domingo, 24 de agosto de 2014

Borges a contraluz



La memoria es una forma del olvido                

La argentina Estela Canto (1916-1994) —quien colaboró en la legendaria revista Sur y escribió relatos y novelas que ahora ya nadie o casi nadie lee ni recuerda— fue la fémina cuyo nombre Jorge Luis Borges inmortalizó al dedicarle, al término, su cuento “El Aleph”. En su libro de memorias Borges a contraluz (Espasa Calpe, Madrid, 1989), Estela Canto apunta que entre 1944 y 1952 fue amiga íntima de él, pero que su amistad se extendió hasta noviembre de 1985, que fueron las semanas previas a su último vuelo a Europa con María Kodama (Buenos Aires, marzo 10 de 1937), donde habría de morir en Ginebra el 14 de junio de 1986, poco después de su controvertido casamiento con ésta y de haberla nombrado heredera universal de sus derechos de autor y de la mayoría de sus bienes.
Borges y Estela Canto en el Jardín Zoológico 
(Buenos Aires, 1946)
En tales memorias, Estela Canto se propuso contar la historia de su encuentro y desencuentro con Borges, el relato de su amor frustrado. En este sentido, además de las imprecisiones en ciertos datos, de las ácidas alusiones y de las puntillosas crónicas, y de las benignas (o malignas) y divertidas anécdotas, bulle una mezcla de resentimiento y maledicencia en la manera en que acomete y traza sus recuerdos y conjeturas en torno al escritor (y su núcleo familiar), una especie de ajuste de cuentas con los involucrados en tal frustración y resquemor.
        Borges el memorioso dijo, mil y una veces, que “la memoria es una forma del olvido”, y las memorias de Estela Canto no escapan a tal definición. Y si aquél por antonomasia practicaba la conjetura en el diálogo y en los ámbitos literario, filosófico y metafísico, ésta lo hace para destazar y exponer al escrutinio público ciertos supuestos y conjeturales trasfondos de la vida personal, privada, psicológica e íntima de Borges.
         Pese a las no muy legibles fotos donde se ve a Borges paseando con Estela Canto (y otras más) y a la transcripción de 14 cartas manuscritas (en español o en inglés) que él le envió (signadas por su enamoramiento y la gestación de “El Aleph”), la mayoría en tarjetas postales, su libro es un anecdotario venenoso. Entre sus partes lúcidas descuella su crítica a la mitificación de la identidad argentina y del devenir histórico de su país, a los prejuicios y convenciones sociales y políticas de tal geografía, a ciertos acendrados atavismos como la discriminación racial, y al trasfondo de los ritos viriles y machistas implícitos en el culto a los cuchilleros y a los compadritos (a los que el Borges escritor fue proclive), y a la frustrada y traumática “iniciación” sexual del joven Georgie cuando su padre, en Ginebra, lo mandó a perder la virginidad con una furcia pagada por él (y de la que quizá era periódico cliente).
(Espasa Calpe, Madrid, 1989)
         Y al ocuparse de otras personas casi nadie se salva, dado que Estela la memoriosa abunda en chismes, indiscreciones y sarcasmos. De Norah Borges (1901-1998), la hermana del escritor, casada desde 1928 con el crítico español Guillermo de Torre (1900-1971), dice de ella, por ejemplo, que “Coloridas anécdotas circulaban sobre este desusado ser humano”. Sobre un dibujo donde Norah la retrató y que conservó, anota: “yo aparezco con una cara redonda (no es el caso) y la nariz de Guillermo de Torre (no es el caso)”. Al referir la injusta estancia de Norah en la cárcel del Buen Pastor, una prisión femenina, dice: “empleó las horas vacías retratando a rameras y ladronas, todas parecidas a Guillermo de Torre”. Y así más o menos por el estilo; por ejemplo, al narrar el anacronismo, la reticencia y los prejuicios de Borges al cortejarla; su inveterado y consabido terror al sexo; su incapacidad para entregarse a una mujer; el sometimiento al dictado de doña Leonor, su imperativa madre que empezó a dominar a los Borges (padre e hijo) a partir de que su esposo se fue quedando ciego (murió a los 64 años el 24 de febrero de 1938 y doña Leonor a los 99 el 8 de julio de 1975); sin faltar la crítica a las reprobables opiniones y posturas políticas de Borges a favor de los militares genocidas y golpistas (en Argentina y Chile) que lo alejaron para siempre del Premio Nobel de Literatura; más una serie de frivolidades en torno al prototipo de mujer que le atraía o cultivaba. Y entre otros cotilleos y supuestos que según Estela Canto le sirven para diseccionar y exhibir en canal los defectos y debilidades del escritor, también se esmera en referir sus limitaciones intelectuales y estéticas.
      
Estela Canto
((1916-1994)
     En el examen que Estela hace para explicar por qué resultó trunca la posible relación amorosa entre ella y Borges (a él le fascinó que hablara y citara en inglés), lo exhibe como un hombre que no era su tipo, al que nunca amó y que físicamente no le atraía y que se comportaba como un vil adolescente timorato e inseguro, no obstante que él tenía 45 años y ella 28: “Sus besos, torpes, bruscos, siempre a destiempo, eran aceptados condescendientemente. Nunca pretendí sentir lo que no sentía”. Pero además lo muestra castrado por su padre e irremisiblemente infeliz y sujeto al autoritarismo y a la perpetua sobreprotección y manipulación de su madre, a quien constantemente, cuando andaba de galanteo con ella, tenía que llamar por teléfono para informarle de lo que hacía, de sus pasos inmediatos y del sitio donde se hallaba (legendario es el episodio de la noche que un policía los detuvo y llevó a la cárcel por estar sin documentos en una banca del Parque Lezama y en una situación dizque “indecorosa”). Pero también hace con algunos de sus cuentos (“Funes el memorioso”, “El Zahir”, “El Aleph”, “La escritura del dios”, “La intrusa”) una serie de mínimas y superficiales especulaciones de tipo psicoanalítico donde engarza la trama del cuento en cuestión, con las supuestas circunstancias psicosexuales del eterno Georgie manipulado por su terrible y titiritera madre. Sin embargo, si en algunos de estos pasajes o ensayos breves Estela Canto parece lógica, persuasiva y convincente, no se puede disociar el tamiz y su encono; es decir, sus conjeturas están minadas, resultan falaces o parciales y tendenciosas y nunca pierden su naturaleza polémica, aún en datos elementales y nimios.
     
(FCE, México, 1987)
   Véanse algunos de estos. Según Estela, en 1913 los Borges se fueron a Europa para quedarse, “pero los motivos no se conocen”. Sin embargo, tanto el propio escritor en su Autobiographical Essay (The Aleph and Other Stories, Dutton & Co., 1970) —escrito en inglés para la revista The New Yorker (septiembre 19 de 1970) con el auxilio del norteamericano Norman Thomas di Giovanni (Newton, Massachussets, 
1933)—, como el uruguayo Emir Rodríguez Monegal (1921-1985) en Borges. Una biografía literaria (FCE, 1987) —la primera edición en inglés data de 1978—, esbozan los motivos del viaje a Europa realizado en 1914, no en 1913, y las causas que hicieron que se quedaran hasta marzo de 1921. Lo mismo ocurre cuando narra que Borges fue destituido de su miserable empleo en la Biblioteca Municipal Miguel Cané (donde trabajó nueve aciagos años, entre 1937 y 1946) y nombrado (para humillarlo) inspector de aves y conejos en los mercados municipales; o cuando relata que doña Leonor y su hija Norah cantaron el Himno Nacional y lanzaron invectivas contra el peronismo: Monegal cuenta una cosa y Estela Canto otra. En tal tenor, el sonoro matrimonio de Borges con la viuda Elsa Astete Millán (la pomposa ceremonia religiosa se efectuó en Buenos Aires el 21 de septiembre de 1967), para Estela Canto fue el resultado de una orden inapelable dictada por doña Leonor y las convenciones; y para Monegal fue una forma de rebelarse contra su propia madre (la cual, según el biógrafo uruguayo, había manifestado su desacuerdo diciendo que no “era la mujer adecuada porque no hablaba inglés”) y un intento de no perder la oportunidad de casarse de una vez por todas, pues no hacía mucho dolorosamente la había perdido ante su entonces joven colaboradora, amiga, entrevistadora, lazarilla y futura biógrafa María Esther Vázquez (Buenos Aires, 1937).
Borges y Estela Canto en La Costanera
(Buenos Aires, 1945)
         En su libro, Estela narra y enfatiza —apoyada por las cartas que Borges le escribió— que ella es la musa del “El Aleph”. Pero Monegal dice que “la verdadera musa es la Divina Comedia” —ver el Ficcionario (FCE, 1985) y su biografía— y que “la Beatriz del cuento está más relacionada con el estilo y la clase social de otra amiga de Borges, Elvira de Alvear” (1907-1959), mujer de la alta sociedad que lo visitaba en la Biblioteca Miguel Cané, a la que le prologó su poemario Reposo (Gleizer, 1934), que murió loca y a la que Borges le dedicó un poema que fue grabado en su lápida y que se lee en El hacedor (Emecé, 1960). Al respecto, Borges, falaz y lúdico, comentó en 1970 en su nota para The Aleph and Other Stories: “Algunos críticos [...] han descubierto a Beatriz Portinari en Beatriz Viterbo, a Dante en Daneri y el descenso a los infiernos en el descenso al sótano. Por supuesto, estoy agradecido por esos inesperados regalos. Beatriz Viterbo existió en realidad. Escribí el relato después de su muerte.” Pero según Estela no sólo tal cuento fue acuñado bajo la atmósfera mágica que sus seductores encantos propiciaron en Borges: “Al parecer, yo era entonces para él el eje del mundo. Me decía que El Aleph iba a ser el comienzo de una larga serie de cuentos, ensayos y poemas dedicados a mí”. Y que de entre todas las féminas que Borges conoció y se enamoró a lo largo de su vida (la mayoría platónicamente) sólo con ella “él había creído posible la felicidad del amor realizado”; no obstante, apunta: “Cuando me apretaba entre sus brazos, yo podía sentir su virilidad, pero nunca fue más allá de unos cuantos besos”.
       Amén de que sus anécdotas pueden contrastarse con lo que argumentan, reescriben y amplían varios biógrafos —sobre todo Edwin Williamson en Borges. Una vida (Seix Barral, 2004)—, el libro de Estela comprime una serie de hipótesis, omisiones, olvidos y desatinos que no se pueden tomar al pie de la letra; por ejemplo, dice que Jean de Milleret (1908-1980) intentó robarle el manuscrito de “El Aleph”, que ella tenía, pues según testimonia: “Él [Borges] vino a casa con el manuscrito garabateado, lleno de tachaduras, y me lo fue dictando a la máquina. El original quedó en casa y las hojas dactilográficas fueron llevadas a la revista Sur, donde se publicó el cuento”. Que dicho francés publicó en su idioma un libro de conversaciones con Borges “que pasó sin pena ni gloria”; libro de 1967 que Monegal cita y acredita en su biografía y en el Ficcionario, y que además fue traducido al español y publicado en 1971 por Monte Ávila Editores. Y al encontrar la oportunidad de blandir y correr la fulgurante daga en el cogote, alude al “crítico uruguayo, que iba a escribir un libro mal informado y farragoso sobre Borges” (obvia y visceral estocada a Monegal), a quien acusa de haberle pedido prestado el manuscrito de “El Aleph”, “según él, para ver la ‘escritura’”, pero que aleccionada por lo que le había ocurrido sólo le dio unas fotocopias del principio y fin del cuento, y que éstas “fueron publicadas en revistas universitarias de Estados Unidos”.

(El Colegio de México, 2da ed., México, 2008)
         Finalmente, en mayo de 1985, por un bonche de dólares Estela la memoriosa subastó, a través de la casa Sotheby’s de Nueva York, el celoso y codiciado manuscrito que no dejó que le robara ningún méndigo de poca monta y fue sonoramente adquirido por la Biblioteca Nacional de Madrid. Manuscrito cuya edición facsimilar la Universidad de Alcalá de Henares publicó en 1989, junto con el facsímil de la primera edición del cuento en la revista Sur (núm. 131, septiembre de 1945). Y El Colegio de México, en 2001, publicó una “Edición crítica facsimilar de Julio Ortega y Elena del Río Parra”, que además de la “Bibliografía” incluye un conjunto de breves “Lecturas” de Jorge Luis Borges, Emir Rodríguez Monegal, Roberto Paoli, Daniel Devoto, Maurice Blanchot, y Saúl Sosnowski.


Estela Canto, Borges a contraluz. Iconografía en blanco y negro. Colección Austral (93), Editorial Espasa Calpe. Madrid, 1989. 288 pp.



miércoles, 20 de agosto de 2014

El hombre que amaba a los perros



Una fusión mortífera de la hoz y el martillo
                                    

I de II
Homónima de un cuento de Raymond Chandler (1888-1959), El hombre que amaba a los perros (Tusquets, 2009) es una de las novelas más laboriosas y voluminosas del prolífico escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955). “Una fascinante historia sobre el asesinato de Trotski”, anuncia el cintillo publicitario, lo cual parece refrendarse con la foto que ilustra el frontispicio: una imagen datada “en Francia en 1933”, donde el otrora líder de la Revolución de Octubre de 1917 y creador del Ejército Rojo, juega con dos pastores alemanes. 
(Tusquets, 1ra. edición mexicana, 2009)
 
Nacido en Ucrania el 7 de noviembre de 1879, Lev Davídovich Bronstein, conocido como León Trotsky, murió a las 19:25 horas del 21 de agosto de 1940 en el hospital de la Cruz Verde de la Ciudad de México tras ser mortalmente herido, la tarde del día anterior, en el estudio de su casa-fortaleza de Coyoacán (Viena 19) —ahora Museo Casa de León Trotsky—, por el golpe de un piolet en el cráneo, el cual le asestó un tal Jacques Mornard (o Frank Jacson, sin k), apócrifa personalidad del catalán Ramón Mercader del Río (1913-1978); crimen urdido y ejecutado por órdenes de José Stalin (1878-1953) por el que pasó 20 años preso (la mayoría en el Palacio Negro de Lecumberri) sin revelar ni aceptar su verdadera identidad (pese a que fue descubierta en 1950 por el criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón al cotejar sus huellas dactilares y sus fotos carcelarias con su ficha policial de 1935 resguardada en el Archivo de Identificación de la Dirección General de Seguridad, en Madrid) y sin decir una palabra sobre la trama del magnicidio y sus participantes, por lo cual, ya libre, en la URSS fue acogido y condecorado. Según la novela, “el viernes 6 de mayo” de 1960, el supuesto belga Jacques Mornard Vandendreschs, quien había operado en México con la falsa documentación del supuesto canadiense Frank Jacson, fue puesto en libertad y, con un pasaporte otorgado por el consulado checo, viajó a la URSS en un buque soviético (vía La Habana y Riga). En Moscú, “Rebautizado como Ramón Pávlovich López, fue confinado en un edificio de la KGB, en las afueras de la ciudad, hasta que una mañana le enviaron un traje nuevo y le ordenaron que a las seis de la tarde estuviera listo, porque pasarían a recogerlo. Esa noche Ramón Pávlovich volvió a entrar en el Kremlin [había estado en 1937 durante su entrenamiento, ya con el pasaporte soviético, falsificado en Valencia, con tal nombre] y recibió de manos de Leonid Brézhnev, jefe de Estado, las órdenes de Lenin y de Héroe de la Unión Soviética, la placa que lo acreditaba como miembro del cuadro de honor de la KGB”. Lo curioso es que en el Moscú de 1960 el “jefe de Estado” no era Leonid Brézhnev, sino Nikita Jruschov.
Tal licencia literaria o error histórico, pese a ser una minucia, no es el único yerro. León Trotsky y Natalia Sedova llegaron a la Ciudad de México, vía la estación de Lechería, en el tren proporcionado por el presidente Lázaro Cárdenas tras ser recibidos en el puerto de Tampico, “el 9 de enero de 1937”, por una breve comitiva en la que figuraba Frida Kahlo y por ende ella y Diego Rivera (aún convaleciente de “una infección en el hígado”) les brindaron refugio en la Casa Azul de Coyoacán. Desde que pusieron un pie en territorio mexicano comenzaron las protestas y campañas en contra de su presencia en el país, sobre todo orquestadas por la estalinista CTM (Confederación de Trabajadores de México) y por el estalinista Partido Comunista Mexicano (muy visible en pancartas exhibidas durante el desfile del 1º de mayo de 1940). La madrugada del 24 de mayo de 1940, en Viena 19, se sucedió el primer atentado contra la vida de León Trotsky, fallido asalto en el que participaron una veintena de estalinistas (mexicanos y ex combatientes españoles) disfrazados de militares y policías, entre los cuales estuvo el pintor David Alfaro Siqueiros, quien para eludir a la policía y la cárcel se fue a esconder, con su mujer Angélica Arenal, en el entorno de Hoxtotipaquillo, pueblo minero del estado de Jalisco. En Siqueiros, del paraíso a la utopía (SEC-DF, 2010), Irene Herner dice que “Después de vivir más de cuatro meses prófugo, Siqueiros fue capturado y encarcelado en Lecumberri. Esta vez estuvo preso entre octubre de 1940 y abril de 1941.” Es decir, fue aprendido cuando Trotsky ya había sido asesinado. Lo cual también afirma Isaac Deutscher en Trotsky: el profeta desterrado (1929-1940) (Era, 1969): Siqueiros fue “Arrestado el 4 de octubre de 1940 (después del asesinato de Trotsky)”; y, con otra fecha, esto también se dice en “El asesinato de Trotsky” (Comunidad CONACYT, núm. 121-122, enero-febrero de 1981), reportaje de Eduardo Téllez Vargas, reportero de policía que en primera línea siguió el caso acompañando las investigaciones del coronel Leandro Sánchez Salazar, jefe del servicio secreto de la policía de la Ciudad de México: “Mientras seguía el proceso en el juzgado de Coyoacán, el coronel Sánchez Salazar no cejaba en su idea de localizar y detener a David Alfaro Siqueiros, lográndolo el 26 de septiembre de 1940 —cuando ya había muerto don León Trotsky—, en la población de Hostotipaquillo, Jalisco, donde era protegido por trabajadores mineros y las propias autoridades locales, todas ellas de filiación comunista.”
El reportero Eduardo Téllez Vargas entrevista al pintor
David Alfaro Siqueiros "por el caso Trotsky"
Octubre 5 de 1940

Pues bien, en la novela de Leonardo Padura —que casi inicia con la transcripción de un fragmento del interrogatorio del coronel Sánchez Salazar al asesino material—, el pintor Siqueiros fue hecho preso antes del asesinato, por ende “Sánchez Salazar fue a verle [a Trotski] para informarle que habían detenido a Siqueiros en un pueblo del interior.” Y soltó la lengua, pero negó “la participación de ningún francés o polaco”, el equívoco judío (¿francés o polaco?) del que hablaban sus compinches ya aprendidos e interrogados, el escurridizo agente de la GPU (la policía secreta de Stalin) que organizó el asalto y que en la obra, Ramón Mercader y su mentor Kotov (el agente ruso de mil rostros que en 1937 lo reclutó en la Sierra de Guadarrama), apodan Felipe; y que según Irene Herner era “Jorge Dimitrov, encargado del servicio secreto estalinista de la URSS”; y que según supusieron Alfonso Quiroz Cuarón y José Gómez Robleda en su exhaustivo investigación de “1359 cuartillas” realizada en 1940 —apunta el periodista José Ramón Garmabella en “¿Quién fue Jacson-Mornard?” (Comunidad CONACYT, ídem)— no era otro que el propio asesino de Trotsky (el tal Jacques Mornard o Frank Jacson con su falsificado acento francés), quien, conjeturaron, había conocido a Siqueiros en España durante la Guerra Civil, además de haber “dirigido intelectualmente” el fallido asalto armado del 24 de mayo de 1940.

El reportero de policía Eduardo Téllez Vargas y León Trotsky
en la casa-fortaleza de Coyoacán (Viena 19), sitio donde fue
atacado con un piolet la tarde del 20 de agosto de 1940
En la espléndida y persuasiva novela de Leonardo Padura, Ramón Mercader, antes del asesinato no conoce ni conoció a Siqueiros (ya preso en Lecumberri en algún momento el pintor le envió un cuadro). Según el complot para asesinar a Trotski (la “Operación Pato”), urdido desde la URSS bajo las órdenes y el visto bueno de José Stalin, incluía dos etapas, armadas paralelamente, pero secretas la una ante la otra: el plan A, que fue el fallido atentado del 24 de mayo de 1940, dirigido por el camarada Felipe (dizque judío, francés o polaco); y el plan B, que fue el que ejecutó con el piolet el supuesto belga Jacques Mornard (con falsificados papeles del apócrifo canadiense Frank Jacson).

La mano del reportero Eduardo Téllez Vargas sostiene el piolet utilizado por Jacques Mornard o Frank Jacson (Ramón Mercader del Río) para atacar en el cráneo a León Trotsky. En la novela de Leonardo Padura, si bien el piolet fue escogido por el propio asesino, Kotov, su mentor y agente soviético de mil rostros, lo aprueba “por el simbolismo que encerraba su uso. Era cruel, violento, vengativo: una fusión mortífera de la hoz y el martillo”.
En la novela, lo que salvó y premió a Ramón Mercader del Río fue su disciplinado silencio sobre el intríngulis de la “Operación Pato” y el que no dijera una sola palabra sobre su verdadera identidad y su origen español, probado en 1950 “con huellas dactilares de su ficha policial anterior a la Guerra Civil Española”. Pero además ya había sido identificado cuando aún se realizaban las investigaciones policiales y el juicio: “recordaba como muy difícil el momento en que el juez instructor le habló de las evidencias de que su verdadero nombre era Ramón Mercader del Río, catalán de origen, pues unos refugiados españoles habían reconocido su foto en los periódicos, y hasta le puso delante una instantánea, tomada en Barcelona, donde él aparecía vestido de militar. La existencia de esa prueba conllevó más interrogatorios y torturas con el propósito de arrancarle una confesión, y cientos, miles de veces, le repitió las mismas preguntas (¿Qué cerebro armó su brazo? ¿Quiénes fueron los cómplices del crimen? ¿Quiénes lo mandaron aquí, quiénes lo auxiliaron, quiénes le proporcionaron los medios económicos para preparar el atentado? ¿Cuál es su verdadero nombre?). Sus respuestas, en todos los casos, en todos los años y coyunturas, siempre habían salido de la carta [escrita por el agente Kotov para que la dejara caer en Viena 19 tras matar a Trotski]: nadie lo había armado, no tenía cómplices, había viajado con el dinero que le facilitó un miembro de la IV Internacional cuyo nombre había olvidado, su único contacto en México había sido un tal Bartolo, no recordaba si Pérez o Paris, y él se llamaba Jacques Mornard Vandendreschs y había nacido en Teherán, durante una misión de sus padres, diplomáticos belgas, con los que después había vivido en Bruselas y no sabía nada de ningún Mercader del Río y, aunque se parecieran mucho, él no podía ser el hombre de la foto.”

II de II
Para esbozar y desentrañar el contexto histórico, social y político en que se sucede el asesinato de León Trotski perpetrado por el catalán Ramón Mercader del Río (mano asesina de José Stalin), Leonardo Padura hizo una amplia investigación bibliográfica, hemerográfica, documental, geográfica y arquitectónica (in situ), que implica, en la urdimbre de su novela El hombre que amaba a los perros , un examen y una crítica sin concesiones a la gran mentira y putrefacción genocida y dictatorial en que muy pronto se convirtió la utopía del siglo XX: la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), dizque el primer estado proletario del mundo. Pero también implica una intromisión en los cruentos entretelones de la Guerra Civil Española (1936-1939), cuyo bando republicano era apoyado por armamento ruso y asesores soviéticos infiltrados, incluso, en los “paseos” y en las refriegas fraticidas contra los trotskistas y anarquistas, sin que en ningún momento tal apoyo haya contemplado el triunfo de la República ante el avance de los fascistas de Francisco Franco, sino urdir el trasfondo expansionista que implicó el pacto de no agresión firmado en septiembre de 1938 entre la Rusia de José Stalin y la Alemania de Adolf Hitler. Pero también la novela implica una radiografía más —rasgo distintivo en la narrativa del cubano Leonardo Padura— sobre la miseria (social, individual, educativa, cognoscitiva, ideológica, literaria, libertaria) fermentada y empantanada en la Cuba socialista, tanto cuando era satélite del imperio de la Unión Soviética, como cuando tras la disolución de ésta en 1991 se agudizaron la crisis y las múltiples carencias. 
Leonardo Padura y El hombre que amaba a los perros (Tusquets, 2009)
En este sentido, la novela El hombre que amaba a los perros, dividida en tres partes y treinta capítulos, discurre por tres principales ámbitos, cuyas tramas y sucesos se desarrollan de manera alterna y paralela. Uno gira en torno al cubano Iván Cárdenas Maturell, quien tras la dramática muerte de Ana (su última mujer), ocurrida el 16 de septiembre de 2004 en su mísero y agrietado departamento de Lawton, empieza a cavilar en el miedo que le impidió escribir una tétrica historia que se remonta al 19 de marzo de 1977, cuando, a sus 28 años, en la playa de Santa María del Mar conoció a un avejentado y enfermo extranjero, al cual, por sus dos galgos rusos (Ix y Dax), apodó “el hombre que amaba a los perros”. Y a partir del primer encuentro concertado por éste (quien dijo llamarse Jaime López) y hasta el último, sucedido el 22 de diciembre de 1977, le contó, de forma oral, la historia del asesino y del asesinato de Trotski, sin que por entonces tuviera cabal idea, información y conocimiento de quién era Ramón Mercader del Río y quién había sido ese histórico prócer de la Revolución de Octubre, expulsado por Stalin y perseguido por “traidor”.
En 1983, aún en la casa familiar de Víbora Park (otrora construida por su finado padre) donde vivía con Raquelita, su mujer de entonces (embarazada de su segundo vástago), recibió, de manos de “una mujer, negrísima y alta”, una larga carta (más de 50 hojas manuscritas) guardada “desde mediados de 1978” (el año que Ramón se fue de Cuba y murió), donde el tal Jaime López refrendó su historia y entonces a Iván le dio el pálpito o la casi certeza de que éste no era otro que Ramón Mercader del Río. Cosa que pudo corroborar hasta que vio las fotos en la biografía de éste, publicada en España y escrita entre Luis Mercader del Río y el periodista Germán Sánchez, la cual en 1993 le fue enviada de manera anónima. Conjunto de incentivos para que por fin concluya la historia siempre postergada, los cuales casi culminan con la imprevista visita, en 1996, del negro alto y flaco que en 1977 custodiaba y auxiliaba al enfermo Jaime López durante sus encuentros en la playa de Santa María del Mar, quien además de brindarle algunos datos y de revelarle que fue él quien le remitió la carta y la biografía, le entrega la herencia que le dejó Ramón Mercader: su fosforera de bencina (quizá para que le dé fuego a todo el bagaje). 
El segundo ámbito narrativo delinea el orbe y los movimientos de Ramón Mercader del Río, desde que en 1937 es un joven miliciano que en la Sierra de Guadarrama combate contra los fascistas que pretenden la toma de Madrid, donde, a través de Caridad, su madre, lo recluta Kotov (su mentor y agente soviético), pasando por su entrenamiento en Rusia (ex profeso para asesinar a Trotski), sus estancias en Europa y Estados Unidos (particularmente en París y Nueva York) como parte de la “Operación Pato”, hasta el instante de la tarde del martes 20 de agosto de 1940 en que golpea, con el piolet, el cráneo de León Trotski.
Caridad, madre de Ramón Mercader del Río
Pero además de los entretelones de la conspiración y del espionaje para asesinar a Trotski y su entronque con el fallido atentado de “los mexicanos” (entre los que figuró David Alfaro Siqueiros), tal vertiente también bosqueja aspectos personales, sentimentales y psicológicos de la vida íntima y de la idiosincrasia de Ramón Mercader del Río y de su truculenta madre, quien también es parte de la “Operación Pato”; cuyo carácter despiadado y manipulador se advierte cuando, el día que recluta a Ramón en la Sierra de Guadarrama, sin decir agua va y delante de su otro hijo (Luis, de apenas 14 años), de un balazo en la frente le mata al Churro, su perrito lanudo adoptado en la trinchera. Amén de que en otro episodio le vocifera una especie de declaración de principios que la signa: “a los enemigos no se les golpea cuando están de pie, sino cuando se han arrodillado. ¡Y se les golpea sin piedad, carajo!”.
El tercer ámbito narrativo traza el periplo del exilio —y su intrincada problemática, la vida doméstica y familiar (incluso la lejana), y el activismo político e ideológico— de León Trotski, desde que el “20 de enero de 1929”, tras un año de confinamiento en Alma Atá (capital de Kazajstán) con Natalia Sedova y su hijo Liova (Liev Sedov), reciben el folio de la GPU donde se les informa que se ha decretado su expulsión del país y que deben abandonarlo “en un plazo de 24 horas”.

“León Trotsky y su esposa Natalia Sedova en la Casa Azul. Coyoacán, ca. 1938 . Imagen incluida en Frida Kahlo. Sus fotos (RM, 2010), tomo con “Edición y puesta en página de Pablo Ortiz Monasterio”.
Tal peregrinaje (por Turquía, Francia, Noruega y México), que en la obra concluye con el asesinato de Trotski, está marcado por las constantes intrigas, infundios, espionajes y acosos de Stalin y sus esbirros, reflejado en una serie de asaltos, detenciones, condenas, deportaciones, fugas, muertes y asesinatos, y en las cruentas purgas en la URSS y en los siniestros procesos de Moscú de 1937 y 1938.

León Trotsky, Diego Rivera y André Breton
(México, c. julio de 1938)
La “Tercera parte” de la novela, denominada “Apocalipsis” e integrada por los capítulos finales (el 29 y el 30), es el epílogo, el cual no esboza el destino de Natalia Sedova ni el su nieto Sieva Vólkov (de 14 años) y su perrito Azteca, sobrevivientes en la casa-fortaleza de Coyoacán, ni el de la atomizada y famélica IV Internacional, ni el del ideario bibliográfico y hemerográfico legado por León Trotski. Sólo se centra en las otras dos vertientes narrativas.
El capítulo 29, titulado “Moscú, 1968”, bosqueja la vida de Ramón Mercader en la URSS, a donde llegó, tras ser liberado, en mayo de 1960, y donde le refrendaron la identidad de Ramón Pávlovich López. Y además de sus medallas (“Héroe de la Unión Soviética y de la Orden de Lenin”), que le sirven para no hacer filas y proveerse de servicios y víveres (algunos sólo para extranjeros y diplomáticos), desde hace dos años vive (con su mujer mexicana, dos hijos adoptados ya adolescentes y un par de cachorros borzoi: Ix y Dax) en un pequeño pero privilegiado departamento en un edificio desde cuya altura, “si miraba al sur, veía los edificios de la universidad y de la iglesia de San Nicolás; si volteaba al norte, divisaba el puente Krymski, por donde solía cruzar hacia el parque Gorki, y más allá podía entrever las torres y los palacios más altos del Kremlin”. No obstante, sus movimientos están limitados y vigilados por la KGB; y pese que sueña con regresar a Barcelona, no ve la posibilidad de que lo dejen salir de la URSS. 

Ramón Mercader del Río, condecorado por la URSS
El 23 de agosto de 1968, mientras lee una nota sobre la invasión rusa en Praga, recibe una llamada de Kotov, a quien no escuchaba ni veía desde agosto de 1940. A partir del día siguiente, Kotov, a quien no le fue tan bien (le quitaron sus medallas, pasó 12 años preso y subsiste en la diminuta ratonera de un horrendo y marginal multifamiliar), le comienza a revelar una serie de oscuras minucias implícitas o en torno al asesinato de Trotski, entre lo cual le corrobora lo que Ramón ya había entrevisto: que “había sido utilizado para cumplir una venganza”, que era “una pieza más que prescindible”, pues “el plan era [le dice] que tú mataras a Trotski y que los guardaespaldas te mataran a ti”.
El capítulo 30, el último, titulado “Réquiem”, se vincula al primero, rotulado “La Habana, 2004”. Pero no está abordado por la voz y la perspectiva de Iván Cárdenas Maturell, sino por la de Daniel Fonseca Ledesma, el amigo más cercano de Iván, quien otrora, para documentarse sobre Trotski, le consiguió tres libros proscritos y clandestinos en Cuba: la trilogía biográfica urdida por Isaac Deutscher (“‘el profeta’: desarmado, armado y desterrado, en ediciones publicadas en México a finales de la década de los sesenta”); quien además, con el Pontiac 1954 heredado de su padre, lo acompañó al cementerio a enterrar a Ana. De hecho, dice, la última vez que vio con vida a Iván fue el 19 de septiembre de 2004, unos días después del entierro. Día que le habló de su inminente necesidad (intrínseca, neurótica, moral y existencial) de concluir el postergado libro sobre Ramón Mercader. Pero además de decirle que se lleve las sobadas hojas manuscritas de éste (con anotaciones de Iván), le anunció que no buscaría publicarlo y que lo haría depositario de las cuartillas para que haga con ellas lo que considere debido. A través de unos amigos se había enterado de que Iván “no quiere ver a nadie”, pues al parecer “está terminando de escribir algo”. El caso es que hasta el 22 de diciembre de 2004 (exactamente 27 años después de la última charla de Iván y Mercader), Daniel decide buscarlo, a eso de las tres de la tarde, en el mísero departamentito de Lawton, para invitarlo a que con él y su esposa pase la Nochebuena. No lo halla y un vecino le dice que desde “hace tres días” no lo ha visto. Luego de buscarlo en varios sitios y de preguntar a varias personas, es hasta la noche cuando retorna al departamentito. “Frente a la puerta [dice] me envolvió una atmósfera hedionda que no había advertido esa tarde, y la premonición se convirtió en evidencia.” Ya adentro describe el dramático escenario: los puntales de madera que sostenían el techo cedieron y en la cama, bajo “los pedazos de madera, concreto y yeso”, advierte el cuerpo de Iván y el del Truco, su perro de “pelambre amarilla”. Ve también, dice, “una caja de cartón, rotulada con mi nombre, donde estaban todos aquellos papeles escritos por él y Ramón Mercader”. Pero Daniel Fonseca no es Max Brod y por ende no se propone la póstuma edición, sino tras cerrar el “ataúd de mi amigo”, dice, “la cruz del naufragio (de todos nuestros naufragios) y esta caja de cartón, llena de mierda, de odio y de toneladas de frustración y de mucho miedo, se irán con él: al cielo o a la podredumbre materialista de la muerte. Quizá a un planeta donde todavía importen las verdades.”

Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros. Colección Andanzas (700), Tusquets Editores. 1ª edición mexicana. México, noviembre de 2009. 576 pp.




jueves, 14 de agosto de 2014

Hijos de la medianoche


 ¡Bim-bam Bombay!              

A imagen y semejanza del escritor Salman Rushdie, Saleem Sinai, el protagonista de su novela Hijos de la medianoche, nace en Bombay, en 1947. Pero a diferencia del autor, quien nació el 19 de junio, el personaje lo hace al filo de la medianoche del 15 de agosto, es decir, en el preciso instante en que el gigantesco monstruo policéfalo y multitudinario de la India inaugura el mito de su independencia de Gran Bretaña. 
La fecha es trascendente y significativa, como lo es también el hecho de que Saleem Sinai, contra todas las apariencias que implica su alcurnia musulmana, en realidad es un híbrido, un bastardo angloindio, engendro de William Methwold, un inglés que se ve impelido a rematar sus propiedades y a retornar a Inglaterra, y cuyo nombre es el mismo nombre que tuvo un funcionario de la East India Company, que un día de 1633 soñó con un Bombay británico.
 
Salman Rushdie
(Londres, 1988)
Foto: Horts Tape
          Hijos de la medianoche —cuya primera edición en inglés data de 1980 y en español de 1984— es una novela voluminosa y prodigiosa, que a pesar de que no reproduce el ritmo y los matices sonoros del anglohindú que empleó Salman Rushdie, sí capta, debido a la excelente traducción de Miguel Sáenz, lo vertiginoso y desbordante de sus giros imaginarios y lingüísticos. Cabe subrayar que el traductor incluyó al final un glosario que, siendo insuficiente, facilita la comprensión del significado de vocablos del hindi, urdu y árabe, lo cual sentó un precedente imitado por los traductores de los siguientes libros de Salman Rushdie. 

         Saleem Sinai está por cumplir 30 años de edad, dirige la fábrica de Encurtidos Braganza situada en Bombay, y allí, convertido en un especialista de chutneys que se consumen incluso en Inglaterra, escribe el recuento de su vida y de su urdimbre iluminado por un charco de luz y frente a una fémina de brazos musculosos llamada Padma, nombre de la diosa del estiércol. El protagonista parte del supuesto de que al nacer quedó maniatado a la historia y por ende: su destino personal y familiar inextricablemente encadenado al destino de su país. Sin embargo, la recuperación del pasado y de su árbol genealógico que se remonta a principios de siglo XX, es, antes que nada, un acto mágico, mnemónico, una efervescencia obsesiva y mórbida impregnada de egocentrismo, hipocondría y megalomanía, dado que además de aludir un padecimiento que poco a poco lo carcome, raja y desgarra, y que constantemente lo obliga a apresurar su escritura para concluirla antes de que su mal le anuncie la llegada inequívoca del Ángel Negro, él, Saleem Sinai, se siente el responsable, el punto nodal, tanto de la tragedia que persigue a sus familiares, como de los sucesos históricos que marcan el rumbo de la India, de Pakistán, de Cachemira y de Bangladesh. 
En este sentido, Salman Rushdie no escribió una obra que transcribiera o reconstruyera con fidelidad los acontecimientos registrados por la historia. Hizo una novela que deforma y caricaturiza los hechos trastocados por el decurso paradójico de la modernidad, y los engarza a una serie de resabios y remanentes culturales (sobre todo en lo que concierne al significado de los nombres y sus conjugaciones y ciclos) que devienen de las antiguas mitologías brahmánica, hinduista, budista, musulmana y cristiana, todo imbricado en el devenir de una antigua tradición de cuentero oral, verborreico, incontinente y callejero que brota de las páginas de Las mil y una noches y de sus inagotables combinaciones fantásticas e idiomáticas, pero también de Lawrence Sterne y sus constantes digresiones y juegos, de François Rabelais y lo bufo, grotesco, paródico y popular, de Denis Diderot y la variación del eterno presente.
        
Lawrence Sterne
(1713-1768)
       
François Rabelais
(c.1494-1553)
       
Denis Diderot
(1713-1784)
          Si Hijos de la medianoche es una aventura del lenguaje y de la imaginación y una suma y resta de las literaturas, mitos y tradiciones que la hicieron posible, es también una crítica de la historia, pero cuyo sentido trágico, cruento y absurdo resulta fascinante, quimérico y risible. Episodios históricos como el nacimiento de Pakistán que encabezó Muhammad Ali Jinnah el 14 de agosto de 1947; los éxodos masivos de hindúes y musulmanes que la partición territorial impuso; el asesinato de Mahatma Gandhi el 30 de enero de 1948; las manifestaciones por el idioma; el golpe militar en Pakistán que perpetró Ayub Khan el 27 de octubre de 1958; la disputa de Cachemira; el combate indo-paquistaní de 1965; la guerra entre el Pakistán Occidental y el Oriental, la independencia de éste y el nacimiento de Bangladesh el 26 de marzo de 1971; las leyes militares de emergencia que dictó Indira Gandhi durante 1975 y 1976 y la campaña de control de la natalidad implicada en ella; éstos y otros sucesos, como la vida cotidiana que no puede desprenderse de la herencia británica ni de los prejuicios racistas y religiosos, no son reconstruidos ni mencionados con el rigor y la meticulosidad de un novelista serio y rígido y con formación de historiador, que con el criterio y la meticulosidad de un hermeneuta se asiste de documentos y datos fehacientes y comprobables, sino con el subjetivismo y la fantasía chocarrera, desbordante y burlesca de un Saleem Sinai que se considera el ombligo del pestilente y alharaquiento mundo, que retuerce y trastoca los hechos, quien una y otra vez anuncia que va a morir (incluso planea la hora y el día), que cuenta lo que quiere contar o considera necesario para narrar la otra historia, la sucia, la que se vivía en los suburbios, en las calles, en las casas y en los campos de batalla.

(Alfaguara, 6ª edición, Madrid, diciembre de 1984)
       Pese a que no se trata de una ardua, voluminosa y erudita edición anotada a imagen y semejanza de las urdidas a partir de los cartapacios redactados en caracteres árabes del siglo XVII por Cide Hamete Benengeli, quizá alguna institución filantrópica (pública o privada) esté dispuesta a otorgar becas para leer, cómodamente culiatornillados, el ladrillesco y grueso volumen Hijos de la medianoche. Saleem Sinai estará encantado de contar con nuevos acólitos entregados de tiempo completo a la lectura. Allí les narrará las mil y una historias de camaleón que enriquecen su autobiografía. Lo verán subir escaleras de caracol y bajar por serpientes-escaleras y viceversa; conocerán el instante en que el descubrimiento de un Mango Negro frotado por unas manos morenas le da la certeza de que los Arcángeles hablaron con él y luego sabrán de su capacidad telepática para convocar y conectar al unísono a todas las voces de los Hijos de la medianoche (el veloz e instantáneo chat de la web mental del futuro); tendrán noticia de las monstruosidades y virtudes que distinguen a éstos niños marcados por la hora de las horas: el non plus ultra de la hora nodal: el nacimiento de la India; sabrán más tarde cómo Saleem Sinai, después de que le drenan la nariz, adquiere un poder olfativo semejante al que posee Jean-Baptiste Grenouille, el monstruoso genio del olfato que el alemán Patrick Süskind dio vida y muerte en El perfume. Historia de un asesino (1985), no sólo apoyado en Alain Corbin, el historiador que pergeñó la investigación histórica El perfume o el miasma. El olfato y lo imaginario social. Siglos XVIII y XIX (1982), sino también, según parece, en Salman Rushdie; sabrán, entre numerosos relatos, de las transformaciones de la Cantante Jamila; de la bruja Parvati-Laylah; de la obtusa Reverenda Madre y su eterno “como se llame”; del pecado que la señorita Mary Pereira cometió pensando en Joseph D’Costa; del concurso nacional que ganó Saleem Sinai; de las profecías de Ramram Seth; del itinerario de la escupidera de plata labrada y con incrustaciones de lapislázuli; del Buda extraviado en la movediza selva de los Sundarbans; de las rodillas nudosas de Shiva, el perpetuo rival de Saleem; del hijo, que tampoco es hijo de su padre, mudo y de grandes orejas a imagen y semejanza del dios Ganesh cabeza de elefante; de la última batalla de Singh Retratos, “El hombre Más Encantador Del Mundo”; del tipo de estrellato que la Viuda (Indira Gandhi), asistida por los horóscopos y por el delirio de la deificación marmórea, les impuso a los Hijos de la medianoche, dejándolos castrados y sin esperanza, listos para la muerte, como sin duda lo está el protagonista y los sobrevivientes que antes habitaban las fétidas casuchas enclavadas a un lado de la Mezquita del Viernes, en Delhi.




Salman Rushdie, Hijos de la medianoche. Notas y traducción del inglés al español de Miguel Sáenz. Ediciones Alfaguara (136). 6ª edición. Madrid, diciembre de 1984. 664 pp.




  Trailer de Hijos de la medianoche (2012), película dirigida por Deepa Mehta, basada en la novela homónima de Salman Rushdie.        

  Documental sobre Hijos de la media noche (2012), filme dirigido por Deepa Mehta, basado en la novela homónima de Salman Rushdie.     


El dios de las pequeñas cosas


Érase la infancia y
los mil y un dramas de nunca acabar

La traducción del inglés al castellano de España de El dios de las pequeñas cosas, novela de la escritora hindú Arundhati Roy (Shillong, noviembre 24 de 1961), llegó a México precedida por un alharaquiento boom internacional: el Premio Booker de 1997 concedido en el ámbito de la lengua inglesa (se publicó en Londres en 1997) y su vertiginosa traducción a 32 idiomas. Tal es la riqueza de la obra, amenidad, ludismo y humor, que su lectura es un placer, aún en español; y difícilmente (y no sólo por su volumen) podrá comprimirse y transmitirse esto en una reseña. Sin embargo, la traducción al castellano que hicieron Cecilia Ceriani y Txaro Santoro y que Anagrama editó en Barcelona en marzo de 1998, si bien comprende algunos pies de página, carece de un glosario que reuniera las numerosas palabras que se presentan en cursiva y cuyo significado queda oscuro o un tanto oscuro para el lector no familiarizado con las palabras del hindi y demás. Que esto pudo hacerse, puede ejemplificarlo el glosario que Miguel Sáenz incluyó al término de su traducción de Hijos de la medianoche, del escritor anglohindú Salman Rushdie (Bombay, junio 19 de 1947), publicada en Madrid por Alfaguara en 1984 (la primera edición en inglés data de 1980), voluminosa novela sobre la zaga familiar de  Saleem Sinai y el nacimiento de la India como nación independiente del imperio británico, con la que El dios de las pequeñas cosas se emparienta por el “exquisito pulso narrativo” y el “realismo mágico” del que ambas gozan, se ha dicho, no sin razón, pese a que a la autora no le gusta. No obstante, tampoco se equivocan quienes han encontrado que las dos novelas poseen vasos comunicantes con la narrativa del colombiano Gabriel García Márquez, cuyo epicentro es Cien años de soledad (Sudamericana, 1967).
Arundhati Roy en 1997
        El dios de las pequeñas cosas, la novela de Arundhati Roy, tiene como epicentro el pueblo de Ayemenem, cercano al municipio de Kottayam, en la región de Kerala, al sur de la India. Y dos principales marcos temporales: de mayo a junio de 1994, y dos semanas de diciembre de 1969. En 1994, Rahel, con 31 años de edad, quien está trabajando por las noches en una gasolinera a las afueras de Washington, D.C., es llamada por su tía abuela Bebé Kochamma, de 83 años, con la noticia de que Estha, su hermano gemelo, quien está loco y mudo y al que no ve desde hace 23 años, ha sido regresado de Calcuta, por su padre, a la casa familiar de Ayemenem. Y es en tal lapso donde se advierte un curioso error de cálculo que prevalece en toda la obra. Los gemelos Rahel y Estha, hijos de Ammu, nacieron en noviembre de 1962, se narra en la página 57. Tenían 7 años durante las dos semanas de diciembre de 1969, los últimos días de su infancia que estuvieron juntos. Si al retornar ambos a la casa de Ayemenem tienen 31 años —la edad en que murió Ammu, su madre, se cuenta en la página 15—, entonces en noviembre de 1993 cumplieron 31, y en mayo y junio de 1994, cuando se vuelven a ver, han transcurrido 24 años sin verse y no 23, como se dice; y por ende cumplirán 32 años el próximo noviembre de 1994.

Pero ante tal minucia, hay que destacar que entre los dos principales tiempos en que oscila la novela (1994 y 1969), se urden un sinnúmero de historias y anécdotas que tienen que ver con la accidentada historia personal y con la retorcida personalidad de los principales personajes, casi todos miembros de la familia de la casa de Ayemenem o vinculados a ella. Y al unísono se dan visos y detalles de usos, costumbres y tradiciones hindúes (trastocadas por el histórico coloniaje británico y el neocoloniaje norteamericano, por los mass media y el turismo extranjero), de rancios prejuicios religiosos, de ancestrales y conservadores atavismos relativos a la discriminación y pugna entre las castas, de la exuberante naturaleza de la India y del irreversible deterioro de los ecosistemas, del entorno y sus vínculos con el extranjero, de rasgos sociales, económicos, políticos e históricos. 

         
(Anagrama, Barcelona, 1998)
       En la urdimbre de El dios de las pequeñas cosas descuella la comicidad y la recreación del mundo de la infancia a partir, principalmente, de los rasgos y de la conducta de Rahel y Estha (quien de niño hablaba y no estaba loco), de sus juegos, cantos, lecturas, perspectivas, de las películas gringas que veían y las canciones de moda que cantaban. Pero el humor de Arundhati Roy, que puede ser negro o blanco o escatológico, siempre es un agradable aderezo que atempera las terribles, nauseabundas y purulentas historias que la novela implica y entreteje. Entre las sombrías y amargas historias podrían entresacarse y contarse las que giran en torno a la machista e inveterada vejación de la mujer hindú; por ejemplo, la historia que concierne a la intrigante y maléfica Bebé Kochamma; a Kochu Maria, la criada de toda la vida; a Mammachi, la madre de Ammu; y a la propia Ammu, a quien le tocan las piedras, golpes y condenas más humillantes, dolorosas y cruentas.  

       Aunado a su virtud lúdica y humorística y a su envolvente y magnética manera de narrar y urdir las historias y las anécdotas, Arundhati Roy, desde el inicio de El dios de las pequeñas cosas comienza a suscitar interrogantes, a articular el suspense alrededor de varios hechos terribles que tuvieron lugar durante aquellas dos semanas de diciembre de 1969. Es decir, casi al principio, en torno a la lejana y obligada separación de los gemelos de 7 años, del sepelio de Sophie Mol, la prima inglesa de casi 9 años que murió ahogada un día de los 15 días de diciembre de 1969, y de la visita después del entierro (donde estuvieron marginados) a la cárcel de Kottayam por parte de Ammu (con 27 años) y sus pequeños gemelos, para ver y declarar a favor de un tal Velutha, cosa que impide el jefe de la policía, quien además de insultarla, toquetearle los senos y llamarla puta y madre de hijos ilegítimos, comienzan a entreverse un puñado de historias atroces y terribles, cuyos meollos sólo se conocerán al término con todas sus minucias, pelos y señales. 
       Baste decir, para no desvelar el intríngulis, que Velutha, quien en diciembre de 1969 tenía 24 años, es un joven paraván, muy humilde; es decir, de una casta inferior que lo presenta ante la sociedad hindú como un intocable, un vil apestado. Pero que sin embargo, dada su habilidad manual, fue educado de niño por la propia Mammachi en una escuela de intocables (fundada por su suegro, un legendario patriarca de la Iglesia Ortodoxa Siria) donde aprendió la carpintería. Pero como además de la carpintería domina muchos oficios, es quien mantiene en funcionamiento la casa de Ayemenem y la maquinaria de la contigua fábrica de Conservas y Encurtidos Paraíso, fundada por Mammachi. La furtiva y clandestina relación erótica con que el intocable Velutha y Ammu se enredaron durante esos 15 días de diciembre de 1969, transgrede los tabúes más anquilosados, rancios y obtusos y por ende desencadena el odio y la violencia y los atavismos más siniestros y cruentos entre las respetables cabezas de la casa de Ayemenem (Bebé Kochamma, Mammachi y Chacko, hijo de ésta, graduado en Oxford), manchando, incluso, las manos de los pequeños gemelos Rahel y Estha. El padre de Velutha, un paraván supersticioso e imbuido por los atavismos que lo signan, se ofrece matar a hachazos nada menos que a su propio hijo. Pero es Bebé Kochamma, con sus intrigas e infundios, quien incita el encierro de Ammu en su recámara y la búsqueda de Velutha por parte de la policía de Kottayam, la cual, con su propia corrupción y odio a los intocables y con la difamatoria denuncia de por medio, asesina a Velutha a golpes y patadas, pero supuestamente con las manos limpias ante el statu quo.
Por si fuera poco, paralela a esa dramática y sangrienta historia de infausto amor, los pequeños gemelos viven su propio drama que conjugan con su inocencia y sus juegos e imaginación aventurera. Estha, después de la vomitiva experiencia al que lo sometió un pedófilo en el Cine Abhilash, en Cochín, cuando al inicio de esos fatídicos días de diciembre de 1969 fueron allá para recibir en el aeropuerto a Sophie Mol, hija de Chacko y de Margaret Kochamma, su ex mujer inglesa que vive en Londres, concluye, dentro de su fobia e ingenuidad, que “a cualquiera le puede pasar cualquier cosa” y que “es mejor estar preparado”. En este sentido, Estha se había propuesto cruzar el cercano río Meenachal y fundar una casa-refugio en la ruinosa casona que los gemelos imaginan que es la Casa de la Historia. Así, con Rahel de cómplice, quien siente que Ammu la quiere menos y tras recibir ambos una ráfaga de insultos de su madre y con Sophie Mol que se les une al juego del escape con el rollo de que con la ausencia de todos los niños serían más los remordimientos de los mayores, intentan, en la oscuridad de la noche, cruzar el río Meenachal con la pequeña barca que les arregló Velutha, su querido amigo, el intocable; pero la creciente de las aguas y su impericia ante el vuelco de la barquita, propicia que Sophie Mol se ahogue. 
Arundhati Roy
      La psicosis y el eterno silencio de Estha, el gemelo de 31 años, es uno de los interrogantes suscitados desde el inicio que nunca se desvela en los veintiún capítulos de El dios de las pequeñas cosas. Luego de los fatales sucesos de fines de 1969, Estha fue enviado a Calcuta, con su padre, un pillo alcohólico, quien por salvar su puesto en una plantación de té, intentó prostituir a Ammu con el administrador inglés de la empresa, cuando los gemelos eran muy pequeños y vivían en Assam. En Calcuta, Estha comenzó paulatinamente a desconectarse del entorno, a hundirse en el silencio y a obsesionarse por el orden y la limpieza. Se tiene noticia de las largas caminatas a las que se volvió aficionado; pero nunca se conoce, con precisión y detalles, el trasfondo que propició su mudez y demencia. 

Y tampoco nunca se sabe qué ocurre después del vínculo incestuoso que une más a los gemelos de 31 años, mientras la tía abuela Bebé Kochamma, transformada, con Kochu Maria, en una ruinosa, sucia y patética teleadicta, los espía y espera el momento en que Rahel se lleve a Estha de su casa de Ayemenem, ahora un vejestorio mugriento y desvencijado, que para tal cosa la hizo venir a la India desde su nocturno, lejano y oscuro empleo en una gasolinera a las afueras de Washington, D.C.


Arundhati Roy, El dios de las pequeñas cosas. Traducción del inglés al español de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro. Serie Panorama de narrativas núm. 392, Editorial Anagrama. Barcelona, 1998. 384 pp. 






lunes, 11 de agosto de 2014

Mi Cristina y El mar



Mensaje de náufragos 

En su prólogo a los tres cuentos de Herman Melville (1819-1891) que Jorge Luis Borges (1899-1986) seleccionó para su legendaria serie Biblioteca personal: Benito Cereno, Billy Budd y Bartleby, el escribiente (Hyspamérica, Madrid, 1985), el autor de “El Aleph” no deja de decir que “la ballena blanca y Ahab tienen su lugar en esa heterogénea mitología que es la memoria de los hombres”. Lo mismo puede afirmarse (o rebuznarse) del bíblico Jonás y de los tres días que vivió en el vientre del gran pez enviado por la voluntad divina, del náufrago que arriba a una isla solitaria, de sirenas y leviatanes... 
      Uno de esos mitos (siempre variado o vuelto a escribir y reescribir, tal si fuera un incesante palimpsesto marítimo) resurgió y resurge en “Mi Cristina”, cuento de Mercè Rodoreda (Barcelona, octubre 10 de 1908-Gerona, abril 13 de 1983), cuya lengua literaria fue el catalán y por ende, junto con “El mar”, fueron incluidos en su libro La meva Cristina y altres contes (1967), traducido al español por José Batlló con el título Mi Cristina y otros cuentos (Alianza Editorial, Madrid, 1988).
Mercè Rodoreda 
(1908-1983)
   Érase que se era que un hombre fue tragado por una descomunal ballena (¿blanca?) y en ella vivió muchos, muchos años. En este sentido, “Mi Cristina” es la evocación, en primera persona, de los avatares que el hombre padece en ese lapso y la sinopsis de los infortunios que lo persiguen tras su regreso sin gloria al mundo de los no siempre humanos y a veces psicóticos caníbales. Quizá tal cuento de Mercè Rodoreda es sólo un embrión, un boceto al que le faltaron matices y tal vez más aventuras, más anécdotas, desastres y sorpresas. Lo cierto es que como si se tratara de minúscula pedrería rescatada del fondo de los océanos, posee detalles que no dejan de lucir su inequívoco magnetismo.
      Tras naufragar el Cristina, el hombre cifra su principio ontológico y gnoseológico, resumen de su apego a sí mismo y a las diminutas cosas que le brinda el vaivén de la vida, que no es más que una indetenible y oscura navegación hacia lo insondable, en la que no escasean los espejismos y los sueños y deseos inasibles y evanescentes, propios de un náufrago: “Sobre el agua revuelta una madera llana es más fuerte que todas las cosas del mundo.” Así, prendido a su tabla de salvación (un fetiche conjura fobias que apechuga contra sí e instrumento de rabieta y ataque que no suelta ni soltará hasta el fin de sus días en la panza del gigantesco cetáceo) es arrastrado al fondo del abismo por un torbellino de aguas y peces que concluye en el interior de la ballena. 
   Para no resbalar dentro del gran pez, el hombre avanza clavando el tablón y llega a una zona en la que oscilan destellos, fantasmas de colores, próximos a un enrejado de varillas (los dientes) que le permiten mirar la luna. Mientras la observa, quizá murmura: “...la pálida luna navegando entre jirones de rasgadas nubes...”, Mark Twain, Diario de Adán y Eva, transcribió Julieta Campos [1932-2007] en un margen de El miedo de perder a Eurídice (Joaquín Mortiz, México, 1979). 
   La constatación del sitio donde se halla el náufrago ocurre cuando está a punto de salir disparado a través del agujero rociador. El tablón bloquea su salida y colgado del cuello pasa toda la noche mirando. “Era la ballena más grande de todos los mares, la más brillante, la más antigua.” Sólo hasta que sale el sol, el agujero se ensancha y el hombre cae como una piedra. Pero ante la descripción del cetáceo, ¿cómo no pensar en la estirpe de Moby Dick (1851) y sus infinitos parentescos y apariciones?: “...esa que os parece isla no es tal, sino un gran pez que se tumbó a descansar en medio del mar...”, se lee, el mensaje en la botella, en una página de Las mil y una noches que Julieta Campos salvó (ibídem) de ese naufragio que es el olvido. O: “España... una gran ballena encallada en las orillas de Europa”, Edmund Burke (en algún lugar), según el Sub-Sub-Bibliotecario, ese dizque “simple horadador laborioso y gusano de biblioteca”, que no es otro que Herman Melville, prologuista y autor de Moby Dick.
      Dentro de la ballena, el náufrago sufre su primera mutación: empieza a respirar por los oídos. Luego descubre el cuerpo de un marino, el cual, poco después y aunque no se lo proponga ni lo quiera, le sirve de alimento. Al cumplir siete días de su caída, día cabalístico que ha registrado con su cuchillo al rayar una de las varillas, embiste las rejas. Hay un tumulto de movimientos, entonces, para conjurarlo, dice: “¡párate, Cristina!” Y así la bautiza.
       En un momento, al entrever a través del enrejado una costa verde, logra salir de su prisión. Va prendido a la tabla rumbo a tierra: ¿una isla desierta? Ya oye los chillidos de las aves y le llega el aroma de las espigas y de los pinos. Entonces, casi sin advertirlo, y como si se tratara del juego del gato y el ratón, la ballena lo vuelve a devorar. A partir de este momento, el hombre, de mil y un modos, se encarniza contra el cetáceo hasta que después de muchos, muchos años de dolorosa coexistencia y de navegar por todos los confines marítimos del globo terráqueo, el vestigio humano se cansa y se arrincona en un hueco del paladar. “Y ella me guardaba abrigándome con la lengua y yo sentía como si me acartonase, y es que ella, con su baba, me iba cubriendo de costra.” Así, cuando la ballena encalla en una roca y muere y el hombre despierta en un hospital de monjas, descubre, mientras lo alimentan con leche recién ordeñada, que esa pátina con que lo maceró el pez es una costra de perla que le cubre el cuerpo y que una de las monjas, con un martillito de madera y un líquido, se empeña en quitársela: “Señor, la piel de debajo de la costra parece la de una lombriz de tierra.” 
     La tarea dura hasta que el hombre sólo tiene costra en “la mejilla derecha y en medio lado de la cabeza”. Y además de que la llaga viva de sus entrañas le impide comer sopa caliente, nadie le cree su historia. Así, objeto de burlas infantiles, y despreciado y ofendido por los hombres que le niegan la reglamentación de sus papeles, se va, lejos del pueblo, náufrago en la isla desierta, a lo alto de los acantilados, donde ante el océano se hunde en la nocturna y dolorosa nostalgia de su perdida Eurídice: 
    “Por el lado en que el sol se ocultó, se arrastraba aún un poco de luz que se iba esfumando, y no bien estuvo todo negro, de parte a parte del mar surgió una carretera de luz ancha y quieta, y por aquella carretera de luz ancha y quieta pasaba mi Cristina con el rociador en marcha y yo iba encima de su lomo abrazado a mi tablón, como antes, cantando el himno de la marinería. Y desde donde estaba, desde todo lo alto de los acantilados, lo escuchaba muy claramente, allá abajo, cantado por mí en medio de toda aquella extensión de agua, carretera adelante, sobre mi Cristina, que dejaba un rastro de sangre. Terminé de cantar y Cristina se detuvo y yo me quedé sin respiración, como si todo se me hubiera ido por la vista, hasta que mi Cristina, y yo encima suyo, saludando y callados, nos perdimos hacia el lado donde el mar da la vuelta para ir aún más lejos...”
Mercè Rodoreda
       En un lugar de un puerto de cuyo nombre Mercè Rodoreda no quiso acordarse o precisar (podría ser el puerto de Buenos Aires, algún punto ingrávido de las Malvinas u otro de la costa argentina), por unos vaporosos instantes, como si un gigantesco ojo avizor se asomara al microscopio, se entretejen varias infinitesimales vidas, vanas e intrascendentes. Todo sucede frente a la inmensidad oceánica y celeste y así contrasta con ese rostro de lo eterno e infinito: “El mar”, obstinado y autista en su perpetuo flujo y reflujo, lo cual remite al doble movimiento del globo terráqueo y a lo enigmático e inescrutable que implica la creación del universo.
      Dos hombres pasean frente al malecón, allí donde inicia el mar abierto. El pasatiempo de su diálogo, contrapunteado por las palabras de los otros, parece decir que la vida, ese juego inescrutable, es una bobería, un constante naufragio sin importancia. Un hombre se encapricha, como si se tratara de una historia por entregas de índole folletinesca, en reconstruir, dizque para el otro, los episodios relativos a la supuesta aparición de un submarino de nacionalidad desconocida (quizá espía, nuclear o científico). Para ello y para dar veracidad a sus palabras, lleva varios recortes de periódicos, cuyas noticias ponen en tela de juicio varias cosas: la latente Guerra Fría, la vulnerabilidad del territorio argentino, y la manipulación industrial de las conciencias a través de la prensa. El otro, contemplativo y meditabundo, ante el profundo y abismal océano siente el llamado de lo secreto y prodigioso. “Me gusta sentarme cara al mar y quedarme vacío”, le dice a su amigo, pero sobre todo se lo dice a sí mismo, puesto que al hombre del submarino el mar no le dice nada, lo deja gélido. “Es que a las coquinas las va formando el mar”, le replica el contemplativo. “¿Es que no se da cuenta de que el mayor misterio del mundo es el mar? Mírelo, mírelo bien.”
(Alianza Editorial/CONACULTA, México, 1994)
      Engarzados en esa entrecortada y antagónica conversación de sordos con la que castran y le retuercen el pescuezo al dios Cronos, se sientan en una banca en la que se halla una mujer con una jaula. Esta, que los oye, se entromete en su diálogo, matizándolo con sus pequeñeces: que usa el jilguero para los papelitos de ilusiones que vende en los mercados, que el mar está regido por la Luna, y que su ahijado motorizado sueña con ser el primer hombre que pise tal satélite. Y entre estas y otras nimiedades que relata: un vaticinio onírico que implica la aparición de un clásico fantasma, con sábana y dos agujeros negros por ojos y el indeseable regreso sin gloria de su marido al que creyó muerto cuando pertenecía a la dizque armada invencible de la División Azul, más los no menos nimios aderezos que agregan un par de niños vagabundos: provocan la huída del jilguero y su inmediato rescate efectuado por el ahijado motorizado; chillan a quijada batiente y cuentan que se han perdido, que sólo querían conocer el mar, que su mami no les dio permiso, que el trabajo de ésta incluye un vestido de lentejuelas, que él no tiene papá, pero su hermanita dos: un soldado y un dependiente... En fin y así las terrenales, efímeras y predecibles cosas de vecindario, el jilguero, la mujer de la jaula, los niños y el ahijado se marchan encaramados en la moto, mientras los hombres agregan otras tonterías propias de su soliloquio de náufragos y el mar, insondable, indiferente y autista, sigue en lo suyo salpicado ahora por la lluvia. 


Mercè Rodoreda, Mi Cristina/El mar. Traducción del catalán al español de José Batlló. Colección Alianza Cien, Alianza Editorial/CONACULTA. México, octubre de 1994. 64 pp.