domingo, 27 de marzo de 2016

Sin la misericordia de Cristo

Nunca salimos del infierno original

Escrita originalmente en francés y publicada en París el 12 de septiembre 1985 en la Collecttion Blanche de Éditions Gallimard, Sin la misericordia de Cristo es la quinta novela del argentino Héctor Bianciotti (Córdoba, marzo 18 de 1930-París, junio 12 de 2012) por la que en Francia mereció, ese año, el prestigioso Premio Fémina y el Gran Premio de Novela “Le Nouvel Observateur”. Y en noviembre de 1987, traducida al español por Ricardo Pochtar, apareció en Barcelona con el número 58 de la Colección Andanzas de Tusquets Editores.
       Tal novela: Sans la miséricorde du Christ, la primera que Héctor Bianciotti escribió en francés, mucho le debe a sus circunstancias de inmigrante latinoamericano en el Viejo Continente y a su intromisión y raigambre en la lengua gala; que a la postre, en 1993, lo haría merecedor del Premio Príncipe Pierre de Mónaco; en 1994 del Premio de la Lengua Francesa; y en 1996 de un sitial en la Academia Francesa de la Lengua. 
Héctor Bianciotti
(1930-2012)
  Héctor Bianciotti, en 1955, viaja de la Argentina a Europa; vive en Roma y en Madrid, y desde 1961 reside en París, donde en 1981 adquiere la nacionalidad francesa; en 1982 empieza a escribir en francés e ingresa “al Comité de Lectura de Gallimard”, donde permanece hasta 1989. En Sin la misericordia de Cristo el protagonista que evoca y narra la historia es un hombre más o menos cincuentón venido de la zona norte de “allá” (Argentina), instalado en el barrio del Faubourg Saint-Denis, en París. Asimismo, Adélaïde Marèse, su ex vecina recién fallecida en una de las naves del hospital Saint-Louis, luego de vivir 30 años en Europa, era una solterona de 57 años, solitaria y sin familia, cuya indeleble impronta lo incita a rememorar que también ella procedía del país del “poeta ciego” (de Buenos Aires). 
Héctor Bianciotti y Jorge Luis Borges
  Así, tal fémina es el patético leitmotiv con que el personaje de la voz narrativa dibuja un círculo arquetípico: Adélaïde Marèse había viajado a Cumiana, un pueblo piamontés, tierra de sus ancestros donde nació su padre, de campesinos pobres que soñaron con hacer la América, donde ella sintió que retornó a depositar cada una de las muertas que fue y que, finalmente, el protagonista cerrará cuando traslade hasta la Argentina el pequeño féretro que contiene sus cenizas.
      Resulta significativo que Héctor Bianciotti en 1977, en Francia, haya obtenido el Premio Médecis al mejor libro extranjero por la novela Le traité des saisons (La busca del jardín), traducida del español al francés por Françoise Rossette —año que en que la influyente Gallimard empieza “la publicación sistemática de toda su obra”; y en 1983 el Premio Point de Mire y el Premio al Mejor Libro Extranjero por la novela L’amour n’est pas aimé (El amor no es amado), traducida del español al francés por Françoise Rossette. Sin la misericordia de Cristo es la obra de un virtuoso. Héctor Bianciotti no se limitó a relatar una serie de historias. La morosidad y minuciosidad depositada en su narrador implica placer de la memoria, por el detalle y la sorpresa, por el sentido de la anécdota y la digresión; pero también regodeo del lenguaje; y una inclinación reflexiva y aforística que trasciende lo particular y circunstancial: la voz narra y en su decurso se detiene una y otra vez; medita; e incluso filosofa sobre ciertas miserias e incertidumbres que traza la vida terrenal del infinitesimal ser humano, su estupidez y sus contradicciones, y su orfandad metafísica y cósmica.
       
Colección Andanzas núm. 58, Tusquets Editores
Barcelona, noviembre de 1987
          Uno de los escenarios de la novela es el Mercury, un bar repleto de humores y pestilencias, de inmigrantes de distintas nacionalidades y colores, de prostitutas, ladrones y chulos. Por ahí ronda la pequeña Rosette de diez años, la hija del patrón. Ella es uno de los imanes de la novela, cuyo erotismo la editorial enfatizó al reproducir en los forros detalles de Les beaux jours (1944-1946), óleo sobre lienzo de Balthus (1908-2001), en cuyos cerrados encuadres se aprecia a una niña semiadolescente que, con embeleso narcisista y un collar en el cuello, observa su cara en un espejo de mano, mientras su actitud, su rostro, el escote de su vestido, su cuerpo, reposando lánguida y displicentemente en un sillón característico dentro de la iconografía balthusiana, induce a mirar sus nacientes pechos, sobre todo uno: el que está a punto de emerger y quedar totalmente descubierto; pero también incita a que se imagine o sueñe el meollo de su languidez y ligera sonrisa de Gioconda, de niña-mujer eternamente complacida. 
Les beaux jours (1944-1946)
Óleo sobre lienzo (148 x 200 cm) 

Obra de Balthus 
  No obstante, la urdiembre de la novela no se orienta a desglosar sus cualidades de nínfula, de Lolita al natural, sino a sugerirlas como una promesa de acceder a los matices de un fruto prohibido y pecaminoso; es decir, lo que abunda en la novela es el discurrir por una laberíntica serie de soledades y abandonos paralelos, distantes y coincidentes, no exentos de delirios y locuras, de episodios cruentos y pormenores grotescos.
      El narrador, solitario parroquiano del Mercury, es un misántropo crónico e incorregible, un escéptico, un desesperanzado que ha perdido el interés por las cosas terrenales que otrora le interesaran. Tan sólo conoció a Adélaïde por unos meses; pero ese tiempo bastó para establecer una confianza de náufragos, un diálogo de solitarios en la desierta llanura, donde ella habló sobre su vida y que él fielmente grabó en su milimétrica memoria de Funes el memorioso.
Adélaïde Marèse tiene el aspecto y la vestimenta de una rígida institutriz. Su infancia fue terrible: no jugó, no aprendió a llorar ni a emitir un grito. La desolación en la llanura de “allá” (la pampa: el ámbito innombrable y elíptico), signada por la miseria, el sadismo, el desamor, por los rasgos deformes de su parentela, por el elocuente suicidio de su abuela Malvina en medio de una porqueriza, por el incendio del sembradío que ocasionó su padre y el suicidio inmediato de éste, todo ello no es menos doloroso y dramático que la suerte que vivió en el convento de las Hijas de la Caridad, donde a través de un diálogo sobre la existencia del Paraíso y del Infierno, la madre Ildefonsa desencadena su psicosis, su fanatismo sobre una fe sin fe, sobre un amor que se predica y exige con ignorancia, golpes y amenazas. 
Ausencia de Dios, de la misericordia de Cristo; prolongado silencio del Todopoderoso supuestamente omnisciente y ubicuo; ausencia del amor celestial y del amor del terrestre. Sin embargo, pese a su edad, a imagen y semejanza de un gusanillo pernicioso, no deja de enredar la yerba de la esperanza en su traqueteado y débil corazón. 
Adélaïde Marèse decía que “Los caminos de la llanura sólo conducen a la llanura”; lo que el narrador, con una comprensión y empatía tácita e implícita, no deja de corroborar: “no hay senderos que nos conduzcan fuera de la infancia: nunca salimos del infierno original”. En este sentido, Adélaïde Marèse, quien a pesar de su larga estancia europea “en realidad seguía caminando hacia el horizonte de la llanura”, vive la angustia, la ansiedad, el deseo y la nostalgia amorosa como un evanescente e inasible fuego fatuo, como un fugaz espejismo que parece surgido de la llanura de “allá”. 
El amor, entonces, parece corporificarse en la figura angelical del viejo ex guarda Monsieur Tenant; pero luego, como para no reñir con la maldita, fétida e inescrutable cifra de su destino, descubre que también el anciano está encadenado a una locura familiar, tan grotesca, nauseabunda y vomitiva como delirante.
      Fuera de sus reflexiones, la voz narrativa casi no platica nada de sí mismo, de su vida individual. No obstante, la desolación de Adélaïde Marèse no le es ajena, porque también él, dentro de su soledad, suele recordar a una mujer que lo inquieta y que no hace mucho pareció conducirlo al frágil equívoco de las ataduras del amor.
     
Héctor Bianciotti
     La niña Rosette, por su parte, desamparada por la incomprensión y la carencia de afecto entre sus propios padres, no únicamente juega a ser la chiquilla más procaz y maldita del Oeste, sino que también, ante los escarceos eróticos que tuvo con un mesero, se muestra deseosa y ansiosa por una especie de amor.

Héctor Bianciotti, Sin la misericordia de Cristo. Traducción del francés al español de Ricardo Pochtar. Colección Andanzas núm. 58, Tusquets Editores. Barcelona, 1987. 276 pp.

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