remotos tiempos, cuya sugerencia (que compartiría Rosa Cabarcas) implica un translúcido engaño y desalmado egoísmo e indiferencia ante la suerte y destino de la niña recién iniciada y explotada en la prostitución y por ende con una adolescencia interrumpida y denigrante y sin un digno futuro. Y si la matrona del burdelito al nonagenario le dio noticia de otra muchachita cuyo padre la vendía por una casa, la niña virgen tuvo miedo antes de ver al feo y arrugado viejo “porque una amiga suya que se escapó con un estibador de Gayra se había desangrado en dos horas”. 

“Vete a buscar ahora mismo a esa pobre criatura aunque sea verdad lo que te dicen los celos [le rebuzna Casilda Armenta], sea como sea, que lo bailado no te lo quita nadie. Pero eso sí, sin romanticismos de abuelo. Despiértala, tíratela hasta por las orejas con esa pinga de burro con que te premió el diablo por tu cobardía y tu mezquindad. En serio, terminó con el alma: no te vayas a morir sin probar la maravilla de tirar con amor.”



Gabriel García Márquez


Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes. Ejemplar 011073 de la primera “Edición única y numerada de 25 mil ejemplares”. Diana/Mondadori. Barcelona, octubre de 2004. 112 pp.



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La casa de las bellas durmientes




Una felicidad fuera de este mundo

El escritor y suicida nipón, Yasunari Kawabata (1899-1972), Premio Nobel de Literatura 1968, publicó en japonés, en 1961, su novela breve La casa de las bellas durmientes. La traducción al español de Pilar Giralt data de 1976 y de diciembre de 2004 la quinta edición que Luis de Caralt Editor tiró en Barcelona, precedida por el “Prólogo” que el escritor y suicida Yukio Mishima (1925-1970) urdió ex profeso
(Caralt, Barcelona, 2004)
       Dispuesta en cinco capítulos, La casa de las bellas durmientes narra las cinco visitas que el viejo Eguchi, de 67 años, hace a un pequeño y peculiar burdel erigido en el acantilado de un impreciso lugar del Japón. Eguchi supo de esa secreta casa de citas por el anciano Kiga, quien le dijo que “sólo podía sentirse vivo cuando se hallaba junto a una muchacha narcotizada” y “que acudía allí cuando la desesperación de la vejez le resultaba insoportable”. Se trata de una discreta y pequeña posada (sin señas exteriores) con una sola habitación superior para el lúbrico servicio, a la que por las noches acuden (de uno en uno) ancianos que remuneran y que ya no tienen erecciones. Es decir, según deduce el viejo Eguchi, “no cabía la menor duda de que para los ancianos que pagaban”, “dormir junto a semejante muchacha era una felicidad fuera de este mundo”. Allí los recibe, en kimono, una madrota de unos 45 años, que al parecer es la encargada de ese camuflado y clandestino negocio que funciona al margen de la ley y a través, se colige, de una red mafiosa que engancha a las jóvenes (que acuden allí a narcotizarse y desnudarse por el dinero) y que quizá soborna a ciertas autoridades que se hacen de la vista gorda ante su existencia, quizá boyante (“Dígaselo al hombre que posee la casa. ¿Qué he hecho yo de malo?”, dice la madama en un defensivo y breve alegato). La madrota le recita al viejo Eguchi las estrictas reglas de la casa. La fémina (a veces menor de edad o muy joven), dormida con un fuerte narcótico, yace desnuda en el cuarto ex profeso del piso superior, desde donde se oye y otea el mar. El anciano, también desnudo, se acuesta y pasa la noche junto a ella. Y para conciliar el sueño, tiene a la mano dos píldoras, dos somníferos de los que puede hacer uso o no, parcial o totalmente.

Yasunari Kawabata y una bella despierta
  “No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido”, recita la madama, en cuyo nudo del obi se observa y observa “un pájaro grande y raro”, con “ojos y pies” muy realistas y estilizados. “Ciertos ancianos tal vez acariciarían todas las partes de su cuerpo, otros sollozarían”, piensa el viejo Eguchi. Pero los toqueteos, las observaciones eróticas y las exploraciones corporales que él hace en cada cuerpo desnudo, si bien no van más allá de lo superficial y de sus divagaciones mentales, denotan la probabilidad de que algún vejete sí desbarre en lo prohibido o cometa un crimen (viole o asesine). Más aún por el hecho de que el viejo Eguchi, según dice en su intimidad, aún “no ha dejado de ser hombre” y pasa una candente prueba de fuego: en su segunda cita le toca una joven dizque con experiencia, por cuya seducción e inefable belleza él apoda “la hechicera”. En el momento en el que se dispone a penetrarla (lo que equivale a una violación), descubre su doncellez: “¡Una prostituta virgen, a su edad!”, exclama. Y se detiene, la respeta. Y entre sus posteriores devaneos mentales e íntimas evocaciones colige que todas las bellas durmientes de la casa son vírgenes. Pero tal vez yerre.

Rafel Cansinos Assens y una bella despierta
  En el refranero que figura al final del tercer tomo de Las mil y una noches (Aguilar, Madrid, 1955) traducidas del árabe por Rafael Cansinos Assens (1882-1964) se lee “Sobre los deleites de la vida”: “La delicia de la vida en tres cosas se cifra: en comer carne, montar sobre carne y hacer entrar la carne en la carne.” Quizá esto lo suscribiría el viejo Eguchi y los decrépitos, feos y patéticos ancianos sin erecciones que frecuentan la casa, que de budistas no tiene un pelo, dado su apego a la carne, al placer de los sentidos y a sí mismos. 

Y si bien Eguchi se limita a oler y a tocar y a ciertas reflexiones mundanas y eróticas, las remembranzas de su pasado y de su actual estado civil (tiene esposa y tres hijas casadas), entreveradas en el desarrollo de cada visita, revelan que es un voluptuoso incorregible, que ha llevado y cultivado una doble vida y por ende radiografía: “Los ancianos que vienen aquí siguen atados a sus ligaduras”. O dictamina entorno a una noche fría: “Morir en una noche como ésta, con la piel de una muchacha para calentarse, debe ser el paraíso de un anciano”. O decanta al olisquear el sobaco de una desnuda bella durmiente de menos de 20 años: “La vida misma”. “Una muchacha como ésta insufla vida a un viejo de sesenta y siete años”.   
   
Yasunari Kawabata
        No extraña, entonces, que en su tercera visita a la casa, a un lado del cuerpo de una narcotizada adolescente de unos “Dieciséis años, más o menos”, rememore la felación, que “hacía mucho tiempo”, le hizo una meretriz de 14 años, ansiosa de terminar su trabajo e irse a un aledaño festival, quien “Usó su lengua larga y delgada. Estaba mojada, y Eguchi no se sintió complacido”. O que apenas hace tres años, a sus 64 años de edad, durante un viaje a Kobe, en un casual club nocturno haya conocido a una esbelta joven de menos de 30 años, a quien durante el baile invitó a la cama del hotel y que resultó tener dos pequeños hijos en casa y un marido laborando en Singapur, quien, pese a la contigüidad y al regreso de éste, según le dijo en varias cartas, estaba dispuesta a seguir con la secreta aventura sexual. 

La placentera quinta visita que el viejo Eguchi hace a “la casa de las bellas durmientes” queda marcada por el drama y el desasosiego. La madrota, esa “alcahueta fría y avezada” cuyo contacto le repugna, lo espera con antelación, pues se acude allí con previa cita telefónica. Esa vez, para su sorpresa y deleite, le ha dispuesto dos jóvenes para él solo, que ya están tendidas en la cama, desnudas y narcotizadas. 
El viejo Eguchi, desnudo y luego de sus previsibles toqueteos, olfateos, íntimos pensamientos y fragmentarias evocaciones de ciertos episodios de su vida, ingiere el par de píldoras y se queda dormido. Tiene algunas pesadillas eróticas y alrededor de las cuatro de la madrugada se despierta y descubre que una de las jóvenes, la morena, de menos de 20 años, yace muerta (con el cuerpo frío, sin respiración, sin latidos, sin pulso). Da la voz de alarma. La madrota no tarda en acudir al piso de arriba y en el diálogo que entablan se transluce que ésta, auxiliada por un hombre que está en el piso de abajo (quizá un custodio o el “hombre que posee la casa”), harán lo debido para que no ocurra un escándalo que trunque el clandestino negocio. “No se alarme. No le causaremos ningún problema. Su nombre no será pronunciado”, le dice la madama, quien también le ruega que no se vaya, “pues no conviene llamar la atención ahora”. 
La madrota, que a pesar de la evidencia niega que la joven morena haya muerto, carga el cuerpo desfallecido al piso de abajo. Y al poco rato, el viejo Eguchi, desde la ventana del piso de arriba, ve alejarse de allí un coche donde quizá la lleven; tal vez “a la ambigua posada donde condujeron al anciano Fukura”, piensa; que tal vez también sea propiedad del dueño de “la casa de la bellas durmientes”. O quizá la trasladen a otro sitio encubierto y sombrío donde la mafia la desaparece (para no causar ningún problema y continuar con el lucrativo comercio), pues la novela no narra qué ocurre con su cuerpo muerto ni qué suscita su desaparición en su entorno familiar e inmediato. Ni mucho menos dilucida cuál fue la causa de su súbita y silenciosa muerte, quizá imprudentemente provocada por el fuerte narcótico, el cual, según la madama, no tolerarían los seniles y climatéricos ancianos y por ende se lo niega al viejo Eguchi cada vez que se lo pide prometiendo pagar más. 
Yasunari Kawabata
(1899-1972)
  Es decir, el viejo Fukura, “un director de empresa” y conocido del viejo Kiga, hace unos días murió de un infarto mientras allí en la casa pasaba una noche de placer junto al cuerpo desnudo y narcotizado de una joven. Y pese a que el viejo Kiga alude “una especie de eutanasia” y a que la madrota parlotea sobre “una muerte feliz”, hay indicios de que no fue así, sino que murió con dolores y con desesperación ante la intempestiva muerte, pues la madrota oyó un “extraño gemido” y subió a indagar lo que ocurría: descubrió que “su respiración y su pulso se habían detenido” y que la bella durmiente “tenía un arañazo desde el cuello hasta el pecho”, “un arañazo con algunas gotas de sangre”, que hizo que la fémina quedara fuera de servicio, “de vacaciones hasta que cicatrice el arañazo”, y quien al despertarse y descubrir la herida e ignorante del infausto meollo, sentenció: “Qué viejo tan repugnante”.

El caso es que para ocultar su doble vida y preservar el buen nombre del “director de empresa” y para mantener en la sombra el clandestino negocio de “la casa de las bellas durmientes”, la mafia llevó el cuerpo del viejo Fukura a una posada que también solía frecuentar, donde se dijo que murió de un infarto. Así, no hubo investigación policíaca, no se interrogó a los otros ancianos ni a las muchachas, ni la familia se enteró de lo sucedido. De modo que en los periódicos sólo aparecieron dos notas necrológicas: “de su empresa” y “de su esposa e hijo”.
Vale advertir, por último, que el ligeramente preciosista diseño del libro luce estropeado con horrendas erratas.



Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes. Prólogo de Yukio Mishima. Traducción al español de Pilar Giralt. 5ª ed., Caralt. Barcelona, 2004. 158 pp.





lunes, 19 de octubre de 2015

El coronel no tiene quien le escriba

 Octubre es el mes más cruel

El colombiano Gabriel García Márquez (Aracataca, marzo 6 de 1927-Ciudad de México, abril 17 de 2014), Premio Nobel de Literatura 1982, fechó en “París, enero de 1957”, el punto final de su segundo libro: la novela El coronel no tiene quien le escriba (Aguirre Editor, Medellín, 1961). Esto es así porque en medio de los avatares y de las mil y una penurias vividas en la capital francesa, Gabo la escribió nueve veces, entre mediados de 1956 y enero de 1957, en la máquina portátil roja que fuera la máquina de escribir de su entrañable amigo el periodista Plinio Apuleyo Mendoza, luego de que la historia se desgajara de la escritura en ciernes de “la novela de los pasquines”, el legendario e itinerante “mamotreto” amarrado con una corbata que a la postre sería La mala hora —de ahí las coincidencias y variantes entre ambas y con varios de los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande (UV, 1962)—, cuya edición príncipe impresa en Madrid, en 1962, en los Talleres de Gráficas “Luis Pérez”, fue manoseada y censurada y sólo apareció restituida y nuevamente revisada hasta 1966, impresa en México por Ediciones Era. 
Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Márquez en 1959
cuando eran periodistas de la agencia cubana Prensa Latina
  En París, casi todo 1956 vivió en la minúscula buhardilla del séptimo piso del modesto Hotel de Flandre, en la Rue Cujas del Barrio Latino; pero a fines de ese año —narra Dasso Saldívar en García Márquez. El viaje a la semilla. La biografía (Alfaguara, Madrid, 1997)— Gabo “se trasladó a la Rue d’Assas, donde compartió una chambre de bonne [cuarto de criada] con Tachia Quintana, una ‘vasca temeraria’, activa y generosa, que intentaba abrirse paso en el teatro mientras trabajaba en el servicio doméstico”. 

Tachia Quintana
       
Gabriel García Márquez cuando era reportero de El Espectador
y publicó su primera novela La hojarasca (S.L.B., 1955)
      Tras quedarse sin empleo en Europa —en Colombia, el dictador Gustavo Rojas Pinilla en enero de 1956 ordenó el cierre de El Espectador, del que Gabo era corresponsal, y el siguiente 15 de abril ordenaría el cierre de El Independiente— y en tanto subsistía y tecleaba por las noches (fumando hasta el amanecer) debiéndole la renta de la buhardilla a madame Lacroix, la dueña del Hotel de Flandre, a imagen y diferencia del coronel de su obra, Gabo esperaba con angustia y ansiedad las cartas de sus amigos y conocidos, quizá con algunos dólares de ayuda o por los artículos que solía enviarles para que los colocaran en distintos medios impresos. Así, todo sugiere que su pobreza y constante espera de las cartas lo hizo compenetrarse aún más en la miseria, desolación y drama del viejo coronel de su novela, que al inicio de la misma tiene ya 56 años esperando por correo la pensión prometida tras la firma del pacto que puso término a la última guerra civil (el histórico tratado de Neerlandia, donde el coronel Aureliano Buendía, en calidad de “intendente general de las fuerzas revolucionarias en el litoral Atlántico”, firmó la rendición). 

(Barral Editores/Monte Ávila Editores, Barcelona-Caracas, 1971)
  En la bibliografía de Historia de un deicidio (Barral Editores/Monte Ávila Editores, Caracas, 1971), el temprano y voluminoso ensayo que Mario Vargas Llosa escribió sobre la vida y obra de Gabriel García Márquez, se acredita que El coronel no tiene quien le escriba fue editada por primera vez en Bogotá, en el número 19 de la revista Mito, correspondiente a mayo-junio de 1958; y que en forma de libro fue impresa en 1961, en Medellín, Colombia, por Aguirre Editor. Cuenta Dasso Saldívar que Alberto Aguirre era “abogado, cinéfilo, librero y un editor de buena voluntad”. “Un año después [de que ambos acordaron los términos de la edición], al anunciarle el editor la salida del libro, García Márquez se quejaría ante aquél de ser el ‘único que hace contratos verbales enguayabado, tumbado en una mecedora de bambú, en el bochorno del trópico’”. Apunta Dasso Saldívar que El coronel no tiene quien le escriba tuvo buena crítica colombiana e internacional, pero las predicciones de Gabriel García Márquez se cumplieron: de los dos mil ejemplares de tal edición príncipe, sólo se vendieron ochocientos.

Revista Mito número 19
Botogá, mayo-junio de 1958
     
Edición príncipe de El coronel no tiene quien le escriba,
impresa en 1961, en Medellín, Colombia, por Aguirre Editor.
       Después del apoteósico boom de Cien años de soledad (Sudamericana, Buenos Aires, 1967), El coronel no tiene quien le escriba (al igual que los otros libros de Gabriel García Márquez) se ha reimpreso cientos de veces en ediciones masivas y en muchas lenguas. Y una y otra vez los críticos y corifeos suelen afirmar (porras más, porras menos) que El coronel no tiene quien le escriba es una novela perfecta (“redonda”) y que el protagonista es un personaje conmovedor y entrañable —descuella el prólogo de Álvaro Mutis (1923-2013) entre los prefacios de la Edición Conmemorativa de Cien años de soledad, editada en Colombia, en marzo de 2007, por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española—. El mismo Gabo alguna vez se expresó de ella muy satisfecho, según se lee en El olor de la guayaba (Diana/La Oveja Negra, México, 1982), el libro de crónicas biográficas y entrevistas que le hizo Plinio Apuleyo Mendoza, editado meses antes de que le otorgaran el Premio Nobel de Literatura: “Antes de escribir Crónica de una muerte anunciada [La Oveja Negra, Bogotá, 1981] sostuve que mi mejor novela era El coronel no tiene quien le escriba. La escribí nueve veces y me parecía la más invulnerable de mis obras.” Pero cabe sospechar que quizá dijo esto a imagen y semejanza de un sucu-truco autopublicitario, pues en el citado libro de Plinio, Gabo también coloca a El otoño del patriarca (Plaza & Janés, Barcelona, 1975) por encima de la magia y las virtudes de Cien años de soledad, la culpable de la tumultuosa y pestífera “soledad de la fama” que desde entonces lo perseguía.

(La Oveja Negra/Diana, México, 1982)
  El reseñista puede pensar, ídem otros lectores anteriores a él, que la llevada y traída novela El coronel no tiene quien le escriba es el paso parisino de un joven escritor latinoamericano con su país clavado en las entrañas de su subconsciente e idiosincrasia, un acto preparatorio entre los actos preparatorios —los cuentos dispersos, La hojarasca (Ediciones S.L.B., 1955), Los funerales de la Mamá Grande, La mala hora— que lo conducían a Cien años de soledad, obra cumbre en su narrativa y en la narrativa hispanoamericana, que no pocos han ponderado (Pablo Neruda y Dasso Saldívar entre ellos) en términos apoteósicos: “una obra maestra, una novela que, como en el caso del Quijote, partiría en dos la historia de la narrativa en lengua castellana”.

  
Gabo y Pablo Neruda en Normandía
        Paralelo a la exasperante falta de suspicacia que equivale a un rancio infantilismo e ingenuidad que matizan los actos e indignos prejuicios cotidianos del septuagenario coronel y su semanaria y ansiosa espera de la pensión de guerra vitalicia que alivie por siempre jamás la miseria y los padecimientos corporales de él y su mujer, el protagonista de El coronel no tiene quien le escriba cobra notoriedad en la memoria de los lectores porque ineludiblemente remite a ciertos capítulos de la vida de Gabriel García Márquez que alimentaron su narrativa, precisamente a lo que concierne a lo vivido por el niño Gabito en torno a su abuelo materno: don Nicolás Ricardo Márquez Mejía, nacido en Riohacha el 7 de febrero de 1864, muerto en Santa Marta, a los 73 años, el 4 de marzo de 1937, quien obtuvo sus galones de coronel durante la legendaria Guerra de los Mil Díaz (1899-1902), y que a semejanza del viejo coronel de la novela, siempre esperó (como otros coroneles y generales) que le llegara por correo la pensión pactada al término de la guerra civil.
   
“El abuelo Nicolás Ricardo Márquez Mejía, nació en
Rioacha el 7 de febrero de 1864 y murió en
Santa Marta el 4 de marzo de 1937.
        Una nota de Dasso Saldívar da luces sobre tal circunstancia y sobre la eterna ilusión que vivieron hasta la muerte los abuelos maternos del escritor: “En marzo de 1952, García Márquez escribiría, desde Barranquilla a su amigo y coterráneo Gonzalo González, en Bogotá: ‘Acabo de regresar de Aracataca. Sigue siendo una aldea polvorienta, llena de silencio y de muertos. Desapacible; quizás en demasía, con sus viejos coroneles muriéndose en el traspatio, bajo la última mata de banano, y una impresionante cantidad de vírgenes de sesenta años, oxidadas, sudando los últimos vestigios del sexo bajo el sopor de las dos de la tarde’ [...] Cinco años antes había muerto su abuela [casi a los 84 años, el 15 de abril de 1947], en Sucre, expresando su último deseo, que era también la última voluntad del abuelo muerto en 1937: que después de su muerte alguien cobrara la pensión.” 
 
Fotograma de Umberto D (1952),
película dirigida por Vittorio de Sica.
        Escribe Dasso Saldívar (el biógrafo de cabecera): “En febrero de 1955, estando en Bogotá [a mediados de julio de ese año García Márquez viajaría por primera vez a Europa como corresponsal de El Espectador y entre noviembre y diciembre de tal lapso intentaría, en Roma, estudiar argumento y guión en el Centro Experimental de Cine], la figura del personaje siguió aclarándose en sus contornos, en su carácter y en su destino, cuando el autor vio la película Humberto D [1952], de Vittorio de Sica y Cesare Zavattini. Según confesaría el propio García Márquez, el personaje de Humberto Dominico Ferrari le ‘recordó irresistiblemente a su propio abuelo’ por el dramatismo de la dignidad y de la espera, una espera que en el coronel Nicolás Márquez era semanal, puntual y sin alarma, y que al nieto le causaba mucha risa cuando lo acompañaba los jueves a la oficina de correos. Por eso, cuando el personaje del viejo coronel se desgajó de la novela de los pasquines y reclamó su propio espacio, García Márquez pensó que debía ser una comedia, pero cuando él mismo se encontró también esperando una carta de salvación en la buhardilla del Hotel de Flandre, experimentando en carne propia el mismo drama del abuelo, comprendió de pronto que no era ninguna comedia sino una tragedia callada y que la historia que escribía era también la misma que él estaba viviendo, como si los hechos se hubieran desatado de las páginas de la ficción.”
   
Fotograma de Umberto D (1952)
       Dasso Saldívar anota que la batalla de Ciénaga, ocurrida “el 14 de octubre de 1902”, puso término a la Guerra de los Mil Díaz. Un mes antes del tratado final que se firmó en Panamá “a bordo del buque de guerra norteamericano Wisconsin”, hubo un tratado de rendimiento “firmado por los generales Rafael Uribe Uribe y Florentino Manjarrés en la hacienda bananera de Neerlandia, cerca de Ciénaga, el 24 de octubre de 1902”. Como bien lo recuerdan los fervientes lectores de Gabriel García Márquez, el tratado de Neerlandia pone fin a las guerras civiles en Cien años de soledad, como en su contexto también lo pone en El coronel no tiene quien le escriba, y en ambas descuella el sonoro nombre de Macondo y el nombre del coronel Aureliano Buendía, cuyo modelo, señala Dasso Saldívar, es el viejo general Rafael Uribe Uribe.
 
Fotograma de El coronel no tiene quien le escriba (1999),
película dirigida por Arturo Ripstein, basada en la novela
homónima de Gabriel García Márquez.
       El protagonista de El coronel no tiene quien le escriba es un pobrísimo vejete de 75 años, casado desde hace 40 con una mujer flaca que padece asma y con quien comparte sórdidas hambrunas en la astrosa casucha donde lastimosamente subsisten en su eterno y gélido naufragio. En marzo de 1922 tuvieron un hijo de nombre Agustín, asesinado el tres de enero en la gallera del pueblo (“por distribuir información clandestina”), nueve meses antes del mes de octubre en que inicia la novela —lo cual recuerda la detención del joven Pepe Amador en La mala hora, por el mismo hecho y en el mismo sitio, pero a éste lo matan a golpes en la cárcel—. El viejo obtuvo sus insignias de coronel a los 20 años de edad, y según evoca jugó un papel relevante en torno a la firma del histórico tratado de Neerlandia: “Como tesorero de la revolución en la circunscripción de Macondo había realizado un penoso viaje de seis días con los fondos de la guerra civil en dos baúles amarrados al lomo de una mula. Llegó al campamento de Neerlandia arrastrando la mula muerta de hambre media hora antes de que se firmara el tratado. El coronel Aureliano Buendía —intendente general de las fuerzas revolucionarias en el litoral Atlántico— extendió el recibo de los fondos e incluyó dos baúles en el inventario de la rendición.”
   Reporta Dasso Saldívar que “para algunos, la capitulación de Neerlandia fue el gran error político y militar de Uribe Uribe”, en cuyas huestes liberales combatió el coronel Nicolás Márquez Mejía, el abuelo de Gabo. Lo cual parece ser confirmado por éste, pues en la transposición de su novela, el viejo coronel, tumbado en el camastro (“a punto de sobrevivir a un nuevo octubre”) recuerda y le dice a su mujer después de 56 años del tratado de Neerlandia que puso fin a la guerra civil y dio inicio a su larga, cochambrosa y rancia espera: “Estaba pensando que en la reunión de Macondo tuvimos razón cuando le dijimos al coronel Aureliano Buendía que no se rindiera. Eso fue lo que echó a perder el mundo.”
 
(Alfaguara, Madrid, 1997)
        Y más adelante, cuando los niños vecinos han llevado a la casucha del coronel “una gallina vieja para enrazarla con el gallo” de pelea que su hijo Agustín (sastre y gallero aficionado) les dejó como herencia e inestable esperanza (quizá volátil) de sortear algunas penurias (tal vez durante tres años), el viejo rememora ante su asmática mujer: “Es lo mismo que hacían en los pueblos con el coronel Aureliano Buendía. Le llevaban muchachitas para enrazar.” Lo cual ineludiblemente remite al legendario donjuanismo del abuelo materno de Gabriel García Márquez, mismo del que habla Dasso Saldívar en El viaje a la semilla, donde registra tres hijos legítimos de su matrimonio con Tranquilina Iguarán Cotes (1863-1947), la citada abuela de Gabo, y nueve hijos naturales obtenidos con siete mujeres.
 
Portada de La hojarasca, la primera novela de Gabriel García Márquez,
editada en 1955, en Bogotá, por Ediciones S.L.B.
       La hojarasca
(Ediciones S.L.B., Bogotá, 1955), la primera novela de Gabriel García Márquez, comienza con un prólogo firmado en “Macondo, 1909”, que ilustra sobre la inmunda tipología de advenedizos (“la hojarasca”) que ha llegado en avalancha atraída por la fiebre del banano tras la instalación de la compañía bananera (cuyo referente real es el enclave de la United Fruit Company y su tren amarillo que Gabo veía de niño en Aracataca, a veces de la mano de su abuelo materno, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía). En tal prefacio, entre otras cosas, se lee: “Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos, rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil.” Meollo que (según su intríngulis) es recordado en un pasaje por el viejo protagonista de El coronel no tiene quien le escriba, una noche de noviembre del año que corre cuando evoca su emigración de Macondo al pueblo donde se halla: “Un momento después apagó la lámpara y se hundió a pensar en una oscuridad cuarteada por los relámpagos. Se acordó de Macondo. El coronel esperó diez años a que se cumplieran las promesas de Neerlandia. En el sopor de la siesta vio llegar un tren amarillo y polvoriento con hombres y mujeres y animales asfixiándose de calor, amontonados hasta el techo de los vagones. Era la fiebre del banano. En veinticuatro horas transformaron el pueblo. ‘Me voy’, dijo entonces el coronel. ‘El olor del banano me descompone los intestinos.’ Y abandonó Macondo en el tren de regreso, el miércoles veintisiete de junio de mil novecientos seis a las dos y dieciocho minutos de la tarde. Necesitó medio siglo para darse cuenta de que no había tenido un minuto de sosiego después de la rendición de Neerlandia.”
   
Serie Los Premios Nobel, Ediciones Orbis
Barcelona, 1982
        El tiempo presente de El coronel no tiene quien le escriba transcurre durante octubre, noviembre y parte de diciembre en un anónimo pueblo con un puerto fluvial y una plaza central con almendros centenarios (lugar en el que se halla autoexiliado el protagonista desde su huida de Macondo), cuyo modelo real es Sucre, donde la familia de Gabriel García Márquez vivió entre 1939 y 1951, y que también es modelo en La mala hora, en cinco de los ocho cuentos de Los funerales de la Mamá Grande (“Un día de estos”, “En este pueblo no hay ladrones”, “La prodigiosa tarde de Baltazar”, “La viuda de Montiel” y “Rosas artificiales”) y en Crónica de una muerte anunciada. Sólo al término se precisa la edad del viejo coronel: 75 años. No obstante, casi al principio se dice que lleva 56 años esperando la pensión pactada y prometida tras la última guerra civil. Si la última batalla y el tratado final de la Guerra de los Mil Díaz ocurrieron en 1902, entonces la novela debería suceder en 1958 y no en 1956, como todo sugiere que así es. Pero resulta que en ese pueblo de un país latinoamericano sin elecciones democráticas (cuyo modelo es la Colombia del dictador Gustavo Rojas Pinilla), con toque de queda y bajo estado de sitio (emanado de un golpe militar, se deduce), con el cine censurado por la Iglesia católica (el padre Ángel es el brazo ejecutor, al igual que en La mala hora) y con la libertad y la prensa censurada por el gobierno (cuyo dictadorzuelo es el alcalde, ídem en La mala hora), de modo que entre los pobladores circula información clandestina impresa en mimeógrafo (donde se habla de la resistencia armada), el coronel, al respecto, se tira un chistorete (especie de sulfúrica y sonora trompetilla) ante el joven médico “de rizos charolados” y dentadura y vestimenta impecables (el viejo doctor Octavio Giraldo de La mala hora y de “La prodigiosa tarde de Baltazar”) mientras lucha contra la desazón gastrointestinal que le brota el mes de octubre de cada año desde aquel lejano tratado de Neerlandia: “Desde que hay censura los periódicos no hablan sino de Europa”, “Lo mejor será que los europeos se vengan para acá y que nosotros nos vayamos para Europa. Así sabrá todo el mundo lo que pasa en su respectivo país.”
   
Fotograma de El coronel no tiene quien le escriba (1999)
     Pero el caso es que un viernes de octubre del año en que empieza la novela, el viejo coronel lee en un periódico “una crónica sobre la nacionalización del canal de Suez”, que en la vida real aconteció el 26 de julio de 1956 sobre la base de un decreto dictado por Gamal Abdel Nasser, presidente de Egipto entre el 16 de enero de 1956 y el 28 de septiembre de 1970. (¿Un retraso informativo y de relleno debido a la censura?, puede preguntarse el lector). Pero como el viejo coronel el mes de octubre en dos ocasiones lee en un periódico (antes del “27 de octubre”) sobre el mismo tema de la nacionalización del canal de Suez, quizá debió leer (pero esto es meter la cuchara sin invitación) sobre la beligerante invasión de Francia, Inglaterra e Israel, sucedida el 29 de octubre de 1956, cuyo conflicto internacional se agudizó cuando Egipto bloqueó el canal de Suez tras hundir una cuarentena de barcos.  
   
T.S. Eliot
(1888-1965)
     Parafraseando el célebre verso de T.S. Eliot: “Abril es el mes más cruel”, íncipit de “El entierro de los muertos”, el primer poema de La tierra baldía (1922), para el viejo coronel de la novela: octubre es el mes más cruel, pues durante octubre de cada año sufre continuos y tormentosos trastornos estomacales e intestinales. Esto es así desde la vieja rendición de Neerlandia, que para el coronel significa el comienzo de los infortunios de su larga y patética espera con 56 años encima. Lo cual ineluctablemente remite a las citadas fechas históricas: 14 de octubre de 1902 (la batalla de Ciénaga) y 24 de octubre de 1902 (el tratado firmado en la hacienda bananera de Neerlandia, cercana a Ciénaga, por los generales Rafael Uribe Uribe y Florentino Manjarrés). 
 
Don Nicolás Ricardo Márquez Mejía, el abuelo coronel “poco antes de su muerte.
Arrastrando las secuelas de una caída de una escalera en Aracataca, murió
a causa de una neumonía.
        Pero el cruel malestar de octubre del protagonista de la novela El coronel no tiene quien le escriba también implica, según Dasso Saldívar, el no siempre recordado hecho de que “el 19 de octubre de 1908” fue el día en que el coronel Nicolás Márquez Mejía, el abuelo materno de Gabo, mató a tiros en un duelo a Medardo Pacheco Romero (éste tenía 27 años y el abuelo 44). Esa fue la sórdida causa de que el coronel Nicolás Márquez Mejía finiquitara sus asuntos y con su familia se fuera de Barrancas para siempre. Estuvo allí en la cárcel, luego en Riohacha (donde había nacido en 1864). Pero la condena de un año la vivió teniendo a toda Santa Marta por cárcel. Después los Márquez Iguarán estuvieron casi un año en Ciénaga. Y sólo se instalaron en Aracataca (donde la explotación bananera era abundante) hasta finales de agosto de 1910 viajando en el legendario y polvoriento tren amarillo. Allí, en la casa de los abuelos maternos, el 6 de marzo de 1927 habría de nacer Gabo. Y entre los frecuentes paseos que de niño hizo llevado de la mano por su abuelo el coronel, alguna vez lo llevaría a conocer los misterios del hielo en una caja de pargos y otras veces lo oiría decir, no sin melancolía, evocando aquel lejano día del mes de octubre en que tuvo que matar a Medardo Pacheco: “¡Tú no sabes lo que pesa un muerto!”.


Gabriel García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba. Prólogo sin firma sobre el autor. Serie Los Premios Nobel. Ediciones Orbis. Barcelona, 1982. 162 pp. 
Dasso Saldívar, García Márquez. El viaje a la semilla. La biografía. Iconografía en blanco y negro. Alfaguara. Madrid, 1997. 616 pp.



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Enlace a El coronel no tiene quien le escriba (1999), película dirigida por Arturo Ripstein, basada en la novela homónima de Gabriel García Márquez.
Enlace a Umberto D (1952), película dirigida por Vittorio de Sica (en italiano y con subtítulos en español).