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martes, 13 de septiembre de 2016

Dos veces única (2 de 2)

Y Prieta Mula por siempre



V de VII
Elena Poniatowska, autora de Dos veces única (Seix Barral, 2015)
Foto: Mariana Yampolsky

Trazada de un modo pintoresco y folclórico, en Dos veces única la relación entre Diego Rivera y Lupe Marín carece de tensión dramática, incluso cuando caricaturescamente la voz narrativa refiere sus discrepancias y pleitos; por ejemplo, cuando en el “Capítulo 8/La tierra fecunda” relata (con un gag de dibujos animados a la Hanna-Barbera Productions) que la protagonista y Concha Michel se confabulan y preparan para emboscar y “matar” al pintor por infiel: 
“—¿Por qué vienes a esta hora? —reclama Lupe, sus ojos verdes más verdes que nunca.
“—Mira lo que te traje —le tiende Diego una guitarra.
“Guadalupe se la ensarta en el cuello y todavía —por simpatía— resuenan algunas cuerdas de música aunque nadie las toque. Sus puñetazos dan en el pecho, sus patadas en el vientre y su fuerza lo obliga a entrar a la cocina; vuelan platos, vasos y cazuelas. Concha espera en lo alto del pretil y solo escucha el estrépito de la vajilla sobre el piso de mosaico. Después se hace el silencio. ‘Ahora, ¿qué pasa?’.
“—¡Ay, desgraciados!, estos dos ya se entendieron y esta cosa se amoló —adivina Concha.”
Concha Michel con su guitarra (c. 1928)
Foto: Tina Modotti
   
Compilación de Corridos Revolucionarios
1938-1939
 que interpretaba Concha Michel con guitarra y voz.
El grabado es de Gabriel Fernández Ledesma.
Nótese el atento perro sentado.
         Tal estilo chistosito y caricaturesco, muy de Elena Poniatowska, está presente a lo largo de la novela y se puede observar, por ejemplo, cuando en el mismo capítulo dibuja la supuesta imagen de Concha Michel, que en buena parte de la obra es la única amiga, cercana y constante, de Lupe Marín: “La camarada comunista Michel es pequeña y fuerte. Cabe en cualquier lugar y cuando pone las manos en sus caderas parece una jarrita de atole o una campanita de barro negro de Oaxaca.” Imagen pintoresca, folclórica y graciosa, como extraída de una tela o de un mural de Rivera, que ineludiblemente evoca la caricatura de sí misma que la narradora trazó en la entrevista que le hizo al arquitecto Luis Barragán, fechada en “Diciembre de 1976”, reunida en el tomo 1 de Todo México (Diana, 1990): “Pensé que no podría ser sacerdote porque besaba mucho a las mujeres llamándolas ‘linda’ y mirándolas con cariño. Se doblaba en dos para abrazarlas porque siempre eran más pequeñas, a veces se doblaba en cuatro, y en mi caso hasta en seis, porque siempre he sido del tamaño de un perro sentado.” Un perro xoloescuincle, se deduce, de la ancestral especie prehispánica, semejante a ciertos ejemplares que Diego Rivera trazó en cuadros, gráficas y muros, y a los perros itzcuintli que Frida Kahlo tuvo en la Casa Azul; uno se llamaba Xólotl y con un diminuto arquetipo de la especie se autorretrató en Perro itzcuintli conmigo (c. 1938). 

Perro itzcuintli conmigo (c. 1938),
óleo sobre tela de Frida Kahlo
     
Frida Kahlo y dos itzcuintlis en la Casa Azul (c. 1944)
Foto: Lola Álvarez Bravo
       Pero el caso es que el Diego Rivera de la novela, pese a los vaivenes de la vida y al carácter polémico, anticomunista, agresivo, peleonero y castrador de Lupe Marín, nunca la agrede y siempre la apoya, y de cuya creciente fama ella siempre busca sacar algún beneficio. En contraste, el vínculo y las desavenencias entre Jorge Cuesta y Lupe Marín sí presentan cierta tensión dramática, aunada a la intrincada y fragmentaria manipulación que la narradora hace de cartas y artículos periodísticos del autor del póstumo “Canto a un dios mineral” (1942), de los datos biográficos y bibliográficos sobre él, y de la leyenda negra que lo rodeó y aún rodea, como es el caso de su psicosis, de su presunta drogadicción, de sus experimentos químicos, de la supuesta búsqueda del elíxir de la eterna juventud, de sus confinamientos psiquiátricos, y el de su oscura y siniestra muerte ocurrida la madrugada del “jueves 13 agosto de 1942” “En el sanatorio del doctor Rafael Lavista, en Tlalpan”, “cuando aún no cumplía treinta y nueve años de edad”. Por ejemplo, en el “Capítulo 24/Poesía y química” se lee sobre Jorge Cuesta —quien en la vida real, entre 1921 y 1925, estudió en la Escuela de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional de México, pese a que no hizo su tesis ni se tituló, según dice Jesús R. Martínez Malo en la “Cronología” que pergeñó para el volumen Jorge Cuesta. Obras reunidas III (FCE, 2007): 

Jorge Cuesta
(1903-1942)
       “Salvador Novo, Xavier Villaurrutia y Julio Torri reciben a Aldous Huxley en la estación Buenavista.

“—Mi único interés en la Ciudad de México es ver a Cuesta, Lawrence me habló de su inteligencia —informa Huxley.
“En 1923, durante su estancia en México, a D.H. Lawrence le llamaron la atención los conocimientos del joven químico mexicano y jamás olvidó la certeza con que Cuesta le aseguró que ‘estaba a punto de descubrir el elíxir de la eterna juventud’.
“Se lo recomendó a Huxley pero no por su inteligencia, sino por su conocimiento de la marihuana, el peyote, los hongos alucinógenos a los que Cuesta recurre desde los veinte años. ‘He’s an expert, there’s no one like him’.
“En ese momento Jorge experimenta una forma sintetizada de marihuana de la que puede extraerse un energético.” 
   Y en el “Capítulo 15/Potrero”, cuando en 1929 Jorge Cuesta, ya casado con Lupe Marín, está con ella y sus dos hijas en el ingenio azucarero El Potrero, cercano a Córdoba, Ver., y tiene a su cargo el laboratorio, dizque “Le oculta que acostumbra inyectarse sustancias de su propia invención que lo transportan al paraíso.”  
D.H. Lawrence
(1885-1930)

     
Aldous Huxley
(1894-1963)
       Vale puntualizar que se infiere que en la vida real D.H. Lawrence en 1923 no conoció al veinteañero Jorge Cuesta (quien a esa edad aún no era “el más triste de los alquimistas” ni tal redomado y célebre drogadicto) y que el episodio de Aldous Huxley, quien tampoco lo conoció, ocurre supuestamente en 1933 —dado que en la vida real ese año viajó unas cuantas semanas por México, viaje que registró con xenofobia, ignorancia, megalomanía, tergiversaciones, misoginia y repulsión en su libro de viajes Beyond the Mexique Bay (Chatto & Windus, Londres, 1934)—, cuando Jorge Cuesta, en la novela, recién se ha separado de Lupe Marín (dizque se divorciaron en el Registro Civil de Coyoacán el 20 de septiembre de 1932), dizque vive en “la calle Moneda que desemboca en Catedral” y dizque ha sido nombrado “jefe del Departamento Técnico del laboratorio de la Sociedad de Productores de Alcohol, recién fundada por la Secretaría de Hacienda”. Según Martínez Malo esto ocurrió en 1937 y es cuando “Nombra a su colega Alfonso Bulle Goyri subjefe”. Pero en la novela esto ocurre en 1933 y es cuando Jorge Cuesta “Designa subjefe al químico Alfonso Bulle Goyri, que lo sigue como los apóstoles a Jesucristo. A Alfonso Bulle Goyri lo pasma la inteligencia de Cuesta: ‘Lo que hace en el laboratorio lo tiene en la cabeza y nunca escribe nada, pasa de una cosa a otra sin anotar fórmula alguna’, cuenta a los demás. Pero lo que más le sorprende es uno de los experimentos de Cuesta para quitarle a la estricnina su efecto nocivo. Delante de Bulle él mismo ingiere el veneno sin que le pase absolutamente nada.” 

Pero además de otros experimentos que hace Jorge Cuesta en ese “nuevo laboratorio”, como es la supuesta conversión de “desechos de aceite comestible en gasolina”, el legendario cambio de la “estructura molecular de la ergotina” y el legendario “Procedimiento para la producción sintética de sustancias químicas enzimáticas” que experimentó consigo mismo, más el descubrimiento del “secreto de la juventud” “después de largas horas de insomnio”, la novela de Elena Poniatowska incurre en otras libertades o desaguisados, según se vea. Por ejemplo, en ese mismo capítulo de “Poesía y química”, dice la voz narrativa después de aludir su recién nombramiento de jefe del laboratorio de la Sociedad de Productores de Alcohol:
    “Además del trabajo en la Sociedad de Productores de Alcohol, Jorge escribe para El Universal. Su artículo sobre José Clemente Orozco lo mantiene en ascuas. A las seis de la tarde acude a la redacción, en la calle de Bucareli:
    “—Se lo vamos a publicar, pero lo que vende son las crónicas de policía.”
 
Diego Rivera con sonrisa de vampiro, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco
        Chistosito, pero es inverosímil que le dijeran tal cosa, como si Jorge Cuesta fuera un principiante y por generación espontánea hubiera surgido en el fondo de un matraz o en un tubo de ensayo o de la nada y el escándalo periodístico iniciado en Excélsior el 19 de octubre de 1932 y el juicio, finalmente absolutorio de la demanda contra la revista Examen y su director, no hubiera tenido ningún eco en la prensa oficial, de derechas e izquierdas; a esto se añade el hecho de que el breve artículo: “La pintura de José Clemente Orozco”, no data de 1933, sino que fue escrito más tarde, puesto que apareció en El Universal el 15 de febrero de 1934, según lo anotaron Luis Mario Schneider y Miguel Capistrán en el segundo (de los cuatro libros) de la póstuma exhumación y acopio de poesías, artículos y ensayos dispersos de Jorge Cuesta titulados: Poemas y ensayos (UNAM, 1964). 
    Algo parecido ocurre cuando —según se lee en el mismo “Capítulo 24/Poesía y química”— tras el cierre de la revista Examen (el último y tercer número data del “20 de noviembre de 1932”, fecha que no cita la novelista), y ya Jorge Cuesta quesque anda en amoríos con Alicia Echeverría Muñoz, dizque escribe un “ensayo que lo hace recordar a Lupe: ‘La mujer en las letras’”, del que la narradora trascribe un fragmento. Pues en la vida real tal escueto ensayo se titula: “La mujer en las letras: Margarita Urueta”, y no data de 1933, dado que apareció el 3 de diciembre de 1934 en El Universal, según se lee en la citada recopilación. 
       
Elena Poniatowska a la Frida Kahlo
        Y en el “Capítulo 21/Faltas a la moral”, donde la narradora vaga, fragmentariamente y sin datar refiere que “El diario Excélsior inicia una campaña en contra de los Contemporáneos” —que derivaría en el juicio contra Examen y contra su director Jorge Cuesta, por las 18 “malas palabras” publicadas en varios capítulos de Cariátide, novela de Rubén Salazar Mallén, en los números 1 y 2 de la revista, correspondientes a “Agosto de 1932” y a “Septiembre de 1932”—, curiosa y paradójicamente, en vez de desbrozar y resumir el complejo intríngulis político —quizá alimentándose de la minuciosa indagación documental del caso que Guillermo Sheridan expone y analiza en Malas palabras. Jorge Cuesta y la revista Examen (Siglo XXI, 2011)— asume la superficial perspectiva de los acusadores, de quienes pusieron el grito en el cielo y el Jesús en la boca porque, dice, “El exceso de malas palabras de Salazar Mallén ofende a la moral y las buenas costumbres”:

“En la redacción de la revista participan Villaurrutia, Novo, José Gorostiza, Samuel Ramos, Julio Torri, Luis Cardoza y Aragón y Rubén Salazar Mallén, cuyo texto Cuesta decide publicar en el primer número. Es un adelanto grosero de su novela Cariátide, sin más valor que el de suscitar el escándalo [sic]. Salazar Mallén es un personaje singular que presume sus conquistas, vocifera secretos de alcoba y corre el riesgo de que lo consideren un charlatán porque su cuerpo distorsionado no ofrece una sola garantía. También las groserías le distorsionan el rostro. En las reuniones de café lo temen porque estalla como una olla a presión. Según Salvador Novo, podría ser el gran crítico literario de México si se dejara llevar por sus neuronas más que por sus hormonas. Algunos lo llaman la Suástica porque es un seguidor del nazismo.”
Rubén Salazar Mallén
(1905-1986)
       Vale objetar —al margen de su trazo de la personalidad de Salazar Mallén, quien cuenta su versión de los hechos en Adela y yo (México, 1957) y cuyo apodo la Suástica data de los años 40— que si bien los fragmentos de Cariátide denotan la baja calidad de la obra, de ninguna manera es “un adelanto grosero” que buscaba “suscitar el escándalo”. Si Elena Poniatowska hubiera leído esos soporíferos pasajes que se pueden leer en la edición facsimilar de Examen que el FCE publicó en 1980 y al término de la citada investigación documental, reflexiva y relatora de Guillermo Sheridan, quizá no hubiera dicho tal cosa y hubiera reseñado y resumido el beligerante contexto social y el meollo del histórico caso, de la polémica y del juicio, cuyo trasfondo católico, reaccionario, ideológico y político en contra del laicista y socialista Narciso Bassols, entonces poderoso Secretario de Educación Pública —y posible aspirante a suceder a Abelardo L. Rodríguez, presidente de México entre el 2 de septiembre de 1932 y el 30 de noviembre de 1934—, implica un flagrante atentado contra la libertad de expresión, que ella más o menos alude cuando transcribe sin datar unos fragmentos, como si fuera un alegato defensivo dicho por el poeta, diciendo que “Cuesta asiste a todas las audiencias y se defiende solo”. Fragmentos que Jorge Cuesta publicó y rubricó en los postreros “Comentarios Breves” que cierran el número 3 de la revista Examen, publicada el “20 de noviembre de 1932”. Y aunque apunta que “La revista alcanza a publicar tres números”, no dice que buena parte del tercer número abunda en la defensa de Examen. Allí, en la compilación de “Opiniones” sobre la “Consignación de ‘Examen’”, se lee un pasaje del escritor Xavier Icaza —el autor de Panchito Chapopote (Cvltvra, 1928)— que da someros indicios de por dónde iban los tiros:

Panchito Chapopote (Cvltvra, 1928), de Xavier Icaza,
ilustrado con grabados en madera de Ramón Alva de la Canal
“El escándalo hecho alrededor de ‘Examen’ es absurdo.
“Acusa una mentalidad pequeño-burguesa de mediados del siglo XIX. ‘Examen’ se ha limitado a seguir una corriente de avanzada de la época. Es una revista de vanguardia —en el buen sentido de la palabra.
“Si su lenguaje ha sido crudo, es porque así es el objeto que pinta. Y si no se correspondiera el lenguaje y su objeto, aquél sería falso, académico, ñoño— como si las prostitutas de Lautrec se disfrazaran de damas del gran mundo, o la carne del hampa de los cuadros de Orozco se cubriera con encajes o sedas.
“Una de las conquistas de la literatura contemporánea ha sido dar al lenguaje su papel verdadero, despojarlo de todo inútil adorno o artificio, convertirlo —como dice Barbusse— de ropa en piel.
“A esto se ha limitado ‘Examen’.
“‘Examen’, que es, por ahora, a pesar de sus posibles limitaciones, el índice de nuestra más refinada y avanzada cultura, como lo fueron la Revista Azul, Revista Moderna, La Nave, México Moderno, Pegaso, Ulises, Contemporáneos...”
Vale añadir que a lo largo de la contraportada del tercer número de la revista Examen se anunció la aparición de Cariátide, novela de Rubén Salazar Mallén, con un “Prefacio de Jorge Cuesta” e “Ilustraciones fotográficas de Manuel Álvarez Bravo”. Libro que nunca se hizo.
Antología de la poesía mexicana moderna ( 2ª ed., 1952),
con un prólogo de Rubén Salazar Mallén
        La censura a Examen evoca la censura a Forma, “Revista de artes plásticas”, “Patrocinada por la Secretaría de Educación Pública y la Universidad Nacional”, dirigida por el grabador y pintor Gabriel Fernández Ledesma y Salvador Novo de supuesto “censor”. El número 1 data de octubre de 1926 y el séptimo y último de 1928, en cuyo mes de mayo apareció la Antología de la poesía mexicana moderna con el sello de Contemporáneos y Jorge Cuesta en calidad de antólogo y prologuista. El motivo que suscitó la escatológica moralina y el escándalo de las persignadas “buenas conciencias” y que truncó la vida de la revista Forma, fue la foto de la taza del excusado de Edward Weston, reproducida en la página 18 con el rótulo de W.C. Al pie de la imagen y del nombre del autor se lee un fragmento (quizá escrito por el fotógrafo, dado que en la página anterior figuran cinco breves conceptos sobre la foto escritos por él) que transluce la mojigatería y la intolerancia que expelía el ñoño entorno de la época de la Guerra Cristera y del maximato y que finalmente los censuró: 

W.C. (1925), foto de Edward Weston publicada
en el número 7 de la revista Forma (1928),
la cual suscitó un escándalo y el cierre.
        “Los espíritus timoratos, encasquillados por la costumbre de justipreciar la belleza por ‘el asunto’, no entenderán jamás que esta estructura de porcelana blanca es tan hermosa en sí como la arquitectura de una flor o la de un fruto.

“No quedarán conformes con el goce de ver, y romantizando a la flor por su perfume y al fruto por su gusto, harán evocaciones así, de las cosas.
“Las imágenes, pues, no cobrarán en su mentalidad el valor intrínseco de su belleza desnuda y siempre estarán supeditadas al subjetivo de ‘lo moral’ o ‘lo soez’.”
Fuente (1917), ready-made de Marcel Duchamp
     
Fuente (1917), ready-made de Marcel Duchamp
Foto: Alfred Stieglitz
      No obstante, vale observar que tal imagen —que ineludiblemente evoca la celebérrima Fuente (1917), el ready-made-urinario de porcelana de Marcel Duchamp— no es de las mejores tomas que Edward Weston hizo en 1925 de ese excusado que estaba en el departamento de El Barco —el edificio de la Avenida Veracruz, en la Colonia Condesa de la Ciudad de México—, donde vivía con Tina Modotti. En la página 116 de Tina Modotti. Fotógrafa y revolucionaria (Plaza & Janés, 1998), Margaret Hooks apunta sobre la foto y el caso: “Durante la visita de Mercedes [hermana de Tina], Weston se obsesionó con el retrete de la casa de Veracruz. La ‘sensual curva de la divina forma humana’ que vio en el retrete estimuló por completo su sensibilidad creadora y fortaleció su teoría de que la ‘forma sigue a la función’. Así, instaló la Seneca 8x10 en el piso y permaneció largas horas a gatas en el baño, obstaculizando a todos el paso. Su asombro fue enorme cuando el retrete relució, luego de que la sirvienta Elisa lo restregara; no obstante, se mostró impávido ante las bromas respecto a sus propios esfuerzos. Brett [el hijo de Weston] ofreció sentarse en él para mejorar la imagen y la siempre romántica Mercedes sugirió llenar la taza con rosas rojas. Pero Edward perseveró y el resultado fue una exquisita imagen del object d’art de relumbrante porcelana, cuya aparición en Forma, una revista de arte subsidiada por el gobierno, creó un escándalo tal que provocó el cierre de la publicación.”

Tina Modotti en la azotea de El Buen Retiro (1923)
Foto: Edward Weston
     
La buena fama durmiendo (1938)
Foto: Manuel Álvarez Bravo
      Pese al paso del tiempo, la mojigatería y la intolerancia no se fueron y alcanzaron a La buena fama durmiendo (1939), una de las fotos más seductoras, bellas, enigmáticas y memorables de Manuel Álvarez Bravo, que él concibió ex profeso para ilustrar la portada del catálogo de la IV Exposición Internacional del Surrealismo, celebrada en la Ciudad de México, en 1940, en la Galería de Arte Mexicano de Inés Amor. Sobre la anecdótica realización de la imagen y sobre tal censura se puede leer un poco en el ensayo de Susana Kismaric que preludia las imágenes que se aprecian en el libro-catálogo Manuel Álvarez Bravo (MOMA/La Vaca Independiente, 1997).


VI de VII
Y propósito de los Contemporáneos y de otros desaciertos, en el “Capítulo 44/Diego Julián, el más lejano”, en torno a la muerte de Salvador Novo ocurrida el 13 de enero de 1974 y al suicidio de Jaime Torres Bodet el 13 de mayo de ese año, la contradictoria y azarosa voz narrativa de Dos veces única articula y recama una falacia que antecede una insidiosa falsedad que le cita o le atribuye a Efraín Huerta:
      “Con el paso de los años los Contemporáneos palidecen. Pocos los recuerdan, menos los estudian y muchos coinciden con Efraín Huerta: ‘En aquel tiempo los Contemporáneos estaban satisfechos de su obra, amenazaban a medio mundo con sonetos satíricos, se disculpaban de la desorientación ambiente, y decían estar ‘perfectamente sincronizados con el ritmo de los meridianos’. La verdad es que fue escasa su aportación. Con su conocimiento de lenguas, su sensibilidad y su cultura dieron —y ya es tiempo de acusar recibo— una serie de trabajos de la cual, dignamente, solo un diez por ciento debemos considerar como valiosa’.”
Efraín Huerta
(1914-1982)
Foto: Lola Álvarez Bravo
       Tal no es así, que, por ejemplo, parece que Luis Mario Schneider y Miguel Capistrán no hicieron el seminal y proteico acopio de los cuatro tomitos de los Poemas y ensayos de Jorge Cuesta, editados por la UNAM en 1964, reimpresos en 1978; cuarteta a la que Schneider, en 1981, añadió el quinto tomito titulado: Jorge Cuesta. Poemas, ensayos y testimonios; ni Elías Nandino, con un prefacio de él y otro de Rubén Salazar Mallén, no llevó a la imprenta, en 1958, a través de Editorial Estaciones, la Poesía de Jorge Cuesta, que es el omitido rótulo del “librito delgado aún si abrir” donde en el “Capítulo 47” el jovenzuelo “Juan Coronel, el transgresor”, descubre los poemas de quien fuera el segundo marido de su querida abuela Lupe Marín, con quien el “13 de marzo de 1930” tuvo un hijo llamado Lucio Antonio Cuesta Marín, malquerido por su madre y por sus hermanastras, quien estudió agronomía internado en la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo, donde, en el muro del fondo de la nave de la otrora capilla, su madre figuraba y figura desnuda y embarazada representando a La tierra fecundada (o La tierra fecunda), que quiso ser un poeta maldito, como su padre, y que en buena medida se malogró por el alcohol y su falta de talento.

Detalle de La tierra fecunda (1924), fresco de Diego Rivera
Modelo: Lupe Marín embarazada
Museo Nacional de Agricultura de la Universidad Autónoma de Chapingo
Elena Poniatowska a La Venus de Boticelli
Fotomontaje: Jesusa Rodríguez

VII de VII
Vale señalar que hay vertientes en la biografía de Lupe Marín que Dos veces única no explora. Por ejemplo, según dice Fabienne Bradu en el ensayo biográfico que le destina en su libro Damas de corazón (FCE, 1994), después de Jorge Cuesta, Lupe Marín “Volvió a enamorarse, esta vez de un torero y abogado jalisciense, Sergio Corona, que no alcanzó fama en los toros ni en la abogacía ni en su pasión por Lupe.” Y aunque Elena Poniatowska menciona que Lupe Marín fue “maestra de corte y confección, en la escuela Sor Juana Inés de la Cruz, cerca de La Ciudadela”, no desarrolla su vida en el salón de clases, que fue larga y constante, al parecer, pues según dice Bradu, “recibió la medalla Altamirano por sus 50 años de enseñanza”.
Lupe Marín
Nótese el rebozo, que es de los que usan las campesinas mexicanas,
y el moño que recoge su cabello, quizá de tafetán rosa mexicano. Y

que remite a la imagen con que Elena Poniatowska la traza en la
página 149 de Tinísima (Era, 1992), cuando en 1923 hace el papel
de cocinera en una fiesta en El Buen Retiro, la casona en Tacubaya
donde Tina y Weston vivían: “Con sus manazas en el aire y su chongo
apretado, Lupe cruzó su rebozo como cananas sobre la planicie de su
pecho y gritó:...”
    Pero Dos veces única no se limita a novelar lo relativo al hecho de que Lupe Marín fue mujer de Diego Rivera y de Jorge Cuesta y a que interactuó con personajes famosos, mexicanos y extranjeros, sino que al unísono de la interacción familiar y del trazo de la repelente personalidad de la protagonista, desde que conoce al pintor hasta que se hace vieja y muere —siempre proclive a la francofilia, a la moda francesa y al sobajamiento de los mexicanos—, bosqueja ciertos rasgos y azares del destino y de la personalidad del par de hijas que tuvo con el pintor: Guadalupe (Pico) y Ruth (Chapo); del susodicho hijo que tuvo con el poeta; de sus cinco nietos: Juan Pablo Gómez Rivera y Diego Julián López Rivera —hijos de Lupe Rivera Marín—; y Pedro Diego Alvarado Rivera, Ruth María de los Ángeles Alvarado Rivera y Juan Rafael Coronel Rivera —hijos de Ruth Rivera Marín—, arquitecta y funcionaria exitosa, fallecida por el cáncer en el seno el 17 de diciembre de 1969, cuando aún no cumplía 42 años. E incluso se mencionan dos nietos que Lupe Marín nunca conoció y que tal vez no existieron o no existen en la vida real. Se trata del par de hijos que Antonio Cuesta Marín tiene, en la novela, con una tal Julia López, según se narra en el “Capítulo 48/El sabio Mendoza”, llamados: Jorge Vladimir y Norma Patricia. Curiosamente, en la vida real sí hubo una Julia López, de rasgos negroides, que al parecer fue modelo de Diego en su estudio de las casas de Altavista, construidas por Juan O’Gorman entre 1931 y 1932, ex profesas para el pintor y Frida —actualmente sede del Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo—, y que Lola Álvarez Bravo fotografió embarazada en 1953. Y esa Julia López de la vida real es la que se alude en el “Capítulo 42/El dolor más grande”, cuando el chiquillo Juan Rafael Coronel Rivera —el hijo que Ruth Rivera Marín tuvo con el pintor Rafael Coronel, nacido “el 25 de mayo de 1961”— tiene “diez años” y “es un niño solitario” que vive en la casa de Altavista, donde su padre pinta encerrado en su estudio y en sí mismo, distante de su hijo y despreciando y agrediendo a sus hijastros. Según la voz narrativa, el niño Juan Coronel, huérfano de madre y ajeno a su progenitor: 
Julia López (1953)
Foto: Lola Álvarez Bravo
        “[...] repasa los catálogos que veía con Ruth [su madre] mientras su padre se dedica a una mujer pequeña y delicada, modelo en la Academia de San Carlos: Julia López. Desde que Rafael [Coronel] la vio en La Esmeralda [en 1952] recién llegado de Zacatecas y se quedó mudo ante su desnudez, Julia, con su pelo ensortijado y sus grandes ojos negros, se le quedó grabada. 

“La familia Rivera, enfurecida, le aplica la ley del hielo. Solo Lupe Marín llama a Juan Coronel:
“Oye, quiero hablar contigo muy seriamente.
“¿De qué, Guagua? 
“¿Te das cuenta de que está viviendo una negra en tu casa?”
Lupe Marín y el retrato que Diego Rivera le hizo en 1938
     
César Moro, Frida Kahlo, Jaqueline Lamba, André Breton, Lupe Marín,
Diego Rivera y Lola Álvarez Bravo (México, 24 o 25 de abril de 1938)
        Vale suponer que los aludidos en Dos veces única —no sólo de la estirpe Rivera Marín— pueden descubrir con facilidad las licencias que Elena Poniatowska sin duda se tomó al narrar detalles y aspectos íntimos de sus vidas y de la vida y personalidad de Lupe Marín. Por ejemplo, la nieta Ruth María, la Pipis, rebelde en su adolescencia y juventud, de la noche a la mañana, en el citado “Capítulo 48”, “abandona La Noria y a Lola Olmedo [con quien vivía] porque Rosa Luz Alegría le ofrece un puesto en la Secretaría de Turismo”. Y al poco tiempo de esto se convierte en flamante uniformada agente de la policía; es decir, en jefa de la UPAT (Unidad de Protección y Asistencia al Turista), agrupación femenil adscrita a la Dirección General de Policía y Tránsito del Distrito Federal, cuyo jefazo, en la novela, es nada menos que El Negro Durazo, tristemente célebre por su descarada corrupción y abuso de autoridad durante el régimen de José López Portillo, presidente de México entre el 1º de diciembre de 1976 y el 30 de noviembre de 1982; período durante el cual, de manos del deshonesto y retórico mandatario, Elena Poniatowska recibió el Premio Nacional de Periodismo 1978 en el rubro de “Reportaje, crónica y entrevista”. 

     
Elena Poniatowska recibe el Premio Nacional de Periodismo 1978
en la categoría de Reportaje, crónica y entrevista”. Se lo entrega el
presidente José López Portillo, entre Jesús Reyes Heroles y Víctor
Flores Olea. La acompaña su hija Paula.
        Vale precisar, entonces, que Rosa Luz Alegría fue Secretaria de Turismo entre el 13 de agosto de 1980 y el 30 de noviembre de 1982, y por ende, dado el tradicional cambio de gabinete, signado por la cacareada 
renovación moral”, ya con Miguel de la Madrid Hurtado en la silla del águila desde el 1º de diciembre de 1982, no es verosímil que la Pipis aún siga de jefa de la UPAT el 15 de septiembre de 1983, el día que Lupe Marín muere en la mañana y cuya tradicional noche patriótica ella quería pasar “en Palacio Nacional con Jorge Díaz Serrano” —“el único hombre que queda en México”, dijo, con quien quería vociferar el Grito—. Pero en el “Capítulo 50/Un día patrio”, al saberlo por teléfono, Ruth María, la Pipis, le anuncia entusiasmada a su abuela, a quien los nietos llamaban Guagua:
“—Qué bueno, Guagua, porque al otro día podrás verme desde el balcón presidencial encabezar el desfile con la UPAT y voy a llevar mi uniforme de gala. Soy la primera, la abanderada. 
“—¡Ay, qué horror!”
El Negro Durazo tras las rejas
     
Jorge Díaz Serrano y Miguel de la Madrid en la silla del águila
         Y más horror, horrorosísimo horror: además de que en la vida real el cada vez más desacreditado y mafioso Negro Durazo andaba prófugo y por ende sería detenido en el aeropuerto de San Juan Puerto Rico el 30 de junio de 1984, el ingeniero Jorge Díaz Serrano, ex aspirante a la presidencia y ex embajador en la URSS, el 15 de septiembre de 1983 estaba tras las rejas del Reclusorio Sur de la Ciudad de México, pues el 30 de julio de ese año fue desaforado de su fuero de senador y hecho preso tras entregarse por su propio pie, acusado ante la PGR por la Contraloría General de la Federación por el desfalco a PEMEX (cinco mil cien millones de pesos) al haber adquirido dos buques tanque con un sobreprecio (el Abkatum y el Cantarel), presunto delito cometido durante su gestión de director general de la paraestatal durante el sexenio del presidente José López Portillo, derrochador régimen signado por el delirio de la bonanza petrolera, el nepotismo, el compadrazgo, la demagogia (“¡Defenderé el peso como perro!”), la Guerra Sucia, las descomunales y faraónicas corruptelas, y la postrera y lacrimosa nacionalización de la banca privada (“¡Ya nos saquearon! ¡No nos volverán a saquear!”).




Elena Poniatowska, Dos veces única. Viñetas de Carmen Irene Gutiérrez Romero. Biblioteca Breve/Seix Barral. 1ª ed. México, septiembre de 2015. 416 pp.


lunes, 1 de agosto de 2016

El bosque de la serpiente



Nostalgia de la unidad primordial

El polígrafo Andrés de Luna (Tampico, 1955) era el marisabidillo del erotismo que en el extinto suplemento sábado (bajo la dirección de Huberto Batis) firmaba su columna Eros con el translúcido pseudónimo de Andreas der Mond. 

Andreas der Mond hojeando un sábado,
extinto suplemento del periódico mexicano unomásuno.
Foto de Huberto Batis, autor de Estética de lo obsceno

(y otras exploraciones pornotópicas) (UAEM, 1983)
        En 1992 la Editorial Grijalbo le publicó Erótica, la otra orilla del deseo, misceláneo libro de ensayos signado por tal erudición y lascivia, profusamente ilustrado en blanco y negro, que incluye Lapsus linguae, poema suyo donde celebra a ese “amado delirio” que es el ojo del trasero de una fémina con un tentador cuerpo de pecado. 


Andrés de Luna hojeando su libro Erótica, la otra orilla del deseo (1992)
Foto: Norma Patiño
  Para El bosque de la serpiente (Tusquets, 1998) optó por el cuento breve, cuyo conjunto, de 43 ejemplares, “fue finalista en el XIX Premio Internacional de Literatura Erótica La sonrisa vertical en 1996”.

El principal tufillo y afrodisiaco leitmotiv que permea buena parte de las variantes de este festín de Eros que oscila (con diversos matices e intensidades) entre lo sacro y lo perverso, es el hecho de que el hereje hace actuar en sus fantasías eróticas a una serie de sonoros nombres de rutilantes personajes de la literatura, el cine, las artes plásticas, la filosofía, la farándula, la música, el poder y la historia; por ejemplo, Adán y Eva, Gertrude Stein, Anaïs Nin, Greta Garbo, Miguel Ángel, William Blake, Gala y Salvador Dalí, la esposa de Paul Bowles y Henry Miller, José Rubén Romero, María Cristina de Nápoles, Catalina II de Rusia y Denis Diderot, Ava Gardner y Robert Graves, Vicent Van Gogh, Henri de Toulouse-Lautrec, Paul Gauguin, Johann Wolfgang Goethe, Adolf Hitler, Aldous Huxley, Joris-Karl Huysmans, James Joyce, Clark Gable, Bona y André Pieyre de Mandiargues, Pier Paolo Pasolini, Elvis Presley, Nastassja Kinski y Roman Polanski, Pierre Klossowski y Balthus, Tamara de Lempicka, Carlos VII de Francia, Peter O’Toole, Richard Wagner, el Marqués de Sade, Anthony Burgess, y otros más.


(Tusquets, México, 1998)
Ilustración de la portada: detalle de
La batalla del amor (c. 1880), lienzo de Paul Cézanne 
    Para sumergirse en tales páginas, hay que tener una visión muy distante de la mirada estrábica de un rancio y mocho señorito de la Liga de la Decencia; es decir, hay que poseer una mente libre y libertina para disfrutar (o por lo menos para leer) y corporificar en cuarta dimensión las lúbricas escenas que Andrés de Luna imagina en sus secuencias (no siempre narradas con óptima seducción), incluso aquellas que se ubican en el extremo de lo transgresor, repugnante, revulsivo y depravado, como es el caso de Hitler, cuyo vicio estriba en aspirar la fetidez de la mierda y en que la prostituta de turno defeque en su pecho (el clímax para él); o el caso del cineasta Pasolini, pasando vista, nariz y mano por una caterva de sucios, analfabetas y apestosos muchachitos árabes y luego dándose vida al succionar tres falos en una sesión; o el caso del príncipe Stefan de Serbia, abandonándose a un casual y frenético encuentro con otros dos mariquitas en una letrina de los baños del Sanborns del Ángel; o el del faraón Ferón, buscando, a través de mil y una mujeres que suelen hacer pipí sobre sus ojos ciegos, la esposa fiel cuya orina (“miel sagrada”, “espuma celestial”) le devuelva la perdida vista; o el de varios ayuntamientos lésbicos (más un macho cabrío), sodomías, bestialismos y orgías grupales.

Una ondulante Sherezada y Borges

Foto en Borges-Bioy. Confesiones, confesiones (Sudamericana, 2ª ed., Buenos Aires, 1998),
crónicas, relatos, entrevistas e iconografía de Rodolfo Braceli. Su pie de foto reza:
Comienzo de la década del 80, Jorge Luis Borges, odalisca mediante, 
en una noche para agregar a las Mil y Una...


       “Todos los hombres son el mismo hombre”, dijo Borges, quien en 1978, según consigna Emir Rodríguez Monegal en la cronología de Jorge Luis Borges. Ficcionario. Una antología de sus textos (FCE, México, 1985) —con “Edición, introducción, prólogos y notas” del crítico y biógrafo uruguayo, ganó “un segundo premio de un concurso de cuentos organizado por la revista Playboy: 500 dólares y una conejita de mascota”. Y tal ancestral prerrogativa parece cumplirse al pie de la letra cuando el hereje traza diversos enlazamientos profanos y frívolos. Pero también (o quizá sobre todo) al comparar el placer de los sentidos con la ambrosía o con la panacea universal; o la comunión sexual con el Paraíso o con una prueba de éste y por ende de la inapelable existencia de Dios. 
Así, el carácter sacro y ritual de la vivencia erótica puede implicar una revelación o constatación del Espíritu. 
William Blake, desnudo con su pareja en “el pequeño edén del patio” donde lee El Paraíso perdido de John Milton, piensa que los deleites de la carne son una bendición de Dios (“Lo demás es misterio y eso es parte de la sabiduría del Creador”). 
Algo semejante concibe y repite el alcohólico príncipe Christian VII ante el sexo de Lise, “la hetaira de alabastro”, “uno de los dones que Dios había concedido a Dinamarca”. “Beber de su entrepierna formaba parte de los hechos que transportaban al paraíso terrenal”, dice la voz narrativa. “¿Cómo puede alguien tildar de locura al que ha emprendido el viaje a las regiones donde Dios nos hace partícipes de sus bondades, de su extrema bienaventuranza y, por qué no decirlo, de su entrañable amor por nosotros?” 
Y pese a que el retorcido James Joyce suele rendir culto a los vapores de la mierda y del ano de una mujer con magros cuidados higiénicos, el momento de hundir y mover la lengua en tal hoyuelo le brinda un goce con una plenitud parecida: “hoy besa con fruición este orificio y se abren las puertas del jardín del edén”. 

Emmanuelle Seigner
  Estadio no muy distinto del que vive la maquillista y rubia Paulette al chupar el maná de la vagina de Emmanuelle Seigner, la actriz de Luna amarga (1992), filme de Roman Polanski: “Todavía contraída y con el orgasmo a cuestas, Paulette se arrodilla y asume la adoración a la diosa, se interna en esta humedad cubierta de pelo castaño. Nunca había probado nada semejante, éste es el bálsamo de la vida; las mieles íntimas que curarían a los enfermos y darían vida a los moribundos: ambrosía pura.”

Así las cosas, el matiz sagrado y ceremonial de la comunión erótica entre un hombre y una mujer (una epifanía condenada a repetirse y a multiplicarse por los siglos de los siglos), está dicho y cantado en esa especie de heterodoxa rogativa, de oración-celebración (algo tiene de poema en prosa) que es “De su propia imagen dividida”, el cuento que preludia El bosque de la serpiente, que inicia puntualizando: “Nuestro es el jardín del paraíso, nuestra es la bienaventuranza ante aquello que nos inquieta. Señor, permítenos ser Adán y Eva, dulces habitantes que rehacen los caminos, observan el paso de la serpiente y la ignoran.” 
Homenaje a Balthus
Foto de Norma Patiño en Erótica, la otra orilla del deseo (1992)
  Encarnando tales arquetipos primigenios y pletóricos de inocencia, pureza y sabiduría, no es difícil que una terrestre y efímera pareja sienta suyos algunos destellos, pese a que los convidados de piedra sean un dúo de feos, mortales, solitarios, enfermos, desahuciados, ateos y curtidos agnósticos: “Penetro en Eva y ella monta en mí para recibir los dones de mi virilidad que busca sus profundidades. La escucho gemir y ese sonido forma parte de la aurora que llega con el rubio sol estival. Arquea su cuerpo y siento una humedad que la moja y me perturba, anticipa nuestros goces comunes, me hace cerrar los ojos y vislumbrar este jardín que nos contiene y en el cual somos felices.” 


Jorge Luis Borges en 1968
Foto: Eduardo Comesaña
Ante tal visión y exultación se puede recordar la que Borges escribió en un pasaje de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, cuyo énfasis y sentido puede implicar cierta desnudez y el haber accedido a los misterios, al aroma y ambrosía de ciertas puertas celestiales: “En una noche del Islam que se llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es más dulce el agua de los cántaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo que esa tarde sentí.”

      No obstante, entre las certidumbres que se refieren en el cuento de Andrés de Luna, no faltan los viejos y ancestrales interrogantes: “Nunca sabremos qué misterios están presentes en esta cópula de hoy, en este acto que repetimos con infinito agrado porque nos hace uno y nos duplica nuestro saber. Siento cómo nos observas en las alturas, o entre las rocas que rodean este jardín del paraíso. Nada debe cambiar, tú eres nuestro guía, el enamorado del mundo y el erudito que palpa la Creación para comunicárnosla. La siento como parte de mí y la comparto con Eva. Huelo sus deyecciones y nada sucio encuentro en esos restos; ella hace lo mismo conmigo, incluso desea que mi orina la bañe, que haga espuma sobre su ombligo y sobre sus pechos de pezones levantados.”
Pero como en distintos cuentos o variaciones los representantes del inconsciente colectivo evocan o remiten al Jardín del Paraíso y al placer edénico, se puede concluir la nota con un puñado de fragmentos de una entrevista de Braulio Peralta al Nobel mexicano —El poeta en su tierra: diálogos con Octavio Paz (Grijalbo, 1996)—, donde éste habla del mito del jardín: 

Octavio Paz y Marie-José

En Octavio Paz (Júcar, Barcelona, 1975), con ensayo,
antología e iconografía de Jorge Rodríguez Padrón.
“Sí, hay muchos y todos ellos son el mismo jardín: es el espacio de la revelación. El jardín es naturaleza, pero naturaleza transfigurada. El jardín es uno de los mitos más antiguos y aparece en todas las civilizaciones. Piense en el Jardín del Señor, en el Edén, en el Paraíso Terrenal. Es el reino perdido: la inocencia del primer día. El jardín simboliza la unidad primordial, fundada en el pacto entre todos los seres vivos. En el paraíso el agua habla y conversa con el árbol, con el viento, con los insectos. Todo se comunica, todo es transparente. El hombre es parte del todo. La ruptura del pacto, la expulsión del jardín, es el comienzo de la inmensa soledad cósmica: las cosas, desde los átomos a los astros, caen en sí mismas, en su realidad solitaria; los hombres caen en el abismo transparente de su conciencia sin fin... El jardín restaura, así sea parcial, provisionalmente, el pacto del principio, la unidad original de la pareja, la reconciliación con la totalidad cósmica.” 

“El jardín es el teatro de los juegos de la infancia y de los juegos pasionales del amor.” 
“La existencia de jardines en todas las civilizaciones y sociedades se explica, quizá, por la universalidad del deseo que satisface esa singular creación. Nostalgia de la unidad primordial entre el mundo humano y el mundo natural. Restaurar esa unidad, así sea precariamente, es entrever nuestra condición original.”



Andrés de Luna, El bosque de la serpiente. Colección La sonrisa vertical, Tusquets Editores. México, 1998. 180 pp.


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Enlace a Es rubia el cabello suelto, versos de José Martí; música y voz de Pablo Milanés: http://www.youtube.com/watch?v=VVbfoIUFPdg

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Respuesta a Patricia Damiano (ver comentario).  Lo injuriante es aderezo tuyo. Tienes un punto de vista mojigato y nada lúdico, característico de una censora de la Vela Perpetua y de Liga de la Decencia. Supongo que, semejante al ciego bibliotecario Jorge de Burgos, catalogas la risa como prohibida, obscena y pecaminosa (no se diga el sexo y el erotismo) y que prefieres regocijarte con una foto de Borges al ser condecorado con la Gran Cruz de la Orden Bernardo O’Higgins, otorgada por Pinochet y los militares golpistas y genocidas, o en Buenos Aires dándole la mano al general Videla y luego diciendo: “He saludado a esa Junta de caballeros”.



jueves, 9 de junio de 2016

Borges en Sur

Érase el hombre invisible en Buenos Aires

Nacido el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, Argentina, Jorge Luis Borges murió el 14 de junio de 1986 en Ginebra, Suiza. Editado en Buenos Aires por Emecé, en marzo de 1999, dentro del contexto de las celebraciones mundiales del centenario de su nacimiento, Borges en Sur, con nueve mil ejemplares, es una antología de las colaboraciones con que Borges, entre 1931 y 1980, participó en Sur, la revista fundada por Victoria Ocampo, gracias al entusiasmo y a la persuasión de Waldo Frank y de Eduardo Mallea, pero bautizada por Ortega y Gasset “en una casi legendaria conversación telefónica” que éste y Victoria Ocampo sostuvieron entre Buenos Aires y Madrid, según cuenta María Esther Vázquez en su biografía: Borges. Esplendor y derrota (Tusquets, 1996): “Llamar a larga distancia en aquellos días no era fácil ni barato. Pero ella había hecho antes y haría después cosas bastante más difíciles.”

 
Victoria Ocampo
Foto: Man Ray
       Borges en Sur
es una miscelánea. La edición, con visibles erratas, fue “cuidada” por Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Socchi, autoras, al parecer, del acopio, exclusión, orden, notas y manualidad del libro, lo cual comprende dos prólogos sin firma: una “Nota del editor” y otra “Sobre la revista Sur”, que preceden las 101 colaboraciones antologadas, divididas en seis apartados: “Artículos” (que cierra con “Variación”, poema de Borges “no incluido en libro alguno”), “Traducciones”, “Notas”, “Cine”, “Los libros” y “Miscelánea”. 
   Vale recordar, entre paréntesis, que Sara Luisa del Carril es la autora del exhaustivo acopio y anotación del póstumo tomo: Jorge Luis Borges. Textos recobrados. 1919-1929 (Emecé, 1997); y con Mercedes Rubio de Socchi de los siguientes dos títulos que completan la trilogía: Jorge Luis Borges. Textos recobrados. 1931-1955 (Emecé, 2001) y Jorge Luis Borges. Textos recobrados. 1956-1986 (Emecé, 2003). 
   
Jorge Luis Borges en 1943
Foto: Gisèle Freund
(Emecé, Buenos Aires, 1999)
        En Borges en Sur cada colaboración incluye, al pie, la ficha de la revista donde fue publicada (número anual, número de serie, fecha), más la referencia (si es el caso) de otro título donde la misma colaboración fue incluida, lo cual, en gran parte, se limita a tres rarezas bibliográficas: Borges y el cine (Sur, 1974), antología de artículos de Borges con un ensayo de Edgardo Cozarinsky; Páginas de Jorge Luis Borges seleccionadas por el autor (Celtia, 1982), con un prefacio de Alicia Jurado; y Jorge Luis Borges. Ficcionario. Una antología de sus textos (FCE, 1985), con edición, introducción, prólogos, notas y cronología de Emir Rodríguez Monegal. A esto se añaden tres notas intermedias y los índices: el “Indice temático”, dividido en 14 grupos; el “Indice cronológico”, con una nota preliminar, que desglosa las fichas bibliográficas de las 189 colaboraciones de Borges en la revista Sur, de 1931 a 1980, indicando, con un asterisco, las 101 antologadas en el presente libro; el índice de los textos de Sur publicados en los libros reunidos por Borges en el legendario volumen de sus Obras completas (Emecé, 1974), con otra nota preliminar, y que en buena parte son los textos excluidos de Borges en Sur; y, por último, el “Indice general”. 
Obras completas (Emecé, 14a. ed, Buenos Aires, 1984),
cuya primera edición data de 1974.
        En la anónima “Nota del editor” se informa que 75 de las colaboraciones de Borges en Sur han sido publicadas en el citado tomo de las Obras completas de Borges. Que 33 se hallan en las susodichas antologías: la de Edgardo Cozarinsky, la prologada por Alicia Jurado, y la editada y anotada por Emir Rodríguez Monegal. Que 65 son inéditas “en forma de libro”, lo cual se reitera en el cintillo publicitario que rodeaba al libro aún sin abrir e implica el énfasis de la rimbombante novedad, y el hecho de que ahora los lectores de diversas latitudes del orbe pueden acceder, en un solo volumen, a tales rarezas de la arqueología borgeana, lo cual no era fácil, incluso para los argentinos, si se considera lo que se apunta al término de la misma nota: 

       “Agradecemos a Irma Zangara que nos facilitó parte del material.
   “Agradecemos especialmente a la Librería Aquilanti [en Buenos Aires] que con toda     generosidad nos ha permitido consultar la colección completa de Sur en reiteradas oportunidades.” 
   
Cintillo de Borges en Sur (Emecé, 1999)
          Cabe observar, que Irma Zangara —recopiladora de Borges en Revista Multicolor. Obras, reseñas y traducciones inéditas de Jorge Luis Borges. Diario Crítica: Revista Multicolor de los Sábados 1933-1934 (Atlántida, 1995)— fue vicepresidenta de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, fundada en Buenos Aires, “el 24 de agosto de 1988”, por María Kodama —se dice en su página web—, la viuda y heredera universal de los derechos de autor de la obra de Borges. “La fundación ocupa el edificio de la calle Anchorena 1660, próximo a la casa en que Borges vivió con su familia a fines de la década de 1930. María Kodama la adquirió después de algunas dificultades e indecisiones en 1994 [sic]. Compró la propiedad, la renovó e inauguró la Fundación en la primavera de 1995 [sic]. Contiene la biblioteca de Borges y fotografías suyas, varios adornos y objetos pertenecientes al escritor y además un banco de datos para uso de estudiantes e investigadores.” Apunta el escurridizo James Woodall en su controvertida biografía: La vida de Jorge Luis Borges. El hombre en el espejo del libro (Gedisa, 1998). 
Iniciadores de la revista Sur en 1930:
En la fila de atrás (de pie y de izquierda a derecha): Eduardo J. Bullrich, Jorge Luis Borges, Francisco
Romero, Eduardo Mallea, Enrique Bullrich, Victoria Ocampo y Ramón Gómez de la Serna; sentados
(de izquierda a derecha): Pedro Henríquez Ureña, Oliverio Girondo, Norah Borges de De Torre,
María Luisa Olivier, Carola Padilla, Ernest Ansermet y Guillermo de Torre. La fotografía que
aparece en la mesita de la derecha es de Ricardo Güiraldes.


Foto en La vida de Jorge Luis Borges. El hombre en el espejo del libro (Gedisa, 1998)
        Borges estuvo en el primer comité de Sur. Y Guillermo de Torre —autor de Literaturas europeas de vanguardia (Caro Raggio, 1925) y de los tres tomos de Historia de las literaturas de vanguardia (Guadarrama, 1971), quien en 1928 se casó con Norah, hermana de Borges, y correligionario de éste en la vanguardia ultraísta (primero en España y luego en Buenos Aires)—, fue el primer secretario de redacción de la revista. La primera colaboración de Borges en la revista Sur, publicada en el número 1, en enero de 1931, fue el ensayo “El coronel Ascasubi” —no antologado en Borges en Sur—, luego reunido, con el título “La poesía gauchesca”, en la edición de 1957 de Discusión (Gleizer, 1932); libro que también incluye “El Martín Fierro”, la tercera colaboración de Borges en la revista, tampoco incluida aquí, publicada en el número 2, en mayo de 1931. Y la última, editada en el número 347, de julio-diciembre de 1980, fue una “Carta de Borges a Victoria Ocampo”, que no figura en Borges en Sur.

   
Victoria Ocampo
     
Sur número 1
(enero de 1931)
       En este sentido, la colaboración más antigua de Borges antologada en Borges en Sur es la cuarta, aparecida en el número 2, en mayo de 1931, que comprende tres poemas de Langston Hughes traducidos al español por Borges, precedidos de los originales en inglés. Y la menos vieja de las antologadas es la 188 (que cierra el libro): “Homenaje a Victoria Ocampo”, impresa en el número 346, de enero-junio de 1980, y es el póstumo discurso que Borges dijo el “15 de mayo de 1979” en la sede de la UNESCO, en París, pues Victoria había muerto de un cáncer de garganta el 27 de enero de ese año. En el texto (una forma del brindis), Borges glorifica e idealiza el cosmopolitismo de Victoria Ocampo. Con su previsible cortesía y humor, refiere, entre otras cosas, el hecho de que nunca fueron amigos íntimos y que siempre estaban en desacuerdo; no obstante, Victoria lo reconoció y tributó con la edición del legendario e iconográfico Diálogo con Borges (Sur, 1969) que ella ex profeso, y en torno a su 70 aniversario, sostuvo con él. Pero también Borges bosqueja su elección para la revista Sur y la diligencia de Victoria para su nombramiento, en 1955, como director de la Biblioteca Nacional de la Argentina: 
 
Victoria Ocampo entre Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges
Mar del Plata, marzo 17 de 1935
        “El recuerdo de Victoria Ocampo me acompañará siempre. Yo no era nadie, yo era un muchacho desconocido en Buenos Aires, Victoria Ocampo fundó la revista Sur y me llamó, para mi gran sorpresa, a ser uno de los socios fundadores. En aquel tiempo yo no existía, la gente no me veía a mí como Jorge Luis Borges, me veía como hijo de Leonor Acevedo, como hijo del Dr. Borges, como nieto del coronel, etc. Pero ella me vio a mí, ella me distinguió cuando casi no era nadie, cuando yo empezaba a ser el que soy si es que soy alguien todavía, porque a veces tengo mis dudas, a veces creo que soy una superstición de ustedes y ustedes me han inventado, sobre todo Francia me ha inventado. Yo era el hombre invisible de Wells en Buenos Aires y luego recibí aquel premio internacional. Bueno, ahí votó por mí Roger Caillois y entonces empezaron a verme en Buenos Aires, se dieron cuenta que yo estaba allí y todo eso lo debo también a Victoria Ocampo. Fui nombrado director de la Biblioteca Nacional después de los años aciagos de la dictadura de cuyo nombre no quiero acordarme y debo eso a la iniciativa de Esther Zemborain de Torres y de Victoria Ocampo. A ellas se les ocurrió que yo podía ocupar el sillón de Groussac y de Mármol. A mí me pareció que eso era imposible. Les dije: ‘Quien mucho abarca poco aprieta, yo preferiría dirigir la Biblioteca de Lomas de Zamora’, que es un pueblo que está al sur de Buenos Aires. Victoria me dijo: ‘No sea idiota’. Efectivamente, ocupé el sillón de Groussac. Yo dirigí aquella biblioteca y descubrí que se cumplía en mí un hecho que voy a recordar ahora. El hecho es éste: Groussac había sido ciego y había dirigido la biblioteca. A mí me dieron un tiempo los 900.000 volúmenes (habrá menos ahora, habrán robado muchos sin duda, digamos unos 800.000 ahora) de la Biblioteca Nacional y descubrí que estaba ciego, apenas podía descifrar las carátulas y los lomos de los libros. Entonces escribí un poema, pero una vez que escribí esos poemas sobre Dios, que con magnífica ironía me dio a la vez los libros y la noche, descubrí que esa dinastía era triple, ya que José Mármol, el olvidado novelista argentino, que ha fijado para todos los argentinos y quizás para toda América la imagen no sé si más fiel pero sí la más vívida del tiempo de Rosas, había sido también ciego. De modo que parece algo misterioso, parece que es muy peligroso ser Director de la Biblioteca, porque uno corre el albur de ser ciego, pero como yo soy el tercero, quizás sea el último. El número tres tiene una significación. Si me piden un recuerdo de Victoria, es curioso, yo recuerdo que nunca estábamos de acuerdo y que siempre nos queríamos mucho, y no nos poníamos de acuerdo, pero éste es un rasgo grato, el hecho de poder estar en desacuerdo con alguien es mucho y ya que estoy en Francia, quiero recordar también a un hombre a quien recuerdo siempre, Pierre Drieu La Rochelle. Yo lo conocí, Victoria lo había invitado, fue uno de los dones que Victoria hizo a nuestro país, y recuerdo que salimos a caminar por los arrabales de Buenos Aires. No sé si era por Chacarita, por el puente de Alsina, por Barracas, no recuerdo muy bien dónde, pero de pronto sentimos la gravitación de la llanura. Habíamos dejado las casas y estábamos entrando en el campo, entonces Drieu dijo una cosa que no recogió en ningún libro, pero que es la definición de la llanura, que todos los escritores argentinos hemos buscado, con la cual no hemos dado. Fue necesario que aquel normando viniera y nos la dijera. Dijo: ‘Vertige horizontal’, es la expresión magnífica, una hermosa metáfora.
   
Victoria Ocampo y Pierre Drieu La Rochelle
      “Pues bien, a Victoria le interesaba la literatura francesa, pero no sólo los autores ilustres sino los escritores medianos, por ejemplo si yo hacía una alusión a Gide, Victoria la conocía desde luego. Si yo aludía al Sr. Sherlock Holmes y su amigo el Dr. Watson ella indudablemente los conocía también. Frecuentaba a Leroux también, y me parece que el hecho de conocer a los escritores menores, de conocer el slang de los diversos idiomas, esa es la verdadera intimidad con un país. Y ahora sólo me resta decir que es importante honrar a Victoria, pero que es más importante ser dignos de aquella alta memoria de Victoria Ocampo. Debemos tratar de continuar su labor, debemos tratar de interesarnos no en un solo país, en un solo proceso histórico, sino iniciar esa aventura imposible y generosa de la humanidad, debemos interesarnos en el universo. Muchas gracias.” 
José Bianco
(1908-1986)
       Entre 1938 y 1961, José Bianco estuvo en la redacción de Sur, primero como secretario y luego como jefe. “Fueron sin duda los años más fecundos de Sur”, se reitera aquí. Su novela Las ratas (Sur, 1943) fue reseñada por Borges en el número 111, de enero de 1944, reseña incluida en Borges en Sur. Luego de que cierta Comisión Nacional de Cultura no otorgó el Premio Nacional de Literatura a El jardín de senderos que se bifurcan (Sur, 1941) , José Bianco, en el número  94 de Sur, de julio de 1942, publicó el legendario “Desagravio a Borges”, conjurado por él y Eduardo González Lanuza. Bianco murió el 24 de abril de 1986 y Borges el 14 de junio del mismo año. Pero como indicios del afecto que los vinculó, pueden leerse dos textos: el prólogo que Borges fechó en “Buenos Aires, 18 de septiembre de 1985”, ex profeso para Ficción y reflexión, volumen antológico de la obra de Bianco editado en México, en 1988, por el FCE. Y en tal tomo, entre las páginas donde José Bianco recuerda a Victoria Ocampo, a la revista Sur, y a Borges, hay una crónica memoriosa de 1986 titulada “Borges”. Allí, Bianco evoca:  

   
(FCE, México, 1988)
       “Mi relación con Borges se hizo más asidua a través de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. Tantas veces he comido con Borges en casa de ellos, primero en Coronel Díaz, después en Santa Fe, después en Aguado, y por último en Posadas, donde viven actualmente, en la misma casa donde lo conocí. Cuando entré a trabajar a Sur, en mayo de 1938, pocas cosas me daban más alegría que las colaboraciones de Borges. Me parecía, en cierto modo, que justificaban la revista. Recuerdo que a consecuencia de una operación en la que estuvo a punto de morir (en aquella época no existían los antibióticos) Borges temió por su integridad mental. Durante la convalecencia y después, ya curado, decidió abordar un género nuevo, escribir algo completamente distinto de lo que había hecho hasta entonces; que no se pudiera decir: ‘Es mejor o peor que el Borges de antes.’ Así nació su primer cuento fantástico de inspiración metafísica: ‘Pierre Menard, autor del Quijote’. Borges estaba tan preocupado por el texto que acababa de entregarme —quizá ni él mismo se daba cuenta clara del resultado de su talento—, que a la mañana siguiente me llamó para saber qué me había parecido. Le dije la verdad: ‘Nunca he leído nada semejante’, y me apresuré a publicarlo, encabezando el número 56 de Sur.” Número correspondiente a mayo de 1939 y cuento que Borges compiló en su citado libro: El jardín de senderos que se bifurcan (Sur, 1941), luego integrado como primera sección de Ficciones (Sur, 1944). 


Jorge Luis Borges, Borges en Sur. 1931-1980. Antología y edición al cuidado de Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Socchi. Emecé Editores. Buenos Aires, marzo de 1999. 360 pp.