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jueves, 11 de enero de 2018

Un mundo feliz

Vivimos dentro de un frasco

I de V
Con el número 9 de la serie Letras populares de Ediciones Cátedra apareció en Madrid, en 2013, Un mundo feliz, la celebérrima novela del escritor británico Aldous Huxley (1894-1963), cuya primera edición en inglés: Brave New World, fue publicada en 1932, en Londres, por Chatto & Windus; y en Nueva York, por Doubleday. Jesús Isaías Gómez López (Gójar, Granada, 1965), el traductor de Un mundo feliz para Letras populares —excepto de las líneas y versos de William Shakespeare (1564-1616) insertados en la obra por Huxley—, precede su versión con un extenso y analítico ensayo, complementado por la bibliografía y por el conjunto de sus notas (en el prefacio y en la novela).  
Letras populares núm. 9, Ediciones Cátedra
Madrid, 2013
        Si bien es consabido que el rótulo Brave New World procede de un verso de la “escena única del quinto acto de La tempestad de Shakespeare”, Jesús Isaías Gómez López le recuerda al lector del siglo XXI (o le da noticia) que el título Un mundo feliz (que pulula en el globalizado inconsciente colectivo del idioma español) fue elegido por el dedo flamígero de Luis Narciso Gregorio Gutiérrez Santa Marina (1898-1980), el traductor, periodista y “poeta falangista cántabro” (que solía firmar como Luys Santamarina). La canónica y seminal versión de Santa Marina —que fue la primera que se hizo en español— apareció en Barcelona, en 1935, en la Colección Centauro de Luis Miracle, Editor; y tuvo dos ediciones, la príncipe en septiembre y la segunda en diciembre. Tal título fue retomado por el borroso Ramón Hernández para su mutilada y aséptica versión de Un mundo feliz, publicada en 1969, en Barcelona, en la Colección Rotativa, extinta serie de bolsillo de Plaza & Janés, Editores (muy popular, incluso, en Latinoamérica). Pero en el ínterin de ambas versiones estalló la cruenta Guerra Civil Española (1936-1939) y tras ella la dictadura de Francisco Franco (1939-1975) y por ende la impúdica e impune censura; o sea: “la eliminación por completo de toda huella del asunto sexual en las posteriores ediciones que Santa Marina revisa de la novela en español”. De ahí que Jesús Isaías apunte en su ensayo: “advertimos a un Santa Marina que [‘pese a su sólida formación católica’] aborda el tema sin prejuicios y con absoluta naturalidad en las dos primeras ediciones de 1935 (septiembre y diciembre), antes de la Guerra Civil, y a otro Santa Marina que, a partir de 1947, en plena dictadura franquista, elimina de la traducción toda connotación sexual para las siguientes ediciones de la novela. Por desgracia, las dos primeras ediciones de 1935 no son precisamente las que han contado con un mayor número de lectores. Desde 1947, en que volviera a editarse Un mundo feliz, en la editorial José Janés, hasta 1979, ha habido trece ediciones de la novela en las que es notoria la poderosa huella de la censura franquista. Sin duda, la inmensa mayoría de lectores de esta primera [sic] traducción de la novela de Huxley se han perdido de una parte esencial, el elemento sexual que Santa Marina sí había podido tratar en las primeras ediciones de 1935. Con todo, en líneas generales, las siguientes revisiones de Santa Marina siguen reflejando el talento, el buen gusto estilístico y el sentido de un intelectual que, en numerosas escenas, convierte la traducción en una tarea artística. La supresión del tema sexual, en cambio, hace que el resultado final pierda una perspectiva crucial de la obra original. En este sentido, considero necesaria la enumeración de diversos ejemplos, a modo ilustrativo, con los que el lector se encuentra ante esta traducción desde 1947.”

Vale resumir, entonces, que Jesús Isaías glosa a continuación escuetas líneas que contrastan lo expuesto por Santa Marina en 1935 y lo eliminado por él a partir de 1947 en la edición impresa por José Janés. Y más aún: hace un breve bosquejo y una pertinente crítica sobre las escandalosas e hipócritas amputaciones realizadas por el verdugo Ramón Hernández para su insípida versión editada en 1969 por Plaza & Janés en la colección Rotativa. 
Pero lo que Jesús Isaías no hace es precisar, pese a su largo y sesudo ensayo, a la bibliografía y a sus notas, de qué edición en inglés tradujo. Ni tampoco dice que Luys Santamarina, al pie de página de sus traducciones de las líneas y versos de Shakespeare (señaladas con cursivas), transcribió los textos en inglés e indicó las obras de donde fueron tomadas. Esto se observa en una edición impresa en México, en 1980, por Editorial Época; y pese a que no se indica en la página legal, se advierte, por las señaladas alusiones sexuales, que se trata de la legendaria versión de Un mundo feliz que Luys Santamarina tradujo en 1935. Pero además incluye una nota preliminar (sin fecha) que firma con sus siglas (“L.S.M.”), en cuya cuarta y última parte dice: 
Editorial Época
México, 1980
      “Es difícil traducir tal autor y tal libro. El contraste entre el inglés moderno y el shakespeariano, que Huxley señala en el prólogo de la traducción francesa, se pierde por completo, y no podía ser por menos. Las canciones de niños —las nursery rhymes— nada nos dicen a los hispanos que jamás las hemos oído. Y lo mismo los pormenores topográficos de Londres y del Surrey nativo.

El Cisne del Avon en la época acutal
     “Otro escollo eran los versos de Shakespeare. Los hubiera dejado en prosa de muy buena gana; pero dado el carácter mágico, de vero conjuro que el autor les presta, como suma, como quintaescencia, como arquetipo de pasiones, exigían el ritmo. Los traduje bien que mal en verso blanco; que el Cisne del Avon me perdone.”

Obras Completas de Aldous Huxley
Tomo 1
Los clásicos del siglo XX, Plaza & Janés, Editores
Barcelona, 1970
      Vale mencionar que en el tomo 1 de las Obras Completas de Aldous Huxley editado en 1970, en Barcelona, por Plaza & Janes, Editores, con un “Prólogo” (sin fecha) del crítico mallorquín Joan Estelrich (1896-1958), en cuya página legal se afirma que Brave New World es “Traducción de Ramón Hernández” —pero al término del libro contradictoriamente se dice que es “Traducción de Luys Santamarina”—, se advierte, no sólo por el referido bagaje bibliográfico en torno a las citas de las obras de Shakespeare (cosa que omitió y no hizo Ramón Hernández), que se trata de la versión censurada en 1947 por Santa Marina. No obstante, en el capítulo V de la novela se lee: Calvin Stopes y sus dieciséis sexofonistas (ídem en la versión de 1935, reedita en 1980 por Editorial Época), e incluso la palabra “sexófonos” (que también se lee en el capítulo XI, durante la proyección de Tres semanas en helicóptero). Por ende, al principio de su nota 110 (correspondiente a la novela), Jesús Isaías, si no yerra sobre Ramón Hernández, se equivoca sobre Santamarina; según apunta: “En anteriores traducciones de esta obra al español se ha optado por ‘saxofonistas’ (Luys Santa Marina y Ramón Hernández). En el original leemos: ‘CALVIN STOPES AND HIS SIXTEEN SEXOPHONISTS’.”  

   
Obras Completas de Aldous Huxley
Tomo 1
Los clásicos del siglo XX, Plaza & Janés, Editores
Barcelona, 1970
          Casi sobra añadir que en el apartado de su bibliografía: “Brave New World, en español”, Jesús Isaías enumera, con vaguedad e imprecisión, la “traducción de Luys Santamarina” editada en México, en 1998, por Editorial Porrúa. La cual se halla en el número 587 de la serie “Sepan cuantos...”, en la que también se leen las citadas y censuradas palabras “sexofonistas” y “sexófonos”. Cuya primera edición en tal serie, barata y popular en México, data de 1990 y la última de 2017; y está precedida por un “Prólogo” (sin fecha) del filósofo alemán Teodoro W. Adorno (1903-1969) y por una “Cronología” (sin firma); a lo que se agrega, para cerrar el libro, el extenso ensayo de Aldous Huxley: “Retorno a un mundo feliz” (Brave New World Revisited, 1958).

Sepan cuantos… núm. 587, Editorial Porrúa
Sexta reimpresión, México, 2016

II de V
       Si bien el rótulo Un mundo feliz elegido por Luys Santa Marina en 1935 inició y marcó un canon indeleble en el orbe del idioma español, la prologada y anotada traducción de Jesús Isaías —que lo retoma (ídem toda una secuela de traductores)—, junto a su breve revisión crítica de las traducciones de Santa Marina y de Ramón Hernández, está signada por algunos diseminados lapsus que ponen en alerta y suspicaz al lector frente a todo el andamiaje crítico y anotado; lo cual, para disipar las dudas y puesto que no se engulle en un tris ni en una sentada, implicaría hacer una laboriosa y meticulosa revisión y cotejo de todos sus asertos y citas, pues a todas luces no son del todo imputables a los subterráneos y oscuros galeotes de Ediciones Cátedra. Por ejemplo, de sobra es consabido que John F. Kennedy y Aldous Huxley fallecieron el mismo día: 22 de noviembre de 1963. No obstante, en su prólogo (página 36) Jesús Isaías dos veces afirma que esto ocurrió el “22 de noviembre de 1962”; en la segunda vez apunta: “A las cinco y media de la tarde del 22 de noviembre de 1962, cinco horas y media después del asesinato del presidente Kennedy, fallece Aldous Huxley en su hogar [...]”. 
Edición príncipe
(Chatto & Windus, London, 1932)
        Otro ejemplo se lee en el “Capítulo VIII” de la novela (página 327), donde debería leerse “Linda” en lugar de “Lenina”; pues allí, Linda, la mugrienta, alcohólica, drogadicta y obesa madre del niño John (el Salvaje), le da a leer a éste el manual técnico-científico que ella utilizara en Londres cuando, en su calidad de “Beta-Menos”, “Trabajaba en la Unidad de Fecundación” (El condicionamiento químico y bacteriológico del embrión: Instrucciones prácticas para trabajadores Betas de depósitos de embriones); mismo que llevó consigo en su “gran maleta de madera” (quizá para un ejercicio mnemónico) cuando otrora viajó de paseo al pueblo de Malpaís, en la reserva india de Nuevo México, en compañía del Director de Incubación y Condicionamiento de la Central londinense. Pero, sin proponérselo, se quedó varada y olvidada allí (entre los indios y mestizos) tras perderse y accidentarse durante una excursión a caballo; pero sobre todo por su embarazo (sorpresivo e inesperado dado el riguroso consumo de los reglamentarios anticonceptivos y por “los ejercicios maltusianos”) y por dar a luz a su hijo John; pues embarazarse, parir, amamantar a un bebé y formar una familia ha sido prohibido y condenado por la obtusa y rígida dictadura del Estado Mundial. La traducción de Jesús Isaías erradamente dice así:

“—A lo mejor no lo encuentras muy interesante —dijo Lenina—, pero es lo único que tengo —Lenina suspiró—. ¡Ay, si pudieras ver las maravillosas máquinas de leer que teníamos en Londres!”
Vale observar que en sus correspondientes versiones ni Luys Santa Marina ni el pálido y encapuchado Ramón Hernández erraron en ese fragmento. Santa Marina tradujo: “‘Temo que no lo encuentres interesante —dijo—, pero es lo único que tengo’. Suspiró. —‘¡Si pudieras ver las hermosas máquinas de leer que teníamos en Londres!’—”. Y Ramón Hernández: “—Temo que no lo encontrarás muy apasionante —dijo Linda—, pero es lo único que tengo. —Y suspiró—. ¡Si pudieras ver las estupendas máquinas de leer que teníamos en Londres!” 
Aldous Huxley
(1894-1963)

Tomo 1 de las Obras Completas de Aldous Huxley
Los clásicos del siglo XX, Plaza & Janés, Editores
Barcelona, 1970
         Pero el rasgo distintivo e inextricable de la traducción al español que hizo Jesús Isaías de Un mundo feliz (quizá ineludible) es el uso y aderezo idiosincrásico de palabras, frases, muletillas y expresiones propias del habla promedio en España. Por ejemplo, los vocablos “follón”, “hala”, “apearse” y “vale” (entre otros); o el “tío” o “tía” con que parlotean Fanny Crowne y Lenina Crowne: “Está horriblemente mal eso de salir tanto tiempo con el mismo tío”, le dice Fanny a Lenina en la página 241; o en la página 315 piensa ésta al ver el “cuerpazo” “tan macizo” del joven John (el Salvaje): “¡Qué tío tan guapo!” O en la página 365 Fanny le dice a Lenina al verla entrar “cantando en el vestuario”: “Vienes más contenta que unas castañuelas”; hilarante locución que evoca la folclórica y tipificada imagen de las Manolas y Manoletes de España. Casi sobra decir, entonces, que esas sonoras y risibles castañuelas están ausentes en las versiones de Santa Marina y Ramón Hernández. Santa Marina tradujo: “Parece que estás contenta”. Y Ramón Hernández: “Pareces encantada de la vida”.


III de V
La traducción al español hecha por Jesús Isaías Gómez López de Un mundo feliz comprende los dieciocho capítulos que integran la novela, más 230 notas del traductor y ensayista. Y la precede un epígrafe en francés del filósofo ruso Nicolás Berdiaeff (1874-1948), que, extrañamente, no incluye ninguna nota sobre éste ni la traducción al pie de su texto. Así como Jesús Isaías hizo uso de traducciones ajenas de los versos de Shakespeare insertados en la obra por el novelista, o aceptó la sugerencia de un amigo suyo (Javier Hernández) para acuñar el vocablo “oligorgía” (por orgy-porgy, en el libro en inglés de Huxley), pudo incluir la traducción de ese fragmento realizada por otro traductor y pudo especificar a qué libro o ensayo pertenece.
Nicolás Berdiaeff
(1874-1948)
        Luego sigue un “Prólogo” de Aldous Huxley datado en “1946”, que, pese a las 25 notas del traductor y comentarista, éste no informa ni precisa de qué edición procede y por qué el autor lo coloco allí. 

Aldous Huxley
        Han corrido arduas disquisiciones y ríos y ríos de tinta en torno a la supuesta cualidad visionaria, futurista y profética de la distopía y del género humano de laboratorio y probeta que vive y subsiste en el supuesto futuro que bosqueja Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz. No obstante, no se trata de un planteamiento sociológico de índole realista, sino de literatura fantástica con elementos de ciencia-ficción, salpimentada con visos paródicos, burlescos, iconoclastas, lúdicos, cómicos y eróticos, y con un dejo infantil y adolescente. Huxley no hace una escrupulosa y global injerencia en el supuesto proceso histórico que explique la instauración de la dictadura del Estado Mundial, manipulada por una decena de mafiosos y despóticos titiriteros o reyezuelos de baja estofa: los “Diez Controladores Mundiales”, de los cuales la obra sólo exhibe a uno (especie de pseudopaternal, fanfarrón y egocéntrico Mefistófeles) que vive y manipula el poder apoltronado en Londres: Mustapha Mond, “El controlador residente de la Europa Occidental”. Ni tampoco hace una analítica y global intromisión en la estructura geográfica, política, social y cultural que impera en ese solitario, expoliado y globalizado planeta Tierra, ni en las relaciones racistas, pseudorreligiosas y piramidales de esa deshumanizada distopía cuyos acontecimientos del presente ocurren en el año “632 después de Ford”. Sólo ofrece un parcial, fragmentario, disperso e incompleto bosquejo: un rompecabezas al que le faltan fichas. Y más aún: sólo brinda pinceladas y ligeros datos de la psique y de la vida íntima y sexual de sus principales personajes de castas superiores de piel blanca (apenas trazados). Y casi nada de las castas inferiores de piel oscura, con un bajísimo y preconcebido cociente intelectual (algunos rayando la idiocia o con patente idiocia), proclives al mutuo y grupal tocamiento erótico desde la infancia: los tontorrones, coreográficos y fantasmales “grupos de Bokanovsky” producidos, en masivas series, en el laboratorio: series de idénticos gemelos, fecundados, diseñados y “condicionados” (casi lobotomía) para todo tipo de trabajo fabril, servil o manual. Y sólo un esbozo del pintoresco sincretismo, de la hedionda insalubridad y del rezago generalizado que pulula en la ágrafa y supersticiosa reserva india de Nuevo México (donde se halla el pueblo de Malpaís), que es un campo de concentración bajo la férula del Estado Mundial, vigilado y vallado con cables de alta tensión para que no escape ninguno de los casi “sesenta mil indios y mestizos”, permanentemente sujetos a la violenta, mortal y represiva amenaza de las bombas de gas. Y nada de las dispersas islas del globo terráqueo a donde son exiliados los engendros de las castas superiores de piel blanca (también producidos en serie en el laboratorio, pero con mayor cociente intelectual y características físicas que los diferencian entre sí), que no obstante su temprano y extenso condicionamiento hipnopédico (y a sus puestos privilegiados en el escalafón laboral) “han alcanzado demasiada conciencia de su propia individualidad”, están en desacuerdo “con la ortodoxia”, “tienen sus propias ideas” y por ende “son alguien”. 

Fotograma de Metrópolis (1927)
        Pese a que Jesús Isaías no lo dice ni lo sugiere, al parecer en el panorama urbano y futurista de Un mundo feliz hay cierto influjo visual del panorama urbano y futurista de Metrópolis (1927), el largometraje silente y expresionista del director alemán Fritz Lang (1890-1976). Piénsese en los altísimos y descomunales rascacielos que proliferan en el Londres del año “632 después de Ford” (entre los que circulan aviones, helicópteros y taxicópteros que aterrizan en las azoteas, más los terrestres “trenes monorraíles ligeros” en los que se apiñan las castas inferiores) y en las aeronaves que se mueven por los aires de la urbe poblada de rascacielos, puentes entre las alturas de los edificios donde corren ferrocarriles y coches, y múltiples automóviles, camionetas y trenes que transitan en las atestadas avenidas que se aprecian en la película. Y más aún: en la coreografía de utilitarias, uniformadas, cosificadas y silenciosas masas de sombríos obreros que se observan en el filme: todos iguales, idénticos y cabizbajos (quizá sin conciencia de clase, de sus derechos y de su individualidad), que salen y entran en manada, a las catacumbas industriales, marchando al unísono con el mismo “condicionado” paso y con la misma “condicionada” y patética pose, sometidos al rigor y al cruento peligro de la preconcebida mecánica jornada laboral, impuesta y dictada por el ogro capitalista.

Fotograma de Metrópolis (1927)
     
Popular núm. 722, FCE
México, 2015
           Admirado y glorificado ad naueseam por cierta intelligentsia y por “condicionadas” muchedumbres de su época (la persuasiva y repetitiva mercadotecnia en los mass media hacía lo suyo), corría la leyenda y el runrún de que Aldous Huxley era “el novelista más inteligente de su tiempo”. Sin duda poesía un destacado IQ, visible (aún ahora) en la diversidad temática de sus ensayos. Pero en ello también se advierte que era un pensador proclive al sofisma; un individuo con sus particulares atavismos, prejuicios, creencias, lagunas, ignorancias, defectos y yerros. Y como prueba fehaciente allí están sus ensayos sobre los supuestos poderes metafísicos y cognoscitivos de ciertas drogas alucinógenas (el ácido lisérgico y la mescalina, por ejemplo). Y su desconocedor, racista, misógino y corrosivo libro de viaje Más allá del Golfo de México (Beyond The Mexique Bay, 1934), editado en la Ciudad de México, en 2015, por el FCE, con traducción de alguien que se oculta con un pseudónimo (“Leal Rey”), y precedido por un endogámico, crítico y ombliguista “Antiprólogo” del profesor y narrador mexicano Hernán Lara Zavala. 

     
Edhasa
Barcelona, 2009
        Así que no asombra que en “Un mundo feliz revisitado” —artículo datado en “julio de 1956”, reunido en el volumen Si mi biblioteca ardiera esta noche. Ensayos sobre arte, música, literatura y otras drogas (Edhasa, 2009), con “Selección, prólogo y traducción de Matías Serra Branford”—, Huxley diga lapidario (tal cuchillo sin hoja al que le falta el mango): “La dictadura descrita en Un mundo feliz era global y, a su particular modo, benevolente.” 
Pues a todas luces no tiene un pelo de “benevolente”. Es todo lo contrario: un globo malevolente donde no hay bibliotecas (las series de especímenes de laboratorio y probeta son condicionados a una “aversión instintiva a los libros”) ni centros culturales ni memoria histórica, ni libertad individual ni colectiva, ni libertad de pensamiento ni de creación artística ni de investigación científica. Es decir, es una perversa creación e implantación artificial dentro de un cristalino matraz (con toda una infraestructura ciclópea y numerosos utensilios tecnológicos de índole doméstica, deportiva, turística y comunicativa) articulada, manipulada y mangoneada por los diez energúmenos deshumanizados y ególatras que monopolizan y controlan el poder y las decisiones del Estado Mundial. Uno de los cuales: Mustapha Mond, rebuzna sobre la totalidad del supuesto “mundo feliz”: “todos nosotros vivimos dentro de un frasco”; “La población óptima es como un iceberg: ocho novenas partes bajo el agua y una novena parte encima”. O sea: esas subterráneas y utilitarias “ocho novenas partes” son las uniformadas, masificadas, cosificadas y pesadillescas series de gemelos idénticos (con el mismo rostro y bajísimo IQ), concebidos y diseñados en el laboratorio con el “método Bokanovsky” (la reproducción vivípara está prohibida para todas las castas y a todos les resulta inmoral, nauseabunda y obscena dado el hipnopéidco lavado de cerebro); todos condicionados en grupos —desde que son “bebés en relucientes frascos” (entre “las interminables filas de bebés en relucientes frascos”)— con las oníricas y sonoras sesiones de hipnopedia (el método neopavloviano que monótonamente repite y repite frasecitas falaces y tontorronas mientras duermen), cuyo objetivo es que no piensen más allá de sus genitales, del sexo libre y sin ataduras, del estrecho ideario pseudorreligioso preconcebido e implantado por el clero al servicio del Estado Mundial, de la dependencia y adicción al soma, de los hábitos neodeportivos y consumistas, y de los empleos subalternos para los que han sido diseñados y predestinados por la maquiavélica mente policéfala y totalitaria que organiza y orquesta la manipulación industrial del trabajo, del consumo, del pensamiento y de la inconsciencia (que en ese año “632 después de Ford” es una monstruosa hidra con diez malévolas cabezotas); con un planificado promedio de vida de seis décadas con apariencia de vivaracha y eterna juventud de 17 años; sometidos (incluso las castas superiores con mayor IQ) a una dinámica que oscila entre la jornada laboral de ocho horas, los diversos neodeportes, el consumo desmedido, el sexo con quien deseen (entre dos o más) —pero sin conformar inextricables y amorosas parejas y mucho menos familias (las mujeres fértiles, además, portan las reglamentarias cartucheras donde llevan anticonceptivos para la efímera promiscuidad que se ofrezca)—; reventones multitudinarios en odoríficos y enervantes centros nocturnos donde se oyen los sugerentes y melodiosos sexófonos (uno ocurre en el “recién inaugurado cabaré de la abadía de Westminster”, otrora la antigua e histórica iglesia anglicana, recinto de coronaciones y de sepulcros ilustres); sonoros y sensitivos sensofilmes, estereoscópicos y pornográficos, en comunales y odoríficas salas de sensocine (se transluce que se trata de churros de baja calidad que estandarizan el masificado y manipulado mal gusto); delirantes y obligatorias sesiones pseudorreligiosas que parodian el arquetipo de la última cena de Cristo (los comunitarios dizque “Servicios de Solidaridad” que orgiásticamente celebran el “Día de Ford”); e infalibles e inagotables dosis de soma (una droga sintética que produce y provee el Estado Mundial) para que las castas superiores e inferiores sientan placer y éxtasis, y así amortigüen y conjuren la angustia, el desasosiego, la ansiedad, el nerviosismo, la neurosis y la agresividad; e incluso para que se abandonen y sumerjan en la placentera inconsciencia (al parecer alucinatoria, puesto que implica un supuesto viaje de vacaciones a la falaz y feliz eternidad del instante); es decir, para que huyan del vacío existencial y de las frustraciones que conlleva el imperfecto y supuesto “mundo feliz”, donde dizque “Ahora todo el mundo es feliz”.
Fotograma de Metrópolis  (1927)
       La novena parte de ese pesadillesco iceberg lo conforman las castas superiores de piel blanca, con mayor estatura y mayor IQ, que, pese a sus privilegios y mejor diseño físico y cerebral, también están marcadas por sus limitaciones psíquicas e intelectuales. Dos elocuentes ejemplares con nombres propios son Bernard Marx y Helmholtz Watson. Ambos son especímenes de la casta “Alfa-Más”. Marx dizque es psicólogo de la Agencia Psicológica (pero el que a gritos necesita psicoanálisis y psicólogo conductista es él) y Watson es “profesor en la Escuela de Ingenieros de Emociones (Departamento de Escritura)” y redactor de “guiones de sensocine”, de articulitos periodísticos (que aprueba la censura), de poemoides y frasecitas hipnopédicas. Sin embargo, pese al supuesto alto nivel de su intelecto y raciocinio y de su personal crítica al statu quo, no pueden eludir la reprobación sistémica y el castigo que les impone Mustapha Mond, quien les habla y los trata (en su oficina) como hijos putativos y eternos niñatos con dilemas de adolescentes. Vamos, ni quiera lo intentan. Marx, desvergonzado, chilla, ruega y patalea para que no lo envíen a Islandia (prácticamente lo sacan de la oficina con camisa de fuerza). Y Watson, resignado y estoico, dobla las manitas y elige las Islas Malvinas para su exilio, que no son lejanas, puesto que en ese orbe del futuro un cohete puede trasladarlo por allí en poco tiempo. En la vida real, Charles Lindbergh (1902-1974), apenas en 1927 había cruzado el Océano Atlántico en un vuelo sin escalas de 32 horas y 33 minutos (de Nueva York a París) tripulando en solitario el legendario Espíritu de San Luis (un aeroplano semejante a los que se aprecian en la citada película Metrópolis). Pero en el orbe del año “632 después de Ford”, para ir a pasear y a curiosear al pueblo indio de Malpaís (sólo con salvoconducto membretado y firmado por el petulante Mustapha Mond) —ubicado en el corazón de la reserva india de Nuevo México—, Bernard Marx y Lenina Crowne, vuelan casi seis horas y media en el “cohete Blue Pacific” de Londres a Santa Fe. 

Fotograma de Metrópolis (1927)
         Y la tácita, pero obvia décima parte del iceberg es la cúspide con el más alto pedorraje, el pestilente e inmoral pináculo constituido por los Diez Controladores Mundiales. En este sentido, en el Estado Mundial, detrás del falaz precepto comunitario y cuasibolchevique de que “Todo el mundo trabaja para todo el mundo” (o “todo el mundo pertenece a todo el mundo”), Mustapha Mond puede elegir y llevarse para un efímero acostón a la chica que se le antoje (por ejemplo, a la muy neumática y deseable Lenina Crowne, entre cuyos senos flamea una lúbrica T de oro, íntimo regalo del Arzocomunal Cantor de Canterbury); hacer la popularizada y generalizada señal de la T (parodia de la señal de la Cruz) sobre su cabeza y no sobre su estómago (tal y como lo hace el susodicho jerarca pseudoeclesiástico); heréticamente leer a pierna suelta (y dándole al cogote al pollo) los libros antiguos y prohibidos que resguarda y atesora en su oficina (entre ellos la Sagrada Biblia, “toda una colección de antiguos libros pornográficos” y las centenarias obras de Shakespeare); pensar, recordar y tergiversar la historia (“La historia son pamplinas”, rebuzna y repite estipulando que es una “hermosa e inspirada máxima de nuestro Ford”); y hacer, como todo un pachá de huitlacoche, lo que le dé la gana y como se le antoje entre mullidos cojines, fumarolas de incienso y sobredosis de soma, y por ende puede decidir quién tiene (o no) “libertad para ser una clavija redonda en un agujero cuadrado” (o sea: el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección). “Como yo soy quien hace aquí las leyes, también puedo quebrantarlas. Con impunidad”, les rebuzna y canta autoritario a los regañados y carantoños niñatos de Watson y Marx, después de rebuznarles su ideario y su oportunista biografía, preludio de su forzoso exilio a una a isla habitada por otros réprobos que dizque son “alguien”. “Yo soy yo y ojalá no lo fuera”, sentencia, contradictorio, Bernard Marx.

   
Fotograma de Metrópolis (1927)
        El maquiavélico y trepador Mustapha Mond, que dejó la ciencia por el poder y que se proyecta al rebuznar: “La ciencia es peligrosa: tenemos que atarla minuciosamente con cadenas y ponerle un bozal”, podría decir con el añejo refrán: “Más vale ser cabeza de ratón, que cola de león.” Y puesto que en ese paradójico espléndido mundo nuevo (que bulle sin cesar dentro de un frasco de laboratorio) “Todos los hombres son físico-químicamente iguales”, el “docto” y rubio Henry Foster —quien recita esto al grupo de bobalicones alumnos adolescentes que recorren las salas del Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres (un rascacielos de tan sólo 34 plantas)—, podría acotar con el proverbio decimonónico en boga entre las élites, europeizadas y blancas, del siglo XIX del México postcolonial: “Todos somos del mismo barro, pero no es lo mismo bacín que jarro.” Pues además de las utilitarias y significativas diferencias entre las castas superiores y las castas bajas, la menospreciada, constreñida y reprimida bacinilla de ese espléndido mundo nuevo es la reserva india de Nuevo México (donde se reproducen de manera vivípara las familias y las tribus de indios y mestizos, donde hay ancianos arrugadísimos y desdentados, y donde abunda la fauna salvaje y se hallan los pueblos de Santa Fe y Malpaís), que resulta un fétido, nauseabundo, vomitivo y patógeno frasco de miasma dentro del esterilizado y aséptico frasco de “felicidad”. 

IV de V
Para los objetivos fantásticos y novelísticos de Aldous Huxley resulta necesaria la existencia de la reserva india de Nuevo México, cuyo territorio, además de los pueblos de Santa Fe y Malpaís, comprende otros poblados de los que el lector sólo oye el tamborileo de su nombre: “Taos, Tesuque, Nambe, Picuris, Pojoaque, Sia, Cochiti, Laguna, Acoma, Enchanted Mesa, Zuñi, Cibola y Ojo Caliente.” Pero ante y dentro de la artificiosa idiosincrasia del espléndido mundo nuevo la reserva india es una anomalía, un reducido y reprimido vestigio de la variopinta y vivípara humanidad que otrora habitó el pestífero planeta Tierra. ¿Por qué la dictadura absolutista del Estado Mundial la ha preservado con todas sus presuntas taras e inconvenientes, si una de sus premisas fundacionales es ocultar el pasado y la historia e imponer todo lo que implica el falaz y ficticio credo de la era de la “estabilidad “después de Ford”, que es la única que importa? Pueden formularse varias respuestas. Pero por lo pronto vale decir que no todos los homúnculos creados en los laboratorios de los Centros de Incubación y Condicionamiento del Estado Mundial pueden viajar a la reserva india de Nuevo México y entrar pedaleando y restallando flatulencias y escupitajos como Pedro en su casa. En primera instancia se necesita un salvoconducto membretado que ostente la todopoderosa y flamante firma de alguna de sus “Forderías”: los Diez Controladores Mundiales, pues casi resulta tautológico decir que no hay más ruta que su culo de alcancía y que todos los caminos llevan a su culo. El salvoconducto lo refrenda, en Santa Fe, el alcaide de la reserva, que en ese año “632 después de Ford” es un parlanchín “Alfa-Menos, rubio y braquicéfalo”. De Santa Fe, donde hay un hotel con modernas comodidades al último grito londinense, a Bernard Marx y a Lenina Crowne, un “mestizo de uniforme verde, de Gamma,” los lleva en avión hasta “el valle de Malpaís”, donde se resguardan en la hospedería, situada a cierta distancia del homónimo pueblo. Es decir, la reserva india de Nuevo México es un lugar turístico, en el que sólo algunos privilegiados especímenes del espléndido mundo nuevo hacen camping en un entorno rupestre y salvaje, y donde sólo falta el rudimentario tendejón con souvenirs a la venta y una máquina de fotomatón para autorretratarse insertado en un telón de fondo: con indios con penachos en derredor, por ejemplo.
   
Indios zuñi 
        Por el fanfarrón cortejo sexual, Bernard Marx invita a Lenina Crowne al pueblo de Malpaís, pero también por sus pulsiones heterodoxas e ínfulas de ser “alguien”. Y Lenina, siempre lista con la cartuchera de anticonceptivos —y cuya prerrogativa “neumática” está cifrada en el miliunanochesco refrán que reza: “La delicia de la vida en tres cosas se cifra: en comer carne, montar sobre carne y hacer entrar la carne en la carne”— desea y acepta la aventura sexual con el “raro”. Sin embargo, pese a que se supone que Marx es un psicólogo “Alfa-Más” de la Agencia Psicológica, denota que no ve más allá de sus narices y que su cerebro carbura muy poco, pues ante Lenina, que es “Beta”, no es perspicaz ni intuitivo ni formula ninguna analítica inferencia, dado que ella, previsiblemente, todo lo que ve y halla en Malpaís le resulta abstruso, maloliente, asqueroso, inmoral y desquiciante (con excepción del paquete corporal de John el Salvaje), y por ende, durante el paseo por el pueblo, añora ansiosa las tabletas de soma que dejó olvidadas en la hospedería, y al regresar a ésta se hunde y escapa, en la cama, a un comatoso y feliz viaje de vacaciones con una buena somnífera dosis. Marx, por su parte, viendo y oyendo lo que hasta por los codos parlotean Linda y su hijo John (que son blancos y rubios), deduce que el padre natural de éste es nada menos que el Director de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres, mismo que, previo al viaje a la reserva india, lo amenazara con enviarlo a Islandia. Así que es Marx —con tal de vengarse y defenestrar al DIC—, quien gestiona, desde Santa Fe y vía telefónica, la autorización de Mustapha Mond para que Linda y John viajen a Londres. 
 
Indias zuñi
        En el abigarrado pintoresquismo y sincretismo, racial y cultural, de la reserva india de Nuevo México se transluce una mezcla de ancestrales y paganos resabios preeuropeos y cristianos. Parece una congelada cápsula del tiempo donde bulle la ignorancia, el atraso, la insalubridad y la involución; donde la comunidad indígena y mestiza es ágrafa, supersticiosa, endogámica, xenófoba y cerrada ante los blancos. En ese contexto, Linda, hará unos 18 o veintitantos años, fue rescatada por los indios tras caer a un barranco durante un paseo a caballo. Los indios, pese a su piel blanca y a que es una obvia aberración femenina del Estado Mundial que los aprisiona, oprime y reprime (incluso mata), la curaron y le permitieron vivir entre ellos con cierta marginalidad. Y en esa marginalidad ella dio a luz a su hijo John, que es blanco, rubio y de ojos azules. No obstante, su rescate y presencia allí son una notoria paradoja. El DIC la dio por “perdida” (o muerta) y muy campechanamente regresó a Londres. Pero los inspectores de la reserva (a las órdenes del alcaide) debieron ser quieren la rastrearan y encontraran, viva o muerta. Y debieron ser tales inspectores quienes la ubicaran, con su chiquillo o sin él, entre los indios y mestizos. Tómese en cuenta que si al fallecer en Londres, poco después de regresar con su hijo John, ella tiene sólo 44 años, pese a su imagen de astroso vejestorio (gorda, cariada, con sarro y feísima), cuando otrora el DIC la dio por “perdida” en el valle de Malpaís era una joven rubia, y, según dice él: “era muy neumática, particularmente neumática”. O sea: bastante notable (algo así como un atractivo y erógeno frijol blanco navegando en un caldoso plato de frijoles negros). Y su “gran maleta de madera” (donde llevaba su manual técnico y sus vestidos) debió quedarse en la hospedería de Malpaís y no con ella, pues obviamente no salió a cabalgar de paseo cargando su equipaje. Es absurdo. 
   
Indio zuñi
        Y absurdo o inverosímil resulta que haya sido el indio Popé quien llevó, al muy sucio y descuidado jacal de Linda, el viejo y estropeado ejemplar de las Obras completas de Shakespeare, que el niño John empezó a leer a sus 12 años. Ese ejemplar dizque estaba abandonado “en uno de los cofres de la Kiva de los Antílopes”. Puede que haya sido así. Algún blanco pudo haberlo dejado por allí, antes o después del inicio de la Era Ford, o pudo ser hurtado a un forastero de otra época. Pero Popé es iletrado y Linda, además de su nula inteligencia de “Beta-Menos”, no tiene ningún interés intelectual ni poético. No entiende a Shakespeare. Tras echarle una hojeada le “parece todo un disparate”, “Incivilizado”. No obstante, dictamina que a John le servirá para practicar la lectura. En tal inverosimilitud converge el relevante hecho de que Popé y Linda son incontinentes bebedores de mezcal (empinan el codo hasta dormir la despatarrada mona) y suelen abandonarse a las alucinaciones del peyote. Popé la visita para beber, intoxicarse y fornicar con ella en el camastro del jacal. Y por ello el niño John lo odia e intenta atacarlo. Y Linda, dado su libertino “condicionamiento” forjado desde la cuna en el espléndido mundo nuevo, fornica no sólo con Pope, sino con cualquier indio o mestizo que la visite. Para Linda, ayuntar con quien se le antoje y sin lazos afectivos, no es promiscuidad, sino una aceptable norma civilizada y de cohesión social. 
     
India zuñi
        Y aquí vale preguntarse ¿por qué Linda no engendró un bastardo mestizo o toda una prole de bastardos mestizos?, si desde que llegó no dejó de liarse con el nativo que se le pusiera enfrente, pues en algún momento, alcoholizada o no, tuvo que quedarse sin los anticonceptivos que traía en su cartuchera reglamentaria, del mismo modo que se le agotaron las pastillas de su añorado soma. Desenfreno sexual que agudiza y exacerba el desdén de las indígenas hacia ella (incapaz de tejer y remendar entre ellas) y por ende, tres indias, por revolcarse con “sus hombres”, se meten en su choza, la apañan y la golpean con un látigo y hasta tunden a John, quien entonces era un mocoso que intenta defender a su madre. 
Por esa mala fama los chiquillos “le hicieron a Linda una canción que no dejaban de cantar”. John les tiró piedras y los escuincles lo apedrearon y le dieron en la cara. Ese bullying, pese a que John jugaba con ellos, se hizo extensivo a las burlas por los harapos que vestía y por ser hijo de la popular y despreciada ramera. Y ya muchacho se refrenda y signa su marginalidad, distancia, ensimismamiento y soledad ante la tribu, cuando entre los jóvenes indios intenta bajar a la subterránea “Kiva de los Antílopes”, donde les serán revelados ciertos secretos de la etnia. Los gritos de un indio mayor —que preludian su expulsión con empujones y golpes, risotadas y lluvia de piedras— son muy reveladores: “¡Eso no es para ti, peliblanco! ¡No es para el hijo de la perra!”.
   
Viejo zuñi
      La excepción de ese consubstancial y generalizado rechazo y hostigamiento es el buen trato del anciano Mitsima, que le habla en “lengua india”; y además de enseñarle a hacer arcos y flechas para la caza, a sus 15 años le enseña el oficio de la alfarería tradicional de Malpaís. No obstante, John —que se siente indio y viste y lleva el pelo trenzado como ellos— hace patente su frustración por tener prohibido corporificar al flagelado protagonista de la cruenta danza de las serpientes negras (un rito de hombría y de fertilidad de la tierra) que se representa en la plaza de Malpaís y que observan, horrorizados, Marx y Lenina. Es entonces cuando el muchacho John ve a Lenina por primera vez y queda boquiabierto y flechado; mello que luego incide en que se entusiasme e ilusione ante la propuesta de Marx de viajar a Londres con su madre. “¡Oh, espléndido mundo nuevo que alberga tan bellas criaturas! ¡Vayámonos ya!”, dice exultante (parafraseando a Shakespeare) al saber, por el propio Marx, que Lenina no está casada con él “para siempre”. Según la voz narrativa: “Dio un fuerte suspiro y se quedó en silencio, mirando boquiabierto. Acaba de ver, por primera vez en su vida, la cara de una muchacha cuyas mejillas no eran de color de chocolate o de piel de perro, cuyos cabellos eran castaños y ondulados, y cuya expresión (¡pasmosa novedad!) era de un benévolo interés.”
     Sin embargo, esa mutua y visual atracción es el preludio de una serie de equívocos y malentendidos, y de un cómico enredo escenográfico que revela, además de la recíproca ausencia de empatía y falta de suspicacia, las limitaciones personales, intuitivas e idiosincrásicas de cada uno, totalmente antagónicas. Lenina Crowne, “condicionada” para la liberalidad sexual en un orbe de laboratorio y probeta donde no hay parejas ni matrimonios ni familias ni enamoramiento, lo que espera y busca del Salvaje, con su cartuchera de anticonceptivos y una buena dosis de soma, es un lúbrico acostón o una serie de voluptuosos acostones y punto (o sea: pa lo que te truje, Chincha, y sanseacabó). John el Salvaje, por su parte, contrario a las adicciones y a la promiscuidad de su madre, y frente al hecho de que la tradicional y ritual monogamia entre las familias de indios y mestizos de Malpaís es quebrantada por los polígamos, posee —inextricable a su inmadurez, a su falta de experiencia, a su reducido ideario y a su nula perspicacia—, un conjunto de prejuicios, complejos y represiones psíquicas que obnubilan su estrecho concepto de sí mismo, de la mujer, del amor, del sexo, de la pareja, del mundo, de la vida, de la muerte y del cosmos.  
   
El Cisne del Avon
         Vale observar que en su habla y perspectiva, John el Salvaje suele citar los versos que evoca de su particular lectura e interpretación de las obras de Shakespeare (su refugio y guarida ante el bullying de la tribu india, pues él es el único que lee desde chiquillo), e incluso rememorando los versos y pasajes de Shakespeare equipara y evalúa lo que vive, oye, dialoga y observa en Londres. No obstante, en la praxis del día a día, confrontado a las vicisitudes del espléndido mundo nuevo, ese bagaje literario, fuera del tamiz de loro de pueblo, de nada le sirve más allá de sus divagaciones y fantasías. Ante Lenina, que toma la iniciativa y lo busca en su cuarto, él, deslumbrado y atontado, se siente “indigno”. Elude que ella lo bese en la boca y le canta, farfullando, su idealizado objetivo de casare con ella “para siempre”: “En Malpaís hay que ofrecerle a la chica la piel de un puma o de un lobo si la pides en matrimonio”. Le dice. Y más aún, le enfatiza dizque sumiso: “Barrería el suelo si me lo pides”. Pero cuando Lenina se lanza al agasajo carnal y se desnuda, John se aterroriza, se torna violento, misógino y machista. En este sentido, además de insultarla gritándole con su florido vocabulario shakesperiano (“¡Impúdica ramera! ¡Impúdica ramera! El demonio de la lujuria con su gordo trasero y su croqueta de patata...”, etcétera), la tira al suelo de un empujón. Y luego la corre de su cuarto amenazándola estentóreamente (“¡Vete de mi vista o te mato!”) y le planta un estrepitoso manazo en la espalda, cuya dolorosa y ardiente impronta Lenina observa, reflejada en el espejo del baño, al volver su cabeza “por encima de su hombro izquierdo”: “la huella de una mano abierta, nítida y escarlata, en su carne nacarada”.
     El dramático corolario de ese ingrato malentendido (narrado con jocosidad por Huxley) se lee al final de la novela. Puesto que en el espléndido mundo nuevo no vuela una mosca ni nadie respira ni da un paso sin la autorización de uno de los Diez Controladores Mundiales, el Salvaje —que en Londres es una llamativa curiosidad antropológica de salón— no obtiene el permiso de “su Fordería” Mustapha Mond para irse “a las islas” con sus jóvenes amiguetes Helmholtz Watson y Bernard Marx, y ordena que se quede allí “para continuar con el experimento”. Así que John el Salvaje, ya sin sus compinches y luego de purgarse y dizque “purificarse” de tanta “civilización”, a la manera india, ingiriendo “un poco de mostaza con agua caliente”, decide huir a un ámbito expiatorio y dizque solitario, porque según él no es nadie “para vivir en la visible presencia de Dios”; y según colige: “El único sito donde él se merecía vivir era una asquerosa pocilga, en un hoyo escondido bajo tierra.” Pero el Salvaje, que compra herramientas y alimentos de la nefasta “civilización”, no va muy lejos de Londres ni de los visibles rascacielos, ni se hunde en un pestilente chiquero ni se entierra ni clausura en una cueva subterránea. En el condado de Surrey, cerca de las poblaciones de Puttenham y Elstead, elige de ermita un viejo faro (quizá emulando a un asceta de arcaico y legendario cuño indio), donde se someterá a extremas autodisciplinas y dizque  “purificaciones”; cuyas menudencias, además de parodiar el arquetipo del mítico Simeón el Estilita (c. 359-459), denotan su índole supersticiosa, masoquista, ingenua y psicótica. Según la voz narrativa: “Su primera noche en la ermita fue, deliberadamente, una noche en vela. Se pasó las horas de rodillas, rezando, ya a ese Cielo al que el culpable Claudio había perdido perdón, o a Awonawilona en zuñi; ya a Jesús y Pookong o a su propio animal guardián, el águila. A ratos habría los brazos en cruz y los mantenía así durante muchos minutos, aguantando un dolor que aumentaba gradualmente hasta convertirse en una trémula y angustiosa agonía. Los mantenía así, en voluntaria crucifixión, mientras con los dientes apretados y el sudor chorreándole por la cara repetía sin cesar, hasta casi desfallecer de dolor: ‘¡Oh, perdóname! ¡Oh, purifícame! ¡Oh, ayúdame a ser bueno!’”
 
Plancha metálica del siglo VI que muestra a Simeón el Estilita sobre su columna.
La serpiente representa al demonio tratando de tentarlo.
Museo del Louvre
        John el Salvaje, que supone que con ese martirio se ganó “el derecho de habitar el faro”, comienza a prepararse para ello. Además de algún cultivo que piensa cosechar en primavera, empieza a fabricarse un arco y flechas para cazar conejos y aves acuáticas. Pero al descubrirse a sí mismo cantando en esa labor, se dice que “no había ido allí para cantar y divertirse, sino para escapar lejos de la inmunda contaminación de la vida civilizada, para purificarse y hacerse bueno, para subsanar sus errores de una manera activa.” De modo que, “desnudo hasta la cintura”, se azota “con un látigo de cuerdas anudadas”. Patética, dolorosa y lacerante escena a campo abierto, observada por “tres peones de labranza Delta-Menos de uno de los grupos Bokanovsky de Puttenham, que dio la casualidad que se dirigían en camión hacia Elstead”. Ven, con ojos de plato y la quijada caída, que “Tenía la espalda horizontalmente veteada con surcos granates, y entre los verdugones corrían hilos de sangre. El conductor del camión paró a un lado de la carretera y, con sus dos compañeros, contempló boquiabierto el extraordinario espectáculo. Uno, dos, tres... Contaron los azotes. Al octavo, el joven interrumpió su autocastigo para salir corriendo hacia el bosque a vomitar violentamente. [El masoco y crédulo Salvaje, además, previamente se purgó tomando mostaza en agua caliente.] Cuando terminó, volvió a coger el látigo y continuó azotándose: nueve, diez, once, doce...”
   
Flagelante
     “Tres días después, como buitres carroñeros, llegaron los periodistas.” La fama del Salvaje, entonces, corre como reguero de pólvora entre la chismografía londinense y aún más allá: en el continente europeo (y tácitamente en los rascacielos y sótanos del poder del Estado Mundial); fenómeno de circo mediático, exacerbado, aún más, con el sensofilme estereoscópico titulado El Salvaje de Surrey que filma, camuflado, un “experto de la Compañía Productora de Sensofilmes”. Docuchurro que “doce días después” “podía verse, oírse y sentirse en todas las salas de sensocines de primera categoría de Europa occidental”. 
    Vale señalar que el leitmotiv e ímpetu central de la autoflagelación del Salvaje, la filmada por el sensocineasta con “cámaras telescópicas”, lo incitan las pulsiones y ensoñaciones sexuales que no puede eludir al recordar y desear —somnoliento y recostado— a la suculenta Lenina, a quien ve “desnuda y tangible”, diciéndole seductoras palabras. La consecutiva escena de autoflagelación, misógina y lastimera, habla por sí sola de la represión psíquica, del desorden mental y moral que lo agobia, de su ignorancia de sí mismo, y de lo que contradictoriamente bulle en su cuerpo y en su interior: 
    “—¡Ramera! ¡Ramera! —gritaba a cada azote, como si fuera a Lenina (¡y con qué frenesí, sin saberlo, deseaba que lo fuera!), la blanca, cálida, perfumada, infame Lenina, a quien flagelaba—. ¡Ramera! —Y después, con voz desesperada—: ¡Ay, Linda, perdóname! ¡Perdóname, Dios mío! Soy malo. Soy perverso. Soy... No, no... ¡Tú, tú, ramera, ramera!”
   

Flagelante
(Grabado del Medioevo)
       Vale añadir que el sensofilme atrae a toda una horda de ansiosos y babeantes voyeristas que se desplazan en manadas de helicópteros a presenciar “El show del látigo”; y coreando a gaznate pelado se lo demandan: “¡El show del látigo! ¡El show del látigo! ¡El show del látigo!” El número se desata cuando —¡Ford, mío! ¡Hágase tu voluntad!— llegan en helicóptero el rubio Henry Foster y la muy neumática y despampanante Lenina Crowne. Pues el Salvaje, ni tardo ni perezoso se lanza contra ella azotándola con “su látigo de cuerdas anudadas”, y gritándole estentóreas palabrotas: “¡Ramera!”, “¡Arde, lujuria, arde!”, “¡Oh, la carne!”, “¡Muere! ¡Muere!”  
   El clímax y la catarsis orgiástica del violento numerito, no obstante, se desencadenan cuando entre los voyeristas se desata una especie de hipnótico delirio y psicosis colectiva. Según la voz narrativa:
   “Arrastrados por la horrorosa fascinación del dolor e íntimamente impelidos por el hábito de cooperación, por ese deseo de unánime expiación que su condicionamiento había implantado en ellos de un modo tan inexpugnable, empezaron a imitar el frenesí de sus gestos, golpeándose unos a otros tal y como el Salvaje golpeaba su propia carne rebelde o aquella rolliza encarnación de la inmoralidad que se retorcía entre la maleza, a sus pies.
   “—¡Muere, muere, muere! —seguía gritando el Salvaje. Entonces, de pronto, alguien empezó a cantar: ‘Oligorgía’, y al momento todos repitieron el estribillo y empezaron a bailar. ‘Oligorgía’, dando vueltas sin parar, golpeándose unos a otros al compás de seis por ocho. ‘Oligorgía...’
    “Fue después de la medianoche cuando el último de los helicópteros emprendió el vuelo. Atontado por el soma, y exhausto por el prolongado frenesí de sensualidad, el Salvaje [¡que era abstemio, virgen y puritano!] yacía durmiendo en el brezal. El sol estaba ya muy alto cuando despertó. Siguió tumbado un momento, parpadeando ante la luz con indiferencia de búho; luego, súbitamente, lo recordó todo.
    “—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! —y se tapó los ojos con una mano.”
    Vale añadir que con su escenográfico suicidio John el Salvaje pone punto final al fardo de sus complejos e infundadas culpas y al “experimento” de “su Fordería”, pues resulta lógico que el todopoderoso y autoritario Mustapha Mond no dejó de observarlo en un burbujeante tubo de ensayo. Tómese en cuenta que ninguna fuerza represiva fue por él, que nadie detuvo el circo mediático en el entorno del faro ni la transitoria locura grupal. Pero pudo suceder, si alguien daba la orden, que llegara la policía que vela por la “COMUNIDAD, IDENTIDAD, ESTABILIDAD” (según reza “la divisa del Estado Mundial”), lista para que nadie, fuera de sí y sin control, riegue el tepache o haga pipí a un lado de la bacinilla. Piénsese, por ejemplo, que para contener la trifulca grupal que provoca John el Salvaje en el Hospital de Moribundos de Park Lane al lanzar por la ventana las dosis de soma, la policía, para contener y apaciguar a la multitud de idénticos gemelos Deltas, llega, intimidatoria, “con sus máscaras con hocicos de puercos y ojos saltones”, y actúa con método:
Policías de Taiwán con máscaras
   “[...] Tres agentes que portaban aparatos pulverizadores en la espalda bombardearon espesas nubes de vapor de soma por los aires. Otros dos se encargaban del aparato de música sintética portátil. Otros cuatro, armados con pistolas de agua cargadas con un potente anestésico, se habían abierto paso en la multitud y derribaban metódicamente, con un chorro tras otro, a los más violentos.” [...] 
    “Harto de sus chillidos [del psicólogo Bernard Marx], uno de los policías le lanzó un disparo con su pistola de agua. Bernard estuvo tambaleándose durante uno o dos segundos. Sus piernas parecían haber perdido los huesos, los tendones y los músculos; parecían haberse convertido en simples palillos de gelatina que al final se hacían agua. Se desplomó en el suelo como un bulto.
   “Súbitamente, una voz empezó a hablar desde el aparato de música sintética. La Voz de la Razón, la Voz de los Buenos Sentimientos. La cinta sonora formulaba su discurso sintético antidisturbios número 2 (grado medio). Directamente desde las entrañas de un inexistente corazón, la voz decía:
   “—¡Amigos míos, amigos míos!
   “Era una voz tan conmovedora, con aquel matiz de reproche tan infinitamente tierno que, detrás de sus máscaras antigás, hasta los ojos de los policías rebosaban de lágrimas al instante.” 
    [...]
   “Dos minutos después, la voz y los vapores de soma habían producido su efecto. Llorando, los Deltas se besaban y acariciaban unos a otros: media docena de gemelos juntos en un amplio abrazo. Incluso Helmholtz y el Salvaje estaban a punto de llorar. El Tesorero Central hizo llegar una nueva provisión de pastilleros con soma. Se repartieron apresuradamente y, al son de la abaritonada despedida de la cariñosísima voz, los gemelos se dispersaron, lloriqueando como si se les partiese el alma.” 

V de V
El lector puede preguntarse qué fue de los jóvenes Helmholtz Watson y Bernard Marx exiliados, al parecer, en una misma isla. Y qué ocurre en esas ínsulas, que son prisiones, donde están agrupados los humanoides, de castas superiores, que desarrollaron una marcada individualidad y capacidad de pensar más allá del dogma y de sus narices, pese a haber sido preconcebidos y procreados en los laboratorios de los Centros de Incubación y Condicionamiento del Estado Mundial y a su consecutivo, dizque “sabihondo” y dizque infalible condicionamiento hipnopédico. ¿Cómo los ubicuos y dizque omniscientes Diez Controladores Mundiales dirigen y orquestan el control y la dictatorial vigilancia en el interior de ese disperso archipiélago de soledades? ¿De qué tipo de limitadas libertades gozan? ¿Cómo transcurre su cotidianidad de ser “alguien”? ¿Les brindan reguladas dosis del adictivo e imprescindible soma? ¿Siguen con su apariencia de jovenzuelos de 17 años hasta el inicio de la sexta década?, pues en el caso de la madre del Salvaje no fue así. ¿Continúan sometidos y contentos con su ombligo y consigo mismos? ¿Son puros ejemplares machos o también hay hembras? ¿Y si acaso hay hembras fértiles, aún están obligadas al “condicionado” uso de los anticonceptivos? ¿Formulan algún tipo de filosofía radical y de pensamiento emancipador? ¿Son parte de alguna clandestina y subterránea resistencia? ¿Organizarán alguna revolución social y política que derroque a la “benevolente” dictadura del Estado Mundial? 
Henry Ford
(1863-1947)
        Vale decir, por último, que en esa oscura y malévola Era Ford, el consubstancial Dios al que adoran y tributan las castas superiores e inferiores a través de la ficticia, impuesta, obligatoria y única pseudorreligión (el fordismo) —la religión es el opio de los pueblos, Karl Marx dixit—, no parece ser el norteamericano Henry Ford (1863-1947), introductor, en la vida real, de la cinta de montaje en la fabricación de autos y con ello precursor de la industrial producción en masa, específicamente, en el contexto de la novela, del celebérrimo Modelo T (fabricado por la Ford Motor Company entre 1908 y 1927) —de ahí que los humanoides, producidos en masa y en series, se persignen (quizá con el dedo eréctil) haciendo la señal de la T (parodia de la señal de la Cruz), que el símbolo de la T se observe por todas partes (en lo alto de la Torre de Charing-T, por ejemplo), y que en el laboratorio los envases para varones sean etiquetados con una T—, sino que el mero e intangible Dios (el supuesto ser divino tras el pestilente cómodo de sus “Forderías”) —ubicuo, tácito e implícito— parece ser el ruso Iván Pávlov (1849-1936), pues el “método neopavloviano” trasmina el “método de la hipnopedia” con que dogmáticamente son “condicionadas” —desde que son “interminables filas de bebés en frascos”— las castas superiores e inferiores, tanto en su conducta, individual y grupal, como en sus limitadas y preconcebidas facultades físicas y niveles cognoscitivos.  



Iván Pávlov
(1848-1936)
  


Aldous Huxley, Un mundo feliz. Traducción del inglés al español, prólogo, notas y bibliografía de Jesús Isaías Gómez López. Letras populares núm. 9, Ediciones Cátedra. Madrid, 2013. 496 pp.


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Metrópolis (1927), largometraje dirigido por Fritz Lang (versión restaurada y con rótulos en español).

martes, 5 de diciembre de 2017

La guerra de los mundos

Bajo el talón de los marcianos

I de III
El argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) leyó en inglés la prolífica y polifacética obra del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946). De ahí que lo haya antologado y prologado, en español, en dos libros pertenecientes a dos colecciones canónicas seleccionadas y dirigidas por él y su dedo flamígero de demiurgo mayor (que alguna poderosa empresa editorial del siglo XXI debería exhumar y editar para los remisos y sobre todo para las nuevas generaciones de lectores de habla hispana). Uno es La puerta en el muro, número 11 de la serie La Biblioteca de Babel, editado en Madrid, en 1984, por Ediciones Siruela, que compila los relatos: “La puerta en el muro”, “El país de los ciegos”, “El caso Plattner”, “La historia del difunto señor Elvesham” y “El huevo de cristal” (que es un pequeño, camuflado y perdidizo objeto alienígena donde, en su interior y en la obscuridad, se pueden observar imágenes que corresponden al planeta Marte y sus habitantes, y donde al unísono, desde allá, se ve el planeta Tierra como una reluciente estrella vespertina); del cual, en su prefacio, revela: “Dos elementos muy diversos hay en ‘El huevo de cristal’: la desvalida condición del protagonista y una imprevisible proyección que abarca el universo. A una vaga memoria de esas páginas debo mi cuento ‘El Aleph’.” El otro libro, editado en 1985 por Hysparémica, en Madrid y en Buenos Aires, es el número 14 de la serie Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges y reúne a La máquina del tiempo (1895) y a El hombre invisible (1897), dos de las novelas más famosas y sucesivamente traducidas y reeditadas de H.G. Wells, uno de los angulares precursores de la ciencia-ficción de siglo XX; obras, de eufónicos títulos (explotados ad nauseam por la industria del cine), no menos célebres que La isla del Doctor Moreau (1896), La guerra de los mundos (1898) y Los primeros hombres en la Luna (1901).
H.G. Wells con su primer traje de etiqueta
(enero de 1895)
Foto en H.G. Wells (Circe, 1993),
biografía de Anthony West
       Abundan las dispersas y múltiples alusiones de Borges sobre la obra de H.G. Wells —entre las más notables descuella la que se lee en “La flor de Coleridge”, ensayo publicado el 23 de septiembre de 1945 en La Nación, periódico de Buenos Aires, luego compilado en su libro Otras inquisiciones (1937-1952) (Sur, 1952), donde también antologó a “El primer Wells”, ensayo que se autoeditó, en septiembre de 1946, en el número 9 de Los anales de Buenos Aires—. Y en la Revista Multicolor de los Sábados del diario Crítica de la capital argentina, Borges publicó tres cuentos de H.G. Wells traducidos por él: “El caso del difunto Mr. Elvesham” en el número 28 (febrero 17 de 1934), “Los distantes ojos de Davidson” en el número 41 (mayo 19 de 1934) y “El cono” en el número 58 (septiembre 15 de 1934). Y en la revista Sur se ocupó de su obra en cuatro artículos: “Wells, previsor”, en el número 26 (noviembre de 1936); “H.G. Wells y las parábolas”, nota en torno a The Croquet Player y Star Begotten, en el número 34 (julio de 1937), incluida en 1957 en su libro Discusión (Gleizer, 1932); “Apropos of Dolores”, nota en torno al libro homónimo, en el número 50 (noviembre de 1938); y la reseña “H.G. Wells, Travels of a Republican Radical in Search of Hot Water” en el número 64 (enero de 1940). Y en “Libros y autores extranjeros”, sección de la revista bonaerense El Hogar, entre el “27 de noviembre de 1936” y el “24 de marzo de 1939”, Borges comentó y criticó en español, brevísimamente, ocho libros de H.G. Wells leídos en inglés: Things to Come, The Croquet Player, Star Begotten, Brynhild, The Brothers, The Camford Visitation, Apropos of Dolores y The Holy Terror. Y el “13 de mayo de 1938” concluyó la miscelánea subsección “De la vida literaria” con un sarcástico e hilarante comentario: “En el segundo volumen de su Autobiografía, H.G. Wells declara que Marcel Proust tiene menos valor documental y es menos divertido que un diario viejo y que éste ofrece la ventaja de ser más fidedigno y de no imponer su interpretación.”   

 
Libros del Zorro Rojo
(Polonia, octubre de 2016)
      Pero la relevante anécdota para la presente nota, y como preludio a mi reseña de La guerra de los mundos —la novela de H.G. Wells editada en octubre de 2016 por Libros del Zorro Rojo—, descuella el hecho de que el “23 de diciembre de 1938” en la revista El Hogar (cuando aún era reciente la sonora “broma de Halloween” con que Orson Welles y el Mercury Theatre aterrorizaron a los crédulos radioescuchas de la cadena CBS que oían “un programa de música de baile” “interrumpido por unos alarmantes boletines informativos”, y por entrevistas y transmisiones supuestamente en vivo desde el dramático lugar de los hechos, que reportaban el arribo de los marcianos haciendo la destructiva guerra a los horrorizados y masacrados terrícolas en varios lugares del país del Tío Sam), Borges, en la subsección “De la vida literaria” y con el título “H.G. Wells contra Mahoma”, alude otra perenne guerra de los mundos ideológico-religiosos, que da visos de que por esas trincheras del planeta Tierra podría existir otro ayatola Jomeini, barbudo y ortodoxo, dispuesto a condenar a la hoguera otros Versos satánicos y a su barbudo autor anglohindú, por sus presuntas blasfemias contra el Islam, El Corán y su profeta. En su prefacio a La puerta en el muro, Borges recuerda que al igual que George Bernard Shaw, H.G. Wells perteneció a la Sociedad Fabiana de Londres, una agrupación de intelectuales con ideas pragmáticas y socialistas, pero no marxistas ni revolucionarias ni todos coreando al unísono una especie de candorosa y acólita internacional socialista; no obstante, Wells, en su búsqueda de un hipotético y cooperativo “Estado mundial organizado” —según se lee casi al término de su Experimento en autobiografía (Espasa-Calpe Argentina, 1943)— llegaría a alabar los “logros” en la URSS del sanguinario genocida y dictador José Stalin y su supuesta personalidad (“Jamás he visto a un hombre más cándido, más limpio y más honesto”), con quien dialogó en 1934 en su viaje al Kremlin de Moscú, el epicentro de la totalitaria e imperialista cortina de hierro. En este sentido (y contrasentido), Borges apunta: “En su libro La conspiración abierta, Wells declaró que la división actual del planeta en distintos países, regidos por distintos gobiernos, es del todo arbitraria y que los hombres de buena voluntad acabarán por entenderse y prescindirán de las formas actuales del Estado. Las naciones y sus gobiernos desaparecerán, no por obra de una revolución, sino porque la gente comprenderá que son del todo artificiales.” 
   
Espasa-Calpe Argentina
(Buenos Aires, 1943)
           Pese a que Borges recuerda que “Anatole France dijo de él que era ‘la mayor fuerza intelectual del mundo de habla inglesa’”, se trata de un presagio incierto, de una vaporosa y evanescente utopía (digna de la Oda a la alegría de Beethoven) que, sin proponérselo, refrenda, por actual (en el contexto de la globalizada islamofobia y viceversa), el meollo de la breve nota “H.G. Wells contra Mahoma”, escrita con ese estilo borgeseano de condensada erudición enciclopédica que se aprecia, por ejemplo, en su prefacio a La cruzada de los niños, de Marcel Schwob; en su prólogo a Mystical Works, de Emmanuel Swedenborg; y en algunos de los textos del Libro del cielo y del infierno (Emecé, 1960), antología urdida a cuatro manos con Adolfo Bioy Casares:
“Es conocida la veneración que el Islam profesa por su libro sagrado. Los teólogos musulmanes afirman que el Corán es eterno, que los ciento catorce capítulos que lo forman son anteriores a la tierra y al cielo y sobrevivirán a su fin, y que el texto original —la Madre del Libro— está en el paraíso, donde lo veneran los ángeles. Otros doctores, no contentos con esas prerrogativas, han divulgado que el Corán puede tomar la forma de un hombre o la de un animal y contribuir a la ejecución de los impenetrables propósitos del Señor. Este mismo (en el capítulo diecisiete de su obra) dice que aunque los hombres colaboraran con los demonios para confeccionar otro Corán, no lo conseguirán... H.G. Wells (en el capítulo cuarenta y tres de su Breve historia del mundo) se felicita de esa incapacidad humanodemoníaca, y deplora que doscientos millones de musulmanes acaten ese libro confuso.
“Indignados, los mahometanos que residen en Londres han procedido en su mezquita a una ceremonia expiatoria. Ante una silenciosa congregación, el doctor Addul Yakub Khan, barbudo y ortodoxo, ha arrojado a las llamas un ejemplar de la Breve historia del mundo.”
A.P. Márquez, Editor
(Méjico, 1939)
        O sea que, al parecer, esa Breve historia del mundo, por tal bemol, no es parte de los últimos e idealistas libros de H.G. Wells que Borges refiere casi al concluir su prólogo a La máquina del tiempo y El hombre invivible: “En las últimas décadas de su vida pasó de la escritura de sueños a la redacción laboriosa de grandes libros que pudieran ayudar a los hombres a ser ciudadanos del mundo.” 

Vale decir que en su nota “H.G. Wells contra Mahoma”, Borges alude, sin precisar, el versículo 90 de la “Sura XVII” del Corán. En la traducción de Juan Vernet reza así: “Di: ‘Aunque se reuniesen los hombres y los genios para traer algo semejante a este Corán, no traerían nada parecido, aunque se auxiliasen unos a otros’.” Y en la versión de una anónima vulgata tariqa: “Di: Aunque los hombres y los genios se reuniesen para producir una cosa semejante a este Corán, no producirían nada semejante, aunque se ayudasen mutuamente.” Y una consulta a “Mahoma y el Islam”, el escueto “Capítulo XLIII” de Breve historia del mundo (con traducción “corregida y puesta al día” de R. Atard, publicada en Méjico, en 1939, por A.P. Márquez, Editor, “Con trece mapas a colores” y permiso de la empresa española M. Aguilar, Editor, que la publicó en Madrid, por primera vez, en 1935, “Con doce mapas”), revela que H.G. Wells esboza una imagen crítica, escéptica y somera del Corán y de ciertos rasgos humanos de la legendaria y mítica personalidad de Mahoma, quizá “lesivos” para los intolerantes barbudos y ortodoxos dispuestos a blandir la sharia, una fetua, la cimitarra, el Kaláshnikov o los ocultos explosivos adheridos al cuerpo (imagen de reprochable y violenta lobotomía que evoca “el conventículo de monstruos sentados que gangosean en su noche un credo servil”, que según el demiurgo mayor: “es el Vaticano y es Lhasa”). Por ejemplo, dice incrédulo de Mahoma: “Hacía versos que decía le comunicaba un ángel y tenía extrañas visiones en que aseguraba era transportado al cielo e instruido por Dios acerca de su misión [...] Al declinar sus años se casó con varias mujeres, y su vida, en conjunto, era poco edificante desde el punto de vista de las ideas modernas. Parece que Mahoma fue un compuesto de gran vanidad, codicia, astucia, desengaño y pasión religiosa muy sincera. Dictó un libro de preceptos y explicaciones: el Corán, que afirmó le había sido comunicado por Dios. Tanto literaria como filosóficamente, el Corán es manifiestamente indigno del Autor Divino a quien se atribuyera.” 
       Pero a pesar de la acritud y del disentimiento de H.G. Wells, en ninguna línea del “Capítulo XLIII” de su Breve historia del mundo “se felicita de esa” susodicha y supuesta “incapacidad humanodemoníaca” “para confeccionar otro Corán”, ni “deplora que doscientos millones de musulmanes acaten ese libro confuso”.   
   
A.P. Márquez, Editor
(Méjico, 1939)
        Desde las catacumbas del recalentado y minúsculo globo terráqueo, ciertos terrícolas sobrevivientes sabemos, por lega antonomasia, que no sólo los libros sagrados y los Evangelios apócrifos son formas de la literatura fantástica. Y si Borges, como buen humano-demiurgo, también incurría en olvidos y lapsus, quizá sí leyó y tuvo noticia de lo que apuntó y comentó el “23 de diciembre de 1938” en la revista El Hogar. Y tal vez, ante el auto de fe que condenó a la hoguera (en la mezquita de Londres) a su Breve historia del mundo, H.G. Wells decidió extirparle ese pasaje “revulsivo” (e “incendiario”) y por ende el traductor R. Atard no lo encontró cuando tradujo en la España de los años 30. 

II de III
Al término de su prefacio a La puerta en el muro, Borges dice: “Lamento haber descubierto a Wells a principios de nuestro siglo: querría poder descubrirlo ahora para sentir aquella deslumbrada y, a veces, terrible felicidad.” Aserto literariamente autobiográfico (ídem: “me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses”; “a veces pienso que nunca he salido de esa biblioteca”) que repite y varía al concluir su preámbulo a La máquina del tiempo y El hombre invisible: “Las ficciones de Wells fueron los primeros libros que yo leí; tal vez serán los últimos.” Palabras que repiten lo dicho por él casi al concluir su ensayo “El primer Wells”: “De la vasta y diversa biblioteca que nos dejó, nada me gusta más que su narración de algunos milagros atroces: The Time Machine, The Island of Dr. Moreau, The Plattner Story, The First Men in the Moon. Son los primeros libros que yo leí, tal vez serán los últimos...” Y concluye con un vaticinio de oráculo que alcanza con celeridad el imaginario colectivo del siglo XXI y lo rebasa: “Pienso que habrán de incorporarse, como la fórmula de Teseo o la de Ahasverus, a la memoria general de la especie y que se multiplicarán en su ámbito, más allá de los términos de la gloria de quien lo escribió, más allá de la muerte del idioma en que fueron escritos.”
   
Borges en 1911
       
H.G. Wells en 1876
      No sin olvidar que “Un libro no es menos íntimo que las manos y los ojos” y que “La lectura es una forma de la felicidad” —Borges dixit—, en tales finales parece pregonar que las ficciones de Wells son propias para la infancia y la juventud de todo lector. Esto parece ser así en angulares casos y sin duda mucho lo es en el caso de La guerra de los mundos, novela que al parecer no era de sus preferidas, quizá por su desbordante y diverso filón fantástico. No obstante, en “El primer Wells”, afirma categórico: “Verne escribió para adolescentes, Wells, para todas las edades del hombre.”
Libros del Zorro Rojo
(Polonia, octubre de 2016)
      “Impreso en Polonia por Zapolex”, en “octubre de 2016”, el libro La guerra de los mundos editado en Barcelona por Libros del Zorro Rojo está diseñado y manufacturado con un criterio celebratorio y preciosista, pese a que el corrosivo e insomne duende dejó su lúdica impronta (casi una cagadita de mosca): en el antepenúltimo renglón de la página 90 refulge una planetaria errata. De buen tamaño (24.05 x 17 cm), pastas duras y vistosa sobrecubierta (ilustrada en el anverso y en el reverso), en el frontispicio se anuncia que está “Ilustrado por Alvim Corrêa”. Y en el faldón se evoca la susodicha y legendaria “Transmisión radial de 1938” que suscitó “una ola de pánico colectivo” que catapultó a la fama (y a Hollywood) al joven Orson Welles en medio de un escandaloso y mediático juicio contra la CBS, y que por otra parte, Woody Allen recrea en un jocoso pasaje de su película Días de radio (1987): “Damas y caballeros, tengo el deber de comunicarles una grave noticia. Los extraños seres que han aterrizado esta noche son la vanguardia de un ejército invasor procedente de Marte.” Episodio que se complementa, en la contraportada y en la cuarta de forros, con un dizque desfragmentado código de barras (para quesque activarlo en la web) y su adjunto letrero: “Este enlace permite escuchar la grabación original de Orson Welles y leer la traducción de dicho guion radiofónico.” Episodio que se retoma en el tercer párrafo de “Sobre La guerra de los mundos”, nota sin firma de los editores, que precede a la traducción de la novela hecha por Ramiro de Maeztu: “El 30 de octubre de 1938, como broma de Halloween, el actor, director y guionista estadounidense Orson Welles adaptó La guerra de los mundos a un guion de radio que, teatralizado en forma de noticiario, narraba el arribo de naves marcianas a la ciudad de Nueva York. Los oyentes que sintonizaron la emisión ya comenzada y que, por ende, no habían escuchado la introducción aclaratoria, fueron presa de un estado de pánico que se extendió rápidamente por la ciudad. ‘Muchas verdades se han dicho en broma’, escribió H.G. Wells en su célebre libro. Sociedades con poderosos ejércitos y altamente armadas (como la británica y la estadounidense) habían recibido, en forma de reflejo espejeado, el terror que suscita su propensión al abuso militar.”

Orson Welles en 1938
       Vale puntualizar que si bien en esa legendaria e histórica transmisión radial hecha a través de las ondas hertzianas encadenadas a la CBS de Nueva York la noche del domingo 30 de octubre de 1938, entre las 20 y las 21 horas, el joven Orson Welles, de 23 años, era el director del Mercury Theatre —una pequeña compañía de actores (fundada por él y John Houseman) con quienes producía y realizaba el semanario programa radiofónico The Mercury Theatre on the Air (El teatro de Mercurio en el aire)— y el flamante primer locutor y actor del radioteatro (fue la diecisieteava entrega del programa semanal), él no escribió el guion radiofónico basado y a partir de La guerra de los mundos, la famosa novela de H.G. Wells, sino el dramaturgo y guionista Howard E. Koch. Y además de que durante la emisión del radioteatro hubo cuatro alusiones a la adaptación radiofónica de la novela de H.G. Wells (al inicio, a la mitad, y dos veces al término), la supuesta invasión marciana (que dizque suscitó una apresurada ley marcial) no empezó en la ciudad de Nueva York ni se limitó a ella: el primer cilindro (no una nave) en el que dizque llegaron los marcianos supuestamente cayó en la Granja Wilmuth, en Grovers Mill, Nueva Jersey; y fue allí donde dizque se formó un cerco de “siete mil hombres armados con rifles y ametralladoras frente a una sola máquina de guerra marciana”, que en un instante los incendió y fulminó con su “rayo térmico”. 

   
Henrique Alvim Corrêa
(1876-1910)
       En la segunda de forros de La guerra de los mundos editada por Libros del Zorro Rojo, precedida por un retrato en blanco y negro de H.G. Wells, se lee una nota sobre su vida y obra. Y en la tercera de forros, encabezada también por un retrato en blanco y negro, se lee una nota de la misma índole sobre el pintor y artista gráfico Henrique Alvim Corrêa (Río de Janeiro, 1876-Bruselas, 1910), quien “falleció de tuberculosis a los treinta y cuatro años”. Es decir, derrotado en otra guerra de los mundos: la feroz batalla sin cuartel contra las bacterias, que son, con los virus, los seres microscópicos del planeta Tierra que, en la novela de Wells, derrotan y matan a los marcianos y exterminan en un santiamén (casi como con barita mágica) a la plaga de la invasora Hierba Roja, de rápida propagación, que los extraterrestres trajeron consigo.
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         Treinta y dos espléndidas estampas de Henrique Alvim Corrêa figuran en el interior del libro con excelente reproducción, dispuestas en páginas completas e ilustrando, en buena parte, episodios adyacentes. Tan modernas y contemporáneas que podrían haber sido trazadas hoy mismo. Y se distinguen por su impronta caricaturesca, de recuadros de historieta (o novela gráfica), y por su dejo hilarante e infantil, muy visible, por ejemplo, en los saltones ojos antropomórficos (o animalescos) de las giratorias caperuzas metálicas de las descomunales Máquinas de Combate que en la novela se desplazan a gran velocidad con enormes zancadas de su mecánico trípode, una de las cuales se observa, en pleno ataque, en el diseño de la tapa. 

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       Saltones ojos que, por ejemplo, también poseen los marcianos que se observan en esa imagen donde un hombre está cabizbajo y sentado en una escalera y agarrándose el cráneo con las crispadas manos, frente al cadáver de otro hombre que yace en el suelo con la cabeza reposada en el rastrero cuerpo de un marciano, y que remite a la angustia, neurosis y pesadilla que al escritor y filósofo le suscitan la presencia de los invasores extraterrestres y a la necedad, fobia, obcecación, delirio y psicosis del clérigo católico de Weybridge empeñado en seguirlo y en hacerle difícil la sobrevivencia. 

     
Editorial Sexto Piso
(México, 2005)
       Curiosamente, la traducción y edición de La guerra de los mundos que Sexto Piso publicó en México, en 2005, exhibe en la portada una de las láminas de Henrique Alvim Corrêa; pero además de que es la única (y se repite en la tarjeta postal adjunta al libro), en la página legal se acredita así: “Ilustración de portada: Alvin Correco, 1906”. Pero eso sí, en un fosforescente círculo anaranjado pegado al plástico protector que lo envolvía, se pregonaba con bombo y platillo a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada aldea global: “Nueva traducción y edición del libro clásico La guerra de los mundos, en el que está basada la película dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Tom Cruise.” Largometraje de 2005 que supera con creces el filme de 1953, guionizado por Barré Lyndon y dirigido por Byron Haskin.

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         La preliminar y anónima “Nota de la edición” de Libros del Zorro Rojo informa y canta sobre las ilustraciones de Henrique Alvim Corrêa:
    “La presente edición de La guerra de los mundos recupera las magníficas ilustraciones del artista brasileño Henrique Alvim Corrêa, iniciadas apenas cuatro años luego de la aparición del célebre libro. Estas portan, inalterado, el imaginario de una época que aún no conocía las feroces guerras del siglo XX. Trabajadas con lápiz de carbón y tinta sobre papel fueron publicadas por primera y única vez en 1906 por la editorial belga L. Vandamme & Co. En una tirada limitada de tan solo quinientos ejemplares.
“Por vez primera se ofrece al lector de habla hispana este trabajo que sorprendió gratamente al propio H.G. Wells, y cuyos trazos premodernistas y mirada futurista merecieron elogiosas palabras del autor homenajeado.”
Y entre lo que se dice en la tercera de forros sobre Alvim Corrêa, se lee que “En 1890 fue llevado por su padrastro a Europa. En 1894 comenzó sus estudios artísticos en París, donde asistió a las clases del pintor Jean Baptiste Édouard Detaille, especializado en pinturas de temática bélica. Al año siguiente expuso por primera vez en el Salón de París, y en 1900 se trasladó a Bruselas, donde instaló su taller. Realizó óleos sobre la guerra franco-prusiana, y acuarelas de impronta erótica, que firmó bajo el seudónimo de Henri Lemort (‘El muerto’ en francés) [...] En 1942, la guerra de este mundo casi acaba con su obra: el navío que transportaba a Brasil los originales de su trabajo fue atacado por las tropas alemanas. Pese a ello, prevaleció el arte.” 
 
Ramiro de Maeztu
(1874-1936)
          No obstante, Libros del Zorro Rojo no aporta ningún dato sobre el traductor Ramiro de Maeztu ni sobre su traducción de La guerra de los mundos. Nacido en Vitoria, el 4 de mayo de 1874, Ramiro de Maeztu “fue un diplomático y escritor español perteneciente a la generación del 98”, asesinado en otra sangrienta guerra de los mundos ideológico-políticos; es decir, el 29 de octubre de 1936 fue fusilado en Aravaca, entonces provincia de Madrid, “en el curso de una de las sacas que elementos del bando republicano efectuaron en el Madrid posterior al golpe de Estado de julio de 1936”. 
     
Editorial Bruguera
(Barcelona, 1981)
         Curiosamente, Editorial Bruguera, en Barcelona, en enero de 1981, publicó la traducción de Ramiro de Maeztu en un libro de bolsillo, de pastas duras y con ilustraciones en blanco y negro de Eugenio Darnet, número 1 de la colección Club Joven Bruguera, que en la tapa le canturreaba (y aún le canturrea) al novicio lector: “Ediciones íntegras e ilustradas”. Allí, en la página legal, el circulito del copyright de la traducción de Ramiro de Maeztu está datado en 1902. Es decir, primero, entre el 17 de marzo y el 21 de abril de 1902, la traducción de Ramiro de Maeztu, a modo de folletín, se publicó por entregas en El Imparcial, periódico de Madrid; y luego “ese mismo año la publicó la imprenta de El Imparcial en formato de libro”. Y “En 1914 [el año que en Europa estalló la cruenta, espeluznante y sonora Gran Guerra de varios mundos del mundanal mundo] apareció otra edición dentro de la Colección ‘Biblioteca de El Imparcial’, editada por Establecimiento Tipográfico de la Sociedad Editorial de España”. Pero lo que sí hizo Libros del Zorro Rojo fue añadirle, a la traducción de Ramiro de Maeztu, cinco sesudas e ilustrativas notas al pie de página.

III de III
Dedicada a su “hermano Frank Wells, que tuvo la idea”, y precedida por un epígrafe de Kepler, transcrito de La anatomía de la melancolía, de Robert Burton, La guerra de los mundos está dividida en dos partes. La primera se titula “Libro primero: La llegada de los marcianos”, y está seccionada en catorce capítulos con rótulos y números romanos. La segunda se titula “Libro segundo: La Tierra en poder de los marcianos”, y está dispuesta en nueve capítulos con rótulos y números romanos. Y la concluye un “Epílogo”. La voz narrativa, omnisciente y ubicua (alter ego de H.G. Wells), es la de un británico de clase media que reside en Woking (donde vivió el autor), pueblo en el sureste de Inglaterra, ubicado a un poco más de 40 km al sureste de Londres. Según dice de sí mismo, es “un escritor reputado que se ocupa en cuestiones filosóficas”; y por ende, previo al ataque alienígena, se pasa el tiempo “en aprender a andar en bicicleta y en escribir una serie de artículos” sobre el “Probable desarrollo de las Ideas Morales en concordancia con el progreso material e intelectual”. El meollo es que el arribo de los belicosos extraterrestres ocurrió un viernes de junio de 1894 y la dramática guerra de los ingleses contra los marcianos duró sólo unos quince días (o un poco más); y él traza un círculo narrativo en el decurso de la trama que evoca y relata, pues el domingo (posterior al viernes), ante el avance asesino y destructor de los marcianos, salió huyendo de Woking en compañía de un artillero y un mes después regresa a su medio destruida y saqueada casa familiar, donde en su despacho, en el piso superior, lee el inconcluso manuscrito del artículo que estaba escribiendo cuando aquella noche del viernes cayó el primer cilindro en la llanura de Horsell. Y al poco rato de su retorno, para, con un final feliz, cerrar el círculo evocativo y narrativo del libro, llegan nada menos que su propia esposa y su primo, a quienes creía masacrados en la villa de Leatherhead, pues los suponía allí cuando fue demolida por una de las terroríficas y altas Máquinas de Combate de los marcianos.
Vale puntualizar, entonces, que el filósofo y escritor, quien nunca dice su nombre, hace un recuento y una reminiscencia de lo ocurrido seis años antes: en 1894. Es decir, él escribe y narra sus memorias —y lo indagado, lo meditado, lo conjeturado y lo hipotético— en 1900, o sea: en el inminente futuro ante el presente de H.G. Wells, pues La guerra de los mundos se editó en 1898.   
Portada de la primera edición en inglés
de La guerra de los mundos (1898)
      Entre sus preliminares reflexiones sobre el extinto y fugaz ataque de los marcianos —cuyo clímax destructivo (y la derrota) se sucede en Londres, la metrópoli más poderosa del mundo, de la que frente el avance de los marcianos salieron huyendo unos seis millones de aterrorizados terrícolas—, el filósofo y escritor apunta: “Antes de juzgarlos con excesiva severidad debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente, no solo especies animales, como el bisonte y el dodo, sino también razas humanas inferiores. Los tasmanios, a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia en una guerra exterminadora de cincuenta años que emprendieron los inmigrantes europeos.” Es obvio que ese prejuicio y atavismo xenofóbico y racista del arquetipo del hombre blanco que se transluce en sus conceptos taxonómicos, propio de la idiosincrasia y supremacía imperial británica decimonónica, resulta ahora obsoleto y anacrónico. Pero es lo que piensa el filósofo y escritor, tan veraz como es su inveterada creencia en Dios, sus rezos y ruegos; y por ende, antes de su breve colapso amnésico, le agradece haber sobrevivido al ataque de los extraterrestres. E incluso es a Dios a quien le atribuye la creación y existencia de las bacterias y virus que causan la muerte y exterminio de los marcianos: “por las ínfimas criaturas que Dios, con su sabiduría, ha puesto sobre la Tierra”. De ahí que diga: “Acaso los marcianos, llenos de confianza, invocaban también a Dios. Seguro que, aunque no hayamos aprendido nada más, esta guerra nos ha enseñado la piedad, piedad hacia esas almas sin razón que nosotros dominamos.”

H.G. Wells en la Escuela Normal de South Kensington,
como alumno del curso de biología elemental del gran
Thomas Henry Huxley.

Foto en H.G. Wells (circe, 1993)


       
Thomas Henry Huxley
(1825-1895)
Según Borges:
Apodado el bulldog del darwinismo
Foto en Experimento de autobiografía  (Espasa-Calpe, 1943)
          No obstante que la novela La guerra de los mundos se cuenta entre los decimonónicos y finiseculares libros precursores del género literario de la ciencia-ficción del siglo XX (y de su traslación al cine), sus planteamientos “científicos” son pseudocientíficos y a todas luces ficticios, ingenuos e imaginativos, y muy marcados por las limitaciones y recursos técnicos, mecánicos, armamentísticos, tecnológicos y científicos de la época, y por los usos, hábitos, costumbres y transportes terrestres y acuáticos del entorno social victoriano. Su ritmo es vertiginoso, envolvente y trepidante. Y en el desarrollo de la trama, además de las escenas y anécdotas particulares, descuella la mirada panorámica, geográfica y aérea de la voz narrativa, que evoca y narra sus propias observaciones y experiencias vividas y sabidas entre las villas y villorrios que van de Woking a Londres y en los márgenes del Támesis; pero también las vistas y vividas por su hermano, estudiante de medicina en la capital inglesa, quien, en medio de los sinsabores y ríspidos azares suscitados por el sorpresivo e imprevisto ataque alienígena, logra huir de Londres y embarcarse en un vapor rumbo a Ostende en compañía de un par de señoras.  

Inextricable a las escenas bélicas y a los escenarios de destrucción, muerte y abandono, y a la agresiva competitividad, deshumanización y egoísta beligerancia que la guerra y el terror suscita en un tris entre los pobladores que huyen o son atacados por los marcianos (hay robos y rapiña —no sólo alimenticia— en los comercios, bares y casas, y se suceden abusos, agandalles, tacañerías, pleitos callejeros y asesinatos, e incluso los periódicos aumentan sus precios en su afán de lucrar con el pánico, el drama y el avance de los extraterrestres), lo que descuella sobremanera, por inaudito y nunca visto, es lo que concierne a los extraños seres procedentes de Marte, de los cuales, según reporta el escritor y filósofo, seis años después del ataque, en el Museo de Historia Natural, en Londres, se “conserva en alcohol” “un ejemplar magnífico y casi completo”; mientras que en la cima de “la cuesta del Primrose Hill”, “todavía se alza allí” una de las gigantes Máquinas de Guerra de trípode, que los británicos, adultos y niños, acuden a contemplar con asombro y boquiabiertos, casi como si fuera la enorme montaña rusa de un parque de diversiones itinerante. 
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
          Para viajar al planeta Tierra desde Marte —focalizada su caída en la todopoderosa Gran Bretaña—, los marcianos cruzaron, raudos y veloces, los “sesenta millones de kilómetros” del “espacio vacío” a bordo de unos enormes cilindros (cayeron diez en total en distintos puntos). Los cuales fueron disparados, uno a uno, por un ciclópeo, potente, explosivo y ultralumínico cañón. Instrumento y protonave espacial que ineludiblemente evoca al rudimentario cañón de mecha (que al unísono evoca los ahora arcaicos pero entonces poderosos cañones Maxim con que los artilleros británicos combaten a los marcianos) y el hilarante cohete (especie de bala de lata construida por los herreros que golpeaban sobre el aledaño yunque) en cuyo hueco interior viaja a la Luna un estrafalario grupo de terrícolas con paraguas desintegradores y cobijas para dormir en el pedregoso y cavernoso territorio de la salvaje tribu de los monárquicos selenitas, según se observa en Viaje a la luna (1902), el caricaturesco y fantástico cortometraje silente de Georges Méliès, “la primera película de ciencia-ficción de la historia”.

     
Fotograma del Viaje a la luna (1902),
cortometraje silente de Georges Méliès.
        En su violenta caída, cada cilindro causa un enorme cráter, que luego los marcianos acrecientan con su imparable laboriosidad de hormigas insomnes y obreras, según lo observa el escritor y filósofo en tres escenarios: en la llanura de Horsell (contigua a Woking); en la villa de Mortlake, precisamente frente al borde de un cráter, donde pasa dos semanas de miedo y angustia oculto entre los restos de una casa en compañía del obcecado, psicótico, fóbico y glotón sacerdote católico, hasta que lo atrapa un ciego tentáculo rastreador de una Máquina de Combate (luego de que quedara inconsciente por el golpazo que le da el escritor y filósofo con el mango de un cuchillo de carnicero); y en Londres, donde, en medio de las ruinas, de la desolación en las calles y de la muerte del último marciano en Regent’s Park (quien moribundo aúlla llamando a sus compinches dentro de la caperuza de la enorme Máquina de Guerra), llega a pie y exhausto al borde de lo que fue “el último y el mayor de los campamentos marcianos”. 

Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         Antes de salir a la Tierra a hacer de las suyas, los extraterrestres esperan a que el cilindro se enfríe. Y cuando ya está frío, paulatinamente desatornillan la tapa y del interior emergen esos extraños seres de apariencia horrenda y repulsiva: parecen enormes, pesados, torpes y redondeados moluscos babeantes con tentáculos (“pulpos”, los tilda un zapador del ejército tras oír su descripción), cuyos detalles físicos el escritor y filósofo observa en primera línea al emerger el primer alienígena en el cráter de la llanura de Horsell; y luego, con mayor detenimiento, en su cautiverio en los restos de la casa de Mortlake; a lo que se añaden otros datos, características y conjeturas sobre su anatomía externa e interna (incluso quizá absurda, como el hecho de que tienen pulmones, pero no fosas nasales ni olfato).

Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
        Esos catapultados cilindros son de considerables dimensiones, pues en ellos los marcianos transportaron las enormes y desplegables Máquinas de Guerra, que se desplazan a través de un trípode que da enormes y veloces zancadas. Las Máquinas de Guerra son manejadas por un marciano ubicado dentro de la giratoria caperuza, situada en lo alto, quien despliega y mueve los prensiles tentáculos. Y para atacar y destruir despliega y utiliza dos móviles y poderosas armas: el Rayo Ardiente, “un rayo luminoso” que es un “chorro invisible” que incendia lo que toca: personas, flora, fauna, arquitectura; y el tóxico y letal Humo Negro, del que un periódico reportó con amarillista alarma: “Los marcianos descargan enormes nubes de humo negro y venenoso por medio de cohetes. Han asfixiado a los artilleros de las baterías, destruido Richmond, Kingston y Wimbledon y avanzan lentamente hacia Londres, devastándolo todo al pasar. Es imposible detenerlos. Contra el Humo Negro no hay otro modo de salvación que la fuga.” 

       
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       A lo que se agrega la plaga de la trepadora, expansiva y voraz Hierba Roja (de un rojo-sangre y con el ramaje “parecido al del cactus”), de rápida y predominante propagación, cuyas semillas transportaron no por accidente, sin duda. A esto se añade el hecho de que los marcianos armaron “una máquina voladora”, que dizque están “aprendiendo a manejarla”, según le reporta el artillero, al escritor y filósofo, en su avituallado y egocéntrico escondrijo en Putney Hill; lo cual lo induce a pensar en el “¡Adiós a la humanidad!”, pues “Si consiguen volar, darán la vuelta al mundo...” No obstante, además de que esa “máquina voladora” quedó abandonada en el último campamento marciano a imagen y semejanza de un trebejo inútil, sí la sabían manejar, pues su hermano, en su huida a Ostende a bordo del vapor, vio en lo alto lo que a todas luces es un alienígena platillo volador: “Se puso el sol bajo las nubes grises, se enrojeció el cielo, se oscureció después; parpadeó en la penumbra la estrella de la noche. Era grande la oscuridad cuando el capitán lanzó un grito tendiendo los brazos al cielo. Miró mi hermano con atención. Del horizonte gris subió a lo alto, por encima de las nubes, un objeto que con marcha oblicua y rápida brilló en los últimos resplandores del crepúsculo; un objeto plano y gigantesco que luego de describir una inmensa curva, de disminuir poco a poco y de hundirse lentamente, se desvaneció en el gris misterio de la noche. Se hubiera dicho que extendía las tinieblas al pasar.”   

    
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       Los marcianos se comunican con gritos y aullidos y al parecer de un modo telepático. Y para construir sus campamentos en los subterráneos cráteres y trabajar en ellos, utilizan dos tipos de máquinas. Las Máquinas de Mano, dice el escritor y filósofo, no parecen un mecanismo, “sino una criatura semejante a un cangrejo de mar de tegumento resplandeciente”, con “el aspecto de una especie de araña metálica, con cinco piezas articuladas y ágiles y un número extraordinario de varillas y palancas, también articuladas, y de tentáculos que tocaban y agarraban las cosas en derredor del cuerpo.” Estas son manipuladas por un tripulante alienígena; pero las máquinas excavadoras no y laboran sin cesar totalmente automatizadas. O sea: son robots, artilugios marcianos diseñados y construidos décadas antes de que la humanidad desarrollara la electrónica, la computación, la informática y la robótica. 

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
            Pero a pesar de su complejo y avanzado desarrollo tecnológico, ingenieril y armamentístico, los marcianos, que según la descripción de su anatomía externa e interna, son sobre todo “cerebros” hiperactivos que no necesitan dormir ni hablar ni descansar ni mordisquear ni digerir, su monstruosa, destructiva, voraz y coreográfica conducta castrense parece la de un potenciado ente híbrido, con rasgos de bestia salvaje, cefalópodo, crustáceo, artrópodo, reptil, insecto rastrero y arácnido. Viajaron a la Tierra para alimentarse a toda costa, casi como un enorme oso hormiguero necesita, por ciego instinto, atiborrar su gran panza de minúsculas hormigas; y, para dar con ellas, penetra en los rincones y recovecos su larga trompa y su larga lengüeta de gusano; y en esas orgías culinarias destruye las laberínticas construcciones arquitectónicas que son los subterráneos hormigueros. Vale observar que según reporta el escritor y filósofo, pese a que “los marcianos carecen de sexo” (o sea: no hay cuchicuchi), “nació un marciano en nuestro planeta durante la guerra; se le encontró pegado a su progenitor, como un capullo a medio abrir, del mismo modo en que brotan los bulbos en los lirios o los animálculos en los pólipos de agua dulce”. Pero el alimento que les interesa de las hordas y manadas de los aterrorizados y alharaquientos terrícolas, no es su carne ni sus órganos ni sus huesos ni su médula ósea (ni las aletas de los delfines ni la bolsa de aceite de los tiburones ni los colmillos de los elefantes ni los cuernos de los rinocerontes ni el buche de totoaba ni los huevos de codorniz ni las pieles de las focas del norte de Canadá), sino la sangre, el plasma sanguíneo de los humanos, que extraen y se inyectan directamente “en sus propias venas” con avidez de murciélago, quizá placentera, embriagadora, adictiva y psicotrópica. Delicatessen de dulce vita y delirium alimenticio para los alienígenas, que implica la preservación, continuación y propagación de su horrorosísima y pesadillesca especie. Es por tal objetivo que alguna manipulada Máquina de Combate transporta, en lo alto de la giratoria caperuza, una clase de cesta o jaula, donde va coleccionando especímenes de terrícolas vivitos y coleando y lanzando gritos de terror, los cuales son cazados y atrapados con el mecanismo prensil de los móviles tentáculos. Según reporta el escritor y filósofo, en los cilindros los marcianos traían víctimas “consigo desde Marte en calidad de provisiones. A juzgar por los arrugados cadáveres que han caído en poder de los hombres, esas criaturas eran bípedos de frágiles esqueletos silíceos (parecidos a los de las esponjas), músculos débiles, de un metro ochenta de altura, cabezas redondas y erguidas y grandes ojos en órbitas petrificadas. Parece que en cada cilindro venían dos o tres y que ya estaban muertos antes de llegar a la Tierra. Hubiera sido lo mismo que los dejaran vivos, porque al solo esfuerzo de sostenerse en pie sobre nuestro planeta se les habrían roto todos los huesos del cuerpo.”
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
      Vale comentar, por último, y no por terror cósmico (de solitario navegante en la infinita noche de los tiempos) ni para ponerle los pelos de ponketa a nadie (por mucha melena de Rapunzel que tengan), que según reporta en el “Epílogo” el escritor y filósofo, ciertos astrónomos del planeta Tierra han observado agitadas y elocuentes actividades en Marte, y de Marte a Venus, indicativos de alguna marciana y violenta intromisión. Lo cual implica, quizá, el futuro ataque en la Tierra de otra tribu alienígena, quizá con tecnología aún más avanzada. ¡Felices sueños y felices pesadillas!



H.G. Wells, La guerra de los mundos. Traducción del inglés al español de Ramiro de Maeztu. Ilustraciones de Henrique Alvim Corrêa. Libros del Zorro Rojo. Polonia, octubre de 2016. 210 pp.