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viernes, 4 de julio de 2014

Leviatán


                         
La Estatua de la Libertad y el ángel caído

El norteamericano Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, febrero 3 de 1947) —Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006— publicó en inglés, en 1992, su novela Leviatán, la cual en el Viejo Continente recibió el “Premio Médecis a la mejor novela extranjera publicada en Francia”. 

Paul Auster
         La voz narrativa de Leviatán es la de Peter Aaron, alter ego del autor, nacido el mismo año que éste, cuya supuesta primera novela: La luna, es una franca alusión a El palacio de la Luna (1989), la más exitosa novela del polígrafo y cineasta Paul Auster.
 


     
Inscripción en la Estatua de la Libertad
        Seis días antes del 4 de julio de 1990, Benjamin Sachs, el mejor amigo de Peter Aaron, murió en sanguinolentos pedazos, junto a un coche robado, al explotar una bomba al borde de una carretera del norte de Wisconsin. 

       Se ignora si lo mataron o se mató. 
       Peter Aaron se halla en la cabaña-estudio de una casona de campo en Vermont. Ese 4 de julio de 1990 y tras la visita de dos agentes del FBI que encontraron su número telefónico de Nueva York en los restos de los bolsillos de Benjamin Sachs, ha decidido escribir una especie de reporte destinado a esclarecer posibles confusiones en relación al pasado y a las actividades de su difunto amigo. 


       
         Sin embargo, el relato de Peter Aaron no es una suma de datos: un sobrio informe destinado a la policía, ni un testimonio que desembrolle el trasfondo psicológico, ideológico, anarca y político que llevó a Benjamin Sachs a convertirse en El fantasma de la Libertad, un clandestino y solitario rebelde que desde el 16 de enero de 1988 se dedicó, en distantes puntos de los Estados Unidos, a colocar bombas en las réplicas de la Estatua de la Libertad, siempre teniendo el cuidado de no poner en peligro la vida de nadie; y cuyas detonaciones y comunicados a través de los mass media despertaron antipatías y simpatías y el consecuente uso y comercialización propia del arquetipo de la sociedad de consumo: camisetas y chapas con la imagen de El fantasma de la Libertad, caricaturas políticas, tema de editoriales periodísticos, de sermones y de polémicas radiofónicas; e incluso, en Chicago, hubo “un número de cabaret en el que el Fantasma desnudaba lentamente a la Estatua de la Libertad y luego la seducía”. 



 
   
     
      
   
 
        Traducida al español por Maribel de Juan, la novela Leviatán es una especie de casona de dos aguas repleta de pasillos y pasillitos, habitáculos de muchos tamaños, escaleras que suben y bajan, desvanes, minucias y anécdotas sentimentales y melodramáticas. En este sentido, pese al activismo de Benjamin Sachs y a los sesgos críticos (light) de la novela de Paul Auster, no es de índole política ni cuestionadora de la idiosincrasia gringa (¡oh paradoja!), ni de ciertos cuadros de costumbres del consabido american way of life, ni del trasfondo y las historias negras y cruentas en que descansa ese grandísimo y totémico emblema de los megalómanos y autodeificados Estados Unidos: la Estatua de la Libertad, símbolo de democracia, de libertad e igualdad ante la ley.
       

       Peter Aaron, narrando asuntos sobre su propia vida doméstica y afectiva y sobre su desarrollo como escritor, cuenta la relación de los hechos desde que conoció a Benjamin Sachs en un bar de Nueva York, un día de 1975, no sin añadir algunos datos anteriores a tal fecha, como la circunstancia de que Sachs nació “el 6 de agosto de 1945”, por ende le gustaba pregonar que fue “el primer niño de Hiroshima nacido en Estados Unidos”; que se negó a ir a Vietnam, por lo que en 1968 lo encerraron en la cárcel durante más de un año, donde comenzó a escribir El nuevo coloso, concluida en 1973. Y según informa y reseña Peter Aaron, es una novela histórica sobre los Estados Unidos de entre 1876 y 1890, con personajes históricos, literarios y ficticios, en la que se exalta la figura de Henry David Thoreau (1817-1862), al cual Benjamin Sachs rindió pleitesía dejándose crecer el pelo y la barba. Y pese a que fue su primera novela (la única), lo colocó de inmediato en el mapa de los nuevos narradores, además de ser un prolífico autor de ensayos de todo tipo, notable entre la intelligentsia neoyorquina.

Henry David Thoreau (1817-1862)

          Frente al anarquismo que signó los últimos días de Benjamin Sachs, cabe destacar un fragmento de lo que Peter Aaron dice de El nuevo coloso: “La emoción dominante era la ira, una ira madura y lacerante que surgía casi en cada página: ira contra América, ira contra la hipocresía política, ira como arma para destruir los mitos nacionales”.
     
 
     
        
     
  
       Todo iba por rumbos y contrastes más o menos previsibles (nadando de a muertito), hasta que el 4 de julio de 1986, durante los festejos del primer centenario de la Estatua de la Libertad, Sachs se cayó de una altura que “estaba a cuatro pisos del suelo”. Un tendedero amortiguó el golpe y no murió, pero sí trastocó el sentido de su vida. Abandonó sus frenéticas tareas ensayísticas (tenía, incluso, una agente que resolvía el asunto de los dividendos de su acreditada firma), rompió con Fanny, su mujer por más de 20 años, y su caída literalmente lo convirtió en un ángel caído, en un energúmeno hundido y enredado en un oscuro y laberíntico conflicto de culpas individuales y sociales. 



         Buscando su rescate, Peter Aaron, con apoyo de una editora, en 1987 le propone a Benjamin Sachs que reúna sus artículos y los publique en un libro. Sachs acepta. Deja Nueva York y se va a la cabaña-estudio de la casona de campo en Vermont (la misma donde en 1990 se halla Aaron), pero en vez de preparar el libro de artículos, empieza a escribir Leviatán, una novela que queda inconclusa. 
Paul Auster
         Benjamin Sachs no la termina por un bemol imprevisto. Al rondar por un bosque cercano, absurdamente se pierde y presencia un crimen, el cual lo induce a cometer un asesinato imprudencial: de un batazo mata a Reed Dimaggio, según lee en el pasaporte de éste. 

Más tarde, en Nueva York, al enterarse por Maria Turner que el asesinado fue el marido de su amiga Lillian Stern y que además de asesino era un profesor universitario, Benjamin Sachs busca redimirse y viaja a Berkeley con la intención de entregarle a Lillian Stern el dinero de la bolsa de bolos (165 mil dólares) que halló en la cajuela del auto de Reed Dimaggio (una de sus maletas contenía utensilios para fabricar bombas). Sin embargo, en Berkeley se transforma en una especie de criado (con complejo de culpa) que limpia de arriba abajo las sucias y atiborradas habitaciones de la casa de Lillian Stern, bella ex prostituta, dizque masajista y modelo (que resucitaría a un muerto), quien vive con una hija que tuvo con Reed Dimaggio, de la que Sachs se hace un ferviente nano.
       Luego de la espinosa relación afectiva con Lillian Stern, Benjamin Sachs, al revisar los izquierdistas y anarcas libros y papeles de Reed Dimaggio, lee la copia de la tesis que hizo sobre Alexander Berkman, una apología de la vida y obra de tal judío de origen ruso, autor de Memorias carcelarias de un anarquista y Abecedario del anarquismo comunista
Paul Auster
        Y ante la imposibilidad de escribir una biografía sobre Reed Dimaggio (al que ahora admira), en su interior se enciende la delirante mecha y se lanza a la tarea que supone era la secreta y clandestina misión de Reed Dimaggio: construir bombas, hacer añicos las réplicas de la Estatua de la Libertad y rubricar los estallidos con moralistas mensajes, casi poemas para sus fanáticos que veían en él un predicador no siempre en el desierto: “un profeta angustiado de voz dulce”, un “héroe popular clandestino”, “casi bíblico”; pese a que en realidad era un loco anarquista con una postura suicida y nada consistente, “un chiflado, otra figura pasajera en los anales de la locura americana”. 

       Pero si a través del subjetivo testimonio de Peter Aaron no se explora el trasfondo psíquico de Benjamin Sachs: ¿cómo se engranan y desengranan los chips, los resortes, los tornillos, las tuercas, los alambres y los fluidos de esa sutil pulsión de relojería que transformaron su cerebro, sus ideas y su vida en un kamikaze o bomba de tiempo de carne y hueso?, por lo menos el lector sí tiene noticias de su azarosa y fragmentaria declaración de principios explosivos. 
        Por ejemplo, cuando Peter Aaron dice que Benjamin Sachs le dijo que se notaba que Reed Dimaggio “apoyaba a Berkman, que creía que existía una justificación moral para ciertas formas de violencia política. El terrorismo tenía un lugar en la lucha, por así decirlo. Si se usaba correctamente, podía ser un instrumento eficaz para llamar la atención sobre los temas en cuestión, para revelarle al público la naturaleza del poder institucional”.
        Así, resulta lógico que para rendirle un tributo más a los santos patronos de su secreta identidad de rebelde “con causa”, Benjamin Sachs haya alquilado “un apartamento barato en la zona sur de Chicago” usando el nombre de Alexander Berkman.



Paul Auster, Leviatán. Traducción del inglés al español de Maribel de Juan. Panorama de narrativas núm. 283, Editorial Anagrama. Barcelona, mayo de 1996. 272 pp.








lunes, 15 de julio de 2013

El Palacio de la Luna




La cueva del tesoro y el arco iris de nunca jamás

Aun en castellano se percibe el poder de seducción y toda la fluidez verbal y la riqueza narrativa de El Palacio de la Luna (Anagrama, Barcelona, 1996), magnética novela del norteamericano Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, febrero 3 de 1947), cuya primera edición en inglés: Moon Palace, apareció en Nueva York, en 1989, publicada por Viking. El que Marco Stanley Fogg, el protagonista, sea un gringo nacido el mismo año que Paul Auster y que en Nueva York ambos hayan estudiado literatura en la Universidad de Columbia y que muchos intríngulis de la trama se sustenten en la geografía, en la historia y la literatura de los Estados Unidos, así como en tradiciones, mitos y leyendas no sólo del lejano Oeste, y en costumbres y variantes del american way of life, todo ello sugiere que el autor utilizó un buen número de elementos autobiográficos y de su propia idiosincrasia.


Paul Auster
       El Palacio de la Luna es, sobre todo, una evocación autobiográfica narrada en primera persona por Marco Stanley Fogg. En un momento, al recordar un fugaz tropiezo vivido en la primavera de 1982, desliza la sospecha de que la idea de escribir el presente libro (pergeñado por Fogg en 1986), tal vez le ocurrió allí: “en el cruce de la calle Varick y West Broadway en el bajo Manhattan”. Si Marco Stanley Fogg es la voz omnisciente y ubicua que evoca y narra los distintos pasajes de su infancia y juventud, los principales marcos temporales en que se desarrolla la novela oscilan entre 1965 y 1972; aunque sus reminiscencias, por el hecho de trazar matices, episodios o el curso de otras vidas, suelen remitirse a mediados del siglo XIX, a principios del siglo XX y a las primeras seis décadas de éste, e incluso a la conquista y fundación del actual territorio norteamericano.
       
(Anagrama, Barcelona, 1996)
       El título de la novela tiene numerosos nexos y resonancias lunares (lúdicas, eruditas, poéticas) con muchos detalles y minúsculos pasajes de la trama. Baste decir, dentro de los límites de la reseña, que El Palacio de la Luna también es el nombre de un restaurante chino ubicado cerca del edificio de la calle 112 Oeste, donde Fogg vive, entre 1966 y 1969, en un oscuro departamento del quinto piso. Allí, en el homónimo restaurante, tras una cena china con Zimmer y Kitty Wu (sus amables salvadores de su abandono en Central Park), escrito en el papelito de la galleta de la suerte que le toca, lee una especie de presagio (meses después lo recordará y lo hallará de nuevo), cuyo sentido sólo al final de la novela se hace del todo explícito: “El sol es le pasado, la tierra es el presente, la luna es el futuro.”

       Fogg es hijo natural, único. En 1958, a los 11 años, en Boston, un autobús atropella a Emily Fogg, su madre, que sólo tenía 31 años. A partir de esto (y hasta 1965) vive en Chicago (incluidos tres años internado en la Academia Anselm para varones) bajo la protección de su tío Víctor Fogg, un fracasado clarinetista cuyo mayor triunfo fue tocar en la Orquesta de Cleveland. Cuando en 1965, a los 18 años, Fogg está a punto de irse a Nueva York rumbo a la Universidad de Columbia, su tío Víctor dejó de tocar con la Howie Dunn’s Moonlight Moods y está por emprender una gira con los Moon Men; así, el tío Víctor se ha deshecho de todas sus pertenencias, entre ellas una colección de fetiches personales que le regala a Fogg, junto con 1492 libros reunidos a lo largo de 30 años. Con tales libros (guardados en un almacén dentro de 76 cajas durante más de nueve meses) Fogg, luego de vivir un año en el campus universitario, se instala el 15 de junio de 1966 en el departamento de la calle 112 Oeste. 
Paul Auster
       Puesto que piensa devolverle las cajas de libros al tío y dado que el departamento está vacío, diseña con ellas sus muebles: la base de la cama, la cabecera, la mesa, las sillas. Pero el tío Víctor, a sus 52 años, muere súbitamente en la primavera de 1967 de un ataque cardíaco, asunto que a Fogg le confirma desde Boise, Idaho, un policía de astronáutico y sonoro nombre lunar: Neil Armstrong. Así, luego del entierro en Chicago y del desasosiego inmediato, comienza a leer con frenesí cada uno de los 1492 libros, un modo de tributar la memoria de su querido tío Víctor. Mas como su dolor y depresión son tales, empieza al unísono un perpetuo y progresivo abandono de sí mismo. De este modo, entre el verano de 1967 y el verano de 1969, Fogg se entrega a esas delirantes lecturas; pero también, como sus medios pecuniarios disminuyen, se ve impelido a rematar los libros ya leídos en una librería de viejo, donde un vejete los examina con desprecio y se los apropia como si comprara un montón de fétida basura: una apestosa caja de viejos zapatos, una chorreante escobilla del retrete, una armónica puñetera y blusera o una cochambrosa cafetera de reseñista de libros. Así, Fogg se va quedando sin los libros y sin los otros objetos personales que le heredó su tío Víctor, sin luz ni calefacción y casi sin comer. Y cuando está a punto de que lo lancen, sale de allí y casi sin dinero y con sólo lo que lleva encima (incluido el viejo clarinete de su tío y el citatorio del ejército para su posible traslado a Vietnam) se va a Central Park, sitio donde no tarda en convertirse en uno de esos anónimos y hediondos vagabundos que sobreviven de limosnas y de lo que hallan en los cestos de basura.  

         Sólo fueron tres méndigas semanas hundido en los miasmas de su abandono y soledad. Y si no hubiera sido por el afecto y la intuición de Kitty Wu, la joven china conocida por casualidad, y por la estima de Zimmer, un ex compañero universitario, quizá Fogg hubiera muerto de hambre o de la enfermedad que lo derrumba en una cueva de Central Park. Sólo al ser salvado entiende (al parecer) la fuerza del amor: “Es la única cosa que puede detener la caída de un hombre, la única cosa lo bastante poderosa como para invalidar las leyes de la gravedad.” 
     
Paul Auster y su hija
       Tales palabras implican un signo definitorio dentro de la neurótica nervadura de la obra: en medio de incertidumbres y maledicencias siempre hay alguien que auxilia al otro, o que trata de corregir antiguos equívocos y errores. La madre y el tío Víctor adoraron a Marco Fogg, quien pese a ciertos yerros siempre es un tipo de buen corazón, que se cifra a sí mismo al decir: “Todo mundo merece la bondad. Sea quien sea.” En el mismo sentido, Zimmer y Kitty Wu lo salvan. La señora Hume, el ama de casa de Thomas Effing (anciano de 86 años, ciego, paralítico en silla de ruedas, groserote, prepotente, mitómano), quiere y soporta a su patrón; pero también procura y visita a Charlie Bacon, su hermano, un ex militar de la Segunda Guerra Mundial que subsiste en un manicomio tras desconectarse del orbe al saber que había sido incluido en la tropa que volaría sobre Nagasaki. Las majaderías y locuras del viejo Thomas Effing translucen el cariño y la gratitud que siente por la señora Hume y por Fogg, quienes lo ayudan a bien morir, mientras se empeña en heredarle a Solomon Barber (el hijo que nunca conoció en persona) su autobiografía y una buena cantidad de dólares. Solomon Barber, por su parte, también denota su nobleza interior: en sus indagaciones históricas, en el desprendimiento ante una tía alcohólica y su criada negra (les regala la astrosa mansión que en 1939 su madre psicótica le hereda en Long Island), en la íntima nostalgia de la mujer de su vida (Emily Fogg) y frente al hijo inesperadamente hallado (Marco Stanley Fogg).

    Luego de su rescate de Central Park, Fogg (enflaquecido, anémico y sin poder sostenerse en sus propios pies) convalece en el pequeño departamento de Zimmer, gracias a los escasos recursos de éste. Por sus desvaríos y por su debilidad física, el 16 de septiembre de 1969 un psiquiatra lo declara inútil para Vietnam. Pero ante la urgencia de independizarse de su amigo, luego de su recuperación física busca trabajo a través de la oficina de empleos de la Universidad de Columbia. Allí lee un letrero en el que un viejo en silla de ruedas ofrece empleo de acompañante y secretario, cuarto, manutención y 50 dólares a la semana. El anciano, de 86 años y más ciego que un topo de fétida alcantarilla, resulta ser el citado Thomas Effing. Marco Stanley Fogg sólo trabaja con él un poco más de seis meses (hasta que el viejo muere el 12 de mayo de 1970). Sin embargo, la relación que establecen constituye uno de los capítulos más prolíficos, pintorescos y singulares de la novela.
       
Paul Auster y su perro
        El viejo Thomas Effing (con mucha vitalidad y memoria, sarcástico, autoritario, culto y maniático) elige la fecha y su forma de morir. El que contrate a Fogg para que sobre todo escriba su necrología (tres versiones, una de ellas es la autobiografía destinada a Solomon Barber) resulta un pretexto para que le cuente mil y una historias que evoca Fogg en su libro (la novela de Paul Auster), tales como la época en que Effing, en Long Island, era un joven pintor llamado Julian Barber, heredero de una cuantiosa fortuna; o el periodo que Thomas Effing vivió en el desierto (entre 1916 y 1917), desde el Gran Desierto Salado cercano a Salt Lake City, hasta lo vivido dentro de una solitaria cueva de ermitaño no muy lejos del pueblo de Bluff, episodio que posee ciertas dosis y gags de película del Salvaje Oeste, donde no falta (en medio del desierto) la traición del supuesto guía y el joven que muere tras desbarrancarse de un risco con su caballo, la aparición del solitario y estrambótico indio George Boca Fea y la de los hermanos Gresham, legendarios pistoleros y asaltantes de trenes con las alforjas repletas de dinero y alhajas, más un estridente y peliagudo tiroteo en el que Effing resulta más hábil que los bandidos; su ida a París en 1920 (ya con el nombre de Thomas Effing) luego de que en 1918, en San Francisco, pierde el movimiento de sus piernas; su regreso a Nueva York en 1939 (con su secretario ruso Pavel Shum) antes de que los nazis ocupen la capital francesa. 

En este sentido, la autobiografía de Thomas Effing tiene como fin satisfacer la curiosidad intelectual y genealógica de su hijo Solomon Barber, nacido en 1917, quien con la idea de que su padre desapareció en el desierto de Utah en 1916, ha sublimado la búsqueda de su raíz paterna a través de sus propios libros sobre la historia de los Estados Unidos: El obispo Berkeley y los indios (1947), La colonia perdida de Roanoke (1955) y Las tierras vírgenes americanas (1963); sublimación que iniciara a sus 17 años con la escritura de La sangre de Kepler, una novela inédita (reseñada por Fogg) que mucho tiene de radiografía psicológica y mito indio trastocado por la imaginación infantil de un púber que ha deglutido mil y una historietas, leyendas y filmes hollywoodenses del Salvaje Oeste.
       Si Solomon Barber (quien resulta ser un gigantesco gordo) se sorprende al descubrir la existencia y la vida del que fue su progenitor, una conmoción parecida le ocurre a Marco Stanley Fogg cuando descubre y constata que Solomon Barber es nada menos y nada más que su propio padre. Tal episodio sucede cuando ambos (a principios de julio de 1971), por distintas y particulares razones han emprendido desde Nueva York un viaje al Oeste, cuyo destino es la búsqueda de la cueva en el desierto de Lago Salado (quizá incierta) donde Effing dijo vivir como ermitaño y pintor por más de 12 meses. En el largo rodeo que los llevará a su objetivo, deciden visitar Chicago, precisamente el cementerio judío de Westlawn donde descansan los restos de la madre y del tío de Fogg. Al ver y oír al lacrimoso gordo, diciendo, absorto, nostálgicas y amorosas palabras ante la tumba de su madre, Fogg comprende todo y lo insulta. Tal es la furia de uno y la sorpresa del otro, que Fogg provoca que Solomon Barber corra y caiga en una sepultura abierta donde se rompe la columna vertebral. No se recupera de los estragos y muere en el hospital el 4 de septiembre de 1971.
     
Paul Auster
        El amor y el erotismo entre Fogg y Kitty Wu constituyen, dentro de los vaivenes de la novela, un suspense. Entre breves protagonismos y esporádicas alusiones, luego de que muere Thomas Effing y le hereda a Fogg más de siete mil dólares, empiezan a vivir juntos en un extenso almacén ubicado en “el corazón del barrio chino”, “no lejos de Chatham Square y el puente de Manhattan”, sitio donde ella, al retornar de su trabajo de secretaria, se entrega a sus ejercicios de bailarina, mientras él escribe supuestos ensayos bajo el signo de Montaigne. Todo sugiere que se trata de una idealizada historia de amor y que la novela tal vez deambule por ese rumbo. Pero no sucede esto, sino apenas un esbozo y un súbito embarazo que suscita el antagonismo y las asperezas domésticas (él quiere el hijo, ella no); y al ocurrir el aborto no tarda en desencadenarse la separación. Así, cuando muere Solomon Barber, Fogg, desolado por partida doble (una llamada telefónica a Kitty Wu confirma la ruptura definitiva), decide continuar la búsqueda de la cueva en el desierto donde tal vez vivió el viejo Effing, pero ya no como quien huye y busca la cueva de nunca jamás o la olla de monedas de oro al otro extremo del arco iris, sino como un objetivo definido. 

       Después de un mes de explorar los alrededores del pueblo de Bluff y superficialmente las aguas del pantano de Powell, sitio donde quizá se halle hundida la cueva (donde vivió Effing y donde también se escondía la banda de los hermanos Gresham, la famosa tríada de Alí-Babás del Oeste), Fogg descubre que le han robado el Pontiac 65 junto con más de diez mil dólares (la herencia que le dejó Solomon Barber). Así, tras la frustración y el arrebato, desde esa zona de Utah emprende una frenética caminata por el desierto, siempre hacia el Oeste, misma que dura cuatro meses (el primer mes no habla con nadie), durmiendo en el campo, en cuevas y cunetas, adquiriendo botas aquí y allá, hasta que por fin, desde las arenosas cercanías del pueblo de Laguna Beach, California, vislumbra el Pacífico, un atardecer y el surgimiento de una luna “redonda y amarillla como una piedra incandescente”. Este punto significa para Fogg el fin del mundo y el lugar donde empieza una nueva vida, distinta (por lo menos así la concibe) de la persona que fue.




Paul Auster, El Palacio de la Luna. Traducción del inglés al español de Maribel de Juan. Serie Compactos núm. 124, Editorial Anagrama. Barcelona, 1996. 312 pp.