lunes, 11 de enero de 2016

Memoria de mis putas tristes


  
    La increíble y libertina historia 
  de un no tan cándido y desalmado abuelo


En medio de la estridencia publicitaria que antecedió la inminente aparición de Memoria de mis putas tristes (Diana/Mondadori, Barcelona, 2004), el entonces último bananero bets-seller del colombiano Gabriel García Márquez (Aracataca, marzo 6 de 1927-Ciudad de México, abril 17 de 2014), la librería virtual elsotano.com (ubicada en la capital mexicana) promovió una venta previa de libros con pastas duras o blandas, mismos que serían enviados (de un modo exprés o normal) el 20 de octubre de 2004, día del lanzamiento del libro al público de México. El reseñista fue de los clientes que el 19 de octubre compró un ejemplar con pastas duras, pero sólo se lo enviaron después de transcurridos más de diez días, pues según elsotano.com la editorial no los proveyó a tiempo del material que anunciaron y vendieron con antelación. 


(Diana/Mondadori, Barcelona, 2004)
  El reseñista (desde Xalapa, Veracruz) adquirió el libro con pastas duras para eludir el antiecologista forrado con plástico y por su mayor durabilidad ante futuras manos, lecturas y relecturas, y no por la falaz trampa publicitaria, de clara mercadotecnia, con que se remata o remató, inútil en un autor que vende de un modo masivo, en distintos países y en diversas lenguas; es decir, encima del número correspondiente, Memoria de mis putas tristes tiene pegada una etiqueta que a la letra dice: “Edición única y numerada de 25 mil ejemplares”; pues es obvio que tal edición no es “única” y es fácil suponer que el libro con pastas duras se seguirá reeditando (en Barcelona, en Colombia, en China, en San Garabato Cucuchán, etcétera), por lo que da lo mismo tener un ejemplar sin número de serie o un ejemplar con el número 21035 o con el número 3245 de esta supuesta “Primera edición”, impresa en Barcelona, España, en “octubre de 2004”.






        Quizá el anciano nonagenario que protagoniza Memoria de mis putas tristes se convierta en un entrañable o inolvidable personaje, tanto como para muchos es el viejo septuagenario de El coronel no tiene quien le escriba (Aguirre Editor, Medellín, 1961); o ese alter ego del propio Gabo que habla y actúa en “El avión de la bella durmiente”, relato firmado en “Junio 1982”, uno de sus Doce cuentos peregrinos (Diana, México, 1992) —hay otra versión homónima que parece anterior (publicada “originalmente el 22 de septiembre de 1982”) reunida en Notas de prensa. Obra periodística 5. 1961-1984 (Diana, México, 2003)—, donde el protagonista viaja en aeroplano junto a una mujer, hermosa e indiferente, que duerme (bajo una dosis de somníferos dorados) “las ocho horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo [del ‘aeropuerto Charles de Gaulle de París’] a Nueva York”, circunstancia que lo induce a evocar La casa de las bellas durmientes (1961), libro del narrador y suicida Yasunari Kawabata (1899-1972), Premio Nobel de Literatura 1968: 

(Diana, México, 1992)
  “Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunari Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia del placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.”


(Caralt, Barcelona, 2004)
 
Yasunari Kawabata
       
Firmada en “Mayo de 2004” y dividida en cinco capítulos, Memoria de mis putas tristes inicia, amanera de epígrafe, con el íncipit de la citada novela de Yasunari Kawabata: 
       “No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido.” 
       Pero si con tal preludio Gabo sugiere y anuncia que su narración surgió del influjo de la obra del japonés, la experiencia erótica del nonagenario colombiano frente a una niña virgen y prostituta cuya edad oscila entre los 14 y los 15 años, implica, además de un acto inmoral y transgresor de las más elementales normas, un contexto social y político ominoso y nauseabundo.


Gabriel García Márquez
      Concebida con la envolvente e hiperbólica prosa garciamarquiana que caracteriza la voz de sus mejores libros y que no excluye ciertos colombianismos y modismos del habla caribe, la Memoria escrita por el nonagenario en el antiguo mesón de su vetusta y astrosa casona heredada de sus padres tiene dos puntos nodales (bien pudo escribirla en el burdel, junto a la niña dormida y desnuda, y así tributar a William Faulkner, quien vio la calma y el silencio de la mañana prostibularia como la mejor atmósfera para escribir). Uno gira en torno a la noche en que celebra sus 90 años, que es el día en que decidió regalarse “una noche de amor loco con una adolescente virgen”. Y el otro parte de la noche en que celebra sus 91 años junto al cuerpo desnudo y dormido de la niña que conoció en su anterior aniversario y que él bautizara con el nombre de Delgadina canturreándole unas coplas de una versión del trágico “Romance de Delgadina” (de origen medieval) donde se bosqueja un incesto: “la hija menor del rey, requerida de amores por su padre”; el cual, curiosamente, es el mismo que el vejestorio centenario de El otoño del Patriarca (Plaza & Janés, Barcelona, 1975) le hace oír a la joven Leticia Nazareno, la novicia en hábito secuestrada (por orden suya) en un monasterio de Jamaica y traída en barco hasta la casa presidencial de su extenso territorio caribeño, a quien durante un año de contemplar su nocturna y desnuda virginidad (de hecho sólo la posee hasta el segundo aniversario del secuestro cuando ella doblega el “miedo ancestral” de él), se lo reproducía “en el gramófono hasta que se gastó el cilindro [sic] la canción de la pobre Delgadina perjudicada por el amor de su padre”.

Gabriel García Márquez
        En la acuñación de la trama y los personajes de Memoria de mis putas tristes descuellan numerosos gags o clisés que pueblan las narraciones de Gabriel García Márquez, pero también su leyenda y su biografía, como son las legendarias parrandas cantineras y burdelescas de sus primeros años de periodista en Cartagena de Indias y luego en Barranquilla, donde fue uno de los mamadores de gallo del legendario Grupo de Barranquilla; de ahí que el pintoresco y pobretón nonagenario que declara: “nunca me he acostado con ninguna mujer sin pagarle” y “las putas no me dejaron tiempo para ser casado”, haya comenzado sus consecutivas andanzas prostibularias a los 13 años (luego de ser iniciado a la fuerza a los 12 por una furcia madura que en su vejez tuvo la pinta de una Mamá Grande del Caribe), y que sea un “periodista” con 71 años de escribir una nota dominical en El Diario de La Paz, fundado, al parecer, con la “fortuna con trata de blancas” que amasó el abuelo paterno del actual director, lo que evoca el aforismo de Honoré de Balzac que preludia a El padrino (1969), la gran novela sobre la mafia escrita por Mario Puzzo: “Detrás de cada gran fortuna hay un crimen”. 

 

(Ediciones B, Barcelona, 2001)
El coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía (1864-1937)
Abuelo materno de Gabriel García Márquez
  Gabo ubica la muerte del padre del nonagenario “el día en que se firmó el tratado de Neerlandia, que puso término a la guerra de los Mil Días”, la cual históricamente es la guerra civil (1899-1902) donde combatió, del lado de los liberales, su propio abuelo materno el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía (1864-1937); pero también, por decir algo, el protagonista de El coronel no tiene quien le escriba, quien recuerda al coronel Aureliano Buendía, “tesorero de la revolución en la circunscripción de Macondo”, en un rol relevante para que se cumpla la firma del susodicho tratado. Y si el coronel de la novela y su abuelo el coronel siempre esperaron que el barco fluvial del correo les llevara la pensión vitalicia pactada y nunca cumplida, no extraña que en la Memoria del nonagenario aparezca “el buque fluvial del correo, retrasado una semana por la sequía, [...] bramando en el canal del puerto”; ni que a la hora en que empieza a decorar el cuartucho del burdelito donde se encuentra con la niña desnuda y dormida, “lleve un dibujo a pluma de Cecilia Porras para Todos estábamos a la espera, el libro de cuentos de Álvaro Cepeda”, pues en la vida real Álvaro Cepeda Samudio fue del Grupo de Barranquilla, como también lo fue Orlando Rivera Figurita, de quien el nonagenario en otro capítulo lleva un cuadro al mismo cuarto, lo cual lo revela como un admirador de tales mamagallistas, el corro que Gabo aludía con su célebre frase: “escribo para que mis amigos me quieran más”. Pero además, Cecilia Porras, pintora cartagenera y amiga de Gabo y del Grupo de Barranquilla, ilustró la portada de La hojarasca (Ediciones S.L.B., Bogotá, 1955), su primer libro, dedicado a Germán Vargas, otro de los mamagallistas de La Cueva.



Tranquilina Iguarán Cotes (1863-1947)
Abuela materna de Gabriel García Márquez
  Si así festeja a sus viejos cuates y sus juergas, las historias de muertos, fantasmas y aparecidos que al niño Gabito le contaba (en la casa de Aracataca donde nació y vivó hasta sus diez años) su abuela materna Tranquilina Iguarán Cotes (1863-1947) como si fueran cosas ciertas, resultan homenajeadas con el meollo de la frase que el nonagenario halla escrita en el espejo del cuarto de baño de la habitación de sus encuentros con la analfabeta niña (“El tigre no come lejos”), pues la vieja matrona supone que la escribió alguien que murió allí, lo cual parece corroborarse cuando durante las horas nocturnas en que el anciano, con la niña dormida y desnuda a su lado, celebra sus 91 años, oye “un  grito en el horizonte, sollozos de alguien que quizás había muerto un siglo antes en la alcoba”. 



Gabriel García Márquez y las rosas amarillas
  Y ya encarrerado el gato en la vaina de unir cabos, las “rosas amarillas” que el nonagenario busca “para conjurar la pava de las flores de papel” en dicho cuartito, rememoran lo que Gabriel García Márquez le dijo a su colega y compadre Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba (La Oveja Negra/Diana, México, 1982), de modo que parece que Gabo nunca escribe sin que cerca de él ronde el efluvio de un ramo de flores amarillas o de eróticas féminas (quizá ejecutando la danza del vientre):

        “Siempre hay flores amarillas en tu casa. ¿Qué significado tienen?
“Mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme. Para estar seguro necesito tener flores amarillas (de preferencia rosas amarillas) o estar rodeado de mujeres.
“Mercedes pone siempre en tu escritorio una rosa.
“Siempre. Me ha ocurrido muchas veces estar trabajando sin resultado; nada sale, rompo una hoja de papel tras otra. Entonces vuelvo a mirar hacia el florero y descubro la causa: la rosa no está. Pego un grito, me traen la flor y todo empieza a salir bien.”

(La Oveja Negra/Diana, México, 1982)
  En el ámbito de la ficción resulta placentero e hilarante seguir y ver al ridículo, patético, simpático, anacrónico y peliculesco nonagenario a través de su Memoria, recordando y reviviendo sus divertidas descripciones, anécdotas y lujurias a partir de su decisión de revolcarse con una “adolescente virgen”. Pero como transposición y reflejo de la realidad alude una peste, un cáncer social muy terrible y sanguinario: la corrupción de menores, mismo que se sucede en todas las latitudes de la beligerante y pestilente aldea global, y que implica a las sórdidas mafias prostibularias y sus vínculos con las corrompidas redes policíacas, judiciales, burocráticas, políticas y gubernamentales. De ahí que el nonagenario anote, como cosa normal, sobre la impunidad de Rosa Cabarcas y sus corruptos nexos: 

“Recogía su cosecha entre las menores de edad que hacían mercado en su tienda, a las cuales iniciaba y exprimía hasta que pasaban a la vida peor de putas graduadas en el burdel histórico de la Negra Eufemia. Nunca había pagado una multa, porque su patio era la arcadia de la autoridad local, desde el gobernador hasta el último camaján de alcaldía, y no era imaginable que a la dueña le faltaran poderes para delinquir a su antojo.”


En la portada: Gabito con una galleta
(Diana, México, 2002)
  Cabe observar que “en la casa de fiestas de la Negra Eufemia”, la noche del “27 de julio de 1950” —según dice Gabriel García Márquez en Vivir para contarla (Diana, México, 2002)— obtuvo los gérmenes de “La noche de los alcaravanes”, su noveno cuento escrito de “un solo trazo” en las escuálidas oficinitas del semanario Crónica (en la calle San Blas de Barranquilla), donde era el “flamante jefe de redacción”, impreso al día siguiente en sus páginas, reunido 24 años después en su libro Ojos de perro azul (Plaza & Janés, Barcelona, 1974). Pero el feo y arrugado nonagenario, en su papel de antiguo cliente de Rosa Cabarcas, es cómplice de la mafia, nada ingenuo ni exculpado, pese a su dizque “ética personal” y al falaz “refinamiento senil” que practica en torno a la niña: no la sodomiza una y otra vez a su antojo como otrora lo hiciera con Damiana, su fiel y vieja sirvienta de toda la vida, aún virgen, estrenada cuando ésta “era casi una niña, aindiada, fuerte y montaraz”; tampoco copula con la infanta, pero sí lo pensó y quiso hacerlo al inicio, y sólo se deleita —mientras duerme desnuda— con leerle libros propios de su edad infantil-adolescente y con hacerle oír música “culta”, con adornar la habitación con cuadros y utensilios, con contemplar, husmear, toquetear y besar su cuerpo desnudo y siempre inconsciente y narcotizado por el cansancio de sus mil y una chambas y por el infalible “bebedizo de bromuro con valeriana” que previamente le da la madrota para convertirla en una bella durmiente.

Así que cuando el vejete está con la niña dormida y en otro de los seis cuartuchos del burdelito ocurre el asesinato de un banquero “famoso por su apostura, su simpatía y su buen vestir, y sobre todo por la pulcritud de su hogar”, pero cuya pareja al parecer era otro hombre, el nonagenario no sólo se involucra con la madama para modificar el cuerpo del delito, sino que también se apresura a irse de allí con tal de que no lo encuentren con la menor de edad. 
Comprado y salpicado su silencio de tal manera, es testigo mudo y casi no mueve un dedo frente a las “más de cincuenta” detenciones intencionalmente erradas y ante la falsa información que distancia el crimen del burdelito y que impone el gobierno con sus comunicados, incluso a través de El Diario de La Paz, donde al Abominable hombre de las nueve, el censor del gobierno, no le tiembla “el pulso para imponer la versión oficial de que había sido un asalto de bandoleros liberales” (los “refugiados del interior del país”), intríngulis que implica una geografía política con una libertad coartada y vendida, con harta pobreza, muy violenta, militarizada y gobernada por un corrupto y criminal poder conservador que practica una cruenta guerra sucia y sin cuartel contra el bando liberal, quizá proscrito y que tal vez no cante mal las rancheras en cuestión de armas, crímenes a mansalva y atentados sorpresivos. De ahí que al nonagenario, cuando en otro capítulo cruza a pie el parque de San Nicolás, una patrulla militarizada le revisa una canasta donde lleva un gato (regalo por sus 90 años), su cédula de identidad y su credencial de prensa.
Después de tal asesinato, el burdelito permanece cerrado con los sellos de la Sanidad, no de la policía; la niña y la madrota desaparecen de allí y el nonagenario sólo vuelve a encontrarlas un mes después y entonces se entera de que ambas estuvieron “invitadas” en un quezque “hotel de reposo de Cartagena de Indias”, nada menos que por otro cliente del burdel, el abogado del banquero asesinado a puñaladas, quien “repartió prebendas y sobornos a cuatro manos” mientras dizque “se disipaba el escándalo”. Pero lo que denota el trasfondo del viaje a Cartagena de Indias no es el ligero cambio de adolescente a jovencita mujer que el anciano observa en el cuerpo desnudo de la quinceañera dormida, sino las joyas y otros artificios que la adornan y en una silla el “traje de noche con lentejuelas y bordados, y las zapatillas de raso” al pie. Por lo que el anciano deduce la pérdida de la virginidad y el inicio en la putería, lo que en su explosivo enojo se traduce en rechazo y renuncia de su niña amada. 


Gabriel García Márquez
  Y sólo comienza a pensar en la posibilidad de recuperarla después de hablar con Casilda Armenta, otra añeja hetaira de sus viejos y remotos tiempos, cuya sugerencia (que compartiría Rosa Cabarcas) implica un translúcido engaño y desalmado egoísmo e indiferencia ante la suerte y destino de la niña recién iniciada y explotada en la prostitución y por ende con una adolescencia interrumpida y denigrante y sin un digno futuro. Y si la matrona del burdelito al nonagenario le dio noticia de otra muchachita cuyo padre la vendía por una casa, la niña virgen tuvo miedo antes de ver al feo y arrugado viejo “porque una amiga suya que se escapó con un estibador de Gayra se había desangrado en dos horas”. 

“Vete a buscar ahora mismo a esa pobre criatura aunque sea verdad lo que te dicen los celos [le rebuzna Casilda Armenta], sea como sea, que lo bailado no te lo quita nadie. Pero eso sí, sin romanticismos de abuelo. Despiértala, tíratela hasta por las orejas con esa pinga de burro con que te premió el diablo por tu cobardía y tu mezquindad. En serio, terminó con el alma: no te vayas a morir sin probar la maravilla de tirar con amor.”



Gabriel García Márquez


Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes. Ejemplar 011073 de la primera “Edición única y numerada de 25 mil ejemplares”. Diana/Mondadori. Barcelona, octubre de 2004. 112 pp.



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La casa de las bellas durmientes




Una felicidad fuera de este mundo

El escritor y suicida nipón, Yasunari Kawabata (1899-1972), Premio Nobel de Literatura 1968, publicó en japonés, en 1961, su novela breve La casa de las bellas durmientes. La traducción al español de Pilar Giralt data de 1976 y de diciembre de 2004 la quinta edición que Luis de Caralt Editor tiró en Barcelona, precedida por el “Prólogo” que el escritor y suicida Yukio Mishima (1925-1970) urdió ex profeso
(Caralt, Barcelona, 2004)
       Dispuesta en cinco capítulos, La casa de las bellas durmientes narra las cinco visitas que el viejo Eguchi, de 67 años, hace a un pequeño y peculiar burdel erigido en el acantilado de un impreciso lugar del Japón. Eguchi supo de esa secreta casa de citas por el anciano Kiga, quien le dijo que “sólo podía sentirse vivo cuando se hallaba junto a una muchacha narcotizada” y “que acudía allí cuando la desesperación de la vejez le resultaba insoportable”. Se trata de una discreta y pequeña posada (sin señas exteriores) con una sola habitación superior para el lúbrico servicio, a la que por las noches acuden (de uno en uno) ancianos que remuneran y que ya no tienen erecciones. Es decir, según deduce el viejo Eguchi, “no cabía la menor duda de que para los ancianos que pagaban”, “dormir junto a semejante muchacha era una felicidad fuera de este mundo”. Allí los recibe, en kimono, una madrota de unos 45 años, que al parecer es la encargada de ese camuflado y clandestino negocio que funciona al margen de la ley y a través, se colige, de una red mafiosa que engancha a las jóvenes (que acuden allí a narcotizarse y desnudarse por el dinero) y que quizá soborna a ciertas autoridades que se hacen de la vista gorda ante su existencia, quizá boyante (“Dígaselo al hombre que posee la casa. ¿Qué he hecho yo de malo?”, dice la madama en un defensivo y breve alegato). La madrota le recita al viejo Eguchi las estrictas reglas de la casa. La fémina (a veces menor de edad o muy joven), dormida con un fuerte narcótico, yace desnuda en el cuarto ex profeso del piso superior, desde donde se oye y otea el mar. El anciano, también desnudo, se acuesta y pasa la noche junto a ella. Y para conciliar el sueño, tiene a la mano dos píldoras, dos somníferos de los que puede hacer uso o no, parcial o totalmente.

Yasunari Kawabata y una bella despierta
  “No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido”, recita la madama, en cuyo nudo del obi se observa y observa “un pájaro grande y raro”, con “ojos y pies” muy realistas y estilizados. “Ciertos ancianos tal vez acariciarían todas las partes de su cuerpo, otros sollozarían”, piensa el viejo Eguchi. Pero los toqueteos, las observaciones eróticas y las exploraciones corporales que él hace en cada cuerpo desnudo, si bien no van más allá de lo superficial y de sus divagaciones mentales, denotan la probabilidad de que algún vejete sí desbarre en lo prohibido o cometa un crimen (viole o asesine). Más aún por el hecho de que el viejo Eguchi, según dice en su intimidad, aún “no ha dejado de ser hombre” y pasa una candente prueba de fuego: en su segunda cita le toca una joven dizque con experiencia, por cuya seducción e inefable belleza él apoda “la hechicera”. En el momento en el que se dispone a penetrarla (lo que equivale a una violación), descubre su doncellez: “¡Una prostituta virgen, a su edad!”, exclama. Y se detiene, la respeta. Y entre sus posteriores devaneos mentales e íntimas evocaciones colige que todas las bellas durmientes de la casa son vírgenes. Pero tal vez yerre.

Rafel Cansinos Assens y una bella despierta
  En el refranero que figura al final del tercer tomo de Las mil y una noches (Aguilar, Madrid, 1955) traducidas del árabe por Rafael Cansinos Assens (1882-1964) se lee “Sobre los deleites de la vida”: “La delicia de la vida en tres cosas se cifra: en comer carne, montar sobre carne y hacer entrar la carne en la carne.” Quizá esto lo suscribiría el viejo Eguchi y los decrépitos, feos y patéticos ancianos sin erecciones que frecuentan la casa, que de budistas no tiene un pelo, dado su apego a la carne, al placer de los sentidos y a sí mismos. 

Y si bien Eguchi se limita a oler y a tocar y a ciertas reflexiones mundanas y eróticas, las remembranzas de su pasado y de su actual estado civil (tiene esposa y tres hijas casadas), entreveradas en el desarrollo de cada visita, revelan que es un voluptuoso incorregible, que ha llevado y cultivado una doble vida y por ende radiografía: “Los ancianos que vienen aquí siguen atados a sus ligaduras”. O dictamina entorno a una noche fría: “Morir en una noche como ésta, con la piel de una muchacha para calentarse, debe ser el paraíso de un anciano”. O decanta al olisquear el sobaco de una desnuda bella durmiente de menos de 20 años: “La vida misma”. “Una muchacha como ésta insufla vida a un viejo de sesenta y siete años”.   
   
Yasunari Kawabata
        No extraña, entonces, que en su tercera visita a la casa, a un lado del cuerpo de una narcotizada adolescente de unos “Dieciséis años, más o menos”, rememore la felación, que “hacía mucho tiempo”, le hizo una meretriz de 14 años, ansiosa de terminar su trabajo e irse a un aledaño festival, quien “Usó su lengua larga y delgada. Estaba mojada, y Eguchi no se sintió complacido”. O que apenas hace tres años, a sus 64 años de edad, durante un viaje a Kobe, en un casual club nocturno haya conocido a una esbelta joven de menos de 30 años, a quien durante el baile invitó a la cama del hotel y que resultó tener dos pequeños hijos en casa y un marido laborando en Singapur, quien, pese a la contigüidad y al regreso de éste, según le dijo en varias cartas, estaba dispuesta a seguir con la secreta aventura sexual. 

La placentera quinta visita que el viejo Eguchi hace a “la casa de las bellas durmientes” queda marcada por el drama y el desasosiego. La madrota, esa “alcahueta fría y avezada” cuyo contacto le repugna, lo espera con antelación, pues se acude allí con previa cita telefónica. Esa vez, para su sorpresa y deleite, le ha dispuesto dos jóvenes para él solo, que ya están tendidas en la cama, desnudas y narcotizadas. 
El viejo Eguchi, desnudo y luego de sus previsibles toqueteos, olfateos, íntimos pensamientos y fragmentarias evocaciones de ciertos episodios de su vida, ingiere el par de píldoras y se queda dormido. Tiene algunas pesadillas eróticas y alrededor de las cuatro de la madrugada se despierta y descubre que una de las jóvenes, la morena, de menos de 20 años, yace muerta (con el cuerpo frío, sin respiración, sin latidos, sin pulso). Da la voz de alarma. La madrota no tarda en acudir al piso de arriba y en el diálogo que entablan se transluce que ésta, auxiliada por un hombre que está en el piso de abajo (quizá un custodio o el “hombre que posee la casa”), harán lo debido para que no ocurra un escándalo que trunque el clandestino negocio. “No se alarme. No le causaremos ningún problema. Su nombre no será pronunciado”, le dice la madama, quien también le ruega que no se vaya, “pues no conviene llamar la atención ahora”. 
La madrota, que a pesar de la evidencia niega que la joven morena haya muerto, carga el cuerpo desfallecido al piso de abajo. Y al poco rato, el viejo Eguchi, desde la ventana del piso de arriba, ve alejarse de allí un coche donde quizá la lleven; tal vez “a la ambigua posada donde condujeron al anciano Fukura”, piensa; que tal vez también sea propiedad del dueño de “la casa de la bellas durmientes”. O quizá la trasladen a otro sitio encubierto y sombrío donde la mafia la desaparece (para no causar ningún problema y continuar con el lucrativo comercio), pues la novela no narra qué ocurre con su cuerpo muerto ni qué suscita su desaparición en su entorno familiar e inmediato. Ni mucho menos dilucida cuál fue la causa de su súbita y silenciosa muerte, quizá imprudentemente provocada por el fuerte narcótico, el cual, según la madama, no tolerarían los seniles y climatéricos ancianos y por ende se lo niega al viejo Eguchi cada vez que se lo pide prometiendo pagar más. 
Yasunari Kawabata
(1899-1972)
  Es decir, el viejo Fukura, “un director de empresa” y conocido del viejo Kiga, hace unos días murió de un infarto mientras allí en la casa pasaba una noche de placer junto al cuerpo desnudo y narcotizado de una joven. Y pese a que el viejo Kiga alude “una especie de eutanasia” y a que la madrota parlotea sobre “una muerte feliz”, hay indicios de que no fue así, sino que murió con dolores y con desesperación ante la intempestiva muerte, pues la madrota oyó un “extraño gemido” y subió a indagar lo que ocurría: descubrió que “su respiración y su pulso se habían detenido” y que la bella durmiente “tenía un arañazo desde el cuello hasta el pecho”, “un arañazo con algunas gotas de sangre”, que hizo que la fémina quedara fuera de servicio, “de vacaciones hasta que cicatrice el arañazo”, y quien al despertarse y descubrir la herida e ignorante del infausto meollo, sentenció: “Qué viejo tan repugnante”.

El caso es que para ocultar su doble vida y preservar el buen nombre del “director de empresa” y para mantener en la sombra el clandestino negocio de “la casa de las bellas durmientes”, la mafia llevó el cuerpo del viejo Fukura a una posada que también solía frecuentar, donde se dijo que murió de un infarto. Así, no hubo investigación policíaca, no se interrogó a los otros ancianos ni a las muchachas, ni la familia se enteró de lo sucedido. De modo que en los periódicos sólo aparecieron dos notas necrológicas: “de su empresa” y “de su esposa e hijo”.
Vale advertir, por último, que el ligeramente preciosista diseño del libro luce estropeado con horrendas erratas.



Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes. Prólogo de Yukio Mishima. Traducción al español de Pilar Giralt. 5ª ed., Caralt. Barcelona, 2004. 158 pp.





jueves, 7 de enero de 2016

Juan Rulfo: Oaxaca



El lugar donde anida la tristeza
                                    
I de II
Con un diseño de José Luis Lugo y coeditado por la Fundación Juan Rulfo y Editorial RM, el libro-catálogo (español-inglés) Juan Rulfo: Oaxaca (22.02 x 14.01 cm) se imprimió en China, en “mayo de 2009”, con un tiraje de “mil quinientos ejemplares encuadernados en pasta dura; cien de ellos numerados y con una impresión (plata sobre gelatina) de una fotografía original de Juan Rulfo”, los cuales, además, cuentan con una caja-estuche de color rojo, el color de los filos de las hojas.  
Juan Rulfo (1917-1986)
Juan Rulfo: Oaxaca es una escueta antología de las fotos “oaxaqueñas” concebidas por el escritor y fotógrafo Juan Rulfo (1917-1986), cuyo legado fotográfico resguarda la Fundación Juan Rulfo (fundada en 1996 y desde 1998 dirigida por el arquitecto Víctor Jiménez), cuyo monto total se estima en “alrededor de 7000 negativos” (“aproximadamente la mitad” “de edificaciones”), más hojas de contactos e impresiones vintage.
En su prólogo, Víctor Jiménez (además de apuntar que “Luvina” también es el “nombre de un poblado oaxaqueño del municipio de Abejones, en la Sierra Juárez”), dice que la idea de la selección de las fotos comenzó a pergeñarse en “diciembre de 2006” cuando él y Juan Francisco Rulfo, el segundo de los cuatro hijos del autor de El llano en llamas (FCE, 1953) y de Pedro Páramo (FCE, 1955), en medio de la descomposición social (en el estado oaxaqueño y en el país) visitaron Oaxaca y charlaron con el pintor Francisco Toledo. Entre lo que se dijo se planeó una muestra, con su libro-catálogo, de las fotos tomadas por Juan Rulfo en territorio oaxaqueño, la cual sería exhibida en el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo (ubicado en Bravo 116 esquina con García Vigil, en el Centro Histórico de Oaxaca). 
Dadas las dimensiones de tal edificio, la antología de las imágenes debería ser breve. Por lo que dice, se deduce que Víctor Jiménez hizo una primera elección de 350 fotos. Y luego se sucedieron “dos etapas”: una “en 2007, en Londres”, donde “Andrew Dempsey, uno de los pocos investigadores que conocen completo el archivo fotográfico de Juan Rulfo”, eligió, de las susodichas, “un poco más de un centenar”. Después, “A lo largo de 2008 y a principios de 2009 Toledo realizó la curaduría final: cincuenta imágenes que partían básicamente de la selección de Dempsey, incorporando algunas de las restantes.”
Apunta Víctor Jiménez que “Predominan en la selección aquí reunida las fotografías de campesinos (hombres y mujeres) oaxaqueños desempeñando diversas actividades, de trabajo y esparcimiento; hay también fotografías de la arquitectura zapoteca de Mitla y Monte Albán, así como de la arquitectura popular y no pocas de paisaje (entre ellas dos a color), pero curiosamente prefirió omitir Toledo las dedicadas a la arquitectura colonial, y esto es significativo si se ve esta decisión desde la historia de Oaxaca.” Sin embargo, sí hay una imagen de arquitectura colonial o por lo menos influida por ella: es la quinta que figura en el libro-catálogo, cuyo pie, en la “Lista de imágenes”, reza: “Iglesia de Cotzocón, 1956”.
Iglesia de Cotzocón (1956)
Foto: Juan Rulfo
48 de las 50 fotos antologadas en Juan Rulfo: Oaxaca están fechadas en 1956, entre ellas el par a color: “Cactáceas” y “Paisaje desértico”; y las dos restantes son las más remotas: “Órgano, ca. 1950” y “Madre e hijo en casa, década de 1940”. Si bien la impresión de las 50 fotos en papel mate puede calificarse de óptima, las dimensiones de esta bellísima imagen: 8 x 8.04 cm —medidas que son el promedio de la mayoría y que se colige fueron captadas por Rulfo con su legendaria Rolleiflex 6 x 6 cm— implican las muchas minucias que se pierden en su pequeño formato, si la comparamos con su más amplia reproducción (14.07 x 16 cm) en el volumen México: Juan Rulfo, fotógrafo (Lunwerg, 2001), en cuya p. 79 se rotula sin fecha: “Madre e hijo en la sierra de Oaxaca”, imagen donde en medio de la paisajística vista una mujer y un pequeño niño (ambos vestidos de blanco y quizá en un día que no es el Día de las Madres) caminan de espaldas rumbo a un solitario jacal de tablas y techo de tejas, tal vez su humilde y solitario hogar en medio del descampado de un cerro, cuyo fondo son las montañas de la sierra y el inescrutable cielo.
Madre e hijo en casa, década de 1940
Foto: Juan Rulfo
Se ignora la razón por la cual Rulfo tomó tal foto y en qué contexto (Jiménez supone que “Quizá visitó por primera vez el estado en la década de 1940”). Pero al parecer, por la datación “1956”, la mayoría de las tomas tienen un origen viajero y documental vinculado al período en que el escritor, proclive al excursionismo, trabajó en la zona de la Cuenca del Papaloapan haciendo investigaciones de tipo antropológico, sociológico y fotográfico en vías de organizar una revista, de la que sería director, cuyo proyecto en ciernes se truncó con el trágico fallecimiento, el 13 de noviembre de 1956, del ingeniero Raúl Sandoval Landázuri, quien desde 1953 era el principal motor y catalizador de la Comisión del Papaloapan desde su puesto de Vocal Ejecutivo. 
De tal etapa da visos el curador británico Andrew Dempsey en su ensayo “La discreción de Juan Rulfo. Reflexiones sobre una fotografía: Mujeres de Oaxaca recogiendo café”, urdido ex profeso para el presente libro-catálogo, donde además de que resulta mucho más lúcido y congruente que en su prólogo que preludia el librito Juan Rulfo, fotógrafo (CNCA, 2005) y que en sus cinco prefacios que se leen en el volumen 100 fotografías de Juan Rulfo (FJR/RM, 2010), revela ser un aplicado y ferviente discípulo: “Estoy inmensamente agradecido con Víctor Jiménez, director de la Fundación Juan Rulfo, así como arquitecto y escritor, quien me ha dado buena parte de la información en la cual se basa este ensayo. No sorprende que uno de sus correos electrónicos incluyera una guía completa del proceso de cultivo del café y que otro explicara detalladamente la técnica de construcción vernácula conocida como bajareque (esto en respuesta a una pregunta sobre la estructura que aparece detrás de las dos mujeres en la fotografía). He llegado a pensar que puedo acudir a él a propósito de casi todo y casi siento que su nombre debería aparecer como coautor de este ensayo. La información es suya, aunque quizá no esté de acuerdo con las opiniones aquí expresadas.”
Vale la pena transcribir el inicio de su reflexión, análisis e información en torno a la foto “Mujeres de Oaxaca recogiendo café”, pues además de que da luces al neófito y al lego, implica que cada imagen de las compiladas en Juan Rulfo: Oaxaca merece una reflexiva y analítica nota: 
Mujeres de Oaxaca recogiendo café (1956)
Foto: Juan Rulfo
“Las dos mujeres de esta fotografía están pasando granos de café del petate doblado que sostiene una de ellas al costal que la otra mantiene abierto. Los granos se habrían puesto a secar en el petate (hay uno más en el piso, detrás de la figura que está a la derecha) como parte del largo proceso de la producción de café —cultivo, cosecha, lavado, secado, pelado—, en este caso en la región montañosa del noreste del estado de Oaxaca.
“Detrás de ambas mujeres hay una construcción baja con un techo de hojas de palma o paja, (lo más probable es que se trate de las primeras), con las paredes de carga hechas de ramas delgadas con un aplanado de barro. Se trata muy probablemente de una vivienda que se usa al mismo tiempo como depósito. Las mujeres usan huipiles largos como túnicas de trabajo y la manera en que se recogen el cabello para mantenerlo en su lugar (entretejiéndolo con cintas de lana) sería la envida de muchos salones de belleza de la capital. Ambas mujeres usan aretes y la de la izquierda lleva un pesado collar. Son realmente hermosas.
“Cuando mostré esta imagen a un historiador de la fotografía [‘Mark Haworth-Booth, ex curador de Fotografía en el Victoria and Albert Museum, en Londres’], de inmediato observó el talón alzado de la figura de la derecha y la manera en que la imagen parece estar totalmente compuesta. El equilibrio de las figuras, una de las cuales ve al frente mientras la otra gira hacia ella, resulta sumamente formal. En efecto, casi tiene la formalidad de la pintura clásica. Esto no debería sorprendernos tratándose de Rulfo. Era autodidacta, pero visualmente muy complejo. Mirar era algo que en verdad le interesaba. Quizá estos dos elementos, la composición y el incidente, son lo que hace que esta imagen fotográfica sea memorable. La composición estabiliza mientras el pequeño incidente —el talón que se eleva, en este ejemplo— introduce tal tensión que la fotografía fija parece contener tanto el momento anterior como el siguiente. Además hay aquí un juego con el claro y el oscuro, con el blanco de los huipiles, el negro del cabello y los tonos más claros del entorno.
“La fotografía fue descubierta en 2007 en una carpeta marcada como ‘Oaxaca’. El negativo no ha aparecido, por lo que sólo tenemos esta impresión, de buena calidad, que mide 14 x 13.5 cm. Tiene un ligero énfasis vertical, en consonancia con sus dos figuras de pie. La historia ‘accidental’ de esta imagen no es inusual tratándose de Rulfo. Él era, al mismo tiempo, cuidadoso y despreocupado con sus fotografías. Por un lado, guardaba todo: unos 7 mil negativos e impresiones de contacto; por el otro, mandaba revelar fotografías al laboratorio y uno sospecha que no siempre verificaba que le devolvieran juntos negativos e impresiones.” 

               
II de II
Tiene razón el británico Andrew Dempsey al decir que “Las protagonistas de casi la mitad de las imágenes de esta exposición son mujeres”, niñas incluidas, quienes figuran en diversas labores del campo, del mercado, del acarreo del agua, de la maternidad, de las celebraciones y del ocio. Entre ellas destaca “Niña mixe, 1956”, la única foto del libro-catálogo Juan Rulfo: Oaxaca que encuadra a una solitaria chiquilla, cuya mirada hacia un lado y su índole paupérrima, si bien evocan al desharrapado y descalzo chamaquito que se observa en “Niño y grupo” —foto rotulada así en la p. 97 del volumen México: Juan Rulfo, fotógrafo (Lunwerg, 2001)—, su pose, el muro de piedra donde se recarga y su único pie descalzo que asoma de su vestido con patitos bordados, recuerdan a la celebérrima escuincla mendiga (Alice Liddell) con los pies desnudos y en harapos que el reverendo Charles Lutwidge Dodgson (Lewis Carroll) en circunstancias antagónicas (puesto que montó la escena y su modelo era una niña rica disfrazada) fotografió el verano de 1856 en el Deanery Garden del colegio Christ Chrurch, en Oxford, Inglaterra. 
Niño y grupo (s/f)
Foto: Juan Rulfo
Niña mixe (1956)
Foto: Juan Rulfo
Alice Liddell de mendiga
Deanery Garden, Christ Chrurch, Oxford
Verano de 1858
Foto: Lewis Carroll
        El lector que observe las 50 minúsculas reproducciones fotográficas reunidas en Juan Rulfo: Oaxaca puede darse por satisfecho o por insatisfecho, pues sólo son un mínimo bosquejo de lo que aún es el inédito conjunto de las imágenes “oaxaqueñas” que obran en el archivo de la Fundación Juan Rulfo, A.C. Y lo mismo puede ocurrir en torno a la escueta y vaga información que Andrew Dempsey esboza sobre el período de Juan Rulfo en la Comisión del Papaloapan, entre 1955 y 1956, de cuya estancia en la Cuenca —que comprende latitudes del estado de Oaxaca, del estado de Veracruz (Rulfo vivió en Ciudad Alemán) y del estado de Puebla— y proyecto en ciernes (la conformación de una revista que él dirigiría) al parecer provienen la mayoría de las fotos antologadas. Y si bien Dempsey se muestra moderado y preciso en algunos de sus datos, no por ello tal etapa de la biografía de Rulfo deja de ser muy nebulosa para los lectores no especialistas (que son la mayoría) que buscan informarse sobre ella. Amén de que en “marzo de 1955” se publicó Pedro Páramo con el número 19 de la serie letras mexicanas del FCE, ese año también trabajó, en la ex Hacienda Soltepec, en Tlaxcala, de “asesor en el área de la verosimilitud” durante el rodaje de La escondida (1956), película de Roberto Gavaldón basada en la novela homónima de Miguel N. Lira, donde “aprovechó esa visita para hacer algunas docenas de fotografías con actores descansando o posando (como Pedro Armendáriz, María Félix, Jorge Martínez de Hoyos y extras), vendedores que se acercaban por el lugar, edificios...”, algunas de cuales se pueden apreciar en el citado volumen México: Juan Rulfo, fotógrafo y en el número 24 de la revista Luna Córnea (CI/CNCA/CENART, 2002).
Por ejemplo, Alberto Vital, uno de los últimos expertos en la vida y obra de Juan Rulfo más recurrentes, en su breve capítulo “Comisión del Papaloapan, 1954-1957” que se lee en la p. 158 de Noticias sobre Juan Rulfo (UNAM/RM, 2003), además de no ahondar en lo que Rulfo hizo y no hizo allí, incluye flagrantes yerros que el lego repetiría o tomaría como una verdad documentada y fehaciente: “Al recapitular las actividades laborales, recordemos que Rulfo había renunciado a la Compañía Hulera Euzkadi en 1952 para dedicarse de lleno a la beca del Centro Mexicano de Escritores [fue becario en dos ciclos: 1952-1953 y 1953-1954; en el primero para autores con obra aún no publicada, pues El llano en llamas apareció hasta “septiembre de 1953” con el número 11 de la serie letras mexicanas del FCE]. Al terminar ésta en 1954, el ingeniero Raúl Sandoval, que lo admiraba tanto como Rulfo a él, lo invitó a dar asesoría y realizar investigaciones de campo sobre los habitantes y sus tradiciones en el contexto de la organización de los sistemas de riego en la región sur del estado de Veracruz, como parte de la Comisión del Papaloapan. Raúl Sandoval fue asesinado cuando investigaba negocios turbios en torno a la obra; el número 409 de México en la Cultura, del 20 de enero de 1957, rindió homenaje al heroico ‘domador de ríos’. El director era Fernando Benítez; el diseñador, Vicente Rojo. El número incluyó fotos y un texto de Rulfo.”
Dempsey, por su parte, no le señala el error ni el infundio a Vital; pero al referir “la muerte de Sandoval” (que fue “un revés personal para Rulfo”) alude, sin precisar, “un accidente aéreo” ocurrido en “noviembre de 1956” y cita un fragmento del susodicho texto de Rulfo publicado en México en la Cultura, el cual fue reproducido el domingo 12 de noviembre de 2006 en el número 616 del suplemento La Jornada Semanal. Ejemplar que además del texto in memoriam escrito por Rulfo sobre el ingeniero y de varias fotografías tomadas por él, incluye dos textos más que aparecieron en ese número de México en la Cultura, escritos por dos contemporáneos del ingeniero Raúl Sandoval Landázuri (1916-1956): Fernando Hiriart Balderrama (1914-2005) y el ex rector de la UNAM Javier Barros Sierra (1915-1971); más un artículo de Rolando Cordera Campos sobre la obra de Sandoval (quien además le extirpa el segundo apellido a Hiriart y le implanta el de “Urdanivia”); y dos breves notas de Víctor Jiménez, director de la Fundación Juan Rulfo y estudioso de su vida y obra, más dos artículos de un par de rulfistas no menos avezados: “Raúl Sandoval y Juan Rulfo”, de Víctor Jiménez; y “Rulfo en el Papaloapan: algunos documentos”, de Jorge Zepeda. No obstante, los prietitos en la sopa de letras y los antagonismos no están ausentes. Víctor Jiménez apunta como fecha de edición del citado número de México en la Cultura no el “20” sino el “30 de enero de 1957”; certifica la muerte de Sandoval “en un accidente aéreo en noviembre de 1956”; pero de Vocal Ejecutivo lo eleva a “director de la Comisión del Papaloapan”, pese a que Fernando Hiriart y Barros Sierra testimonian que era Vocal Ejecutivo desde su nombramiento en 1953; y rebautiza como “Músicos de Tlahuitoltepec” la foto “Músicos mixes” (que acompañó el texto necrológico de Rulfo), rotulada así en la p. 110 del volumen México: Juan Rulfo, fotógrafo y en el librito Juan Rulfo, fotógrafo (CNCA, 2005), donde Andrew Dempsey la dató en “1956”; pero Paulina Millán Vargas, en “La difusión inicial de las fotografías de Juan Rulfo (1949-1964)” —ensayo antologado por Jorge Zepeda en Nuevos indicios sobre Juan Rulfo: genealogía, estudios, testimonios (FJR/Juan Pablos Editor, 2010)—, le enmienda la página reportando que tal imagen había aparecido un año antes: el “2 de octubre de 1955” en el número 341 de México en la Cultura, junto con otras seis fotos de Rulfo (todas sin títulos ni créditos), ilustrando “El mundo indígena de los pueblos del Papaloapan”, artículo del antropólogo Alfonso Villa-Rojas. No extraña, entonces, que en el volumen 100 fotografías de Juan Rulfo (FJR/RM, 2010) se halla retitulado así: “Músicos con tambor y tuba en Tlahuitoltepec, 1955”.
Músicos con tambor y tuba en Tlahuitoltepec (1955)
Foto: Juan Rulfo
      Alberto Vital, en su artículo “Raúl Sandoval y Juan Rulfo”, sufre amnesia ante lo que apuntó en Noticias (que más que biografía parece una cronología comentada y con ampulosas digresiones y citas que poco o nada tienen que ver con Rulfo) y sólo menciona “La repentina muerte de Raúl Sandoval el 13 de noviembre de 1956”, quien, dice, había contratado al escritor como “asesor e investigador de campo”. Según apunta, “Entre el verano de 1954 y noviembre de 1956, esto es, durante más de dos años, la vida de Juan Rulfo quedó marcada por la presencia y las actividades del ingeniero Raúl Sandoval Landázuri (1916-1956), vocal ejecutivo de la Comisión de Papaloapan desde 1953, al inicio del sexenio de Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958) [...]”
Jorge Zepeda, por su parte, en “Rulfo en el Papaloapan: algunos documentos”, también alude el “accidente” en que murió el ingeniero y reduce, de entrada, la etapa en que el escritor laboró en la Comisión: “El archivo de Rulfo conserva diversos documentos de su paso por la Comisión del Papaloapan que reflejan sus responsabilidades dentro de la misma. A pesar del lapso relativamente breve de su participación (del 1 de febrero de 1955 —fecha de su contrato— al 13 de noviembre de 1956 —fecha del deceso de Raúl Sandoval Landázuri) [...]”
Pero ¿quién fue ese “domador de ríos” y cuál fue su obra en la Comisión del Papaloapan? Javier Barros Sierra, en su “Elogio fúnebre”, apunta: “Desde 1933 y durante siete años, ocupamos en las mismas aulas de la universidad sillas contiguas: primero en la preparatoria, luego en la Escuela de Ingenieros; ya entonces sus compañeros admiramos en él su extraordinaria seguridad; su desdén por lo simplemente retórico, es decir por lo superfluo; su rebeldía creciente y a veces exagerada por lo convencional y lo momificado.” [...] “Fue, sin discusiones, el primero en aquella generación egresada en 1939; todos, profesores y alumnos, le reconocimos siempre ese lugar.” 
En este sentido, Hiriart bosqueja así su labor en la Comisión y esperemos que no yerre en todos sus datos y loas, pues en su previo resumen de la trayectoria de Sandoval le adjudica la edificación del CUPA (Centro Urbano Presiente Alemán), conocido como “el Multi” o “Multifamiliar Alemán”, ubicado en la esquina de Av. Coyoacán y Félix Cuevas en la Col. Del Valle de la Ciudad de México, que es una histórica obra del arquitecto Mario Pani Darqui (1911-1993), que además alberga el boceto de un mural exterior e inconcluso de José Clemente Orozco (1883-1949):
CUPA (Centro Urbano Presidente Alemán)
Ciudad de México, 1948
Foto: Guillermo Zamora
“En 1953 Raúl Sandoval fue nombrado vocal ejecutivo de la Comisión del Papaloapan. Durante los primeros meses de su gestión continuó en el plan de ingeniero y se ocupó de terminar la presa Miguel Alemán en un tiempo excepcionalmente corto. Durante seis meses se trabajó día y noche colocando 30 mil metros cúbicos diarios de tierra y roca. En esta forma se logró terminar la presa antes de la temporada de lluvias, evitando así la inundación de la zona del bajo Papaloapan. Después Sandoval se transformó; el problema de desarrollar la Cuenca no fue sólo de ingeniería ni de proyección y construcción de obras, sino el planeamiento del desarrollo armónico de una enorme región con gran variedad de climas, sin comunicaciones y con un millón de habitantes que, por el aislamiento en que habían vivido, prácticamente no sabían leer y muchos de ellos ni hablar español. Esta tarea que requería la dirección de un estadista más que la de un ingeniero, fue llevada a cabo con éxito completo por Raúl Sandoval.
“Con la cooperación de economistas, ingenieros, agrónomos, geólogos, biólogos, educadores y demás especialistas, estudió, planeó e inició el desarrollo integral de la Cuenca, construyendo caminos, escuelas, hospitales, saneando grandes regiones, desmontando zonas de cultivo, fomentando la minería, formando cooperativas agrícolas y, en resumen, tratando de aprovechar hasta lo último todos los recursos de la Cuenca para procurar el mejoramiento moral y económico de todos sus pobladores.”


Juan Rulfo: Oaxaca. 48 fotos en blanco y negro y 2 a color de Juan Rulfo. Un dibujo de Francisco Toledo. Textos en español e inglés de Víctor Jiménez y Andrew Dempsey. Traducciones de Sandra Luna y Mario Murgía. Fundación Juan Rulfo/Editorial RM. China, 2009. 80 pp.

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Siqueiros. La piel y la entraña



No hay más ruta que mi rollo
                               
I de IV
Publicado en agosto de 2003 por el FCE, Siqueiros. La piel y la entraña (27.6 x 19.6 cm) es un libro del periodista Julio Scherer García (México, abril 7 de 1926, ibídem, enero 7 de 2015), cuya primera edición en Ediciones Era data de “abril de 1965”, mientras que la segunda, editada por Promotora de Ediciones y Publicaciones, data de 1974. Con diseño gráfico de Vicente Rojo Cama, el libro (de pastas duras y sobrecubierta) incluye, en blanco y negro, una serie de dibujos y bocetos del artista seleccionados del archivo de la Sala de Arte Público Siqueiros. No obstante, hubiera sido más enriquecedor que además se reprodujeran, en color, las pocas obras pictóricas que el artista alude en varios textos.
(Tezontle, FCE, México, 2003)
Urdidos con un tratamiento literario más que periodístico, Siqueiros. La piel y la entraña reúne una miscelánea de 51 capítulos con título de índole biográfica-autobiográfica, precedidos por un prólogo de Julio Scherer donde vagamente refiere la entonces recién última estancia del pintor en el Palacio Negro de Lecumberri y su entonces recién “indulto presidencial”. Es decir, ante el vacío informativo (una clara negligencia y cómoda pereza del reportero y entrevistador), el lector, por sí mismo, tiene que recurrir a alguna bibliografía que le permita ubicar y precisar los históricos y biográficos datos y contextos sociales y políticos que el periodista omite. En este sentido, un pasaje de su prefacio resulta una especie de declaración de principios: 
Julio Scherer
(Ciudad de México, abril 7 de 1926-, ibídem, enero 7 de 2015)
“Digamos por último algo acerca de este libro:
“No es biográfico. Es, simplemente, una semblanza, el apunte de un carácter a través de hechos menudos, hasta insignificantes si se quiere, pero importantes para entender algo de lo que ocurre en el interior de un hombre. No hay aquí reseñas de acontecimientos ni preocupación por las efemérides. No existe un plan estricto y es el libro un tanto desordenado, como revuelta, confusa, sin principio ni fin lógico puede ser la conversación espontánea y aun la vida. Emociones, recuerdos, imágenes, ensueños, fantasías, teorías, todo junto forma estas páginas. Su contenido es en apariencia caótico, como caótica puede parecernos la mezcla de tierra, hojas, flores y agua que el vendaval arrastra.
“En la cárcel, durante su cautiverio, obtuve de Siqueiros el material de esta obra.” 
     El pintor murió a los 77 años el 6 de enero de 1974 “en su casa de Cuernavaca, Morelos” (fecha que explica la citada segunda edición del presente libro). Según dice Irene Herner en Siqueiros, del paraíso a la utopía (SEC-DF, 2010), el artista no “nació en Santa Rosa, hoy Camargo, Chihuahua” —dato muy divulgado y elusivo, como el hecho de que “Según Raquel Tibol hay varios pasaportes [del pintor], cada uno da una fecha de nacimiento diferente entre 1896 y 1897”—, sino en la Ciudad de México, el 29 de diciembre de 1896, y fue registrado “en 1902 en Irapuato, Guanajuato”, con el nombre de “José de Jesús Alfaro Siqueiros (no David)”. “El nombre de David [dice Herner] lo adoptó Siqueiros en Europa, en 1920, inspirado por la comparación que hiciera Gachita Amador [su primera esposa] entre el buen parecido de su marido y la escultura del David de Miguel Ángel.” No obstante, en las evocaciones urdidas por Julio Scherer el pintor se autonombra “José David Alfaro”, incluso en las que se ubican en la infancia (signada por la presencia de su católico padre Cipriano Alfaro —Caballero de Colón— y por la de su abuelo paterno, Antonio Alfaro Sierra, alias Siete Filos —libertino, borrachín, cuentero), amén de que su hermano, presente en varios recuerdos y anécdotas, se llamaba Jesús.
Irene Herner con su libro:
Siqueiros, del paraíso a la utopía (SEC-DF, 2010)
Según Irene Herner, Siqueiros, “El 9 de agosto [de 1960] es aprehendido con lujo de violencia por el general Gómez Huerta (jefe del Estado Mayor Presidencial) en la casa del gran amigo de los artistas, el coleccionista Carrillo Gil, donde se había refugiado, y es encarcelado en Lecumberri (hasta el 13 de julio de 1964), acusado del delito de Disolución Social [no menciona otras presuntas transgresiones], junto con el anciano periodista Filomeno Mata, el maestro Othón Salazar y los dirigentes del movimiento ferrocarrilero: Demetrio Vallejo, Valentín Campa y Encarnación Pérez.”
Raquel Tibol, en Palabras de Siqueiros (FCE, 1996) —libro compilado y anotado por ella— dice que “Las acciones de solidaridad en su favor no conocieron fronteras ni diferencias sociales. Estudiantes, trabajadores, intelectuales, artistas, campesinos de México y de todos los continentes se movilizaron por miles y millones demandando su libertad.” En 1962, apunta, “La Quinta Corte Penal lo sentencia a ocho años de prisión como responsable del delito de Disolución Social. Entre las pruebas se incluye el contenido de su pintura.” No obstante, anota: “El indulto [que le devolvió la libertar el 13 de julio de 1964], firmado por el presidente Adolfo López Mateos y el subsecretario de Gobernación Luis Echeverría Álvarez, señalaba: ‘Que por la calidad de la obra artística de David Alfaro Siqueiros, y el reconocimiento de la misma en la República mexicana y en el extranjero, la realización de dicha obra puede quedar dentro de los límites que abarca el concepto de importantes servicios prestados a la nación.” Tal es así que el 18 de julio de 1980, por decreto del presidente José López Portillo, “se confiere a su obra el rango de Monumento del Patrimonio Artístico de la Nación, junto con José María Velasco, el Dr. Atl [Gerardo Murillo], Saturnino Herrán, José Clemente Orozco, Diego Rivera y Frida Khalo.”
(FCE, México, 1996)
Dado que entre 1960 y 1964 Siqueiros estuvo preso en Lecumberri (celda número 40 de la crujía “I”), el lector, a priori, supondría que fue la época en que Julio Scherer lo visitaba para conversar con él y urdir el libro aporreando su portátil máquina de escribir. Pero según una carta del pintor dirigida al periodista, fechada en la cárcel el 3 de julio de 1964 (diez días antes del indulto presidencial que lo liberó) —la cual se puede leer en Palabras de Siqueiros—, Scherer lo visitó “durante varios meses del año de 1961”, lapso en que el reportero, “a pocos metros de distancia del vigilante ad hoc nombrado para ello por la dirección de la ergástula”, “escribió a máquina” “387 páginas, a renglón cerrado”, dictadas por el pintor con el objetivo de concebir un “libro biográfico” o “autobiográfico”.    Mamotreto de marras (recuperado por el pintor a través de Angélica Arenal con la infructuosa intención de ser ordenado por él) del que Julio Scherer urdió “159 páginas, a renglón abierto”, las cuartillas originales de lo que casi un año después sería la primera edición de Siqueiros. La piel y la entraña. Tras leerlas en la celda para su revisión (y aún sin saber que sería liberado diez días después), el pintor le dice: “de ese material he podido sacar la conclusión de que usted en su proyecto utilizó algo más del 25%, excluyendo de mis relatos todos los preámbulos y conclusiones de carácter político, sobre todo aquellas que utilizo para evidenciar la capitulación política de los gobiernos de la oligarquía de nuestro país, es decir, despojó usted un organismo de la causa básica misma de su propia existencia, esto es, de su base social-política.” Y por ende el libro inédito de Scherer le parece al pintor que sólo reúne “algunas anécdotas y, entre éstas —además de inconexas—, las más superficiales”, que representan “una parte desvirtuada por habérsele despojado de su esencia política”. Pero no obstante sus objeciones y críticas, al final lo invita a rehacer y ampliar el plan: 
“¡Don Julio, don Julio!, hagamos el libro proyectado y no una simple mutilación literaria del mismo. Usted, que empezó conmigo a hacer ese trabajo, es el único que puede llevarlo a su culminación. No me niegue su solidaridad en tal orden, aunque pueda no estar conmigo de acuerdo en mi línea política. Los biógrafos, o quienes ayudan a hacer una biografía, no necesitan pensar como el biografiado.
“Por favor, venga a verme, para que yo de viva voz lo convenza de lo inconveniente de publicar el libro nuestro con sólo las dos orejas, la nariz y parte de los dedos en vez de hacerlo de cuerpo entero. Si usted se ha comprometido a que la publicación de nuestro trabajo se haga dentro de un plazo determinado, creo que en las condiciones políticas y legales de mi caso, en estos momentos, los editores, o posibles editores, comprenderán la necesidad de darnos un nuevo plazo.
“Lo abraza, DAVID ALFARO SIQUEIROS.”
Vale observar que tal anhelo del pintor sólo cobró forma en su legendario, polémico y póstumo libro de memorias (aún sin reeditar desde la primera edición de diez mil ejemplares): Me llamaban el Coronelazo (Grijalbo, 1977, 662 pp., incluido el útil índice de “Personajes que se mencionan en la obra” y el “Material fotográfico”: 32 fotos en blanco y negro con deficiente definición y yerros y omisiones en los pies), que si bien su mayor parte tiene su origen en el mamotreto dictado a Julio Scherer en 1961, pasó por el tamiz editorial de Angélica Arenal, la viuda de Siqueiros, quien además de prologarlo, le añadió “algunos escritos” que obraban “en el archivo de David” y ordenó el conjunto en XXVII capítulos con rótulos. 
(Grijalbo, México, 1977)
Llama la atención, al reseñista, el “Capítulo XVII”: “Por qué el ‘atentado’ contra Trotsky”, repleto de tergiversaciones, escamoteos, infundios, mentiras y falaces autojustificaciones. Dice, por ejemplo, que con la anuencia del gobierno mexicano y del presidente Lázaro Cárdenas, Trotsky estableció en Coyoacán “su cuartel general de lucha contra el gobierno soviético presidido por Stalin” y que allí se celebraban conspirativas, antiestalinistas y antirrevolucionarias reuniones de la IV Internacional. Que el objetivo del ataque armado (ocurrido la madrugada del 24 de mayo de 1940) —a todas luces terrorista—, tenía como objetivo incidir en la revocación del asilo brindado a Trotsky y por ende en desmantelar su presunto “cuartel general”. Según dice, querían “apoderarse de toda la documentación posible [cosa que no lograron], pero evitando hasta lo máximo cualquier derramamiento de sangre”; “de no conseguir nuestro objetivo, nos retiraríamos antes de matar o herir a nadie, aunque haciendo el mayor escándalo posible con las armas de fuego”. Y pese a que declara: “Nunca negué y no niego ahora que mi participación en el asalto a la casa de Trotsky el día 24 de mayo de 1940, objetivamente, conforme a la ley imperante, constituyó un delito y que por ese delito he pasado largos periodos de cárcel, más 3 años de exilio, la pérdida de fuertes cantidades depositadas por concepto de caución y una ofensiva infamante de carácter de escala internacional”, limita su rol y su heroica “participación personal” a un solo acto: “mi cometido fue el de inmovilizar a la defensa exterior de la casa de Trotsky, constituida por 35 policías mexicanos armados de máuseres y que cumplí adecuadamente con ese objetivo”. 

II de IV
Dado que para urdir los 51 capítulos de Siqueiros. La piel y la entraña el periodista Julio Scherer García “durante varios meses del año de 1961” visitó al pintor en la cárcel de Lecumberri (donde estuvo entre el 9 de agosto de 1960 y el 13 de julio de 1964), obviamente no faltan los comentarios y las anécdotas carceleras referentes e ilustrativas de tal período en el que fue acusado y condenado por el absurdo delito de Disolución Social. “¿No fue Jesucristo, como yo, una víctima del delito de disolución social, un perseguido?”, le puntualiza el retórico pintor al sacerdote jesuita Benjamín Pérez del Valle durante una visita “un día de Cuaresma”, diálogo infecundo (el cura le sugiere la vuelta al redil de la fe) que apenas ilustra lo que en otros capítulos es muy evidente: su clara mitomanía. Dice Scherer que Siqueiros “Es vanidoso como mitómano fue Diego Rivera y adusto José Clemente Orozco”. Tiene razón. Sin embargo, la vanidad en Siqueiros es inextricable a su proclividad mitomaníaca, ególatra y exhibicionista, visible en sus autorretratos, en sus historias y recuerdos donde el epicentro es él.
Siqueiros en el Palacio Negro de Lecumberri (c. 1960)
Foto: Héctor García
Pero en el libro también hay relatos que se remontan a otras dos legendarias estancias del pintor en Lecumberri (penal inaugurado el 29 de septiembre de 1900 y sede, desde el 27 de agosto de 1982, del Archivo General de la Nación). Según apunta Irene Herner en Siqueiros, del paraíso a la utopía (SEC-DF, 2010), tras ser reaprendido “el 30 de abril de 1930”, acusado de los “delitos de rebelión, motín y de atentar contra” la vida del presidente Pascual Ortiz Rubio, el pintor “estuvo preso en la cárcel de Lecumberri durante siete meses y al término de ese tiempo, por tratarse de un revolucionario [c. 1914-1919] y de un artista de su calidad, el gobierno le dio ‘libertad caucional, afianzada con 3,000 pesos’.” Más una sentencia a 15 meses de cárcel domiciliaria en “el pueblo minero de Taxco, en las montañas de Guerrero” (allí pintó mucho y recibió la visita de Sergei Eisenstein y Eduard Tissé), donde sólo estuvo “entre diciembre de 1930 y febrero de 1932”, pues rompió el arraigo y reincidió en su activismo político, causa de una “perentoria sugestión de abandonar el país”, cosa que hizo, apunta Raquel Tibol en Palabras de Siqueiros (FCE, 1996). 
En el centro: Siqueiros y Sergei Eisenstein 
(Taxco, Guerrero, México)
Este sentido, en el libro también hay recuerdos y anécdotas sucedidas cuando el pintor tuvo a Taxco por cárcel y sobre cuadros de caballete hechos allí. Y más aún, el capítulo “Prestado por una noche” bosqueja su vejatoria estancia en la Inspección General de Policía de la Ciudad de México cuando llevaba diez días preso tras el atentado contra el presidente Pascual Ortiz Rubio (ocurrido el 5 de febrero de 1930, día de su toma de posesión), encierro del que “Siqueiros pudo escaparse”, dice Irene Herner; pero lo más probable es que sus compinches militares, ex correligionarios suyos en la División de Occidente durante la Revolución, le hayan facilitado la huida (quizá el general Jesús Ferreira que lo pidió “Prestado por una noche” para que se emborrachara con él y gozara en un burdel llamado Viva Jalisco). Fuga que no le duró mucho, pese a que el propio Pascual Ortiz Rubio ya sabía que el pintor no había tenido nada que ver en el ataque que lo mandó la hospital (se dice en el capítulo “Podría tener lo que quisiera”) y que le suscitó una incurable angustia y neurosis que incidió en su renuncia a la silla del águila, hecha efectiva el 2 de septiembre de 1932.
La otra estancia en Lecumberri, sucedida, dice Irene Herner, “entre octubre de 1940 y abril de 1941”, remite al hecho de que Siqueiros, estalinista acérrimo, la madrugada del 24 de mayo de 1940 fue parte de un comando armado (una veintena de matones vestidos con uniformes de militares y policías), organizado por él (y un tal “francés”, un agente de la GPU, la “policía secreta de Stalin”, Eduardo Téllez Vargas dixit, y que Herner identifica como Jorge Dimitrov), que ametralló, lanzó bombas caseras e intentó robar documentos y asesinar —por órdenes de José Stalin—, a León Trotsky en su casa de Viena 19, en Coyoacán, en cuya recámara dormía con su esposa Natalia Sedova y en otra habitación contigua su nieto Sieva (de unos “12 o 13 años de edad”), quien resultó herido de una pierna por el roce de una bala. Tal fallido asesinato finalmente lo perpetró un tal “Frank Jacson” o “Jacques Mornard” (el catalán Ramón Mercader del Río), casi tres meses después, cuando en la tarde del 20 de agosto de 1940, en el estudio de la casa de Coyoacán, lo hirió en la cabeza con un piolet; herida que lo hizo morir, en el hospital de la Cruz Verde, al anochecer del día siguiente. 
José Stalin, Lenin y León Trotsky
Desde su expulsión y exilio en Turquía, en 1929, pululaba, urdida desde la URSS, una conjura internacional para espiar y acosar a Trotsky y a su familia y a los trotskistas, y Siqueiros fue parte de ella. Cuando Trotsky y Natalia Sedova llegaron a Tampico el 9 de enero de 1937, la GPU ya había ejecutado varios episodios, algunos cruentos. Pero además hubo protestas e intrigas por su presencia en México, no sólo las encabezadas por los estalinistas de la CTM y del PCM. Y esa madrugada del 24 de mayo de 1940 en la fortaleza de Coyoacán, dice Téllez, también dormían Alfred y Marguerite Rosmer, quienes de París habían traído a México “al pequeño Esteban” (Sieva o Vsevolod Vólkov). Sobre el ataque, según Téllez, Trotsky le dijo al jefe de la Policía y al jefe del Servicio Secreto tras entrar en la casa de Viena 19: 
“No sé qué hora era. Me parece que las 3 y tantas de la mañana. Dormía en mi alcoba al lado de Natalia, cuando desperté sobresaltado. Se escuchó una pequeña denotación en la alcoba del lado izquierdo a la mía donde estaba durmiendo mi nieto Esteban.
“Rápidamente jalé por los brazos a Natalia haciéndola caer al suelo. Nos colocamos debajo de la cama. Disparos de pistolas y ametralladoras no cesaban. De las paredes de mi alcoba caían pesados de tierra al golpear contra ellas las balas. Todos los disparos fueron hechos desde el jardín, a través de las puertas y ventanas... ustedes pueden observar los impactos [...]”
El reportero de policía Eduardo Téllez Vargas y León Trotsky
en la casa-fortaleza de Coyoacán (Viena 19)
Y sobre el por qué Siqueiros y su comando terrorista no lo mataron, Trotsky le dijo al reportero Téllez en una visita posterior al atentado:
“Cuando organicé el Ejército Rojo se acostumbraba matar generales u oficiales de alto grado. Esto se debía a la ambición que sentían muchos bolcheviques por llegar a puestos superiores eliminando a los que se consideraban más inteligentes o con mayor poder. Entonces yo hice instalar ametralladoras en las puertas de entrada a la alcoba donde dormía, de tal suerte que si se abría la puerta de la derecha, la de la izquierda disparaba la mencionada ametralladora y viceversa. En esta ocasión no entraron a mi alcoba porque supusieron que ese mismo sistema de defensa personal lo había instalado aquí. Es una de las cosas en que me apoyo, aún más, para suponer que fue Stalin quien me mandó matar. Él era el único que conocía mi sistema de defensa.”
Sobre tal crimen, en el anecdotario del libro ni el reportero ni el pintor dicen ni mu ni pío (sólo en el último capítulo: “La acción, meta suprema”, de manera tácita Siqueiros alude el avance contra “la fortaleza”). Pero sí se transluce que en Lecumberri no la pasó tan mal. Por ejemplo, en “A la cabeza de lo invertidos” —una anécdota donde figura la Bárbara”, un homosexual “vestido con falda negra” (obvia violación del reglamento) que acudió al pintor para que firmara una protesta—, se lee: “Como a las tres de la mañana despertó sobresaltado por el ruido del pasador general de las celdas de la crujía. Alguien tocó a su puerta. Era el director de la Penitenciaría, David Pérez Rulfo, por aquella época teniente coronel. En estado de embriaguez, sin un saludo siquiera, le dijo: ‘Me mandaste una carta encabezando una lista de sesenta putos. Te aseguro que la voy a guardar para la historia’. Y riendo le extendió, con flagrante violación del reglamento interior de la cárcel, una botella de anhelado, infrecuente coñac.”
Según se lee en Noticias sobre Juan Rulfo (UNAM/RM, 2003), volumen biográfico de Alberto Vital, David Pérez Rulfo (quien falleció al accidentarse con un caballo), es el tío paterno del joven Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno (el futuro Juan Rulfo) que le consiguió el empleo que tuvo en la Secretaría de Gobernación entre 1936 y 1947 (fue “clasificador de archivo” y “agente de Migración”). Y por lo que se lee en Confieso que he vivido (Seix Barral, 1984), las célebres memorias del poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973), las salidas de Lecumberri, en compañía de David Pérez Rulfo, fueron frecuentes o varias y claves para su liberación y refugio en Chile. Sin embargo, además de que Neruda pluraliza el apellido de Angélica Arenal, la entonces mujer y cómplice del pintor, descuella que maquille, atenúe y pretenda disipar la responsabilidad criminal de Siqueiros y su trasfondo estalinista, implícito en el fallido atentado contra Trotsky, su esposa y su nieto: 
Pablo Neruda
“David Alfaro Siqueiros estaba entonces en la cárcel. Alguien lo había embarcado en una incursión armada a la casa de Trotski. Lo conocí en la prisión, pero, en verdad, también fuera de ella, porque salíamos con el comandante Pérez Rulfo, jefe de la cárcel, y nos íbamos a tomar unas copas por allí, en donde no se nos viera demasiado. Ya tarde, en la noche, volvíamos y yo despedía con un abrazo a David que quedaba detrás de sus rejas.
“En uno de esos regresos de Siqueiros de la calle a la cárcel, conocí a su hermano, una extrañísima persona llamada Jesús Siqueiros. La palabra solapado [sic], pero en el buen sentido [sic], es la que se aproxima a describirlo. Se deslizaba por las paredes sin hacer ruido ni movimiento alguno. De repente lo advertías detrás de ti o a tu lado. Hablaba muy pocas veces y, cuando lo hacía, era apenas un murmullo. Lo que no era obstáculo para que en un pequeño maletín que llevaba consigo, también silenciosamente, transportara cuarenta o cincuenta pistolas [obvio que no las traía para cambiarlas por hostias o rosarios para distribuirlos entre los niños como si fueran chicles]. Una vez me tocó abrir, distraídamente, el maletín, y descubrí con estupor aquel arsenal de cachas negras, nacaradas y plateadas [...]” 
“Entre salidas clandestinas de la cárcel y conversaciones sobre cuanto existe, tramamos Siqueiros y yo su liberación definitiva. Provisto de una visa que yo mismo estampé en su pasaporte, se dirigió a Chile con su mujer, Angélica Arenales.
“México había construido una escuela en la ciudad de Chillán, que había sido destruida por los terremotos, y en esa ‘Escuela México’ Siqueiros pintó [Muerte al invasor, 1941] uno de sus murales extraordinarios. El gobierno de Chile me pagó este servicio a la cultura nacional, suspendiéndome de mis funciones de cónsul por dos meses.”
Vale observar que además de los tejemanejes de Neruda (autor de “Canto a Stalingrado”) para lograr que Siqueiros eludiera los 20 años de cárcel a que fueron sentenciados “todos los que tomaron parte en el asalto” —dice Eduardo Téllez Vargas en su reportaje “El asesinato de Trotsky” (Comunidad CONACYT, núm. 121-122, enero-febrero de 1981)—, el pintor contó con la ayuda del presidente Manuel Ávila Camacho, quien, apunta Herner, “le debía un favor desde tiempos de la Revolución”; “pero lo obligó a salir del país, arguyendo que de esa manera lo protegía de los trotskistas estadounidenses que querían asesinarlo.”  


III de IV
Al inicio del doceavo capítulo del volumen Siqueiros, del paraíso a la utopía (SEC-DF, 2010), Irene Herner apunta:
“Según declaraciones de Siqueiros, en el asalto a la casa de Trotsky el 4 de mayo de 1940, no se trataba de matar a nadie, tampoco al guardián de Trotsky, de nombre Robert Sheldon Harte, cuya muerte en este contexto nunca se aclaró. Siqueiros y la brigada que organizó, atacaron con más de 200 tiros la casa de Trotsky, con la misión de hacer evidente que ahí se encontraba ‘su cuartel general de lucha contra el gobierno soviético’ [cita de Me llamaban el Coronelazo, Grijalbo, 1977, memorias póstumas del pintor ordenadas y editadas por su viuda Angélica Arenal]. Se trataba, aseguró, sólo de hacer escándalo y hacer notorio que éste había construido una fortaleza antisoviética en Coyoacán.
“‘Nuestro objetivo era asaltar y tomar el lugar —argumentó Siqueiros— nos retiraríamos antes que matar o herir a nadie, aunque haciendo el mayor escándalo posible con las armas de fuego’” [ídem]. 
No obstante, a Irene Herner le faltó puntualizar que se trató de un atentado fallido, urdido —dice el pintor en Me llamaban el Coronelazo—  tras los intentos de persuadir al presidente Lázaro Cárdenas de que pusiera punto final al asilo de Trotsky en México. Y si acaso fue cierto que no buscaban matar a nadie, sí pretendían generar todo el terror posible para que se fuera. En sus memorias, al relatar el episodio de su detención (“por el caso Trotsky”) en el entorno de Hoxtotipaquillo (pueblo minero de Jalisco), Siqueiros dice sobre su terror al sentirse atado, golpeado y amenazado por los militares que lo llevaban preso: 
“Entonces sentí exactamente todo lo que debe sentir un hombre cuando va a ser ajusticiado: sentí un terror horrible. Todas las cosas de la vida las veía yo resplandecientes; no obstante que era de madrugada y la luz aún no había salido, yo veía luces esplendorosas, las mujeres, los alimentos, los helados, todo, las sensaciones más poderosas y las más sutiles de la vida, todas las percibía yo con una nitidez increíble. Los sonidos. Los colores. Las formas. Las texturas. Las obras de arte. Tenía yo ganas de gritar, de correr, de pedir perdón, de hincarme, de besarles las botas a los soldados. No debían matarme. Era imposible. Yo tenía derecho a seguir viviendo...”
Vale repetir, además, que tal ataque se sucedió la madrugada del 24 de mayo de 1940, y no el “4”; y que las falaces autojustificaciones del pintor se contraponen a lo que se bosqueja (e ilustra con fotos) en “El asesinato de Trotsky” (Comunidad CONACYT, núm. 121-122, enero-febrero de 1981), reportaje de Eduardo Téllez Vargas, reportero de policía que siguió, en primera línea, las investigaciones policíacas y que reportó, en su momento, los episodios del caso. Pese a que en la crónica de Téllez también se observan ciertos yerros, allí se afirma:
Eduardo Téllez Vargas entrevista a Siqueiros por  el caso Trotsky
(octubre 5 de 1940)
“Por medio de [Antonio] Pujol [un refugiado español estalinista participante en el ataque] la policía tuvo conocimiento de que David Alfaro Siqueiros había alquilado en el pueblo de Santa Rosa, cercano al Desierto de los Leones, una casa que le servía de estudio y a la cual habían conducido por la fuerza a ‘Bob’ [el susodicho Robert Sheldon Harte, ‘quien estaba de guardia en la puerta principal’, secuestrado por los terroristas, quienes también se robaron el par de ‘automóviles que estaban en la casa de Trotsky para huir en ellos’].
“Se organizó una comitiva que encabezaba el jefe de la Policía general [José Manuel] Núñez y el propio coronel [Leandro A. Sánchez Salazar [jefe del Servicio Secreto y cabecilla de la investigación policíaca] rumbo al poblado de Santa Rosa.
“‘En esa casa, se descubrió que en el piso de la cocina, que era de tierra, estaba sepultado el cadáver de ‘Bob’, a quien Luis Arenal, cuñado del pintor, le había dado un tiro en la sien cuando dormía plácidamente sobre un catre de campaña [quizá por trotskista y por sus nexos con los trotskistas norteamericanos o para que no identificara a los atacantes o para que no hablara más, pues existe la versión de que era un agente doble que les facilitó el acceso a la casa-fortaleza].
“El cadáver fue exhumado y presentado a Trotsky quien inmediatamente lo identificó como el de su ‘fiel amigo’.”
Motivo por el cual —35 años antes de que en 1975 la casa de Viena 19 se habilitara como Museo Casa de León Trotsky y de que “el 24 de septiembre de 1982”, por decreto del presidente José López Portillo, fuera declarada “monumento histórico”— en uno de sus muros el propio Trotsky dispuso que en su honor se colocara una placa en inglés: “In memoriam of Robert Sheldon Harte/ 1915-1940/ Murdered by Stalin”.
Después del ataque a Trotsky, Siqueiros anduvo “cuatro meses prófugo”, narra Irene Herner, y “escapó de las autoridades yéndose a refugiar en las inmediaciones de Hoxtotipaquillo, en el estado de Jalisco, lugar que conocía desde los tiempos en que fue secretario general de la Federación Minera del estado [1927]. Ahí estuvo escondido, dormía en cuevas y en el monte. A veces solo, a veces con Angélica. Ahí lo encontró la tropa federal, una noche lluviosa, dormido sobre un charco. Se lo llevaron con la mayor violencia, atado de los brazos y del cuello, hasta que se apersonó el coronel Sánchez Salazar, el jefe de la policía de México, quien de inmediato ordenó que desamarraran al señor Siqueiros y pronunció [un discurso] ante éste y los 70 policías boquiabiertos que habían ido en persecución de un maleante”. Y en seguida Irene Herner transcribe de Me llamaban el Coronelazo un fragmento de tal discurso: una apología (quizá autoapología) al legendario papel de Siqueiros en la Revolución Mexicana (1914-1919), que al unísono exalta sus amistosos vínculos con altos mandos militares acuñados en ella. 
      “David Alfaro Siqueiros y Angélica Arenal, prófugos de la justicia por el asalto a la casa de Trotsky, se hicieron pasar por Macario Huizar y Eusebita, en las cuevas de Hoxtotipaquillo en la sierra de Jalisco, ca. 1940 [...] una imagen equivalente a la de las famosas parejas del cine mexicanista: Pedro Armendáriz y Dolores del Río, Jorge Negrete y Guadalupe Marín.” Anota Irene Herner en el pie de tal foto que se aprecia en la p. 211 de su volumen Siqueiros, del paraíso a la utopía (SEC-DF, 2010). Pero debió leerse el nombre de la actriz Gloria Marín y no “Guadalupe”. Amiga de Siqueiros desde su juventud: “La conocí en el primer ataque y toma de Guadalajara, en 1914”, dice en “Guadalupe Marín o el esplendor”, capítulo de Siqueiros. La piel y la entraña (FCE, 2003), Lupe Marín primero fue modelo y esposa de Diego Rivera (con quien tuvo dos hijas: Guadalupe y Ruth) y luego fue mujer del poeta Jorge Cuesta. Nótese, además, que en “Sólo puede suceder en México”, capítulo de Siqueiros. La piel y la entraña, el pintor dice que él y Angélica Arenal se hicieron pasar por “Macario Sierra y Eusebita” (p. 55), lo cual también se lee en “Por qué el ‘atentado’ contra Trotsky” (p. 373), capítulo de Me llamaban el Coronelazo (Grijalbo, 1977); mientras que en la p. 114 de Siqueiros, vida y obra (Colección METROpolitana, Ediciones del STC, 1974), Raquel Tibol apunta otro apellido: “Después del asalto perpetrado a la casa de Lev Davidovich Trotsky, el 24 de mayo de 1940, Siqueiros se convirtió en el campesino ‘Macario Romero’ que anduvo prófugo en las sierras de Jalisco, hasta que fue descubierto y traído a la capital en el mes de octubre. Después de algunos meses de encarcelamiento, es deportado a la República de Chile.” Pero además el nombre de “Macario Huizar” que cita Irene Herner (sin acento en la i del apellido) remite a “La saga de Macario Huízar” (aquí sí con acento), capítulo de Siqueiros. La piel y la entraña; allí se dice que Macario Huízar, “asesinado por los cristeros”, era “comisario en el mineral de La Mazara” cuando el pintor era el “secretario general” de la Federación Minera de Jalisco [1927].
Los pormenores de tal episodio y del citado discurso que cita Herner se leen, ampliados, en “Sólo puede suceder en México”, capítulo de Siqueiros. La piel y la entraña (FCE, 2003), en el que ni Julio Scherer ni el pintor mencionan a Trotsky y mucho menos el atentado. Pero sí se dice que tras desatarlo y retornar al pueblo —antes de conducirlo a la Ciudad de México con comodidad y lúdicas distracciones (una competencia de tiro al blanco a un lado de la carretera)— en la presidencia municipal, en su honor, organizaron un festivo banquete-brindis. 
Aunado al hecho de que Irene Herner trata de atenuar el acto criminal y terrorista del pintor contra León Trotsky dándole crédito al supuesto de que no pretendían asesinarlo (sólo escandalizar) y no diciendo nada de su esposa Natalia Sedova y de su nieto Sieva (adolescente casi niño) que resultó levemente herido en una pierna por el roce de una bala y destacando que “Trotsky no murió, ni fue tocado por las balas en este asalto dirigido por Siqueiros”, a través de los pasajes de “Sólo puede suceder en México” se observa que el pintor no era una perita en dulce. Es decir, antes de que “la tropa federal” lo hallara monte adentro quezque “dormido en un charco” “una noche lluviosa” —“el 26 de septiembre de 1940”, dice Téllez, pero según apunta Isaac Deutscher en Trotsky: el profeta desterrado (1929-1940) (Era, 1969) fue “el 4 de octubre de 1940”—, supo del arribo del ejército —dice el propio pintor en el texto— cuando estaba durmiendo, no en una cueva o en un charco, sino “en la casa del secretario particular del alcalde de Hostotipaquillo”. “Angélica y yo [dice Siqueiros], disfrazados como campesinos de Los Altos de Jalisco, habíamos llegado a la ranchería [a cierta distancia de su escondite secreto] con la siguiente versión: Éramos Macario Sierra y Eusebita. Huíamos porque yo me había robado a la muchacha y sus parientes me querían matar. Por eso llevaba conmigo una subametralladora y nunca dejaba la escuadra calibre 45 que asomaba por encima de mi cinturón fuerte y ancho.” En la súbita huida ante la cercanía de los soldados, no pudo montar su caballo. “Cerca del pueblo de El Magueyito”, dice, despojó a un muchachito de su burro (quizá la única bestia de carga y transporte de un mísero núcleo familiar campesino). Dizque le dio “un rollo de billetes”; pero su mejor argumento fue cuando “Su estupor lo paralizó cuando se vio amenazado por el cañón de una subametralladora Thompson”.  
                             
IV de IV
En Siqueiros. La piel y la entraña (FCE, 2003) —libro urdido por el periodista Julio Scherer en base a charlas sostenidas en 1961 con el muralista David Alfaro Siqueiros durante su última estancia en la cárcel de Lecumberri (sucedida entre el “9 de agosto de 1960” y el “13 de julio de 1964”)— hay un capítulo que da ciertas luces en torno al ideario bélico del pintor. Se trata de “En el principio, era la pasión”, que en su mayor parte transcribe “la copia de una carta”, “dirigida a María Teresa Alberti”, que Siqueiros “escribió en el frente de España, el 27 de abril de 1938”. Luego de enumerar y lucir sus cargos militares en la Guerra Civil Española, Siqueiros dice: “En fin, la guerra como la plástica moderna (apenas prevista en mi acosado intento solitario) es mecánica y es física y es química y es síntesis, en suma. La guerra, como la plástica, expresa también de un golpe todo lo que hay de positivo y negativo en la naturaleza humana. Por eso no extraña mi vuelta a mi primera profesión, la de mi ya un poco lejana juventud. Más bien me parece que he ganado en la elección, toda vez que la guerra se aviene más a mi naturaleza súbita e impaciente.”
“Con un grupo de oficiales de la División de Occidente del
Estado Mayor al mando del general Manuel Diéguez, ex dirigente de
la huelga de Cananea y magonista. Siqueiros alcanzó el grado de
capitán en 1916.


Colección Sala de Arte Público Siqueiros
Instituto Nacional de Bellas Artes


Foto incluida en Iconografía de David Alfaro Siqueiros (FCE, 1997)
Resulta lógico que el pintor Siqueiros —de catadura estalinista e implícitamente orgulloso de sus heroicos “cinco años” en la Revolución Mexicana (1914-1919) y de su estancia en Europa (1919-1922) becado por “la Secretaría de Guerra para estudiar arte” y “concurrir de vez en cuando a las prácticas del ejército galo en Saint-Cyr y otros lugares de Francia”— haga una apología de la guerra y esboce en tal carta, con su anacronismo y hueca retórica, una especie de estética de ésta equiparándola con el arte (cuya glosa evoca su preceptiva poliangular para trazar y concebir un mural). Pero asombra que para darle coba Julio Scherer, en el contexto de 1965 (el año de la primera edición del libro), le sigua el juego e incurra en premisas que lo emulan y están fuera de foco: “En la carta [Siqueiros] compara el arte con la guerra, dos realidades abismales donde el hombre se hunde, se hunde, pero sin avizorar el fondo. Porque el arte y la guerra son el hombre mismo en su manifestación más simple y rotunda. En el arte el hombre se desnuda y se exhibe, se muestra como es. En la guerra, igual. En las dos realidades lucha el hombre consigo mismo, pero de cara a sus instintos y a sus pasiones, sin nada que los encubra o disimule.”
No se necesita ser un erudito ni muy ducho para discernir que el arte es, ante todo, creación. Y en él cabe todo tipo de arte, incluso el ideológico, el propagandístico y testimonial, el que da fe de los desmanes y desastres que la guerra implica. La guerra, en cambio, es, ante todo, muerte, destrucción, ya del statu quo, de un pueblo o de una raza. Y al término: dominio, saqueo y ninguneo del más fuerte sobre el débil. El arte y la guerra son cosas distintas, antagónicas, pese a que se teorice sobre “artes marciales” y “artísticas” planificaciones escenográficas y coreográficas para ejecutar un ataque o una defensa. 
No hubo nada artístico en los genocidios, ejecuciones y batallas que registra la Revolución Mexicana, la Revolución de Octubre, la Guerra Cristera, la Guerra Civil de España, la 1ª y 2ª Guerra Mundial (ante la que Siqueiros redactó el manifiesto “¡En la guerra, arte de guerra!”, publicado en “Santiago de Chile, el 18 de enero de 1943”), ni en la Guerra de Vietnam que en 1965 bullía en la aldea global. Frente a la que por cierto, tras recibir el Premio Internacional Lenin de la Paz 1966, se quedó con el diploma y la medalla de oro, pero los 25 mil rublos los donó “a la República Democrática de Vietnam como homenaje a su lucha heroica”. Y en cuyo demagógico discurso de recepción, dicho “el 28 de octubre de 1967” en la embajada de la URSS en México, con hipocresía se llamó a sí mismo “un viejo combatiente por la paz”. —Tal manifiesto y el discurso se leen en Palabras de Siqueiros (FCE, 1996).
Cierto es que desde la prehistoria la guerra y el arte son consubstanciales en la especie humana, presentes a lo largo de todo el proceso civilizatorio; pero, para poner un margen que abarque la actualidad, desde la mejor perspectiva ética de mediados del siglo XX y del siglo XXI la guerra y el “asesinato considerado como una de las bellas artes” sólo son posibles en el ámbito de la creación artística, ya se trate de una novela histórica, negra o policíaca, de un trhiller fílmico, de un libreto teatral, de un perfomance, de un poema dramático, de una ópera, de una danza de la Muerte, de un ambulante teatrillo de títeres, de un mural, de un cuadro de caballete, de una serie de grabados, de un conjunto litográfico, de una escultura, de una instalación, de una foto construida, etc. En el ámbito de la realidad, de la vida humana y de la historia, el intríngulis y las connotaciones sociales y políticas de la guerra y del asesinato son de otra materia, de otra naturaleza psíquica, y por ende distintas y antagónicas al arte. 
Que no hay nada artístico en la guerra se transluce en varios de los capítulos reunidos en Siqueiros. La piel y la entraña. En “Adiós y tizna a tu madre”, por ejemplo, el pintor evoca el fugaz encuentro con un joven, “después del combate de Hermosillo contra Francisco Villa y sus fuerzas”, quien va en “el desfile de prisioneros que en esos momentos iban a ser pasados por las armas”. El muchachillo, de “unos 17 o 18 años”, condiscípulo suyo en la infancia, le pide ayuda identificándolo con el mote de su niñez: “¡Payaso!”. Siqueiros, soldado del Ejército Constitucionalista, no puede hacer nada y se queda callado.
“—Bueno, adiós y tizna a tu madre [le receta el jovenzuelo].
“En su semblante observé después esa mirada que no se dirige a nadie, típica de los hombres que saben que van a morir.
“Horas más tarde, cerca de la noche, contemplé el cadáver. Yacía sobre el polvo, en pleno campo, como algo inútil y grotesco. Aprecié la semejanza que existe entre un muerto y una casa semiderruida. Las fosas de la nariz, ¿para qué sirven ya? ¿Y qué significan los agujeros de lo que fueron alguna vez puertas y ventanas?
“¿Y qué es un cadáver en la revolución sino broza, escoria, una flor echa de lodo después de que pasaron sobre ella, machacándola, miles de botas y pies desnudos?”
¡Qué prosa poética! ¡Qué artísticas comparaciones y reflexiones! ¡Qué preciosa metáfora esa del cadáver convertido en “una flor echa de lodo”! Pero no se trata de un relato imaginado, sino del resumen (con retoques literarios para que suene bonito y se vea estético) de una ejecución real sucedida en medio del combate y en ello no hubo nada artístico ni poético, ningún presunto “arte de la guerra”.
       
El teniente coronel David Alfaro Siqueiros y el coronel mexicano Juan B. Gómez
durante la Guerra Civil de España (1937), quienes, dice el pintor en
Me llamaban el Coronelazo (Grijalbo, 1977), tras una cruenta sublevación
trotskista del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) en Barcelona,
se propusieron terminar con la presencia de León Trotsky en México:


Cueste lo que cueste nos dijimos todos el cuartel general de Trotsky
en México debe ser clausurado, aunque para ello tengamos que
encontrar una fórmula violenta.

Foto incluida en Iconografía de David Alfaro Siqueiros (FCE, 1997).
       En “Justicia mexicana en el Toboso”, en medio de la Guerra Civil de España, “el coronel mexicano Juan B. Gómez, jefe de la 92 brigada mixta”, le pide al “teniente coronel Alfaro Siqueiros” que lo acompañe,  en su auto, a matar a un 
traidor” español que tienen preso. Siqueiros lo hace y, allí en lo oscurito, le toca ejecutar el tiro de gracia: le dispara en la sien toda la carga de su revólver. Pero además añade:
“En España eran típicos los llamados paseos, esto es la muerte a sangre fría, sin proceso ni juicio, en parajes apartados de la carretera
“Pero lo que nosotros habíamos hecho, extranjeros al fin y al cabo, estaba rodeado de un aparato extraño, de metódica frialdad: habíamos tratado a un español más allá de la indiferencia y el desprecio.
“Al advertir jefes y oficiales que no descendía nadie más del vehículo y que nosotros nos encaminábamos a las oficinas del coronel Gómez, muchos rostros se volvieron y algunas bocas, con aparente disimulo, nos escupieron en los pies.
“Poco después, el jefe de la 92 brigada mixta fue conducido a Cabeza de Buey. Sería sometido a interrogatorio. A mi vez fui llamado a declarar como testigo.
  “En virtud de nuestra calidad de mexicanos en servicio voluntario de la República Española se determinó que al coronel Gómez sólo se le hiciese una severa amonestación.”
En el capítulo “Un delator se equivocó de frente”, otro “traidor”, acusado de delatar a “sus compañeros rojos”, se halla pidiendo clemencia “a borbotones en el centro de un grupo de oficiales del 87 batallón de la brigada 46”. Esta vez Siqueiros espera la “respuesta de Cabeza de Buey, a cuyo alto tribunal había confiado el caso”. 
“Las órdenes eran terminantes.
“Moriría el traidor, ejecutado por hombres de su propia compañía, y Emilio Fontaner, el capitán, explicaría la causa del fusilamiento.
“A mediodía, dorado el paisaje, Fontaner dijo al hombre que expiraría en unos segundos:
“—Como tú lo que querías era irte donde está Jesucristo y, según tú, está del lado de nuestros enemigos, te vamos a dar la oportunidad de que vayas allá rápidamente.
“Llorando, dijo:
“—Que así sea...”
  Otro “bello” episodio de cuando el día a día también era escrito con “el arte de la guerra” se relata en “En nuestro país no hay invertidos”, donde Siqueiros se remonta a los “Días después de que las fuerzas de Francisco Villa tomaron posesión de la plaza de Guadalajara, una vez evacuada ésta por las tropas carrancistas de Manuel M. Diéguez”. Se anunció el inminente arribo del “caudillo de la División del Norte”. Los lugareños adornaron las calles y la plaza para recibirlo. Así, “Una mañana de sol Francisco Villa llegó a Guadalajara en un tren militar.” La multitud lo recibió y lo encaramó en una “espléndida jaca negra con arreos de oro y plata”, propiedad de un tal “Cuesta Gallardo, uno de los charros más ricos y apuestos de todo Guadalajara”. Ya en el zócalo, el Centauro del Norte inició su arenga en contra de los hacendados y sobre la justicia que traería la Revolución.     “Pero sucedió entonces algo insólito: un individuo, uno entre los veinte mil que estaban en la plaza, interrumpió al caudillo con estas palabras estentóreas:
“—No podemos creer en tus promesas, general Villa, porque los que te rodean, lo que te fueron a recibir a la estación y te regalaron el caballo en que hiciste el recorrido hasta aquí, ésos, general Villa, son los hacendados de que tú hablas. Y el que te regaló el caballo que tanto te ha gustado es Cuesta Gallardo, quizá el peor de todos.”
Esto bastó para desatar su cólera. Sacó el revólver y a gritos entró al Palacio de Gobierno y buscó a Gallardo, a quien no conocía. “Lo arrastró al balcón y ahí, en presencia de todos, le vació la pistola”.
Volátil era la vida durante la Revolución Mexicana. Así, no asombra que el pintor —héroe de sí mismo, mitómano y cuentero por antonomasia— se vea, en el capítulo “Ante la muerte, serenos y procaces”, “Envuelto en su prestigio de oficial de la División de Occidente, comandada por el general Manuel M. Diéguez”, narrándoles “a los pasajeros y oficiales españoles reunidos en la sala principal del Alfonso XII”, el barco que en 1919, junto a su esposa Gachita Amador, lo conducía a Europa:
“En México nos matamos porque sí. Y eso es lo extraordinario. Hace apenas unos días, antes de embarcar, una amiga mía le dijo a otra amiga mía, y fíjense bien que eran mujeres y no hombres quienes así hablaron y actuaron:
“—Oye, tú, ¿nos matamos?
“—Pues nos matamos.
“...Y se mataron.”


Julio Scherer García, Siqueiros. La piel y la entraña. Iconografía en blanco y negro. Tezontle, FCE. México, 2003. 176 pp.