lunes, 24 de agosto de 2015

Borges. Esplendor y derrota


La rosa es sin por qué

Si Borges. Una biografía literaria (FCE, México, 1987), de Emir Rodríguez Monegal (1921-1985), y Jorge Luis Borges. Ficcionario. Una antología de sus textos (FCE, 1985), con “Edición, introducción, prólogos y notas” del mismo crítico e investigador uruguayo (ambos impresos originalmente en inglés: el primero en 1978 y el segundo en 1981) son un sistema operativo de relaciones anecdóticas, críticas y ensayísticas sobre la vida y obra del escritor Jorge Luis Borges (1899-1986), algo semejante puede decirse de Borges. Esplendor y derrota (Tusquets, Barcelona, 1996), biografía de la argentina María Esther Vázquez (Buenos Aires, 1941), con la que en 1995 obtuvo el VIII Premio Comillas de biografía, autobiografía y memorias. 
Colección Andanzas núm. 261, Tusquets Editores
Barcelona, 1996
  En este sentido, al abordar y bosquejar la vida de Borges desde su nacimiento hasta su muerte (árbol genealógico, aprendizaje, amigos, rutina doméstica, avatares amorosos, políticos y demás), la biógrafa reseña y resume el itinerario de su formación, de sus actividades intelectuales, de sus libros, de sus viajes y múltiples premios, condecoraciones y doctorados, particularizando en el trasfondo y tema de ciertos poemas, cuentos, libros, prólogos, colecciones, conferencias, etcétera.

       Un dato notable que incide y trasmina la urdimbre del libro es el hecho de que María Esther Vázquez fue colaboradora y amiga de Borges, amistad que perduró hasta su muerte en Ginebra, Suiza, la mañana del sábado 14 de junio de 1986. Así, el libro —aderezado con una buena cantidad de sabrosos y amargos chismes— tiene un carácter testimonial (a veces visceral) que siempre está presente.
       Cuenta la biógrafa que la primera vez que vio a Borges ella tenía 17 años. Con otros estudiantes fue a visitarlo al legendario departamento del “sexto piso B de Maipú 994” donde el señorito vivía con su madre desde 1947. La segunda vez que estuvo cerca de él fue entre 1957 y 1958, durante su empleo (el primero que tuvo) en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, que Borges dirigió entre 1955 y 1973. 
Borges prologó y presentó el libro de cuentos de María Esther Vázquez
Los nombres de la muerte. La imagen registra un momento del acto
realizado en 1964.
  Mas la relación amistosa se cimenta en los años 60, dice. Entre lo que narra sobre ello descuellan las anécdotas del viaje a Europa que la autora hizo con Borges en 1964, cuando éste fue invitado al Congreso por la Libertad de la Cultura, celebrado en Berlín Occidental. Pero también el episodio donde apunta que el 14 de diciembre de 1965 se casó con el poeta Horacio Armani (1925-2013); un tiempo en que doña Leonor Acevedo (1876-1975), la madre de Borges (quien se enojó y le reclamó), y Norah (1901-1998), la hermana del escritor, y muchos de sus amigos, pensaban que la joven María Esther Vázquez y el viejo y ciego Borges se casarían.

     
Borges y María Esther Vázquez en Villa Silvina, Mar del Plata, febrero
de 1964, foto de Adolfo Bioy Casares (1914-1999), quien el 18 de tal mes
anotó en su póstumo diario (Borges, Destino, 2006) que su amigo le
dijo: 
“Me parece que las cosas van muy bien. Si todo sigue así,
nos casamos este año.
         Fruto de la amistad y colaboración entre María Esther Vázquez y Jorge Luis Borges son los libros Introducción a la literatura inglesa (Columba, Buenos Aires, 1965) y Literaturas germánicas medievales (Falbo, Buenos Aires, 1965), corregida y aumentada edición de Antiguas literaturas germánicas (FCE, México, 1951), que el autor escribió con Delia Ingenieros, hija de José Ingenieros, quien le regaló el globo terráqueo de éste y que Borges lucía en su oficina de la Biblioteca Nacional (hay fotos que lo documentan) colocado encima del escritorio redondo de Paul Groussac, el ciego director que lo antecedió (así lo recuerda, confundiéndose con él, en el 
Poema de los dones”), quien “perdió la vista a principios de los años 20 y murió en 1928, después de haber dirigido la Biblioteca durante 45 años”.
(Punto de lectura, Madrid, 2001)
  Borges, sus días y su tiempo (Ediciones B, Argentina, 1984) es un libro que reúne las entrevistas que María Esther Vázquez le hizo al escritor entre 1962 y 1984 (edición aumentada en 2001), del cual en su memoriosa biografía cita varios fragmentos, procedimiento que remite a los pasajes que transcribe del Autobiographical Essay de Borges publicado por primera vez en inglés en la revista The New Yorker (septiembre 19 de 1970), fruto de los diálogos de Norman Thomas Di Giovanni con Borges —ex profesos para The Aleph and other stories 1933-1969 (Dutton, New York, 1970)—, y que en español y no sólo en México era tan legendario como Genio y figura de Jorge Luis Borges, de Alicia Jurado (1922-2011), la primera biografía sobre el autor, impresa en 1964 por la EUDEBA (Editorial Universitaria de Buenos Aires).

       
Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa y Alicia Jurado
       La biógrafa comenta una serie de discrepancias con algunos datos que se hallan en la biografía de Borges escrita por Emir Rodríguez Monegal, tales como las relativas a su persona en relación a Borges. Pero también el lector puede localizar ciertas diferencias entre ambas biografías. O algún errorcillo en cada una; por ejemplo, en la cronología de Emir Rodríguez Monegal se dice que Los naipes del tahúr son “cuentos a la Pío Baroja”, pero en las páginas interiores, citando el “Ensayo autobiográfico” de Borges, se dice que “Eran ensayos literarios y políticos... escritos bajo la influencia de Pío Baroja”. Al reseñar El hacedor (1960), María Esther Vázquez dice que “Composición escrita en un ejemplar de la Gesta de Beowulf” pertenece a tal libro, pero en realidad es de El otro, el mismo (1964).

       
Borges y Estela Canto paseando por la Costanera
(Buenos Aires, 1945)
        Si sobre Borges a contraluz (Espasa Calpe, Madrid, 1989) y Estela Canto (1916-1994), su autora, María Esther Vázquez vierte severas críticas y un festín de venenosos chismes, María Kodama resulta la villana de la película, la peor de todas. 

Borges y María Kodama
  A María Kodama (Buenos Aires, marzo 10 de 1937) —alumna, amiga y colaboradora del escritor en Breve antología anglosajona (La Ciudad, Santiago de Chile, 1978), en Atlas (Sudamericana, Buenos Aires, 1984), con textos de él y fotos de ella, y en la colección de libros de la Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges, pero también su íntima asistente, su lazarilla y compañera de viajes entre 1975 y 1986, y destinataria de amorosos y poéticos textos de él— la biógrafa le aplica un rudo ajuste de cuentas, una exultante combinación de golpes, palos de ciego, manitas de puerco, patadas voladoras y porrazos de todo tipo. Si al bosquejar Adrogué (1977) —una rara antología de 13 poemas de Borges y 9 ilustraciones inéditas de su hermana Norah— saca a balcón que en el ABC de Madrid (julio 12 de 1990) María Kodama dijo que “la familia de Borges, Norah incluida, era ‘la hez de la canalla’”, algo semejante parece decir María Esther Vázquez sobre la susodicha. 

Borges y María Kodama
  María Kodama figura como la malvada e ingrata hija que dejó morir a su pobre mamá en un sórdido e inhabitable departamento (casi de conventillo de un melodramático tango). Es la protagonista de una supuesta colección de intrigas que paulatinamente separaron a Borges de sus amigos y familiares. Por sus manipuleos, según la biógrafa, Borges cambió de abogado, de médico de cabecera, no se sabía la naturaleza y gravedad de su padecimiento terminal (cáncer hepático), él anciano y desahuciado (casi dos meses antes de morir) sorpresivamente se casaron, por poder y desde Europa, en “Colonia Rojas Silva, un poblado del Chaco Paraguayo”; quesque modificó su testamento en favor de ella y dizque se apoderó de sus derechos de autor, del dinero, de los doblones, de las cuentas bancarias, de las condecoraciones y de mil y un cachivaches, y quesque dejó prácticamente de patitas en la calle a Fani (Epifanía Uveda de Robledo), la fiel criada de los Borges (la madre y el hijo) por casi 40 años, quien con Alejandro Vaccaro de amanuense y cómplice ya narró lo que quiso narrar en El señor Borges (Edhasa, España, 2004). 

     
Fani con el gato Beppo en el departamento B de Maipú 994.
Al gato, Borges le dedicó un poema que se lee en La cifra (1981).
       En este sentido, en
Borges. Esplendor y derrota se dice que Fani, el 22 de abril de 1986, fue testigo de un inventario notarial-policíaco de las cosas y objetos de valor que Borges tenía en el departamento B del sexto piso de la calle Maipú 994, y que al parecer fue maquinado desde Ginebra días antes de la muerte del poeta. En tal tenor, no sorprende que al sepultarlo en tales latitudes (en el célebre cementerio de Plainpalais), se diga aquí que no se cumplieron los detalles y pormenores de su última voluntad.
        En tal embrollo de Burundanga le dio a Bernabé, que ineludiblemente invita a tomar partido con fervor futbolero o a lavarse las manos y mirar los toros desde la barrera, María Kodama, quien al parecer no era tan titiritera como en estas páginas parece, fue también una mujer muy apreciada y muy querida por el poeta ciego de Buenos Aires. 
Entre muchos, un ejemplo es “La luna”, poema de La moneda de hierro (1976); las dedicatorias a ella en los prólogos de Historia de la noche (1977), La cifra (1981), Atlas (1984) y Los conjurados (1985); o su alusión en el poema en prosa “Abramowicz” y en el prefacio de la susodicha colección Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges.


     
Prefacio de Borges que preludia cada prólogo de la serie
Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges
      Aunque desde luego no se puede hacer caso omiso a dos anécdotas que registra la biógrafa. Escrito “en diciembre de 1958”, dice, e incluido en El hacedor (1960), el “Poema de los dones” Borges posteriormente se lo dedicó a ella —en la página 809 del volumen Obras completas que posee el reseñista (decimocuarta edición de Emecé impresa en Buenos Aires en “septiembre de 1984”) claramente se lee tal dedicatoria: “A María Esther Vázquez”. Pero ésta, después de la muerte del poeta y por orden de María Kodama, según afirma, fue borrada de las sucesivas ediciones. 





(Emecé, 14ª  ed., Buenos Aires, septiembre de 1984)
  Algo parecido ocurrió con “Al olvidar un sueño”, poema que Borges le dedicó a la joven Viviana Aguilar y que apareció, dice, “en la página 73” de la edición de La cifra (1981) que hizo Alianza en España y que no está en la impresa por Emecé en Argentina y por ende tampoco figura en el póstumo segundo tomo de sus Obras completas (Emecé, Buenos Aires, 1989), ni en el tercer tomo de la edición revisada de éstas, “al cuidado de Sara Luisa del Carril”, impreso por Emecé en 2005; poema y dedicatoria fueron extirpados, dice, por mandato de María Kodama, la cual, a sus 44 años, según María Esther Vázquez, “no admitía competencia” de esa jovencita 20 años menor que ella, y ante la que al parecer hizo todo lo posible para bloquearle un viaje a la Universidad de los Andes que Viviana Aguilar, en 1981, iba a hacer con el escritor.

      
Viviana Aguilar en la Plaza San Martín de Buenos Aires
(noviembre de 1981)
         Siguiendo el derrotero trazado por María Esther Vázquez, se puede decir que el esplendor de Borges radica en su literatura y en el cúmulo de triunfos y reconocimientos mundiales que con ella obtuvo. En este sentido, su derrota no fueron los circulares nueve años en que la pobreza familiar lo obligó a ser un oscuro y mal pagado empleado de la Biblioteca Municipal Miguel Cané (entre 1937 y 1946), ni su progresiva y casi total ceguera desde 1955 (con varias operaciones sufridas), ni su controvertida proclividad hacia las cruentas dictaduras militares del Cono Sur, ni su distancia de la izquierda y de la democracia (antes del triunfo presidencial de Raúl Alfonsín en octubre de 1983), ni la paulatina pérdida de sus seres queridos, ni el pudor y el desprecio que sentía por su cuerpo, sino su constante, íntimo y solitario fracaso ante las mujeres (entre ellas María Kodama, la peor de todas, según parece aquí); es decir, se da por entendido que su dramática derrota fue su incapacidad para “lograr un amor entero en el momento adecuado”.


María Esther Vázquez, Borges. Esplendor y derrota. Iconografía en blanco y negro. Colección Andanzas (261), Tusquets Editores. Barcelona, 1996. 360 pp.

Crónica de una muerte anunciada





Nos dijo el milagro pero no el santo

                                 
I de II
Además de las invenciones, veras y equívocos que se leen en “El cuento del cuento”, artículo de Gabriel García Márquez publicado en dos entregas (“26 de agosto de 1981” y “2 de septiembre de 1981”), reunido en el volumen Notas de prensa. Obra periodística 5. 1961-1984, cuyo copyright data de 1991, las principales biografías del Premio Nobel de Literatura 1982 —por ejemplo, la de Gerald Martin: Gabriel García Márquez. Una vida (Debate/Random House Mondadori, Colombia, 2009), y la de Dasso Saldívar: García Márquez. El viaje a la semilla (Alfaguara, Madrid, 1997), sobre todo ésta—, aportan anécdotas (e imágenes) en torno al asesinato de Cayetano Gentile Chimento (marzo 6 de 1927-enero 22 de 1951), crimen ocurrido en Sucre y que particularmente conmocionó a Gabo y a su familia (la cual, entre 1939 y 1951, vivió allí), y que es el germen de su novela Crónica de una muerte anunciada, cuya primera edición colombiana fue publicada en Bogotá, en 1981, por La Oveja Negra; la cual fue adaptada el cine (con guión de Tonino Guerra) en una homónima película de 1987 dirigida por Francesco Rosi.
(La Oveja Negra, Bogotá, 1981)
  Dispuesta en cinco capítulos sin títulos, Crónica de una muerte anunciada no sigue al pie de la letra la real reconstrucción del caso. De ahí que, por ejemplo, el pueblo sin nombre sea un puerto fluvial al que arriban buques y no sólo tácitas lanchas y vaporcitos con rueda de madera; que el asesinado no se llame Cayetano Gentile Chimento (cuyos orígenes eran italianos), sino Santiago Nasar Linero (de origen árabe por la vía paterna); que los asesinos no sean los hermanos Víctor Manuel y José Joaquín Chica Salas, sino los gemelos Pedro y Pablo Vicario; que el novio ofendido no sea Miguel Palencia, sino Bayardo San Román; que la novia mancillada no sea Margarita Chica Salas, sino Ángela Vicario; y que desde la terraza de la quinta del viudo de Xius (situada “en una colina barrida por los vientos”, donde los novios iban a vivir su primera luna de miel) “en los días claros del verano” se alcance “a ver el horizonte nítido del Caribe, y los trasatlánticos de turistas de Cartagena de Indias”.

Pese a que a priori se tenga noticia de que Crónica de una muerte anunciada está basada en dramáticos hechos reales, muy pronto el lector advierte los acentos y rasgos superlativos y lúdicos que caracterizan la hiperbólica escritura de Gabriel García Márquez (Aracataca, marzo 6 de 1927-Ciudad de México, abril 17 de 2014) y que sólo obedecen a su poderosa imaginación y virtud narrativa fuera de serie; por ejemplo, al contar el poder de una bala blindada de la 357 Magnum que Santiago Nasar solía llevar en el cinto cuando iba al monte a caballo para atender los asuntos de la hacienda ganadera heredada de su padre, y a la que ya en casa (ubicada en la plaza central del pueblo) le extraía los proyectiles y los escondía lejos: “Era una costumbre sabia impuesta por su padre desde una mañana en que una sirvienta sacudió la almohada para quitarle la funda, y la pistola se disparó al chocar contra el suelo, y la bala desbarató el armario del cuarto, atravesó la pared de la sala, pasó con un estruendo de guerra por el comedor de la casa vecina y convirtió en polvo de yeso a un santo de tamaño natural en el altar mayor de la iglesia, al otro extremo de la plaza.”
Aunado al título, el íncipit de la novela anuncia a los cuatro vientos quién es la víctima y por ende sugiere que se van a narrar los pormenores y la causa del asesinato: “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.” De hecho es así: diseminados a lo largo de la trama (y buscando el suspense), paulatinamente se desgranan ciertos datos que anuncian y divulgan la inminencia del crimen, cuyo escenario y acto sangriento es narrado casi al final de la obra.
Desde la primera página el lector advierte que el asesinato ocurrió hace más de 20 años. Y pronto descubre que la voz narrativa que evoca y cuenta los hechos y que investigó para urdir la Crónica de una muerte anunciada (por ejemplo, “27 años después” habló con Plácida Linero, la madre de Santiago Nasar) es un alter ego de Gabriel García Márquez que, aunque nunca dice su nombre ni nadie lo llama con él, a todas luces le corresponde, dadas las noveladas alusiones autobiográficas. De modo que la obra también le sirve para lúdicamente homenajear a consabidos miembros de su familia haciéndolos aparecer en diversos episodios y anécdotas imaginarias. Así, por ejemplo, Santiago Nasar lleva ese nombre por el nombre de la madre del narrador: Luisa Santiaga —que es el nombre de la progenitora del Gabo de carne y hueso, de apellidos Márquez Iguarán (1905-2002)—, quien “era además su madrina de bautismo, pero también tenía un parentesco de sangre con Pura Vicario, la madre de [Ángela Vicario] la novia devuelta” por Bayardo San Román tras descubrir en la noche de bodas que no era virgen. En este sentido, cuando Margot (la hermana del narrador) —quien minutos antes del crimen había estado con Santiago Nasar y Cristo Bedoya observando desde el muelle el paso del obispo—, le informa a su madre del inminente asesinato que trunca el desayuno de caribañolas de yuca al que estaba invitado en la casa familiar de los García Márquez, Luisa Santiaga sale de prisa de ésta a prevenir a Pura Vicario, llevando de la mano a “Mi hermano Jaime”, dice el narrador, “que entonces no tenía más de siete años”. Pero en el camino a pie, alguien le grita: “No se moleste, Luisa Santiaga”, “Ya lo mataron”. 
(Ediciones B, 2013)
  Además de Margot (Barranquilla, noviembre 11 de 1929), otros dos hermanos del narrador eran amigos de Santiago Nasar: Luis Enrique (Aracataca, septiembre 8 de 1928) y su hermana monja, quien en la vida real se llama Aída Rosa García Márquez; nacida en Barranquilla el 17 de diciembre de 1930 y ya retirada de los hábitos monacales, recién publicó un libro de memorias de poca o nula circulación en México: Gabito, el niño que soñó Macondo (Ediciones B, 2013). En la novela, el domingo de febrero en que se casaron Bayardo San Román y Ángela Vicario, el narrador, su hermano Luis Enrique (que tocaba la guitarra) y Santiago Nasar continuaron la parranda de la boda (que agitó a todo el pueblo) hasta muy entrada la madrugada de ese lunes fatal en que éste sería asesinado a cuchilladas (en la plaza central, frente a su casa) entorno a las 7 de la mañana, mientras el narrador se recuperaba “de la parranda de la boda en el regazo apostólico de María Alejandrina Cervantes”, la hetaira que, según Gabo y los biógrafos, sí existió con ese nombre y con quien su generación perdió la virginidad. La tía Wenefrida Márquez, quien en la vida real era hermana del coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía (1864-1937), el abuelo paterno del escritor, vio a Santiago en las últimas cargado sus vísceras. “Hasta tuvo el cuidado de sacudir con la mano la tierra que le quedó en las tripas”, le testimonió al sobrino.

Aída García Márquez con un retrato de Gabito
  “Yo conservaba un recuerdo muy confuso de la fiesta antes de que hubiera decidido rescatarla a pedazos de la memoria ajena”, apunta el narrador. “Durante años se siguió hablando en mi casa de que mi padre [Gabriel Eligio García Martínez, 1901-1984] había vuelto a tocar el violín de su juventud en honor de los recién casados, que mi hermana la monja [Aída Rosa] bailó un merengue con su hábito de tornera, y que el doctor Dionisio Iguarán, que era primo hermano de mi madre, consiguió que se lo llevaran en el buque oficial [en el que llegó el padre del novio y su familia] para no estar aquí al día siguiente cuando viniera el obispo [...] Muchos sabían que en la inconsciencia de la parranda le propuse a Mercedes Barcha que se casara conmigo, cuando apenas había terminado la escuela primaria, tal como ella misma me lo recordó cuando nos casamos catorce años después.” 

Mercedes Barcha Pardo y Gabriel García Márquez
  En la vida real, Mercedes Barcha Pardo (Magangué, noviembre 6 de 1932) se casó con Gabriel García Márquez “el 21 de marzo de 1958 a las once de la mañana en la iglesia del Perpetuo Socorro”, en Barranquilla. La fecha del lazo matrimonial induce a suponer que el crimen que narra la novela no ocurrió en 1951, sino en 1944 y podría ser. Pero también pudo ocurrir en los años 20 o 30, si se piensa que la primera vez que arriba al pueblo el padre del novio: el general Petronio San Román, con su mujer y dos hijas, lo hace manejando un peliculesco “Ford T con placas oficiales cuya bocina de pato alborotó las calles a las once de la mañana”. 

El general Petronio San Román, que en la boda lucía “un penacho de plumas y la coraza de medallas de guerra”, fue, apunta el narrador, “héroe de las guerras civiles del siglo anterior, y una de las glorias mayores del régimen conservador por haber puesto en fuga al coronel Aureliano Buendía en el desastre de Tucurinca. Mi madre fue la única que no fue a saludarlo cuando supo quién era. ‘Me parecería muy bien que se casaran —me dijo—. Pero una cosa era eso, y otra muy distinta era darle la mano a un hombre que ordenó dispararle por la espalda a Gerineldo Márquez.’” Coroneles de imaginaria y consabida acuñación garciamarquiana que remiten, centralmente, a Cien años de soledad (Sudamericana, Buenos Aires, 1967).


II de II
En la novelística reconstrucción del asesinato de Santiago Nasar, de 21 años, que en Crónica de una muerte anunciada (1981) hace el homónimo alter ego de Gabriel García Márquez, descuella el hecho de que ocurre en un pueblerino y limitado entorno social —conservador, católico y machista— repleto de rancios atavismos y prejuicios decimonónicos. 
(Diana, 29ª impresión con erratas, México, septiembre de 2002)
  Después de la apoteósica celebración y francachela de la boda que un domingo de febrero excitó al pueblo entero, Bayardo San Román, un advenedizo con solvencia económica, tras descubrir en la intimidad de la primera noche de amor que Ángela Vicario no era virgen, la devuelve en la madrugada a la casa de su familia con claros visos de violencia: “Llevaba el traje de raso en piltrafas y estaba envuelta con una toalla hasta la cintura.” Pura Vicario, su madre y esposa de Poncio Vicario, un modesto orfebre ciego, manda a llamar a Pedro y Pablo, sus hijos gemelos que aún andan de parrada. Al llegar encuentran a su hermana “tumbaba bocabajo en una sofá del comedor y con la cara macerada a golpes [que le dio su progenitora], pero había terminado de llorar”. Y casi de inmediato y sin replicar les revela el nombre del supuesto responsable de la pérdida de su honor: Santiago Nasar, que en ese violento e intolerante contexto social equivale a una infalible e irrevocable sentencia de muerte que los gemelos cumplen unas horas después utilizando, cada uno, un cuchillo; instrumentos de matarifes de la cría de cerdos cuya hedionda pocilga cultivan en la casa familiar.

Los gemelos Pedro y Pablo Vicario también eran amigos de Santiago Nasar y alternaron con él en la parranda de la boda y después de la boda y al parecer no hubieran querido matarlo a cuchilladas y por ende durante varias horas de la madrugada y del amanecer de ese lunes fatídico pregonaron su inminente crimen a quien pudo oírlo, con tal de que alguien hiciera algo para impedirlo. No obstante, declararon: “Lo matamos a conciencia”, “pero somos inocentes”. Y más aún: “El abogado sustentó la tesis del homicidio en legítima defensa del honor, que fue admitida por el tribunal de conciencia”. En este sentido, luego de que “En el panóptico de Riohacha [...] estuvieron tres años en espera del juicio porque no tenían con qué pagar la fianza para la libertad condicional”, tras los tres días que duró el proceso fueron absueltos. Tal absolución, que implica los atavismos y la moralina que impera en el pueblo y en la manipulación de la ley, es refrendada por Prudencia Cotes, la novia de Pablo, que se casó con él tras salir de la cárcel “y fue su esposa toda la vida”, y que al narrador le dijo: “Yo sabía en qué andaban [...] y no sólo estaba de acuerdo, sino que nunca me hubiera casado con él si no cumplía como hombre.”
Gabriel García Márquez hojeando
Gabtio, el niño que soñó Macondo (Ediciones B, 2013)
  En las indagaciones que el homónimo alter ego del autor hizo para reconstruir ese crimen ocurrido alrededor de 27 años antes, queda claro que muy pocos fueron quienes intentaron que tal muerte no ocurriera. Es el caso de Clotilde Armenta, la comerciante de la tiendita-cantina de la plaza del pueblo donde los gemelos se ubican con los cuchillos envueltos en periódicos en espera de ver desde allí a Santiago Nasar; del coronel Lázaro Aponte, el alcalde, quien mientras los muchachos duermen la mona (por el exceso de alcohol) les quita el par de cuchillos recién afilados (pero luego van por otros); de Cristo Bedoya, quien minutos antes del crimen trata de encontrar a Santiago Nasar; de Luisa Santiaga, quien intenta prevenir a Plácida Linero, la madre del asesinado. 

Según el narrador, “Para la inmensa mayoría sólo hubo una víctima: Bayardo San Román. Suponían que los otros protagonistas de la tragedia habían cumplido con dignidad, y hasta con cierta grandeza, la parte de favor que la vida les tenía señalada. Santiago Nasar había expiado la injuria, los hermanos Vicario habían probado su condición de hombres, y la hermana burlada estaba otra vez en posesión de su honor. El único que lo había perdido todo era Bayardo San Román. ‘El pobre Bayardo’, como se le recordó durante años.” Falaz corte de caja que incita a especular y a conjeturar en diversas direcciones.
Si bien Santiago Nasar era “un gavilán pollero” que incluso manoseaba a Divina Flor, la adolescente hija de la cocinera que servía en su casa (que es la casa de su madre viuda), queda claro y se transluce que él no fue quien desfloró a Ángela Vicario. De hecho, éste es uno de los misterios que la novela no desvela: ¿quién fue el autor de su perjuicio?, si es que hubo tal, porque también se piensa que no dijo el nombre del verdadero responsable porque “estaba protegiendo a alguien a quien de veras amaba”. Pero, ¿por qué culpó a Santiago Nasar? Según lo recabado por el autor, Ángela Vicario dijo el nombre de éste porque supuso que los gemelos no lo atacarían porque era un hombre rico. Lo cual resulta falaz, puesto que requeridos por su madre, le preguntan el nombre con el objetivo de vengar la afrenta en los expeditos términos que dictan los atavismos y la moralina que impera en el pueblo.
Vale subrayar, entonces, que la novela no es psicológica. No explora las pulsiones mentales y subconscientes que la empujaron a condenar a muerte a Santiago Nasar. Y desde cierta perspectiva, Ángela Vicario es la ganona, la siniestra mano que mueve la cuna con la conciencia tranquila, que de víctima de las circunstancias, siempre buscó ganar y salirse con la suya a toda costa. 
Bayardo San Román, quien andaba por los 30 años, llegó al pueblo seis meses antes de la boda. Ángela Vicario tenía 20 años y era la más bella de sus tres hermanas (una ya muerta de “fiebres crepusculares”), a quienes Luisa Santiaga les objetaba “la costumbre de peinarse antes de dormir”: “Muchachas —les decía— no se peinen de noche que se retrasan los navegantes”. Bayardo San Román, en vez de seducirla a ella, sedujo a sus padres con el infalible argumento: la posición privilegiada de su familia y de su padre el general Petronio San Román y la solvencia económica para comprarlo todo (coche descapotable y “la casa más bonita del pueblo”: “la quinta del viudo de Xius”). Es por esto que a Ángela Vicario sus padres “le impusieron la obligación de casarse con un hombre que apenas había visto” y “pese al inconveniente de la falta de amor”. No les confesó la pérdida de la virginidad (el secreto mejor guardado) y en este sentido en su familiar entorno católico (que denotan sus nombres propios) profanó “los símbolos de la pureza”, pues se atrevió a “ponerse el velo y los azahares sin ser virgen”. Y más aún, atenta a las comidillas y al qué dirán, no se vistió de novia hasta que no llegó el novio “con dos horas de retraso”. “Imagínate [...] hasta me hubiera alegrado de que no llegara, pero nunca que me dejara vestida”, le dijo a su primo el narrador. “Su cautela [apostrofa éste] pareció natural, porque no había percance público más vergonzoso para una mujer que quedarse plantada con el vestido de novia.”
Los hermanos Aída y Gabriel García Márquez
  Según el sumario consultado por el primo narrador, “sus dos únicas confidentes declararon: “Nos dijo el milagro pero no el santo”. Es decir, tampoco a ellas, al parecer, les reveló el nombre del verdadero picaflor, pero fueron ambas quienes le brindaron consejos y trucos para burlar al marido la noche de bodas. Según el narrador, “Tan aturdida estaba que había resuelto contarle la verdad a su madre para librase de aquel martirio, cuando sus dos únicas confidentes, que la ayudaban a hacer flores de trapo junto a la ventana, la disuadieron de su buena intención. ‘Les obedecí a ciegas —me dijo— porque me habían hecho creer que eran expertas en chanchullos de hombres’. Le aseguraron que casi todas las mujeres perdían la virginidad en accidentes de infancia. Le insistieron en que aun los maridos más difíciles se resignaban a cualquier cosa siempre que nadie lo supiera. La convencieron, en fin, de que la mayoría de los hombres llegaban tan asustados a la noche de bodas, que eran incapaces de hacer nada sin la ayuda de la mujer, y a la hora de la verdad no podían responder de sus propios actos. ‘Lo único que creen es lo que vean en la sábana’, le dijeron. De modo que le enseñaron artimañas de comadronas para fingir sus prendas perdidas, y para que pudiera exhibir en su primera mañana de recién casada, abierta al sol en el patio de la casa, la sábana de hilo con la mancha del honor.”

Después de que el engañado y ofendido Bayardo San Román regresara a Ángela Vicario a la casa de sus padres, se tiró a la bebida, solitario en la otrora casa del viudo de Xius, la que iba a ser su rutilante nidito de amor. Y perdido en la borrachera (y con la misma ropa con que se casó) alrededor de una semana después se lo llevaron del pueblo su madre, sus dos hermanas y “otras dos mujeres mayores que parecerían sus hermanas”, venidas ex profeso en un buque de carga. “El coronel Lázaro Aponte las acompañó a la casa de la colina, y luego subió el doctor Dionisio Iguarán en su mula de urgencias. Cuando se alivió el sol, dos hombres del municipio bajaron a Bayardo San Román en una hamaca colgada de un palo, tapado hasta la cabeza con una manta y con el séquito de plañideras. Magdalena Olivier creyó que estaba muerto.”
Ángela Vicario y su familia también se fueron del pueblo para siempre. Según el narrador, “Mucho después, en una época incierta en que trataba de entender algo de mí mismo vendiendo enciclopedias y libros de medicina por los pueblos de la Guajira, me llegué por casualidad hasta aquel moridero de indios. En la ventana de una casa frente al mar bordando a máquina en la hora de más calor, había una mujer de medio luto con antiparras de alambre y canas amarillas, y sobre su cabeza estaba colgada una jaula con un canario que no paraba de cantar. Al verla así, dentro del marco idílico de la ventana, no quise creer que aquella mujer fuera la que yo creía, porque me resistía a admitir que la vida terminara por parecerse tanto a la mala literatura. Pero era ella: Ángela Vicario 23 años después del drama.”
Ángela Vicario no le reveló el nombre del picaflor, pero sí que “durante diecisiete años” estuvo escribiéndole cartas a Bayardo San Román que él no le respondía: “era como escribirle a nadie”. Hasta que “Un medio día de agosto, mientas bordaba con sus amigas, sintió que alguien llegaba a la puerta. No tuvo que mirar para saber quién era. ‘Estaba gordo y se le empezaba a caer el pelo, y ya necesitaba espejuelos para ver de cerca —me dijo—. ¡Pero era él, carajo, era él!’ Se asustó, porque sabía que él la estaba viendo tan disminuida como ella lo estaba viendo a él, y no creía que tuviera dentro tanto amor como ella para soportarlo. Tenía la camisa empapada de sudor, como lo había visto la primera vez en la feria, y llevaba la misma correa y las mismas alforjas de cuero descocido con adornos de plata. Bayardo San Román dio un paso adelante, sin ocuparse de las otras bordadoras atónitas, y puso las alforjas en la máquina de coser.
“—Bueno —dijo—, aquí estoy.
“Llevaba la maleta de la ropa para quedarse, y otra maleta igual con casi dos mil cartas que ella le había escrito. Estaban ordenadas por sus fechas, en paquetes cosidos con cintas de colores, y todas sin abrir.”


Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada. Editorial Diana. 29ª impresión con erratas. México, septiembre de 2002. 130 pp.




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domingo, 16 de agosto de 2015

La tía Julia y el escribidor




Mentalmente me veo escribir que escribo


Los preliminares datos sobre la vida y obra del escritor peruano-español Mario Vargas Llosa —Premio Nobel de Literatura 2010 rezan que su novela La tía Julia y el escribidor (Seix Barral, 1977) está basada en su inicial vínculo amoroso vivido con su tía Julia Urquidi Illanes (muerta a los 84 años el 10 de marzo de 2010 en Santa Cruz, Bolivia), a quien se la dedicó, cuyo matrimonio duró entre 1955 y 1964, y quien replicó y sazonó lo novelado en Lo que Varguitas no dijo (Editorial Khana Cruz, 1983). 
(Editorial Khana Cruz, Bolivia, 1983)
La tía Julia, Mario Vargas Llosa y el perrito Batuque
(Lima, 1956)
Si La tía Julia y el escribidor denota que es tan fantástica como autobiográfica, en sus memorias El pez en el agua (Seix Barral, 1993) revela un cúmulo de entretelones implícitos en ella (más otros omitidos, cambiados o maquillados) ocurridos antes y después de su publicación, como son las difíciles relaciones vividas con su padre Ernesto Vargas Maldonado (desde que a los diez años supo de su existencia, “hasta su muerte, en enero de 1979”) y el trauma neurótico y agresivo que le suscitó el leerla. En la página 340 de El pez en el agua dice que después de su lectura, su padre le escribió una carta con recriminaciones (de Los Ángeles a Cambridge, Inglaterra) que él no le contestó. Pero luego le escribió otra, “ésta violenta, acusándome de resentido y de calumniarlo en un libro, sin darle ocasión de defenderse, reprochándome no ser un creyente y profetizándome un castigo divino. Me advertía que esta carta la haría circular entre mis conocidos. Y, en efecto, en los meses y años siguientes, supe que había enviado decenas y acaso centenares de copias de ella a parientes, amigos y conocidos míos en el Perú.” 
(Seix Barral, México, 1993)
En El pez en el agua, Mario Vargas Llosa apunta que la simiente que luego derivaría en el furtivo casorio (menos de dos meses después), comenzó a inocularse “a fines de mayo de 1955”, cuando la tía Julia, recién divorciada, llegó a Lima (de La Paz, Bolivia) a la casa de su tío Lucho y de su tía Olga, de quien era la hermana menor; que ella tenía 32 años y él 19 y vivía con sus abuelos maternos. Mientras que en la novela, la tía Julia también tiene 32 y “Marito” o “Varguitas” tiene 18 y por ende, se colige, es 1954, año en que se sucede la mayor parte de la obra, pues el último capítulo: el “XX”, es un epílogo que ocurre doce años después. En éste, el narrador, quien vive en Europa, ha retornado a Lima de vacaciones y busca datos para el libro que urde: “una novela situada en la época del general Manuel Apolinario Odría (1948-1956)”, que es una clara alusión a Conversación en La Catedral (Seix Barral, 1969). En la novela, su matrimonio con la tía Julia duró “ocho años”; y un año después del divorcio, dice allí, “volví a casarme, esta vez con una prima (hija de la tía Olga y del tío Lucho)”. En la novela, Mario Vargas Llosa no apunta el nombre de la prima hermana ni juega ningún papel, pero en El pez en el agua sí; por ejemplo, en las anécdotas de 1952, cuando a sus 16 años vivió en Piura, en casa de su tío Lucho y de su tía Olga, entre los meses de abril y diciembre, lapso en que trabajó en el periódico La Industria y cursó “el quinto año de secundaria en el colegio San Miguel”, lo cual, gracias al profesor de literatura y al director de la escuela, le permitió montar y dirigir su primer libreto teatral: La huida del inca, aún inédito, cuyo estreno ocurrió el 17 de julio de 1952 en el teatro Variedades. “El éxito de La huida del inca [apunta en la página 198] hizo que diéramos, la siguiente semana, dos funciones más, a una de la cuales pude meter a mis primas Wanda y Patricia [de nueve y siete años] de contrabando, pues la censura había calificado la obra de ‘mayores de quince años’”.
Un joven anónimo y Mario Vargas Llosa de reportero en La Industria
(Piura, 1952)
Cartel del estreno de La huida del inca, libreto de Mario Vargas Llosa,
sucedido el jueves 17 de julio de 1952 en el Teatro Variedades de Piura
Epígrafe de La tía Julia y el escribidor (Seix Barral, México, 1977)
Precedida por “El Grafógrafo”, poema en prosa de Salvador Elizondo a manera de epígrafe, La tía Julia y el escribir se desglosa en dos secuencias de capítulos alternos y paralelos e intercalados entre sí. En una serie se desarrolla la cotidianidad del joven Varguitas en Lima, quien vive con sus abuelos maternos; estudia derecho en la Universidad de San Marcos; escribe sus primeros cuentos y sueña con convertirse en escritor y vivir en París en una buhardilla; trabaja como rimbombante jefe de Informaciones de Radio Panamericana, donde tiene a sus órdenes a Pascual, un “redactor”, al que luego se le suma otro: el Gran Pablito, quien resulta analfabeto; conoce y frecuenta a Pedro Camacho, un singular boliviano, de baja estatura y estirpe estrictamente literaria y fantástica, quien es el argumentista, el mero escribidor de las populares radionovelas que convierten a Radio Central en una boyante empresa que adinera los bolsillos de Genaro-padre y de Genaro-hijo, mientras los actores y el personal subsisten en las mil y una penurias; tiene por amigos a su compinche Javier y a su prima la flaca Nancy, quienes lo apoyan cuando se sucede el subrepticio enredo amoroso con la tía Julia y cuando a escondidas de la tribu familiar se urde el casorio en un pueblo cercano a Lima: Grocio Pardo, donde el mísero y zambo presidente municipal da la pauta para enmendar la minoría de edad del novio.
El Negrito Sandía y la Negrita Cucurumbé
(Mario Vargas Llosa y Julia Urquidi Illanes)
Festival de Folclores de Cáceres, Extremadura, España
(Junio de 1959)
La otra serie de capítulos son los argumentos de las radionovelas que escribe, graba y actúa Pedro Camacho (auxiliado por actores y técnicos cuya patética y risible traza y cotidianidad conforman otra radionovela dentro de la radionovelera novela), cuyo humor y tremendismo marcan la tónica de la obra. Esto es así porque si bien los radioteatros son una hilarante parodia de su temática kitsch, tremendista y truculenta y del ampuloso y engolado vocabulario que supuestamente utiliza el escribidor al aporrear la enorme Remington en el otrora cuarto del portero de Radio Central, el propio Pedro Camacho semeja un patético y subterráneo personaje de una de sus radionovelas, ya por su decimonónico y raído porte imposible, manías de loco y obtusa conducta, por sus pobrísimas y mórbidas condiciones de subsistencia, porque empieza a perder la memoria y a confundir y a mezclar, en las radionovelas, los personajes y los argumentos. De modo que si había mostrado una creciente tendencia por los temas y finales tremendistas donde ocurren dramas, catástrofes y hecatombes, esto se agudiza aún más cuando se sucede y coincide con su propio colapso psíquico. Los Genaros, por ser Pedro Camacho una gallina de huevos de oro, lo internan en una clínica privada; pero luego lo confinan “al Larco Herrera, el manicomio de la Beneficencia Pública”. Si esto en sí es un triste final de radionovela, la vuelta de tuerca ocurre doce años después durante las susodichas vacaciones que Varguitas hace en Lima, ya divorciado de su tía Julia y casado con su prima hermana. Porque además de inesperadamente reencontrarse con sus otrora subalternos en Radio Panamericana: el Gran Pablito y Pascual, al ir a recoger a éste a la ruinosa y amarillista revista Extra en la que es “jefe de Redacción” y cuyos titulares que Varguitas alcanza a leer bien podrían haber sido temas de los radioteatros de Pedro Camacho (“Mata a la madre por casarse con la hija”, “Policía sorprende baile de dominós: ¡todos eran hombres!”), de pronto descubre que éste se ha transformado en otro personaje misérrimo, de lastimosa y caricaturesca pinta, psicótico y amnésico, quien además de vivir bajo el ninguneo de una horrenda prostituta argentina (“viejísima, gordota, con los pelos oxigenados y pintarrajeada”), es un simple y vulgar datero, sin un grumo de inteligencia e imaginación, que por llegar con retraso, además del regaño del libidinoso director, una tal Melcochita no pudo completar su crónica sobre “la llegada del Monstruo de Ayacucho”.
En este sentido, la lúdica mixtura de humor y tremendismo también está presente en la proclividad de Pascual, cuando en su papel de “redactor” del Servicio de Informaciones de Radio Panamericana suele rellenar los espacios informativos con notas que hablan de catástrofes y muertes, por lo que Varguitas tiene que reprimirlo y controlarlo. Sesgo del que no obstante, éste no se libra, pues los primerizos cuentos que escribe o intentar escribir son de una índole parecida.
(Seix Barral, México, 1977)
En resumen, La tía Julia y el escribidor, dado el protagonismo del joven Varguitas y sus coterráneos en la Lima de los años 50, es una novela muy juvenil, muy lúdica y divertida (y desbordada de ludismo y divertimento en los radioteatros), en la que Mario celebra la juventud y su propia juventud, y el mundo e inframundo de las radionovelas; y así como tributa a la tía Julia de la vida real, también celebra a su querido tío Lucho, de quien en El pez en el agua, apoyado con muchos recuerdos y entrañables anécdotas, dice: “él sí que me parecía mi verdadero papá”. Pues amén de que el romance entre Varguitas y la tía Julia comienza a corporificarse la noche que ambos van, invitados por el tío Lucho y la tía Olga, al Grill Bolívar (un centro nocturno donde cenan y bailan), a festejar los 50 años del tío, en las radionovelas de Pedro Camacho tarde o temprano descuella un protagonista que tiene o llega a la cincuentena: “la flor de la edad”, y que por lo regular, tal lúdico y cantarín estribillo, posee “frente ancha, nariz aguileña, mirada penetrante, rectitud y bondad en el espíritu”.
Luis Loayza, Mario Vargas Llosa y Julia Urquidi Illanes
en el restaurante Tobogán durante su primer día en España,
luego de desembarcar en Barcelona
(Octubre de 1958)
Ahora que si bien tal edad, en las radionovelas, refleja la edad de Pedro Camacho —tan evidente y especular como es su paulatina amnesia y psicosis y su recurrente odio a los argentinos (intrínseco meollo que se desvela en el capítulo “XX” cuando el lector descubre que la gorda argentina que lo tiraniza y demoniza ya era su mujer desde antes de instalarse en Lima)—, tal cincuentena y algo de su caricaturesco porte también parecen tributar al tío Lucho (“una nariz grande y unos ojos extraordinariamente vivos”), así como el hecho de que sea escribidor a toda costa. Es decir, en El pez en el agua, Mario Vargas Llosa cuenta que “el tío Lucho era aficionado a la lectura y de joven había escrito versos”, de los que “todavía recordaba algunos”, y que contemporáneos de su juventud “estaban convencidos de que la suya era una vocación de intelectual”. Ese año crucial de 1952, en Piura, en que el adolescente Mario vivió en casa de su tía Olga y de su tío Lucho, devoró toda la biblioteca de éste (que estaba en el cuarto que le asignaron para dormir), le leyó sus poemas, cuentos y La huida del inca, y lo apoyó en su anhelo de “ser un escritor aunque me muriera de hambre”, diciéndole que “la peor desgracia para un hombre es pasarse la vida haciendo cosas que no le gustan en vez de las que hubiera querido hacer”.
Los dos únicos ejemplares que existen de su primera obra teatral
La huida del inca, escrita en Lima en 1951
y escenifica por única vez en Piura en 1952.
Algo muy distinto del áspero y violento trato con que lo acosó su padre desde la niñez y al casarse con la tía Julia, según narra en sus memorias, lo cual refleja, en la novela, la carta que a Varguitas le hizo llegar su progenitor y que bien pudo teclear Pedro Camacho en una de sus radionovelas con trágico, tremendo y explosivo final: 
La tía Julia y el escribidor
(Abril de 1959)
    “‘Mario: Doy 48 horas de plazo para que esa mujer abandone el país. Si no lo hace, me encargaré yo, moviendo las influencias que haga falta, de hacerle pagar caro su audacia. En cuanto a ti, quiero que sepas que ando armado y que no permitiré que te burles de mí. Si no obedeces al pie de la letra y esa mujer no sale del país en el plazo indicado, te mataré de cinco balazos como a un perro en plena calle’.

“Había firmado con sus dos apellidos y rúbrica y añadido una posdata: ‘Puedes ir a pedir protección policial, si quieres. Y para que quede bien claro, aquí firmo otra vez mi decisión de matarte donde te encuentre como a un perro’. Y, en efecto, había firmado por segunda vez, con trazo más enérgico que la primera.”
Mario y la tía Julia en la boda de Pepe y Margarita Guzmán
(Abril de 1959)


Mario Vargas Llosa, La tía Julia y el escribidor. Biblioteca Breve (424), Editorial Seix Barral. 2ª edición mexicana, 1977. 448 pp.



El club Dante



A la mitad del camino de la vida
en una selva oscura

El norteamericano Matthew Pearl (Nueva York, octubre 2 de 1975), autor de La sombra de Poe (Seix Barral, 2006) y del prólogo a La trilogía Dupin (Seix Barral, 2006), en 2003 publicó en inglés El club Dante, su primer best seller con el que hizo boom en los Estados Unidos (y más allá de sus fronteras), cuya traducción al español de Vicente Villacampa data de “mayo de 2004”.
(Seix Barral, México, 2004)
En la novela El club Dante, la cruenta y devastadora Guerra Civil norteamericana (1861-1865) terminó apenas hace seis meses y el asesinato del presidente Abraham Lincoln aún es noticia (recibió un disparo el 14 de abril de 1865 en un palco del Teatro Ford, en la ciudad de Washington, y murió el día 15). Y en las inmediaciones de la Universidad de Harvard, en Cambridge, no muy lejos de Boston, un grupo de emblemáticos intelectuales prepara, desde 1861, la primera traducción, del italiano al inglés, de la Divina Comedia, la obra monumental y universal de Dante Alighieri (1265-1321), probablemente escrita entre 1307 y el año de su fallecimiento. Tal grupo se denomina a sí mismo: el club Dante y cada miércoles por la noche se reúne en la casa Craigie, en Cambridge, histórica casona que muestra una “profusión de esculturas y pinturas de George Washington”, pues fue cuartel de éste al inicio de la Guerra de la Independencia (1775-1783). El club Dante está integrado por Henry Wadsworth Longfellow, poeta y figura patriarcal y tutelar que dirige y firma la traducción y quien vive en la casa Craigie; por Oliver Wendell Holmes, narrador y médico que imparte la cátedra Parkman en la facultad de Medicina de Harvard; por James Russell Lowell, poeta, profesor y cabeza de la sección de lenguas modernas y literatura en Harvard; por J.T. Fields, el exitoso y rico empresario que publicará la traducción con el rubro de su editorial; y por Georges Washington Greene, historiador enfermizo que ya chochea y tiene una particular interpretación de la vida y obra de Dante (para él, el poeta florentino sí hizo un auténtico viaje al Infierno). 
Dados los obtusos e intolerantes prejuicios protestantes, xenófobos, puritanos y antipapistas, con la figura de Augustus Manning a la cabeza —tesorero de la corporación Harvard— se entreteje una soterrada y maquiavélica conjura (que no excluye el soborno, el espionaje, el chantaje y los golpes bajos) para impedir que el profesor James Russell Lowell siga impartiendo su seminario de Dante y sobre todo para frustrar la inminente publicación en inglés de la Divina Comedia, que a toda orquesta se quiere editar como parte de los académicos e italianos festejos del sexto centenario del nacimiento del poeta florentino.
Tal virulencia intestina es trastocada cuando dos espeluznantes y escenográficos asesinatos (el de Artemus Prescott Healey, juez presidente de los tribunales de Massachusetts, y el de el reverendo Elisha Talbot, ministro de la Segunda Iglesia Unitarista de Cambridge) brindan, para el club Dante, claros indicios de estar meticulosamente inspirados en precisos pasajes del Infierno del poeta florentino, pues las causalidades y las circunstancias propician que, sin buscarlo ni quererlo, lo sepan y se involucren en la raciocinadora, detectivesca y secreta búsqueda del criminal, a quien durante un buen tiempo suponen un erudito dantista y que, según coligen en cierto momento, compite con ellos: el club traduciendo con palabras y el asesino con sangre.
Matthew Pearl
En la segunda de forros, se dice que Matthew Pearl, “En 1998, ganó el prestigioso Premio Dante de la Sociedad Dante de Estados Unidos”, y que “es responsable de la edición para la Modern Library del Infierno de Dante, traducido por Henry Wadsworth Longfellow”. Esto no resulta gratuito, pues a lo largo de la trama el autor disemina y urde sus conocimientos de la biografía y obra de Dante, e inextricable a ello, implica una rica indagación del entorno arquitectónico y geográfico de Boston y de Cambridge en el siglo XIX, de numerosas menudencias de la historia política y social norteamericana en tal centuria, así como de atavismos racistas y religiosos, y de ciertos usos y costumbres que signaban la vida cotidiana, ya en la universidad, ya en las calles y tabernas, ya en la cárcel, ya en las iglesias y en los hogares de ayuda a los veteranos de la guerra, cuyas dantescas y sangrientas trincheras también son descritas con pelos, moscas, gusanos y señales.
La investigación detectivesca que realiza el club Dante (con sus propias polémicas y tensiones), se entrecruza con la que paralelamente efectúa el patrullero Nicholas Rey, el primer policía negro de Boston (respaldado por el jefe de la policía John Kurtz), cuyo color de piel implica desventajas oficiales (no usa uniforme y va desarmado), fricciones y agresiones frente a los racistas policías blancos, pero que paulatinamente, dado su olfato y virtud para raciocinar, se une al club Dante en la búsqueda del escurridizo criminal.
Sintéticamente hay que decir, con bombo y platillo, que Matthew Pearl —autor de El último Dickens (Alfaguara, 2009)— ha creado con El club Dante un thriller magistral, inteligente, lúdico, culto y erudito, repleto de recovecos y múltiples detalles y minucias, de suspense, misterio, enigmas y numerosas intrigas, pistas falsas y engaños al lector, con acción, escenarios peliculescos y constantes giros sorpresivos, lo cual mantiene, in crescendo, enganchado y asombrado al insaciable y desocupado lector, ya paladeando la trama, ya ansioso e insomne por descubrir, entre los posibles sospechosos, al dantesco criminal; y cuando por fin es descubierta su identidad por los miembros del club Dante —entre ellos destaca el papel del médico Oliver Wendell Holmes— (y el lector tiene acceso a los motivos intrínsecos que gestaron e incitaron el psicótico y escenográfico modus operandi del asesino en cada caso), para presenciar si lo atrapan, o quién atrapa a quién, o quién muere en el acoso y persecución (si es que alguien muere), y en resumidas cuentas cómo concluye este apasionante y dinámico artilugio novelístico, que además cuenta con ilustrativas notas del traductor.

Matthew Pearl, El club Dante. Notas y traducción del inglés al español de Vicente Villacampa. Seix Barral. 4ª reimpresión. México, noviembre de 2004. 472 pp.


lunes, 3 de agosto de 2015

La casa verde




Rompecabezas/Modelo para armar
                                   

I de II
Dedicada “A Patricia” (su esposa) e impresa por primera vez en Barcelona, en 1965, en la serie Biblioteca Formentor de la Editorial Seix Barral (cuyas cubiertas fueron ilustradas por Antoni Tàpies), La casa verde —una de las grandes novelas del peruano Mario Vargas Llosa— ganó en 1966 el Premio de la Crítica Española y en 1967 el Premio Nacional de Novela del Perú y en Venezuela el Premio Internacional de Literatura “Rómulo Gallegos”. Desde entonces, en el contexto del boom de la literatura latinoamericana y más allá de él (y en otros idiomas) ha sido reeditada numerosas veces.
       
Mario Vargas Llosa y Patricia Llosa

Portada del estuche que resguarda el volumen de
Mario Vargas Llosa
Obras completas I. Narraciones y novelas (1959-1967),
editado por Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores (Barcelona, 2004)
       Una edición singular es la impresa en Barcelona, en 2004, por Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores. Se trata de su acopio en el tomo I de sus Obras Completas. Narraciones y novelas (1959-1967), que es una “Edición del autor al cuidado de Antoni Munné”, volumen que además reúne su libro de cuentos Los jefes (1959), su novela La ciudad y los perros (1963), su relato Los cachorros (1967), y a manera de “Apéndice”: Historia secreta de una novela, cuya primera edición en español apareció en Barcelona, en 1971, impreso por Tusquets Editor con el número 21 de la serie Cuadernos Marginales, el cual es una conferencia en torno a La casa verde, firmada en “Lluc Alcari, Mallorca, junio de 1971”, “originalmente escrita en un rudimentario inglés [dice el autor en la nota preliminar] que mi amigo Robert B. Knox mejoró, fue leída en Washington State University (Pullman, Washington, el 11 de diciembre de 1968).” Pero la lectura de tal conferencia en el presente volumen y su comparación con la susodicha primera edición (impresa en tinta verde), revela que además de una elemental enmienda, corrigió las fechas correspondientes a los dos periodos que vivió en Piura (1946 y 1952) y por ende están en consonancia con lo que evoca y relata en los capítulos I y IX de su libro de memorias (autobiográficas y políticas) El pez en el agua (Seix Barral, 1993) y en varios textos del Diccionario del amante de América Latina (Paidós, 2006), que es una antología de artículos y notas de Mario Vargas Llosa, previamente publicada por Plon en lengua gala, en 2005, en cuya recopilación y edición participaron su antigua colaboradora Rosario Muñoz-Nájar de Bedoya y su traductor al francés Albert Bensoussan, quien además es el director artífice del volumen misceláneo y colectivo Mario Vargas Llosa. Vida que es palabra (Nueva Imagen, México, 2006), cuya primera edición en francés se tiró en París, en 2003, por Èditions de L’Herne.

(Nueva Imagen, México, 2006)
  Pero además, el presente tomo de sus Obras completas está precedido por un largo prólogo ex profeso: “Contar historias”, firmado en “Lima, febrero de 2004”, especie de autobiográfica declaración de principios, en la que afirma: “La literatura era el aire que respiraba cada día, lo que aderezaba y justificaba la vida, mi razón de ser. La Casa Verde, que escribí después de La ciudad y los perros, de principio a fin en París, así como el relato Los cachorros, son un canto de amor a la literatura, desde su primera hasta la última frase, un reflejo muy exacto de ese ‘estado de literatura’ en que creo haber vivido todos mis años de París [1961-1967].” Al cual se suman dos breves prólogos: el que antecede a La ciudad y los perros, firmado en “Fuschl, agosto de 1997”, y el que preludia a La casa verde, firmado en “Londres, septiembre de 1998”, el cual dice a la letra:

“Me llevaron a inventar esta historia los recuerdos de una choza prostibularia, pintada de verde, que coloreaba el arenal de Piura el año de 1946, y la deslumbrante Amazonía de aventureros, soldados, aguarunas, huambisas, shapras, misioneros y traficantes de caucho y pieles que conocí en 1958, en un viaje de unas semanas por el Alto Marañón.
“Pero, probablemente, la deuda mayor que contraje al escribirla fue con William Faulkner, en cuyos libros descubrí las hechicerías de la forma de la ficción, la sinfonía de puntos de vista, ambigüedades, matices, tonalidades y perspectivas de que una astuta construcción y un estilo cuidado podían dotar a una historia. 
“Escribí esta novela en París, entre 1962 y 1965, sufriendo y gozando como un lunático, en un hotelito del Barrio Latino —el Hôtel Wetter— y en una buhardilla de la rue de Tournon, que colindaba con el piso donde había vivido el gran Gérard Philipe, a quien el inquilino que me antecedió, el crítico argentino Damián Bayón, oyó muchos días, ensayar, horas enteras, un solo parlamento de El Cid de Corneille.”
(Seix Barral, 18ª ed., Barcelona, 1979)
        A estas alturas del siglo XXI, en medio de la proliferación y expansión de la web, difícilmente un lector novicio atraído por la extensa obra de Mario Vargas Llosa iniciará la lectura de La casa verde sin ningún tipo de información sobre ésta y él. No obstante, quizá podría darse el caso. Y una de las primeras sorpresas con que se encontrará es lo intrincado de la trama (que es un conjunto de tramas paralelas, fragmentarias, polifónicas, que se suceden en varios lugares y tiempos, yendo y viniendo del presente al pasado y viceversa), lo cual podría desconcertarlo y hasta desanimarlo. Pero una vez metido en la obra, construyendo y armando el rompecabezas, ya no habrá quien lo detenga, es decir, cuando al unísono esté familiarizado con los personajes, con sus voces, con el vocabulario, y con las técnicas narrativas que una y otra vez utiliza y varía el autor para urdir el conjunto de las historias (que tienen como principales y antagónicos polos geográficos a la arenosa Piura y al pueblito Santa María de Nieva enclavado en la selva amazónica del Alto Marañón), los fragmentarios y dosificados suspenses, los equívocos, tintes y tonos difusos y no, los continuos cambios de tiempos y de personajes, de sitios y de diálogos en un mismo párrafo, y párrafo tras párrafo, capítulo tras capítulo. 




II de II
Una de tales intrincadas, laberínticas, fragmentarias y polifónicas historias es la que oscila en torno al prostíbulo que alude el título de la novela La casa verde. La primera Casa Verde, edificada en los aledaños arenales de Piura, la construyó don Anselmo, un hombretón entonces joven y fornido, con dinero (quien parece surgido de la nada), aficionado al trago y al arpa. Ésta desaparece con el fallecimiento de Toñita, la infantil, tierna y dulce adolescente (ciega y sin lengua) que don Anselmo se robara y encerrara en la torre de la Casa Verde, pues la noticia de su muerte (antes de acabar de parir a la futura Chunga), desvela —ante los ojos de la comunidad de Piura y de Juana Baura (la humilde lavandera de la Gallinacera que la prohijara tras el espeluznante asesinato de los Quiroga, los ricos padres adoptivos de la pequeña)— la identidad del furtivo rufián que, de la Plaza de Armas que colinda con La Estrella del Norte, se la había robado y secuestrado, y por ende, una airada multitud, precedida por el Padre García, marcha hasta la Casa Verde y la incendia. 
Estuche que resguarda el disco compacto donde la voz de
Mario Vargas Llosa lee pasajes de La casa verde (1965),
más un cuadernillo prologado por José Emilio Pacheco
(Voz Viva de América Latina, UNAM, 2ª ed., México, 1998)
       Vale recordar que pasajes de tal fragmentaria y trágica historia figuran seleccionados y leídos por la voz de Mario Vargas Llosa en la grabación editada por la UNAM en la serie Voz Viva de América Latina, cuya primera edición en elepé data de 1968 y la segunda, en disco compacto, de 1998, en cuyo cuadernillo adjunto, además de los pasajes leídos por la voz del autor, se halla un largo y erudito ensayo preliminar que José Emilio Pacheco firmó en la “Universidad de Essex, enero de 1968”, a quien el peruano le dedicó, junto a su esposa Cristina Pacheco (antes Romo), su Historia de un deicidio (Barral Editores/Monte Ávila Editores, Caracas, 1971), el voluminoso ensayo que escribió sobre la vida y milagros de Gabriel García Márquez, cuyas posibles reediciones al parecer fueron prohibidas tras el legendario pleito, sucedido “el 12 de febrero de 1976” en el aeropuerto de la Ciudad de México, que truncó la amistad personal que desde 1967 cultivaban Gabo y Mario. No obstante, sí permitió su inserción en el tomo VI de sus Obras completas, Ensayos literarios I (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2005) y que breves fragmentos fueran incluidos entre los prefacios de la Edición Conmemorativa de Cien años de soledad (¡un millón de ejemplares!), impresa en Colombia en “marzo de 2007”, por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española. 

Un vagabundo del alba y Mario Vargas Llosa

Portada del estuche que resguarda el volumen de
Mario Vargas Llosa
Obras completas VI. Ensayos literarios I,
editado por Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores (Barcelona, 2005)
       Pero además, en su citado Diccionario del amante de América Latina (Paidós, 2006) —amén de las varias elogiosas alusiones—, figura un apologético ensayo sobre Cien años de soledad (que abarca la obra y la leyenda biográfica acuñada y propagada por el propio Gabo) y una nota sobre Aracataca, el pueblito donde éste nació el 6 de marzo de 1927.

(Paidós, Barcelona, 2006)
  La segunda Casa Verde la edifica la Chunga —alrededor de 25 o 30 años después del incendio de la primera—, mujer fría, seca, adusta, estricta, tildada de marimacho, quien se lleva a trabajar allí a don Anselmo, su padre (pese a que no lo trata con sentimentalismo, mas sí con respeto), cuando ya es un anciano ciego que vive en el populoso y miserable barrio de la Mangachería, pero que con intrínseco talento toca el arpa (pintada de verde) en una orquesta que en realidad sólo es un trío que integran él y sus discípulos: el Bolas, percusionista, y el Joven, quien rasca la guitarra y canta sus propias melancólicas composiciones. 

Esta segunda Casa Verde es la que conocen y frecuentan “los inconquistables” de Piura: Lituma y los León: sus primos José y el Mono, mangaches del barrio de la Mangachería, y Josefino Rojas, gallinazo del extinto barrio de la Gallinacera, compinches bohemios, vividores y alharaquientos, que suelen vociferar y variar un lépero himno con el que pregonan la desfachatez de su mezquina identidad: “eran los inconquistables, no sabían trabajar, sólo chupar, sólo timbear, eran los inconquistables y ahora iban a culear”. 
El punto de contacto entre Piura y Santa María de Nieva lo corporifican Lituma y Bonifacia, quien termina de habitanta (con el apodo de la Selvática) en la segunda Casa Verde, pues en una de las fragmentarias vertientes narrativas, Lituma es un honorable policía (un cachaco) que labora en Santa María de Nieva, en el Alto Marañón, donde conoce a Bonifacia (la futura Selvática) y se casa con ella en la iglesita y a toda orquesta, una indígena aguaruna de ojos verdes (quien en Piura dice ignorar su lengua nativa) llevada a vivir de pequeña a la Misión, en Santa María de Nieva, donde unas monjas católicas se dedican a evangelizar a un grupo de niñas indias, a enseñarles el español y ciertas labores manuales, costumbres, hábitos e idiosincrasia que las convierten en unas inadaptadas en sus originarias comunidades y por ende, dado el embrollo de corrupción que impera y domina allí entre el poder (gubernamental, militar, policíaco) y los traficantes y comerciantes de caucho y pieles, suscita que las indígenas “civilizadas” a la fuerza (las monjas las cazan y secuestran con el auxilio de los guardas civiles), terminen su infame destino en el esclavizante servicio doméstico en alguna ciudad (Iquitos, por ejemplo) y, en el peor de los casos, en los burdeles. 
 
Niños aguarunas de una comunidad nativa del Alto Marañón
Imagen que se observa a todo lo largo y ancho de la página 133 del volumen colectivo e icnográfico Mario Vargas Llosa. La libertad y la vida (Pontificia Universidad Católica del Perú/Editorial Planeta. Lima, 2008), armado con fotos y documentos de la muestra homónima, exhibida en la Casa Museo O’Higgins de la capital peruana, entre “agosto y septiembre de 2008”, “organizada por el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú”.
        En este sentido, un gran y hormigueante cause narrativo de La casa verde traza, de un modo fragmentario, paralelo y alterno al mundo de Piura, todo un orbe —salvaje, corrupto, violento— enclavado en la selva amazónica del Alto Marañón y en los laberínticos márgenes del río homónimo, donde pululan las aldeas indias (aguarunas, huambisas, shapras, etc.). En tal ámbito descuella el modus operandi que tipifica a los hombres de la metrópoli y del poder (el cacique Julio Reátegui y sus aliados y comerciantes: los “patrones”), pues a través de manipular el gobierno y los destacamentos armados (militares y policías), se dedican a saquear a los ignorantes y vulnerables indios (sobre todo aguarunas) por medio de un inmoral y ventajoso trueque que recuerda el histórico vandalismo de los españoles de la Conquista: les intercambian baratijas y algunos instrumentos de trabajo (hachas y machetes) por pieles y caucho (que llaman jebe), cuyo auge se sucede en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. En tal entorno, el sádico castigo a Jum (un aguaruna de Urakusa que intentó la autonomía de su comunidad) es indicio de que será destruida toda cooperativa indígena que busque independizarse del sistema impuesto por “los patrones”. 

(Tusquets, Barcelona, 1971)
          Y compitiendo con tal saqueo y expoliación, deambula por allí un sanguinario bandido, prófugo de la justicia: Fushía, quien añoso, enfermo y pestífero, a lo largo de la novela, en sus correspondientes fragmentos, es llevado por el viejo Aquilino, oculto en la barca de buhonero de éste, a través del laberíntico río Marañón, de la usurpada ínsula del bandolero a San Pablo, un lugar donde por una suma aíslan y procuran a los leprosos. Más intrincado en esto, se relatan episodios de su origen brasileño, ascenso y apogeo: manipulando el odio de una horda de huambisas hacia los aguarunas, se dedicó a robar y a ultrajar sus aldeas (caucho, pieles, mujeres) y por ende llegó a poseer la citada isla, su guarida, donde además de Lalita —una niña cristiana adquirida en Iquitos a sus doce años (que además de su mujer llegaría a ser mujer del práctico Nieves y luego del Pesado)—, tuvo un harén de escuinclas indias.


Mario Vargas Llosa, La casa verde, en Obras Completas I. Narraciones y novelas (1959-1967), p. 509-916, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. 1ª edición. Barcelona, 2004.