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martes, 6 de junio de 2017

Los ojos de Davidson

 Podemos confundirlos con el universo

Con el número 11 de Ars brevis, colección de Ediciones Atalanta, en noviembre de 2006, en Barcelona, se terminó de imprimir el libro Los ojos de Davidson, antología de cinco cuentos del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946), con traducción al español de José Luis López Muñoz y prólogo de Alberto Manguel: “Casandra en Inglaterra: la visión profética de H.G. Wells”. 
   
Colección Ars brevis núm 11, Ediciones Atalanta
Barcelona, noviembre de 2006
        El primero de los cuentos: “Los ojos de Davidson”, alguna vez fue traducido por Jorge Luis Borges (1899-1986), pues con el rótulo “Los distantes ojos de Davidson” el 19 de mayo de 1934 apareció, en Buenos Aires, en el número 41 de la Revista Multicolor de los Sábados, del diario Crítica. Además de que Ediciones Atalanta no acredita de qué libro o libros tradujo José Luis López Muñoz, en las páginas interiores no se precisa (ni en una nota ex profeso ni en el prólogo ni entre paréntesis ni al inicio ni al final de cada cuento) el año de la publicación de cada uno (en alguna revista o periódico) ni a qué libro original pertenecen. La vaga excepción es el quinto relato: “El país de los ciegos”, pues además de que Alberto Manguel algo refiere y comenta en su prólogo (“Wells publicó una primera versión del cuento en 1904”, “Treinta y cinco años más tarde cambió el final”), en las postreras páginas de la narración se anuncian, intercalados con precedentes rótulos en cursiva, los dos finales del cuento concebidos por H.G. Wells. El primer rótulo reza: Lo que sigue es la conclusión original de “El País de los Ciegos” publicada en la edición de SM [sic] de abril de 1904. Y el segundo: Lo que sigue es el final revisado del relato, escrito y publicado por Wells en 1939.
   Ante esto, lo que a priori descuella es la danza de las fechas acuñadas por ciertos antólogos en español y en otros idiomas (especie de diosecillos bajunos que simulan poseer los omniscientes y ubicuos ojos del universo y por ende dizque pueden señalar con su “infalible” dedo flamígero dónde está la microscópica y seminal fisura o el punto nodal y exacto del pedúnculo umbelífero). 
 
Colección El ojo sin párpado núm. 2 (vol. II), Ediciones Siruela
Madrid, marzo de 1987
        Por ejemplo, en el segundo tomito de Cuentos fantásticos del siglo XIX, la celebérrima antología de Italo Calvino editada por Siruela, en Madrid, en marzo de 1987, se lee, con traducción de G. Mion, la primera versión de “El país de los ciegos” datada en 1899. Y en la antología prologada y anotada por Juan Antonio Molina Foix: Álter ego. Cuentos de dobles, editada por Siruela en Madrid, en 2007, con el número 245 de la serie Libros del Tiempo, entre los datos curriculares de Wells el antólogo fecha “El país de los ciegos” en 1895. 
   
Colección Libros del Tiempo núm. 245, Ediciones Siruela
Madrid, 2007
            Al inicio de “El primer Wells” —ensayo reunido en su libro Otras inquisiciones (1937-1952) (Sur, 1952)—, Borges apunta que Oscar Wilde llamó a H.G. Wells: “Un Julio Verne científico”. El fantástico cuento “Los ojos de Davidson”, que narra la voz de un tal Bellows, podría ubicarse, si se quiere, bajo tal etiqueta, pero sin un grumo peyorativo ni para encasillarlo allí de manera ortodoxa o por lo siglos de los siglos. Todo lo contrario. El aparente sonambulismo o trastorno psíquico o alcohólico ocurrido a Sidney Davidson hará unos “tres o cuatro años” en el laboratorio principal del Harlow Technical College, en la capital británica, quizá tenga su mejor y más probable explicación en las hipótesis e indagaciones científicas del decano Wade en torno a la Cuarta Dimensión, a las “diferentes clases de espacio” y a la “existencia de una curva en el espacio”. Según el decano Wade (cuya hipótesis evoca los tácitos e implícitos experimentos con la galvanización y la electricidad del filósofo naturalista Victor Frankenstein) “parecer ser que Davidson, al agacharse entre los polos del gran electroimán, recibió algún impulso extraordinario en sus células retinales gracias a un cambio repentino en el campo de fuerza provocado por el relámpago.” Pero lo que resulta un hecho irrefutable es que Davidson, “durante tres semanas”, vivió al unísono en dos espacios-tiempos totalmente contrapuestos en el globo terráqueo. En un espacio-tiempo su cuerpo y su mente estaban en Londres, pero sin que sus ojos pudieran ver absolutamente nada. Y en el otro espacio-tiempo sus ojos y su intelecto estaban en una pequeña ínsula de las Islas Antípodas (“a doce mil kilómetros” de distancia). Si en Londres era de día, en la isla era de noche. Davidson, sin verlos y tropezándose, podía conversar con sus colegas en Londres (su amigo Bellows, el profesor Boyce, el decano Wade), o con su padre o con su novia (hermana de Bellows), y narrarles lo que sus ojos veían en el otro lado del planeta. Es decir, mientras su cuerpo deambula o es conducido en Londres y no ve absolutamente nada (ni siquiera su nariz), su raciocinio y sus ojos están, viven y observan en la agreste y lejana isla. Pero además, de manera sincronizada, siente su corporeidad en la ínsula al unísono de los desplazamientos de su cuerpo en Londres; de modo que sus vivencias en el islote llegan a ser opresivas y pesadillescas. Por ejemplo, cuando está “hundido hasta el cuello en un banco de arena”, cuando vive una tormenta, y cuando paulatinamente desciende bajo las aguas del mar (observando el cielo nocturno y la fauna marina) y está a punto de ahogarse.
    En el preludio del fin de esas desconcertantes tres semanas, Davidson empezó a ver en Londres a través de un agujero. Los agujeros se fueron multiplicando; y casi recuperado se casó con la hermana de Bellows. Y la prueba fehaciente de que sus ojos y su inteligencia estuvieron en ese islote del archipiélago de las Islas Antípodas la tuvo “Unos dos años después de su curación”, cuando Sidney Davidson conoció y charló con un tal Atkins, “teniente de navío de la marina británica”, quien le mostró fotografías del “viejo Fulmar”: que resultó ser, luego de un breve cotejo, el auténtico barco que los ojos de Davidson veían en esa solitaria y distante isla habitada por pingüinos. De ahí que casi al inicio del relato, Bellows diga sobre la inusitada experiencia vivida por su amigo y cuñado: “Nos hace soñar con las más extrañas posibilidades de comunicación en el futuro, con pasar en el otro lado del mundo cinco minutos interpolados, o (sin saberlo) con ser observados por otros ojos en nuestras operaciones más secretas.” 
   
H.G. Wells en 1901
        El segundo cuento antologado: “Bajo el bisturí” (1896), fue reunido por H.G. Wells en su libro: The Plattner Story and Others (London, Methuen & Co., 1897). La voz narrativa es la de un británico radicado en Londres que sufre, desde hace más de un año, de un doloroso padecimiento en el hígado (de ahí su prolongada depresión) y por ende es intervenido quirúrgicamente, en su casa, por un par de cirujanos, pese a su miedo a morir durante la operación. Los médicos, para anestesiarlo, le dan a oler cloroformo. Pero en lugar de sumergirse en la inconsciencia sigue lúcido y, semejante a un invisible ojo avizor en lo alto, observa su cuerpo tendido en la cama y el procedimiento de los médicos, e incluso sus pensamientos. De modo que mira la secreta rivalidad y las íntimas controversias mentales de Mowbray y Haddon, el par de cirujanos; y el instante en que éste, horrorizado, corta la vena porta y corre la sangre y el paciente supone que lo mataron. Pero en vez de morir, sigue lúcido y aún más. Según dice: “Mis percepciones eran más precisas y rápidas que cuando estaba vivo; los pensamientos me pasaban por la cabeza con increíble rapidez pero con total precisión. Sólo puedo comparar su intensa claridad con los efectos de una dosis razonable de opio.”
    El paciente tiene la certeza de que es inmortal. Y partir de ahí, al unísono de sus preguntas y conjeturas, realiza un extraordinario y asombroso viaje interestelar (y aún más lejos), como si su intelecto y sus ojos (un ente mental) lo hicieran en una prodigiosa y veloz nave invisible que se desplaza y viaja con la inconmensurable velocidad de un pensamiento que puede ir y venir instantáneamente por todos los rincones y recovecos del universo. Pero es el viaje de un individuo solitario que de antemano, se deduce, ha observado la bóveda celeste con un telescopio, mapas, diagramas y libros. De modo que refiere, en su velocísimo y constante alejamiento, el nombre de los planetas, de las estrellas, de las constelaciones, etcétera. Ya muy remoto de la “harapienta cinta de la Vía Láctea”, muy lejos del Sistema Solar del que es oriundo, arriba a un “espacio sin estrellas”, a un “vacío del Más Allá” al que está siendo arrastrado, donde “la oscuridad, la nada y el vacío” lo rodean por todas partes. Según dice: “Pronto el insignificante universo de la materia, la jaula de puntos en la que mi ser había tenido su comienzo, iba empequeñeciéndose convertido ya en disco giratorio de luminosa brillantez, y enseguida reducido a un diminuto disco de luz borrosa. Un poco más y quedaría convertido en un punto antes de desaparecer por completo.”
   El límite de ese extraordinario viaje por lo insondable e infinito del cosmos (matizado con sus observaciones, hipótesis e interrogantes de carácter ontológico y gnoseológico, cuyos detalles y episodios mira con los invisibles ojos de la mente y le parece que han durado una eternidad) se sucede cuando arriba a una zona fronteriza y fantasmagórica que semeja el preludio de la constatación de cierta deidad y del incontestable origen y logos del cosmos. No obstante, en vez de ocurrir esto, comienza a tener atisbos de su infinitesimal individualidad postoperatoria en Londres, y del hecho de que ese rapidísimo viaje por el universo, que parecía tan eterno, tan insondable y no menos ignoto y enigmático que el firmamento, ha transcurrido en el término de una hora.
   
H.G. Wells en 1943
        “El astro” (1897), el tercer cuento antologado, fue recogido por H.G. Wells en su libro Tales of Space and Time (New York, Doubleday and MacCure Co., 1899). Narrado por una omnisciente y ubicua voz narrativa, los acontecimientos globales e interplanetarios que se relatan en “El astro” se ubican en el futuro: es decir, “a comienzos del siglo XX”, precisamente a partir de que “El primer día del año nuevo, de manera casi simultánea, tres observatorios astronómicos anunciaron que la trayectoria del planeta Neptuno, el más lejano de todos los que giran alrededor del Sol, sufría perturbaciones.” No obstante, “en diciembre”, un tal Ogilvy ya “había llamado la atención sobre una supuesta disminución” en la velocidad de Neptuno y en la aparición en él “de una débil y remota manchita de luz”.
      Si bien la amplitud de la mirada y perspectiva de la omnisciente voz narrativa abarca la finitud y el “desmesurado aislamiento del Sistema Solar”: “El Sol, con las motas que son sus planetas, con su polvo de asteroides y sus impalpables cometas, nada en una inmensidad vacía que resulta casi inimaginable”, el pesadillesco meollo del relato se centra, in crescendo, en la visual y pormenorizada narración de los desastres y cataclismos globales que en todos los rincones y latitudes del planeta Tierra causa el veloz y paulatino acercamiento de un inesperado y desconocido astro que previamente choca contra Neptuno. Para fortuna de los supervivientes, “la última etapa” de la trayectoria de ese forastero y ultralumínico astro no fue una estruendosa y trágica colisión con la Tierra, sino “su precipitada caída” en el Sol. 
    Desde luego que hubo sensacionalistas periódicos que hablaron de milenarismos finiseculares; es decir, hubo gente y gacetilleros que habían creído que se avecinaba el sonoro fin del mundo. Y, al parecer, entre las muchedumbres de supersticiosos e incrédulos que siguieron con su rutina diaria, sólo un infinitesimal profesor de matemáticas en Londres, algo drogadicto y megalómano, habló ante sus alumnos de sus cálculos matemáticos sobre la trayectoria del “nuevo astro” y sus catastrofistas vaticinios se propagaron por todos los recovecos del orbe a través del telégrafo. Según “la profecía del matemático”: paralelo al acercamiento del “nuevo astro” y del posible choque contra la Tierra, en todo el mundo se sucederían “Terremotos, erupciones volcánicas, ciclones, maremotos, inundaciones y un aumento sostenido de la temperatura hasta un límite imprevisible”. No se equivocó. Y con posteridad al recalentamiento planetario, la voz narrativa reporta que “a medida que disminuían las tormentas, los hombres advirtieron que por todas partes los días eran más calurosos que antaño, el Sol más grande, y que la Luna, reducida a una tercera parte de su antiguo tamaño, tardaba ochenta días en completar cada uno de sus ciclos.” 
     Y además de otros notables cambios sociales y geográficos sucedidos en el planeta Tierra, quizá lo más sorprendente (o lo que le da una vuelta de tuerca al relato) es el reporte de las observaciones de los astrónomos marcianos (“porque hay astrónomos en Marte”), en cuya perspectiva (y límites cognoscitivos) se advierte una intervención armamentística hecha desde El planeta rojo, ignorada por los astrónomos terrícolas (al parecer dirigida contra el desconocido “nuevo astro” que se estrelló contra Neptuno, cuya ultralumínica explosión en el blanco pudo haber sido la “débil y remota manchita de luz” aparecida en Neptuno que el tal Ogilvy observara con el telescopio): “Si se considera la masa y la temperatura del misil lanzado a través de nuestro sistema solar” —escribió uno de los astrónomos marcianos—, “sorprenden los escasos daños sufridos por la Tierra, que ha estado a punto de ser alcanzada por el astro. Todas las características distintivas de los continentes y de las masas marítimas permanecen intactas y, de hecho, la única diferencia parece ser la reducción del tamaño de las manchas blancas (supuestamente de agua helada) en torno a los polos.”
 
Los ojos de Davidson (Atalanta, 2006)
Contraportada
       “El huevo de cristal” (1897), el cuarto relato de la antología, también fue recogido por H.G. Wells en su citado libro Tales of Space and Time (Cuentos del Espacio y del Tiempo). Junto a la susodicha primera versión de “El país de los ciegos”, “El huevo de cristal” es uno de los cinco cuentos de H.G. Wells antologados y prologados por Jorge Luis Borges en La puerta en el muro, número 11 de la serie La Biblioteca de Babel, editado en Madrid, en 1984, por Ediciones Siruela, en cuyo prefacio, revela: “Dos elementos muy diversos hay en ‘El huevo de cristal’: la desvalida condición del protagonista y una imprevisible proyección que abarca el universo. A una vaga memoria de esas páginas debo mi cuento ‘El Aleph’.” 
   
La Biblioteca de Babel núm. 11, Ediciones Siruela
Madrid, 1984
          Un amigo del investigador “Jacobo Wace, profesor ayudante en el hospital de Santa Catalina”, en Londres, y responsable de ineludibles “tareas docentes”, es la voz narrativa que evoca, comenta y relata la breve historia del inusitado y desaparecido huevo de cristal. Ese peculiar y raro objeto estuvo expuesto, “hasta hace un año”, en el vetusto, desvencijado y polvoriento escaparate de una tiendecilla, “Cerca de Seven Dials”, cuyo rótulo rezaba: “C. Cave, naturalista y anticuario”. Según el narrador, “El contenido del escaparte era curiosamente heterogéneo. Comprendía varios colmillos de elefante, un juego incompleto de piezas de ajedrez, algunas cuentas y armas, una caja con ojos de cristal, dos cráneos de tigre y uno humano, varios monos disecados comidos por las polillas (uno de ellos sostenía una lámpara), un armario pasado de moda, un huevo de avestruz o algo parecido ensuciado por las moscas, algunos aparejos de pesca y un acuario vacío, extraordinariamente sucio. Había además, en el momento en que comienza esta historia, una masa de cristal labrada hasta adquirir la forma de huevo y pulida con esmero.”
    Un patético matiz dickensiano trasmina y envenena la conducta, los rasgos físicos y la interacción de los miembros de ese empobrecido núcleo familiar que habita y pulula en la casa y en la contigua tiendecilla del anticuario señor Cave, situada en un populoso barrio de Seven Dials. Su robusta y voluminosa mujer y sus dos hijastros lo menosprecian y maltratan (el hijastro tiene 18 años y la hijastra 26); y sólo cavilan en el beneficio que puede brindarles las desmesuradas cinco libras por la venta del huevo de cristal ofrecidas por un par de inesperados clientes (un clérigo y un joven oriental), en particular su esposa, aficionada a la bebida, quien fantasea, por ejemplo, con comprarse “un vestido verde de seda” y “un viaje a Richmond”. En contrapartida, el anticuario señor Cave resulta un inofensivo e infeliz bonachón y buenazo; cuyos románticos, carcomidos y evanescentes viejos sueños, además de reflejarse en lo erosionado y polvoriento de la achacosa y casi abandonada tiendecilla, se condensan y focalizan en la enervante pasión que adquiere, casi como una alucinación psicotrópica, a través de lo que mira, recostado en la oscuridad, en el huevo de cristal (casualmente adquirido a “un tratante de curiosidades” “forzado a desprenderse de sus existencias”), pues Cave “veía en él cosas singulares”; es decir, el anticuario señor Cave observa dentro del huevo imágenes estables y en movimiento, como si se tratase de una mágica y misteriosa bola de cristal de algún brujo dominador de hechizos, encantamientos y vaticinios. Por ende, ya poseído y abandonado a esas placenteras sesiones oculares y sensitivas, el señor Cave “Apenas se ocupaba de su negocio y estaba siempre preocupado, pensando sólo en el momento de regresar a su puesto de observación.”
    Precisamente, para eludir que su despreciable y obesa mujer y sus odiosos hijastros le vuelvan a quitar el huevo de cristal y lo vendan, el señor Cave lo oculta en las habitaciones del profesor Wace, “en la calle Westbourne”. Es allí donde entre ambos se establece una elemental y básica complicidad y por ello se comunican las necesarias confidencias para que, con apoyo de la metodología científica del profesor Wace y de sus anotaciones, deduzcan que el panorama que Cave observa dentro del huevo de cristal (arquitectura, habitantes alados, fauna, flora, bóveda celeste) corresponde a una zona del planeta Marte y que al unísono, a través del huevo de cristal, desde allá se observa el planeta Tierra. Es decir, según las observaciones de la mancuerna, en ese territorio marciano hay veinte mástiles distribuidos en distintos puntos de altura y en lo alto de cada uno hay un huevo de cristal idéntico al que posee el anticuario señor Cave. Según reporta la voz narrativa, “De cuando en cuando, una de las grandes criaturas voladoras se acercaba a uno de ellos, plegaba las alas, enroscaba varios de sus tentáculos alrededor del mástil y miraba fijamente el cristal durante unos minutos, en ocasiones hasta un cuarto de hora. Y una serie de observaciones, realizadas por indicación de Wace, convencieron a los dos de que, en el mundo objeto de su estudio, el cristal en cuyo interior miraban se hallaba situado en el extremo superior del mástil más alto de la terraza y que, en una ocasión al menos, uno de los habitantes de aquel otro mundo había visto el rostro del señor Cave cuando este último realizaba sus observaciones.”
     Esto implica o supone que “el cristal del señor Cave se hallaba en dos mundos distintos al mismo tiempo”; o “bien poseía alguna peculiar relación de simpatía con otro cristal, exactamente igual, en aquel otro mundo, de manera que lo que se veía en el interior de uno era, dadas las condiciones adecuadas, visible para un observador en el cristal correspondiente del otro mundo, y viceversa.” 
     El vínculo de amigos y las observaciones se sucedieron en noviembre. Y en diciembre se interrumpieron unos “diez u once días” por las “tareas docentes” que tuvo que confrontar el profesor Wace. El anticuario señor Cave se había llevado el huevo de cristal a su casa, “con la intención de que le sirviese de consuelo si surgían ocasiones durante el día o la noche, con lo que se había convertido ya en la realidad más importante de su existencia.” Pero cuando Wace lo busca en la tiendecilla para continuar con las observaciones y exploraciones científicas se entera que el anticuario murió, que ya está enterrado y vendido el huevo de cristal a un cliente desconocido. Es así que para el profesor Wace el postrero y ansioso rastreo de ese objeto oriundo de Marte se torna infausto, un enigma; con la probabilidad de que los marcianos, en una época remota, lo hayan enviado a la Tierra, junto con otros huevos de cristal semejantes, con el objetivo de observar y conocer la vida y los quehaceres de los hormigueantes terrícolas.
   
Ilustración de Clifford Webb
        La primera versión de “El país de los ciegos” (abril, 1904), el quinto y último cuento de la antología, fue recogido por H.G. Wells en su libro The Country of the Blind and Other Stories (London, Thomas Nelson and Sons, 1911). Y con los susodichos dos finales fue publicado y prologado por Wells en The Country of the Blind (London, The Golden Cockerel Pres, 1939), un preciosista y costoso libro de colección (más aún a estas alturas del siglo XXI) ilustrado con grabados de Clifford Webb, con una edición limitada de 280 ejemplares; los primeros 30 numerados y firmados por el escritor y por el artista. 
   
The Country of the Blind
(London, The Golden Cockerel Press, 1939)
       Alguna vez, en una época cercana a la conquista española, en un remoto y altísimo valle de los Andes del Ecuador vivía una comunidad de inmigrantes familias de mestizos oriundos del Perú. Por alguna desconocida causa (quizá alguna infección microbiana), los niños empezaron a perder la vista y otros nacieron ciegos. Fue por entonces cuando un hombre, que llegó allí de niño “atado al lomo de una llama, junto con un enorme fardo de bártulos”, bajó a la metrópoli en busca de un “hechizo o antídoto” contra ese extraño mal que se multiplicaba y que ellos creían un castigo por el pecado de no haber construido una capilla o una iglesia al Dios católico. Algún vival sacerdote, por baratijas dizque curativas y amuletos dizque milagrosos del credo, intercambió el “lingote de plata autóctona” que traía el mestizo. Pero éste no pudo regresar a su villorrio con los supuestos remedios para curar a los suyos, porque una extensa catástrofe de dimensiones apocalípticas le impidió el paso y aisló la zona. Desde entonces germinó la leyenda del País de los Ciegos.
    Catorce o quince generaciones después, cuando en el País de los Ciegos todos son invidentes (sin glóbulos oculares y con los párpados cerrados y hundidos) y han olvidado lo que significa tener ojos y ver, fue cuando un tal Núñez (uno de los guías de un grupo de montañistas ingleses presididos por Sir Charles Pointer) sufrió un accidente en su campamento montado “sobre un pequeño saliente de roca”: una nocturna y profunda caída y deslizamiento por la nieve que lo llevó, sin daños corporales, a las inmediaciones del País de los Ciegos, que él identifica por las oídas leyendas orales. Y aún viéndoles a cierta distancia y antes de tener contacto con ellos, le hace lúdicamente divagar para sí en los regocijantes beneficios que canturrea e implica el consabido y añejo refrán: En el país de los ciegos el tuerto es rey
   
Ilustración de Clifford Webb
        Sin embargo, lo que primero descubre Núñez es su desventaja ante las habilidades físicas y los agudos sentidos de los ciegos. Pero lo más relevante y trascendente de sus hallazgos es la atávica, prejuiciosa,  supersticiosa y cerrada organización tribal del País de los Ciegos y su inextricable, estrecha y dogmática etiología y nomenclatura cosmogónica; todo lo cual lo tipifica, limita y somete en calidad de un ser inferior, “a medio formar”, un deficiente mental quizá creado por las rocas aledañas o por la podredumbre.
    Según la rudimentaria cosmogonía y cosmovisión de esa etnia de diestros ciegos presidida por un consejo de ancianos (los poseedores orales de la memoria, de la sabiduría y del mito de la tribu), ellos son los únicos del limitado universo: una especie de cóncava “cacerola cósmica” “cubierta de roca” y rodeada de rocas. Es decir, al “explicarle la vida, la filosofía y la religión de los ciegos” (quienes ignoran que lo son y por qué lo son), el “más anciano” le dice “que el mundo (refiriéndose a su valle) había sido antes un hueco vacío en las rocas y que primero habían aparecido cosas inanimadas sin el don del tacto, de las que surgieron hierbas y arbustos y después llamas [cuyos rebaños deambulan en los peñascos rocosos tras el muro de rocas que rodea al valle donde se halla su aldea] y algunas otras criaturas con muchas limitaciones, luego los hombres y finalmente los ángeles, a los que se podía oír cantar y producir sonidos de aleteos, pero a los que nadie podía tocar, algo que desconcertó mucho a Núñez hasta que se acordó de los pájaros.” 
    Los ciegos no creen que existan las montañas que rodean el valle donde viven (donde con precisión geométrica han trazado sus cultivos y sus casas caprichosamente pintadas y enlucidas), ni tampoco creen que exista el cielo ni las nubes ni las estrellas de las que les parlotea Núñez, mucho menos que existan las ciudades, los pueblos y el mar detrás de los picachos. Para ellos, “más allá de las rocas donde pastaban las llamas se halla el fin del mundo; las rocas se empinaban cada vez más, se convertían en pilares y de ellos nacía el techo abovedado del universo, del que caían el rocío y las avalanchas”. Según la voz narrativa, “Por las descripciones que el recién llegado les hizo del cielo, de las nubes y de las estrellas, dedujeron que su mundo era un vacío espantoso, una terrible ausencia en el lugar del techo liso que cubría las cosas en las que crecían: tenían como artículo de fe que más allá de las rocas el techo abovedado era exquisitamente suave al tacto. Lo llamaban ‘la Sabiduría de las Alturas’.”
     Esa supuesta y dizque sabihonda Sabiduría de las Alturas es para los ciegos una especie de Dios tutelar (o de sagrada omnisciencia de Dios); y por ende la Sabiduría de las Alturas dizque “había dividido el tiempo en caliente y frío, que son los equivalentes ciegos del día y la noche”; y como según los ciegos “era conveniente dormir en el tiempo caliente y trabajar en el frío”, duermen durante el día y trabajan de noche. Por esa presunta sapiencia, el más anciano le dice a Núñez que “debía de haber sido creado de manera especial para aprender y para ponerse al servicio de la sabiduría adquirida por los ciegos, y que, pese a su incoherencia mental y su tendencia a tropezar, tenía que ser valiente y hacer todo lo que estuviera en su mano para aprender.” De modo que, semejante a un siervo o a un esclavo, a Núñez lo asignan bajo la responsabilidad y la custodia de un tal Yacob, “su amo”. 
    No sin episodios risibles, ríspidos y dramáticos, Núñez no fue tan dócil para aceptar y someterse a ese trato y echar en saco roto sus ciegas pretensiones de convertirse en rey en el País de los Ciegos. Hizo sus particulares esfuerzos para explicarles el sentido de la vista, la belleza que se observa con los ojos y su lugar de origen, y por ello —con burla, risas y sarcasmo— lo apodan y llaman “Bogotá”. Pese a su minusvalía, Núñez más o menos se integra a la tribu de ciegos. E ineludiblemente y sin buscarlo se enamora de Medina-saroté, la hija menor de Yacob, quien le corresponde, pese que lo consideran “a medio formar”, “un ser aparte, un idiota, una criatura incompetente, por debajo del nivel aceptable de un varón”. Medina-saroté, además, escucha y tolera sus narraciones y cuentos sobre la vista, que le parecen licencias poéticas. La petición de matrimonio alebresta a las hermanas de ella (y al conjunto de la obtusa, endogámica, ortodoxa y conservadora etnia): “se oponían con todas sus fuerzas, convencidas de que el enlace sería motivo de descrédito para toda la familia, y el viejo Yacob, aunque había llegado a sentir cierto afecto por aquel siervo suyo, torpe aunque obediente, meneó la cabeza y dijo que era imposible. Todos los jóvenes de la comunidad se indignaron ante la idea de que la raza se corrompiera, y uno de ellos llegó hasta el extremo de insultar y atacar al osado pretendiente, que le devolvió el golpe.” 
   
Ilustración de Clifford Webb
       Tal peliagudo dilema parece tener visos de enmendarse con el diagnóstico del médico, el “Gran sabio entre aquellas gentes”, quien estipula extirparle los glóbulos oculares al novio, implícitamente iluminado por la Sabiduría de las Alturas. Según el docto cirujano: “Los ojos, esas cosas extrañas cuya función es crear una agradable depresión blanda en el rostro, han enfermado en su caso, y lo han hecho de tal manera que le afecten al cerebro. Están muy hinchados, tienen pestañas, sus párpados se mueven y, en consecuencia, su cerebro se halla en un estado de irritación y distracción constantes.”
    Yacob, exultante, está de acuerdo. Y también Medina-saroté. Y con gran incertidumbre, angustia, inquietud, fobia y muchas dudas, Núñez acepta someterse a la operación que le extirpará los ojos, preámbulo de su casorio. Pero ese mismo día, meditabundo, cruza el muro de piedra y empieza a alejarse de la aldea subiendo por lo agreste y peligroso de las rocas. Revaloriza sus ojos y lo que con ellos ve y observa día a día, y lo que implican en su ser: su pensamiento, su individualidad, su vida, y su íntima memoria de Bogotá. 
    En el final de la segunda versión del cuento, Núñez no escapa ni se abandona, “tumbado en paz”, en un estado de felicidad ocular y sensitiva durante el primer crepúsculo y la primera noche ya distante de la pesadillesca aldea donde iba a perder sus ojos, sino que es expulsado por los intolerantes, fanáticos, crueles y odiosos ciegos, quienes no oyen (ni quieren oír) las advertencias que Núñez les hace sobre el inminente y catastrófico derrumbe de una cumbre aledaña, que con seguridad causará muertes y destrucción en la aldea. “La Sabiduría de las Alturas nos ama y nos protege de todo mal. Ninguna desgracia nos sucederá mientras la Sabiduría vele por nosotros. Expulsadlo. Arrojadlo de aquí. ¡Que cargue con sus pecados y que se vaya!” Vocifera uno. Y otro rebuzna el golpe de gracia cuando ya lo han echado tras el muro y arrojado “sobre una pendiente pedregosa”, “con una violencia deliberada que hizo huir en desbandada a un rebaño de llamas”: “Y ahora te quedarás ahí, y te morirás de hambre”, “Tú y tu vista”. Sin embargo, paralela y subrepticia a la cólera de la testaruda e intolerante tribu, su enamorada Medina-saroté lo busca en solitario, y lo que le dice refleja aún más la carencia de empatía, la inflexibilidad y brutalidad de la horda de ciegos, pero también que ella cree a pie juntillas en el ancestral e inamovible dogma sagrado de la Sabiduría de las Alturas y que lo qué él afirma y augura sobre la inminencia del cataclismo que observan sus ojos son inventos y quimeras: “Ahora tienes que quedarte aquí”, “Tienes que quedarte aquí algún tiempo. Hasta que te arrepientas. Hasta que aprendas a arrepentirte. ¿Por qué te has comportado de una manera tan absurda? ¿Por qué has dicho esas horribles blasfemias? Tú no te das cuenta de lo que dices, pero ¿cómo quieres que ellos lo entiendan? Si vuelves ahora seguro te matarán. Te traeré de comer. Quédate aquí.”
     Sin embargo, Medina-saroté ya no puede regresar a su villorrio. La estridente y estruendosa destrucción de la aldea se sucede en un santiamén. Y cuando él dice “mira”, el sonido de esa hueca y horrible palabra es para ella “prueba irrefutable de que seguía enajenado”.
   
Ilustración de Clifford Webb
            Un par de días después de la catástrofe que sepultó para siempre al País de los Ciegos, unos cazadores rescataron a Medina-saroté y a Núñez. Se instalaron en Quito, con la familia de él (pese a que en la aldea siempre evocaba a Bogotá y no a Quito). Según la voz narrativa, tienen cuatro hijos que pueden ver. “Núñez es un negociante próspero y, sin el menor género de dudas, un hombre honrado”. Y Medina-saroté “habla español con un acento antiguo muy agradable al oído”, hace maravillosos trabajos de bordados y cestería, y no puede ni quiere perder su arcaica fe en la supuesta Sabiduría de las Alturas de sus ciegos ancestros, y por ende resulta lógico que diga: “No sabría qué hacer con vuestros colores y vuestras estrellas”. Pero lo que resulta un tanto falaz es cuando Medina-saroté, haciendo breves migas y secretas confesiones con la mujer del supuesto personaje que articula la voz narrativa, “habló un poco de su infancia en el valle y de la fe sencilla y de la felicidad de sus años de formación. Habló de todo ello con nostalgia manifiesta. Había sido una vida de costumbres placenteras, libre de cualquier complicación.” Pues además del violento, condenatorio y revulsivo cisma que en su conservador, endogámico y puritano villorrio resultó su noviazgo y deseo de casarse con el “tontorrón” de “Bogotá” (un extraño réprobo dizque “a medio formar”, jijo de la podredumbre o de las tontorronas piedras del octavo día), a ella la tenían por fea (la patita fea o la muñeca fea) y por eso nadie la pretendía ni se le paraba ni una mojigata y lujuriosa mosca. Según la voz narrativa, Medina-saroté “no era muy valorada en su mundo porque tenía un rostro bien definido, y le faltaba la suavidad lustrosa y satisfactoria que es el ideal de belleza femenina para los ciegos”. “Sus párpados, aunque cerrados, no estaban hundidos ni enrojecidos como era normal en el valle, sino que daban la sensación de que podrían abrirse en cualquier momento; y además tenía pestañas lo que se consideraba un defecto grave. Su voz, por otra parte, era fuerte, y no satisfacía las exigencias del desarrollado oído de sus posibles cortejantes. Así que no tenía novio.” 


Herbert George Wells, Los ojos de Davidson. Traducción de José Luis López Muñoz. Prólogo de Alberto Manguel. Colección Ars brevis número 11, Ediciones Atalanta. Barcelona, noviembre de 2006. 182 pp.


lunes, 1 de mayo de 2017

El hombre invisible

Podía tomar dinero de donde lo encontrara

A estas alturas del siglo XXI aún persiste el influjo y la cauda de The Invisible Man (1897), la celebérrima novela del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946), de ahí que en diversos idiomas se lea y se siga reeditando en toda la aldea global. Con la traducción al español de Julio Gómez de la Serna, El hombre invisible fue publicada en 1985, en Madrid, por Hyspamérica —junto con La máquina del tiempo (1895), traducida por Nellie Manso—, en el número 14 de la colección Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges; y por ello ambas obras están precedidas por el par de históricos preámbulos del autor de Historia universal de la infamia (1935): el prefacio de la serie y el prólogo del libro; pero deslucidamente repletas de chambonas erratas, pese a las tapas duras y al buen papel que han preservado su conservación.  
Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges número 14
Hyspamérica Ediciones
Madrid, 1985
        La fantástica novela El hombre invisible —cuya trama es la base del argumento de la homónima película de 1933 dirigida por James Whale— se desarrolla en veinticuatro capítulos con títulos y números romanos, más un “Epílogo”. Las anécdotas que narra la obra de H.G. Wells, repleta de suspense, son evocadas y contadas por una voz narrativa, casi omnisciente, que varias veces hace palpable su presencia con comentarios dirigidos al lector. Y giran en torno a las tropelías, estropicios, hurtos y crímenes que causa y comete un tal Griffin (“el primero de todos los hombres que logró hacerse invisible”, dizque “el físico de más talento que el mundo ha conocido”).

Fotograma de The Invisible Man (1933)
       En el decurso de los sucedidos de la novela descuellan tres tiempos. El primero inicia con la llegada de Griffin a Iping, pueblito del condado de Sussex, al sur de una Inglaterra de fines del siglo XIX. Esto ocurre un 9 de febrero, día muy frío, bajo la nieve. Griffin, llega de incógnito (nunca revela su nombre ni su identidad, pese a que dice ser “un investigador experimental”) y se aloja en Coach and Horses, la posada, con un pequeño bar, que administra Mrs. Hall, su propietaria, con auxilio de su esposo. 

     
Fotograma de The Invisible Man (1933)
       Donde al día siguiente de su arribo se hace traer en el carruaje del mandadero, desde la estación de tren de Bramblehurst, su pesado equipaje, en el que abundan los libros de diversos tamaños y “cestas, cajas y cajones conteniendo objetos embalados en cajas”, que resultan ser numerosas botellas con distintas formas, tapones y contenidos (cuya cantidad supera las que posee la farmacia de Bramblehurst, para envidia del boticario), más “unos cuantos tubos de ensayo y una balanza cuidadosamente embalada”. Lo extraño de su personalidad, preludio de su imperativa e irascible conducta de gruñón intolerante, empedernido y misántropo, empieza por el hecho de que oculta su rostro con vendajes, lentes oscuros y una nariz postiza, y a que opta porque lo dejen solo, en la semioscuridad o en la oscuridad de la sala donde hay una chimenea encendida, donde instala su laboratorio. Además de los lentes oscuros, usa guantes, un pesado abrigo, bufanda, botas y un sombrero de ala ancha. Ese ríspido período, no exento de comicidad, concluye el Domingo de Pentecostés, caluroso día del mes de junio, que los aldeanos y lugareños celebran con una feria y fiesta popular. Ese día el forastero, acosado por las deudas y el hambre, se ve impelido a revelarle a Mrs. Hall que es un hombre invisible. Y dado el furtivo latrocinio cometido en la casa del vicario, una comitiva —encabezada por Mr. Bobby Jaffers, el policía del pueblo—, se presenta en la posada con una “orden de prisión”. 

     
Fotograma de The Invisible Man (1933)
       Esto deriva en una jocosa gresca en la que destaca la fortaleza y la ventaja de Griffin para repartir golpes y porrazos (los lugareños lo ignoran, pero es “un hombre de unos treinta años”, de “pecho  musculoso”, “casi albino, con un metro ochenta de estatura y hombros muy anchos, cutis muy blanco y ojos encarnados, que ganó un premio de química” en su época de estudiante de medicina en Londres). Es así que la increíble presencia de un hombre invisible suscita terror y pánico entre los habitantes de Iping. Y en el escape y huida de allí, totalmente desnudo y a pata pelada para que no lo vean correr, robar y golpear, Griffin, en el campo aledaño, da con un tal Mr. Thomas Marvel, un “mendigo vagabundo”, al que elige, contra su voluntad, para dizque “conseguir ropa y albergue”, y al que induce, ese mismo Domingo de Pentecostés, para que lo ayude a sacar de la posada, en medio de otra pelea y persecución, “un bulto envuelto en un mantel azul” y sus tres libros atados “con los tirantes del vicario”. Proscrito vagabundo al que a la fuerza, y con amenazas de muerte, esclaviza en calidad de bestia de carga de esos tres libros (donde oculta las crípticas anotaciones de su invento científico) y del dinero que roba y va robando por donde pasa, desnudo y sin zapatos, y emitiendo algún estornudo o su fogosa respiración. Por ejemplo, un marinero de Port Stowe presenció “la visión de un puñado de dinero (nada menos) que andaba por sí solo junto al muro que hacía esquina con la Cuesta de San Miguel. Otro marinero lo había visto aquella misma mañana. Se abalanzó inmediatamente sobre el dinero y recibió un golpe que lo hizo caer de cabeza al suelo. Cuando consiguió ponerse de pie, el dinero volante se había desvanecido [...] La historia del dinero que volaba era cierta. Y en todo el vecindario aquel día habían desaparecido cantidades de dinero a puñados, de tiendas y posadas, e incluso de la Compañía Bancaria de Londres y del Condado. Se iba volando con sigilo junto a los muros y por los lugares más oscuros, desapareciendo inmediatamente de la vista de los mortales. Y aunque nadie había conseguido averiguarlo, todo aquel dinero terminó invariablemente sus misteriosos vuelos en el bolsillo del agitado vagabundo cubierto con su anticuado sombrero de seda [...]”   

   
Fotograma de The Invisible Man (1933)
        El segundo tiempo se sucede en Port Burdock, en gran medida en la villa del doctor Kemp, situada a las afueras de tal lugar y desde donde se otean las casas y construcciones del pueblo y las aguas del mar (que colindan, se infiere, con el Canal de la Mancha). Tras su fugaz paso por Port Stowe, precedido por las noticias del Hombre Invisible aparecido en Iping que propagan las gacetas y periódicos y los rumores de los aldeanos (que al doctor Kemp le parecen del “siglo XIII”), el vagabundo Marvel irrumpe, fóbico y perseguido, en “la taberna de los Jolly Cricketers”, situada “al pie de la cuesta donde empieza la carretera” de Port Burdock. Allí, desesperado, con ruegos y gritos, pide que lo protejan del terrorífico, fantasmal y abominable Hombre Invisible, quien le pisa los talones y podría matarlo. El tabernero y sus tres clientes, lo resguardan. Y en la riña contra Griffin, quien golea la puerta, causa destrozos, y a quien no pueden ver, uno de los parroquianos (el americano de barba negra) le dispara cinco balas de su revólver (“Cuatro ases y el comodín”), quizá oriundo del lejano y salvaje Oeste: “movió la mano dibujando una curva de manera que los disparos alcanzasen todo el espacio comprendido entre las paredes del patio”.
El caso es que Griffin, pese a que sangra (su sangre se hace visible al coagularse), quedó levemente herido en un brazo y por ende, muy cansado, desnudo y hambriento, se introduce en la casa del doctor Kemp, luego de que “Alrededor de una hora después” sonaran los disparos por el rumbo de la taberna de los Jolly Cricketers. Desde la tarde de ese día, el doctor Kemp, que aspira “ser admitido como miembro de la Real Sociedad de Medicina”, estuvo trabajando en su estudio y a eso de las dos de la madrugada, al dirigirse a su recámara en el piso superior (luego de ir a la cocina por un sifón y un vaso de whisky), observa gotas de sangre medio secas en las escaleras, en el vestíbulo y en el picaporte de su dormitorio, y ve que en la colcha de su cama hay “una gran mancha de sangre” y que “la sábana había sido desgarrada”. Entonces oye una voz que pronuncia su nombre y advierte, “estupefacto”, que esa voz surge de “una venda vacía. Enrollada y atada, pero completamente vacía”, “que se hallaba inmóvil en el aire, entre él y el lavabo”.
Fotograma de The Invisible Man (1933)
       Resulta que el doctor Kemp (“un joven alto y delgado, de cabello rubio y bigote casi blanco”), quien ni siquiera da consulta, pese a allí mismo tiene su consultorio, vive con el confort y el aislamiento de un buen burgués en esa magnífica villa cuyas cuestiones domésticas están en manos de la servidumbre. Fueron condiscípulos universitarios y desde hace doce años no se veían; esto se lo recuerda Griffin, cuya invisibilidad a Kemp le cuesta creer y por ello se supone sujeto de hipnotismo. No obstante, luego de un leve forcejeo físico, cede oyéndolo. Le brinda ropa, carne fría, pan, whisky y tabaco (el bolo alimenticio que ingiere se ve suspendido y moviéndose en el aire mientras no es asimilado por su organismo). Y como le dice que lleva “tres días sin dormir”, lo deja que duerma a sus anchas en su dormitorio, que Griffin asegura con llave y bajo amenaza, además de verificar la probable ruta de huida por la ventana: “Queda bien entendido”, le dice, “que no intentarás poner ningún estorbo en mi camino o capturarme: de lo contrario...”

H.G. Wells
(1866-1946)
        En ese primer diálogo, Griffin insiste en que Kemp tiene que ayudarlo, que necesita un colega y que ambos deben trabajar juntos en su descubrimiento de la invisibilidad. Pero los indicios de que Griffin se salta las normas más elementales: además de ser un fugitivo, no le dice de dónde sacó el dinero que según él le robó el vagabundo Marvel, y el menosprecio y la amenazante manera con que apostrofa a éste, lo inducen a guardar ciertas reservas. De modo que mientras Griffin duerme, el doctor Kemp, en el reducto de su pequeño consultorio, con la luz de la lámpara de gas y resguardado bajo llave, lee, en el periódico del día, sobre los “extraños sucesos ocurridos en Iping”; y en “la Saint James Gazette” lee el artículo cuyo titular reza: “Un pueblo entero de Sussex se vuelve loco”. Se pasa la madrugada en vela pensando y atando cabos. Y luego del amanecer, envía “a la criada a comprar todos los periódicos de la mañana que encontrase”. De modo que después de leerlos (incluso alguna nota sobre Marvel y lo que pasó en la taberna de los Jolly Cricketers) queda convencido de la invisibilidad de Griffin, de su proclividad a la demencia, de que pierde los estribos, y de que comete actos violentos y delictivos (por ejemplo, y por decir algo, en Iping dejó casi desnudos al vicario y al boticario; dejó sin sentido al policía Bobby Jaffers y al vendedor de tabaco Mr. Huxter; destrozó “todas las ventanas de la posada Coach and Horses” y no pagó los adeudos del hospedaje y de los comestibles y refrigerios; “arrojó uno de los faroles de la calle por el balcón de la sala de Mrs. Grogram”; y al fugarse para siempre de Iping “cortó los hilos del telégrafo que ponían al pueblo en comunicación con Adderdean”). Así que antes de que su inesperado e invisible huésped se despierte, el doctor Kemp redacta un urgente mensaje dirigido al coronel Adye, el jefe de la policía de Port Burdock.   

Fotograma de The Invisible Man  (1933)
      Persuadido, al parecer, de que el doctor Kemp se sumará a su proyecto y lo auxiliará en sus ambiciosos planes, Griffin —tras despertarse, tirar una silla y hacer trizas el vaso del lavabo— abre toda la bocota, suelta la lengua hasta las heces y le narra, sin escrúpulos, todo lo ocurrido en torno a su descubrimiento (cuyos pormenores científicos más o menos le resume y explica) y a su conversión en el primer hombre invisible de la historia. Según le dice, pronto se desinteresó de la medicina. Y al salir de Londres, hace 6 años, cuando tenía 22 años, empezó a adentrarse en el estudio de la física molecular y en el análisis de los pigmentos. Así que la idea de la invisibilidad se le ocurrió en el colegio de Chesilstowe, donde era un provinciano y pobretón profesor que daba clases a estudiantes “insoportables”, “lerdos y distraídos”. “Durante tres años” trabajó así hasta que por falta de recursos, para consumar las investigaciones de su obra, se trasladó a Londres. Y para obtener dinero y proveerse del instrumental necesario, robó a su padre el que tenía. Pero como el dinero no era suyo, se suicidó. Y Griffin, en su pueblo, asistió al sepelio de su padre con frialdad e indiferencia. Y en Londres rentó “una habitación grande y sin muebles en una casa de huéspedes situada en uno de los suburbios cerca de Great Portland Street”, donde instaló los aparatos e instrumentos recién adquiridos ex profeso con el dinero robado a su progenitor. Algunos datos de su investigación, según le dice, están guardados en su memoria, pero casi “todo está escrito en cifra en los libros que ha escondido el vagabundo”, y por ello quiere recuperarlos con la ayuda y la complicidad del doctor Kemp. Apenas “en el mes de diciembre pasado” completó su secreta y asombrosa investigación tras “el intenso esfuerzo de casi cuatro años de trabajo continuo”. Y tras varios ensayos, ya con “un trozo de tela blanca”, ya con “un gato blanco” (cuya dueña es una entrometida y alcohólica inquilina del piso inferior al suyo, a la que detesta), “un soleado día del mes de enero” (un mes antes de su traslado a Iping) logró transformarse, paulatinamente y no sin dolor, en el primer hombre invisible del planeta Tierra concebido con procedimiento científico.

Fotograma de The Invisible Man (1933)
       Casi sobra decir que el intrínseco y enigmático leitmotiv de su investigación y descubrimiento no es una búsqueda filantrópica, ni humanitariamente pretende contribuir con el acervo del conocimiento científico del género humano, sino que su motivo es un claro afán egocéntrico, egoísta, narcisista, megalómano y psicótico: “quería asombrar al mundo con la revelación de mi obra y hacerme famoso de golpe”, le dice al doctor Kemp. Y más aún, en el clímax de sus anecdóticas revelaciones, de su locuaz ideario, de su obnubilación y desvarío mental, característico del arquetipo del científico loco (meollo donde descuella su falta de empatía con los otros, su inmoralidad, su misantropía, su carencia de ética, y su carácter violento y coercitivo), trata de involucrarlo, torpemente y como segundo de a bordo, en la facilidad para asesinar y apoderarse del mundo implantado un régimen de terror:

“No hablo de matar sin ton ni son, sino con método. Se trata de lo siguiente: todos saben que existe un Hombre Invisible, como nosotros sabemos que hay un Hombre Invisible. Y ese Hombre Invisible, Kemp, debe establecer ahora el Reinado del Terror. Sí; no cabe duda de que es espantoso, pero hablo en serio. El Reinado del Terror. Debe tomar cualquier pueblo, como tu Burdock, por ejemplo, aterrorizarlo y dominarlo. Debe dar órdenes. Puede hacerlo de mil modos, pero bastará introducir un papel escrito por debajo de las puertas. Y debe matar a todos cuantos desobedezcan sus órdenes y a todos aquellos que los defiendan.” 
Fotograma de The Invisible Man (1933)
        Griffin ve al Hombre Invisible como un poder para robar, golpear y fugarse con absoluta impunidad. De ahí que haya incendiado el populoso edificio donde en Londres, a “un viejo judío polaco”, le alquilara el piso en el que —con instrumentos, sustancias y pesquisas— se transmutó en el fantasmal Hombre Invisible (sólo salvó “su” chequera y sus tres encriptados libros, que envió a “una dirección donde se reciben cartas y paquetes, en Great Portland Street”, y que luego recogería tras robar el dinero para recuperarlos). Invisible, o sea: desnudo desde la cabeza a los pies —pese a la nieve, al frío y a las imprevistas inclemencias de las rudas y agrestes calles—, logra introducirse con sigilo en “los grandes almacenes” Omnimus; donde durante una noche se arropa, se alimenta, duerme abrigado y tiene pesadillas. Pero a la mañana siguiente, tras una gresca con varios empleados y un policía que lo persiguen y tratan de atraparlo, se ve obligado a huir y a salir a la calle —pese a la baja temperatura—, totalmente sin ropa, sin calzado y sin el dinero con que pensaba recuperar sus tres libros.   

Luego, con un nuevo resfrío (o sea: de repente estornuda ante la extrañeza de quienes oyen el estornudo, pero no ven a nadie), da con “una tiendecita sucia y oscura en una callejuela lateral cerca de Drury Lane, con un escaparate lleno de trajes de lentejuelas, joyas falsas, pelucas, zapatillas, dominós y fotografías de teatro. Era una tienda anticuada y tenebrosa, y el edificio que se alzaba sobre ella tenía cuatro pisos igualmente oscuros.” Esa tiendecilla, según le cuanta al doctor Kemp, era atendida por viejecillo solitario y jorobado, con agudo oído y una pistola. Ahí logra robar dinero y ataviarse (“una figura grotesca y teatral” que aprueba observándose frente al espejo), además de comer “algo de pan y un pedazo de queso rancio”. Pero para asaltar al viejecillo jorobado, le arroja un taburete “mientras bajaba las escaleras”; de modo que “bajó rodando como un saco de botas viejas”, dice. Y más aún: lo amordazó “con un chaleco Luis XIV” y lo envolvió con una sábana. Lo cual alarma al doctor Kemp y Griffin le replica: “Hice con ella una especie de bolsa. Fue una buena idea mantener a aquel idiota asustado e inmóvil. Y, además, era muy difícil que se librara de ella... Eso, sin contar la cuerda con que lo até. Mi querido Kemp, es inútil que me mires indignado como si hubiera cometido un asesinato. Aquel hombre tenía un revólver. Si me hubiera descubierto, habría podido delatarme...”
Quizá, y con razón. Pero lo que no es difícil inferir es que ese viejecillo solitario (que no solía recibir visitas) murió amordazado y atado de esa manera. Asesinato gratuito y cruel, que remite a la saña con que Griffin, cuando ya es un fugitivo de la policía de Port Burdock, asesinó a Mr. Wicksteed, tras agarrar a un niño que jugaba por allí y arrojarlo “a un lado con tal fuerza que sufrió fractura de un tobillo”. Según reporta la voz narrativa, el asesinato de Mr. Wicksteed “Ocurrió al borde de la cantera, a unos doscientos metros de la casa de Lord Burdock. Todo nos hace suponer una lucha desesperada... El terreno pisoteado, las numerosas heridas que Mr. Wicksteed recibió, su bastón hecho pedazos. Pero a qué fue debido este ataque, de no ser a un frenesí sanguinario, es imposible de comprender. La teoría de la locura es casi inevitable. Mr. Wicksteed era un hombre de unos cuarenta y cinco o cuarenta y seis años, mayordomo de la casa de Lord Burdock, de apariencia y costumbres inofensivas y la última persona en el mundo que hubiera podido provocar a tan terrible antagonista. Parece ser que contra él, el Hombre Invisible utilizó una barra de hierro arrancada de un trozo de verja rota. Detuvo a aquel hombre que volvía tranquilamente a su casa para comer, lo atacó, venció su débil resistencia, le rompió un brazo, lo derribó y redujo su cabeza en una pulpa sanguinolenta.”
Fotograma de The Invisible Man (1933)
      Casi al unísono de la declaración de principios que vocifera Griffin para apoderarse del mundo e instaurar un “Reinado del Terror”, el coronel Adye y dos policías sin armas llegan a pie a la villa del doctor Kemp. Tras advertir la cercana presencia del trío de gendarmes, Griffin tilda a Kemp de “traidor” y logra escapar, desnudo y sin botas y con los ojos vulnerables (pues sus invisibles párpados no lo protegen de la radiación solar), luego de una violenta pelea en la que el Hombre Invisible utilizó un hacha. En el colectivo plan para acorralarlo y cazarlo, destaca y participa el doctor Kemp; quien a la postre, casi sin buscarlo, se convierte en la carnaza que incide en la derrota y muerte de Griffin cerca de la taberna de los Jolly Cricketers, cuyo cuerpo desnudo y tendido en el suelo, ya sin vida, paulatinamente deja ser invisible ante la mirada y el asombro de la multitud de aldeanos y del grupo de hombres que lo tundieron a golpes y participaron en la cacería. 

The Invisible Man (1897)
        El tercer y último momento de la novela se lee en el “Epílogo”. Y tiene como epicentro y escenario “una pequeña posada que hay cerca de Port Stowe”, cuyo propietario es nada menos el otrora “mendigo vagabundo” Mr. Thomas Marvel. La posada lleva por nombre el mismo nombre de la novela y su emblema “es una tablilla en blanco en la que sólo hay dibujados un sombrero y unas botas”. Según dice la voz narrativa sobre el tabernero, “Si el lector bebe con generosidad, le hablará también generosamente, de todo cuando le ocurrió después de los sucesos anteriores y de cómo los jueces intentaron despojarlo del tesoro que le encontraron encima.” E incluso —afirma el propio Marvel— ya hubo “un caballero” que le “ofreció una libra por noche, por contar” su “historia en el Empire Music Hall”. Lo que no revela a nadie, y es ultrasecreto, es que “todas las noches, después de las diez, entra en su salita privada llevando en la mano un vaso de ginebra con unas gotas de agua, y después de haberlo colocado sobre la mesa, cierra la puerta con llave, examina las persianas e incluso mira debajo de la mesa. Después, satisfecho al comprobar que se halla en completa soledad, abre un armario y una caja que hay dentro del armario y un cajón que hay dentro de la caja, y saca tres volúmenes encuadernados en cuero marrón y los coloca solemnemente en el centro de la mesa. Las cubiertas estás desgastadas y ligeramente teñidas de verde porque en cierta ocasión estuvieron escondidas en una zanja. El dueño de la posada se sienta en una butaca y llena lentamente su pipa contemplando los libros con avidez. Después, acerca uno de ellos y comienza a estudiarlo volviendo las páginas en todas direcciones.” Su propósito es descifrar las claves alfanuméricas. Muy abstrusas para él y quizá parecidas a las crípticas anotaciones del capitán Kidd desentrañadas en un viejo pergamino (hallado cerca de los restos del casco de un barco pirata) por William Legrand en el entorno de “la isla de Sullivan, cerca de Charleston, en la Carolina del Sur”, según se lee y se observa en “El escarabajo de oro” (1843), el celebérrimo cuento de Edgar Allan Poe. “Una vez que haya conseguido descifrarlos... ¡Dios mío! No hará lo que él hizo; haría... ¿quién sabe?”

El capitan Kidd
(1645-1701)



Herbert George Wells, La máquina del tiempo. El hombre invisible. Traducción del inglés al español de Nellie Manso y Julio Gómez de la Serna. Prólogos de Jorge Luis Borges. Colección Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges núm. 14, Hyspamérica Ediciones. Madrid, 1985. 300 pp.

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lunes, 3 de abril de 2017

Que se mueran los feos


    El as del sexo, el sapo y la pata de palo

El legendario y fugaz Boris Vian, quien por un infarto sólo vivió casi 39 años (Ville-d’Avray, marzo 10 de 1920-París, junio 23 de 1959), fue un escritor polifacético y polímata que se codeó con jazzistas e intelectuales de la crème de la crème del existencialismo francés. Escribió poemas, cuentos, novelas, libretos teatrales, canciones y artículos para revistas como Les Temps Modernes, Jazz Hot y el periódico Combat. Y además de ingeniero e inventor, fue cantante y trompetista de jazz, locutor de radio, escenógrafo y traductor.  
En el centro: Boris Vian y su mujer Michelle
A los lados: Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir
(París, 1952)
  Urdida en francés y dispuesta en 30 capítulos con rótulos, su novela Que se mueran los feos se publicó en París, en 1948, firmada con el pseudónimo de Vernon Sullivan (supuesto escritor gringo de raza negra) y en ella Boris Vian figuró como traductor. Si la fecha de la primera edición corresponde al hipotético tiempo en que sucede la trama (después de la Segunda Guerra Mundial), también hay cierta consonancia entre la juventud del autor y la de Rock Bailey, el protagonista, quien dentro de seis meses cumplirá 20 años. 

Colección Andanzas núm. 105, Tusquets Editores
Primera reimpresión mexicana
México, diciembre de 1992
  Podría ser que Boris Vian hubiera escrito una obra consistente, profunda, lo cual no excluye lo humorístico, lúdico y paródico. No es el caso: se trata de una novela light, bufa, de una especie de thriller para adolescentes crónicos e incurables, pero de unos chamacos desmadrosos que sólo esperen pasar un buen rato leyendo una mezcla de cómic y novela negra, cuento de Playboy y pastiche holliwoodense, con acción, trompadas, intrigas, secuestros, mujeres bellas desaparecidas, autos a toda máquina que se persiguen por las calles, agentes del FBI, balas, cuerpos perforados y chorreando sangre, estallidos de granadas, absurdos caricaturescos, hazañas espectaculares y cierta dosis de ciencia ficción: androides y un científico loco que pretende exterminar a los feos y construir un mundo feliz (que obviamente deviene del mundo feliz que imaginó y propagó Aldous Huxley en 1932) con series de mujeres y hombres hermosos, perfectos, hipersexuales, con su tarea laboral preconcebida y tipificada en el laboratorio. Pero sobre todo, mediante esa cohorte de demiurgos menores, el doctor Markus Schutz, el científico loco, sueña con apropiarse del todopoderoso gobierno de los Estados Unidos de América. Y, desde luego, en tal explosivo menjurje no podían faltar los heroínos en quienes los jóvenes lectores (aún con acné) proyectan sus soterradas fantasías: varios aún no tienen 20 años y dos de ellos: Rock y Mike, son guapos, atléticos, hipersexuales, temerarios, y pueden contra lo que sea. 

     
Boris Vian
(Ville-d’Avray, marzo 10 de 1920-París, junio 23 de 1959)
       Quizá en francés la obra resulte distinta y su vacuidad argumental sea, no obstante, un divertimento digno de leerse; pero la presente traducción al castellano —y no es chovinismo— es lamentable: los personajes parlotean a imagen y semejanza de los humanoides de España, pese a que son gringos de Los Ángeles, California; y todo el tiempo berrean chistes y frases hechas que sólo articulan y vociferan los españoletes cursis. Así, la tradicional leyenda que deifica al autor más o menos se desinfla en esta versión.

     
Boris Vian, trompetista de jazz
       Rock Bailey, la estrella del elenco, se ha propuesto perder su virginidad sólo al cumplir la veintena. Es un deportista con 90 kilos de peso y un metro 88 de altura. El año anterior ganó el título Mister Los Ángeles. Es el más atractivo de todos, por lo que constantemente tiene que quitarse de encima a las féminas que se lanzan sobre él para comérselo en un tris. Al principio sus chistes son muy bobos, ridículos y pedantes, precisamente del tamaño de su estupidez e ingenuidad; así, se cohíbe, ruboriza y grita al estar desnudo frente a una mujer desnuda. Suele encontrarse con sus amiguetes en el Zooty Slammer, el bar de Lem Hamilton, un pianista negro y gordo. Uno de tales compinches es Gary Kilian, reportero del California Call, y otro, menos compinche, es Douglas Thruck, crítico cinematográfico (sintomáticamente, para Boris Vian, quien parece sentirse filmado por Hollywood en el papel de Rock Bailey y quizá con la corpulencia y el rostro del goberneitor Arnold Schwarzenegger), cuyo sueño es escribir una Estética del cine, diez volúmenes en diez años de trabajo. 

Boris Vian en su papel de escritor
Cierta noche entre las noches el grupo se halla en una de sus reuniones en el bar; Rock Bailey, como siempre, exhibiendo su idiotez y su virginal éxito con las mujeres. Sale a tomar aire y un tipo con “la clásica treta del gángster decidido a hacer una jugarreta”, le pide fuego y le invita un cigarrillo que lo duerme. Lo secuestran y lo encierran desnudo con una mujer desnuda. 

Al regresar al bar con su virginidad intacta, sucede que Sunday Love, una de las chavas del grupo, de 17 años, descubre un cadáver en la caseta telefónica. 
A partir del secuestro y del crimen, el asunto cambia. Rock Bailey, junto con Gary Kilian, literalmente empiezan a jugar a los detectives (y el juego se prolonga hasta la última página), no sin invocar, como bendición, las películas de Humphrey Bogart. Rock Bailey deja de ser un niño bobo y con agilidad e inteligencia (pero también su cuate) deduce a la investigador policíaco e incluso sus chistes son menos tontos. 
Paralelamente a Nick Defato, el jefe de la policía, pero apoyados por éste, se introducen en la madeja de los misterios. ¿Qué mafia secuestró a Rock Bailey, en una especie de clínica, para que hiciera el sexo con una fémina tipo modelo de Playboy? ¿Quién mató al hombre de la caseta telefónica? ¿Quién hizo las fotos de vivisección con humanos? ¿Para qué se hacen tales operaciones quirúrgicas? ¿Quién y para qué ha desaparecido a varias mujeres bellas y jóvenes? ¿Las fotos y el atentado contra el coche en que viajaba Nick Defato aluden el enfrentamiento de dos bandas o es la escisión de una sola?
     
Boris Vian de locutor de radio
        El tono y el ritmo para resolver tales misterios iniciales es el juego del suspense: los improvisados detectives juegan y dicen bromas, pero también los otros personajes. Y si no escasean las chavas, los desnudos y los manoseos, también abundan los gags de acción citados líneas arriba, como las peleas cuerpo a cuerpo en las que destaca, para dar y recibir golpes y porrazos (así reza el estereotipado rosario de clisés del heroíno), la fortaleza y resistencia de Rock Bailey, pero también la de Mike Bokanski, el joven que se les une junto con su supuesto tío, el viejo Andy Sigman, dizque taxista, quien posee la peliculesca virtud de llegar al rescate en el momento en que se le necesita.

      Los crímenes, pesquisas y trompadas los conducen a la clínica del doctor Markus Schutz, ubicada en San Pinto, cerca de Los Ángeles. Esta es, al unísono, búnker y laboratorio clandestino; un laberinto subterráneo, con pisos y pisos, puertas y puertas, pasillos y pasillos. Allí, Rock, Mike y su perro Noonoo, son conducidos por el androide número 16 de la serie C, al que Rock bautiza: “Jef Devay”. 
Tal androide es un paradójico sapo, diría Jules Renard, en la sopa de perfección y belleza del doctor Schutz: además de feo y defectuoso, anima un odio al padre (en cuyos defectos, escuálida figura y pulsión parricida, se vislumbra una pátina del engendro abandonado por el doctor Frankenstein en la clásica novela que Mary W. Shelley publicó en 1818, tantas veces adaptada y parodiada en el cine, en la tele, en el cómic y en la novela gráfica), pero sobre todo les revela varios de los secretos del doctor Markus Schutz, el científico loco: que en poco tiempo fabrica humanoides; la escena de una vivisección; un suculento forniqueo entre dos insaciables androides. Y entre otras cosas, les enseña una cámara de incubación y envejecimiento acelerado en la que observan a varios embriones que serán androides de distintas series, cada ejemplar idéntico al modelo de la serie a que pertenece. Por último, les dice que el doctor Schutz se ha ido a una isla del Pacífico, de su propiedad, llevándose aparatos, archivos y series de sujetos. 
El defectuoso androide Jef Devay, además de sapo, es un hilo suelto, dado que después de que los héroes dejan el laboratorio, pese a que iba a seguir con ellos, nunca se sabe más de él. Lo mismo ocurre con Noonoo, el perro super entrenado que llega a hablar (otro clisé de caricatura y teleserie clasificación A) sin que nadie se sorprenda ni diga ni mu ni pío sobre el asunto. Simples detalles, como el chiste sobre el presidente Truman, al que llaman Truwoman.
        Al salir del búnker, Mike Bokanski y Andy Sigman revelan que son agentes secretos del FBI y que ya le seguían las huellas y la pista al doctor Markus Schutz. Gary y Rock, casi sin dormir ni comer y guiados por la compulsión que les dicta su instinto y su olfato de sabueso detectivesco (otro cliché), vuelan con los agentes en un B-29 rumbo a la isla del Pacífico, que fue base militar durante la guerra, por lo que entre los abandonados restos abundan los cascos japoneses. Al llegar, se dejan caer en paracaídas. Pero frente al fragor sexual visto en el anterior laboratorio y frente a lo incierto del regreso, Rock Bailey, antes de partir de la ínsula, decide perder la virginidad. Y en tal ámbito, al igual que su atlética fortaleza de heroíno, la escenas eróticas denotan que es un as del sexo: durante horas y horas lo hace con Sunday Love y casi enseguida y al mismo tiempo con Mona y Beryl. 
En la isla, luego de cruzar un jardín en el que no faltan los empalados (que evocan los cruentos sembradíos del legendario antropófago Vlad Tepes, El Empalador), pero con un letrero en el cuello que reza: aspecto defectuoso, resulta que en el nuevo búnker hay una orgía entre androides de ambos sexos, desnudos, perfectos, idénticos y superpotentes, todos de la serie O. Y puesto que Rock, camuflado, puede hacerse pasar por un ejemplar de la serie S, vuelve a demostrar sus ínfulas de superdotado. 
Boris Vian observando su efigie
  Cuando finalmente Mike y Rock se encuentran con el heresiarca, éste les presume que ya sabía que lo seguían, que su divisa es que se mueran los feos, que para exterminarlos llenará el orbe de generaciones bellas y perfectas, que ya posee androides infiltrados entre artistas famosos, deportistas campeones, políticos y militares con los que se apoderará de la Casa Blanca, como es el caso del almirante que comanda el cercano torpedero, que dizque iba a apoyar a los que llegaron por aire. 

A Mike y a Rock los enclaustran con dos androides idénticas y pese a que las inducen a escenificar para ellos un espectáculo lésbico, no pierden la cabeza. El viejo Andy Sigman, en cambio, se encierra con cuatro androides y delega su responsabilidad en Mike Bokanski. 
Boris Vian pensando en el cine
  El frijol en la sopa, o paradoja del caso, es que a partir de que el doctor Markus Schutz se va de vacaciones, pese a que se supone científico y megalómano obseso de la perfección y del todopoderoso poder, Mike Bokanski puede desmontarle los planes con una simple prueba del añejo: ordena que del torpedero le envíen 25 marinos guapos y 25 feos y los coloca frente a 50 hermosas, húmedas y sedientas androides. Luego ordena a éstas que se lancen sobre los marinos que ellas deseen. Sin pensarlo optan por los feos; es decir, están hartas de tanta perfección y belleza, el mismo síndrome y hastío que muestra Mike Bokanski e incluso el mismo almirante-androide, quien para calmarlo y excitarlo le dice que tiene a bordo, a su disposición, una secretaria jorobada, repulsiva, con una enorme sonrisa y una pata de palo.



Boris Vian, Que se mueran los feos. Traducción del francés al español de T.P. Lugones. Colección Andanzas núm. 105, Tusquets Editores. Primera reimpresión mexicana. México, diciembre de 1992. 208 pp.


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Enlace a "Que se mueran los feos", interpretación de Los Xochimilcas.
"El jeque de Arabia", Boris Vian a la trompeta.