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domingo, 21 de febrero de 2016

Baudolino


Los Reyes Magos, el aleph y las  mil y una aventuras 
                                   

I de II
El celebérrimo semiótico, catedrático y narrador Umberto Eco (Alessandria, Piamonte, enero 5 de 1932-Milán, Lombardía, febrero 19 de 2016) tiene en su haber siete novelas: El nombre de la rosa (1980), El péndulo de Foucault (1988), La isla del día de antes (1994), La misteriosa llama de la reina Loana (2004), El cementerio de Praga (2010), Número cero (2015) y Baudolino, la cual apareció por primera vez en “piamontés” el año 2000, editada en Milán por Bompiani; y en español, traducida por Elena Lonazo Millares (quien acota sus avatares en sus postreras “Notas al margen de la traducción”), fue impresa en Barcelona, en el 2001, por Editorial Lumen.
Palabra en el Tiempo núm. 309, Editorial Lumen
Barcelona, 2001
  Baudolino es una novela fantástica, donde ocurren mil y una aventuras. En ella hay una fecha alrededor de la cual se dibuja un círculo: miércoles 14 de abril de 1204, día de la caída de Constantinopla en manos de las saqueadoras huestes de la cuarta Cruzada. Esto es así porque los sucesos de la novela comienzan y casi concluyen ese día, cuando el héroe de la narración: Baudolino, salva a Nicetas Coniates en la Iglesia de Santa Sofía y lo esconde con sus amigos genoveses. Nicetas Coniates, además de sibarita y ministro del Imperio Romano de Oriente, también es historiador, y por ende Baudolino se propone contarle los pormenores de su vida, para que luego Nicetas los escriba, y para ello le entrega el manuscrito de su primer intento de escribir su autobiografía (capítulo con que inicia la novela), el cual data de “diciembre de 1155”; es decir, de cuando tenía 14 años de edad y alrededor de un año antes de que lo adoptara Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano, quien durante un viaje por Italia, al atravesar la Frascheta, tierra donde Baudolino nació en 1141, oyó el parloteo de éste, dizque visionario y clarividente. 

   En este sentido, la novela de Umberto Eco, con 40 capítulos titulados, se desglosa en dos vertientes entreveradas entre sí. Por un lado transcurre la degustación culinaria y el diálogo que el historiador Nicetas Coniates y Baudolino sostienen, mientras éste le cuenta sus vivencias y andanzas, ya ocultos en la casa de sus amigos genoveses (en tanto arde y es atracada Constantinopla), ya disfrazados en la caravana que los lleva de Constantinopla a Selimbria y cuando ya están exiliados allí. Por el otro, se suceden los episodios donde Baudolino rememora las extraordinarias aventuras y las peripecias de su destino, las cuales casi concluyen ese miércoles 14 de abril de 1204, pues tal día se entroncan con su encuentro y rescate de Nicetas Coniates a punto de ser ultimado por los crucíferos en la Iglesia de Santa Sofía. 
 
Umberto Eco
(1932-2016)
        En la urdimbre de su novela, Umberto Eco empleó fechas, datos y nombres históricos (Nicetas Coniates y Federico Barbarroja, por ejemplo) y un abundante acopio bibliográfico no sólo relativo a la Edad Media. En este sentido, Baudolino es un divertimento dirigido al eterno joven que habita en todo lector (sea viejo o no) y que a Umberto Eco lo convierte en una fina aleación en la que confluyen y subyacen Alexandre Dumas, Emilio Salgari, Julio Verne, Marco Polo, el capitán Richard Francis Burton y demás estirpe, heredero de la insaciable tradición oral que engendró Las mil y una noches y los mitos y supercherías que trazaron las estampas de la zoología fantástica que habita en los bestiarios del Medioevo y que un neófito lector de estas latitudes del idioma español puede entrever y apreciar, por ejemplo, en El libro de los seres imaginarios (Kier, Buenos Aires, 1967), de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero; en el Diccionario ilustrado de los monstruos (José J. de Olañeta, Editor, Barcelona, 2000), de Massimo Izzi; y en Animalesfabulosos y demonios (FCE, México, 2010), de Heinz Mode. Bagaje complementado, si se quiere, por algún diccionario de símbolos: el Diccionario de símbolos (Paidós, Barcelona, 1993), de Hans Biedermann (“Con más de 600 ilustraciones”), el Diccionario de símbolos (Siruela, Madrid, 7ª ed., 2003), de Juan Eduardo Cirlot (con su buen acopio de imágenes) y el Diccionario de los símbolos (Herder, Barcelona, 5ª ed., 1995), de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant (voluminoso, ilustrado y erudito).
   
(José J. de Olañeta, Editor, Barcelona, 2000)
     Para ejemplificar el bestiario que pulula en la novela de Umberto Eco, se podrían enumerar los nombres y las características de la monstruosa e híbrida fauna que Baudolino y los suyos, disfrazados de los doce Reyes Magos, encuentran al salir de las tinieblas de Abcasia, donde la mordida y el veneno de un mantícora ponen punto final a Abdul, uno de los entrañables amigos del protagonista desde sus juveniles correrías de estudiantes en París. El catálogo de ejemplares (enredados en eternas disquisiciones de sus teologías bizantinas) que once de los supuestos doce Reyes Magos hallan en Pndapetzim, la ciudad escarpada y rocosa donde una horda de eunucos mantiene vivo y distante a un joven enfermo y velado, el Diácono, supuesto sucesor del Preste Juan, cuyo cristiano reino en Oriente aún está lejos, se dice, y donde desde hace cientos de años se espera el retorno de los doce Reyes Magos. 
 
(Emecé Editores, 9ª ed., Buenos Aires, mayo de 2005)
        El mórbido Diácono es un ávido e insaciable lector de los prodigios de Occidente y antes de escuchar fascinado los relatos que le narrará Baudolino y por ende hacerse su amigo, pide que los once Reyes Magos le hablen de las maravillas de las que él ha leído, entre ellas un orificio en una escalera que a todos luces es una especie de aleph de prosapia borgeseana, incluida la enumeración, dado que Borges era proclive a ellas (y su homónimo alter ego las utiliza al enumerar las simultáneas visiones que observa a través de “la pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor”): 
 
Borges y el aleph
         “[...] Si en aquella misma ciudad [se refiere a Roma] había una gran construcción circular donde ahora los cristianos se comían a los leones y en cuya bóveda aparecían dos imitaciones perfectas del sol y la luna, del tamaño que efectivamente tienen, que recorrían su arco celeste, entre pájaros hechos por manos humanas que cantaban melodías dulcísimas. Si bajo el suelo, también él de piedra transparente, nadaban peces de piedra de las amazonas que se movían solos. Si era verdad que se llegaba a la construcción por una escalera donde, en la base de un determinado escalón había un agujero desde donde se veía pasar todo lo que sucede en el universo, todos los monstruos de las profundidades marinas, el alba y la tarde, las muchedumbres que viven en la Ultima Thule, una telaraña de hilos del color de la luna en el centro de una negra pirámide, los copos de una sustancia blanca y fría que caen del cielo sobre el África Tórrida en el mes de agosto, todos los desiertos de este universo, cada letra de cada hoja de cada libro, ponientes sobre el Sambatyón que parecían reflejar el color de una rosa, el tabernáculo del mundo entre dos placas relucientes que lo multiplican sin fin, extensiones de agua como lagos sin orillas, toros, tempestades, todas las hormigas que hay en la tierra, una esfera que reproduce el movimiento de las estrellas, el secreto latir del propio corazón y de las propias vísceras, y el rostro de cada uno de nosotros cuando nos transfigure la muerte [...]”



II de II
Cerca de la escarpada y rocosa ciudad de los míticos monstruos: Pndapetzim, en el lago de un espeso bosque, Baudolino vislumbra la variante de una estampa clásica, una epifanía: la dama y el unicornio. Ella es Hipatia y con ella conoce la plenitud afectiva y erótica, pese a que debajo de su túnica descubre que la especie de las hipatias (cada hipatia con su correspondiente unicornio) son la contraparte de los sátiros (que nunca ha visto nadie, ni siquiera las hipatias, y a quienes ellas llaman “fecundadores”); es decir, su belleza de Venus acaba en el vientre, pues de allí para abajo tiene formas caprinas, piernas peludas y “dos cascos color marfil”. 
La dama y el unicornio (À mon seul désir)
Tapiz flamenco del siglo XV
Museo Nacional de la Edad Media de París (o Museo de Cluny)
   Al huir de Pndapetzim, invadida y masacrada por los hunos blancos, Baudolino y los suyos (de los supuestos once Reyes Magos que llegaron, ya sólo restan seis hombres y el esciápodo Gavagai) caen en las garras de los cinocéfalos, seres con cuerpos humanos y cabezas de perros, quienes los encierran en el castillo de Aloadin, del que otrora, en París, a Baudolino le narrara Abdul y donde éste estuvo preso de niño y donde conoció el paraíso onírico suscitado por la ingestión de la miel verde. Allí, los cinocéfalos los esclavizan durante varios años y sólo logran salir y huir prendidos de las patas de simbáticas y descomunales aves roqs. En la huída muere el esciápodo Gavagai (quien era un ejemplar de la especie de los rapidísimos y ágiles seres de Pndapetzim que sólo poseen una pierna) y también fallece el rabí Solomón (creyendo visualizar las diez tribus perdidas de Israel); no obstante, las aves roqs, adiestradas como pájaros mensajeros de Aloadin, los llevan en un larguísimo vuelo de días y noches hasta Constantinopla, donde la ocupación de los crucíferos de la cuarta Cruzada, a partir del miércoles 14 de abril de 1204, ya se avecina.    
  En tal sentido, la novela de Umberto Eco es también el recuento de los dramáticos fracasos que signan la vida de Baudolino. Fracasó ante Beatriz, la esposa de Barbarroja, de quien estuvo platónicamente enamorado. Ante Colandrina, la adolescente de Alejandría (en la Frascheta) que durante un brevísimo tiempo fue su esposa, quien muere embarazada de él bajo la estampida de un rebaño de ovejas. Ante la susodicha Hipatia, su amor más intenso, perdida, junto con el futuro vástago de ambos, ante la huída, matanza y destrucción suscitada en Pndapetzim por el ataque de los hunos blancos, cuyo fracaso es mayor (no obstante el humor de Umberto Eco al trazar la batalla), pues Baudolino encabezaría las columnas de los monstruos entrenados para la guerra por los suyos, además de que en el combate mueren buena parte de éstos (con Baudolino —ya lo apuntó el reseñista— eran once supuestos Reyes Magos y al huir de allí ya sólo quedan seis hombres y el esciápodo Gavagai). Tales siete sobrevivientes vivieron largos años presos, encadenados y esclavizados en el castillo de Aloadin, donde realizaban los trabajos más miserables y sórdidos; y en la fuga de allí a Constantinopla, prendidos de las patas de las aves roqs, también mueren —se anotó líneas arriba— el esciápodo Gavagai y el rabí Solomón. 
(FCE, 2ª  ed., México, 2010)
     La ruta del viaje y de las sangrientas batallas de la tercera Cruzada que encabeza Federico Barbarroja se interrumpe con la turbia muerte de éste, acaecida en 1190, en el castillo de Ardzrouni (cuya descripción hechiza), ubicado en territorio armenio. Es decir, Baudolino fracasa en su intento de que su padre adoptivo, Federico Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano, llegara al cristiano reino del Preste Juan, allá en el lejano Oriente, cerca del Paraíso Terrenal, y le restituyera la joya más preciada de la cristiandad: el Santo Greal (que en realidad es la rústica escudilla de madera que en vida utilizó Gagliaudo, el padre biológico de Baudolino, pero sólo éste lo sabe). No obstante, Baudolino y los suyos, bajo el disfraz de los doce Reyes Magos, se disponen a viajar rumbo al lejano reino del Preste Juan. Entre los supuestos doce Reyes Magos llevarían preso al asesino y ladrón del monje Zósimo (quien otrora le plagió a Baudolino la carta del Preste Juan, inventada por Baudolino y sus amigos, y la hizo circular por los reinos de Europa como si el Preste Juan la hubiera escrito dirigida al monarca del Imperio Romano de Oriente), pues el monje Zósimo se dice conocedor memorioso del mapa de Cosme, donde está trazado el camino para llegar a las tierras del Preste Juan. Pero unas horas antes de partir, el monje Zósimo desaparece junto con una de las falsas cabezas de San Juan Bautista en cuyo interior, deducen, ha escondido el supuesto Greal, mismo que Kyot había guardado en un arca.
     En su azaroso viaje y búsqueda del reino del Preste Juan, Baudolino y los suyos, en su papel de los doce y luego once Reyes Magos, nunca logran llegar a tal sitio, ni tampoco logran atrapar al monje Zósimo ni recuperar el presunto Santo Greal. Pero el colmo de los fracasos de Baudolino parecen ser coronados ese fatídico miércoles 14 de abril de 1204 durante el saqueo e incendio de Constantinopla. Tal día, Baudolino y los últimos sobrevivientes de las mil y una aventuras (el Poeta, Boron, Kyot y el Boidi) ya deberían haberse marchado, dada la hecatombe que se avecina, pero la ambición y la locura del Poeta los retrasan y éste cita sólo a Boron, a Kyot y al Boidi en las catacumbas del antiguo monasterio de Katabates donde desencadena los sucesos que los separan para siempre: el Poeta les presenta al monje Zósimo convertido en un viejo ciego, tullido y mendigo, cuya dramática historia hace ver que únicamente creyó robarse el Greal. El Poeta, precursor de Maquiavelo, contrapone entre sí a sus tres viejos amigos acusando a cada uno del asesinato de Barbarroja y del robo del Greal. Baudolino, que oía escondido en la sombra, descubre y les descubre que él, sin saberlo, “durante casi quince años” ha llevado consigo el famoso Greal, oculto en una de las falsas cabezas de San Juan Bautista. Pero las mutuas recriminaciones, tergiversaciones y acusaciones incitan que el Poeta intente matar con su espada a Baudolino; pero éste, además de creerlo asesino de Federico Barbarroja, logra eliminarlo con sus dos puñales árabes otrora comprados en Gallípoli.
(Paidós, 1ª ed., Barcelona, 1993)
  Baudolino ya no se reconcilia ni con Boron ni con Kyot y cada uno toma su camino. Sólo hace migas con el Boidi, su paisano, quien le propone una forma fraterna de esconder el Greal (para que no cause más calamidades) en la cabeza de una estatua de un “viejecito encorvado” parecido a Gagliaudo, el padre consanguíneo de Baudolino, que hace tiempo, en 1174, donó a Rosina, su vaca, para salvar a Alejandría (en la Frascheta) del asedio del ejército imperial de Federico Barbarroja

   Sin embargo, el clímax de tales fracasos ocurre poco después en Selimbria. En casa de Teofilacto, donde Baudolino, Nicetas y su familia están exiliados y acogidos, el historiador hace venir a Pafnucio, un anciano ciego y docto que conoció el castillo de Ardzrouni y los artilugios mecánicos y alquímicos a los que éste era aficionado. Su relato y sus deducciones le revelan a Baudolino que el día que Barbarroja al parecer murió en la cerrada recámara principal del castillo de Ardzrouni, primero entró en un estado cataléptico, dados los efluvios del humo de la chimenea que respiró mientras dormía o intentaba dormir, y que sólo murió ahogado cuando estaba en las aguas del río Kalikadnos y por ende propició su fallecimiento quien lo arrojó a la corriente. Así, Baudolino, que a sus 63 años —ante el historiador Nicetas Coniates y ante quien quisiera oírlo— se vanagloriaba de nunca haber matado a nadie, pese a los enfrentamientos y a las mil y una sangrientas guerras vividas por él, no sólo el 14 de abril de 1204 se vio obligado a matar al Poeta, su más viejo amigo y cómplice desde su juventud en París, sino que se descubre el verdadero causante de la muerte de Federico Barbarroja, su querido y entrañable padre adoptivo.  
  Allí en Selimbria, para expiar sus culpas, Baudolino se encarama en la cima de una alta columna que otrora utilizaron los antiguos ermitaños. Y además de los pájaros que lo infestan, de la suciedad y del abandono que lo invaden y de los feligreses que lo rodean, adquiere fama de santo y sabio, pues suelen acudir a pedirle consejo y él les responde con parábolas de místico. Sólo se baja de la columna de los ermitaños después de ser apedreado por el cura de la Iglesia de San Mardonio y ciertos acérrimos fieles. Y pese a su edad de viejo, hace los quijotescos preparativos para marcharse de Selimbria y a Nicetas Coniates le cifra los tres propósitos que lo mueven y que parecen imposibles: un sueño guajiro, inasible y evanescente. 
Umberto Eco
(1932-2016)
   Uno: construir una lápida y una capilla en el remoto lugar donde enterraron a Abdul, quien murió por el ataque del mantícora en la lejana frontera de las tinieblas de Abcasia. 
   Dos: llegar al reino del Preste Juan. Según Nicetas Coniates, el historiador bizantino, Baudolino comprobó que no existe. Pero si Baudolino y los suyos encontraron sitios fantásticos, legendarios y míticos, como por ejemplo el negro y espeso bosque de Abcasia, el río Sambatyón, el castillo de Aloadin y la ciudad de Pndapetzim, ¿por qué en Oriente no habría de existir el cristiano reino del Preste Juan, que, se dice, colinda con el Paraíso Terrenal? 
 Tres: buscar y encontrar a Hipatia y al monstruito patas de cabra, el hijo de ambos, y protegerlos como es su deber de esposo y padre.    


Umberto Eco, Baudolino. Traducción al español y nota sobre la traducción de Helena Lozano Millares. Palabra en el Tiempo núm. 309, Editorial Lumen. Barcelona, 2001. 542 pp. 


lunes, 11 de agosto de 2014

La isla del día de antes



El navío de nunca jamás

Dice Umberto Eco (Alessandria, Italia, enero 5 de 1932) que un 5 de enero concluyó El nombre de la rosa (1980). Algo parecido le sucedió con El péndulo de Foucault (1988) y con La isla del día de antes (1994). Esta coincidencia, que remite a su nacimiento y a la Adoración de los Reyes Magos, resulta proverbial. Alberto Moravia, tras leer la primera de las novelas de Umberto Eco, “dijo que el autor era un hombre que de niño disfrutó mucho leyendo a Julio Verne”. Observación que Umberto Eco confirma al decir que además leía La isla del tesoro, Aventuras de tierra y mar, Los tres mosqueteros, a Salgari y Ariosto; y que entre sus primeros intentos infantiles por escribir historias ilustradas había títulos como Los piratas del labrador; pero también al responder: “cuando escribo novelas escribe el niño”, “cuando escribo ensayos, quien lo hace es el señor Eco”. 
Umberto Eco
En este sentido, La isla del día de antes es una novela de aventuras. Pero si bien hay suspense, cierta acción, digresiones y múltiples minucias y detalles, las aventuras que descuellan bogan por vertientes del conocimiento y del lenguaje; es decir, Umberto Eco, como un pequeño energúmeno, rey mago de sí mismo que juega y se divierte con sus tejemanejes, aventuró un vocabulario que deviene del barroco italiano e implicó, libre y fantásticamente, un enciclopédico bagaje intelectual y literario extraído de los cismas y de la efervescencia especulativa que en los siglos XVI y XVII Europa vivía en ámbitos como la filosofía, las supersticiones, la religión, la política, la geografía, la navegación, la astronomía y las ciencias en general.
(Lumen/Patria, México, 1995)
    La isla del día de antes está narrada por un cronista que hizo la relación de los hechos a partir de un puñado de fragmentos manuscritos que Roberto de la Grive, el protagonista, escribió y abandonó en el Daphne, la nave, aparentemente desierta, a la que arribó como náufrago amarrado a un tablón, un día de 1643. La novela comienza en ese momento. Y a partir de éste navega por dos rumbos. Por un lado Roberto de la Grive explora el barco y escribe cartas a la amada que dejó en París. Por el otro hay un viaje retrospectivo que atraviesa por su infancia en la propiedad de la familia De la Grive, por el asedio del Casal (donde muere su padre), por su aprendizaje en las tertulias y salones parisinos (donde conoce a Lilia), y por el episodio de 1642 en que mientras fallece Richelieu, el futuro cardenal Mazarino, auxiliado por Colbert, lo involucran como espía en el Amarilis, un navío que no es cualquier navío. Su objetivo: vigilar al doctor Byrd, quien en secreto y con el Polvo de Simpatía pretende resolver el misterio de las longitudes; es decir, el modo de fijar el antimeridiano de la Isla del Hierro y al unísono acceder a las riquezas de las Islas de Salomón. Tal es el meollo y el punto beligerante entre los estados que buscan ser el más poderoso del planeta mediante el dominio de tal misterio y riqueza. Pero cuando el doctor Byrd y los suyos (a través de un método que parece de magia negra) están a un paso de precisar el punto fijo, ocurre una peliculesca tempestad que hace naufragar al Amarilis, de cuyos restos el único sobreviviente es Roberto de la Grive.
       El náufrago descubre que el Daphne, a imagen y semejanza de los navíos que exploraban el Nuevo Mundo, está repleto de animales y plantas nunca antes vistos por sus ojos. Además de los víveres, halla los papeles, mapas e instrumentos científicos de un hombre versado en navegación y astronomía; pero también comienza a advertir la presencia de un intruso, de una especie de fantasma inasible que se mueve con sigilo. A Roberto de la Grive primero le da por pensar en Ferrante, su hermano natural, que quizá exista en Europa y al que supone idéntico a él; y que allá, de niño, adolescente y joven, encarnó la sombra imaginaria (sosias u otro yo) para justificar sus culpas y ciertos paradójicos asedios. Pero luego descubre que se trata del padre Caspar, un jesuita muy erudito que busca, también, precisar el meridiano 180, el antípoda de la Isla del Hierro, el cual, según el jesuita, se halla en las Islas de Salomón, frente al Daphne. En este sentido, la ínsula que se advierte desde el bajel es la más salomónica entre las Islas de Salomón, inaccesible para el padre Caspar y para Roberto de la Grive, puesto que además de que no saben nadar, en la nave no hay bote ni, al parecer, manera de sortear los corales que la protegen. Pero lo fascinante para Roberto de la Grive estriba en que mientras que en el Daphne es hoy, en la isla es ayer.
       El padre Caspar, un sabio prejuiciado por sus conceptos de astronomía divina que aún no digiere del todo la concepción heliocéntrica, escribe una obra sobre el Diluvio Universal. Auxiliado por Roberto de la Grive, a través del Instrumentum Arcetricum (un utensilio prefigurado por Galileo) se propone confirmar lo que ya dizque precisó en la isla con la Specola Melitense, que es algo más que un poderoso telescopio: especie de bola de cristal (o de aleph borgeseano) “capaz de revelar todos los misterios del Universo”. 
Con el Instrumentum Arcetricum fracasan estrepitosamente. Luego, para trasladarse a la isla, intentan que Roberto de la Grive aprenda a nadar durante sesiones en las que debaten sobre cosmogonías y otros desvaríos. A Roberto de la Grive no lo mueve un interés científico, sino el hecho de nadar, literalmente, al día de antes, a la ínsula donde según el jesuita vive una solitaria pareja de palomas, una de ellas naranjada, símbolo de todo lo evanescente e inasible que Roberto de la Grive sueña, idealiza, desea y espera para el futuro. Aunado a esto, la Specola Melitense, un oráculo para él, podría revelarle “donde y qué estaba haciendo en aquel momento la Señora” de sus sueños y pesadillas.
       Ante el herético parloteo de Roberto de la Grive, el padre Caspar decide que por la salud del alma de su interlocutor, él irá a la isla caminando bajo las aguas. Para ello emplea una rudimentaria escafandra armada con sus manos, a la que añade un par de botines con suelas de hierro. Tal ocurrencia, absurda y risible, es uno de los inventos descritos con detalle (el Instrumentum Arcetricum, la Specola Melitense, el órgano del Daphne, la Máquina Aristotélica del padre Emanuel, entre otros) que ejemplifican, de un modo caricaturesco, la ebullición experimental y cognoscitiva de la ciencia y la filosofía durante el Renacimiento. 
      Luego de fantasear los modos en que pudo morir el padre Caspar en el fondo de las aguas del mar, Roberto de la Grive, nuevamente solo, se hunde en la melancolía amorosa y se esmera por aprender a nadar. Pero también empieza a escribir una novela protagonizada por Lilia y Ferrante; es decir, imagina una serie de aventuras y amoríos, que son la contraparte y complemento de la historia en la que él se encuentra escrito. Así, después de sufrir la picadura de un pez piedra, logra regresar al Daphne y atosigado por la fiebre vive una serie de pesadillas, una urdimbre en la que se entretejen su novela y el palimpsesto del cronista. Al recuperarse, se abandona a su delirio y declive. Literalmente trata de convertirse en piedra y piensa lo que podrían pensar las piedras. Pero también, expuesto al sol, afiebrado y haciendo coincidir su destino con el destino de los personajes de su novela, escribe los últimos capítulos en los que imagina el castigo del malvado Ferrante; y a Lilia, envejecida y maltratada por la travesía y el naufragio, la ve arribando a un peñasco, exactamente en el lado opuesto de la isla: la parte que no se observa desde el Daphne. Incendia el barco y se arroja al mar.
Umberto Eco
       Evidentemente, La isla del día de antes no es sólo esto. Y si el lenguaje, el regodeo barroco, las digresiones, las interpolaciones, el parafraseo y los excesos pueden ser disfrutados por ciertos lectores, también es posible que para algunos, por momentos, todo o algo de ello resulte abrumador.  


Umberto Eco, La isla del día de antes. Traducción del italiano y nota sobre la traducción de Helena Lozano Millares. Serie Palabra en el Tiempo (238), Lumen/Patria. México, septiembre de 1995. 432 pp. 



miércoles, 14 de noviembre de 2012

El nombre de la rosa



Cada cosa/ Es infinitas cosas

El nombre de la rosa, la primera y voluminosa novela del celebérrimo semiótico Umberto Eco (Alessandria, Italia, enero 5 de 1932), apareció en italiano, en 1980, editado por Casa Editrice Vanlentino Bompiani & C.S.p.A. En este sentido, a estas alturas del siglo XXI y de su trascendencia global, resulta difícil no leer (o releer) la traducción al español (de Ricardo Pochtar) bajo la impronta de las poderosas imágenes cinematográficas del homónimo filme dirigido por Jean-Jacques Annaud (data de 1986), rodado a partir de la adaptación hecha por Gerard Brach, Umberto Eco, Andrew Birkin, Howard Franklin y Alain Godard. 
Fray Guillermo de Baskerville (Sean Connery) y Adso de Melk (Christian Slater)
El nombre de la rosa (1986)
Director: Jean-Jacques Annaud
Fray Guillermo de Baskerville (Sean Connery) y Adso de Melk (Christian Slater)
El nombre de la rosa (1986)
Director: Jean-Jacques Annaud
Es decir, difícil es adentrarse en las páginas de la novela sin evocar la atmósfera visual y la caracterización de Christian Slater en el papel del adolescente y novicio Adso de Melk y la de Sean Connery en el papel de fray Guillermo de Baskerville, el franciscano y ex inquisidor que arriba a la escarpada abadía benedictina del norte de Italia como consejero y teólogo del emperador Ludovico para participar en una “doble querella que oponía de una parte al emperador y al Papa, y de la otra al Papa y a los franciscanos”; quien durante esos siete días de finales de noviembre de 1327 se ve impelido a investigar una serie de crímenes y asesinatos de monjes, pesquisa que desemboca en la búsqueda y localización de un libro envenenado y en el descubrimiento de los entresijos y prejuicios de la mentalidad diabólica, atávica, obtusa, egocéntrica y maldita del anciano benedictino Jorge de Burgos, el ex bibliotecario ciego (que sigue siendo el mero bibliotecario), conocedor de los abismales secretos de la proscrita biblioteca, la más rica de la cristiandad de la época (que termina consumida por el fuego), cuya construcción es un laberinto poblado de espejos y de mortales trampas, que hacen pensar en las pesadillescas y laberínticas prisiones grabadas al aguafuerte por Giovanni Battista Piranesi (1720-1778), y por antonomasia (y por la aliteración) en Jorge Luis Borges (1899-1986), arquetipo de bibliotecario ciego, entre cuyos temas recurrentes descuellan el espejo y el laberinto, uno de los cuales es la biblioteca infinita de “La biblioteca de Babel” (entre cuyas galerías hexagonales abundan los espejos, las escaleras en espiral y las mortales trampas), cuento incluido en El jardín de senderos que se bifurcan (Sur, 1941) y luego en Ficciones (Sur, 1944).   
De la serie de aguafuertes Carceri d'Invenzione (c. 1745-1761)
Autor: Giovanni Battista Piranesi (1720-1778)
De la serie de aguafuertes Carceri d'Invenzione (c. 1745-1761)
Autor: Giovanni Battista Piranesi (1720-1778)
Pero en ese deambular por “las galerías y los palacios de la memoria [los libros de la biblioteca], como San Agustín escribió”, Borges también sintió (más de una vez) la gravitación de la rosa, según lo implica el título de su poemario La rosa profunda (Emecé, 1975) y el sentido del poema que lo cierra: “The unending rose” (“La eterna rosa”). “La rosa”, poema de su primer poemario: Fervor de Buenos Aires (Edición de autor, 1923), cuyos versos: “la rosa que resurge de la tenue/ ceniza por el arte de la alquimia”, prefiguran “La rosa de Paracelso”, cuento compilado póstumamente en La memoria de Shakespeare, libro del tomo II de sus Obras completas (Emecé, 1989). “Una rosa amarilla”, poema en prosa de El hacedor (Emecé, 1960). “Una rosa y Milton”, soneto de El otro, el mismo, poemario incluido en el volumen Obra poética 1923-1964 (Emecé, 1964). Y un espléndido y enigmático fragmento que se lee en el prefacio a su Biblioteca personal: 
“Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo [‘que otros llaman la Biblioteca’], hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. La rosa es sin por qué, dijo Ángelus Silesius; siglos después, Whistler declararía El arte sucede.” 
Borges recibiendo una rosa de oro (peso: medio kilo)
("homenaje a la sabiduría")
Universidad de Palermo, Sicilia (1984)
Y en “El golem”, poema de El otro, el mismo, en cuya cuarteta inicial se lee: “Si (como el griego afirma en el Cratilo)/ El nombre es arquetipo de la cosa,/ En las letras de rosa está la rosa,/ Y todo el Nilo en la palabra Nilo.” No deja de estar parafraseada y cifrada la novela de Umberto Eco, no obstante la puntualización hecha por éste en sus Apostillas a “El nombre de la rosa” (Lumen, 1986): “Desde que escribí El nombre de la rosa recibo muchas cartas de lectores que preguntan cuál es el significado del hexámetro latino final, y por qué el título inspirado en él. Contesto que se trata de un verso extraído del De contemptu mundi de Bernardo Morliacense, un benedictino del siglo XII que compuso variaciones sobre el tema del ubi sunt (del que derivaría el mais où sont les neiges d’antan de Villon), salvo que al topos habitual (los grandes de antaño, las ciudades famosas, las bellas princesas, todo lo traga la nada) Bernardo añade la idea de que de todo eso que desaparece sólo nos quedan meros nombres. Recuerdo que Abelardo se servía del enunciado nulla rosa est para mostrar que el lenguaje puede hablar tanto de las cosas desparecidas como de las inexistentes. Y ahora que el lector extraiga sus propias conclusiones.”  
Como se recordará, el anciano Adso (en el frío monasterio de Melk, octogenario y con las lentes que otrora fueron de fray Guillermo de Baskerville), termina así el manuscrito de los sucesos que durante esos siete días de finales de noviembre de 1327 le ocurrieron de jovencito en la siniestra abadía: “Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus.” Verso latino del que Tomás de la Ascensión Recio García aventura y comenta en la nota correspondiente de su “Traducción y breve comentario de los textos latinos que aparecen en El nombre de la rosa de Umberto Eco”: 
   “Ultima frase del libro: ‘permanece la primitiva rosa de nombre, conservamos nombres desnudos’, o ‘de la primitiva rosa sólo nos queda el nombre, conservamos nombres desnudos [o sin realidad]’, o ‘la rosa primigenia existe en cuanto al nombre, sólo poseemos simples nombres’.
“Respecto al último texto latino que aparece en El nombre de la rosa, del que ofrecemos varias y parecidas traducciones, podíamos remitirnos a la interpretación que el mismo autor hace del hexámetro latino en su Apostillas a ‘El nombre de la rosa’.
“Allí nos asegura que es un verso (por cierto holodactílico o compuesto todo él por pies dáctilos, como todos los del larguísimo poema, extraído de la obra De contemptu mundi (‘Del desprecio del mundo’), del monje benedictino del siglo XII, Bernardo Morliacense, o de Cluny.
“Añade Eco que el citado monje compuso variaciones sobre el tema del Ubi sunt? (‘En dónde están?’). Debe entenderse: la gloria, la belleza, la juventud, etc., salvo al topos [o lugar o tema], habitual, Bernardo añade la idea de que de todo eso que desaparece, sólo nos quedan meros nombres, es decir:
“DE LA ROSA NOS QUEDA UNICAMENTE EL NOMBRE”. 
(Editorial Lumen. 2ª reimpresión de la 3ª edición mexicana, 2001)
Si en 1982, cuando Editorial Lumen publicó la traducción al español de El nombre de la rosa que hizo Ricardo Pochtar (número 148 de la serie Palabra en el tiempo) el lector no contaba con la traducción de las palabras y textos latinos, ahora las últimas reediciones, después del texto de la novela, incluyen las susodichas traducciones y comentarios de las palabras y textos latinos que para la misma realizó Tomás de la Ascensión Recio García, más el ensayo de Umberto Eco: Apostillas a ‘El nombre de la rosa’, que había sido coeditado en forma de libro por Lumen y Ediciones de la Flor.  
Umberto Eco
No es fácil ser un políglota y un medievalista, un erudito conocedor de la historia, de la cultura y de los textos del Medioevo. Es decir, para los simples mortales del idioma español no es nada sencillo desentrañar todo el intricado bagaje de novela histórica que también posee El nombre de la rosa. Sin embargo, es una obra amena, a la que no es difícil hincarle el diente y disfrutar así los vericuetos de la indagación detectivesca, el suspense, las mil y una digresiones, y la corrosiva crítica a la atomizada, conflictiva, beligerante y sanguinaria corrupción y decadencia de la Iglesia católica de entonces. 

Umberto Eco, El nombre de la rosa. Traducción del italiano al español de Ricardo Pochtar. “Traducción y breve comentario de los textos latinos que aparecen en El nombre de la rosa de Umberto Eco”, de Tomás de la Ascensión Recio García. Apostillas a ‘El nombre de la rosa’, de Umberto Eco. Serie Palabra Seis/Narrativa (2), Editorial Lumen. 2ª reimpresión de la 3ª edición en México. México, 2001. 672 pp. 


     Enlace a un fragmento del filme El nombre de la rosa (1986)
http://www.youtube.com/watch?v=CU-bTRWt5QU