martes, 22 de noviembre de 2016

El corazón de las tinieblas



La alegre danza de la muerte y el comercio

Los comentaristas de la vida y obra de Joseph Conrad (1857-1924) —entre ellos Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa y Sergio Pitol— suelen recordar el origen polaco de quien al parecer se llamaba Józef Teodor o Teodor Józef Konrad Nalecz Korzeniowski, el inicio de su temprana vida marinera (a los 17 años), su nacionalización británica el mismo año (1886) que obtuvo su cédula de capitán de la marina mercante inglesa, que optó por el inglés para la escritura de su obra, públicamente iniciada con su novela La locura de Almayer (1895), y que un azaroso y desventurado viaje al Congo en 1890 dio origen a El corazón de las tinieblas, que primero, en 1899, se publicó por entregas en una revista londinense y en 1902 en el libro Juventud y otras dos historias.
Traductor: Sergio Pitol
(Universidad Veracruzana, Xalapa, 2008)
        Con prólogo y traducción de Sergio Pitol, el relato o novela corta El corazón de las tinieblas se divide en tres partes numeradas con romanos. En ellas se entretejen dos ámbitos narrativos. Uno se sucede en el Támesis, en el estuario de Gravesend y a bordo del Nellie, “un bergantín de considerable tonelaje”, donde —mientras esperan el cambio de la marea que les permita continuar su ruta río arriba (si duda hacia Londres, dizque “la ciudad más grande y poderosa del universo”)— el “director de las compañías” (el “capitán y anfitrión”) y cuatro viejos camaradas, entre ellos Marlow, oyen el relato de éste en torno a su otrora aventurero, onírico y tenebroso viaje al corazón de las tinieblas, que sin precisarlo geográficamente se entiende que es el centro del continente africano, ámbito de la expoliación imperial de Europa y prototipo de la sanguinaria prepotencia y supremacía racista de una civilización más avanzadaza y poderosa sobre otra que aún oscila en la barbarie, en las supercherías primitivas y en el pensamiento mágico, y que Marlow alude así: “La conquista de la tierra, que por lo general consiste en arrebatársela a quienes tienen una tez de color distinto o narices ligeramente más chatas que las nuestras, no es nada agradable cuando se observa con atención.” No obstante, añade una falacia que resulta la antípoda ante la desquiciada, genocida, aterradora y macabra megalomanía de Kurtz: “Lo único que la redime es la idea. Una idea que la respalda: no un pretexto sentimental sino una idea; y una creencia generosa en esa idea, en algo que se puede enarbolar, ante lo que uno puede postrase y ofrecerse en sacrificio...”
El otro ámbito narrativo está contenido en el bosquejado: se trata del ancestral recurso de la narración dentro de la narración, pues es la remembranza y el relato (con comentarios y reflexiones) que les hace Marlow de ese viaje ocurrido en su juventud o en su madurez aún joven, cuando fue “marinero de agua dulce”. Primero incitado por el deseo de navegar un gran río descubierto y soñado en su infancia en un mapa (“una inmensa serpiente enroscada con la cabeza en el mar, el cuerpo ondulante a lo largo de una amplia región y la cola perdida en las profundidades del territorio”; el río Congo, se colige); luego, para realizarlo, apoyado y promovido por una tía que mueve sus influencias para que lo nombren capitán de un vapor fluvial de una compañía mercante que en Europa tiene su sede en una ciudad que le parece “un sepulcro blanqueado” (quizá un puerto en Bélgica o en Francia). 
Joseph Conrad
Ahora que si en el relato de Charlie Marlow —alter ego de Joseph Conrad que también aparece en su cuento “Juventud” (1902) y en sus novelas Lord Jim (1900) y Azar (1913)— descuella la lúdica ironía y el metafórico sarcasmo ante la presencia, los desfiguros y absurdos de la civilización y de los supuestos civilizados, también destaca su índole onírica e inefable: “Me parece que estoy tratando de contar un sueño..., que estoy haciendo un vano esfuerzo, porque el relato de un sueño no puede transmitir la sensación que produce esa mezcla de absurdo, de sorpresa y aturdimiento en una vibración de rebelión y combate, esa noción de ser capturados por lo increíble que es la misma esencia de los sueños [...] No, es imposible; es imposible comunicar la sensación de vida de una época determinada de la propia existencia, lo que constituye su verdad, su sentido, su sutil y penetrante esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos..., solos.”
En este sentido, inextricable a la íntima soledad y a lo inasible y evanescente de la materia onírica, lo que cobra mayor relevancia es la pesadilla engendrada por la naturaleza predadora, contradictoria, irracional, asesina y antropófaga del género humano. Si el inicial leitmotiv de la aventura era satisfacer un sueño infantil, todo el trayecto, desde el inicio, apenas cruzado el Canal (de la Mancha, se deduce), tiene visos oníricos y de absurda y kafkiana pesadilla, cuyo clímax comienza a corporeizarse cuando el astroso vaporcito que capitanea Marlow, “a unas ocho millas de la Estación de Kurtz” (“cerca de tres horas de navegación”), amanece en medio de una pesadillesca bruma y poco después son atacados por las flechas de una tribu, que más tarde sabrán era la tribu de Kurtz.
        Cuando Marlow por fin arriba a la Estación Central de esa compañía europea que mueve y comercia con elefantiásicas cantidades de marfil, se encuentra con que su vaporcito está hundido en las aguas del río y por ende se aboca a rescatarlo y armarlo durante tres meses; y al unísono se incrementan los fragmentarios ecos de la leyenda que acuña la apología de Kurtz y que sobre todo rumia la horda de europeos que buscan enriquecerse en un tris, ya se trate de los blancos que pululan en la ruta o en el vaporcito o de la caterva de filibusteros que se maquilla y camufla con el sonoro nombre de “Expedición de Exploradores el Dorado”. 
Se dice que Kurtz, además de ser el más ávido acumulador de marfil de la compañía, poseía grandes atributos. “Llegará muy lejos”, le dijo a Marlow el contador (pulcro e impecable como todo un caballero inglés en medio de lo que parece un grotesco, sucio, maloliente, absurdo e inútil bausero): “Pronto será alguien en la administración. Allá arriba, en el Consejo de Europa, sabe usted..., quieren que lo sea.” Y que incluso hizo un informe por encargo de la “Sociedad para la Eliminación de las Costumbres Salvajes”; que a Marlow, que lo leyó y guardó, le parece “demasiado idealista” y “muy simple, y, al final de aquella apelación patética a todos los sentimientos altruistas, llegaba a deslumbrar, luminosa y terrible, como un relámpago en un cielo sereno [¡oh paradójica y radiográfica y retrovisora sentencia!]: ‘¡Exterminen a esas bestias!’”.
Pero cuando Marlow llega a la Estación Central ya repta y corre el rumor de que Kurtz está enfermo (quizá loco) y se ha convertido en algo anómalo para la compañía (se advierten catastróficas pérdidas) y por ende el director, a bordo del vaporcito, está empeñado en ir por él río arriba y descarrilarlo de su Estación, zona que ha convertido en coto personal. 
Paulatina y fragmentariamente, el relato de Marlow lo coloca en el lado opuesto del comportamiento del director y de la peste de blancos armados que infesta el vaporcito, e incluso contrario al tétrico delirio orquestado por Kurtz en su pequeño reino tribal, no obstante la tolerancia y la relativa complicidad con que lo llega a tratar durante su período convaleciente y terminal en el trayecto de regreso a bordo del vaporcito —muere en la travesía y le deja a Marlow un atado de cartas y papeles que implican que, pese a representar a un reyezuelo troglodita sin escrúpulos, no dejó de mirar a Europa ni rompió sus vínculos europeos (quizá para invertir y gastar su fortuna), más la foto de una fémina cuyo destino es la quintaesencia, el non plus ultra del melodrama romanticista—.
En el meollo de lo siniestro y oscuro de la personalidad de Kurtz, que de algún tácito modo logró persuadir y hechizar a una sanguinaria tribu de aborígenes que lo idolatra como si fuera un dios o un rey (un diminuto Leopoldo II que usa el terror, la tortura y el asesinato con tal de robar y saquear todo el marfil que pueda), destaca el hecho de que moribundo, sin asomo de culpa y muy razonable, añora el egocéntrico orbe que deja (“Mi prometida, mi Estación, mi carrera, mis ideas”).
Uno de los enigmáticos y reveladores pasajes de El corazón de las tinieblas es el episodio donde Marlow relata el acercamiento del vaporcito a la Estación de Kurtz y lo ve por primera vez, calvo y delgadísimo, casi la fantasmagórica imagen de la Muerte dirigiendo su danza macabra; Marlow, acompañado por el joven ruso vestido con harapos como de arlequín (fiel devoto de Kurtz), observa con sus prismáticos las cabezas humanas empaladas que preceden la desvencijada casa:
       “...No se veía un alma viviente en la orilla, los matorrales no se movían.
“De pronto, tras una esquina de la casa apareció un grupo de hombres, como si hubiera brotado de la tierra. Avanzaba en una masa compacta, con la hierba hasta la cintura, llevando en medio unas parihuelas improvisadas. Instantáneamente, en aquel paisaje vacío, se elevó un grito cuya estridencia atravesó el aire tranquilo como una flecha aguda que volara directamente del corazón mismo de la tierra, y, como por encanto, corrientes de seres humanos, de seres humanos desnudos, con lanzas en las manos, con arcos y escudos, con miradas y movimientos salvajes, irrumpieron en la Estación, vomitados por el bosque tenebroso y plácido. Los arbustos se movieron, la hierba se sacudió por unos momentos, luego todo quedó tranquilo, en una tensa inmovilidad.
“‘Si ahora no les dice lo que debe decirles, estamos todos perdidos’, dijo el ruso a mis espaldas. El grupo de hombres con las parihuelas se había detenido a medio camino, como petrificado. Vi que el hombre de la camilla se semiincorporaba, delgado, con un brazo en alto, apoyado en los hombros de los camilleros. ‘Esperemos que el hombre que sabe hablar tan bien del amor en general encuentre alguna razón particular para salvarnos esta vez’, dije.
“Presentía amargamente el absurdo peligro de nuestra situación, como si el estar a la merced de aquel atroz fantasma constituyera una necesidad deshonrosa. No podía oír ningún sonido, pero a través de los gemelos vi el brazo delgado extendido imperativamente, la mandíbula inferior en movimiento, los ojos de aquella aparición que brillaban sombríos a lo lejos, en su cabeza huesuda, que oscilaba con grotescas sacudidas. Kurtz..., Kurtz, eso significa pequeño en alemán, ¿no es cierto? Bueno, el nombre era tan cierto como todo lo demás en su vida y en su muerte. Parecía tener por lo menos siete pies de estatura. La manta que lo cubría cayó y su cuerpo surgió lastimoso y descarnado como de una mortaja. Podía ver la caja torácica, con las costillas bien marcadas. Era como si una imagen animada de la muerte, tallada en viejo marfil, hubiese agitado la mano amenazadoramente ante una multitud inmóvil de hombres hechos de oscuro y brillante bronce. Lo vi abrir la boca; lo que le dio un aspecto indeciblemente voraz, como si hubiera querido devorar todo el aire, toda la tierra, y todos los hombres que tenía ante sí. Una voz profunda llegó débilmente hasta el barco. Debía de haber gritado. Repentinamente cayó hacia atrás. La camilla osciló cuando los camilleros caminaron de nuevo hacia adelante, y al mismo tiempo observé que la multitud de salvajes se desvanecía con movimientos del todo imperceptibles, como si el bosque que había arrojado súbitamente aquellos seres se los hubiera tragado de nuevo, como el aliento es traído en una prolongada aspiración.”


Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas. Prólogo y traducción del inglés al español de Sergio Pitol. Serie Sergio Pitol Traductor (7), Universidad Veracruzana. Xalapa, 2008. 146 pp.

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El sueño del celta



Qué niños son ésos sin primavera

Impresa en “septiembre de 2010”, El sueño del celta (Alfaguara, 2010), la última novela del peruano-español Mario Vargas Llosa (Arequipa, marzo 28 de 1936), comenzó a circular en el contexto mediático y global del anuncio y la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura 2010. “Hay cosas más importantes que el Nobel”, dijo. “Mi familia”. No extraña, entonces, que El sueño del celta esté dedicada a sus tres hijos: “Álvaro, Gonzalo y Morgana”, y a sus seis nietos: “Josefina, Leandro, Ariadna, Aitana, Isabella y Anaís”. Y que haya viajado a Estocolmo con toda su familia para el martes 7 de diciembre en la Academia Sueca leer su discurso de recepción (“Elogio de la lectura y la ficción”) —y que se le haya quebrado la voz y llorado al mencionar a Patricia Llosa, su prima hermana y su segunda esposa desde hacía 45 años, el eje afectivo de su propia prole, de él mismo y de su continua creatividad—, y para el viernes 10 de diciembre recibir, en la Sala de Conciertos y de manos de don Carlos Gustavo, Rey de Suecia, el diploma y la medalla de oro con el perfil de Alfred Nobel, y los diez millones de coronas suecas depositados en su cuenta bancaria (quizá en euros o en dólares).
Mario Vargas Llosa y su nieta Anaís rumbo a Estocolmo 
      El sueño del celta comprende quince capítulos articulados en tres partes: “El Congo”, “La Amazonía” e “Irlanda”. Más un “Epílogo” firmado por el autor en “Madrid, 19 de abril de 2010”; y dos páginas de “Reconocimientos” en torno a las personas, viajes, bibliotecas y acervos documentales que incidieron en su investigación para construir y armar la verdad de las mentiras que da sustento a su caudalosa novela, cuya trama urde de manera inextricable y magistral los datos históricos y reales con la conjetura y la imaginación.
Roger Casement poco antes de ser ejecutado en la horca el
3 de agosto de 1916 en la cárcel de Pentonville, en Londres
      En el “Epílogo” refiere la póstuma y tardía vindicación de la memoria del irlandés Roger Casement, el protagonista de su novela (ejecutado en la horca el 3 de agosto de 1916 en la cárcel de Pentonville, en Londres), pues “Tardó buen tiempo en ser admitido en el panteón de los héroes de la independencia de Irlanda”: “En 1965, el Gobierno inglés de Harold Wilson permitió por fin que los huesos de Casement fueran repatriados. Llegaron a Irlanda en un avión militar y recibieron homenajes públicos el 23 de febrero de ese año. Estuvieron expuestos cuatro días en una capilla ardiente de la Garrison Church of the Saved Herat como los de un héroe. Una concurrencia multitudinaria calculada en varios cientos de miles de personas desfiló por ella a presentarle sus respetos. Hubo un cortejo militar hacia la Pro-Catedral y se le rindieron honores militares frente al histórico edificio de Correos, cuartel general del Alzamiento de 1916, antes de llevar su ataúd al cementerio de Glasnevin, donde fue enterrado en una mañana lluviosa y gris. Para pronunciar el discurso de homenaje, don Éamon de Valera, el primer presidente de Irlanda, combatiente destacado de la insurrección de 1916 y amigo de Roger Casement, se levantó de su lecho agonizante y dijo esas palabras emotivas con que se suele despedir a los grandes hombres.”
El sueño del celta, la novela de Mario Vargas Llosa, también es una vindicación de la memoria y del legado de Roger Casement (pero no una beatificación marmórea) y de su itinerario aventurero, legendario y novelesco, y al unísono un artilugio narrativo que reconstruye e imagina los entornos humanos, geográficos, sociales y políticos, y los entresijos, duplicidades y contradicciones en su tarea humanitaria, anticolonialista y defensora de las vidas y derechos de los nativos en dos ámbitos distintos donde se extrae el caucho: en el Congo bajo el torturador y exterminador yugo de Leopoldo II, Rey de Bélgica y dueño del Estado Libre del Congo entre 1885 y 1909; y en la Amazonía peruana sometida, entre 1897 y 1913, al sanguinario abuso, tortura y masacre de una compañía británica que desde Londres acaudilla, con múltiples hilos de corrupción y deshumanización, el cacique peruano Julio César Arana. Y por último, su papel (humanitario, nacionalista, conspirativo y obnubilado) para incidir en la lucha armada por la independencia cultural y política de Irlanda. Todo urdido entre las peculiaridades y antagonismos de su persona y personalidad, como es su origen familiar (anglicano por el lado paterno y católico por el materno); las amistades que cultiva y con quienes dialoga; su doble vida de cónsul inglés al servicio de los intereses de la Corona y acérrimo activista proirlandés y antibritánico; las zonas oscuras y fantasiosas de su índole homosexual (reflejadas en sus diarios) que no implicaron la correspondida vivencia de una relación amorosa; las enfermedades que van minando su salud; y las reflexiones en torno al Alzamiento, a sus amigos, a su madre, a Dios, a la fe católica y al miedo a la muerte. 
El sueño del celta traza un círculo a través de una estructura narrativa recurrente en la obra de Mario Vargas Llosa, cuyo seminal modelo parte de William Faulkner, en particular de Las palmeras salvajes (1939) —donde se narran dos historias paralelas (“Palmeras salvajes” y “El Viejo”)—, la primera novela que el joven Mario leyó de él, leída por primera vez en la legendaria traducción de Borges (Sudamericana, 1944), luego fue leyendo las demás durante sus años universitarios, lo que le “hizo sentir la urgencia de aprender inglés para poder leer sus libros en su lengua original”, dice en sus memorias El pez en el agua (Seix Barral, 1993). Así, en El sueño del celta, de un modo alterno y entreverado, oscilando del presente al pasado y viceversa, la omnisciente y ubicua voz narrativa cuenta dos historias que son la misma historia. Es decir, en la serie de capítulos impares (I, III, V, VII, IX, XI, XIII y XV) se relatan los últimos días de Roger Casement en la prisión de Pentonville (fue detenido el Viernes Santo 21 de abril de 1916, día que desembarcó en Tralee Bay, y sentenciado a la pena capital a fines de junio) hasta el susodicho día que fue ahorcado “por alta traición” a Gran Bretaña (había sido cónsul inglés, condecorado y hecho noble por sus trascendentales servicios a la monarquía de George V: el Informe del Congo y el Informe del Putumayo. Mientras que en los capítulos pares (II, IV, VI, VIII, X, XII y XIV) la omnisciente y ubicua voz narrativa cuenta los pormenores de la biografía de Roger Casement, desde su “nacimiento, el 1 de septiembre de 1864, en Doyle’s Cottage, Lawson Terrace, en el suburbio Sandycove de Dublín”, hasta los episodios de sus conflictivos y desoladores dieciocho meses en una Alemania inmersa en la Gran Guerra que diezma y destruye a Europa, donde trata de formar la independentista Brigada Irlandesa entre los dos mil doscientos presos irlandeses recluidos en el campo de Limburg, pero por el hecho de que son militares reclutados por el ejército inglés y prisioneros de un enemigo de Gran Bretaña que mató y gaseó a sus compañeros en las trincheras de Bélgica, sólo logra agrupar a cincuenta y tres brigadistas, despreciados y marginados en el campo de Zossen. Pero también negocia que el país del Káiser, que primero admira y luego odia, facilite armas y municiones para las organizaciones clandestinas (y no) que planean un levantamiento armado en Irlanda que, piensa, sólo tendría éxito, liberándola, si Alemania al unísono guerrea con ellos contra el Imperio británico; cuyo punto culminante se dispara cuando en un hospital de Baviera le informan que el inminente Alzamiento de Semana Santa se llevará a cabo, pese a su oposición, y por ende se embarca en un submarino alemán U-19 que los deja (a él, al capitán Robert Monteith y al sargento Daniel Julian Bailey) en las inmediaciones de Tralee Bay (donde Roger Casement, en las ruinas del MacKenna’s Fort, fue detenido el susodicho Viernes Santo 21 de abril de 1916), mientras los “veinte mil rifles, diez ametralladoras y cinco millones de municiones” llegaron al mismo tiempo en un buque camuflado con bandera noruega, pero nadie estuvo allí para recogerlas y distribuirlas.
Roger Casement viajó al Congo siendo un jovenzuelo de veinte años que creía en el supuesto papel civilizador de los colonizadores. Y allí, durante casi dos décadas deambulando en el pesadillesco y terrorífico corazón de las tinieblas de la extracción del caucho, conoció a fondo el genocida y deshumanizado rostro del predador poder que impera y expolia a los aborígenes colonizados (“no hay peor fiera sanguinaria que el ser humano”), y por reflejo y contraste allí descubrió su entrañable e inequívoca identidad irlandesa, el germen del “sueño del celta”: una Irlanda libre, autónoma, culta e independiente del Imperio británico. 
En Iquitos y en el Putumayo peruano, donde la esclavitud dizque está abolida desde 1854, al observar y meditar en torno a los abusos, injusticias, torturas, explotación y exterminio de los indios, y en torno a la fobia y el miedo que les impide enfrentarse a los armados hombres que los cazan, someten, esclavizan, manipulan, flagelan, torturan y asesinan, colige que la rebelión armada es la única vía para que Irlanda se libere e independice de Gran Bretaña y por ende se propone destinar a ello todo su trabajo y todas sus fuerzas.  
Roger Casement
(1864-1916)
Obviamente el heroico y patriótico “Sueño del celta” —que también es el título de “un largo poema épico” “sobre el pasado mítico de Irlanda” que escribió “en septiembre de 1906” (con su duplicidad de cónsul inglés y activista antibritánico)— sólo se quedó en un atisbo en ciernes; pero sin embargo vivió unos instantes de gloria, simbólicos y seminales, sin duda. “No había errado pensado que era una equivocación alzarse en armas sin una acción militar alemana simultánea [reflexiona en su celda de Pentonville], pero no se alegraba por ello. Hubiera preferido equivocarse. Y haber estado allí, con esos insensatos, el centenar de Voluntarios que en la madrugada del 24 de abril capturaron la Oficina de Correos de Sackville Street, [...] oír a Patrick Pearse leyendo el manifiesto que proclamaba la República. Aunque sólo por un brevísimo paréntesis de siete días, el ‘sueño del celta’ se hizo realidad: Irlanda emancipada del ocupante británico, fue una nación independiente.” 
Vislumbre onírico, evanescente y exultante que Alice Stopford Green, su amiga y mentora, también bosqueja en la última visita que le hace en la prisión de Pentonville: “Por unas horas, por unos días, toda una semana, Irlanda fue un país libre, querido [...] Una República independiente y soberana, con un presidente y un Gobierno Provisional [...] Patrick Pearse salió de la Oficina de Correos y, desde las gradas de la explanada, leyó la Declaración de Independencia y la creación del Gobierno Constitucional de la República de Irlanda, firmada por los siete.” [...] “mientras Pearse leía la Declaración de Independencia, muchas banderas republicanas irlandesas se habían izado en los techos de la Oficina de Correos, del Liberty Hall y, luego, vio las fotos de los edificios ocupados por los rebeldes de Dublín como el Hotel Metropole y el Hotel Imperial con banderas que el viento remecía en las ventanas y parapetos, había sentido que se le cerraba la garganta. Aquello tenía que haber provocado una felicidad ilimitada en quienes lo vieron […]”
Hubo en ello, al parecer, un claro afán de sacrificio, de convertirse en mártires de una rebelión armada que sabían perdida de antemano, y en consecuencia en simientes de una piedra angular y fundacional que debía multiplicarse, según le hizo ver a Roger Casement el joven Joseph Plunkett, delegado de los Voluntarios y del Irish Republican Brotherhood, quien lo visitó en Berlín, en abril de 1915, para insistirle en el envío de las armas y municiones y en la participación de Alemania en el ataque. “Hay algo que usted no ha entendido, me parece [le dijo a Roger]. No se trata de ganar. Claro que vamos a perder esa batalla. Se trata de durar. De resistir. Días, semanas. Y de morir de tal manera que nuestra muerte y nuestra sangre multipliquen el patriotismo de los irlandeses hasta volverlo una fuerza irresistible. Se trata de que, por cada uno de los que muramos, nazcan cien revolucionarios. ¿No ocurrió así con el cristianismo?”.


Mario Vargas Llosa, El sueño del celta. Alfaguara. México, septiembre de 2010. 504 pp.




lunes, 7 de noviembre de 2016

Adiós, muñeca



Tenía el corazón tan grande 
como las caderas de Mae West

Con traducción del inglés al español de César Aira y Juan Manuel Ibeas y con dispersas erratas —por ejemplo en la página 283 el apellido del entonces popular Philo Vance, el detective privado creado en 1920 por S.S. Van Dine, pseudónimo del novelista y crítico de arte Willard Huntington Wright (1888-1939), figura como “Vanee”—, la presente edición de Adiós, muñeca (1940) impresa en México por Debolsillo en mayo de 2014 —quizá la novela negra más célebre del norteamericano Raymond Chandler (1888-1959)—, incluye, en la postrera sección “Extra”, “los tres relatos pulp, publicados en las revistas Black Mask y Dime Detective, que Chandler canibalizó para escribir la novela: ‘El hombre que amaba a los perros’ (1936), ‘Busquen a la chicha’ (1937) y ‘El jade del mandarín’ (1937)”. En este sentido, la previa lectura de los tres cuentos permite observar y comparar las anécdotas, las frases, los nombres y las características de los personajes que el autor transcribió, reescribió o varió en la urdiembre de su novela Adiós, muñeca (adaptada al cine en una homónima película de 1975 dirigida por Dick Richards y con Robert Mitchum en el papel de Philip Marlowe). Sin embargo, el rasgo más relevante y trascendente es la segunda aparición del detective privado Philip Marlowe, protagonista de El sueño eterno (1939), su primera novela ubicada en Hollywood y en Los Ángeles, California, pues aunque son casi idénticos y los ámbitos geográficos y políticos son los mismos, el detective privado de “El jade del mandarín” se llama John Dalmas, y el detective privado de “El hombre que amaba a los perros” y de “Busquen a la chica” se apellida Carmady, quien también es protagonista en “El telón” (1936), cuento que, junto a “Asesino bajo la lluvia” (1935) —en éste el detective sin nombre podría ser John Dalmas—, son “los dos relatos pulp, publicados en la revista Black Mask, que Chandler canibalizó para escribir” su citada novela El sueño eterno.
(Debolsillo, México, junio de 2014)
  Narrada en primera persona y repleta de lúdica ironía y burlona mordacidad, Adiós, muñeca comprende 41 capítulos numerados y se sucede en unos cuantos días de 1939 o de 1940. Esto se colige cuando Philip Marlowe, al indagar la identidad del otrora dueño del Florian’s, “un antro de negros” ubicado en la mezclada Central Avenue de Los Ángeles, el negro recepcionista del hotel Sans Souci, “un hotel de negros”, le informa que Mike Florian era el dueño del Florian’s cuando era un antro de blancos, el cual murió en 1934 o en 1935. Y cuando ese mismo día Marlowe visita a la astrosa y alcohólica viuda Jessie Florian, ésta le vocifera que “Hace cinco años que Mike está muerto”.

     Todo inicia el caluroso jueves 30 de marzo, cuando Philip Marlowe se halla en la Central Avenue tratando de encontrar a Dimitrios Aleidis, un peluquero que abandonó a su esposa. Desde la puerta de la peluquería ve que un hombretón de llamativa vestimenta y de casi dos metros (“una tarántula en la papilla de un bebé”) observa el anuncio de neón del Florian’s (“como un saludable inmigrante viendo por primera vez la estatua de la Libertad”). Luego de que el gigantón entra por la puerta que da a la escalera, sale expulsado en volandas un atildado joven negro que aterriza en la calle; Marlowe, al asomarse, es llevado al piso superior por una manaza del enorme fortachón, cuya súbita presencia suscita el silencio de los negros parroquianos y luego su silenciosa y fantasmal salida del cubil tras la bronca que se desata cuando el negro vigilante le dice que se vaya: “No es para blancos, hermano. Sólo para gente de color. Lo siento.” Pero el hombretón lo que quiere es que le digan ipso facto “dónde está Velma”. Una pelirroja que cantaba allí cuando el antro era de blancos y que iba a casarse con él cuando lo pusieron tras las rejas. Según le dice a Marlowe, él es Moose Malloy y pasó ocho años en la cárcel por “El asunto del banco de Great Bend. Cuatro grandes. Yo solo.” Obnubilado y fúrico en su imperioso reclamo, entra a “la oficina del señor Montgomery”, el jefe del Florian’s, quien no tarda en morir por una bala salida del revólver “Colt del ejército, calibre 45” que Moose Malloy lleva en la mano cuando sale de la oficina de Montgomery y huye antes de que llegue la policía. El caso le toca a Nulty, un teniente detective de la división de la calle Setenta y siete, ante quien declara Marlowe. Por tratarse de otro asesinato de un negro, Nulty preconiza la negligencia racista y la abulia e inoperancia que lo caracteriza. Y por una apuesta casi de honor ante éste, Philip Marlowe se propone hallar a la pelirroja que busca Moose Malloy, porque supone que ella lo llevará a éste.
Raymond Chandler en los estudios de la Paramount (1943)
Foto: Ralph Crane
  Ese mismo jueves 30 de marzo, Marlowe, cuya diminuta y no muy pulcra oficina se halla en el “615 edificio Cahuenga” en Hollywood Boulevard, recibe una llamada telefónica de un tal Lindsay Marriott, quien lo cita a las 19 horas en su casa de “la calle Cabrillo 4212, Montemar Vista”, privilegiada zona en Bay City. La oscura índole del trabajo se la explica hasta que Marlowe está allí. Por cien dólares (que Marriott le da por adelantado), Marlowe debe acompañarlo sin un arma a un punto cercano (que será fijado con una llamada telefónica que llega pasadas las 22 horas) para pagar ocho mil dólares por el rescate de un valioso collar de jade Fei Tsui (valuado entre 80 y 90 mil dólares) robado, por una banda, a una dama cuya identidad se reserva. El sitio elegido, no muy lejos de Montemar Vista, es en los bajos del cañón de la Purissima, donde huele a mar y se observan en lo alto de un acantilado las luces del Club de Playa Belvedere. En los instantes en que Marlowe busca la presencia de los ladrones que recibirán el pago, alguien lo golea en la nuca con una porra y queda inconsciente. Cuando recupera el sentido, no tiene el sobre amarillo con los ocho mil dólares, pero aún porta su pistola y su cartera con los cien dólares y el fúnebre auto de Marriott ha desaparecido. Casi de inmediato se acerca, con las luces apagadas, un minúsculo cupé del que desciende una chica empuñando un arma pequeña (“parecía un pequeño Colt automático, de bolsillo”). En el ríspido diálogo que entablan, Philip Marlowe le dice que es detective privado, que lo acaban de golpear; y entre ambos descubren el cuerpo muerto de Lindsay Marriott “con el cerebro por toda la cara”.

En la oficina del capitán del cuartel de policía de Los Ángeles Oeste, Philip Marlowe le da un testimonio parcial a Randall (no le revela la presencia de la joven en la escena del crimen), detective “de la patrulla central de homicidios de Los Ángeles” que investigará el asesinato de Lindsay Marriott y lo que concierne al presunto robo del collar de jade y de los ocho mil dólares y le pide a Marlowe que se mantenga distante de las pesquisas de la policía. 
Al parecer, el asesinato de Lindsay Marriott y la identidad de Velma Valento, la escurridiza pelirroja que busca el ex convicto y asesino Moose Malloy, no tienen nada que ver entre sí. Y así lo parece durante buena parte de la intriga y del suspense de la novela, salpimentada por recurrentes engaños al lector, pistas falsas y giros sorpresivos, y por las escenas de aventura y violencia que confronta Philip Marlowe, ya cuando el viernes 31 de marzo es goleado y vejado en la residencia de Jules Amthor, un estafador, supuesto “consultor psíquico” de clienta adinerada, cuya modernista casona de lujo parece salida de una película de Alejandro Jodorowsky (más aún en la versión de “El jade del mandarín”). Y cuando de allí es sacado a la fuerza por dos duros policías de Bay City (el detective Galbraith y el capitán Blane), quienes lo dejan, inconsciente por otro sorpresivo golpe de porra en la cabeza, en una aparente clínica privada de desintoxicación alcohólica (también en Bay City) que dirige un tal doctor Sonderborg (quizá traficante al menudeo de fármacos y marihuana), donde permanece secuestrado, drogado y alucinando alrededor de 48 horas, y de la cual logra salir la noche del domingo 2 de abril gracias a la astucia con que somete y noquea al supuesto enfermero y custodio, no sin antes observar que allí está escondido, como tranquilo huésped, Moose Malloy.  
Contraportada
  En el decurso de la novela y de la indagación en torno al asesinato de Lindsay Marriott, Anne Riordan, la chica que apareció en la escena del asesinato de éste, trata de involucrarse, como auxiliar, en el trabajo de Philip Marlowe (proclive al trago) e incluso investiga y le brinda pistas y le consigue una entrevista —con vías para que lo contrate— con la dueña del collar de jade: la señora Grayle, una atractiva y elegante rubia treintañera, casada desde hace cinco años con Lewin Lockridge Grayle, un anciano acaudalado que tolera sus infidelidades y su inclinación por el whisky y sus salidas nocturnas, quien era dueño de la emisora de radio KFDK, en Beverly Hills, donde se conocieron, y donde Lindsay Marriott era locutor y por ende era amigo de la señora Grayle. No obstante, según le revela al detective, Marriott “era un chantajista de clase”, “vivía de las mujeres”.  

Jessie Florian y Philip Marlowe
(Sylvia Miles y Robert Mitchum)
Fotograma de Adiós, muñeca (1975)
       El lunes 3 de abril, el detective Randall visita a Philip Marlowe en su departamento y ambos descubren que la viuda Jessie Florian, cuya andrajosa y sucia casa estaba sobrevaluada con un crédito impagado a Lindsay Marriott, fue asesinada en la recámara de su casa por Moose Malloy la noche del domingo. Y pese a que Randall le vuelve a repetir a Marlowe que no se meta en los asuntos de la policía, su olfato, las omisiones y los fragmentos de datos obtenidos de Randall, de John Wax, jefe de la policía de Bay City (donde prolifera la corrupción), y del detective Galbraith, lo inducen a introducirse en el Montecito, uno de los dos casinos flotantes (un par de barcos ubicados más allá de la jurisdicción territorial de Bay City y con bandera panameña), cuyo dueño, el rico y mafioso tahúr Laird Brunette, también es propietario del Club de Playa Belvedere, y de quien se dice “puso treinta mil para la elección del alcalde” y dizque es quien manda en Bay City. Su primer intento, a través de un taxi acuático, fracasa porque el matón que lo cachea en la entrada del casino flotante descubre su pistola. En las inmediaciones del embarcadero, Red Norgaard, un hombretón pelirrojo y bonachón, que dice ser ex policía, le ofrece llevarlo a hurtadillas e indicarle cómo entrar al Montecito de manera clandestina. Por 25 dólares lo hace. Y ya abordo y luego de sortear la tensión de los vigilantes armados, Marlowe habla con Laird Brunette. Éste no le niega ni le afirma la presencia de Moose Malloy, pero promete entregarle la nota que Marlowe le deja en una de sus tarjetas, que, se infiere, alude a Velma Valente, a quien la vieja Jessie Florian creía muerta en Dalhart, Texas, por “un resfriado que se le fue a los pulmones”, pero de quien guardaba en un baúl, dentro de un sobre especial, una foto donde se observa a una atractiva cabaretera disfrazada “de Pierrot de la cintura para arriba”, y de la cintura para abajo “sólo piernas, y piernas muy bien formadas”.

       
El detective Philip Marlowe
(Robert Mitchum)
Fotograma de Adiós, muñeca (1975)
       Ya en su departamento, cerca de las 22 horas de ese mismo lunes 3 de abril, Marlowe llama al número telefónico de la señora Grayle en su mansión de Bay City (con quien bebió whisky escocés y tuvo un erótico agasajo el viernes 31 de marzo que lo contrató para dizque dar con el collar de jade y por ende con la banda de ladrones de joyas). Antes de que la señora Grayle llegue, abre la puerta del edificio y la puerta de su departamento, se baña, se pone el pijama, se acuesta, se duerme y sueña. Y quien lo despierta no es la fémina, sino Moose Malloy empuñando el revólver Colt calibre 45; pero entablan un diálogo con visos de completar lo que le escribió en la nota que le dejó en el 
Montecito. La conversación es interrumpida por la llegada de la señora Grayle, quien habla con Marlowe mientras Malloy escucha oculto en el vestidor.
Raymond Chandler
        Vale decir que, a imagen y semejanza del buen detective de factura novelesca y fílmica, es por el olfato de sabueso de Philip Marlowe y por su inextricable inteligencia deductiva y capacidad para raciocinar en silencio y en voz alta, por lo que logra atar los cabos e inferir los entresijos del meollo de la intriga y servir los delitos en bandeja de plata (pinchos delicatessen para saciar al lector y a la seducida Anne Riordan), pese a ciertos hilos sueltos y a que el crimen que ocurre en su departamento no sea premeditado y se le escape de las manos. Al unísono de todo el embrollo, la trama se mueve en un contexto social, político, atávico y prejuicioso donde impera la discriminación y el sometimiento de la raza negra, la supremacía de los blancos, la minusvalía del mexicano, la corrupción policíaca y de la autoridad pública, y el poder de la clase alta y de los adinerados para incidir en las decisiones políticas y en la administración de la justicia.





Raymond Chandler, Adiós, muñeca. Seguida de los cuentos “El hombre que amaba a los perros”, “Busquen a la chica” y “El jade del mandarín”. Traducción del inglés al español de César Aira y Juan Manuel Ibeas. Serie Contemporánea, Debolsillo/Random House. México, junio de 2014. 472 pp.