lunes, 28 de marzo de 2016

Historia de Mayta


                        
 Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

Historia de Mayta
(Seix Barral, México, 1985)
Historia de Mayta, novela de Mario Vargas Llosa —Premio Nobel de Literatura 2010—, apareció por primera vez en Barcelona, en octubre de 1984, editada en la serie Biblioteca Breve de la Editorial Seix Barral; y su primera reimpresión mexicana se tiró en enero de 1985. Se trata de una obra crítica, revulsiva, polémica, polifónica, a veces bufa, magistral, repleta de suspense, en la que el propio autor actúa corporificado en un alter ego que al unísono es él y no es él, lo cual marca la tónica de la urdimbre novelística cuyo modus operandi en un pasaje explica así: “Porque soy realista, en mis novelas trato de mentir con conocimiento de causa [...] Es mi método de trabajo. Y, creo, la única manera de escribir historias a partir de la historia con mayúsculas.”
El alter ego de Mario Vargas Llosa (Arequipa, marzo 28 de 1936), un célebre narrador que tiene su casa en Barranco (al igual que el de carne y hueso), una privilegiada zona de Lima desde donde se otea el mar (y ciertos pestíferos basurales), durante 1983 realiza una serie de andanzas, viajes e investigaciones con el fin de escribir una novela en torno a una serie de hechos ocurridos 25 años antes, en 1958, en Lima y en los pueblitos de Jauja y Quero y en el entorno de la andina quebrada de Huayjaco, donde un grupo de insurrectos (cuatro adultos y siete adolescentes) intentaron iniciar (y por ende desencadenar) nada menos que la histórica primera revolución comunista en el Perú y en América Latina. 
En este sentido, Historia de Mayta oscila, principalmente, entre dos ámbitos temporales (en un mismo párrafo suele ir y venir entre uno y otro). Uno: 1958, desde la militancia izquierdista de Mayta, ya cuarentón, quien no obstante su soterrada homosexualidad y sus pies planos, fue un activo miembro del POR(T), el rimbombante, machista, marginal y clandestino Partido Obrero Revolucionario Trotskista (con sólo siete elementos), escindido del POR (que nunca rebasó los veinte socios), hasta su persecución y detención policíaca (en la que descuella el cabo Lituma, por ser un personaje recurrente en la obra de Vargas Llosa) y su encarcelamiento. El otro: 1983, en un hipotético, miserable, conflictivo y violento Perú donde mal gobierna una Junta de generales dizque de “Restauración Nacional”, quienes, dados los múltiples problemas y las débiles condiciones de las fuerzas armadas del país, se ven impelidos a imponer el toque de queda y a solicitar y recibir del “gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica el envío de tropas de apoyo y material logístico para repeler la invasión comunista ruso-cubano-boliviana”. Así, en medio de la pobreza extrema, del desorden social, de los latrocinios, de la inseguridad, de los bombazos, de los crímenes y asesinatos, ya de la guerrilla, de los terroristas (ídem Sendero Luminoso) , de los escuadrones de la libertad, del fuero común, de los policías, de los marines gringos y de la internacionalizada guerra, el alter ego de Mario Vargas Llosa entrevista a una serie de personas que conocieron a Mayta y a testigos que estuvieron involucrados en el incipiente levantamiento; incluso logra entrevistar al propio Mayta, ex preso en varias cárceles y ahora empleado en una heladería del barrio de Miraflores.
Con su cáustico, documentado, detallista y analítico ojo omnisciente y ubicuo, no exento de humor negro, el autor, al novelizar el subterráneo entramado de la atomizada izquierda clandestina y sobre una patética intentona de guerrilla que en el Perú de los años 50 aspira a crear una sociedad comunista (a imagen y semejanza de los movimientos guerrilleros que en Latinoamérica históricamente se vieron inspirados e influidos por el proceso y triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959, que Vargas Llosa apoyó hasta el “5 de abril de 1971”, día de su renuncia al Comité de la revista cubana Casa de las Américas) y sobre los crímenes, las contradicciones internas y la cruenta beligerancia e inestabilidad social que conlleva la clandestina lucha civil con las armas a principios de los años 80 del siglo XX (que aún era la época de la Guerra Fría y del apoyo de la Unión Soviética a Cuba, a los partidos comunistas del mundo y a varias guerrillas diseminadas en el orbe), articula una crítica y su descrédito de que la violencia armada, no sólo la supuestamente revolucionaria, sea un medio para edificar una sociedad nueva donde impere la justicia, la libertad, la democracia y paulatinamente se borren las iniquidades económicas, sociales y culturales.
Mario Vargas Llosa
En su novelística estratagema de decir mentiras para decir verdades, Mario Vargas Llosa utilizó numerosos hechos, datos y nombres extirpados de la historia y de la geografía del Perú y de la vida real, como son los casos del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana, partido fundado en 1924 por su apóstol Raúl Haya de la Torre) y de los periodos presidenciales de Manuel Pardo y Ugarteche (1956-1962) y Manuel Arturo Odría (1948-1956) —general que arribó al poder con un golpe militar que derrocó al presidente Luis Bustamante y Rivero (1945-1948), tío de Mario Vargas Llosa. En este sentido, llama la atención que en el virulento e hipotético 1983 de la novela no gobierne Fernando Belaunde Terry, quien en la vida real estaba en medio de su segundo mandato presidencial (1980-1985) —el primero se sucedió entre 1963 y 1968—, sino los militares de la susodicha Junta de Restauración Nacional, nombre que parafrasea el nombre del Gobierno de Reconstrucción Nacional adoptado por los guerrilleros del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional) después de que el 17 de julio de 1979 el dictador Anastasio Somoza Debayle abandonó Nicaragua. Como se sabe, Belaunde sería aliado de Vargas Llosa cuando éste, entre octubre de 1987 y junio de 1990, fue candidato a la presidencia del Perú por el Frente Democrático, que para tal fin, principalmente, alió al Movimiento Libertad (creado ex profeso por el escritor y un grupo de amigos) a Acción Popular —partido fundado por Belaunde el 7 de julio de 1956 y dirigido por él—, y al Partido Popular Cristiano, liderado por Luis Bedoya Reyes. 
        ¿Pero por qué en Historia de Mayta no figura en la presidencia Fernando Belaunde Terry, si, por ejemplo, Zenón Gonzales, uno de los cuatro adultos conjurados en la insurrección iniciada en la cárcel de Jauja, en 1958, quien entonces estaba preso allí, en 1983 “dirige todavía la Cooperativa de Uchubamba, propietaria de la Hacienda Aína desde la Reforma Agraria de 1971, y pertenece al Partido Acción Popular del que ha sido dirigente en toda la zona”? Sin omitir que en 1982 el “Congreso de la República del Perú le había otorgado la ‘Medalla de Honor del Congreso’ por el conjunto de su obra”, y que Belaunde había apelado a su autoridad moral al nombrarlo, “el 2 de febrero de 1983”, presidente de la Comisión Investigadora de los Sucesos de Uchuraccay (el asesinato de ocho periodistas, más el guía y un comunero uchuraccaíno, ocurrido el 23 de enero de 1983 en tal comunidad), la respuesta parece entreverse en un artículo laudatorio que el narrador escribió y publicó después de la muerte de Belaunde sucedida el 4 de junio de 2002, el cual está compilado en su Diccionario del amante de América Latina (Paidós, Barcelona, 2006); pero sobre todo en su libro de memorias El pez en el agua (Seix Barral, Barcelona, 1993), no sólo porque declara: “Yo había votado por Belaunde todas las veces que fue candidato”; sino más que nada porque, según dice, “a mediados de su segundo gobierno, una noche de un modo intempestivo, Belaunde me hizo llamar a Palacio”. El meollo: las elecciones de 1985 estaban cerca y ante los visos de que el APRA y Alan García las podían ganar (cosa que ocurrió), esto podía evitarse si el escritor aceptaba ser el candidato de AP y del PPC. “Aquel proyecto de Belaunde no prosperó [apunta el memorioso], en parte por mi propio desinterés, pero también porque no encontró eco alguno en Acción Popular ni en el Partido Popular Cristiano, que querían presentarse a las elecciones de 1985 con candidatos propios.” 
Ernesto Cardenal regañado por el Papa Juan Pablo II
Aeropuerto Augusto César Sandio
Managua, marzo 4 de 1983
Mas cuando se trata de argüir en contra de un contrincante político e ideológico, Mario Vargas Llosa, paladín de la libertad, a veces, no tiene pelos en la lengua ni se anda por las ramas: suelta el golpe y tunde con virulencia como todo un gallito del colegio militar Leoncio Prado. Por ejemplo, en El pez en el agua al crítico y académico peruano Julio Ortega lo cuestiona y exhibe (páginas 307 y 308). Y en Historia de Mayta, a través de su alter ego, critica y ridiculiza al poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, quien, en la vida real, como Ministro de Cultura de la Nicaragua Sandinista, era figura emblemática de la teología de la liberación (desde que en los años 60 creó una comunidad cristiana en las islas de Solentiname, en el Lago de Nicaragua) y del socialismo que por entonces vertientes de la izquierda latinoamericana aún creían que se podía lograr y construir mediante la insurrección armada. El 4 de marzo de 1983 fue el día en que Su Santidad el Papa Juan Pablo II, en el aeropuerto Augusto César Sandino de Managua y ante las cámaras de la prensa y de la televisión de la aldea global, no dejó que el arrodillado Ernesto Cardenal le besara el anillo y lo regañó con furia blandiendo sobre él su dedo flamígero. Pero en el 1983 de la novela, en medio de la plática con dos monjas (Juanita y María) que auxilian y socorren en el Sector de Bajo el Puente (una zona peligrosa y paupérrima de Lima), narra el alter ego (entre las páginas 91 y 92): “intento volver a Mayta pero tampoco puedo, porque, una y otra vez, interfiere con su imagen la del poeta Ernesto Cardenal, tal como era aquella vez que vino a Lima —¿hace quince años?— e impresionó tanto a María. No les he dicho que yo también fui a oírlo al Instituto Nacional de Cultura y al Teatro Pardo y Aliaga y que a mí también me causó una impresión muy viva. Ni que siempre lamentaré haberlo oído, pues, desde entonces, no puedo leer su poesía, que, antes, me gustaba. ¿No es injusto? ¿Tiene acaso algo que ver lo uno con lo otro? Debe de tener, de una manera que no puedo explicar. Pero la relación existe, pues la experimento. Apareció disfrazado de Che Guevara y respondió, en el coloquio, a la demagogia de unos provocadores del auditorio con más demagogia todavía de la que ellos querían oír. Hizo y dijo todo lo que hacía falta para merecer la aprobación y el aplauso de los más recalcitrantes: no había ninguna diferencia entre el Reino de Dios y la sociedad comunista; la Iglesia se había hecho una puta, pero gracias a la revolución volvería a ser pura, como lo estaba volviendo a ser en Cuba ahora; el Vaticano, cueva de capitalistas que siempre había defendido a los poderosos, era ahora sirviente del Pentágono; el partido único, en Cuba y la URSS, significaba que la élite servía de fermento a la masa, exactamente como quería Cristo que hiciera la Iglesia con el pueblo; era inmoral hablar contra los campos de trabajos forzados de la URSS ¿Por qué acaso se podría creer la propaganda capitalista? Y el golpe de teatro final, flameando las manos: desde esa tribuna denunciaba al mundo que el reciente ciclón en el Lago de Nicaragua era el resultado de unos experimentos balísticos norteamericanos... Aún conservo viva la impresión de insinceridad e histrionismo que me dio. Desde entonces, evito conocer a los escritores que me gustan para que no me pase con ellos lo que con el poeta Cardenal, al que, cada vez que intento leer, del texto mismo se levanta, como un ácido que lo degrada, el recuerdo del hombre que lo escribió.”

Mario Vargas Llosa, Historia de Mayta. Biblioteca Breve, Seix Barral. 1ª reimpresión mexicana. México, enero de 1985. 352 pp.


domingo, 27 de marzo de 2016

Sin la misericordia de Cristo

Nunca salimos del infierno original

Escrita originalmente en francés y publicada en París el 12 de septiembre 1985 en la Collecttion Blanche de Éditions Gallimard, Sin la misericordia de Cristo es la quinta novela del argentino Héctor Bianciotti (Córdoba, marzo 18 de 1930-París, junio 12 de 2012) por la que en Francia mereció, ese año, el prestigioso Premio Fémina y el Gran Premio de Novela “Le Nouvel Observateur”. Y en noviembre de 1987, traducida al español por Ricardo Pochtar, apareció en Barcelona con el número 58 de la Colección Andanzas de Tusquets Editores.
       Tal novela: Sans la miséricorde du Christ, la primera que Héctor Bianciotti escribió en francés, mucho le debe a sus circunstancias de inmigrante latinoamericano en el Viejo Continente y a su intromisión y raigambre en la lengua gala; que a la postre, en 1993, lo haría merecedor del Premio Príncipe Pierre de Mónaco; en 1994 del Premio de la Lengua Francesa; y en 1996 de un sitial en la Academia Francesa de la Lengua. 
Héctor Bianciotti
(1930-2012)
  Héctor Bianciotti, en 1955, viaja de la Argentina a Europa; vive en Roma y en Madrid, y desde 1961 reside en París, donde en 1981 adquiere la nacionalidad francesa; en 1982 empieza a escribir en francés e ingresa “al Comité de Lectura de Gallimard”, donde permanece hasta 1989. En Sin la misericordia de Cristo el protagonista que evoca y narra la historia es un hombre más o menos cincuentón venido de la zona norte de “allá” (Argentina), instalado en el barrio del Faubourg Saint-Denis, en París. Asimismo, Adélaïde Marèse, su ex vecina recién fallecida en una de las naves del hospital Saint-Louis, luego de vivir 30 años en Europa, era una solterona de 57 años, solitaria y sin familia, cuya indeleble impronta lo incita a rememorar que también ella procedía del país del “poeta ciego” (de Buenos Aires). 
Héctor Bianciotti y Jorge Luis Borges
  Así, tal fémina es el patético leitmotiv con que el personaje de la voz narrativa dibuja un círculo arquetípico: Adélaïde Marèse había viajado a Cumiana, un pueblo piamontés, tierra de sus ancestros donde nació su padre, de campesinos pobres que soñaron con hacer la América, donde ella sintió que retornó a depositar cada una de las muertas que fue y que, finalmente, el protagonista cerrará cuando traslade hasta la Argentina el pequeño féretro que contiene sus cenizas.
      Resulta significativo que Héctor Bianciotti en 1977, en Francia, haya obtenido el Premio Médecis al mejor libro extranjero por la novela Le traité des saisons (La busca del jardín), traducida del español al francés por Françoise Rossette —año que en que la influyente Gallimard empieza “la publicación sistemática de toda su obra”; y en 1983 el Premio Point de Mire y el Premio al Mejor Libro Extranjero por la novela L’amour n’est pas aimé (El amor no es amado), traducida del español al francés por Françoise Rossette. Sin la misericordia de Cristo es la obra de un virtuoso. Héctor Bianciotti no se limitó a relatar una serie de historias. La morosidad y minuciosidad depositada en su narrador implica placer de la memoria, por el detalle y la sorpresa, por el sentido de la anécdota y la digresión; pero también regodeo del lenguaje; y una inclinación reflexiva y aforística que trasciende lo particular y circunstancial: la voz narra y en su decurso se detiene una y otra vez; medita; e incluso filosofa sobre ciertas miserias e incertidumbres que traza la vida terrenal del infinitesimal ser humano, su estupidez y sus contradicciones, y su orfandad metafísica y cósmica.
       
Colección Andanzas núm. 58, Tusquets Editores
Barcelona, noviembre de 1987
          Uno de los escenarios de la novela es el Mercury, un bar repleto de humores y pestilencias, de inmigrantes de distintas nacionalidades y colores, de prostitutas, ladrones y chulos. Por ahí ronda la pequeña Rosette de diez años, la hija del patrón. Ella es uno de los imanes de la novela, cuyo erotismo la editorial enfatizó al reproducir en los forros detalles de Les beaux jours (1944-1946), óleo sobre lienzo de Balthus (1908-2001), en cuyos cerrados encuadres se aprecia a una niña semiadolescente que, con embeleso narcisista y un collar en el cuello, observa su cara en un espejo de mano, mientras su actitud, su rostro, el escote de su vestido, su cuerpo, reposando lánguida y displicentemente en un sillón característico dentro de la iconografía balthusiana, induce a mirar sus nacientes pechos, sobre todo uno: el que está a punto de emerger y quedar totalmente descubierto; pero también incita a que se imagine o sueñe el meollo de su languidez y ligera sonrisa de Gioconda, de niña-mujer eternamente complacida. 
Les beaux jours (1944-1946)
Óleo sobre lienzo (148 x 200 cm) 

Obra de Balthus 
  No obstante, la urdiembre de la novela no se orienta a desglosar sus cualidades de nínfula, de Lolita al natural, sino a sugerirlas como una promesa de acceder a los matices de un fruto prohibido y pecaminoso; es decir, lo que abunda en la novela es el discurrir por una laberíntica serie de soledades y abandonos paralelos, distantes y coincidentes, no exentos de delirios y locuras, de episodios cruentos y pormenores grotescos.
      El narrador, solitario parroquiano del Mercury, es un misántropo crónico e incorregible, un escéptico, un desesperanzado que ha perdido el interés por las cosas terrenales que otrora le interesaran. Tan sólo conoció a Adélaïde por unos meses; pero ese tiempo bastó para establecer una confianza de náufragos, un diálogo de solitarios en la desierta llanura, donde ella habló sobre su vida y que él fielmente grabó en su milimétrica memoria de Funes el memorioso.
Adélaïde Marèse tiene el aspecto y la vestimenta de una rígida institutriz. Su infancia fue terrible: no jugó, no aprendió a llorar ni a emitir un grito. La desolación en la llanura de “allá” (la pampa: el ámbito innombrable y elíptico), signada por la miseria, el sadismo, el desamor, por los rasgos deformes de su parentela, por el elocuente suicidio de su abuela Malvina en medio de una porqueriza, por el incendio del sembradío que ocasionó su padre y el suicidio inmediato de éste, todo ello no es menos doloroso y dramático que la suerte que vivió en el convento de las Hijas de la Caridad, donde a través de un diálogo sobre la existencia del Paraíso y del Infierno, la madre Ildefonsa desencadena su psicosis, su fanatismo sobre una fe sin fe, sobre un amor que se predica y exige con ignorancia, golpes y amenazas. 
Ausencia de Dios, de la misericordia de Cristo; prolongado silencio del Todopoderoso supuestamente omnisciente y ubicuo; ausencia del amor celestial y del amor del terrestre. Sin embargo, pese a su edad, a imagen y semejanza de un gusanillo pernicioso, no deja de enredar la yerba de la esperanza en su traqueteado y débil corazón. 
Adélaïde Marèse decía que “Los caminos de la llanura sólo conducen a la llanura”; lo que el narrador, con una comprensión y empatía tácita e implícita, no deja de corroborar: “no hay senderos que nos conduzcan fuera de la infancia: nunca salimos del infierno original”. En este sentido, Adélaïde Marèse, quien a pesar de su larga estancia europea “en realidad seguía caminando hacia el horizonte de la llanura”, vive la angustia, la ansiedad, el deseo y la nostalgia amorosa como un evanescente e inasible fuego fatuo, como un fugaz espejismo que parece surgido de la llanura de “allá”. 
El amor, entonces, parece corporificarse en la figura angelical del viejo ex guarda Monsieur Tenant; pero luego, como para no reñir con la maldita, fétida e inescrutable cifra de su destino, descubre que también el anciano está encadenado a una locura familiar, tan grotesca, nauseabunda y vomitiva como delirante.
      Fuera de sus reflexiones, la voz narrativa casi no platica nada de sí mismo, de su vida individual. No obstante, la desolación de Adélaïde Marèse no le es ajena, porque también él, dentro de su soledad, suele recordar a una mujer que lo inquieta y que no hace mucho pareció conducirlo al frágil equívoco de las ataduras del amor.
     
Héctor Bianciotti
     La niña Rosette, por su parte, desamparada por la incomprensión y la carencia de afecto entre sus propios padres, no únicamente juega a ser la chiquilla más procaz y maldita del Oeste, sino que también, ante los escarceos eróticos que tuvo con un mesero, se muestra deseosa y ansiosa por una especie de amor.

Héctor Bianciotti, Sin la misericordia de Cristo. Traducción del francés al español de Ricardo Pochtar. Colección Andanzas núm. 58, Tusquets Editores. Barcelona, 1987. 276 pp.

Teatro herético



Tres gotas en una sola ostia


                                        In memoriam Carlos Monsiváis y José Saramago 

Con una pornográfica caricatura de El Fisgón que ilustra el frontispicio, el título Teatro herético, que reúne tres libretos teatrales de Carmen Boullosa (México, septiembre 4 de 1954), “se terminó de imprimir el 23 de octubre de 1987” con el número 5 de la serie Teatro que el dramaturgo Vicente Leñero dirigía y editaba para la Dirección Editorial de la Universidad Autónoma de Puebla, quien además le destinó una laudatoria nota que se lee en la cuarta de forros. 
Caricatura: El Fisgón
(UAP, Puebla, 1987)
Nota: Vicente Leñero
(UAP, Puebla, 1987)
“Aura y las once mil vírgenes”, el primer libreto en dos actos, es una comedia que, bajo la dirección de la misma autora, fue estrenada “el domingo 14 de abril de 1985” en El Cuervo, legendario y desaparecido teatro-bar de Coyoacán, en la Ciudad de México. Como se anuncia y vocea en el título, la obra presenta a Alejandro Aura (a quien Carmen Boullosa dedicó) como principal ingrediente humorístico. En ella, Alejandro Aura (1944-2008) no aparece en el papel del hombre polifacético o showman que por entonces era en la vida real (poeta, actor, dramaturgo, director de teatro, recitador, locutor, funcionario cultural, papá, conductor del programa televisivo A la misma hora, marido de Carmen Boullosa y uno de los principales propulsores de esa susodicha aventura de teatro-bar coyoacanero, que luego se convertiría en el putativo El hijo del Cuervo, ya extinto), sino en la caracterización de un empleado mediocre de una agencia publicitaria venida a menos en la cual también se le da cobijo, magro negocio perteneciente (en el texto y en el montaje) al articulista y dramaturgo José Ramón Enríquez (México, 1945). Tal Aura, asimismo, ventila en su intimidad el frustrado anhelo de ser actor. 
Alejandro Aura
(1944-2008)
Foto: Rogelio Cuéllar
La comicidad de la obra no se limita en colocar a dos personajes conocidos, con sus nombres propios, en una situación fársica e hilarante; el grueso y los meollos de “Aura y las once mil vírgenes” mucho tienen de divertimento y espectáculo. Junto a los citados, figura un personaje llamado Miesposa (que interpretó la misma dramaturga) y una actriz (Virginia Valdivieso) cuyo objetivo es representar al Único, al Ángel, y a las distintas vírgenes que desfilan en la intimidad mental de Aura. Esto es así porque buena parte del desarrollo escénico en realidad ocurre en la mórbida y candente imaginación de éste. Es decir, la agencia de publicidad existe a imagen y semejanza de un escaparate sinsentido, ídem una empresa improductiva. De tal modo que Aura, haciendo agua en la charca de una depresión evasiva, sueña que es visitado por el Único, quien le propone un tentador trato: puede ser un diseñador de anuncios extraordinario que saque a la empresa de la bancarrota, pero a cambio tiene que poseer once mil vírgenes que poblarán el deshabitado Purgatorio: cuando haya poseído a todas, morirá. 
José Ramón Enríquez
El espectador asiste, entonces, a los meandros oníricos e ilusionistas de un fracasado, cuyos devaneos megalómanos oscilan entre los goces eróticos con las mil y una vírgenes y los anuncios que produce suscitados por las peculiaridades de las musas o por algunas de las cosas que le dicen.
Los anuncios se intercalan en el desarrollo de la obra a través de proyecciones fílmicas en súper ocho. Sus argumentos, pensados y realizados por Pablo Boullosa ex profesos para el montaje, se resumen en asteriscos al pie de las páginas. Mezclan situaciones absurdas, grotescas e risibles. Su protagonista es Alejandro Aura, pero también José Ramón Enríquez y otros. A tal menjurje se le añaden algunas picarescas canciones que interpreta el protagonista (de él es la letra del alacrán, que en un fragmento canturrea: 
            La fúlgida corriente
            de seminales gotas,
            veneno incandescente
            fui de las pelotas
            ataca dulcemente
            y las deja a todas mortas
       Y se concluye con un apoteósico número musical en el que todos los actores cantan y bailan; esto torna aún más ligera la quiebra y el incierto destino que suscita el que Aura renuncie a continuar las tareas que el Único le había antepuesto. 
Liliana Felipe y Jesusa Rodríguez
Dedicada a la combativa, contestaria, creativa y crítica actriz Jesusa Rodríguez (quien con la también actriz Liliana Felipe conformó una de las primeras cinco parejas del mismo sexo que legalmente se casaron en la Ciudad de México el 11 de marzo de 2010), “Cocinar hombres (Obra de teatro íntimo)”, estrenada “en el teatro-bar El Cuervo el jueves 9 de agosto de 1984”, es un libreto en dos actos donde el humor se ausenta y la tensión es más dramática. Su escritura, así como la atmósfera semionírica, pesadillesca, donde la real y lo fantástico se funden, la emparientan con la atrocidad consanguínea y de fétida y empantanada floresta de invernadero que se agita en las psicóticas entrañas de Mejor desaparece (Océano, 1987), su primera novela, y con ciertos linderos, absurdos y kafkianos, de Mi versión de los hechos (Arte y Cultura Ediciones, 1987), su segundo libreto teatral impreso en forma de libro, ilustrado con viñetas de José Luis Cuevas y con un prólogo de Bruce Swansey.
(Arte y Cultura Ediciones, México, 1987)
En “Cocinar hombres”, su primer libreto publicado en forma de libro (Ediciones La Flor, 1985), concurren dos mujeres que la noche anterior tenían diez años y cuando despiertan tienen 23. Es decir, durante el lapso nocturno fueron transformadas en brujas; y de ahora en adelante, y hasta la eternidad (“por los siglos de los siglos”), su razón de ser consistirá en exacerbar los deseos de los hombres mientras duermen. 
Wine despierta sin memoria. Fuera de determinadas certidumbres, no posee un solo recuerdo de su vida anterior que le provoque algún apego a la vida humana, por lo consiguiente acepta con estoicismo su nuevo estado. Ufe, en cambio, despierta con todos los recuerdos vivitos y coleando y por ende le resulta difícil el rechazo y el alejamiento de lo que le prometía su condición de fémina mortal y terrestre: amar y ser amada, casarse y engendrar hijos. Sólo durante ese primer día, antes de que inicie la bacanal francachela nocturna (la cuasi recurrente, ancestral y arquetípica Noche de Walpurgis), podrá regresar al mundo y ser nuevamente mujer como lo añora. Para tal cosa, el único camino es “cocinar un hombre”, es decir, desearlo con suficiente fuerza para hacer posible su presencia.
Mientras se define el cuerpo de la obra, los parlamentos y réplicas trazan una revisión somera y sintética de la situación de la mujer, sobre todo en lo que concierne a los roles tradicionales que le toca desempeñar en los papeles de madre y esposa. Al término, cuando los deseos de Ufe están a punto de cumplirse, ella desiste porque colige que le falta el efluvio principal: el amor, y porque además la forma en que lo concibe es tan plena que resulta inasible y muy idealizado, y no algo relativo, efímero y circunstancial, como en un momento se lo señala Wine.
Jesusa Rodríguez
Más que una infame blasfemia iconoclasta, “Propusieron a María (Diálogo imposible en un acto)” conlleva una carga lúdica e irredenta a imagen y semejanza de un infinitesimal e imperceptible rasguño característico del escepticismo y la racionalidad que estigmatizan el síndrome de la edad moderna en la que, como un emponzoñado embrión trasnochado y posmoderno, aún se boga en la desolada aldea global, embestida por los cuatro pestíferos vientos del Apocalipsis y su hijo antinatural el cambio climático.
Por entonces sin estrenar y dedicada “A Julio Castillo”, “Propusieron a María” es la supuesta “última conversación sostenida entre José y María, la noche previa a que ella se eleve por los aires”. Se trata de la quezque transcripción de una cinta magnetofónica que un intrépido anónimo logró grabar con unos micrófonos ocultos, accionados a control remoto.
Al ser José y María los futuros progenitores de Jesús, a la vez lo son y no lo son. Es decir, los personajes están urdidos a imagen y semejanza de clichés paródicos y fársicos. De tal modo que se trata de un José y una María que, milenarios e intemporales, se circunscriben a la época actual.
Durante el eterno 24 de diciembre en que ocurren los hechos, porque todos los días es 24 de diciembre y siempre será 24 de diciembre hasta que nazca el niño Jesús, los protagonistas escuchan la radio, leen revistas triviales, tienen diálogos fútiles y estúpidos, como otros que translucen su naturaleza de seres austeros y escogidos por el todopoderoso, omnisciente y ubicuo dedo flamígero, pero también sus virtudes innatas para la lascivia, el deseo, los celos, la traición, el crucifijazo trapero; signos y características humanas a través de las cuales comentan, por ejemplo, la resignación de la pareja perfecta atrapada en la perpetua incomunicación, o la paulatina osteoporosis del vínculo matrimonial donde entre más se quieren el uno al otro y viceversa, más se acaba y esfuma el goce sexual.
Cuando María comenzó a elevarse al Cielo, la grabación se interrumpió, es por ello que no se registraron sus últimas palabras. Sin embargo, todo parece indicar que, en medio de la lucha en que se debatía la santa y la mujer, empezaba a ganar ésta última.
Carmen Boullosa y su dedo flamígero


Carmen Boullosa, Teatro herético. Serie Teatro (5), Universidad Autónoma de Puebla. Puebla, 1987. 104 pp.

viernes, 25 de marzo de 2016

Así en la Tierra como en el Cielo



  El gabinete de la doctora Polidori
(Sombras suele vestir de bulto bello)
                       
Así en la Tierra como en el Cielo, 1991-1992.
Ensamblaje. Fotografías en blanco y negro con intervención manual,
collage, terciopelo, tijeras, hierro, madera y vidrio.
Díptico (127.8 x 61.5 cm)
Fragmentum es el título de la serie de fotos construidas de Ambra Polidori (México, 1954) que se vieron, en 1994, en la Galería Nina Menocal de la Ciudad de México. En tales fotos en blanco y negro, a veces coloreadas a mano en algún punto, descuellan los encuadres de fragmentos de cuerpos desnudos y de esculturas grecorromanas con detalles derruidos, y, particularmente, el diálogo visual implícito en su colocación alterna, fragmentaria e intercalada en una misma imagen. Cada una tiene dos fechas: en un ángulo: “IV a. C.”, y en el contrapuesto: “1993” o “1994”; dos márgenes temporales que inciden en las posibles interpretaciones. Así, tales fotos parecen decir que en la eterna y simultánea fragmentación y yuxtaposición del instante hay un continuo, un eterno poema de formas corporales y texturas, siempre inextricable, en el que comulgan la carne y la piedra, Eros y Thánatos, el tiempo terrestre y el tiempo cósmico, el tiempo finito y el tiempo infinito, lo esculpido por la naturaleza y la escultura hecha por el hombre seducido por la desnudez natural y su representación naturalista y clásica (polvo serán, mas polvo no siempre enamorado, se colige parafraseando en palimpsesto a Góngora). 
Fragmentum, 1993
(Políptico, técnica mixta)
Una antología de la serie Fragmentum fue de los 326 trabajos que participaron, en 1993, en la VI Bienal de Fotografía convocada por el INBA y el CONACULTA, certamen en el que Ambra Polidori ganó una de las siete menciones honoríficas (las otras las obtuvieron Laura Anderson, Marco Antonio Cruz, Raúl Ortega, José Raúl Pérez, Gustavo Prado y Vida Yovanovich).
Algunas fotos de Fragmentum aparecieron en el suplemento sábado 888 (octubre 8 de 1994), número en el que también figuró una entrevista que Gonzalo Vélez le hizo a Ambra Polidori, precisamente sobre tal serie y su exposición en la Galería Nina Menocal, más el artículo que sobre la misma muestra escribió el mismo crítico y narrador. 
Fragmentum, además, es el nombre de un libro de artista, editado en 1994, “con un ensayo en español e inglés de Giuliana Scimé y una fotografía en blanco y negro coloreada a mano, impresa, numerada y firmada por A. Polidori en estuche hecho a mano. Edición limitada de 40 ejemplares sobre papel Hahnemühle impresa por Sintesi en Maingraf, Milán, Italia”. Es decir, es un libro-objeto, inaccesible para los simples mortales de a pie y con agujeros en los bolsillos. 
Ambra Polidori
Algo más o menos semejante ocurrió con Así en la Tierra como en el Cielo, serie exhibida en el Museo Universitario del Chopo, en la Ciudad de México, durante diciembre de 1994 y enero de 1995. Cada una de las XIII piezas homónimas que la integran es una obra única (varias son dípticos y polípticos), sólo adquiribles por coleccionistas, marchantes, galerías y museos. En este sentido, tal si se tratara de una serie de postales parecidas a las que publicaba el Consejo Mexicano de Fotografía o Casa de las Imágenes, el simple mortal, si quiere y aunque no haya peregrinado hasta el Museo Universitario del Chopo, puede consolarse con la contemplación del homónimo libro-catálogo (mil ejemplares), el cual incluye la reproducción, a escala y a color, de las XIII piezas, más una imagen, también homónima, incluida a manera de viñeta inicial. La misma Ambra Polidori realizó el diseño gráfico; y ella y Lourdes Almeida hicieron la fotografía de las obras.
      La elaboración de las piezas que se reproducen a color en el libro-catálogo Así en la Tierra como en el Cielo (23 x 25.9 cm) se ubica entre 1980 y 1994. Es decir, algunas señalan un solo año: la I es de 1993, por ejemplo; pero otras enuncian dos; la IV lo indica así: 1984-1990. 
Así en la Tierra como en el Cielo, 1993.
Ensamblaje. Fotografías en blanco y negro y color con intervención manual,
objetos varios, madera y vidrio.
Díptico (112 x 144.2 cm)
Su particularidad de únicas estriba en que las piezas originales son obras construidas, con técnica mixta y gran formato. En este sentido, se aprecia la estampa de una fotolitografía en cuya factura la artista usó hierro, madera y vidrio. Así, en las imágenes de los fotomontajes y ensamblajes (dípticos, trípticos, polípticos) suele observarse una o más fotografías en blanco y negro, la mayor de las veces intervenidas con color manual; pero además su composición original abarca otros objetos y materiales, como tela, hierro, collage, madera, vidrio, terciopelo, plomo, óleo y hoja de oro, y otros componentes. 
Es decir, el volumen, las dimensiones, las mixturas, las texturas y los minúsculos matices y detalles, no pueden apreciarse ni disfrutarse debidamente en las planas y diminutas reproducciones del presente libro-catálogo, en cuya portada, con fondo negro y sobre las letras amarillas del nombre de la artista, se aprecian dos pies desnudos (de hombre o de escultura, uno sobre otro y con tonos y pátina en sepia), que parafrasean el arquetipo de los pies desnudos de Jesús en la cruz.
Así en la Tierra como en el Cielo (1994)
Portada del libro-catálogo editado por el Museo Universitario del Chopo
       Tal vez algún lector del extinto y revulsivo sábado (que dirigía y editaba Huberto Batis en el periódico unomásuno) recuerde que el número 848 (enero 1 de 1994) fue ilustrado con imágenes de Ambra Polidori, cuyos pies de foto rezan: Performance Nuditas Virtualis. La fotografía que aparece en la página uno fue integrada a la pieza III de Así en la Tierra como en el Cielo: un hombre y una mujer desnudos, él negro, ella blanca, en inequívoca postura y reminiscencia edénica. Es decir, en su marmórea perfección naturalista y clásica, de tentadores cuerpos de pecado y alegoría de todas las razas y mestizajes habidos y por haber, configuran, otra vez, a Adán y a Eva al pie del ancestral y mítico Árbol del Conocimiento (que está y no está, pues los rodea un fondo negro enmarcado en madera). Son el arquetipo de la inescrutable y eterna dualidad biológica de la estirpe humana ante el erótico goce del fruto prohibido, ineludible, por los siglos de los siglos, para que así se cumpla la regeneración de los ciclos de su fatalidad y gracia terrenal. Lo cual evoca, por libre asociación, un proverbio o adagio de Juan José Arreola (1918-2001) que se lee en Bestiario (UNAM, 1959): “Cada vez que el hombre y la mujer tratan de reconstruir el Arquetipo, componen un ser monstruoso: la pareja.”
Así en la Tierra como en el Cielo, 1993-1994.
Fotografía. Hierro, madera y Vidrio.
(89 x 121.5 cm)
Esto no es fortuito. Así en la Tierra como en el Cielo es una desacralización más (lúdica, reflexiva, poética) de ciertos consabidos iconos religiosos de la cristiandad, específicamente de los que adora, publicita y comercializa el dogma católico (con sus tradiciones, ritos, cantos y rezos). En este sentido, la serie resulta un minúsculo y contrapunto en sordina, casi monocorde y atonal, ante el gigantesco devenir que traza la perpetua fragmentación y yuxtaposición del catolicismo y su constante e ineludible disolución histórica y cósmica.
Así en la Tierra como en el Cielo, 1993-1994.
Ensamblaje. Fotografías en blanco y negro con intervención
de color manual, terciopelo, hierro, madera y vidrio.
(133 x 66 cm)
Así en la Tierra como en el Cielo, 1987-1993.
Fotomontaje. Fotografías en blanco y negro, hierro, madera y vidrio.
(74 x 141 cm)
       Ciertas obras de arte (no sólo religiosas), implican o provocan un acto contemplativo, de recogimiento, de comunión con uno mismo y con el convulso e insondable todo. Esto puede ser, simple y llanamente, un acto de fe o un estadio catártico, de sinestesia, que puede negar o bloquear o impedir la divagación de la conciencia por los linderos del raciocinio. El que contempla, remite lo que ve al inconsciente, quizá divague con cierta libre asociación (cognitiva o no); o tal vez, con celeridad, no se pregunte ni trate de indagar qué es lo que lo seduce o hechiza ante determinada obra, cuyo simbolismo y cualidades intrínsecas puede no comprender ni dilucidar del todo. Esto suele ocurrir frente a la pintura abstracta e incluso ante el críptico barroco religioso. Y puede suceder ante las piezas de Así en la Tierra como en el Cielo, y no sólo porque algunos de sus detalles son abstractos y surrealistas, sino también porque sus cifras y símbolos implican diversas analogías y todo un abanico de significados, lo cual, en mayor medida, codifica y descodifica el inconsciente, la imaginación y el pensamiento de cada quien.
Así en la Tierra como en el Cielo, 1984-1990.
Fotomontaje. Fotografías en blanco y negro con intervención
de color manual, plumas, hierro, madera y vidrio.
(118 x 128.5 cm)
Así en la Tierra como en el Cielo, 1984-1990.
Fotomontaje. Fotografías en blanco y negro con intervención
de color manual, hierro, madera y vidrio.
(124 x 130.6 cm)
Así en la Tierra como en el Cielo, 1991-1992.
Fotografías en blanco y negro con intervención de color
manual, tela, hierro, madera y vidrio.
Díptico (111.5 x 131.8 cm)
       La dualidad erótica es una constante en estas obras de Ambra Polidori: niño/niña, hombre/mujer, vida/muerte/ sueño/vigilia, cuya apoteosis la constituye una paráfrasis de la cruz y el crucificado. La pieza XI es, precisamente, una cruz trazada por un políptico espaciado, es decir, por seis fotografías que la conforman, cada una de las cuales argumenta el yuxtapuesto y deconstruido fragmento de un cuerpo en la cruz; por ejemplo, en la foto de los pies la postura es semejante al modo como por antonomasia se representan los pies clavados de Jesús. Pero los detalles que aluden la dualidad implican un cuerpo andrógino (o llanamente: la fragmentación de ambos géneros que comulgan en un solo cuerpo: el de la representación de Cristo): en la foto superior se ve el rostro de un hombre con barba y los ojos cerrados, cuya cabeza caída parafrasea a la de Jesús ya muerto o martirizado en la cruz; y debajo de ésta se observa la imagen de unos pechos femeninos y bajo ésta la foto del sexo cubierto de un hombre velludo.
Así en la Tierra como en el Cielo, 1994.
Fotografías en blanco y negro, hierro, madera y vidrio.
Políptico (220 x 220 cm)
     Una pintura, un filme, una escultura, una foto o un poema visual, puede ser, a priori, un sueño pintado, filmado, esculpido, fotografiado o escrito, ya sea que el artista parta o no de la evocación de un sueño, o porque realice la representación imaginaria o simbólica de uno e incluso del flujo onírico. Sin duda, ab origine y con la voz de Góngora: “El sueño, (autor de representaciones),/ En su teatro, sobre el viento armado,/ Sombras suele vestir de bulto bello.” 
Así en la Tierra como en el Cielo, 1984-1993.
Fotomontaje. Fotografías en blanco y negro con intervención
de color manual, tela, hierro, madera y vidrio.
(106.5 x 100.3)
En este sentido, en Así en la Tierra como en el Cielo, al unísono de la dualidad cósmica y del consubstancial erotismo, el sueño y la pesadilla son elementos esenciales de la construcción figurativa. Tanto las imágenes con los modelos con los ojos cerrados, cubiertos o en posturas durmientes o mortuorias, e incluso los que los tienen abiertos, evocan o remiten a diferentes tipos de sueño, cuya lectura implica detenerse a escudriñar e hilar minucia tras minucia onírica. 
Así en la Tierra como en el Cielo, 1994.
Ensamblaje. Fotografía en blanco y negro
plomo, hierro, madera y vidrio.
(129 x 87 cm)
Así en la Tierra como en el Cielo, 1990-1993.
Ensamblaje. Fotografías en blanco y negro con color
manual, tela, hierro, madera y vidrio.
Díptico (138 x 131 cm)
Quizá no es aventurado decir que cada imagen que se observa en el presente libro-catálogo es un sueño construido.


Ambra Polidori, Así en la Tierra como en el Cielo. Iconografía a color. Ensayos de Néstor A. Braunstein y Osvaldo Sánchez. Aforismos de Eligio Calderón. Edición bilingüe. Traducción del español al inglés de Sara Silver. Museo Universitario del Chopo. México, 1994. 48 pp.



De lágrimas y de santos



La vida no es más que una pirueta en el vacío

Imposible no acercarse a De lágrimas y de santos (1988), libro del filósofo y aforista rumano Emile Michel Cioran (1911-1995), con cierta curiosidad más o menos arqueológica, pues su primera edición en su lengua natal data de 1937.
E.M. Cioran
Foto: Sophie Bassouls
Encargado él mismo de propagar a los cuatro pestíferos vientos, como principio ontológico y gnoseológico, que era hijo de un pope ortodoxo, Cioran había contado que De lágrimas y de santos era (y es) un libro concebido tras una crisis suscitada, en buena medida, por su hábito pernicioso de leer vidas y obras de santos (entrevista de María Dolores Aguilera en Quimera número 30, abril de 1983). 
Quimera núm. 30, Barcelona, abril de 1983
Cuando en 1936 quiso publicar De lágrimas y de santos, un editor rumano se negó a hacerlo argumentado que lo que tenía lo había logrado gracias a Dios, por lo que no podía publicar algo donde a éste le iba tan mal. Por otra parta, en 1937, al estar instalado ya en París y al aparecer en Rumania el libro, su madre le escribió desaprobando el agravio que a ella y a su padre, dado su estatus eclesiástico, les había causado.
      Durante la Segunda Guerra Mundial, Cioran permaneció en París y una de sus placenteras y hedonistas ocupaciones era consumir y degustar los volúmenes de la biblioteca de la iglesia rumana asentada allí. No es difícil suponer, entonces, que mientras realizaba esa herética disección hagiográfica estuviera revisando, depurando y ampliando lo que había escrito en sus anteriores libros rumanos, entre ellos la primera versión de Breviario de podredumbre. Esta apareció en su lengua de origen en 1939; pero sería hasta 1949, después de haberlo reescrito cuatro veces, que el mismo Cioran lo tradujo al francés.
Traducción y ensayo preliminar de Fernando Savater
(Taurus, Madrid, 5ta. reimpresión, 1986)
Al adoptar tal idioma y con tal título, comienza en la Europa occidental (y por ende en América) la propagación y el mito de un autor que se clasificaba a sí mismo como escéptico y desesperado. En consecuencia, el lector del siglo XXI localiza en la versión definitiva de Breviario de podredumbre los fundamentos angulares de su literatura y pensamiento. 
En este sentido, cuando Cioran decía que una de las cosas que le impedía autorizar la traducción de sus obras juveniles escritas en rumano era su “mezcla deplorable de jerga filosófica y lirismo extravagante” y al tener ahora la posibilidad tardía de incursionar (en español) en De lágrimas y de santos, se puede deducir que no sólo era tal intríngulis (o carozo de la mazorca) lo que lo detenía, sino sobre todo que éste, en su calidad embrionaria, azarosa y fragmentaria, está contenido en Breviario de podredumbre. Es decir, no se trata simplemente de tópicos implícitos, sino que en éste hay un desglose más meditado, trabajado y profundizado, de las mismas posturas críticas e irónicas.
(Tusquets, Barcelona, 1988)
Lo que en De lágrimas y de santos resulta somero y aleatorio —sobre la vida, la religión, Dios, la muerte, la música, la santidad, la soledad, la nada, la mística, el éxtasis, la filosofía, las lágrimas, el escepticismo, el conocimiento, la inteligencia, etcétera—, es ahondado a lo largo del Breviario de podredumbre y concretado, en cierta medida, en la parte denominada “La santidad y las muecas de lo absoluto”.
Es así que De lágrimas y de santos es la exhumación de un ejercicio iconoclasta y revulsivo que prefigura libros subsiguientes; por ejemplo, El aciago demiurgo (1969), La tentación de existir (1972) e, incluso, Ese maldito yo (1987). 
(Tusquets, Barcelona, 1987)
Si a estas alturas del milenio es requete consabida la compulsión transgresora de Cioran, cuyo arrojo —(lúdico para unos, corrosivo para otros, inocuo para tantos más) implica y representa la pérdida de la fe, el desencanto, el nihilismo, la desesperanza, la parodia y la cosificación del hombre moderno encerrado en sí mismo y en una visión solipsista del universo y de la historia, De lágrimas y de santos se lee como una serie de repeticiones y variantes de temas neuróticos e insomnes que el rumano ya había abordado hasta la saciedad y el cansancio (la náusea o la esclerosis múltiple), como si fuera un fraile enajenado que se autoflagela sin cesar sobre la supuración de las mismas llagas hasta lograr la lubricidad que desencadene el éxtasis o el goce frenético o paulatino de las lágrimas.
Los fragmentos o aforismos reunidos en De lágrimas y de santos son una exacerbación que reflexiona y filosofa a veces desde una postura sardónica o juguetona: “Un día el mundo, esta vieja chabola, acabará por derrumbarse de una vez. Nadie puede saber de qué manera, pero ello no tiene la menor importancia, pues desde el momento en que todo carece de substancia y la vida no es más que una pirueta en el vacío, ni el comienzo ni el final prueban nada.”
O a través del sofisma de un taxista, enterrador de pueblo o boletero de cine que piensa y punza con un tono concluyente y lapidario; por ejemplo, ante el supuesto “camino de perfección” que ciertos santos siguen por medio del dolor, de la abstinencia, del martirio de la carne y de la autodestrucción: “¿No habría aún suficiente sufrimiento en este mundo? Se diría que no, a juzgar por la complacencia de los santos, expertos en el arte de la auto-flagelación. No existe santidad sin voluptuosidad del sufrimiento y sin un refinamiento sospechoso. La santidad es una perversión inigualable, un vicio del cielo.” (Lo que equivale a decir que no vuela una mosca ni nadie muerde un plátano ni se tira una trompetilla sin que lo sepa Dios).
Si en Breviario de podredumbre, Cioran, refiriéndose a su pasado, decía: “Estimaba yo que ser secretario de una santa constituía la más alta carrera reservada a un mortal”, en De lágrimas y de santos cifró más o menos la misma postura e inmediatez, pero con un matiz lascivo y lúdico: “Por el beso culpable de una santa, aceptaría yo la peste como una bendición.”
E.M. Cioran
La mística es para Cioran una evasión fuera del conocimiento, y el escepticismo un conocimiento sin esperanza. De ahí que si el supuesto anhelo de perfección de los santos lo entiende como una nostalgia y búsqueda del Paraíso, para él la desesperanza y su enfrentamiento y cuestionamiento ante la idea de Dios es la certidumbre de la nada y de la soledad cósmica: “Todo es nada: ésa es la revelación inicial de los conventos. Así comienza la mística. Entre la nada y Dios no hay ni siquiera un paso, pues Dios es la expresión positiva de la nada; “Estar solo, despiadadamente solo, ése es el imperativo al que hay que someterse cueste lo que cueste. El universo es un espacio vacío y las criaturas no existen más que para atestiguar y consolidar nuestro aislamiento. Yo nunca he encontrado a nadie, no he hecho más que tropezar con sombras simiescas.”
Yacer enterrado en el miasma de sí mismo, ser un solitario empedernido en el vacío infinito y una simiesca pero civilizada sombra misántropa (“Detesto a todos los seres. Pero soy extremadamente social”) es la condición dramática de un individuo efímero, egocéntrico e infinitesimal que no espera nada. Sin embargo, a imagen y semejanza de un retorcido y megalómano egotista, se exhibe dueño de una voz, de una melodía y un pensamiento con el poder del sarcasmo, de la mordacidad y del fragmentario artilugio literario, filosófico y moralista.
E.M. Cioran
En el plano del placer de la palabra escrita, si Cioran disfruta negando y cuestionando todo lo metafísico y religioso que se le ofrece como verdad hagiográfica o irreductible y única, no extrañe que en De lágrimas y de santos, tanto en Bach, en el órgano y en el instante de la música, como buen sofista, vislumbre un kepleriano grumo divino y evanescente: “La música es la emanación final del universo, como Dios es la emanación última de la música.”

E.M. Cioran, De lágrimas y de santos. Traducción del francés al español de Rafael Panizo. Prefacio de Sanda Stolojan. Colección Marginales (100), Tusquets Editores. Barcelona, 1988. 120 pp.