domingo, 13 de julio de 2014

¿Quién mató a Palomino Molero?



Él cantaba boleros

En 1986 el peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, marzo 28 de 1936) publicó dos títulos de ficción editados por Seix Barral en la serie Biblioteca Breve: La Chunga y ¿Quién mató a Palomino Molero?, libros en los que están presentes “los inconquistables” de Piura: Lituma, José y el Mono (mangaches del barrio de La Mangachería) y Josefino (gallinazo del barrio de La Gallinacera), personajes recurrentes en la obra del autor (sobre todo Lituma), surgidos en La casa verde (Biblioteca Formentor, Seix Barral, 1965).
Mario Vargas Llosa observando su retrato pintado por Botero
En el libreto teatral La Chunga es 1945 y “los inconquistables” se hallan en el barcito de la mujer que le da título a la obra y en buena medida especulan y divagan en torno a la desaparición de Meche, una atractiva trigueña que otrora, para continuar una partida de dados, Josefino dejó empeñada con la Chunga. En la novela ¿Quién mató a Palomino Molero? es 1954 y en su mayor parte ocurre en Talara, un pueblito frente al mar (a no muchos kilómetros de Piura), y “los inconquistables”, si bien son evocados por Lituma a lo largo de las páginas (incluso recuerda a Meche), sólo son protagonistas al inicio del segundo capítulo, en el barcito de la Chunga; estancia que sin embargo resulta trascendente en el decurso de la novela, pues en ese breve viaje de ida y vuelta en un día franco que Lituma (vestido de policía) hizo de Talara a Piura, es donde éste inicia las pesquisas, cuyos indicios encontrados allí, en Talara llevarán hacia la resolución del crimen anunciado en el título.
(Seix Barral, México, 1986)
Si La Chunga está dedicada por el autor “A Patricia Pinilla”, ¿Quién mató a Palomino Molero? se la brindó “A José Miguel Oviedo”, el primer crítico literario que escribió un libro sobre el arequipeño: Mario Vargas Llosa. La invención de una realidad (Barral Editores, 1970), perdurable amigo que fue su condiscípulo los tres años que estudió en el católico colegio La Salle, en Lima, entre 1947 y 1950, donde, por cierto, según narra en sus memorias El pez en el agua (Seix Barral, 1993), tuvo entre sus maestros a un cura: “El Hermano Leoncio, nuestro profesor de sexto de primaria, un francés colorado y sesentón, bastante cascarrabias [...]”, que “nos hacía aprendernos de memoria poesías de fray Luis de León [...]”; cuyo conato pedófilo evoca los multiplicados casos de pederastia que infestan a las legiones de sacerdotes católicos en toda la aldea global: 
Mario Vargas Llosa
“No pude ir a recoger la libreta de notas, ese fin de año de 1948, por alguna razón [apunta Mario Vargas Llosa entre las páginas 75 y 76]. Fui al día siguiente. El colegio estaba sin alumnos. Me entregaron mi libreta en la dirección y ya partía cuando apareció el Hermano Leoncio, muy risueño. Me preguntó por mis notas y mis planes para las vacaciones. Pese a su fama de viejito cascarrabias, al Hermano Leoncio, que solía darnos un coscacho cuando nos portábamos mal, todos lo queríamos, por su figura pintoresca, su cara colorada, su rulo saltarín y su español afrancesado. Me comía a preguntas, sin darme un intervalo para despedirme, y de pronto me dijo que quería mostrarme algo y que viniera con él. Me llevó hasta el último piso del colegio, donde los Hermanos tenían sus habitaciones, un lugar al que los alumnos nunca subíamos. Abrió una puerta y era su dormitorio: una pequeña cámara con una cama, un ropero, una mesita de trabajo, y en las paredes estampas religiosas y fotos. Lo notaba muy excitado, hablando de prisa, sobre el pecado, el demonio o algo así, a la vez que escarbaba en su ropero. Comencé a sentirme incómodo. Por fin sacó un alto de revistas y me las alcanzó. La primera que abrí se llamaba Vea y estaba llena de mujeres desnudas. Sentí gran sorpresa, mezclada con vergüenza. No me atrevía a alzar la cabeza, ni a responder, pues, hablando siempre de manera atropellada, el Hermano Leoncio se me había acercado, me preguntaba si conocía esas revistas, si yo y mis amigos las comprábamos y las hojeábamos a solas. Y, de pronto, sentí su mano en mi bragueta. Trataba de abrírmela a la vez que, con torpeza, por encima del pantalón me frotaba el pene. Recuerdo su cara congestionada, su voz trémula, un hilito de baba en su boca. A él yo no le tenía miedo, como a mi papá. Empecé a gritar ‘¡Suélteme, suélteme!’ con todas mis fuerzas y el Hermano, en un instante, pasó de colorado a lívido. Me abrió la puerta y murmuró algo como ‘pero por qué te asustas’. Salí corriendo hasta la calle.
“¡Pobre Hermano Leoncio! Qué vergüenza pasaría también él, luego del episodio. Al año siguiente, el último que estuve en La Salle, cuando me lo cruzaba en el patio, sus ojos me evitaban y había incomodidad en su cara.
“A partir de entonces, de una manera gradual, fui dejando de interesarme en la religión y en Dios [...]”
(Seix Barral, México, 1986)
  A imagen y semejanza de innumerables thrillers fílmicos y narraciones policiales, ¿Quién mató a Palomino Molero?, la novela de Mario Vargas Llosa, comienza con la espeluznante descripción del cadáver recién descubierto por un churre pastor (“en el camino a Lobitos”, no muy lejos de Talara): ahorcado y ensartado por el culo en un árbol, con quemaduras de cigarrillos y casi castrado. Del muerto se ignora todo: identidad y actividades, y por ende: las posibles causas del crimen. No obstante, lo primero que se devela, in situ, es que era “un piruanito que cantaba boleros”.
     Quienes se empeñan en resolver el caso son dos cachacos, dos policías del Puesto de la Guardia Civil de Talara: el Teniente Silva y el guarda Lituma, personajes que, curiosamente, en Historia de Mayta (Seix Barral, 1984), en los papeles del Teniente Silva y el Cabo Lituma, encabezan, en 1958, a un grupo de guardias civiles de Huancayo que arriban a Jauja para aprender, y quizá ultimar, al patético grupo de insurrectos (4 adultos y 7 adolescentes) que han iniciado (los policías lo ignoran) la primera intentona de hacer la revolución comunista en el Perú y en América Latina, a quienes logran acosar y derrotar en la quebradita de Huayjaco.
En ¿Quién mató a Palomino Molero? prolifera el suspense y la intriga, signada por una serie de giros sorpresivos. Así, el lector no tarda mucho en enterarse de ciertos datos personales de Palomino Molero; por ejemplo, que en Piura vivía con su madre en el barrio de Castilla; que era guitarrista y cantor de boleros con una voz seductora para las féminas; que nació “el 13 de febrero de 1936”; que “comenzó a servir en la Base Aérea de Talara el 15 de enero de 1954”; que desapareció “la noche del 23 al 24 de marzo” de tal año”; y que luego de gozar de un día franco rápidamente se le declaró desertor; que pese a ser cholo y humilde se enamoró, en Piura, de Alicia Mindreau, una petulante blanquita, hija del altivo Coronel Mindreau, nada menos que el Jefe de la Base Aérea de Talara; y que en su vil asesinato descuellan éste y el Teniente Ricardo Dufó, quien era el desdeñado y manipulable “novio oficial” de la susodicha. Pero las sucesivas y mórbidas revelaciones que sorprenden al Teniente Silva y al guarda Lituma, matizan y agudizan el meollo, hacen más complejo, paradójico y psicótico el intríngulis y el entramado, y a la postre esto deriva en otro artero asesinato y un sonoro suicidio. 
En tal urdimbre, y no obstante las atrocidades, impera la amenidad narrativa de Mario Vargas Llosa y sus tratamientos lúdicos; por ejemplo, en el uso de piruanismos y vulgarismos extirpados del habla popular; en el desglose del vínculo amistoso y campechano que se da entre el Teniente Silva y el guarda Lituma; en el picaresco y lujurioso empecinamiento del Teniente Silva por tirarse a la matrona de la fondita donde suelen comer (una gorda mayor que él, casada con un viejo pescador y con hijos que ya trabajan); en las cavilaciones, fobias e inseguridades del guarda Lituma, quien a todas luces aún es novato y aprendiz del Teniente Silva; e incluso en los desmanes y ridiculeces en que incurre el tenientito Dufó, ebrio, en el burdelito del Chino Liau y cuando en la playa tal beodo es interrogado por el par de policías.
Un vagabundo del alba y Mario Vargas Llosa
Foto que se aprecia en el estuche que resguarda el Volumen VI de sus
Obras completas, Ensayos literarios I
(Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores, Barcelona, 2005)
Y al unísono en toda la novela se trasmina la mirada crítica del autor –“Áspera verdad: la materia prima de la literatura no es la felicidad sino la infelicidad humana, y los escritores, como los buitres, se alimentan de carroña”, dijo en Historia secreta de una novela (Tusquets Editor, 1971)–; por ejemplo, en la contaminación del entorno originada por la International Petroleum Company; en los relatos, anécdotas y detalles que dan cuenta de la extrema pobreza y del rezago de la mayoría de los habitantes (en Talara, Piura y Amotape); en la segregación racial y clasista que separa a los lugareños de las zonas reservadas donde viven los gringos y los oficiales de la Base Aérea; en el fuero militar (ídem impunidad) que hace intocables a los milicos; en la subestimación y displicencia de los oficiales de la aviación hacia los guardias civiles; en el consabido lugar común de que “los peces gordos” (los hombres del poder, ídem la mafia) pueden no resolver o manipular un crimen; y en el relevante hecho de que entre los móviles del sádico asesinato de Palomino Molero sobresalen, a imagen y semejanza de una hedionda pus, los arraigados prejuicios xenófobos con que los blancos menosprecian y maltratan a los cholos.   


Mario Vargas Llosa, ¿Quién mató a Palomino Molero? Biblioteca Breve, Seix Barral. 1ª reimpresión mexicana. México, junio de 1986. 190 pp.








Frida: una biografía de Frida Kahlo




Complementos de la vida abierta

Se dice que Frida: una biografía de Frida Kahlo, de la norteamericana Hayden Herrera, es la más completa de la aldea global y que ha sido abrevadero de numerosos lectores, ensayistas, críticos, historiadores, curadores, marchantes y biógrafos. La primera edición en inglés, tirada en Nueva York por Harper & Row, data de 1983; y de “abril de 1985” la primera traducción al español de Angelika Scherp, impresa en México por Editorial Diana.
(Diana, 9ª impresión, México, 1991)
Portada
   
(Diana, 9ª impresión, México, 1991)
Contraportada
        Mi libro es de los tres mil ejemplares de la novena impresión, concluida el “28 de marzo de 1991”. Y en el ángulo izquierdo de la parte superior de la portada ostenta un falaz cintillo que se volvió anacrónico: “Incluye cartas y documentos originales”.


(Oasis, 1ª edición, México, agosto 30 de 1983)
Portada
      
(Oasis, 1ª edición, México, agosto 30 de 1983) Contraportada

     
Primera edición en Diversa, corregida y aumentada
(UNAM, México, noviembre de 1998)
 
La novia que se espanta de ver la vida abierta (1943)
Óleo sobre tela (63 x 81.5) de Frida Kahlo
       Frida Kahlo. Una vida abierta
, de Raquel Tibol, fue impreso en México, en 1983, por Editorial Oasis, con una nota de Carlos Monsiváis [1938-2010] en la cuarta de forros. Y en “noviembre de 1998”, corregido y aumentado, se lo publicó la UNAM con el número once de la serie Diversa de la Coordinación de Humanidades, y en él Tibol le adjuntó una “Addenda” con nueve artículos y ensayos dispersos, entre ellos su crítica a la biografía de Hayden Herrera: “La biógrafa que se espantó de una vida abierta”, la cual había aparecido “en la sección ‘Libros’ del periódico La Jornada, noviembre 9 de 1985”. Allí se leen un conjunto de razonables cuestionamientos que en buena parte remiten a las páginas donde se localizan los yerros y por ende el lector puede realizar de inmediato el cotejo. Extrañamente tal herramienta (junto con la sarcástica cafeína del rótulo) fue extirpada por Raquel Tibol en su biografía —reelaboración de Frida Kahlo. Una vida abierta— impresa por Lumen con flamantes y distinguidas erratas: Frida Kahlo en su luz más íntima (2005).

(Lumen, 1ª edición, México, agosto 30 de 2005)
         En su crítica, Raquel Tibol dijo que “Lo más sobresaliente en el libro de Hayden Herrera es la publicación de gran cantidad de cartas, nunca divulgadas con anterioridad, escritas por Frida a médicos, amigos, amantes. Con lenguaje muy personal (desparpajado, gracioso, populachero, imaginativo, enérgico y emotivo) Frida descubre sin inhibiciones, con asombrosa sinceridad, poniendo como en sus cuadros el corazón desnudo, todos los recovecos de su fuerte e hipersensible personalidad. Las cartas al doctor Leo Eloesser son verdaderas joyas. Bueno sería localizar toda la correspondencia de Frida y conjuntarla en una antología definitiva. Sería un testimonio monumental de una vida abierta.”

Raquel Tibol
         
(UNAM, 1ª edición, México, marzo de 1999)
     
(3ª edición ampliada y 1ª edición en Plaza & Janés, México, abril de 2004)
     


     
Frida con esfera (1938)
Foto: Manuel Álvarez Bravo
   
(1ª edición en Lumen,  México, febrero de 2007)
       Con el tiempo, la misma Raquel Tibol participó en tal rastreo y acopio, pues en “marzo de 1999”, con el número 13 de la citada serie Diversa, publicó Escrituras. Frida Kahlo, cuyo “Selección, proemio y notas” son de ella. Y la “Tercera edición ampliada y primera edición en Plaza y Janés”, con el título Escrituras de Frida Kahlo, data de 2004 y comprende, por primera vez, el prólogo del reputado filólogo Antonio Alatorre [1922-2010]. Tales libros permiten realizar una lectura comparativa, pues en algunos casos los textos reproducidos por Hayden Herrera (bajo la traducción de Angelika Scherp) y los antologados por Raquel Tibol difieren en ciertos términos y palabras y no sólo en los comentarios que ambas hacen, amén de que entre lo que cita la norteamericana a veces sólo se trata de fragmentos o textos incompletos. 

Hayden Herrera
        Pero además ahora se cuenta con otros volúmenes que enriquecen, incluso iconográficamente, la lectura comparativa y complementaria, tales como Nunca te olvidaré... De Frida Kahlo para Nickolas Muray. Fotografías y cartas inéditas (RM, 2004), Querido doctorcito. Frida Kahlo y Leo Eloesser. Correspondencia (El Equilibrista, 2007), El ropero de Frida (Museo Dolores Olmedo, 2007) y Frida Kahlo. El círculo de los afectos (Cangrejo Editores, 2007), donde Luis-Martín Lozano objeta repetidos errores (incluso por Hayden Herrera) relativos al origen familiar y al entorno religioso del fotógrafo Guillermo Kahlo (1871-1941), el padre de Frida, además de brindar ciertas anécdotas, fotos, cartas y ciertos rasgos no sólo sobre las medias hermanas de la pintora (María Luisa y Margarita Kahlo Cardeña) y de incluir la transcripción de dos textos un tanto legendarios, implícitos en la biografía de Hayden Herrera: “Manuel, el Chofer de Diego Rivera, Encontró Muerta Ayer a Frida Kahlo, en su Gran Cama que Tiene Dosel de Espejo”, que Bambi (Ana Cecilia Treviño) publicó, el miércoles 14 de julio de 1954, en el Excélsior; y los “Fragmentos para una vida de Frida Kahlo” que Raquel Tibol dio a conocer el 7 de marzo de 1954 en México en la Cultura, suplemento del extinto periódico Novedades. 

(La vaca independiente, México, septiembre de 1995)
        Y desde luego se cuenta con la edición facsimilar, anotada y comentada por Sarah M. Lowe, del Diario de Frida Kahlo. Autorretrato íntimo (La vaca independiente, 1995), pues Hayden Herrera lo cita y describe sus páginas varias veces (no sólo para esbozar el declive de la pintora y la última etapa de su vida), resguardado por el Fideicomiso creado en 1955 por Diego Rivera (1886-1957), visible desde julio de 1958 en el Museo Frida Kahlo (la Casa Azul de Coyoacán), y sólo objeto de consulta por pocos investigadores aprobados por el Comité Técnico que presidía Dolores Olmedo [1908-2002]; no obstante, hay que tomar en cuenta el reparo de Raquel Tibol dicho en una entrevista que le hizo Elena Poniatowska (La Jornada, julio 18 de 2004): “el llamado Diario de Frida, que no es un diario, son escritos poéticos, los más surrealistas que ha hecho Frida, y siempre echaré dos lagrimitas por la cantidad de alteraciones que sufrió: se le arrancaron páginas, se le agregaron otras imitando a Frida; un verdadero crimen cultural”.

La susodicha crítica a la biografía de Hayden Herrera, Raquel Tibol la concluye señalando que “La traducción del inglés es bastante irregular, pareciera hecha por una persona no muy familiarizada con las cosas mexicanas. Extraño resulta que se haya tomado el trabajo de traducir, y en consecuencia alterar, textos muy conocidos y muy accesibles en español.” De nuevo tiene razón. Lo cual exacerba la lectura interactiva, pues además de que, por ejemplo, donde se lee “balada” debe leerse “corrido” (o donde se lee “blusa” debe leerse “huipil”), el libro editado por Diana está plagado de erratas y las ilustraciones son pésimas, tanto en blanco y negro, como en color. Y esto no es cualquier cosa, dado que Hayden Herrera suele hacer citas, lecturas y análisis de un conjunto de obras de la pintora (que a veces no están allí, incluidos ciertos retratos fotográficos y obras de otros artistas que refiere), por lo que el lector tiene que valerse de varios volúmenes iconográficos y optar por los títulos, fechas y datos que le resulten más fehacientes.
Salvador Novo (c. 1930)
Foto: Manuel Álvarez Bravo
 
Xavier Villaurrutia (c. 1930)
Foto: Manuel Álvarez Bravo
     
Antonieta Rivas Mercado en 1929
Foto: Tina Modotti
        Cabe subrayar que las críticas y objeciones que Raquel Tibol le hizo a la biografía escrita por Hayden Herrera no agotan los mil y un yerros y anacronismos que se van encontrando a lo largo de sus 25 capítulos. Por ejemplo, en la página 35 la biógrafa dice que “Frida tenía amigos en varias pandillas de la preparatoria. Entre los ‘contemporáneos’, un grupo literario, conocía al poeta Salvador Novo y al ensayista, poeta y novelista Xavier Villaurrutia [...] Los anales de la literatura mexicana recuerdan a los ‘contemporáneos’ como elitistas, puristas y de vanguardia, con muchas miras a lo europeo (les encantaban Gide, Cocteau, Pound y Eliot).” Pero si Frida estudió en San Ildefonso entre enero de 1922 y el 17 de septiembre de 1925 (día del fatal accidente) y fue miembro de la pandilla los Cachuchas, Salvador Novo (1904-1974) y Xavier Villaurrutia (1903-1950) —quien no era ni fue novelista— ya no eran alumnos de San Ildefonso (en 1920 ambos ingresaron a Leyes y luego la abandonaron), aún no publicaban los 6 números de la revista Ulises (1927-1928), financiada por la filántropa Antonieta Rivas Mercado (1900-1931), ni mucho menos habían aparecido los 41 números de la revista Contemporáneos (1928-1931), la cual bautizó a tal consabido archipiélago de soledades. En 1924, Diego pintó el rostro de Novo en Día de muertos, panel del Patio de las fiestas, en la planta baja de la SEP (Secretaría de Educación Pública); en 1928 lo pintaría con orejas de burro, caído y pateado por el trasero en El que quiera comer que trabaje, donde la triste ricachona Antonieta Rivas Mercado recibe una escoba, panel del Corrido de la Revolución Proletaria, en el segundo piso de la SEP. Y en 1925, Novo —quien por la tutela del dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) ya había publicado cuatro antologías y desde 1921 impartía cursos en la Escuela de Verano y en San Ildefonso (quizá allí a Frida le dio clases de literatura mexicana)— dio a la imprenta: Ensayos (teatro, ensayo, poesía, traducción) y su primer poemario: XX poemas, y Villaurrutia lo haría al siguiente año: Reflejos. Y según consigna Guillermo Sheridan en la página 79 de Contemporáneos ayer (FCE, 1985), Novo y Villaurrutia fueron esporádicos colaboradores de Policromías, Órgano de la Sociedad de Alumnos de la Escuela Nacional Preparatoria, Seminario Humorístico de Estudiantes, que antes de morir de inanición, logró 20 números entre mayo de 1919 y agosto de 1921, “cuyo director era Ramón Rueda Magro, pero el verdadero responsable fue Antonio Helú”.

Día de Muertos (1924)
Panel del Patio de las fiestas, en la planta baja de la SEP
Diego Rivera se autorretrató seguido por Guadalupe Marín,
mientras que el rostro de Salvador Novo se aprecia a la mitad de lado izquierdo
     
El que quiera comer que trabaje (1928)
Panel del Corrido de la Revolución Proletaria,
en el segundo piso de la SEP.
Antonieta Rivas Mercado recibe una escoba
y Salvador Novo, caído y con orejas de burro,
es pateado en el trasero
     
En el arsenal (1928)
Panel del Corrido de la Revolución Proletaria,
en el segundo piso de la SEP.
En el centro, Frida repararte armas. Del lado izquierdo, Siqueiros observa con una estrella roja
en el sombrero. Y del lado derecho, Tina Modotti le entrega una carruchera al líder cubano
Julio Antonio Mella.
       


        En la página 88, Hayden Herrera dice que Diego, “En 1928, representó a Frida como militante comunista en el lienzo intitulado Insurrección, que formaba parte de la serie de murales Balada de la Revolución Proletaria, pintada en el tercer piso del edificio de la Secretaría de Educación.” En realidad se trata del panel: En el arsenal (algunos lo llaman El reparto de armas), que es parte del conjunto pintado al fresco: Corrido de la Revolución Proletaria, el cual se halla (ya lo dijimos) en el segundo piso y no en el tercero.
Entre las páginas 77 y 78, Hayden se equivoca al decir que “Rivera nació en 1887 en Guanajuato [fue en 1886], hijo de un maestro (masón y librepensador) y su esposa, una piadosa mujer dueña de una tienda de dulces. Desde niño se consideró como prodigio a Diego María de la Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez. A los diez años pidió que lo mandaran a una escuela de arte. Mientras continuaba su educación primaria de día, tomaba clases nocturnas en la escuela de arte más prestigiosa de México, la Academia de San Carlos. Ganó premios y becas, pero en 1902 las técnicas académicas le parecían demasiado limitadas y abandonó la escuela para seguir trabajando por su cuenta.
“En esa época sólo existía un sitio adecuado para un estudiante de arte con ambiciones, y Rivera zarpó para Europa en 1907, armado de una pensión concedida por el gobernador de Veracruz. Después de pasar un año en España, se estableció en París, donde se quedó, con excepción de varios viajes, hasta su regreso a México en 1921. En Europa dejó a una amorosa compañera rusa, Angelina Beloff, a una hija ilegítima que tuvo con otra mujer rusa y a muchos amigos, sobre todo entre los círculos bohemios: Picasso y Gertrude Stein, por ejemplo, Guillaume Apollinaire, Elie Faure, Ilya Ehrenburg y Diaghilev.”
(Lumen, 1ª edición, México, marzo de 2007)

    Como una elemental pesquisa bibliográfica lo puede revelar, el decurso de las cosas no fue precisamente así como las resume Hayden Herrera. Visos sobre tales legendarios e iniciales capítulos de la trayectoria del muralista se pueden leer en Diego Rivera, luces y sombras (Lumen, 2007), de Raquel Tibol, donde se tiene noticia de que en 1902 no dejó la Academia, y que durante el periodo en Europa, debido a los compromisos adquiridos por la beca que recibía del gobernador veracruzano Teodoro A. Dehesa (“hombre muy cercano a Porfirio, pero con iniciativas más democráticas”), medió un breve regreso a México para exponer en la Escuela de Bellas Artes dentro de los porfirianos festejos del Centenario de la Independencia, cuya inauguración, apunta Tibol, ocurrió “el domingo 20 de noviembre de 1910”.
Diego y Frida en el comedor de la Casa Azul de Coyoacán

Hayden Herrera, Frida: una biografía de Frida Kahlo. Traducción del inglés al español de Angelika Scherp. Iconografía a color y en blanco y negro. Editorial Diana, 9ª impresión. México, 1991. 440 pp.






sábado, 12 de julio de 2014

Paisaje de otoño



A lo mejor contigo vuelvo a la perritud

Firmada en “Mantilla, noviembre 1996-marzo 1998”, Paisaje de otoño, novela de Leonardo de la Caridad Padura Fuentes (La Habana, octubre 9 de 1955), se editó en Barcelona en “septiembre de 1998” (y en México el siguiente mes) con el número 345 de la Colección Andanzas de Tusquets Editores. Paisaje de otoño obtuvo, en España, el Premio Internacional Dashiell Hammett 1998 y en Francia el Premio de las Islas 2000. Según dice en su preliminar “Nota del autor”, la empezó a escribir “un año y medio después” de publicada Pasado perfecto (1990-1991) —quizá en Cuba, pues Tusquets la editó hasta febrero de 2000—, la novela policial que transcurre en el “Invierno de 1989”, donde, dice, aparece por primera vez el detective Mario Conde; así, apunta, Paisaje de otoño la comenzó a urdir ya con el objetivo de conformar “Las cuatro estaciones”, una tetralogía de novelas a las que se sumarían (y se sumaron): Vientos de Cuaresma (1992) —“Primavera de 1989”— y Máscaras (1994-1995) —“Verano de 1989”—, también publicadas por Tusquets: en 2001 y en 1997.

Leonardo Padura con su perro
Los hechos centrales del presente de Paisaje de otoño ocurren en La Habana durante unos cuantos días de octubre de 1989 y se desarrollan en dos ámbitos narrativos, ambos trastocados por la crisis laboral y existencial que vive el teniente investigador Mario Conde, quien el miércoles 9 de octubre de 1989 cumplirá —y cumple— 36 años de edad, día que lo celebra con sus compinches de siempre en casa del Flaco Carlos y su madre Josefina con sus proverbiales dotes culinarias, y que coincide con su último día de policía, con el arribo del huracán Félix, y con su feliz y fraterno encuentro con Basura —“un perro lanudo y sucio que dormitaba sobre un montón de basura, bajo uno de los bancos de espera” de la guagua—, cuando, ya vestido con sus prendas menos astrosas y en medio del viento y la lluvia que preludian el virulento e inminente azote del fenómeno, se dirigía a la cena de su cumpleaños. 
El jueves 3 de octubre de 1989, Mario Conde, luego de una década de policía, solicitó su licenciamiento de la Central de Investigaciones Criminales. La razón: en el interior de ésta se sucedió una purga que puso en tela de juicio a un grupo de policías corruptos; pero también suscitó el retiro obligado del mayor Antonio Rangel, quien durante 28 años fue el jefe de la Central, puesto de patitas en la calle y en su casa, no por corrupto, sino porque se da por puesto que él permitió que se fermentara y engendrara tal corrupción. El mayor Rangel, sibarita de los mejores habanos, del buen ron y del buen whisky, tenía a Mario Conde, pese a sus yerros y peculiaridades, por su mejor detective y ambos han cultivado una amistad y se estiman. Así que Mario Conde decidió irse porque aunada a la pérdida del mayor, entre los policías corruptos hay varios en cuya honestidad él creía. 
Incitado por tal depresivo y desmoralizante marasmo (“nunca se sintió un verdadero policía, y prefería andar sin pistola y sin uniforme y odiaba hasta la idea de tener que aplicar la violencia”), se encerró en su cochambrosa casa “con siete botellas de ron y doce cajetillas de cigarros”. Y el siguiente lunes 7, tras recibir el domingo 6 la inesperada visita de tres de sus compinches alarmados por su silencio y ausencia de tres días, con una mañanera taza de café y frente a su mugrosa y vieja Underwood da los teclazos del inicio de un cuento; es decir, en su primer día libre se dispone a entregarse a su recóndito ideal siempre postergado: escribir, ser un escritor, el prolegómeno de su sueño guajiro: tener una “casa de madera y tejas, frente al mar, donde viviría escribiendo”, y donde obviamente estaría el sucesivo pez peleador Rufino, el perrito Basura (o algún semejante por el estilo), y una fémina “bien linda y bien buena” (que no tiene) y que podría ser Tamara, la inasible y evanescente mujer de sus ensueños durante 15 años, y con quien apenas hace unos meses tuvo un primer y único encuentro sexual. Pero lo interrumpen los toquidos del sargento Manuel Palacios, su adjunto en las investigaciones, quien le lleva el perentorio mensaje de que el nuevo jefe de la Central quiere verlo. 
El pulcro y odorífico coronel Alberto Molina, el nuevo jefe, carece de experiencia policíaca; es un burócrata que viene de la Dirección de Análisis e Inteligencia Militar, donde, le dice al Conde, se pasó “veinte años en una oficina” soñando “con ser espía”. No obstante, acredita que el mayor Antonio Rangel “es el hombre que más sabe en este país de investigaciones y procesos”, y que Mario Conde es el mejor investigador policíaco. Así que le propone que le resuelva un último caso e ipso facto le firma la baja. Mario Conde le solicita poder consultar al mayor Rangel. Y tras hacerlo, el coronel Molina le da tres días para que aclare el crimen (cuyo tercer día coincidirá con el 36 aniversario del Conde), pues el asesinado, pese a su nacimiento en Cuba, tiene pasaporte norteamericano y teme que “se desate el escándalo en Miami y acusen al gobierno de haberle hecho lo que le hicieron”. 
El cuerpo de Miguel Forcade Mier, a sus 53 años, a eso de las 23 horas del sábado 5 de octubre de 1989, fue descubierto por unos pescadores “en la Playa del Chivo, a la salida del túnel de la bahía”. Sus ojos ya habían sido comidos por los peces. Y según el forense, murió “a causa de un golpe en la cabeza que le dieron con un objeto contundente”: “un bate de jugar pelota”, “de madera”. Pero además “le habían cortado el pene y los testículos, al parecer con un cuchillo contundente y no muy afilado”. El jueves 3 salió de su casa paterna en El Vedado manejando el Chevrolet del 56 de su cuñado Fermín Bodes y no regresó. Pero además no era un hombre común: “fue en los años sesenta el segundo jefe de la dirección provincial de Bienes Expropiados, y era subdirector nacional de Planificación y Economía cuando se quedó en Madrid en 1978, en una escala de regreso de la Unión Soviética”.
Al igual que numerosas novelas y filmes policíacos, la descripción del cuerpo del asesinado figura casi al inicio de la obra. Y para no desvelar los pormenores y vericuetos de la investigación, del suspense, de las digresiones, de los engaños al lector (entre ellos el presunto cuadro de Matisse homónimo de la novela) y de los giros sorpresivos que llevan al descubrimiento del culpable y sus oscuras razones, baste decir que Paisaje de otoño —en tal ámbito narrativo— es un artificio de relojería, urdido con amenidad y destreza, no exento de entresijos secretos y rudimentarios planos del tesoro, que al unísono implica una mirada crítica ante el saldo de la Revolución Cubana y su progresivo fracaso, reflejado en las numeras carencias y frustraciones sociales e individuales, en la obsolescencia de la importada economía socialista y su esclerótica e inútil bibliografía, en la falta de libertades y en los impedimentos para salir de la isla, en la corrupción de los hombres encumbrados en la burocracia y en el poder —como son los casos de Miguel Forcade Mier, el de su cuñado Fermín Bodes (preso diez años “por malversación continuada, tráfico de prebendas desde su posición en un organismo central del Estado y falsificación de documentos”), y el de Gerardo Gómez de la Peña, el impune ex jefe del muerto cuando desertó de Cuba en 1978 y a quien fue a visitar el día que fue ultimado. 
Premio Hammett 1998 (España)
Premio de las Islas 2000 (Francia)
(Tusquets, 1ª edición mexicana, octubre de 1998)
          En 2006, Leonardo Padura obtuvo, por La neblina del ayer (Tusquets, 2005) 

—también protagonizada por Mario Conde—, el Premio Internacional de Novela Dashiell Hammett, otorgado por la Asociación Internacional de Escritores Policíacos durante la anual Semana Negra de Gijón —en el Principado de Asturias, España— a la mejor novela policíaca escrita en español. No extraña que ya antes, en 1998, haya obtenido el Premio Hammett con Paisaje de otoño. Y curiosamente, en el centro de la dedicatoria de ésta, se lee: “Para Dashiell Hammett, por El halcón maltés”, pues en la urdimbre narrativa de su obra le rinde tributo a tal novela y al unísono a la versión fílmica dirigida por John Huston, protagonizada por Humphrey Bogart y Mary Astor. En este sentido, si en la obra de Hammett el valor pecuniario de la antigua efigie (acuñada en 1530 como regalo a Carlos V, Rey de España) es lo que mueve a los confabulados en robarla, Padura, a través del erudito padre del muerto, también pergeña el histórico y legendario itinerario, repleto de robos y extravíos, de una antigua pieza: un Buda de oro, una “estatua extraordinaria, creada mil años antes” en China, que de Manila llegó a La Habana “el 3 de diciembre de 1631” (debió llegar a su destino: Madrid, como obsequio a Felipe IV, Rey de España). Pero si en la obra de Hammett los ladrones (en 1929, en San Francisco) se topan con la falsedad del halcón, en la novela de Padura la verificación de la autenticidad del Buda queda en puntos suspensivos, pues el Conde deja la policía antes de que los peritos de Patrimonio emitan su dictamen.  
Paralelo y entreverado en los episodios de la investigación policíaca, se sucede el otro ámbito narrativo de Paisaje de otoño. Y este traza la cotidianeidad humana de Mario Conde en el contexto de su vida íntima y doméstica, entroncada con el destino de su maltrecha generación. “Somos una generación de mandados y ése es nuestro pecado y nuestro delito”, dice Andrés en una perorata con desbordada acritud, quien es médico, con esposa y dos hijos, y quien tras la cena y bebida por el aniversario del Conde, le revela al corro su acendrado drama personal y existencial, resumido en el hecho de que se irá de Cuba, con todo y familia, y por ende les dice: “sé que ahora debo ir a un policlínico de barrio hasta que me den la carta de liberación, así mismo como suena, la carta de liberación, y me permitan salir, eso va a demorar como uno o dos años, no sé cuántos, pero no me importa...”
El caso es que luego de oír la revelación de Andrés y sus dolorosas, frustrantes y añejas minucias, Mario Conde, en medio del agua y de la ventolera del huracán Félix, deja a Tamara en su casa (ansiosa de ser poseída y querida) y él se va a la suya, donde al día siguiente, el jueves 10 de octubre de 1989, sentado frente a la Underwood, aún bajo el flagelo del ciclón, con un poso de cuasi café y el perrucho Basura sucio, húmedo y sin desayuno (“El animal seguía asustado y miraba con insistencia hacia las ventanas, removidas cíclicamente por el empuje del agua y del viento”), se dispone a teclear una historia (“escuálida y conmovedora”), pero ya no la que había iniciado (sobre “ese amor entre los hombres”: el drama del Flaco Carlos, su mejor amigo, cautivo en una silla de ruedas por una bala que le dio en la columna cuando la Cuba socialista y prosoviética hizo suya una beligerancia ajena: la Guerra de Angola), sino la que le despertó el relato de Andrés, que pretende ser la historia “de toda una generación escondida”, la suya, y que va a titular Pasado perfecto —que es también el título (y quizá la misma obra o su doble) de una de las citadas novelas de Leonardo Padura—; “sí, así la titularía, se dijo, y otro estruendo, llegado de la calle, le advirtió al escribano que la demolición continuaba [parece que Félix se empeña en destruir las pobres y vetustas ruinas de La Habana, por lo pronto, ‘la vieja mata de mangos sembrada más de cincuenta años atrás por su abuelo Rufino, yacía en el suelo, con sus gajos dislocados y cubiertos por ramas ajenas, de hojas incongruentes, venidas de cualquier parte’], pero él se limitó a cambiar de hoja para comenzar un nuevo párrafo, porque el fin del mundo seguía acercándose, pero aún no había llegado, pues quedaba la memoria.”

Leonardo Padura, Paisaje de otoño. Colección Andanzas (345), Tusquets Editores. 1ª edición mexicana. México, octubre de 1998. 264 pp. 






jueves, 10 de julio de 2014

El halcón maltés


   No voy a hacer el imbécil por ti

A estas alturas del siglo XXI, ríos de tinta en todos los idiomas han corrido en torno a El halcón maltés, ya sobre la novela del norteamericano Dashiell Hammett (1894-1961), publicada por primera vez en Estados Unidos el 14 de febrero de 1930 con el sello de Alfred A. Knopf, Inc., ya sobre su adaptación cinematográfica (producida por la Warner Bros. y la First National Pictures, Inc.), guionizada y dirigida por John Huston (1906-1987), cuyo estreno se sucedió el 18 de octubre de 1941 y que volvió célebre, sobre todo, a Humphrey Bogart (1899-1957) en el papel del detective privado Sam Spade. 
En la foto: el detective Sam Spade (Humphrey Bogart),
protagonista de El halcón maltés (1941), filme dirigido por John Huston,
basado en la novela homónima de Dashiell Hammett.
        En un mundo dominado por los mass media (¡dichosa cosificación y manipulación industrial de las conciencias!), es muy probable que el lector vea primero la película y luego lea la novela (ambas clásicas, antiguallas de culto). Y aunque claramente la descripción física del protagonista novelístico difiere del personaje cinematográfico, es casi imposible no leer la obra teniendo en mente las poderosas imágenes de las caracterizaciones del filme, no obstante que éste se sitúa en el San Francisco del inicio de los años 40 y la novela en 1929, el año en que se desata la Gran Depresión con la caída de la bolsa el 29 de octubre de 1929, cuyos dramáticos efectos sociales y económicos la novela no registra.

Dashiell Hammett
       De hecho, El halcón maltés es, ante todo, una narración policial de intriga y suspense que no cuestiona el statu quo, pese a que en un momento se aluda a las mafias de matones que, con la anuencia y la corrupción policíaca y judicial, se movían con impunidad y privilegios en las casas de juego de Nueva York.  

En 1969 la madrileña Alianza Editorial publicó por primera vez, en la serie El libro de bolsillo, la traducción al español de El halcón maltés urdida por Fernando Calleja. La decimocuarta reimpresión en tal serie data de 1995. Del año 2000 la primera edición en la serie Biblioteca de autor Dashiell Hammett y de 2011 la séptima reimpresión en ésta. Es decir, generaciones van y generaciones vienen y la novela más famosa del norteamericano (que no la mejor) se sigue leyendo aquí y acullá.  
(Alianza, 7ª reimpresión, Madrid, 2011)
      Dividida en 20 capítulos con rótulos, la trama de El halcón maltés se desencadena cuando una elegante y bella mujer (Miss Wonderly, que luego dice llamarse Miss Leblanc y por último Brigid O’Shaughnessy) acude al despacho de Sam Spade para solicitar sus servicios: quiere que siga los pasos de un tal Floyd Thursby quien, según dice, se fue de Nueva York con su hermana menor (de 17 años) y a quien tiene incomunicada (sus padres ignoran la huida y están en Europa). En la madrugada, en torno a las dos y cinco, Sam Spade es despertado por un telefonema de la policía: Miles Archer, su colega del despacho, quien era el que seguía a Floyd Thursby, fue asesinado. En el lugar del crimen, Spade se entera que a la altura del pecho le dieron un tiro a quemarropa. Unas dos horas después, Spade es interrumpido en su departamento por dos detectives: el teniente Dundy y el sargento Tom Polhaus lo interrogan por sospechoso; además quieren saber quién es su cliente (Spade no revela la existencia de la fémina) y le informan que el tal Floyd Thursby también fue asesinado (poco después del asesinato de Miles Archer): “le pegaron cuatro tiros por la espalda”. 

Brigid O’Shaughnessy (Mary Astor), Sam Spade (Humphrey Bogart)
y Miles Archer (Jerome Cowan).
Fotograma de El halcón maltés (1941).
         Sam Spade intenta que Brigid O’Shaughnessy le revele los oscuros y verdaderos motivos que la orillan a contratarlo (el chisme de su hermana huida y secuestrada fue una mentira) y trata de conocer el intríngulis de su vínculo con Floyd Thursby y la identidad de éste, pero ella le oculta el meollo y sólo a cuentagotas le dice muy poco. Cuando en su despacho recibe la visita de Joel Cairo —un griego atildado, perfumado, bajito y afeminado, quien además de dar visos de conocer a Brigid y de ofrecerle cinco mil dólares por una estatuilla que busca y con pistola en mano trata de localizar allí—, Spade empieza a introducirse en una maraña de timos, competencias, traiciones, embustes, vueltas de tuerca y giros inesperados que, a la postre, lo lleva al epicentro del rastreo de una antigua y valiosa pieza (el halcón maltés) acuñada en 1530 por la mafiosa, matona y enriquecida Orden de los Caballeros Hospitalarios de Malta como regalo al emperador Carlos V, quien nunca la recibió. El principal ladrón que pretende apoderase del pájaro es Casper Gutman, un hombre gordo y risueño, quien tiene a sueldo y bajo su mando a Wilmer Cook, un joven pistolero. Gutman, para persuadir a Spade de que se involucre y coopere con la recuperación de la rara avis (por una jugosa suma que puede multiplicarse), se la describe y le cuenta su legendario itinerario y escamoteo. Según le resume, en París, “en 1911, un anticuario griego, llamado Charilaos Konstantinides, topó con él en una tienducha”. Pero un año después de que Charilaos lo adquiriera, leyó “en el Times, en Londres, que un ladrón había entrado en la tienda del griego y que lo había asesinado”. Entre el botín iba el pájaro. A Gutman, dice, le llevó 17 años localizarlo. Y lo halló en “casa de un general ruso, un tal Kemidov, en un barrio de las afueras de Constantinopla”. Puesto que el ruso se negó a vendérselo, dispuso que unos “agentes” suyos (Cairo y Brigid) se lo robaran. Y se lo robaron, pero Gutman se quedó en babia. 

Sam Spade (Humphrey Bogart), Kasper Gutman (Sydney Greenstreet),
Joel Cairo (Peter Lorre) y 
Brigid O’Shaughnessy (Mary Astor).
Fotograma de El halcón maltés (1941).
        Luego se sabrá que la misma suerte corrió Joel Cairo, quien además, por una trampa que le puso Brigid O’Shaughnessy con un cheque sin fondos, se quedó en la cárcel de Constantinopla, mientras ella y Floyd Thursby se fueron a Hong Kong con la estatuilla. Brigid, en Hong Kong, contactó a Jacobi, el capitán de La paloma, un barco carguero que, sin saber de qué valor se trataba, transportó el halcón hasta San Francisco (pretendían venderlo en Nueva York). Brigid y Thursby se trasladaron, de Hong Kong a San Francisco, en otro barco más rápido y ambos esperaban el inminente arribo de La paloma. En este sentido, Joel Cairo en solitario llegó a San Francisco para apoderarse de la pieza; mientras que Casper Gutman lo hizo con su pistolero Wilmer Cook. 

Sam Spade (Humphrey Bogart) y Wilmer Cook (Elisha Cook Jr.)
Fotograma de El halcón maltés (1941)
      Pero tales son las ambigüedades y los engaños de Brigid O’Shaughnessy y la torpeza de los ladrones y la astucia de Sam Spade metido en el enredo, que llega el momento en que el detective pacta la entrega del halcón maltés, a Gutman, por diez mil dólares (ya el capitán Jacobi, balaceado y moribundo, lo llevó hasta su despacho y Sam lo escondió en la consigna de los autobuses Pickwick de la calle Quinta). En el departamento de Spade, pasan la madrugada, él, Gutman, Cairo (que se asoció a éste), Wilmer (noqueado y despojado de sus pistolas y que será entregado a la policía por los asesinatos de Thursby y Jacobi y por el incendio de La paloma), y Brigid, quien prepara unas viandas y que se supone socia de Spade. Ya pasadas las ocho de la mañana, tras una tempranera llamada telefónica que le hace Spade, Effie Perine, su secretaria, les lleva el envoltorio con el pájaro. Para verificar su autenticidad y sus cualidades, Gutman, con una navaja de oro, raspa el recubrimiento de la pieza y descubre, histérico, que es una vil copia de plomo, una burla del ruso Kemidov. 

Fotograma de El halcón maltés (1941)
        Mientras el excitado corro estaba en esto, Wilmer, el cabeza de turco, se fuga. Viendo que el pájaro es falso, Gutman, seguido por Cairo, se dispone a ir a Constantinopla en busca del auténtico halcón y le pide a Spade que le devuelva los diez mil dólares; el detective quiere quedarse con ellos, pero al ver la pistolita (“de plata, oro y nácar”) con que le apunta Gutman, toma mil dólares dizque por sus servicios y gastos y le devuelve el resto. 

Cuando ya se han ido de su departamento, Spade llama por teléfono a Tom Polhaus y le da el soplo de que Wilmer Cook fue quien asesinó a Floyd Thursby y al capitán Jacobi, y que Casper Gutman y Joel Cairo se han ido al hotel Alexandria decididos a huir de San Francisco. Pero además comienza a acosar a Brigid O’Shaughnessy y a desentrañar los retorcidos indicios de su verdadera naturaleza cleptómana (proclive a manipular y seducir a los sucesivos machos con su elegancia, hermosura y coqueteo) y deduce que ella fue quien mató a Miles Archer, crimen que ella le confiesa y pretende pase por alto.  
Poco después llegan el teniente Dundy y el sargento Tom Polhaus y Sam Spade les dice: “Mató a Miles. Y tengo algunas pruebas: las pistolas del chico, una de Cairo, una estatuilla negra que fue la causa de todo, y un billete de mil dólares, con el que quisieron sobornarme.”
Vale decir que el comportamiento del detective, además de sarcástico y ríspido, casi todo el tiempo es francamente dudoso y equívoco. No parece mover un dedo por esclarecer la muerte de Miles Archer (de cuya esposa, obsesionada con él, era y es amante) y que involucrado en los turbios y clandestinos tejemanejes de Brigid sólo le importa obtener una buena tajada pecuniaria. ¿Qué hubiera sucedido si el halcón maltés no fuera falso? ¿Qué hubiera sucedido si Brigid no fuera una indomable mentirosa, manipuladora y traicionera, una inveterada ladrona y asesina? A Brigid O’Shaughnessy, porque no confía en ella, la entrega a la policía para desmarcarse de la banda y para que no lo involucren en el embrollo, todo lo cual, dice, podría llevarlo a la cárcel o a la horca.
Sam Spade (Humphrey Bogart) y Brigid O’Shaughnessy (Mary Astor)
Fotograma de El halcón maltés (1941)
          Pero además le puntualiza en una especie de declaración de principios: “Cuando a un hombre le matan a su socio, se supone que debe actuar de alguna forma. Da lo mismo la opinión que pudiera tener de él [según Spade, Miles ‘era un hijo de mala madre’ ‘y estaba dispuesto a darle la patada al terminar el año’]. Era su socio, y debe hacer algo. Añade a eso que mi profesión es la de detective. Bueno, cuando matan a un miembro de una sociedad de detectives, es mal negocio dejar que el asesino escape. Es mal negocio desde todos los puntos de vista; y no sólo para esa sociedad en particular, sino también para todos los policías y detectives del mundo. Tercero, soy detective, y suponer que voy a correr detrás de quienes quebrantan la ley y que los voy a soltar una vez agarrados, eso es como esperar que un perro que ha alcanzado a un conejo lo suelte. Es algo posible de hacer, lo sé, y que se hace algunas veces, pero no es natural. La única manera de haberte dejado escapar hubiera sido dejar escapar también a Gutman, a Cairo y al chico. Y eso...”



Dashiell Hammett, El halcón maltés. Traducción del inglés al español de Fernando Calleja. El libro de bolsillo/Biblioteca de autor Dashiell Hammett (0672), Alianza Editorial. 7ª reimpresión. Madrid, 2011. 272 pp.

      Enlace a un reportaje de TVE en torno a El halcón maltés (1941), película dirigida por John Huston, basada en la novela homónima de Dashiell Hammett.

Doce cuentos peregrinos




Cosas extrañas que les suceden 
a los latinoamericanos en Europa




I de III
Además de sus novelas y guiones de cine, de sus notas, crónicas y reportajes periodísticos, el colombiano Gabriel García Márquez (Aracataca, marzo 8 de 1927-México, abril 17 de 2014) publicó cuatro libros de cuentos: Los funerales de la Mamá Grande (1962), La increíble y triste historia de la cándida Eréndida y de su abuela desalmada (1972), Ojos de perro azul (1974) y Doce cuentos peregrinos (1992), que incluye un prólogo firmado en “Cartagena de Indias, abril, 1992”, en el que, a la luz de su fallecimiento, descuella un pasaje que parece un cuento breve y que a la letra dice: “La primera idea se me ocurrió a principios de la década de los setenta, a propósito de un sueño esclarecedor que tuve después de cinco años de vivir en Barcelona. Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Y yo más que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte para estar con mis amigos de América Latina, los más antiguos, los más queridos, los que no veía desde hacía tiempo. Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mí se había acabado la fiesta. ‘Eres el único que no puede irse’, me dijo. Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos.”
(Diana,  8ª impresión, México, 1993)
        En “Por qué doce, por qué cuentos y por qué peregrinos”, el citado prólogo, Gabo dice que fueron concebidos en un margen de “dieciocho años”; que “cinco de ellos fueron notas periodísticas y guiones de cine, y uno fue un serial de televisión”; que empezaron a ser escritos en un cuaderno escolar donado por sus hijos; que el cuaderno de apuntes anduvo con su familia en sus estancias y viajes por distintos lugares del globo terráqueo hasta que se extravió hacia 1978, al parecer en algún extermino de papeles en la biblioteca de su casa de la Ciudad de México; que de los “sesenta y cuatro temas anotados” y perdidos reconstruyó una treintena (luego fueron dieciocho y finalmente doce); que los cuentos más antiguos datan de 1976: “El verano feliz de la señora Forbes” y “El rastro de tu sangre en la nieve” —de lo mejor de entre los Doce cuentos peregrinos—, mismos que publicó “enseguida en suplementos literarios de varios países”; y que las fechas finales de cada uno corresponden al tiempo en que los empezó a escribir (entre 1976 y 1982).

       Dado que el leitmotiv de los doce cuentos son “las cosas extrañas que les suceden a los latinoamericanos en Europa”, Gabriel García Márquez dice que hizo un viaje de reconocimiento a los sitios del Viejo Continente donde ocurren los relatos: “A mi regreso de aquel viaje venturoso reescribí todos los cuentos otra vez desde el principio en ocho meses febriles en los que no necesité preguntarme dónde terminaba la vida y dónde empezaba la imaginación, porque me ayudaba la sospecha de que quizás no fuera cierto nada de lo vivido veinte años antes en Europa. La escritura se me hizo entonces tan fluida que a ratos me sentía escribiendo por el puro placer de narrar, que es quizás el estado humano que más se parece a la levitación. Además, trabajando todos los cuentos a la vez y saltando de uno a otro con plena libertad, conseguí una visión panorámica que me salvó del cansancio de los comienzos sucesivos, y me ayudó a cazar redundancias ociosas y contradicciones mortales. Creo haber logrado así el libro de cuentos más próximo al que siempre quise escribir.” 
Sin embargo, pese a su enorme e indiscutible talento, a la exultante autocomplacencia del autor y a que la mayoría son de primera, Doce cuentos peregrinos tiene textos que parecen ejercicios de aprendiz, de tallerista amateur que busca “mantener el brazo caliente”: “Espantos de agosto” y “La luz es como el agua”, muy menores si se observan en el contexto de la obra mayor y total de Gabriel García Márquez. 
Gabriel García Márquez con su mujer Mercedes Barcha Pardo y
sus hijos Gonzalo y Rodrigo cuando en Barcelona escribía
El otoño del patriarca (1975)
       No obstante, y frente el citado prefacio, se puede inferir que el verdadero acto preparatorio y los avatares del proceso creativo de los Doce cuentos peregrinos siguen siendo una experiencia íntima y secreta, pues al simple mortal todo lo que resume Gabriel García Márquez en su prólogo le resulta tan vago y difuminado, como el hecho de que nunca precisa el nombre de sus dos hijos (Rodrigo y Gonzalo) ni el de su mujer (Mercedes Barcha Pardo); ni siquiera el nombre de los cuentos que fueron artículos periodísticos, guiones de cine y el serial televisivo (mucho menos las fichas técnicas de las películas y de la serie de televisión), ni los títulos de las notas de prensa (ni menciona el medio donde fueron publicadas por primera vez ni el libro donde posteriormente fueron reunidas). Así, un curioso y tercermundista lector de a pie de las nuevas generaciones que busque acceder a tales menesteres y realizar un examen crítico del itinerario y del conjunto de las vertientes de los Doce cuentos peregrinos tendrá que hacer su propia peregrinación, pesquisa y acopio de las distintas versiones, escritas y visuales, a lo que tal vez (o ineludiblemente) añadirá una exploración biográfica, pues el propio Gabriel García Márquez menciona en su prefacio que los cuentos partieron de experiencias personales vividas por él; de ahí que en los Doce cuentos peregrinos, entre los latinoamericanos en Europa, el propio escritor esté presente, ya en la voz narrativa, en el papel de un reconocible alter ego o personaje que corresponde a sus rasgos. 

Gabriel García Márquez
         Por ejemplo, en “El avión de la bella durmiente” no es difícil reconocer al Premio Nobel de Literatura 1982 en la silueta y las cavilaciones del hombre entrado en años que se abandona a la azarosa y feliz experiencia de contemplar (casi como un rito japonés) el sueño de una bellísima y joven mujer que vuela dormida junto a él de París a Nueva York. Cuento fechado en “Junio 1982”, cuya homónima versión periodística figura en el volumen Notas de prensa. Obra periodística 5. 1961-1984 (Diana, 2003), donde se lee que fue “Publicado originalmente el 22 de septiembre de 1982.”

      Fechado en “Marzo 1980”, “Me alquilo para soñar” (cuento homónimo de un artículo reunido en el citado volumen de Notas de prensa, cuya fecha de publicación data del “7 de septiembre de 1983”) es narrado por la voz del Gabriel García Márquez de fama internacional, quien en rincones de Barcelona y en su casa de allí, vive un efímero encuentro con Pablo Neruda y su esposa Matilde durante una escala de su viaje en barco que de Nápoles los lleva a Valparaíso. La fecha de tal encuentro podría ser 1968, pues trece años antes, según narra, conoció en Viena a Frau Frida, una mujer nacida en Colombia que tiene la virtud de ver el futuro de las personas a través de los sueños que ella tiene, la cual, a través de una advertencia onírica, en 1955 lo hizo huir para siempre de la capital austríaca. Frau Frida también es pasajera del trasatlántico que va de Nápoles a Valparaíso; y a pesar de que a Neruda le resulta antipática bajo el unilateral y obnubilado dogma de que “sólo la poesía es clarividente”, el poeta y la adivina viven una borgeseana confluencia onírica, pues al unísono (y cada uno por su lado) sueñan que uno está soñando con el otro. Los años de 1955, 1968 y 1989, que es el del comienzo del cuento en La Habana, pueden deducirse porque según anota Dasso Saldívar en García Márquez. El viaje a la semilla. La biografía (Alfaguara, 1997), el Gabo de carne y hueso vivió en Viena, en septiembre de 1955, la experiencia con la mujer vidente del Caribe que le dio el personaje y el tema del cuento, pues además del vaticinio onírico que le hizo, “efectivamente, se ganaba la vida alquilándose para soñar en el seno de una familia vienesa”.
 
Gabo en le época que escribía El otoño del patriarca (1975)
Foto: Rodrigo García Barcha
      Vale añadir que en 1992, basado en el cuento “Me alquilo para soñar”, el brasileño Ruy Guerra —director de Eréndida (1983), película guionizada por Gabriel García Márquez— estrenó, con guión de éste, una homónima miniserie televisiva de seis capítulos (protagonizada por Hanna Schygulla), producida por Televisión Española y el Instituto Cubano del Arte e Industrias Cinematográficas. Y con el mismo título en 1995 se coeditó en Bogotá un libro que centralmente compila la transcripción de un taller de guión dictado y coordinado por el propio Gabo en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de Santiago de los Baños, Cuba, fundada el 15 de diciembre de 1986. 



II de III
En “Espantos de agosto” —otro de los Doce cuentos peregrinos—, pese a que la voz narrativa nunca proclama: “somos la familia García Barcha”, ni dice el nombre de cada uno de los cuatro consabidos y célebres miembros, al aficionado lector tampoco le cuesta nada suponer o advertir que los protagonistas de tal relato corresponden a las características de Gabriel García Márquez y de su mujer Mercedes Barcha Pardo y de los hijos de ambos: Rodrigo y Gonzalo, con nueve y siete años, quienes hacen una visita al histórico castillo renacentista que en Arezzo, en la campiña toscana, ha adquirido el escritor venezolano Miguel Otero Silva, donde pese a la incredulidad racional de los padres de los niños, tienen ocasión de constatar, al despertar en otro dormitorio y a través del intenso olor a fresas recientes que los rodea, que a partir de la medianoche vaga por las habitaciones del castillo el fantasma chocarrero, macabro y sanguinolento de Ludovico. 
   En “Tramontana” la voz narrativa, que a todas luces es un homónimo alter ego del escritor, observa en un cabaret de Barcelona la inequívoca y aterrorizada premonición de un jovenzuelo veinteañero del Caribe que hace todo lo posible por no retornar a Cadaqués, dado que tiene la fóbica certidumbre de que si regresa lo espera algo terrorífico y demencial, pues se da por supuesto que la tramontana es “un viento de tierra inclemente y tenaz, que según piensan los nativos y algunos escritores escarmentados, lleva consigo los gérmenes de la locura.” Tal episodio es evocado a partir de otro caso de muerte espeluznante inducida por el mismo trastorno (el suicidio del portero) que Gabo y su familia vivieron en un edificio de Cadaqués en torno a la tramontana, a quienes es posible entreverlos en el siguiente pasaje:
    “Entonces empezó el viento. Primero en ráfagas espaciadas cada vez más frecuentes, hasta que se quedó inmóvil, sin una pausa, sin un alivio, con una intensidad y una sevicia que tenía algo de sobrenatural. Nuestro apartamento, al contrario de lo usual en el Caribe, estaba de frente a la montaña, debido quizás a ese raro gusto de los catalanes rancios que aman el mar pero sin verlo. De modo que el viento nos daba de frente y amenazaba con reventar las amarras de las ventanas.
      “Lo que más me llamó la atención era que el tiempo seguía siendo de una belleza irrepetible, con un sol de oro y el cielo impávido. Tanto, que decidí salir a la calle con los niños para ver el estado del mar. Ellos, al fin y al cabo, se habían criado entre los terremotos de México y los huracanes del Caribe, y un viento de más o de menos no nos pareció nada para inquietar a nadie.”
Gabo y Mercedes con sus hijos Gonzalo y Rodrigo
(Barcelona, 1972)
        La voz narrativa de “El verano feliz de la señora Forbes” es la de un chaval de nueve años, quien con su hermano de siete, viven las exploraciones y aventuras de unas vacaciones de verano “en la isla de Pantelaria, en el extremo meridional de Sicilia”. Primero, felizmente con sus padres del Caribe y un par de nativos de la isla: Oreste, un diestro buzo y pescador veinteañero, y Fulvia Flamínea, la cocinera que siempre deambula seguida por una ronda de gatos (¿cómo olvidar a Mauricio Babilonia y las mariposas amarillas que siempre lo rondan en Cien años de soledad? —una y otra vez machacadas en el estribillo de “Macondo”, la canción que sin cesar interpreta Oscar Chávez); luego, infelizmente cuando sus padres se han ido a un viaje de “cinco semanas por las islas del mar Egeo” y se quedan encadenados al rígido régimen de la institutriz alemana contratada para el caso: la señora Forbes, quien traza el síndrome de su doble vida, demencial delirio y decadencia psíquica signada por los poemas de Schiller, la cual concluye en un lunático y patético charco de sangre (recibió 27 puñaladas). 

        Pues bien, tampoco hay que romperse la crisma para suponer y entrever que para narrar “El verano feliz de la señora Forbes”, Gabriel García Márquez lúdicamente tomó como modelos las infantiles identidades de sus dos hijos: Rodrigo y Gonzalo, el primero nacido en Bogotá, el 24 de agosto de 1959, y el segundo en la Ciudad de México el 16 de abril de 1962. Así, el chiquillo de nueve años, quien encarna la voz narrativa, burlonamente describe a su papi como “un escritor del Caribe con más ínfulas que talento” y a su mamita: “siempre tan humilde como lo había sido de maestra errante en la alta Guajira”. Pero también formula su reclamo y lamento ante la rutina gris, de camisa de fuerza, manita de puerco y tortura china, que les espera bajo la férula y el látigo de la señora Forbes: “De modo que ninguno de los dos debió preguntarse con el corazón cómo iba a ser nuestra vida con una sargenta de Dortmund, empeñada en inculcarnos a la fuerza los hábitos más rancios de la sociedad europea, mientras ellos participaban con cuarenta escritores de moda en un crucero cultural de cinco semanas por las islas del Mar Egeo.”  
          En “La luz es como el agua” descuellan dos niños: “Totó, de nueve años, y Joel, de siete”, en cuyo trazo tampoco es aventurado suponer que subyacen las siluetas de Rodrigo y Gonzalo, pues los papitos de Totó y Joel son un par de colombianos en cuya modesta casa de Cartagena de Indias “hay un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes”; mientras que en Madrid, donde ocurre el cuento, viven apretujados con sus dos estudiosos hijitos “en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana”. Según dice la voz narrativa, alter ego del Gabriel García Márquez, “Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
“—La luz es como el agua —le contesté—: uno abre el grifo, y sale.”
Así, cuando los padres de los niños se van al cine, a éstos les da por llenar el departamento con chorros de luz y con su bote de aluminio y su equipo de buceo juegan a navegar y a bucear “como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas”, e incluso rescatan “del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad”. Lo más descabellado del caso, también para el feliz regodeo de los reporteros de nota roja, ocurre un miércoles en que los padres han ido a ver La batalla de Argel y los niños abren tantas luces que provocan una inundación interior y un desbordamiento exterior, de modo que “la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.” Por si fuera poco la desmesura de “realismo mágico”, “todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario” se ahogó ese miércoles “en el quinto piso del número 47 del Paseo de la Castellana”.




III de III
Uno de los textos más célebres de los Doce cuentos peregrinos es “Sólo vine a hablar por teléfono”, esto por la distinta (pero afín) versión cinematográfica titulada María de mi corazón (1979), con guión de Gabriel García Márquez y Jaime Humberto Hermosillo, dirigida por éste y protagonizada por María Rojo (María Torres López) y Héctor Bonilla (Héctor Roldán). Otro texto famoso es “La santa”, por la versión cinematográfica Milagro en Roma (1988) —también con sus obvias variantes—, con guión de Gabriel García Márquez y Lisandro Duque Naranjo, dirigida por éste y protagonizada por Frank Ramírez (Margarito Duarte), Amalia Duque García (la niña Evelia Duarte), Gerardo Arellano (el tenor Antonio de Duque y Terán) y Lisandro Duque Naranjo (secretario de la embajada de Colombia en Roma).  
Gabriel García Márquez cuando era reportero de El Espectador
y publicó en Bogotá su primera novela La hojarasca (1955)


        En García Márquez. El viaje a la semilla. La biografía (Alfaguara, 1997), Dasso Saldívar le recuerda al lector que los gérmenes de la historia que muchos años después sería “La santa” fueron vividos por el cataquero a partir de agosto de 1955, cuando en su flamante papel de corresponsal en Europa de El Espectador se había instalado en Roma, precisamente en una pensión del “tranquilo barrio de Parioli, cerca de la Villa Borghese”, donde también habitaba el tenor colombiano Rafael Ribero Silva y a donde arribó, recomendado por el cónsul de Colombia, la persona que se trasformaría en el Margarito Duarte del cuento, quien “había llegado desde su lejano pueblo de los Andes colombianos, gracias a una colecta pública, por un motivo más serio: alcanzar la canonización del cuerpo de su hija muerta a los siete años”, desenterrada años después con el cuerpo intacto, por lo cual hacía todo lo posible por vencer los mil y un impedimentos y a la burocracia eclesiástica y lograr por fin una entrevista con el Papa. De ahí que en el cuento figure un personaje con el nombre y las características del tenor colombiano y que sea narrado por un personaje que responde a los rasgos de Gabriel García Márquez, y que más o menos a imagen y semejanza del escritor de carne y hueso intenta estudiar guión en el Centro Experimental de Cinematografía. —Según Dasso Saldívar, Gabo sólo pudo haber estudiado allí alrededor de dos meses: de finales de octubre a finales de diciembre de 1955, pues a partir de las Navidades de ese año se trasladó a París, donde, en medio de su problemática para subsistir, escribiría El coronel no tiene quien le escriba (Aguirre Editor, 1961)—.
    En el relato la niña muerta fue exhumada después de once años y su cuerpo aún se halla intacto, carece de peso, sus ojos abiertos parecen que miran a quien la ve y aún despide el vaho de las rosas frescas con que otrora la enterraron (y así permanece después de veintidós años). 
   Tiene razón Dasso Saldívar cuando señala que en el cuento Gabriel García Márquez “no ahonda para nada en la vida llevada por Margarito Duarte en Roma mientras espera la presunta canonización de su hija incorrupta, por lo que, la conclusión de que el verdadero santo es él y no su hija, no resulta verosímil, pues tendría que habérnoslo dicho el relato y no el autor en una intromisión que resulta arbitraria.” 
 
Cesare Zavattini
       Ahora que si bien en el cuento (no en la vida real) el joven estudiante de cine fue alumno de Cesare Zavattini, quien también figura como un personaje que especula sobre el argumento de una probable película basada en Margarito Duarte y su niña muerta, también resulta inverosímil que veintidós años después en un almuerzo que el narrador tiene en Roma con “la nueva gente de cine” nadie sepa quién fue (y es) Zavattini, pues se trata de la mancuerna de Vittorio de Sica, uno de los grandes directores del neorrealismo italiano, sin la cual son inconcebibles varios de sus grandes filmes, que son clásicos de todos los lugares y tiempos, tales como Ladrón de bicicleta (1948) y Milagro en Milán (1951). Desde luego que existen los desmemoriados y los ignorantes, no sólo en la célebre Escuela Internacional de Cine y Televisión de Santiago de los Baños, en Cuba, donde Gabo dio cátedra en el taller de guión; pero entre la sucesiva “nueva gente de cine” nunca falta el geniecillo tercermundista, incluso jarocho, que se las sabe de todas a todas, aún las por inventar.   
Vittorio de Sica
       En El viaje a la semilla, Dasso Saldívar varias veces cita y remite al libro Notas de prensa 1980-1984 (1991) de Gabriel García Márquez; por ejemplo, en el caso del tenor Rafael Ribero Silva, en el caso de Margarito Duarte y en el caso de los diecisiete ingleses envenenados que también descuellan en el cuento “Diecisiete ingleses envenenados”. 
En tal cuento, Prudencia Linero, una anciana de 72 años, llega al puerto de Nápoles, viaje que hizo en barco (“dieciocho días de mala mar”) desde el puerto de Riohacha (donde el 7 de febrero de 1864 nació el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, el abuelo materno de Gabo, fallecido en Santa Marta el 4 de marzo de 1937, dos días antes de que el futuro escritor cumpliera diez años de edad). Como el destino de Prudencia Linero es Roma para ver al Papa, desciende del buque ataviada con las sandalias, el sayal y el cordón de San Francisco, pues le ha prometido a Dios vestir así por el resto de sus días si le concede la gracia de ver al Sumo Pontífice. Como se encuentra obligada a esperar al cónsul de su país, se ve impelida a instalarse en “el hotel más decente de Nápoles”, que resulta ser “un vetusto edificio de nueve pisos restaurados, en cada uno de los cuales había un hotel diferente”. El maletero la lleva al tercer piso, donde se halla el único hotel con comedor. Pero al salir del ascensor la víscera cardiaca se le engurruña: “Un grupo de turistas ingleses de pantalones cortos y sandalias de playa dormitaban en una larga fila de poltronas de espera. Eran diecisiete, y estaban sentados en un orden simétrico, como si fueran uno solo muchas veces repetido en una galería de espejos. La señora Prudencia Linero los vio sin distinguirlos, con un solo golpe de vista, y lo único que le impresionó fue la larga hilera de rodillas rosadas, que parecían presas de cerdo colgadas en los ganchos de una carnicería. No dio un paso más hacia el mostrador, sino que retrocedió sobrecogida y entró de nuevo al ascensor.” Pide que el maletero la lleve a otro hotel, que resulta ser el quinto piso. Ese mismo domingo del mes de agosto de su llegada a Nápoles, después de haber comido en una fonda al aire libre (donde coincide con un cura pobre y gorrón) y de vivir ciertos avatares, Prudencia Linero regresa al hotel dispuesta a llorar a pierna suelta y se encuentra con la dramática noticia: todos los del tercer piso, incluidos los diecisiete ingleses, “se envenenaron con la sopa de ostras de la cena”.
Mercedes Barcha Pardo y Gabriel García Márquez
(Barcelona, c. 1972)
        Para concluir esta fragmentaria y caprichosa nota sobre algunos de los Doce cuentos peregrinos, vale citar el pasaje de El viaje a la semilla donde Dasso Saldívar refiere el suceso de los diecisiete ingleses envenenados vivido por Gabriel García Márquez el último domingo de julio de 1955, día que llegó a Roma (en Ginebra, donde cubrió su primera misión como corresponsal en Europa de El Espectador, “el diario le telegrafió diciéndole que se fuera a Roma por si el Papa se moría de hipo”), segmento que a su vez cita trozos de “Roma en verano”, artículo de Gabo reunido en el volumen Notas de prensa. Obra periodística 5. 1961-1984 (Diana, 2003), “Publicado originalmente el 9 de junio de 1982”:

 
(Diana, México, 2003)
  “El calor que lo sorprendió en la estación, aquel domingo último de julio, no tenía la humedad de Barranquilla, pero era igualmente infernal. O tal vez peor, porque eran treinta y cinco grados de calor amasados con el polvo milenario de la ciudad. ‘Esto es igual que Aracataca’, se dijo mientras buscaba a algún esquirol que le ayudara a cargar sus maletas de trotamundos en la ciudad paralizada. Lo encontró, y con él, al primer guía, que lo condujo hasta un modesto hotel de la cercana Via Nazionale.
   “‘Era un edifico muy viejo y reconstruido con materiales varios’, recordaría él, ‘en cada uno de cuyos pisos había un hotel diferente. Sus ventanas estaban tan cerca de las ruinas del Coliseo, que no sólo se veían los miles y miles de gatos adormilados por el calor en las graderías, sino que se percibía su olor intenso de orines fermentados. Mi buen acompañante, que se ganaba una comisión por llevar clientes a los hoteles, me recomendó el del tercer piso, porque era el único que tenía las tres comidas incluidas en el precio [...] Eran las cinco de la tarde y en el vestíbulo había diecisiete ingleses sentados, todos hombres y todos con pantalones cortos, y todos cabeceando de sueño. Al primer golpe de vista me parecieron iguales, como si fuera uno solo repetido dieciséis veces en una galería de espejos; pero lo que más me llamó la atención fueron sus rodillas óseas y rosadas [...] Sin embargo, no sé qué rara facultad oculta del Caribe me sopló al oído que aquella sucesión de rodillas rosadas era un mensaje aciago. Entonces le dije a mi compañero que me llevara a otro hotel donde no hubiera tantos ingleses sentados en el vestíbulo, y él me llevó sin preguntarme nada al piso siguiente. Esa noche, los diecisiete ingleses y todos los huéspedes del hotel del tercer piso se envenenaron con la cena.’”


Gabriel García Márquez, Doce cuentos peregrinos. Editorial Diana. 8ª impresión. México, noviembre de 1993. 248 pp.