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domingo, 12 de mayo de 2024

Nueve noches con Violeta del Río

Fantasmas en la noche de trasluz

 

I de IX

En enero de 2022, con un tiraje de veinte mil ejemplares, el FCE publicó, en la Ciudad de México y en la colección Vientos del Pueblo, el librito de 32 páginas Nueve noches con Violeta del Río, cuento del escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), ilustrado (en el interior) con dibujos en blanco y negro de Edu Molina que parecen recuadros de historieta o de novela gráfica. Datado al calce en “2001”, el relato es uno de los trece cuentos del narrador reunidos en Aquello estaba deseando ocurrir, libro editado por Tusquets en España y en México, en febrero y mayo de 2015, con el número 849 de la Colección Andanzas. El hecho de que la Violeta del Río del cuento sea una cantante de boleros, homónima de la cantante de boleros de la que se tiene noticia (y diversos visos y testimonios) en La neblina del ayer (Tusquets, 2005) —novela negra de la saga protagonizada por el investigador criminal Mario Conde— incita a la ineludible comparación o a reseñar algunos rasgos en que coinciden y no coinciden.

           

Leonardo Padura

          Las novelas policiales en las que se mueve Mario Conde están pobladas de monólogos, de un coro de voces, de distintas hablas y tesituras teñidas de modismos y cubanismos; es decir, de relatos en primera persona en los que algunos de los personajes rememoran o bosquejan aspectos de su autobiografía (o pormenores de su vida) y su versión de los hechos en torno a un crimen, sucedido o persona. Tal cualidad polifónica y poliangular implica y coloca en relieve la virtud de Leonardo Padura para el relato en primera persona; un botón de muestra (in extenso) son las memorias del poeta decimonónico José María Heredia que se leen, en capítulos entreverados, a lo largo de La novela de mi vida (Tusquets, 2002). Vine a colación esto porque en La neblina del ayer abundan los relatos en primera persona y porque el cuento Nueve noches con Violeta del Río es una narración en primera persona. La voz cantante del relato (que no canta boleros de viva voz, pero sí en su intrínseca memoria y por ende en el evocativo texto del cuento) es la voz de un anónimo ex universitario cubano, de 48 años, quien en mayo de 1998 recién hizo su primer viaje a los Estados Unidos, “invitado a participar en un encuentro académico”. Y “antes de regresar a La Habana” (y oír la grabada voz de Bola de Nieve cantando un bolero junto a la foto de Violeta del Río conservada por él durante treinta años), dice: “logré pasar varios días en Miami, donde ahora viven muchos de mis viejos amigos, mi única hermana, casi todos mis primos y los que todavía respiran de mis tíos”. Y para despedirlo, su hermana y su cuñado lo llevaron a cenar a La Carreta, un restaurante de comida cubana; y luego a La Cueva, un club en Miami Beach, “uno de los muchos locales de moda en Ocean Drive” que, “según decían, “solía ser tranquilo y tenía muy buen ambiente, pues sólo se escuchaban boleros”. El trío familiar arriba a La Cueva a las once de la noche del 16 de mayo; y allí, como si penetrara y se sumergiera en la penumbra de un subterráneo, onírico, odorífico, vaporoso
e íntimo déjà vu, percibe y observa la silueta y la sugestiva voz del revulsivo fantasma llamado Violeta del Río, cantando para él (así lo interpreta), que fuma y paladea un ron collins como en los iniciáticos tiempos de antaño, los versos de La vida es un sueño; cantante a la que le perdió la pista hace tres décadas, precisamente en octubre de 1968, cuando él aún no cumplía los 19 años de edad.

          

Colección Vientos del Pueblo, Fondo de Cultura Económica
Ciudad de México, enero de 2022

          Si en ese breve y anecdótico pasaje, aparentemente aséptico, que es el culmen final del cuento, Leonardo Padura alude el recurrente tema (en su narrativa) del exilio cubano en Estados Unidos y al unísono el implícito e inextricable trasfondo que subyace en el leitmotiv que lo incita y catapulta; o sea: el drama social, político y económico que agobia a la isla caribeña (con miseria, rezago, falta de libertades, injusticia y abuso del poder autoritario) desde que empezó a empantanarse la Revolución Cubana (más aún durante el Período Especial de los 90), esto también permea la urdimbre sociológica del relato.

            El anónimo protagonista inicia su evocativa memoria narrando su arribo a La Habana, en 1967, para inscribirse en la universidad y hospedarse en la residencia de becarios; entonces era un mal vestido jovenzuelo, “provinciano, católico y revolucionario”. Según dice: “comencé a gastar mis solitarias noches de sábado en deslumbrados recorridos ascendentes y descendentes por aquel esplendoroso tramo de calle, empinado entre el mar eterno y la recién abierta heladería Coppelia. Subía y bajaba la Rampa en un éxtasis permanente, empeñado en llenar mis pulmones y mis ojos con aquel mundo magnético de neones coloridos y autos americanos todavía potentes, de las primeras minifaldas y los primeros hippies tropicales y subdesarrollados que brotaban en la isla, y de los últimos vestigios del glamur brillante de los cincuenta, ya en franca retirada ante el avance de la indetenible propaganda socialista, con sus exaltadas consignas cargadas de rojos y persistentes llamados al combate y a la victoria.”  

           

Ilustración de Edu Molina

        En esas vagancias, una noche de 1967 durante uno de sus recorridos por la Rampa, el joven se encuentra con el retrato de Violeta del Río, el cual lo seduce y hechiza ipso facto (siente que la foto lo mira a él y sólo a él): “Quiero recordar que fue precisamente durante uno de mis primeros paseos por la Rampa, alucinado por tantos encantos y promesas de una vida que no conocía, cuando vi, junto a la escalera que bajaba hacia las penumbras del club La Gruta, el cartel protegido por un cristal desde el que de forma aviesa me miró Violeta del Río, ‘La Dama Triste del Bolero’. Una invasiva atracción, que nacía en mi estómago y se expandía indetenible para palpitar en cada rincón de mi cuerpo, me obligó a detenerme y contemplar aquel rostro de un suave matiz moreno de una mujer de unos treinta años, en el que se confundían los rasgos de mil mezclas raciales para propiciar el milagro de unos ojos levemente rasgados y cargados de despecho asiático, una boca de labios carnosos y enrojecidos de los que pendía displicente un cigarro humeante, y un pelo tal vez demasiado amarillo, que caía en ondas furiosas hacia los hombros tersos y promisorios. El cartel advertía que Violeta del Río cantaba en La Gruta todas las noches, de martes a domingo, siempre a las once, pero mientras contemplaba el rostro singular y lascivo, ni siquiera se me ocurrió considerar la posibilidad de entrar en aquel sitio quizás demasiado pecaminoso, demasiado sofisticado y alejado de todas las expectativas del joven cándido —revolucionario, católico y pobre, ya lo he dicho— que era entonces.”

           

Ilustración de Edu Molina

            A partir de esa magnética conmoción visual e interna, el joven vuelve una y otra vez a la entrada de la subterránea Gruta para contemplar la foto de Violeta del Río. Y en el cuarto de la residencia de becarios, a través de la radio, empieza a familiarizarse con la fatalidad, la estética, la endeble versificación, el sentimentalismo y la melcocha del bolero. Y haciendo acopio de las aportaciones monetarias de su parentela, se alista para ir a La Gruta el día de su dieciocho aniversario. Esto ocurre “el 13 de diciembre de 1967”; y para poder entrar y demostrar su mayoría de edad, tuvo que mostrarle al portero su carnet de estudiante universitario. Allí se inició con el ron collins (porque le sonaba bien) y en el hábito del tabaco oscuro; pero sobre todo, y ante todo, con la figura y la voz de Violeta del Río y su ritual y rutinaria actuación, tanto en el pequeño escenario acompañada por un pianista, como solitaria en la barra (fumando y bebiendo un único y moroso trago de carta blanca) y a la hora de irse, sola, a las dos de la madrugada. Esa noche escuchó nueve boleros cantados por ella. Y a la noche siguiente regresó a la calle del crimen. Y volvió, casi un ser invisible y distante en una dimensión aislada y paralela, cada vez que reunía el dinero para el consumo. Y para eludir que ese delirio lo consumiera a él y llevara al fracaso el inicio de sus estudios universitarios, se impuso dejar de ir a La Gruta.

            Pero tras dos meses de vacaciones de verano en su pueblo (o ciudad), de regreso a La Habana en septiembre de 1968 para el inicio del “segundo curso en la universidad”, sus condiscípulos de la residencia estudiantil y habituales en la heladería Coppelia (donde cotorreaban, fumaban y de contrabando bebían ron camuflado) acordaron ir en grupo a La Gruta para ver y oír a Violeta del Río. Esa noche, sin preverlo, empezó el indeleble clímax lúbrico para él, pues de entrada la bolerista cantó Vete de mí y al término, según evoca:

      “Algo inconcebible y maravilloso ocurrió en ese momento: Violeta del Río, que había cantado todo el bolero con su fuerza y despecho de siempre, sin dignarse siquiera a mover el pelo que le cubría la cara, acomodó tras la oreja aquella cortina furibunda, y entonces yo pude ver que sus ojos me miraban y que en sus labios se iniciaba el leve movimiento de una sonrisa. ¿Me miraba a mí? ¿Me sonreía a mí, ella, Violeta del Río?”

       

Ilustración de Edu Molina

         El caso es que el joven aguantó el nerviosismo y el desasosiego hasta que ella cantó el último bolero de la jornada: La vida es un sueño; salió del club y se ocultó “tras un sólido Chevrolet Bel Air de 1957”. Y una vez que sus compañeros salieron y se fueron, dejó el escondite:

  “Entonces crucé la calle, empujé la puerta de La Gruta, ya sin portero a esa hora final de la noche, y vi cómo La Dama Triste del Bolero levantaba su vaso y bebía un sorbo de su carta blanca.

  “Con una decisión que desconocía y unas ansias que me superaban, me acerqué a la barra y, casi rozando el brazo de Violeta, pedí una carta blanca a la roca, encendí mi cigarrillo y volteé la cara para observar la de aquella mujer capaz de seducirme con su voz y sus boleros.

“—Al fin apareciste... —me dijo ella, con el mismo tono susurrante y grave con que cantaba, y recolocó el pelo que insistía en caer sobre su cara—. Pensé que te habías ido... Todos los días se va tanta gente.”

   

Ilustración de Edu Molina

               El caso es que Violeta del Río, con su actitud desdeñosa y esquiva, muy reservada y enigmática en lo que concierne a sus actos y a su vida personal e íntima, es quien toma la batuta de lo que dice y no se dice en los breves diálogos y más aún: en las decisiones y en los lujuriosos movimientos en la cama. Y por ello, por el puro goce sexual y porque ella quiere, en el cuchitril de una mísera posada le regala su desnudez y nueve candentes e inefables noches de plenitud lasciva, las cuales se sucedieron en ese septiembre de 1968. La décima noche tendría que haber ocurrido el jueves 2 de octubre (miércoles en la vida real, que no se olvida en las históricas efemérides porque en la Ciudad de México ocurrió la trágica y sangrienta masacre no sólo de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco; matanza que disgregó y quebrantó el movimiento estudiantil de 1968 con los Juegos Olímpicos a la vuelta de la esquina). Pero el joven se encontró con las luces de neón apagadas, las puertas cerradas y “el cartel grosero que advertía: CLAUSURADO INDEFINIDAMENTE”. Y algo violento tuvo que haber ocurrido con antelación, pues según dice:

     “[...] descubrí en el suelo, en un rincón del pequeño vestíbulo del club, el mural encristalado en el que había visto por primera vez a Violeta del Río. Lentamente bajé los escalones y volteé la pancarta, y encontré que el cristal se había deshecho, pero que, pegada al cartón, allí seguía la imagen de ‘La Dama Triste del Bolero’ y el anuncio de unas actuaciones que ya nunca se repetirían. Con todo el cuidado que era capaz de pedirle a mis manos temblorosas, desprendí la foto y hui de La Gruta como si hubiera robado un banco.

 

Ilustración de Edu Molina

         “Con aquel tesoro en mi bolsillo, recorrí los otros clubes cercanos y descubrí que todos habían sido clausurados, también indefinidamente. En mi desesperación le pregunté a varias personas si sabían qué ocurría y a retazos pude armar la respuesta: como todo el país debía ponerse en función de la Gran Zafra Azucarera, los clubes y cabarets de La Habana habían sido decretados antros de decadencia burguesa y nocturnidad perniciosa, pues podían entorpecer la entrega de los hombres al magno evento económico, y de momento se había decidido cerrarlos, hasta que se les encontrara un mejor destino: tal vez comedores obreros, o salas de reuniones, quizás democráticos restaurantes para trabajadores destacados en la emulación laboral y en las faenas agrícolas...”

      Todo esa traumática, coercitiva y ortodoxa transformación social y política porque, según rememora: “Por aquellos días había sido decretada una asoladora Ofensiva Revolucionaria, empeñada en poner en manos del Estado toda la economía y la ideología de la isla, mientras se había comenzado a preparar una gigantesca zafra azucarera, que en 1970 produciría diez millones de toneladas de azúcar con los cuales, de una sola vez, el país podría salir del subdesarrollo.”

      Ese anónimo joven de casi 19 años, que no es detective ni aspira a serlo, para localizar a Violenta del Río (que supone su nom de guerre  y no el real), a partir de esa noche, con la foto de ella, emprende una ansiosa y agitada búsqueda que se convierte en “Dieciocho días de investigación”, los cuales concluyen cuando se entera, por un guagüero de la ruta 68, que “todos los artistas de clubes y cabarets habían sido enviados a sembrar café en el llamado Cordón de La Habana”, allá por el “cercano pueblito de El Calvario”. Según dice:

     “Sin esperar alguno de los transportes que unían Mantilla con aquel lugar llamado precisamente El Calvario, salí en busca de Violeta del Río. Aquella zona de La Habana, que visitaba por primera vez, me pareció entonces brillante y hermosa, pues en medio de mi desesperación había encontrado un camino hacia la mujer que tanto necesitaba, por la que me sentía seducido y, ahora, abandonado. Antes de llegar a El Calvario pregunté a unos muchachos y me indicaron un descampado al final del cual estaban trabajando ‘los artistas’, como los llamaban en la zona. Atravesé aquel llano agreste, en el que ahora brotaban unas pequeñas matas de café y, debajo de un árbol, disfrutando de la brisa, descubrí a aquel viejo cantante, bien conocido en el país por sus frecuentes apariciones en la televisión, donde solían calificarlo como ‘La Voz de Oro del Bolero’. No tengo que decir cómo palpitó mi corazón y, luego de darle las buenas tardes, le pregunté al cantante si la había visto.

     “—Sí, vino dos días la semana pasada —me dijo—. Pero si quieres verla, vas a tener que ir hasta Miami... Me dijeron que el lunes se fue en una lancha.”

 II de IX

En La neblina del ayer, el ex periodista Silvano Quintero, ya viejo, pobrísimo y tullido de la mano derecha, pero otrora reportero del espectáculo para el periódico El Mundo, al hablar de ese obscuro objeto del deseo y de los turgentes y voluptuosos volúmenes de las boleristas de los años 50, le dice al ex policía Mario Conde en septiembre de 2003: “¿Se ha fijado cómo las mujeres de ahora no tienen ni tetas, y hasta se ponen contentas de pasar hambre porque así no les engorda el culo?” Viene a colación esto porque el cuerpo menudo y compacto de la Violeta del Río del cuento al parecer cabría en esa óptica hilarante e ineludiblemente machista, según se colige a través del trazo que de ella hace el anónimo ex universitario que vivió nueve candentes e inolvidables noches con la cantante, precisamente cuando él tenía 18 años y ella unos 30. En la sesión donde la oye y la observa por primera vez en el escenario de La Gruta dice que le resultó “más pequeña de lo que había imaginado, menos rotunda de formas de lo que había soñado”. Lo cual reitera al vivir con ella las dos horas de su primer festín de sexo: “Ya he dicho que su cuerpo no era especialmente voluptuoso: más bien era delgada, tenía senos pequeños y sus nalgas apretadas y duras estaban lejos de los volúmenes habituales en las cubanas.”

          

Colección Andanzas núm. 577, Tusquets Editores
Ciudad de México, julio de 2005

          En La neblina del ayer, el ex policía Mario Conde, de 48 años, quien desde el otoño del 89 se dedica a la compraventa de libros de segunda mano, antiguos y raros, al hojear, en septiembre de 2003, un recetario de comida cubana del año 56 se encuentra, entre sus 800 páginas, una hoja doblada de la revista Vanidades, impresa en mayo de 1960, donde se da noticia del “adiós de Violeta del Río”. O sea: allí se reporta que “la excitante bolerista”, “la Dama de la Noche”, anunció, al final de su “presentación memorable” en el “segundo show del cabaret Parisién”, que esa era “su última actuación”, pese que se halla “En el momento cumbre de su carrera” y a que “Recientemente grabó el single promocional Vete de mí, como adelanto de su long play Havana Fever”.

     Pero de entrada, lo que magnetiza y atrapa la atención del Conde (ídem al anónimo universitario) es la imagen fotografía de esa mujer de papel de ojos negros, “exultante y provocativa, entre los veinte y los veinticinco años, que desde su estatismo y a través del tiempo era capaz de transmitirle un vívido calor”:

            “A toda plana habían impreso una foto calada de Violeta del Río, enfundada en un vestido de lamé —eso pensó el Conde, aunque nunca en su vida había tocado un vestido de lamé—, ajustado a la estructura de la mujer como una piel de serpiente. La tela, dotada de la capacidad de insinuar la potencia de unos senos embravecidos, dejaba ver unas piernas sólidas, que recortaban la evidencia de las caderas macizas, abiertas desde una cintura estrecha y tentadora. El pelo negro, levemente ondeado, en el más estricto estilo de los años cincuenta, le caía hasta los hombros, enmarcando una cara de cutis terso donde sobresalía la boca, gruesa, provocadora, y aquellos ojos que desde el viejo papel transmitían un vigoroso magnetismo.”

            Tal es el embeleso y la seducción ante esa imagen de Violeta del Río que el Conde, incitado por sus premoniciones e intrigas, decide investigar para saber dónde está o que pasó con esa cantante de boleros retirada en 1960 y de la que nadie o casi nadie se acuerda. A Pancho Carmona, marchante y librero a quien Yoyi el Palomo y el Conde le venden raros y costosos ejemplares hallados por él, le dice: “Pancho, ando averiguando por un single que se llama Vete de mí. Creo que es un 78...” Y Pancho, tras mover unos segundos “el mouse de su computadora mental”, le responde: “Es un 45, de una tal Violeta del Río. Lo grabó la casa Gema, creo que en 1958 o a principios de 1959. Tenía por una cara Vete de mí, de los hermanos Expósito, y por la otra Me recordarás, de Frank Domínguez. Una vez tuve uno y trabajo me costó venderlo.”

            Vale apuntar, entre paréntesis, que esa es la razón o más bien: la obediencia nocturna (y por todo lo que se narra entorno a la noctámbula bolerista y no sólo porque es el único disco que grabó) que explica que la novela se titule La neblina del ayer, pues es un verso del bolero Vete de mí (por lo que se lee en la obra y dice el ex periodista Silvano Quintero: “ése era su himno de combate, y lo cantaba siempre como si le fuera la vida en la canción”), y que las dos partes que la componen estén rotuladas como si se tratara del par de lados de un anacrónico vinilo de 45 revoluciones por minuto: “Cara A: Vete de mí” y “Cara B: Me recordarás”. A lo que se añade el hecho sustancial de que en la novela se leen estrofas de ambos boleros (que el Conde oye en un ejemplar de ese raro y legendario disco). Y en esto coincide con el cuento Nueve noches con Violeta del Río, que además incluye una nota que lo patentiza: “Los boleros reproducidos total o parcialmente en el relato son: Me recordarás, de Frank Domínguez; Vete de mí, de Virgilio y Homero Expósito; y La vida es un sueño, de Arsenio Rodríguez.” (En la edición de Tusquets se lee al inicio y en la edición del Fondo al término.)

           

Colección Andanzas núm. 849, Tusquets Editores
Ciudad de México, mayo de 2015

        Pero el caso es que Pancho Carmona, si bien recuerda los datos del disco, ignora de qué lado masca la iguana, es decir: todo de Violeta del Río; no obstante, evoca que el disco lo tuvo “hace como quince años” y que se lo vendió a Rafael Giró, el “cegato ese que escribe de música”. Ese musicólogo, de gruesas gafas y minúsculos ojos hundidos, tiene en su casa una colección de 12 mil 622 discos de 78 y 45, pero no los puede oír porque, les dice al Yoyi y al Conde: “mi tocadiscos está roto. Y en este cabrón país no hay agujas de tocadiscos. Estoy esperando que un amigo me traiga una de España”. Y como resulta que Rafael Giró aún tiene el disco de Violeta del Río, el Conde le propone un trueque: que le dé el disco a cambio de uno de los 218 libros que él y su socio llevan en siete cajas en la cajuela del inmaculado Chevrolet Bel Air 1956 del Yoyi. Y entre las maravillas que hojea oliéndolos y palpándolos con exclamaciones de asombro, Giró opta por la edición príncipe, de 1935, de la Historia universal de la infamia. Y si bien Giró no se preocupó “por saber dónde se había metido” “La Dama de la Noche”, pese a que oyó rumores de “Que se le acabó la voz” (“Ella tenía una voz chiquita, no era un chorro como Celia Cruz o como Omara Portuondo”, dice), sí ha oído o sabe (quizá sin corroborar) que sólo grabó ese disco, que “trabajaba en clubs y cabarets”, cuando en La Habana “habían más de sesenta clubes y cabarets con dos y hasta tres espectáculos por noche. Sin contar los restaurantes y los bares donde había tríos, pianistas y hasta conjunticos...” Y más aún, les bosqueja, magnifica y comprime (semejante a un paneo cinematográfico) la legendaria época habanera —en cuyo bosquejo subyace la cronista mano que en esos menesteres mueve la pluma (algo como la sangre late y circula en ella), la misma que tecleó las crónicas y entrevistas que se leen en Los rostros de la salsa (Tusquets, 2019):

          

Colección Andanzas s/n, Tusquets Editores
Ciudad de México, marzo de 2020

         “—¿Se imaginan cuántos artistas tenía que haber para mantener ese ritmo? La Habana era una locura: yo creo que era la ciudad con más vida de todo el mundo. ¡Qué carajo París ni Nueva York! Demasiado frío... ¡Vida nocturna la de aquí! Verdad que había putas, había drogas y mafia, pero la gente se divertía y la noche empezaba a las seis de la tarde y no se acaba nunca. ¿Te imaginas que en una misma noche podías tomarte una cerveza a las ocho oyendo a las Anacaonas en los Aires Libres del Prado, comer a las nueve con la música y las canciones de Bola de Nieve, luego sentarte en el Saint John a oír a Elena Burke, después irte a un cabaret a bailar con Benny Moré, con la Aragón, con la Casino de Playa, con la Sonora Matancera, descansar un rato vacilando los boleros de Olga Guillot, Vicentico Valdés, Ñico Membiela... o irte a oír a los muchachos del feeling, al ronco José Antonio Méndez, a César Portillo y, para cerrar la noche, a las dos de la mañana, escaparte a la playa de Marianao a ver el espectáculo del Chori tocando sus timbales, y tú ahí, como si nada, sentado entre Marlon Brando y Cab Calloway, al lado de Errol Flynn y de Josephine Baker. Y después, si todavía te quedaba aire, bajar a La Gruta, ahí en La Rampa, para amanecer metido en una descarga de jazz de Cachao con Tata Güines, Barreto, Bebo Valdés, el Negro Vivar, Frank Emilio y todos esos locos que son los mejores músicos que ha dado Cuba? Eran miles, la música estaba en la atmósfera, se podía cortar con un cuchillo, había que apartarla para poder pasar... Y Violeta del Río era una de ellos...”

          

Paraba el tráfico
Calle Balderas con Ayuntamiento (c. 1957)
Ciudad de México
Foto: Nacho López

        Y como el Conde le pregunta si “¿Era una del montón?”, el cegato Giró le dice: “Ella no era Elena Burke ni Olguita Guillot, pero tenía su voz. Y su estilo. Y su cuerpo. Yo nunca la vi, pero Rogelito, el timbalero, me dijo un día que era una de las hembras más tremendas de La Habana. Paraba el tráfico.”

 III de IX

Así que Rogelito el timbalero, un vivaz, memorioso y parlanchín viejecillo nonagenario, retirado “hace como quince años”, quien subsiste en el oscuro cuchitril de un estrecho, mugroso y mísero vecindario, donde es auxiliado por una guajirita bisnieta —pese a la bonanza que tuvo y a las etapas de oro que vivió a partir de 1921—, le bosqueja al Conde (y al desocupado lector, lectora o lectore) el devenir que conoció “En más de sesenta años tocando en cuanta orquesta aparecía”, y una semblanza del encanto y la seducción de Violeta del Río:

         

Bailarines del Rumba Palace
La Habana, 1950
Foto: Constantino Arias 

         “[...] Desde los años veinte La Habana era la ciudad de la música, de la gozadera a cualquier hora, del trago en todas las esquinas, y eso le daba vida a mucha gente, no sólo ya a maestros como yo, que donde usted me ve pasé siete años en el conservatorio y toqué también en la Filarmónica de La Habana [¡ah chiguaguá!], sino a cualquiera que quisiera buscarse la vida con la música y tuviera agallas para insistir... Después, los treinta y los cuarenta fueron el tiempo de los salones de baile, los clubes sociales y los primeros cabarets grandes con casino de juego, Tropicana, el Sans Souci, el Montmartre, el Nacional, el Parisién, y de los cabarecitos de la playa, donde mi socio el Chori era el rey. Pero en los cincuenta aquello se multiplicó por diez, porque se abrieron más hoteles, todos con cabarets, y empezaron a ponerse de moda los night-clubes, había no sé cuántos en El Vedado, en Miramar, en Marianao, y ahí no cabían orquestas grandes, sino un piano o una guitarra, y una voz. Fue la época de la gente del feeling, y de las boleristas sentimentales, como yo les decía. Eran unas mujeres especiales, cantaban con deseos de cantar y dejaban la piel en el escenario, vivían las letras de las canciones y lo que hacían era pura emoción, pura emoción. Una de ellas fue Violeta del Río...

          

Pas de Quatre
La Habana, 1950
Foto: Constantino Arias

         “Me acuerdo haber visto a la Violeta, no sé, tres o cuatro veces, claro, yo no tenía tiempo de ir a ver a otros músicos. Una vez estaba en el cabaret Las Vegas, y otra, de la que mejor me acuerdo, en La Zorra y el Cuervo, donde había una pista así, chiquita, y ese día ella no estaba actuando, quiero decir, ella no actuaba allí, sino que estaba cantando porque tenía muchas ganas de cantar y Frank Emilio estaba en el piano porque tenía muchas ganas de tocar y como los dos tenían tantas ganas, lo que hicieron esa noche fue como para que a uno no se le olvidara nunca, así viva mil años. ¿Ya te dije que Violeta era una hembra de campeonato? Bueno, tenía dieciocho o diecinueve años y a esa edad está buena hasta la Madre Teresa de Calcuta. Era una trigueña así, quemadita, pero no mulata, de pelo negro-negro, ondeado, y una boca grande, linda, gorda, con los dientes parejitos, aunque un poquito botados, con mucha gracia. Pero lo mejor eran los ojos: un par de ojos negros que te enfriaban la vida cuanto te enfocaban, registrándote por dentro y por fuera, como un aparato de rayos X. Era una de esas mujeres que te ponen dulzón nada más que de mirarlas... Ella, me dijeron, a cada rato hacía eso de ponerse a cantar por cantar, disfrutaba cantando, siempre boleros, bien suaves, y los cantaba con un aire de desprecio, así medio agresiva, como si te estuviera contando cosas de su propia vida. Tenía un timbre un poco ronco, de mujer mayor que ha bebido muchos tragos en la vida, y nunca subía demasiado, casi decía los boleros, más que cantarlos, y cuando se soltaba a cantar la gente se quedaba callada, se olvidaba de los tragos, porque era como una bruja que hipnotizaba a todo el mundo, a los hombres y a las mujeres, a los chulos y a las putas, a los borrachos y a los marihuaneros, porque hacía de aquellos boleros un drama y no una canción cualquiera, ya te dije, como si fueran cosas de su propia vida y las contara allí, delante de todo el mundo.

       

Josephine Baker
La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

         “Aquella noche yo me quedé pasmado, me olvidé hasta de Vivi Verdura, una putona grande, como de seis pies, que se me había encarnado y estaba tumbándome los tragos. Y a la hora y pico, dos horas, qué sé yo, todo el tiempo que Violeta estuvo cantando, fue como andar lejos del mundo, o muy cerca, tan cerca como estar metido dentro de aquella mujer, sin querer salir nunca de allí... ¡Del carajo!... Ese día un fotógrafo que siempre andaba por los clubes y cabarets, porque se dedicaba a tirar fotos de los artistas para los periódicos y las revistas, me dijo: Rogelito, el milagro de Violeta no es que cante mejor, sino que sabe seducir. ¡Santa palabra!: ésa era la verdad. Tanta verdad que, oyendo un día una cosa por aquí y otra por allá, me enteré de que un tipo muy rico, de los ricos de verdad que no iban a los clubes, se había enamorado de ella, quería casarse y todo, aunque le llevaba como treinta años. Parece incluso que el señorón aquel fue quien pagó la grabación de un disco para lanzarla después al mercado grande y poder meterla en la televisión y hacerle luego long play con diez o doce canciones...”

 IV de IX

Pero entre el acopio de coloquiales testimonios que compila el Conde entorno a Violeta del Río, descuella el que en dos sesiones le aporta la anciana Flor de Loto, octogenaria resto de un naufragio, quien subsiste, tullida de un brazo y pobrísima, en el cuartucho de un miserable solar de lavanderas, el cual comparte con una sobrina gordísima que vende en la calle turrones de maní. Flor de Loto también bosqueja pormenores de su autobiografía, precisamente desde que a los 13 años, con un turgente y tentador cuerpo de pecado, empezó a venderse en el vecindario donde vivía con su madre viuda y su hermanita. A los 17, y porque ella buscó la oportunidad de bailar desnuda en un show, se convirtió en la estrella del Shanghai. Época de la que atesora una foto que le muestra al Conde (y luego al Yoyi):

 

Leda frente al espejo (1949)
Foto: Constantino Arias

         “Sin mirar a la anciana extendió la enorme fotografía y quedó frente a una mujer en sus veinte años, intensamente rubia, sólida, sonriente, hermosa, que se defendía de la desnudez total con unas coronas brillantes, como flores de loto, sostenidas sobre el pubis y los pezones de sus senos prodigiosos.”

       Allí en el Shanghai se le acercó un tal Louis Mallet, un franchute cuarentón con residencia en Nueva Orleáns, que se movía entre los Yunaites, Cuba, Honduras y Guatemala, quien al mes de conocerla le alquiló un “apartamentico cerca de la universidad”. Pero su vida dio un salto radical, que la hizo dejar el Shanghai, cuando Mallet, en el 55, la llevó a una casona en Varadero (una casa de madera como de película) donde hubo una reunión de hombres de negocios en la que estuvieron un tal Joe Stasi, el cubano Alcides Montes de Oca y el legendario mafioso Meyer Lansky, en la que hablaron de la construcción de hoteles con todas las atracciones para los turistas americanos, como los casinos de juego y un exclusivo servicio de prostitutas, con buenos salarios, del que Flor de Loto, la Rubia, sería la reclutadora y mánager. “A principios del 56 ya estaba lista la agencia” con 16 rameras de lujo, muy educadas, refinadas y pulidas por especialistas. Y, según le dice: “A fines de ese año la agencia funcionaba tan bien que debimos buscar más mujeres. En una de las invasiones, en un cabarecito en Cienfuegos, me encontré con una muchacha que cantaba allí tres o cuatro noches por semana, y además de ser una de las mujeres más bellas que había visto en mi vida, tenía una voz especial, yo decía que era una voz de mujer porque no podía calificarla de otra manera. Lo único horrible de la muchacha era el vestido pobretón que usaba y sobre todo el nombre, Catalina Basterrechea, aunque para mejorarla la gente le decía Lina, Lina Ojos Bellos.”

            Según Flor de Loto, “Lina no era puta ni tenía vocación de serlo”. Pero como la conmovió con su historia de Cenicienta maltratada, se dispuso a ayudarla y por ende la llevó a La Habana (la guajirita pobre “cargó con una maletica baratona”) y la instaló en su apartamentico. Y “Al mes, mes y medio de estar Lina en La Habana”, o sea: en enero o febrero del 57, hubo otra reunión en la casona de Varadero, a la que Flor de Loto llevó a Lina para que cantara y en la que estuvieron los citados hombres de negocios y “dos empresarios americanos, dueños de una compañía constructora que se iba a encargar de hacer unos hoteles allá mismo en Varadero”. Y, según dice, allí “se conocieron Alcides Montes de Oca y Lina Ojos Bellos: él tenía casi cincuenta y ella menos de veinte, pero esa noche, cuando terminó la conversación de negocios y Lina empezó a cantar, Alcides, nada más de verla y oírla, se enamoró como un loco de la muchacha.”

            Vale resumir, para el objetivo de la presente nota, que el mafioso Alcides Montes de Oca (fallecido en “marzo de 1961” en un accidente automovilístico “en los cayos del sur de la Florida”), entonces dueño de la enorme y valiosísima biblioteca preservada durante 43 años en la que el Conde halló el recetario del 56 con la hoja de Vanidades y en ella la foto de la bolerista, es el influyente adinerado que patrocinó y promovió la vertiginosa y fulgurante carrera de Violeta del Río. Le compró y amuebló un departamento en un edificio nuevo en Miramar y un coche (“un Morris de aquellos que parecían una cuña”), ambos bajo el nombre de Louis Mallet; “le consiguió un hueco para cantar en el segundo show de Las Vegas”, donde él la etiquetó como Violeta del Río. Y “enseguida empezó a hacerse famosa y a cantar en mejores lugares, hasta llegar al show del Parisién, cuando ya La Habana la conocía como la Dama de la Noche” (epíteto que el periodista Silvano Quintero, que la seguía, insomne, con la lengua de fuera y los ojos desorbitados, le endilgó en sus crónicas: “lo que Violeta cantaba nada más tenía sentido si se oía en la noche, cuanto más tarde mejor”). Él financió, en el 59, la grabación del single Vete de mí. Pero ante la vorágine de expropiaciones y prohibiciones que conllevó la huida de Batista y el avance del triunfo de la Revolución, “a finales de 1959 Violeta anunció su retiro del espectáculo”, pues planeaba irse a Norteamérica con Alcides (viudo desde el 56) y sus dos hijos adolescentes, donde se casaría con él y empezaría una vida de señorona burguesa, lejos de los escenarios y de las cabareteras luces del bolero cubano. Pero no se fueron de inmediato, como sí lo hicieron el judío Meyer Lansky y el francés Louis Mallet. Y hasta 1960 “Alcides empezó a preparar la salida de Cuba tratando de salvar lo salvable, aunque perdió cantidad de dinero cuando empezaron a intervenir centrales azucareros y a nacionalizar negocios americanos en los que él tenía acciones”.

         

Haga juego
Casino Parisién, La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

             Y ante la inminencia de la salida de Cuba rumbo a los Yunaites, Flor de Loto se enteró del presunto suicidio de Violeta del Río. Según le dice al Conde: “Yo me vine a enterar de lo que había pasado el lunes siguiente, cuando fui al apartamento de Violeta para saber cómo le había ido en lo que nosotras le decíamos su entrada triunfal en el gran mundo de los Montes de Oca. Cuando llegué, me extrañó ver un movimiento raro y a la que me encontré allí fue a Nemesia Moré, la secretaria de Alcides. Ella me recibió como si yo fuera una extraña y me pidió que me fuera inmediatamente. ¿Pero quién coño es usted?... Ésta es la casa de mi amiga, empecé a decirle, y la muy bestia me soltó la bomba de un tirón: Su amiga está muerta y usted ya no es bienvenida en esta casa... En aquel momento me quedé paralizada y sólo atiné a preguntar qué había pasado. Se suicidó, me dijo la mujer, y me advirtió: No llame al señor Alcides, está muy afectado y lo mejor es dejarlo en paz.”

 V de IX

Vale resumir que catalizado por sus premoniciones y presentimientos, y a través de sus laberínticas averiguaciones (incluso en los virulentos bajos fondos asesinan a un informante de sus tiempos de detective policíaco y a él le dan una golpiza y lo dejan inconsciente y despierta en el hospital rodeado y apapachado por Tamara y sus socios de siempre), el Conde, con el apoyo de Manolo (el capitán Manuel Palacios, quien era sargento y su auxiliar cuando el librero era teniente investigador de la Central), sí llega a desvelar que la bolerista no se suicidó, sino que subrepticiamente fue asesinada con dos píldoras de cianuro diluidas en el jarabe para la tos que estaba tomando en su departamento.

            Pero antes de esto, en un pasaje sobre su desasosiego y las preguntas sobre lo que pudo suceder con la enigmática Violeta del Río, mientras comparte unas botellas de ron con el Flaco Carlos, el Conejo y Candito el Rojo (tres de sus entrañables socios desde la época setentera del Pre de La Víbora), les habla de la bolerista y de sus intrínsecas inquietudes entorno a ella; y entonces el Flaco le dice: “¿Te acuerdas, Conde, cuando cerraron los clubes y los cabarets porque eran antros de perdición y rezagos de pasado?” A lo que añade Candito: “Y para compensar nos mandaron a cortar caña en la zafra del setenta. Con tanta azúcar íbamos a salir de un solo golpe del subdesarrollo [...] Cuatro meses estuve cortando caña, todos los días de Dios.”

           

Viñeta de Edu Molina

           Tarea obligatoria que en Nueve noches con Violeta del Río también vivió el anónimo universitario que se tropezó, el jueves 2 de octubre de 1968, con la clausura de los antros de La Rampa, pues según evoca, tras enterarse, por “La Voz de Oro del Bolero”, que la bolerista recién se había fugado a Miami en una lancha, recuerda: “atravesé otra vez el descampado donde morían bajo el sol implacable las posturas de un café que nunca nadie tomaría, y comencé a llorar, mientras trataba de alejarme de la agobiante necesidad que me había creado aquella mujer. En verdad, no fue fácil; durante años me negué a escuchar boleros y por años me fue imposible amar a otra mujer: ninguna me permitía alcanzar las escalas de placer que había disfrutado con ella, y el sexo me parecía repetitivo y vacío. Pero el paso de esos mismos años, el empeño que puse en mis estudios, los largos meses que pasé lejos de La Habana, cortando caña para la Grana Zafra Azucarera que no resultó ser tan grande como se esperaba y no nos libró del subdesarrollo, y, sobre todo, la llegada de otra mujer —mi mujer—, me ayudaron a aliviar aquel recuerdo que nunca pude matar del todo y que guardé en el cofre cerrado de las más dolorosas nostalgias.” Sitio, íntimo y secreto, donde también yacía la foto de Violeta del Río, guardada durante treinta años.

 VI de IX

Resguardo parecido al que hizo, nada menos, que el progenitor de Mario Conde. Es decir, casi al principio de su pesquisa, el ex policía consultó al párroco Mendoza, ya octogenario, quien conoció a su abuelo el gallero Rufino el Conde y a su padre, de quien le revela que “en 1958” (cuando el Conde tenía “Tres años”) se “enamoró de una cantante”. Y aunque no puede confirmarle si esa cantante era Violeta del Río, esto sí parece embonar (luego embona) con la especie de déjà vu que el Conde les comenta a sus citados compinches en la citada sesión de ron:  

   “Desde que me enteré de la existencia de esa mujer me pasó una cosa muy rara: era como si alguna vez yo hubiera sabido algo de ella y después lo hubiera olvidado. No sé de dónde me viene esa idea, pero si consigo saber qué pasó con ella, a lo mejor encuentro el origen de esa sensación... Después, cuando oí el disco [gracias al portátil y empolvado tocadiscos del Flaco, que incluso se lleva a su casa para oírla a solas y en la intimidad], Violeta acabó de complicarme la vida.”

   Así que en un episodio pre masturbatorio entorno a la voz y a la seductora imagen fotográfica de Violeta del Río, de pronto lo catapulta un borroso recuerdo (de la neblina del ayer) que le lleva a registrar, desnudo y en el cuarto de los trebejos, el cajón de madera donde su padre guardaba varios objetos y que él no había vuelto a mirar desde su lejana muerte. Saca de allí:

“Un viejo guante de beisbol de modelo prehistórico, dos álbumes de fotografías, un sobre con diplomas por méritos laborales, un par de zapatos blancos y negros de puntera afilada, una libreta de teléfonos carcomida, dos cajas de oxidadas cuchillas Gillette, la gorra de conductor de ómnibus con su chapa de identificación, fueron saliendo del baúl hasta que Conde vio lo que su memoria al fin le había remitido desde el recodo de sus más turbios recuerdos. El sobre original aparecía desvaído por la humedad y los años, pero resultaba inconfundible: metió la mano y extrajo el pequeño disco, iluminado con la circunferencia amarilla donde brillaba la gema de la casa grabadora. Conde acarició la placa plástica y descubrió que su superficie se había ondulado, convirtiéndola en un objeto inservible. Consiguió al fin recordar a su padre, sentado en la sala de esa misma casa, envuelto en una penumbra que su mirada de niño sentía misteriosa, dedicado a escuchar ese disco, deglutiendo, quizás, sensaciones similares a las que, más de cuarenta años después, aún podían alarmar a su hijo. La recuperación de aquella imagen de un hombre espantosamente solo que oye cantar a una mujer desde un aparato eléctrico le pareció que, de alguna manera, explicaba al fin su visceral empatía con una voz que había recibido por primera vez hacía tanto tiempo y que se había empozado en su mente, dormida mas no muerta. ¿Hasta qué punto su padre había amado a aquella mujer a la que escuchaba en la oscuridad? ¿Por qué había conservado para siempre aquel disco, tal vez ya inservible mucho antes? ¿Qué le había dicho a su hijo aquella noche perdida en el ayer? ¿Y por qué él, tan recordador, se había olvidado de aquel episodio peculiar que debía haberse mantenido a flote en sus recuerdos? Mario Conde acarició otra vez la superficie plástica, ondulada como un mar nocturno [Mar que teje en la sombra su tejido flotante], y pensó que su padre había sido uno más de los hombres que habían sucumbido a la capacidad de seducción de Violeta del Río y que, como Silvano Quintero, seguramente lloró al conocer la noticia de su muerte y al comprender que de ella ya sólo quedaba el testimonio de su voz estampado en los surcos de aquel pequeño disco.” (Lo llevo en mí como un remordimiento,/ pecado ajeno y sueño misterioso,/ y lo arrullo y lo duermo/ y lo escondo y lo cuido y le guardo el secreto.)

   Conjetura probable, pues casi como preámbulo de la última confesión que le brinda Flor de Loto sobre la temible personalidad del mafioso Alcides Montes de Oca, le dice a quemarropa: “Tu padre iba a cada rato a oír cantar a Violeta y empezaba a darse tragos, hasta que se caía de la silla. Dos veces vi cómo lo sacaban a rastras del club. Tu padre era un cobarde, nunca tuvo valor para acercarse a Violeta. Yo hablé con él dos o tres veces, me daba lástima. El pobre infeliz, estaba enamorado como un perro... [El amor es un perro infernal, Bukowski dixit.] Estuvo dándole vueltas a Violeta hasta que alguien le dijo que si quería seguir caminando con las dos piernas, mejor no apareciera más por donde ella estuviera cantando. Desde ese día no volví a verlo...”

   

El sueño
La Habana, 1959
Foto: Raúl Corrales

        Vale observar, entonces, que Alcides Montes de Oca, que procuraba simular la impoluta y respetable imagen de un hombre decente y convencional, era un mafioso de cuidado y muy vengativo. Al parecer borró del mapa, o hizo borrar, al chofer de la familia que figuraba como padre del par de hijos bastardos que tuvo con Nemesia Moré, su secretaria, administradora y ama de llaves: Dionisio y Amalia Ferrer (el vivo retrato de Alcides), los famélicos y harapientos viejecillos que han custodiado la regia biblioteca durante 43 años en la mansión en El Vedado edificada a todo lujo en 1921. Ordenó que el negro Ortelio, su gorila y chofer en La Habana, dejara tullido, descarrilado y timorato para siempre, al entonces periodista Silvano Quintero de 25 años. Y a Flor de Loto la amenazó la última vez que lo vio en las inmediaciones de la Western Union, cuando ya había muerto Violeta del Río y ella pretendía hablar con él sobre el supuesto suicidio:

   “Lo que me dijo Alcides es que no metiera la nariz donde no debía. En ese momento él no podía arriesgar el futuro de sus hijos [el par de herederos que tuvo con la fallecida Alba Margarita, ‘una de los Méndez-Figueredo, los dueños de dos centrales azucareros en Las Villas y ni se sabe de cuántas cosas más’, y quizá la dueña del recetario del 56, el año en que murió] y por eso se iba, pero pensaba volver en cuanto pudiera, porque tenía que arreglar aquí ciertas cosas. Y su chofer, el negro Ortelio [con aspecto de bóxer y boxeador, tal vez parecido al hercúleo y temible Mike Tyson y con la altura de Michael Jordan], se iba a ocupar de algunos de sus negocios y uno de ellos era que nadie revolviera la muerte de Lina o sus reuniones secretas con Lansky. Todo, como Lina, debía quedar muerto y sepultado hasta que él volviera y lo desenterrara. Por mi bien, me dijo, yo debía olvidarme de todo, especialmente de comentarle aquella conversación a la policía... Y lo dijo de una manera que todavía me espanta. Por eso cerré la boca y no averigüé más. Aquel hombre no era de los que te pedían algo por gusto y luego se olvidaban. No, nunca, fue de ésos...”

 VII de XIX

Parte de la intriga (o intrigas) de la novela La neblina del ayer la suscitan e implican las diez cartas en cursiva que “Tu Nena” (Nemesia Moré) le dirige a su “Querido mío” (Alcides Montes de Oca), las cuales se hallan entreveradas entre los capítulos de las dos partes de la obra: “Vete de mí” y “Me recordarás”. Fechadas, cronológicamente, entre el 2 de octubre (de 1960) y el 19 de marzo (de 1961), esas cartas (especie de páginas de un diario íntimo y secreto) nunca fueron enviadas a nadie y estuvieron ocultas entre los libros de la enorme biblioteca, donde luego aparece asesinado Dionisio Ferrer. Sorpresivo e inesperado crimen que suscita la intervención de la policía con el capitán Manuel Palacios a la cabeza de la investigación, que interrumpe el boyante negocio de compraventa de libros que estaban haciendo el Conde y su socio Yoyi el Palomo, y los coloca entre los sospechosos y por ende son fichados e interrogados en la Central. Y si bien el Conde llega a saber de la existencia de esas cartas, no pudo leerlas y enterarse de su contenido porque Amalia Ferrer las localizó y destruyó.

            Vale resumir que en varias de esas misivas Nemesia Moré, al unísono de que reporta un paulatino deterioro mental, lamenta que Alcides la suponga la asesina de la bolerista; pero luego habla del temor que él le suscitaba y de la posibilidad de que él sea quien la mató. Y casi por último, previo al comentario de la muerte de Alcides en Estados Unidos, refiere el descubrimiento, doloroso e inquietante para ella, de la persona (sangre de su sangre) que sustrajo dos píldoras de cianuro de una adquisición para combatir una plaga de ratones en el jardín.

            Vale subrayar que en septiembre de 2003, Nemesia Moré es una anciana nonagenaria recluida (y escamoteada) en una recámara de la casona de El Vedado, más que por su remota pérdida de la razón y del habla, por el oculto, empantanado y ponzoñoso sadismo de su hija Amalia Ferrer, inextricable a su evidente psicosis. Y el patético y lastimoso estado en que la descubren el Conde y el capitán Manuel Palacios es el pasaje más estremecedor, macabro y espeluznante de la obra:

            “Decidido a resolver aquel enigma pospuesto, Conde dio un paso hacia el interior del cuarto y estuvo a punto de soltar un alarido. Sobre la cama imperial de madera oscura, con sólidas columnas talladas de las que colgaban unas gasas deshechas, estaba el cadáver viviente, completamente desnudo, de lo que alguna vez había sido un ser humano. Imponiéndose a sus deseos de echar a correr, Conde hizo un acopio de fuerzas y observó el esqueleto yacente sobre el colchón desprovisto de sábanas. Sólo el levísimo movimiento del aire en el diafragma hundido advertía que allí quedaba algún aliento de vida, pero el cráneo, definitivamente cadavérico, sumergido en la almohada, parecía desprendido del resto de cuerpo, de donde se había evaporado toda fibra muscular, como devorada por un carroñero voraz. Los brazos y las piernas inertes parecían gajos secos, quebradizos, y con horror Conde vio la abertura morada y tumefacta del sexo, macerada por los ácidos de la orina, y la piel colgante, plegada una y otra vez sobre sí misma, que alguna vez estuviera poblada por el monte de Venus. La muerte tocaba todas las puertas de acceso a aquel deshecho humano y hasta en el aire se respiraba el aroma amargo de su presencia.”

 VIII de XIX

No obstante la serie de testimonios y conjeturas, quizá vale dudar del presunto enamoramiento de Violeta del Río y su presunta decisión de dejar de cantar por cantar para convertirse en la joven, bella y esplendorosa cónyuge de un burgués mafioso y cincuentón cubano autodesterrado en Florida. Según le dijo la ex madama Flor de Loto al Conde: “Lina no era puta ni tenía vocación de serlo”, pero “podía estar dispuesta a hacer lo necesario para alcanzar su meta”. ¿Y cuál era su meta? ¿Ser una profesional del bolero que además podía, y podría, cantar por cantar en el escenario donde la contrataran y donde le diera su regalada gana? ¿O sólo ser la querida o gratificada esposa de un viudo y rico mafioso con dos hijos adolescentes? ¿Estaba realmente enamorada de ese hombre que metía miedo y la agasajaba con caros caprichos? ¿Su “himno de combate” Vete de mí lo cantaba así, como si fueran cosas de su propia vida, como si le fuera la vida, porque en esa letra subyacía o le imprimía algo oscuro y desesperado, quizá maldito, de amor-odio y coercitivo por la implícita y tácita omertà? A priori, por lo pronto, parece que sí gozaba a lo grande con el señor Alcides Montes de Oca, pues Amalia Ferrer, quien entonces tenía la misma edad que Violeta del Río, con la copia de la llave que tenía Nemesia Moré en su calidad de administradora y ama de llaves, se metió a la lujosa leonera en Miramar, según les confiesa al Conde y a Manolo, quien porta su uniforme de capitán de la policía:  

    “Lo primero en sorprenderme fue comprobar lo bien que vivía: en comparación con esta casa [la deteriorada, desamueblada y vetusta mansión en El Vedado donde se resguardó, intocable y durante 43 años, la enorme biblioteca de tres generaciones de Montes de Oca: cinco mil volúmenes que van del siglo XVI al XX], aquél era un apartamento modesto, pero estaba montado a todo lujo. Para mí fue como un golpe en el estómago entrar en la habitación y encontrarme con una cama matrimonial de estilo, más grande que las camas normales, donde seguramente se revolcarían ella y el señor Alcides, viéndose fornicar como animales en un espejo que habían hecho colgar del techo. En varios cofrecitos tenía joyas finas, debían de valer una fortuna. Y la ropa: clósets llenos de ropa cara, zapatos de las mejores marcas, hasta abrigos de piel que nunca habría podido usar en Cuba... Todo eso lo había comprado con el dinero que nos pertenecía a mamá, a Dionisio y a mí, yo, que jamás había usado una ropa como aquella y no tuve otra joya que una cadenita de oro y un anillo, el regalo del señor Alcides por mis quince años.”

    Y luego añade en su varias veces estremecedor monólogo: “fui a la sala del apartamento y saqué de su sobre el disco que había visto al llegar. Era el que el señor Alcides había pagado para que le grabaran. Lo coloqué en el tocadiscos y lo puse a funcionar. Cuando oí su voz, sentí cómo me temblaban las piernas. Ella cantaba una canción, se llamaba Vete de mí, y de pronto tuve la impresión de que se dirigía a mí. Por eso, sin esperar más, tomé las precauciones que había aprendido del veterinario, trituré las cápsulas y las diluí en el jarabe. Luego lo limpié todo y salí de la casa.

IX de IX

Aún en busca de respuestas, siguiendo su intuitiva e intrínseca pulsión, el Conde va a deambular, solitario, perruno apaleado y a pata pelada, por los noctámbulos sitios donde anduvo Violeta del Río con su tentador cuerpo de pecado (y donde previamente observó los actuales y variopintos ejemplares de la infame turba de nocturnas aves que pululan y talonean por allí):

            “Sin intenciones de buscar una respuesta satisfactoria, Conde se alejó del bullicio nocturno y tomó la pendiente de La Rampa, con los límites cronológicos de la nostalgia ubicados más allá de su memoria personal, mucho más allá de su más remoto recuerdo, y trató de encontrar los rastros todavía visibles de una ciudad rutilante y pervertida, un planeta lejano, conocido de oídas, escuchado en discos olvidados, descubierto en infinitas lecturas, y que en sus evocaciones siempre se le aparecía poblado de unas luces, clubes, cabarets, melodías y personajes que, ahora lo sabía, casi cincuenta años atrás debió de frecuentar Violeta del Río, con sus esperanzas a toda máquina, en busca de su lugar en el mundo.

       

Esperando el año
Hotel Nacional, La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

           “Transitó, sin detenerse, ante el lumínico revitalizado de La Zorra y el Cuervo, donde alguna vez cantó aquella mujer, vedado ahora a quienes no cargaran los cinco dólares norteamericanos capaces de abrir sus puertas y garantizarles una silla; contempló la entrada sólidamente clausura de La Gruta [donde en los 60 cantaba boleros la Violeta del Río del cuento], de la cual no salía ya ni el último eco de los acordes trasnochados que una vez hicieron retumbar aquella cueva musical cuando afuera comenzaba a salir el sol; miró sin emociones especiales las ruinas calcinadas del antiguo Montmartre, proletariamente rebautizado como Moscú y proféticamente devorado por un incendio unos años antes de la desintegración del imperio; pasó, como si huyera, frente al portón desangelado del cabaret Las Vegas, donde le llamó la atención la presencia de un hombre, más o menos de su edad [ídem el desterrado Fernando Terry en pos de la presunta novela perdida del poeta independentista José María Heredia y Heredia], que miraba con especial nostalgia el sitio ahora empapelado donde por tantísimos años se pudo beber el último café de las madrugadas habaneras; cruzó sin esperanzas ante la torre coronada por el Pico Blanco y no lo tocó ni un arpegio de guitarra; subió hacia el oscurecido Salón Rojo del Capri, con sus puertas atadas con una cadena, y por fin entró en los jardines del Hotel Nacional, atravesando la mirada hosca de los vigilantes, armados de walkie-talkies, que le perdonaron la vida cediéndole el paso sin hacerle preguntas, aunque visualmente lo acusaron de los cargos de ser cubano, de no tener dólares, de no ser del ambiente. Se detuvo unos minutos ante el pórtico lujoso y también dolarizado del Parisién, el cabaret donde alguna vez actuaron el inmortal Frank Sinatra —para que lo oyeran [el mafioso Lucky] Luciano, [Meyer] Lansky, Trafficante— y una joven olvidada que se hacía llamar Violeta del Río y cantaba por el gusto supremo de cantar.”

     

Frank Sinatra

          Pero si esa enigmática Violeta del Río, La Dama de 
la Noche de los 50, no hubiera muerto hace 43 años siendo una atractiva y seductora veinteañera que volvía locos a los hombres (y a las mujeres y demás fauna noctámbula), sin duda tendría una variante pizca (algo o mucho) de las ineludibles mutaciones (no me preguntes cómo pasa el tiempo) que el académico cubano (casi cincuentón) observa la noche del 16 de mayo de 1998, treinta años después, en la Violenta del Río que mira y escucha en la vaporosa y odorífica penumbra de La Cueva de Miami Beach cantando por cantar (o por el gusto supremo de cantar) el bolero La vida es un sueño:

           

Rita Montaner
La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

          “La señora que ahora remedaba el estilo dramático y despechado de la que alguna vez fue La Dama Triste del Bolero y animaba las noches perdidas de La Gruta, tenía sesenta años, algunas libras de más, un poco menos de su voz gruesa de entonces y el pelo de un rubio más exagerado, cayéndole ya sin furia sobre la cara. Sin embargo, dueña de sus posibilidades, el espectro de la mujer que una vez me había enloquecido, todavía conservaba una fascinante comunicación con sus canciones, siempre susurradas, como dichas al oído, con aquel sentimiento interior que tan bien sabía expresar Violeta del Río.”  

 

Constantino Arias y Raúl Corrales, Cuba. Dos épocas. Colección Río de Luz, FCE. Fotos en blanco y negro. Presentación de María E. Haya. Edición de Pablo Ortiz Monasterio. México, junio 15 de 1987. 72 pp.

Nacho López, Yo, el ciudadano, Colección Río de Luz, FCE. Fotos en blanco y negro. Presentación de Fernando Benítez. Edición de Pablo Ortiz Monasterio. México, agosto 30 de 1984. 80 pp.

Leonardo Padura, Aquello estaba deseando ocurrir. Colección Andanzas núm. 849, Tusquets Editores. México, mayo de 2015. 262 pp.

Leonardo Padura, La neblina del ayer. Colección Andanzas núm. 577, Tusquets Editores. México, junio de 2005. 360 pp.

Leonardo Padura, La novela de mi vida. Colección Andanzas núm. 470, Tusquets Editores. Barcelona, marzo de 2002. 350 pp.

Leonardo Padura, Los rostros de la salsa. Colección Andanzas s/n, Tusquets Editores. México, marzo de 2020. 334 pp.

Leonardo Padura, Nueve noches con Violeta del Río. Ilustraciones en blanco y negro de Edu Molina. Colección Vientos del Pueblo, FCE. México, enero de 2022. 32 pp.

Xavier Villaurrutia, Obras. Poesía, teatro, prosas varias, críticas. Letras Mexicanas, FCE. 1ª reimpresión, octubre 10 de 1974. México. 1096 pp.  

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Vete de mí (1966), corto, con Virgilio Expósito y la dirección de Alberto Ponce. 

domingo, 5 de mayo de 2024

Regreso a Ítaca

Parecido a una hoja de papel

 

I de VII

                                                                                               In memoriam Laurent Cantet

Con la coautoría del escritor cubano Leonardo Padura y del cineasta francés Laurent Cantet, en julio de 2016 se publicó en México el libro Regreso a Ítaca, número 881 de la Colección Andanzas de Tusquets Editores. Se trata de un misceláneo compendio cuyo punto gravitacional es el filme Retour à Itaque (2014); película de producción francesa dirigida por Laurent Cantet pero rodada en locaciones de La Habana con un argumento cubano y hablada con los acentos, el vocabulario y las inflexiones del popular español habanero, en base a un guion urdido entre el cineasta y Padura (a partir de un texto suyo), con la colaboración de Lucía López Coll, entrañable esposa del novelista, tributada en casi todas las dedicatorias y agradecimientos de sus libros. El 5 de septiembre de 2014, Retour à Itaque obtuvo en Venecia el Premio Venici Days otorgado por el jurado de la Semana de Autor, sección paralela de la 71 edición del Festival de Cine de Venecia; y luego, el siguiente 6 de octubre ganó el Premio Abrazo a la Mejor Película en la vigésima tercera edición del Festival de Cine Latinoamericano de Biarritz.

             Sobre el itinerario inicial del filme, apunta Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955) en la página 156 del libro:

           


         “El estreno mundial de Regreso a Ítaca se produjo en el Festival de Cine de Venecia [el 31 de agosto de 2014, según Wikipedia] y en el de Toronto, en septiembre de 2013 [sic]. En la Sesión de Autores del Festival de Venecia, la película ganaría el premio de la competencia. Su tercera proyección ocurrió en el Festival de San Sebastián, en el cual no competía, pero al que la película acudió acompañada por sus cinco protagonistas [el directivo Eddy: Jorge Perugorría; el ingeniero Aldo: Pedro Julio Díaz Ferrán; la oftalmóloga Tania: Isabel Santos; el pintor Rafa: Fernando Hechavarría; y el escritor Amadeo: Néstor Jiménez]. Después llegó el XXIII Festival de Cine Latinoamericano de Biarritz, donde se alzó con el Premio Abrazos [sic]. Mientras, su estreno comercial fue programado para realizarse en París, en diciembre de ese mismo año, casi al mismo tiempo en que debía haber sido exhibida en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, al cual, en cuanto producción francesa de tema cubano, había sido invitada a participar fuera de competencia, en un pase único, que fue programado, anunciado... y luego cancelado.”

           

Colección Andanzas núm. 881, Tusquets Editores
México, julio de 2016

            Al margen de tales efemérides y de la frustrante y folklórica cancelación, viene a cuento ese pasaje porque el yerro en “2013” quizá haya sido un lapsus de Padura (dado el consabido refrán de que al mejor cazador se le va la libre), pero sin duda es un botón de muestra de la negligenica con que Tusquets Editores hizo, en México, la maquila del presente libro Regreso a Ítaca. Es decir, un corrector de marras pudo haber reparado ese yerro y más aún: hubiera eliminado todos los acentos que se leen en la palabra guion, cada vez que aparece en el libro. Esto, más que un descuido, resulta un anacronismo por default de los Editores, pues es difícil visualizar a un viejo lobo de mar como es Padura más aún ligado a la estrecha colaboración de la guionista de cine y televisión Lucía López Coll (La Habana, 1959), primera lectora de todo lo que escribe su compañero de vidatecleando la palabra guion con acento una y otra vez, pues no parece probable que el dúo dinámico (que vive en una isla pero no aislado en un caracol a la deriva en el ciclónico y agitado Mar Caribe) ignore que la palabra guion dejó de ser optativa: guion o guión, y por ende ahora mismo (y en 2016) se escribe sin tilde por ser un monosilábico ortográfico. Es decir, esto es así según la vigente normativa de la RAE, divulgada y popularizada a nivel global a través de la versión electrónica de la Vigesimotercera edición del Diccionario de la lengua española —de libre consulta en la web—, a partir de la Ortografía de la lengua española editada en 2010 por la RAE. No obstante, el reiterado uso de la palabra guion con acento, quizá podría interpretarse como una “encriptada” y lúdica protesta contra la “prepotencia” y la “dictadura” del anacrónico Reino, postura rebelde e “independentista” semejante a la del catalán converso Darío Martínez, neurocirujano de alto calibre remunerativo, cubano de nacimiento (y ex militante de la Juventud Comunista y del Partido Comunista de Cuba), exiliado y asentado exitosamente en Barcelona durante el Período Especial de los 90, quien incluso en el 2000 ya parlotea el español con un vocabulario y un deje catalán, según se lee en Como polvo en el viento (Tusquets, 2020), novela de Leonardo Padura.

            Es fácil inferir que para el cineasta francés Laurent Cantet (Melle, junio 15 de 1961- París, abril 25 de 2024) fue relevante el estreno en Francia del filme Retour à Itaque “en diciembre de 2014” (el día 3, según Wikipedia) —quien vivía a las afueras de París en una casa de película donde cocinaba platillos de película (con vinos y quesos de película) que, con los ojos de plato y la baba escurriendo, harían las delicias de Mario Conde y el Flaco Carlos, inveterados e insaciables glotones—. Pero también lo fue (quizá aún más o muy singularmente) cuando por fin se estrenó en Cuba. Al respecto, apunta Leonardo Padura en la página 127 del libro:

           

Leonardo Padura y Laurent Cantet

            “El sábado 2 de mayo de 2015, como parte del 18º Festival de Cine Francés en Cuba se produjo en la sala Charles Chaplin de La Habana el estreno público en la isla de Regreso a Ítaca, la película dirigida por Lauren Cantet, para la cual, a cuatro manos con el director y con la colaboración de Lucía López Coll, yo había escrito un guión [sic] inspirado en unos pasajes de mi libro La novela de mi vida.” De hecho, así aparece acreditado en la “Ficha técnica” que se lee en la página 21 libro: “Guión [sic]: Leonardo Padura y Laurent Cantet, con la colaboración de Lucía López Coll, inspirado en episodios de La novela de mi vida, de Leonardo Padura.”

            Y aquí, entre paréntesis, hay que enmendarle el enunciado al anónimo enciclopedista de Wikipedia, pues, hoy por hoy —ante los cuatro pestíferos vientos del disperso, variopinto y recalentado orbe del idioma español— afirma categórico sobre la película: “El argumento es una adaptación libre de un fragmento de La novela de mi vida de Leonardo Padura.” Pero esto no es precisamente así, pese a que a priori pueda parecerlo.

 II de VII

Al inicio de una de las tres vertientes narrativas que conforman La novela de mi vida (Tusquets, 2002) se ve al profesor y eventual poeta Fernando Terry Álvarez —recién llegado de Madrid tras 18 años de destierro— reunido con cinco viejos amigos, que rondan la cincuentena, en la azotea de una astroso edificio habanero, desde donde se otea el Capitolio y el mar y llega su olor. Los cinco amigos del desterrado (sin excluirlo a él) son prototipos de resistencia y resiliencia en el devenir de los consabidos márgenes y restricciones de la decadente y esclerótica dictadura de la Revolución Cubana: el poeta Álvaro Almazán (el Varo), el poeta Arcadio Ferrer (el bello Arcadio), el narrador Miguel Ángel (el Negro), el profe universitario Tomás Hernández y el ricachón Conrado, director de una empresa española de importación-exportación; más dos fallecidos: el dramaturgo Enrique Arias en 1979 y el documentalista Víctor Duarte en 1981, presentes con un par de velas encendidas. A esa recepción sólo faltó Delfina, la única mujer del grupo, especialista en artes plásticas. Esos nueve amigos conformaron, en los años 70, el grupo los Socarrones, mientras eran compinches y alumnos de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana; y esa azotea era el reducto de sus tertulias literarias y existencialistas, incluso después de concluida la carrera. Por un infundio endilgado al profesor Fernando Terry por un policía de la Seguridad del Estado que oficialmente operaba en la universidad: supuestamente sabía que Enrique Arias planeaba huir de Cuba en una lancha y debió haberlo informado a las “instancias correspondientes”, fue suspendido de su empleo en la Escuela de Letras (llevaba dos años dando clases). Y tras un opresivo y cada vez más agudo declive, se vio empujado a declararse vil “escoria antisocial” y a emprender el exilio por el puerto del Mariel en mayo de 1980. (Lo cual es una alusión a la masiva y abigarrada migración hacia los Estados Unidos marea humana, la tildaría el documentalista chino Ai Weiwei— sucedida entre el 15 de abril y el 31 de octubre de 1980; mediático e histórico episodio llamado el éxodo del Mariel.) Luego de cuatro años de residencia en Estados Unidos, peyorativamente tildado de marielito o hispanic (un año trabajando de albañil en Miami, precedido por los tres primeros meses subsistiendo en una carpa montada en los jardines del Orange Bowl y luego: tres años de oscuro y subterráneo custodio de los fondos del Museo Guggenheim de Nueva York), se fue a España, donde desde entonces vive en el ático de un edificio en el centro madrileño. En Madrid, primero fue acomodador de libros en una biblioteca y luego profesor de español y literatura en un liceo, hasta el presente. Cuando se embarcó al exilio tenía 30 años de edad y en la actualidad tiene 48 y por ende es 1998 (o 1999). Y dado que en Cuba era un reconocido y laureado especialista en la vida y obra del poeta decimonónico, romántico, independentista y antiesclavista José María Heredia y Heredia (su tesis de licenciatura sobre la poesía de este se volvió libro de consulta para los alumnos y su tesis doctoral sobre el mismo tema se quedó trunca), tras recibir una carta donde Álvaro Almazán le informa de la probable localización de los papeles perdidos de Heredia —que Terry supone es “la presunta novela perdida” del Cantor del Niágara que por años buscó sin éxito—, obtiene, en el consulado cubano en Madrid, un permiso para regresar, un mes, a su país.

    Vale resumir, entonces, que tres son los objetivos de Fernando Terry que pretende despejar durante esas cuatro volátiles semanas en la isla: localizar el manuscrito perdido de Heredia, descubrir cuál de sus amigos fue el que presuntamente delató que él sabía que Enrique Arias quería fugarse de Cuba en una lancha, y sondear qué vínculo puede surgir con Delfina (de 47 años), de quien está enamorado desde 1969.

   

Fotograma de Regreso a Ítaca (2014)

          La vetusta azota donde los cinco Socarrones, con suculenta comida y bebida, celebran el
regreso sin gloria de Fernando Terry después de unos 25 años de no reunirse allí, es la azotea del deteriorado edificio donde vivía y aún vive el poeta Álvaro Almazán, de escasa obra e inclinado al trago, quien fue el convocante y quien la bautizó: “la penúltima cena de los Socarrones”, y quien colocó y encendió las dos velas que hacen presentes al par de muertos. Y además de los episodios en flashback donde se narran ilustrativas anécdotas de las reuniones en la azotea de la época estudiantil de los años 70 (la década negra), esa vertiente narrativa de La novela de mi vida, y la obra en sí, concluye con una última cena en la azotea: la reunión de despedida, la cual se sucede durante la noche, la madrugada y el amanecer del último día, en la que los Socarrones beben, fuman y oyen la voz de Enrique Arias a través de la lectura de la copia definitiva de la Tragicomedia cubana (novela teatral), cáustico e inédito libreto, legado por el dramaturgo a Fernando Terry. Pero si bien el profesor de liceo en Madrid está obligado a marcharse de la isla al concluir el mes, no quiere irse: “Sí..., pero ahora no sé cómo irme”, le dice a Delfina, dizque “su mujer”, quien casi lo obliga “a beber el primer sorbo de su café”.

III de VII

En el libro Regreso a Ítaca, Leonardo Padura cuenta que en septiembre de 2009 estaba en España por la aparición y promoción de su novela El hombre que amaba los perros (recién publicada por Tusquets en Barcelona, luego de cinco años de trabajar en ella y a punto de perder la estabilidad emocional y la cordura: escribía como un loco para no volverme loco), donde dos productores amigos de él (uno español y otro francés) le propusieron escribir las historias de una película “que incluso [ya] tenía título: Siete días en La Habana”, y que él aceptó, pero antepuso como única condición trabajar a cuatro manos con su esposa Lucía López Coll. 7 días en La Habana se estrenó en el Festival de Cannes el “23 de mayo de 2012” (y no obtuvo ninguna presea en la sección a concurso del Premio Una cierta mirada) y comprende siete cortos (que corresponden a los siete días de la semana) dirigidos por siete directores: El yuma, por Benicio del Toro; Jam session, por Pablo Trapero; La tentación de Cecilia, por Julio Medem; Diary of beginner, por Elia Suleiman; Ritual, por Gaspar Noé; Dulce amargo, por Juan Carlos Tabío; y La fuente, por Laurent Cantet.

         

Fotograma de La fuente, corto dirigido por Laurent Cantet
que cierra el filme 7 días en La Habana (2012).

            En La  fuente se narra que la abuela Martha se despierta anunciando a voz en cuello que tuvo un sueño en el que su virgen de Oshún de bulto sobre un pedestal en un rincón de la sala debe estar sobre una fuente, allí mismo en la sala de su humilde vivienda (ubicada en el piso de un populoso edificio) y convoca y moviliza a sus vecinos (niños y grandes, de todas las razas, edades y colores) para echar abajo una pared, construir la fuente, pintar el muro de amarillo (queda naranja), acarrear agua de mar con cubetas y vaciarla a la fuente, adornarla y tributarla con una ritual celebración para la que se aportan viandas (incluso un pastel), música de cuerdas y gorgoritos de un ave maría, más percusiones, danza y devotos cantos corales de ascendencia africana, ese mismo domingo por la noche, mientras ella luce un supuesto vestido amarillo dizque igualitico al vestido de la virgen, quesque solicitado por esta, mismo que ese día le confecciona una vecina costurera luego de tomarle las medidas. La sincrética fe comunitaria, la solidaridad laboral y el trasiego de los vecinos hormiga (incluso ilícito) hacen posible la supuesta petición de la virgen. Mientras al final, la abuela Martha, solitaria y quizá satisfecha, se hunde en otro sueño al pie de su virgen de Oshún.

           

Fotograma de La fuente, corto dirigido por Laurent Cantet
que cierra el filme 7 días en La Habana (2012).

         Según cuenta Leonardo Padura en el libro: “Entre los directores que se sumaron a aquel proyecto de película coral habanera en algún momento apareció el nombre de Laurent Cantet, un realizador que me había removido unos meses antes cuando pude ver su película Entre les murs (La clase, en español), muy merecidamente coronada con la Palma de Oro de Cannes en 2008. Y si yo había puesto como condición para trabajar en Siete días... que Lucía escribiera conmigo, Cantet había esgrimido una premisa que me sorprendió: ¡aceptaba venir a filmar a Cuba porque quería trabajar conmigo! La razón de Cantet era mucho más simple que todas las mías, pero definitivamente más halagadora: había leído la traducción francesa de mi novela La novela de mi vida (no me disculpen la obligada redundancia) y se había declarado miembro de mi hipotético club de fans.” El caso es que, dice Padura, la primera vez que se vio con Cantet fue “en La Habana, a principios de 2010”; y entonces supo que el cineasta había leído las novelas policiales de Mario Conde traducidas al francés; y que quería que el corto para Siete días fuera una adaptación de la vertiente de La novela de mi vida en la que el desterrado Fernando Terry se reúne con sus viejos amigos en la vetusta azotea de La Habana. Pero Padura le dio una vuelta de tuerca a esa propuesta, pues, dice: “le propuse a Cantet que, a partir de la situación del encuentro de unos amigos en una azotea habanera, creáramos una nueva historia en la que se quebrara el tópico del exilio. O sea, en lugar de escribir un argumento sobre alguien que se va de Cuba, lo hiciéramos sobre alguien que regresa a Cuba (el personaje que se llamaría Amadeo) y... decide quedarse, ante el asombro más que justificado de los que han permanecido en el país, viviendo incluso circunstancias difíciles, y, como tantos cubanos, han visto partir a mucha gente, incluidos padres, hermanos, amigos, hijos.”  

            El caso es que Padura, en su casa en el barrio de Mantilla, se puso a teclear la “especie de argumento guionizado” que pronto tituló Vuelta a Ítaca, en cuya expectativa cinematográfica Cantet buscaba que Padura fuera uno de los intérpretes, pero el novelista rechazó esa propuesta; que, se infiere, hubiera sido la caracterización del escritor Amadeo (el único escritor del grupo de cinco viejos amigos cincuentones), que es el desterrado en Madrid durante 16 años (se fue de Cuba en 1994), el cual regresa en 2010 a La Habana decido a quedarse (para volver a escribir y sentirse escritor), pese a las autoritarias y riesgosas dificultades que esa decisión implica. Más aún porque en el “Argumento-guión” [sic] de “Vuelta a Ítaca” que se lee casi al final libro, Eddy les dice al corro reunido en la azotea, sobre la novela que Amadeo supuestamente tiene aleteando en la oquedad del coco: “Por lo que me dijo hace dos años cuando nos vimos en Madrid tiene que ver con nosotros, o con gentes como nosotros... Pal carajo, qué disparate...” No obstante, el drama existencial de ese grupo de amigos es un tema recurrente y obsesivo en la obra de Leonardo Padura, pues una y otra vez ha transpuesto en sus narraciones el drama individual, social, económico, político, existencialista, ideológico e histórico de su generación; además de en La novela de mi vida, en El hombre que amaba los perros, en Como polvo al viento, en las novelas policíacas de la saga de Mario Conde, en los argumentos de los guiones “Vuelta a Ítaca” y “Regreso a Ítaca”, cuyo médula y quintaesencia autobiográfica bosqueja en el ensayo “La generación que soñó con el futuro”, fechado en “2013” y reunido en su libro Agua por todas partes (Tusquets, 2019), en cuya portada se observa, significativamente, el cerrado encuadre, de un retrato más amplio, del niño Leonardo de la Caridad Padura Fuentes haciendo la tarea con su uniforme pioneril del ciclo escolar “1960-61”.

           

Colección Andanzas núm. 938, Tusquets Editores
México, agosto de 2019

          Pero ni tardo ni perezoso, Padura (el más empecinado Sísifo de su generación de Sísifos) tuvo listo el argumento guionizado de Vuelta a Ítaca. Y una tarde habanera de “principios de junio de 2010”, fueron convocados los actores en “una azotea del barrio habanero de El Vedado”, donde se efectuó “un protoensayo, que a la vez funcionaría como casting para el rodaje del corto, y para el cual Cantet les pidió a los intérpretes que, cuando lo creyeran orgánico, se explayaran en determinados conflictos, incluso que si lo sentían necesario se olvidaran del argumento escrito y fuesen ellos mismos, con sus experiencias y sus pasiones. Como director, sólo intervino para pedirles en algún momento que alternaran sus personajes o se ubicaran en un lugar preciso del espacio escogido. Mientras, Laurent Cantet iba recogiendo todo el proceso con su pequeña cámara personal.”

      Luego de esto, el cineasta voló de La Habana al Canadá para iniciar el rodaje de su película Foxfire (2012). Y Padura, dice: “inspirado por lo ocurrido en la azotea habanera durante el ensayo-casting, reescribí el argumento original y se lo envié a Cantet, tal como habíamos quedado...”

     Vale reiterar, entre paréntesis, que ese argumento figura antologado casi al final del presente libro con el título “Vuelta a Ítaca”, “Guión [sic] para corto del filme Siete días en La Habana”, datado al calce en Abril de 2010 y firmado en solitario por Leonardo Padura Fuentes. Fecha relevante porque casi al inicio del libreto apunta el guionista: “Una simple mirada del entorno nos dice que estamos en La Habana de 2010.”

 


               Pero la respuesta del cineasta que recibió Padura en su casa de Mantilla, nuevamente lo sorprendió y fue el germen del llevado y traído guion que luego se convertiría en la película Retour à Itaque (2014), rodada en La Habana durante “diecisiete noches en una terraza habanera” apunta Cantet en su prefacio, datado en París, diciembre de 2015, pese a que el filme inicia en la tarde de un día y termina en el siguiente amanecer, con un par de escenas en el interior del departamento (minúsculo en el texto) donde subsiste Aldo (el Negro) con su madre Fela y su hijo Yoenis, jovenzuelo y nini (ni estudia ni trabaja), novio de una tal “Leidiana, que viste de negro, al estilo gótico: t-shirt con imagen de ‘Drácula’, [y] pantalón ceñido”. Según cuenta Padura: “Unos pocos días después recibí un e-mail del director francés, remitido desde Canadá. En el mensaje [enviado el sábado 19 de junio de 2010 y que él transcribe traducido al español por María Elena Cos Villar], se disculpaba conmigo, pero, luego de ver los materiales filmados, estaba convencido de que, con aquella historia, no podía hacer un corto para Siete días en La Habana... ¡porque justo aquella historia merecía un largometraje! Clamaba por más profundidad, más espacio para el desarrollo de los conflictos, más aire para los personajes. Y aunque no tenía productor asegurado para hacer ese largometraje, definitivamente no iba a gastar aquella bala en un blanco que no le parecía el más adecuado...”

IV de VII

Datado en Abril de 2010, el “Argumento-guión” [sic] de “Vuelta a Ítaca” se lee en el libro entre las páginas 159 y 178. Y está dispuesto en tres cuadros. Mientras que entre las páginas 19 y 124, en quince escenas numeradas, se lee el argumento del guion de “Regreso a Ítaca”. Y en una preliminar nota advierten los coautores y la colaboradora: “Para facilitar la lectura del guión [sic], hemos decidido suprimir las acotaciones propias de este tipo de formato. El texto que sigue a continuación tiene una forma más literaria, pero respeta el guión [sic] original en su contenido y forma.”

            Sobre el reparto de “Personajes” en “Vuelta a Ítaca” se lee como si se tratase del preámbulo de un libreto teatral:

      “Amadeo, Aldo, Tania, Rafael (Rafa) y Eduardo (Eddy). Tienen algo más de cincuenta años. No importa especialmente el color de su piel. Son cubanos, habaneros, y viejos amigos. Amadeo es escritor y hace dieciséis años que vive en España, donde se quedó durante una gira del grupo de teatro del cual era asesor dramático; Aldo, ingeniero mecánico, interrupto, vive de hacer baterías de autos en un taller clandestino; Tania; oftalmóloga; Rafa, pintor, sin ningún talento especial; Eddy, periodista de profesión, nunca ejerció y es directivo de una empresa artística.”

      Pero además, en otra nota preliminar, se apela a la improvisación actoral: “El texto se propone como una estructura dramática en la que los actores, en la medida en que se apropien de sus personajes y del conflicto creado, puedan enriquecerlo en la puesta en escena.”

    Mientras que en “Regreso a Ítaca” se lee sobre los “Personajes”:

 

Fotograma de Regreso a Ítaca (2014)

            
Amadeo, Aldo, Tania, Rafael (Rafa) y Eduardo (Eddy). Tienen algo más de cincuenta años. Son cubanos, habaneros, y viejos amigos. Amadeo es escritor y hace dieciséis años que vive en España, donde se quedó durante una gira del grupo de teatro del cual era asesor dramático; Aldo, negro, ingeniero mecánico, interrupto, vive de hacer baterías de autos en un taller clandestino; Tania, oftalmóloga [quien en la película —no en el guion—, experimenta una emotiva y catártica conmoción al oír los coros e iniciales acordes de California dreamin’, de The Mamas & The Papas, otrora de la música perniciosa, al igual que los Beatles, prohibida por la ortodoxia ideológica del ‘socialismo científico’, encarrerado como un bólido al comunismo, ‘la etapa superior y definitiva del desarrollo de la humanité’]; Rafa, pintor, sin ningún talento especial; Eddy, periodista de profesión, nunca ejerció y es directivo de una empresa turística del gobierno cubano.”

   


              Desde luego que en “Regreso a Ítaca” el drama de cada uno de los cinco protagonistas —y el conflicto entre ellos— está ampliado y comprende, además de variantes, más matices y tensiones. En el desarrollo de la obra, los personajes vociferan coloquiales palabrotas y lúdicas bromas con que evocan y se burlan del dogmatismo ideológico de manual socialista de su sovietizado proceso educativo, y hacen anecdóticas alusiones autobiográficas en torno a la coerción autoritaria y política con que fueron domesticados, reprimidos y manipulados en la época estudiantil del preuniversitario (repleta de prohibiciones individuales y obligaciones comunitarias). Pero también cada uno bosqueja el doloroso, visceral y traumático drama de su individualidad y de su presente fracaso (“Una generación de vencidos. Amenazados con la dispersión, la frustración, el miedo”, resume Aldo), inextricable a la consubstancial falta de libertades y de expectativas de un futuro abierto y mejor, a la indigna y humillante pobreza y mediocridad de sus ingresos profesionales con excepción de Eddy, pero por corrupto, y con el detalle de que Aldo, el creyente ideológico del supuesto Hombre Nuevo del supuesto “socialismo científico” (incluso de la supuesta validez de la guerra de Angola), labora en la clandestinidad con materiales robados por otros al Estado (no obstante: lo mismo peca el que mata la vaca, que el que le sostiene la pata); todo ello en el consuetudinario contexto del iluso y vaporoso devenir de la Cuba sovietizada de los años 70 y de las múltiples hambrunas y carencias durante el Período Especial de los años 90 (Xiomara, la entonces esposa de Aldo, en esa época “aprendió a hacer bistecs de cáscaras de toronjas” que “Sabían a mierda”), cuyo culmen es la sorpresiva e inesperada revelación de por qué Amadeo, en 1994, se quedó en España: era acosado y usado como espía y chivato por una tal Gladys, agente del Ministerio de Cultura que le causaba pavor y que lo chantajeaba, les confiesa, por los 500 dólares que le cobró “a un grupo de teatro latino en Nueva York” sin estar autorizado para hacerlo. Y se quedó en Madrid, les revela (aunque cabe la posibilidad de que sí haya soltado la sopa sobre algo puntilloso), para no espiar y delatar lo que hacía y decía el pintor Rafa (proclive a parlotear lo que no debería parlotear), excluido en el 94 de una exposición que se iba a montar en una galería parisina. Lealtad y protección al compinche (eso sí) de la que sólo estaba enterada Ángela, su mujer y amiga del grupo de la azotea, quien enfermó y murió de cáncer mientras él estaba sobreviviendo en Europa. (Algo doloroso que Tania, ignorante de las menudencias madrileñas y del trasfondo del destierro de Amadeo, le recrimina ríspida y colérica una y otra vez.) Intríngulis que está consonancia con la valoración moral y afectiva de la amistad (casi una filosófica entelequia) que Fela les formula al corro, casi jalándoles las orejas por mal portados en la clase de ética y civismo, luego de que viera a Eddy abandonar la azotea hecho un incendiario energúmeno:

   “—¿Qué le hicieron ustedes? —insiste Fela.

   “—Nada, Fela, no te preocupes..., una bobería —dice Tania.

   “—No, él no se hubiera ido por una bobería —dice Fela.

   “Los amigos se miran. La perspicacia e insistencia de la mujer los ha puesto en un aprieto. No encuentran nada que contestar, como niños cogidos en falta.

   “—Está bien, no me digan nada —acepta Fela—. Pero acuérdense de una cosa: si después de todo lo que les ha pasado en la vida, si con lo pesados e insoportables que siempre han sido, se han resistido unos a los otros como cuarenta años..., ¿vale la pena que se disgusten por una bobería, como dicen ustedes?

   “—Mira, vieja... —Aldo trata de explicarse, pero Fela, molesta, sigue como si no lo hubiera oído:

  “—Déjame terminar, que estoy hablando... Que Amadeo esté aquí es lo más importante. La amistad es lo más importante. Eso es un privilegio y..., bueno, ya acabé mi discurso. Me voy a vigilar mis frijoles...”

 

Colección Andanzas s/n, Tusquets Editores
México, 8ª reimpresión, México, febrero de 2022

         Y aquí vale señalar, entre paréntesis, un lapsus pendeji que refulge en el texto, tal negro y brillante frijolillo saltarín en la sopa de letras cubanas; raro bicho infiltrado en el ecosistema del clan, pues según apunta el escritor en la página 668 de Como polvo en el viento (pese a que allí son notorias y relevantes las contradicciones e inconsistencias en vertebrales fechas y sus datos): “Tengo siempre un grupo de lectores que generosamente me ayudan a encontrar los errores, excesos y entusiasmos innecesarios de mis textos.” Cuando Amadeo, Aldo, Rafa y Tania ya llevan un inicial rato parloteando sandeces en la azotea, llega Eddy por primera vez. Es decir, en la página 42 se lee: “por la escalera que da acceso a la azotea, Eddy hace su entrada sonriente”.

   

Fotograma de Regreso a Ítaca (2014)

           Pero luego de haberse largado echando pestes por el áspero cuestionamiento del que fue objeto y por la fuerte discusión que tuvieron, Eddy regresa a la azotea donde los otros cuatro ya están cenando lo cocinado por Fela con la aportación monetaria de Amadeo (quien también puso el vino traído de España); pero no regresa por la escalera, como por lógica debería ser, sino que, se lee en la página 88: “Entonces se abre la puerta y aparece Eddy, otra vez con una bolsa en la mano.”

      Vale aclarar que en la película dirigida por Laurent Cantet esa cena se efectúa en el comedor del interior del departamento donde vive Aldo (con su madre y su hijo) y que Eddy regresa por el interior caminando por unas escaleras y un corto pasillo y entra al comedor cruzando un marco abierto en el que no hay puerta y donde los otros cuatro ya están sentados, cenando y hablando frente a la mesa. No obstante, en el texto del filme antologado en el libro, además de que tampoco hay una puerta que dé acceso a la azotea, la cena se lleva acabo allí mismo en la azotea y no en el interior del departamento. Es decir, en la descripción inicial del escenario, entre las páginas 23 y 24 se lee: “En el centro de la azotea hay una mesa baja con algunas cosas para comer, una botella de ron blanco, una hielera, una botella grande de refresco de cola y otra de agua.” Y en la página 83, donde Tania sirve y Aldo, Amadeo y Rafa han comenzado a probar la cena sin la presencia de Eddy, se lee: “Se escucha ruido de cubiertos y platos. La mesa baja que ha estado en el centro de la azotea se ha convertido en una larga mesa de cenar, gracias a unos soportes de hierro que le dan más altura. Un mantel de hule ahora cubre la madera. La mesa está puesta. En el centro hay una fuente de arroz blanco y otra de malangas hervidas rociadas con mojo, una olla humeante con frijoles negros, una bandeja con lascas de carne de cerdo asada. Cervezas, refrescos, vino tinto español, ron, hielo. También una canasta con rodajas de pan.”

        Quizá el extravío del hilo de la trama que suscitó ese lapsus pendeji (pese al nado sincronizado de las seis manos y las tres cabezas pedaleando en la misma sumergida bicicleta china) se deba a que al inicio de “Vuelta a Ítaca”, en la página 163, de una manera muy teatral la voz narrativa habla de una puerta: “La acción comienza como si alguien —el espectador— se asomara a la puerta de madera que da a la escalera o como si fisgoneara desde otra azotea y viera lo que ocurre con las cinco personas reunidas allí.”

V de VII

Pero regresando a la obra pictórica que Rafa hizo en el 94, este les dice a sus cuatro amiguetes del apocalipsis: “era la que era”. “Me la luché yo solo, cuando más jodido estaba esto aquí. Trabajé como un loco pintando los cuadros que iba a llevar, creo que era lo mejor que había pintado en mi puta vida [...] no era cosa del curador, a él le gustaba mi trabajo. Alguien de más arriba no me quería en esa muestra...” Lo cual fue el inicio, resume y revela, de una constante y cada vez más aguda marginación y exclusión que lo empujó a la depre, al quiebre con su mujer, a la soledad, al alcoholismo y a la pérdida de esa manera de pintar, ahora irrecuperable. Y pudo salir de la bebida, les dice, por el apoyo de la treintañera Karelia, su actual pareja, que lo conectó con un médico y un babalao (quizá comulgante de algún “santo”: ¿Changó? ¿Yemayá? Elegguá? O sea: baila yambó sobre un pie, ¡que te curas!). Y como ella es marchante, puede vender en una galería los cuadros que ahora hace. “Abstraccionismo tropical”, etiqueta Eddy. “Y esa mierda es lo que sigo haciendo”, apostrofa el pintor. “Y lo más jodido es que se vende. Barato, pero se vende [...] Lo que yo hago no es pintura, mancho telas... para ganar dinero... como una puta...”

     

Fotograma de Regreso a Ítaca (2014)

           De esa época creativa del año 94, Aldo preserva “una tela de 1,50 x 2 metros” en la que “dominan los colores oscuros, muy empastados”, donde “se ve algo así como una ciudad en penumbras, arruinada, como la ciudad oscura que los rodea en ese mismo momento” por un súbito apagón. Lienzo que Aldo saca del interior a la azotea en la penumbra del apagón y de unas velas encendidas y que Amadeo recuerda haber visto antes de irse al destierro, cuyos detalles se aprecian mejor al amanecer. Una fascinante reinterpretación de La Habana, se lee, de cuya temática, en “Vuelta Ítaca” donde la expo iba a ser en Roma, dice el artista con su escatológica viperina de coprófago hasta la médula: “Un día miré todo lo que había pintado y me pareció una mierda, una mierda de arriba abajo, a pesar de lo que decían de mí y de las exposiciones que me hacían. Entré en crisis y empecé a pintar cómo yo veía a La Habana de los apagones y la suciedad. Iba a ir a una exposición en Roma, y de pronto, nadie sabe cómo ni por qué, me sacaron de la exposición, del catálogo, de todo. Yo no les dije nada a ustedes porque no quería parecer paranoico, pero a alguien no le cuadró mi trabajo y me tachó con una cruz, ¡dale fuera! Entonces empecé a pintar esas cosas que hago ahora, cuatro brochazos y a cagar... Claro que son una mierda, pero no me busco líos...”

   

Fotograma de Regreso a Ítaca (2014)

           Todo lo cual, en ambos libretos, fue precedido por la cáustica, revulsiva e inesperada revelación de Amadeo: por sus cojones ha decidido quedarse en La Habana y no volver a Madrid, donde tenía hábitat y un salario de profesor, que incluso le permitió hacer turismo en otros países de Europa. Es decir, pudo regresar a Cuba por un permiso oficial (cuya temporalidad no se menciona), pero que implica y conlleva la sugerida probabilidad de que lo metan preso si rebasa el límite (quizá en un gulag tirando a la cárcel de Guantánamo) o lo regresen ipso facto agarrado de las greñas (si las tuviera) y con una sonora patada en el culo: ¡fua! Y ha decidido quedarse porque, les canta (como si también cantara boleros, pero solitario en un vaporoso y evanescente antro cubano donde sólo está él): “yo quiero volver a escribir, quiero sentir que soy escritor”. O sea, en la capital española nunca dejó de ser un extraño visitante: un alien lanzado a otro planeta, un solitario hasta las heces y la mugre de las uñas, y un simple extranjero en busca de empleo, casi un raro y diminuto espécimen caribeño semejante a esos anacrónicos, larvales e infinitesimales insectos de una plaga extraña, fanáticos del juego de pelota y del uniforme de pelotero; que además nunca dejó de sentir nostalgia por la isla perdida en las remotas Antillas, donde tenía esperando a su amada Penélope (su cómplice y fiel confidente de lo más oscuro), tejiendo y destejiendo dentro de un diminuto caracol anclado a una subterránea y ancestral piedra imán, y a los amigos de toda la vida en cuyas voces se reconoce, escucha y siente su propia, intrínseca, indeleble y barriobajera identidad cubana. Y más aún: no fue capaz de aporrear una línea que tuviera sentido para él, que es escritor hasta las cachas y los churritos del culo; y ahora supone y espera que podrá hacerlo, de nuevo, en La Habana. ¿Podrá? ¿Y en dónde va a publicar? ¿En los canales sancionados por el régimen antidemocrático y antilibertario? ¿Y en qué va a emplearse con su mácula de fugado? ¿De matarife de cerdos en una azotea habanera? ¿De clandestino asistente del ingeniero Aldo? ¿De experto en el invento callejero?

VI de VII

Por antonomasia, y sin rascarle nada, el título del libro, de la película y del guion evoca el mítico y legendario regreso de Odiseo (Ulises) a la pequeña isla griega de Ítaca. Pero el escritor Amadeo no es un héroe, sino un antihéroe y para el colmo: microscópico. Y más aún: es una víctima (ídem toda su traumada y frustrada generación) de los designios que tejen y destejen los autoritarios y ubicuos dioses del Olimpo “revolucionario” que, con mano dura, represiva y manipuladora, expolian y gobiernan Cuba desde el 1 de enero de 1959, pasando por el fórceps soviético urdido en 1961 y su pulverización con la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética, al unísono del torturante racionamiento, de la escases in crescendo, y de la esclerosis económica del Período Especial de los 90.

     

Colección Andanzas núm. 470, Tusquets Editores
Barcelona, marzo de 2002

          En torno a tal fatalidad ontológica (y gnoseológica), y al hecho de que el guion está inspirado en episodios de La novela de mi vida, el libro cierra con un par de fragmentos de esa obra de Leonardo Padura editada en Barcelona, en marzo de 2002, con el número 470 de la Colección Andanzas de Tusquets Editores. El Fragmento 1 se lee en las páginas 36-43 de esa edición príncipe y el Fragmento 2 en las páginas 162-167. En el primero se ve Fernando Terry, profesor de liceo en Madrid, de 48 años, recién llegado a La Habana —tras 18 años de destierro iniciado por el puerto del Mariel en mayo de 1980— reunido con cinco viejos amigos (los Socarrones) en la azotea del vetusto y astroso edificio donde aún vive el poeta Álvaro Almazán. Y en el segundo, los Socarrones son ocho jóvenes, alumnos de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana; están en la misma azotea, el ámbito de sus particulares e íntimas tertulias literarias y existencialistas, y es la tarde del “23 de octubre de 1974”. Pero, curiosamente, y pese a que todos los caminos llevan a Padura, ningún dedo flamígero antologó el fragmento que cierra esa vertiente narrativa y que corresponde a la noche, a la madrugada y al amanecer en que los viejos Socarrones sobrevivientes y Delfina, en la azotea, despiden al profe Fernando Terry Álvarez bebiendo, fumando y leyendo la copia definitiva de la Tragicomedia cubana (novela teatral), pues ese día es el día de la partida y de su vuelo a España, puesto que concluye el mes de permiso que obtuvo en el consulado cubano en Madrid.

   

Fotograma de Regreso a Ítaca (2014)

            Es decir, ese dramático victimismo que se observa en los personajes reunidos en la azotea en “Regreso a Ítaca”, es semejante al trágico victimismo que Fernando Terry observa en él y en su viejo clan reunido en la azotea hasta al amanecer del día de su partida: “Con la llegada del amanecer el ensalmo se deshizo [el quimérico viaje a la setentera y mítica Isla Perdida, repleta de prohibiciones, a través de la lectura en voz alta de la Tragicomedia cubana] y Fernando pudo sentir cómo los años regresaban a ocupar su sitio irreversible en el destino de los personajes trágicos que les ha tocado vivir: sin voluntad propia, sin expectativas ni futuro discernible, cargados con el fardo de un pasado avasallante, marcado por las frustraciones, las sospechas, las distancias y los resquemores.” Y más aún: tiene “La certeza de que todos ellos han sido personajes construidos en función de un argumento moldeado por designios ajenos, encerrados en los márgenes de un tiempo demasiado preciso y un espacio inconmovible, tan parecido a una hoja de papel, le revela la tragedia irreparable que los atenaza: no han sido más que marionetas guiadas por voluntades superiores, con un destino decretado por la veleidad de los señores de Olimpo, que en su magnificencia apenas les han otorgado el consuelo de ciertas alegrías, poemas cruzados y recuerdos todavía salvables.”

    “¿Siempre ha sido así?, se pregunta entonces [ensimismado Fernando Terry], al recordar las veleidades del destino de José María Heredia, arrastrado por los flujos y reflujos de la historia, el poder y la ambición, atrapado en un torbellino tan compacto que lo llevó a sentir, con apenas veinte años, el signo novelesco que marcaba su existencia. ¿Es posible rebelarse?, se pregunta después, ya por pura retórica, sólo para abrir más la herida, pues sabe que el acto de la rebeldía es el primero que les ha sido negado, radicalmente extirpado de todas sus posibilidades y anhelos. Sólo le queda cumplir su moira, como Ulises enfrentó la suya, aun a su pesar; o como Heredia asumió la suya, hasta el final.”

 VII de VII

Según apunta Leonardo Padura en su memoriosa crónica fechada en Noviembre de 2015, “La decisión final de exhibir Regreso a Ítaca dentro de la programación del Festival de Cine Francés que se celebra anualmente en Cuba fue el resultado de una victoria colectiva de los creadores cubanos, especialmente los cineastas. Y el aplauso que cerró su exhibición, la tarde del 2 de mayo de 2015, constituyó la confirmación de que teníamos razón y de que el arte aún tiene mucho que hacer y decir en una sociedad como la cubana, necesitada de más espacios de confrontación, debate, libertad expresiva.”

            Pero además de los más de mil doscientos espectadores que aplaudieron a rabiar, puestos de pie, el día del estreno en la sala Charles Chaplin, la película, por los callejeros canales de Radio Bemba (bembita y bembón), ya había generado expectativa en la atmósfera habanera, pues según reporta Padura en un pie que se lee en la página 128: “Aunque era el estreno oficial, muchos espectadores cubanos ya habían visto la película, que unos días antes había empezado a circular en el canal de distribución clandestino y alternativo llamado ‘el paquete’. ‘El paquete’ es un compendio de productos audiovisuales, pirateados de las más disímiles plataformas, que semanalmente se prepara y se distribuye (y se vende) a los interesados a través de discos duros externos que el comprador descarga en su computadora personal. Por esta circunstancia no se produjo fuera de la sala de proyección la aglomeración de público que amenazaba producirse por las expectativas creadas por y alrededor de la cinta. ¿Fue obra de la casualidad que la película se distribuyera en ‘el paquete’ justo esa semana?”

            Según dice Padura: “aunque la película ha recibido acusaciones extra artísticas dentro y fuera de Cuba, sobre todo se ha ido convirtiendo en un paradigma, casi un documento, por su capacidad de representar una realidad y época complejas, contradictorias, dramáticas para los que más cerca o más lejos hemos compartido la vida de esa pequeña isla del Caribe a la cual pertenecemos y que, por nacimiento y cultura, nos pertenece...”

           

Leonardo Padura y Laurent Cantet

            Y por lo que sostiene, exultante y celebratorio, la película resulta o semeja una especie de manifiesto de identidad, o una declaración de principios idiosincrásicos y ontológicos: “lo singular del caso es que Laurent Cantet, siendo francés, ha hecho una película profundamente cubana y, además, visceral y necesaria: porque creo que pocas veces (me atrevo a escribirlo, y asumo las posibles reacciones), de un modo profundo y adolorido, se han mostrado en el cine los dramas existenciales y materiales de una generación de cubanos que, viviendo en la isla o dispersos por el mundo, nos revelamos hoy como los actores y sobrevivientes de una experiencia traumática que la historia, el destino, la política y la geografía nos han hecho vivir por el solo hecho de haber nacido y vivido en el país que el destino nos deparó. El país donde muchos de nosotros insistimos en seguir viviendo, creando, trabajando, porque como dice el personaje de Amadeo: ‘Este también es mi país... ¡Mi-pa-ís, coño!’ ‘Mi casa.’ La casa de todos los cubanos.”

       Circunstancia vital que el maltratado pintor Rafa comparte y reitera en “Vuelta a Ítaca”, cuando concede que Amadeo tendría que tener la consustancial libertad y el consustancial e inapelable derecho de irse de Cuba y regresar sin mayor problema en el instante en que él lo decida: “Total, alguna vez uno de nosotros tiene que poder hacer lo que quiere hacer. Tú te quedaste [en Madrid] porque te dio la gana, bien; y ahora quieres volver, pues p’alante también. Sí, qué coño, esta mierda también es tu país... Nos hemos pasado la puta vida haciendo lo que otros nos dijeron que teníamos que hacer...”

            A modo de corolario, vale apuntar que, como tributo y festejo del séptimo arte, las cinco partes que integran el libro están rotuladas como si se tratase de las secuencias de una película: “Secuencia 1: Rodar en Ítaca” (el prefacio del cineasta); “Secuencia 2: Regreso a Ítaca” (el argumento novelado del guion); “Secuencia 3: Todos los caminos conducen a Ítaca” (la crónica memoriosa de Leonardo Padura, dividida en siete partes rotuladas escenas); “Secuencia 4: Vuelta a Ítaca” (el texto del corto que nunca se rodó y que fue la base del guion del filme Retour à Itaque); y “Secuencia 5: La novela de mi vida” (el par de fragmentos de esa obra que inspiró y originó el modelo para armar y montar en la pantalla grande, o sea: el jueguecito de afinidades electivas y cinéfilas).

 

Leonardo Padura y Laurent Cantet, Regreso a Ítaca. Colección Andanzas núm. 881, Tusquets Editores. México, julio de 2016. 208 pp.

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Trailer de 7 días en La Habana (2012).

Trailer de Regreso a Ítaca (2014).

California dreamin’, The Mamas & The Papas