sábado, 23 de febrero de 2013

Hombre lento




Apúntese al club de corazones solitarios

Hombre lento, novela del escritor sudafricano J.M. Coetzee (Ciudad del Cabo, enero 9 de 1940), apareció en inglés, en 2005, editada en Nueva York por Peter Lampack Agency, Inc. Y ese mismo año, traducida al español por Javier Calvo, fue editada en España por Random House Mondadori y al año siguiente en México, junto con un disco compacto (coeditado con Librerías Gandhi) que reproduce el discurso que J.M. Coetzee leyó al recibir el sonoro Premio Nobel de Literatura 2003.
Disco compacto con el discurso que J.M. Coetzee leyó
al recibir el Premio Nobel de Literatura 2003
Dispuesta en 30 capítulos numerados, Hombre lento quizá sea la novela más light y trivial de su abultada obra narrativa. Paul Rayment, un sesentón ex fotógrafo de origen francés y coleccionista de fotografía, un día del año 2000 pedalea su bicicleta por Magill Road —una calle de Adelaida, Australia— cuando un auto lo embiste y provoca la rápida e ineludible amputación de su pierna derecha (el muñón queda arriba de su rodilla). Tal doloroso y traumático drama, narrado al inicio de la novela, hace suponer que el lector accederá a las menudencias y vericuetos psicológicos, circunstanciales e inmediatos de su nueva condición física (a todas luces residual). Y en cierta medida es así; pero lo que cobra mayor relevancia a largo de las páginas y del grueso de la narración, no es el dolor ni el calvario ni la angustia ni la desventura corporal y psíquica del protagonista adaptándose a sus nuevas condiciones físicas y psicológicas, sino la comedia de equívocos y enredos (y hasta de Perogrullo) en que su vida sentimental, íntima y cotidiana se ve inmersa; y más aún: hay en ello un matiz fantástico y ficticio que trastoca y trasmina el realismo de la historia y la transforma en una alegoría de la vejez y de ciertas desventuras consubstanciales a ella.
El perder la pierna no implica para Paul Rayment enfrentarse a deficiencias médicas y sanitarias ni a embrollos burocráticos ni a la necesidad de trabajar para confrontar sus gastos. Su seguro de vida y su solvencia pecuniaria de viejo jubilado le brindan los sustentos que requiere y por ende puede proveerse de una enfermera especializada que en su cómodo departamento (con aire acondicionado) le brinda terapia física y servicio doméstico. Es así que la narración discurre por ámbitos realistas hasta el final del capítulo 12, cuando Paul Rayment le ofrece a Marijana Jokić, su diestra y eficaz enfermera croata, pagar la educación de su hijo Drago (de 16 años), desde el oneroso internado y “hasta que se gradúe como oficial de la marina”. La razón (y se lo confiesa): se ha enamorado de ella. Pero la mujer, nada más oírlo, se marcha, ipso facto, con Ljuba, su pequeña hija. 
Al día siguiente, en el capítulo 13, Marijana no regresa a trabajar, ni contesta el teléfono ni le devuelve la llamada que hace a su casa en el distrito obrero de Munno Para. Pero quien ese mismo día llega a su departamento en Coniston Terrace, Adelaida Norte, es una tal Elizabeth Costello (protagonista de la novela homónima que J.M. Coetzee publicó en 2003), quien sin invitación y sin que Paul Rayment la conozca, se instala allí dispuesta dizque a guiar y a corregir los retorcidos renglones de su vida. Y es con tal intrusa y su cometido donde el sentido realista se altera y se rompe. Y esto es así porque la Costello, que también es una anciana sesentona, conoce, en buena proporción, los íntimos secretos de Paul Rayment, los que no le ha contado a nadie (como es el caso de la erógena ciega que él vio y olió en un ascensor del hospital y que luego ella, sin que él se lo pida, le contrata como prostituta a domicilio), y porque observa una conducta omnisciente, absurda e imposible, tanto en ciertos intríngulis y antagonismos de sus conversaciones, como por el hecho de que, pese a que se supone que es una escritora con libros y fama y a que tiene una “bonita y antigua casa” en Melbourne, opte por subsistir en los parques públicos con los inconvenientes de una desvalida vagabunda que carece de un centavo, mientras, a imagen y semejanza de una obsesa que no tiene otra cosa en qué ocuparse, alterna y asedia la cotidianeidad y los propósitos íntimos y personales de Paul Rayment y su departamento. 
En medio de la efímera visita de la hetaira ciega (él paga 450 dólares por el manoseo y el servicio y previamente tiene que ponerse “una hoja de limón sobre cada ojo” y vendarse los ojos con una media de nailon de la Costello), Paul Rayment, se pregunta: “¿por qué estamos dejando que alguien a quien apenas conocemos dicte nuestras vidas?” En el mismo tenor pusilánime en donde él es el títere que la Costello mueve, más adelante divaga sobre la posibilidad de que la narradora lo esté utilizando para construir un personaje de un libro en ciernes. E incluso en que tal vez ella no exista y que él ya haya muerto. Sin embargo, tal ficticio tejemaneje implica y desvela lo relevante y trascendente: que la escritora Elizabeth Costello, con su desfachatez, locura y contradicciones, es alter ego del verdadero titiritero y ventrílocuo: el escritor John Maxwell Coetzee, y que Hombre lento es sólo un artilugio literario donde el narrador, prestidigitador nato, hace y deshace a su antojo. 

(Random House Mondadori, 1ra. edición mexicana, 2006)
Luego de un breve tiempo de hacerse la ofendida y desaparecida, Marijana regresa al departamento de Paul Rayment, pero no para trabajar de inmediato, sino para dejarle un folleto del Wellington Collage, el costoso internado que ha elegido su hijo Drago. Esto desencadena una tormenta doméstica en casa de los Jokić: Miroslav, el marido de Marijana, golpea a su mujer y ella se refugia en casa de su cuñada, que no la aprecia. Y Drago, con una mochila a cuestas, no tarde en pedirle refugio a Paul Rayment. Y el anciano solitario y cojo, que añora la paternidad que no procuró, le brinda cobijo en su estudio y pronto la estancia del adolescente altera el orden y el sosiego del departamento, pues además de que a veces Marijana deja allí a la pequeña Ljuba, Drago lleva a un compinche, y por ende sus charlas y ruidos los tiene que soportar el viejo, aún en las horas del supuesto descanso y sueño. 
Miroslav, quien es obrero montador en una fábrica de autos, vigila, en su astrosa camioneta, en las inmediaciones del edificio donde vive Paul Rayment. Éste lo invita a hablar; y el dialogo desvela que el enojo del croata no es por ver humillado su honor de macho ante el préstamo a plazo indefinido y sin intereses que pagará el internado de Drago (Miroslav, incluso, conviene con Paul la creación bancaria de una cuenta de fideicomiso), sino los celos y la inseguridad (pese a sus 18 años de matrimonio) ante la creencia de que su mujer está “en proceso de ser embaucada, para alejarse de su corazón y de su hogar, por un cliente forrado de dinero y familiarizado con el mundo del arte y de los artistas” y que “el elegante entorno de Coniston Terrace le está enseñando a despreciar el mundo de la clase obrera de Munno”. 
Además de las abundantes digresiones y de las pinceladas y anécdotas biográficas sobre la idiosincrasia, el pasado y el presente de Paul Rayment (muy pocas sobre la Costello y los Jokić), la novela ilustra dos episodios en que el hecho de estar cojo, viejo y solo conlleva sus inconvenientes. Una le ocurre cuando al ducharse con su andador Zimmer, éste se resbala y él “cae y se golpea en la cabeza contra la pared” y no puede levantarse. Por fortuna logra telefonear a Marijana, quien va, lo auxilia y apapacha. Él le pide que se quede toda la noche, pero ella le dice que su caída no es una urgencia médica. Y entre el debate en que el anciano cojo le reitera su amor, ella se va; pero antes le recomienda que se apoye en una amiga y que si tiene necesidades mayores que cogerle la mano, que se apunte en un “club de corazones solitarios” y le resume su triste y asfixiante rutina: “¿Cree que sabe cómo es ser enfermera, señor Rayment? Todos los días cuido de señoras mayores, ancianos, los lavo, les quito la porquería, mejor no digo detalles, cambio las sábanas y les cambio la ropa. Y siempre estoy oyendo ‘Haz esto, haz eso, trae esto, trae eso, no me encuentro bien, trae pastillas, trae vaso de agua, trae taza de té, trae manta, quita manta, abre ventana, cierra ventana, no me gusta esto, no me gusta eso’. Llego a casa cansada hasta los huesos, suena teléfono, a cualquier hora, mañana o noche: ‘Es urgencia, ¿puede venir...?’”
El otro episodio le ocurre a la mañana del día siguiente. Paul, que no pudo dormir (la pasó “Angustiado, lleno de remordimientos, dolorido, incómodo”), al verse corroído por la necesidad de orinar y el dolor de espalda, “con medio cuerpo en la cama y medio cuerpo fuera”, “se rinde y se orina en el suelo”. Así enredado y vergonzante lo encuentra Drago, quien llega a recoger la bolsa con sus últimas cosas. El chaval lo auxilia con los menesteres inmediatos y Paul no puede reprimir “un acceso de llanto”, de “llanto de anciano”. 
En la idealización amorosa y protectora que vive Paul Rayment, le escribe una carta a Miroslav Jokić, donde le reitera su apoyo monetario para la educación de Drago y quizá también para sus dos hijas: la pequeña Ljuba y la adolescente Blanka. En su papel de padrino, le solicita “una llave de la puerta de atrás”, pues, dice, “no albergo ningún plan para quitarle a su mujer y a sus hijos. Tan solo le pido poder rondar por ahí, abrir mi pecho, cuando esté usted ocupado en otro lugar, y derramar las bendiciones de mi corazón sobre su familia.”
Pero también le solicita que Drago le devuelva una foto antigua de su valiosa colección (cuyo total donará, tras su muerte, a la Biblioteca Estatal de Adelaida), impresión original hecha por el propio Antoine Fauchery (1823-1861), nada menos, cuyo sustracción fue advertida por la Costello. Para Paul se trata de un robo, aunque no irá a la policía; mientras que la Costello colige la probabilidad de que se trate de una broma de adolescentes urdida entre Drago y su compinche. En el sitio donde estaba la impresión original, los chavales dejaron un fotomontaje, una copia manipulada en la computadora donde se aprecia el rostro de Miroslav Jokić “vestido con una camisa abierta y un sombrero, y además con bigote, codo con codo junto a aquellos mineros de Cornualles e Irlanda de cara adusta que vivieron en una época remota.”
Incitado por la Costello, ella y Paul van en taxi a la casa de los Jokić a reclamar la foto y a reiterar el padrinazgo de él. La actitud de Marijana, además de que vuelve a deducir con acierto las intenciones amorosas y humanas de Paul, no es la de una fémina que supuestamente en Croacia estudió pintura y fue restauradora de arte, sino la tozudez de una inculta ama de casa que no puede distinguir entre una fotocopia y una invaluable e histórica impresión vintage; y más aún: se ofende, no por el latrocinio de Drago, sino porque según ella “aporrean la puerta como policía” y porque el padrino “ahora dice que le robamos”. 
A tal meollo se añaden dos corolarios. Uno es que al término de tal visita Paul descubre que Drago, con cierta ayuda de su padre, está por concluir la construcción de un triciclo, regalo para el anciano cojo, para que, moviéndolo con las manos, pueda desplazare en ese artefacto algo chusco y ridículo, en cuyo tubo tiene pintado “con unas letras que sugieren artísticamente el impulso del viento: ‘PR Exprés’”. La pequeña Ljuba pregunta por el significado. “PR, el Hombre Bala”, le responde Paul Rayment. Pero la niña, sonriéndole, le apostrofa la dramática verdad: “¡Usted no es el Hombre Bala, es el Hombre Lento!”
J.M. Coetzee
El otro corolario es que Elizabeth Costello, no sin patetismo, insiste en que ella y el anciano pueden vivir juntos, ya en Melbourne o en otro sitio, signados por “Los cuidados del amor”. Pero él se niega porque, dice, “esto no es amor. Es otra cosa. Es menos que amor.”


J.M. Coetzee, Hombre lento. Traducción del inglés al español de Javier Calvo. Literatura Mondadori (281), Random House Mondadori. 1ª edición en México, 2006. 264 pp.







Todos los nombres




Todos somos el burócrata desconocido

De 1997 data la primera edición en portugués de Todos los nombres, novela del lusitano José Saramago [nacido en Azinhaga, Santarém, Portugal, el 16 de noviembre de 1922; muerto en Tías, isla de Lanzarote, España, el 18 de junio de 2010]. Y de 1998 data la primera edición en castellano, traducida por la española Pilar del Río, esposa del escritor. 
José Saramago y Pilar del Río
En medio del protagonismo y del trabajo autopublicitario que una y otra vez despliega en México, José Saramago parece ser un hombre sencillo y con una gran simpatía y solidaridad hacia la beligerancia otrora armada y ahora política del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional). Es por ello que para cientos de lectores no es difícil admirarlo o simpatizar con él desde los sótanos y las catacumbas de la masa anónima y que casi parezca un sacrilegio que una novela suya, nada menos que del rimbombante Premio Nobel de Literatura 1998, no le guste a este ínfimo reseñista (más xalapeño que el chile jalapeño).
El reseñista confiesa que hasta ahora [mayo 17 de 2001] sólo ha leído y reseñado un puñado de libros de la abundante bibliografía de José Saramago: Memorial del convento (1982), El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), El Evangelio según Jesucristo (1991), Ensayo sobre la ceguera (1995), El cuento de la isla desconocida (1998) y ahora Todos los nombres, que le resulta el más soporífero y el menos afortunado de tal conjunto, pese a que según ha dicho el autor y la sonora publicidad, es la segunda parte de la trilogía integrada por Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres y La caverna (2000), con la que según la nota anónima de Alfaguara, José Saramago “deja escrita su visión del mundo actual, de la sociedad humana tal como la vivimos.” Y quezque “En definitiva: no cambiaremos de vida si no cambiamos la vida.”
(Punto de lectura, España, 2000)
Todos los nombres es una novela lineal, gris, plagada de palabrería, circunloquios, digresiones y ripios, no obstante que el autor parece muy autocomplacido e inspirado rellenando páginas y páginas. El protagonista, un burócrata microscópico e intrascendente, es el único personaje del que la voz narrativa dice su nombre: don José, con 50 años de edad, 25 de ellos trabajando de simple escribiente en la Conservaduría General del Registro Civil de una incierta y antigua ciudad de un pequeño país, cuyos borrosos modelos quizá sean Lisboa y Portugal. Don José, con escasa cultura, repleto de fobias y prejuicios, solitario y pobretón, subsiste en una astrosa covacha que colinda con el edificio de la Conservaduría, separado tan sólo por una delgada puerta condenada por donde podría entrar (y retornar) al sitio de su empleo. Aparte de su chamba y de sobrevivir sin mayor pena ni gloria, en su reducido y fétido cuchitril cultiva un único hobby (su subliminal fetichismo) con el que lastimosamente mata las horas libres de cada día: colecciona recortes de periódicos y revistas con noticias de personajes famosos de su país elegidos por su limitado criterio. Un día decide darle mayor fundamento, según él, a los datos de los héroes de su colección, añadiendo a cada expediente la copia del acta de nacimiento de cada uno y otros informes particulares (como el bautizo, el casamiento y el divorcio), por lo que se permite usar la llave que abre y cierra la puerta condenada que comunica su casucha con el interior de la Conservaduría General del Registro Civil. 
En esas inocuas tareas subrepticias (de ratón de archivo) aún se halla, cuando sin buscarlo ni quererlo se trae a su casucha, entre otros papeles de la Conservaduría, la ficha de una mujer desconocida de 36 años, cuyos datos copia y se torna su onírica, insomne y delirante obsesión, pues emprende la pálida odisea de localizarla para que de viva voz le cuente los pormenores su vida de mujer desconocida. Búsqueda que implica el inconsciente y recóndito anhelo de encontrar su media naranja: el amor de la mujer ideal que nunca ha vivido en su trayecto de eterno solitario y burócrata de escasos recursos. 
José Saramago y Pilar del Río
Los episodios y giros de la torpe, timorata, fóbica y prejuiciosa pesquisa que don José realiza (falsificación de credenciales, impostura de personalidad, engaño a varios informantes, asalto nocturno a un colegio y robo de boletas de calificaciones, intromisión en el departamento de la mujer desconocida, entre otros que puede descubrir el lector por su cuenta) son de lo más infelices y simplones, tan infelices y simplones, como los devaneos interiores de su oscura, subterránea, torpe, timorata, fóbica y prejuiciosa subsistencia de burócrata desconocido perdido en los oscuros meandros de la masa anónima de los burócratas desconocidos habidos y por haber. 
Según la contraportada, “Todos los nombres es a todas luces una novela psicológica, en la que el autor traza un perfecto retrato del funcionario don José y a la vez una crítica irónica de la burocracia.” Pero si bien la novela traza un retrato del burócrata don José, no es una novela psicológica; no se sabe nada, por ejemplo, de los rasgos de su rostro y de su cuerpo, nada de su niñez, de su adolescencia, de su juventud, de su formación, de los traumas de su vida familiar, de su vida sexual y desarrollo psicosexual, como para elaborar indicios o el rompecabezas de un cuadro psicopatológico o psicoanalítico, además de que no hay introspección en su mundo interior, ni reveladores monólogos interiores, pese al relato de algunas de sus pesadillas y sueños y a sus solitarias divagaciones en las que a veces la voz narrativa le inventa un artificial e inverosímil alter ego con el que dialoga y debate consigo mismo, como es el caso del sabihondo y dicharachero techo de su cuchitril, quien le llega a decir: “los techos de las casas son el ojo múltiple de Dios”, o sea: omnisciente y ubicuo. 
José Saramago
Y en cuanto a la supuesta “crítica irónica de la burocracia”, hay que decir que esto es relativo, pues además de que en la Conservaduría General del Registro Civil sólo trabajan unos cuantos empleados (ocho escribientes, cuatro oficiales, dos subdirectores y el jefe), su rígida, ritual, cabizbaja y minusválida conducta de autómatas incapaces de pensar y de tomar decisiones por sí mismos y por las condiciones laborales que imperan, más bien parecen el minúsculo y retorcido reflejo de un país totalitario, pues los grises burócratas, además de egoístas, gandallas y delatores entre sí, pueden ser humillados por el jefe, castigados o despedidos por él a la menor provocación y por la más minúscula burrada. O sea que el jefe se comporta y pavonea a imagen y semejanza de un despótico y arbitrario dictadorzuelo de baja estofa que hace y deshace a su antojo, apoyado por las añejas costumbres y por el reglamento disciplinario con malolientes visos militaroides; a lo que se añade el hecho de que una de sus ocupaciones primordiales es espiar, a imagen y semejanza de un pernicioso policía, los hábitos personales y los movimientos íntimos de sus subalternos. 
Esta perspectiva, desde luego, es de las licencias imaginarias de José Saramago, como la circunstancia de que en la Conservaduría General del Registro Civil de Todos los Nombres, pese a poder modernizarse y a que constantemente aumenta el volumen de los archivos de los vivos y de los muertos, aún trabajan a la antigüita, sólo por preservar la rancia tradición; es decir, los armarios y los estantes son de madera, no hay máquinas de escribir y mucho menos computadoras e Internet, y los burócratas todavía usan plumas que introducen en tinteros y que empuñan sobre papel secante. O el caso del descomunal y ciego muro posterior que es derrumbado para levantar otro, cada vez que a la Conservaduría le falta espacio para más anaqueles, que son altísimos, y por ende los escribientes tienen que subir a lo alto con una escalera y atados a una cuerda y con una lámpara de mano; además de que existe otra lámpara más poderosa y otra cuerda mucho más larga llamada hilo de Ariadna (epítome inverosímil entre incultos burócratas) que utilizan atada al tobillo para no extraviarse en la laberíntica y densa oscuridad del archivo de los muertos, pues podrían morir perdidos como niños abandonados en el nocturno bosque plagado de sombras, alimañas y fieras salvajes, o apachurrados por montones de papeles como cucarachas kafkianas. Hay que destacar, además, que en el archivo de los muertos predomina el caos y el descuido de ciertos burócratas, lo cual conforma una contradicción y una paradoja ante el orden del archivo de los vivos y frente a lo imperioso del reglamento disciplinario y de las exigencias del jefe, siempre rigurosamente bien vestido y rasurado y sin un minúsculo cabello fuera de su lugar.
Pero la vertiente imaginaria se torna aún más exagerada y enloquecida en el complicado laberinto que es el Cementerio General, cuyos extensos brazos de monstruoso pulpo se enredan en espacios de la urbe otrora destinados a los vivos, por lo que éstos, para no perderse al enterrar o al visitar a los suyos, tienen que valerse de un mapa.  
El insípido y desconocido don José llega a ir al Cementerio debido a que en su búsqueda de la mujer desconocida se topa con su recién e incomprensible suicidio. En la sección de los suicidas del Cementerio, don José cree encontrar la sepultura de la inasible y evanescente fémina, incluso pasa la noche allí hecho un ovillo en el tronco de un olivo; pero a la mañana siguiente un pastor con su rebaño que pasa por donde se halla le revela la imposibilidad de localizar la tumba de la mujer desconocida, pues todos los nombres que se leen en las lápidas de mármol no corresponden a los restos enterrados, debido a que el mismo pastor cambia a su antojo los números de las sepulturas antes de que los enterradores del Cementerio coloquen las piedras con los nombres grabados. Antes de irse de allí, ya solo, don José cambia de nuevo el número que tenía el falso túmulo de la mujer desconocida, con la esperanza de que la casualidad haga que el pastor, cuando de nuevo meta la mano para modificar los números, regrese a su sitio la cifra que le corresponde a la mujer de sus desvelos y sueños. 
Pilar del Río
Cabe añadir que cuando don José engaña a los padres de la suicida y logra entrar en el departamento donde ella vivió, se exacerba su fetichismo y el lúbrico apetito que inconscientemente le daba impulso en su búsqueda de la mujer desconocida y demás fantaseos, pues cuando ya está allí “piensa que si abre el armario no resistirá al deseo de recorrer con los dedos los vestidos colgados, así, como si estuviese acariciando las teclas de un piano mudo, piensa que levantará la falda de uno para aspirarle el aroma, el perfume, el simple olor”. Cosa que ejecuta con deleite (música para el tacto y el olfato) cuando ya se encuentra en el borde de la cama y una y otra vez desliza “la mano despacio por el embozo bordado de la sábana”. Y tras abrir el armario, mete el rostro entre los vestidos y aspira la fragancia. Y luego, al suponer que pasará la noche en el lecho donde dormía ella, no elude pensar en un sueño erótico y en una satisfacción onanista. 
Cuando don José deja el departamento de la suicida y retorna a su cuchitril, pese a que es domingo, el jefe de la Conservaduría se ha metido a su covacha y lo espera allí, sentado a la mesa, con las inculpatorias pruebas del inofensivo crimen: las falsas credenciales, las fichas escolares de la mujer desconocida robadas en el colegio, el cuaderno de apuntes donde don José puntualmente ha registrado sus culpables actos y sus íntimas pulsiones, y algunos documentos oficiales extraídos de la Conservaduría General del Registro Civil. Pero, oh paradoja, el despótico jefe, el auténtico y despiadado policía que no le perdonaría la vida ni a su propia mamita ni a su propia abuelita, no lo despide en un tris de su mugrienta chamba ni acepta la renuncia del diminuto subalterno, sino que se vuelve cómplice de sus fraudulentos y pecaminosos actos de burócrata solitario y desconocido, e incluso le enmienda la página, pues le sugiere “hacer para esta mujer una ficha nueva, igual que la antigua, con todos los datos exactos, pero sin la fecha del fallecimiento”, y que luego la coloque “en el fichero de los vivos como si ella no hubiese muerto”; por lo que prácticamente le ordena a don José que busque y halle la extraviada acta de defunción de la mujer desconocida y que la destruya. Atrevida y valiente misión que don José, una vez que el conservador se ha marchado, ni tardo ni perezoso se dispone a realizar yendo de su pocilga a la Conservaduría, donde en la mesa del jefe abre el cajón y toma la potente linterna y el hilo de Ariadna; luego se ata al tobillo la punta del hilo y avanza heroico hacia la terrorífica y laberíntica oscuridad. Suerte, pues podría no encontrar el acta de defunción o morir despanzurrado. 
José Saramago y Pilar del Río

José Saramago, Todos los nombres. Traducción del portugués al español de Pilar del Río. Punto de lectura. España, 2000. 352 pp.





sábado, 9 de febrero de 2013

La insoportable levedad del ser




La soledad en que vaga el hombre

                              
I de II
“Si un hombre, llevado por su sentido de la belleza, convierte un acontecimiento... en un motivo que pasa ya a formar parte de la composición de su vida. Regresa a él, lo repite, lo varía, lo desarrolla como el compositor el tema de su sonata”, este suceso es para Milan Kundera (en buena parte de su obra narrativa y ensayística) el drama de Checoslovaquia, su territorio natal y, por ende, el de su persona. Así, en su novela La insoportable levedad del ser, publicada en checo en 1984 y en español en 1985, Milan Kundera (nacido en Brno, en 1929, y exiliado en París desde 1975) volvió a hablar de las atrocidades cometidas, en su país de origen, por el totalitarismo del imperio dizque comunista de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). 
(Tusquets, Barcelona, 1985)
Centrada en cómo se transformó la cotidianidad de los habitantes de Checoslovaquia tras el fracaso del intento democratizador que pugnó el movimiento de la Primavera de Praga y que la invasión de las tropas y tanques del Pacto de Varsovia (orquestadas desde el Kremlin), entre el 20 y el 21 de agosto de 1968, se encargaron de interrumpir (Kundera perdió su empleo de profesor en la Escuela de Estudios Cinematográficos y sus libros fueron prohibidos), La insoportable levedad del ser implica una indagación histórico-política, pero también existencial y metafísica al contrastar y cuestionar algunas minucias esenciales de ciertos mitos del Antiguo Testamento.
Milan Kundera
“Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación de lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido el mundo”, afirma Kundera; y para sustentar esta idea acude a un recurso entonces ya observado en su narrativa traducida al español —La vida está en otra parte (Seix Barral, 1979), El libro de la risa y el olvido (Seix Barral, 1982)—: la novela-ensayo, especie de reflexión imaginaria, light, filosófica, política e histórica. En este caso, el narrador se presenta como narrador, es un pensamiento intelectual que ocupa páginas considerables en las que plantea sus preguntas, reflexiones y aseveraciones. Así, tal demiurgo de huitlacoche, amasa y construye a sus protagonistas en calidad de ejemplares de una situación arquetípica dada, de tal modo que funcionen para sus fines ideológicos, argumentales y estéticos. El autor, especie de diocesillo bajuno, omnisciente y ubicuo, los contempla y analiza a manera de ínfimas criaturas creadas por él (aunque desde luego se vierte el artilugio de que ellos tienen sus propias ideas, sueños, quimeras, incertidumbres y sentimientos); va siguiendo sus pasos en medio de los cuales se detiene para desarrollar los temas que son los puntos medulares de La insoportable levedad del ser.
Luego de la invasión militar, a los checos Tomás, Teresa y Sabina les toca vivir el exilio en Suiza. Poco después, los dos primeros regresan a una Praga ocupada que los acoge entre los asesinatos, persecuciones y procesos burocrático-judiciales (kafkianos por antonomasia) que degradaban de su puesto de trabajo a cientos de intelectuales, artistas, cagatintas y obreros que —por algún mínimo dato o hecho estimado por los censores como prueba fehaciente de un pretérito comprometedor— eran tildados de enemigos del régimen y del statu quo. Tomás es un cirujano eminente que, antes de la invasión soviética, había publicado, en el semanario de la Unión de Escritores Checos, un ensayo en el que a partir de la resolución culpable de Edipo debatía a los comunistas que negaban su responsabilidad ante los crímenes cometidos durante la instauración stalinista del llamado socialismo; por su negativa a firmar una autocrítica de arrepentimiento, le es prohibido ejercer de cirujano y se ve impelido a emplearse como limpiador de escaparates. Y más adelante, terminará siendo el chofer del camión de una cooperativa en una provincia rural. 
Teresa, quien de mesera llegó a ser fotógrafa de un periódico, por haber retratado los tanques y soldados rusos durante la invasión, ahora trabaja en la barra de un bar. Luego, por el asedio de su neurosis y crisis internas, a lo que se suma el acoso policiaco y la deshumanización e indiferencia de sus coterráneos, parte al campo junto con Tomás y ahí se convierte en cuidadora de un rebaño de vacas. 
Milan Kundera
Frente a ellos aparece, entonces, el mundo occidental, liberal, capitalista, de pretensiones democráticas, como la alternativa para vivir y que para ellos se ha vuelto casi imposible porque tienen prohibido marcharse de Checoslovaquia y porque van envejeciendo.
Sabina, en cambio, es una pintora que nunca asimiló ni aceptó la estrechez de la estética kitsch del realismo socialista. Atraída por las vanguardias y por lo abstracto, busca que en sus cuadros se susciten encuentros de cosas que no tengan nada que ver entre sí (lo cual también es un cliché, practicado hasta la saciedad por surrealistas y semejanzas por el estilo); no padece una mórbida nostalgia que la orille a retornar a su ocupado país, sino que, seducida por una actitud iconoclasta en la que predomina una compulsiva y más o menos inconsciente inclinación a traicionar, va siempre tras nuevos encuentros a los cuales deja traicionados y a la deriva. Sin embargo, añora una imagen onírica y romántica que le dé sosiego: un rincón hogareño y apacible junto con sus padres perdidos durante su juventud, donde acaso ella se la madre.
    En la contextualización de los protagonistas de La insoportable levedad del ser, a partir de citar y reflexionar sobre situaciones y hechos que ocurrieron en realidad, son muy significativos los conceptos y desgloses del conflicto amoroso que todos ellos viven. Tomás y Teresa configuran el amor como dificultad melodramática constante: cada uno hace un “infierno para el otro, pese a que se quieren”. Él abriga dos posturas que asume consciente e inconscientemente. Por un lado, ejerce la “amistad erótica, una relación no sentimental, en la que uno no reivindique la vida y la libertad del otro”; es decir, es un donjuan que no puede ceder ante la atracción de otros cuerpos. Por el otro, es un Tristán enredado en una serie de casualidades que, si bien pudieron suceder de distinto modo, hacen que el amor hacia Teresa lo lleve a conciliar el sueño únicamente con ella (y por ende consigo mismo) —con las amantes sólo se acuesta y padece insomnio— y lo impulsa a seguirla a donde se dirija: por Teresa retorna a la Checoslovaquia socialistoide (aún sabiendo lo que le espera) y la sigue al campo buscando hacerla feliz. Esto es así porque ella es la única mujer que logra habitar su “memoria poética”: región que “registra aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida”. 
Teresa es perseguida por la incertidumbre de la inseguridad y de los celos (por ello se evade de él y regresa a la Praga ocupada). La angustia y la ansiedad que le provocan tiene una proyección en los pesadillescos símbolos que la abruman y es también en esa latitud onírica (en la que hace una lectura psicoanalítica) donde llega a desentrañar, cuando ya el traqueteo de la vida los ha envejecido, que Tomás, pese a su donjuanismo, en realidad la ha amado.
Sabina, de manera diferente y por oscuridades indomables, prefiere toda la libertad que brinda la “amistad erótica”, que es una fórmula que se adecua a su tendencia a traicionar al amante de turno; asimismo, en ese viaje continuo hacia la sorpresa y lo desconocido, sufre la zozobra de la insoportable soledad que provoca la levedad del ser.
Milan Kundera
Lo que quizá sea interesante en el planteamiento de los conflictos amorosos de esta especie de novela-ensayo, es que Milan Kundera los narra y exhibe haciendo contrastar dos vertientes de su inextricable problemática: lo íntimo y lo social, perímetros que muchas veces se entrecruzan, pero a veces parecen conformar dos frágiles y porosos ámbitos distintos y antagónicos que confluyen y coexisten en una misma atmósfera no pocas veces virulenta y atroz. Es aquí donde el lector descubre cierto optimismo en Kundera, para quien el hombre, condenatoria y solitariamente hundido en las tribulaciones geopolíticas y amorosas, busca un espacio donde encontrar la sal y la pimienta y el sentido de su infinitesimal y efímera existencia. De ahí que para Tomás se multiplique la sabrosa libertad erótica, teniendo hasta dos amantes por día, cuando el ominoso gobierno lo ha degradado de culto cirujano a vulgar limpiador de cristales. Sin embargo, él y Teresa sólo hallan la volátil posibilidad de refugiarse en su relación afectiva cuando, en medio de la atroz Checoslovaquia ocupada, pueden huir al campo.


Nota publicada en Punto y Aparte (agosto 12 de 2004)



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II de II
En la novela La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, Franz es un protagonista cuya historia trascurre paralela a la historia de los otros personajes (Tomás, Teresa, Sabina y demás). Franz no pertenece al centro de Europa, sino al Occidente. Es un soñador social (con su pátina utopista, mesiánica y redentora): “somos parte de una masa que marcha a través de los siglos”; la marcha es la historia europea que va “de revolución en revolución, de lucha en lucha”, siempre adelante (¡arriba y adelante!), para construir por fin una tierra (de nunca jamás) no muy distinta a la que visualizan “las personas de izquierda de todas las épocas y corrientes” que dan por supuesto tal kitsch histórico-político: los fracasos y los crímenes (léase genocidios y demás sangrientas pestilencias) no son más que simples tropiezos que se encaminan ineluctablemente a una fase superior de la historia donde “la igualdad, la justicia, la felicidad” serán los indicios de una fraternidad universal que gobernará al globo terráqueo. 
Así pues, resulta reveladora y contradictoriamente sintomático que una internacional y variopinta manifestación a la frontera de Camboya en la que participan médicos, intelectuales, artistas, parlamentarios de distintas latitudes y periodistas importantes, que aparentemente sólo pretende brindar asistencia sanitaria a ese país ocupado por las botas vietnamitas subsidiadas y manipuladas por la URSS, sea en realidad una peregrinación grotesca en la que no sólo descuellan el arribismo y oportunismo de los norteamericanos, el exhibicionismo publicitario de los solidarios artistas dizque con corazón de masa, el sectarismo de los franceses, la prensa rebuscando el ángulo sensacional que haga de la noticia una jugosa mercancía, los documentalistas filmando con narcisismo y petulancia snob, sino que al unísono puntualiza la vacuidad en que caen ciertas apelaciones abigarradas a las que se ve orillado el hombre para expresar sus críticas e inconformidades frente a la cruenta violencia militar que impone el silencio y el olvido, tanto en un país del otrora bloque socialista, como en uno que no lo es.  
Ante este estrepitoso y tardío fiasco, Franz, en medio del azoro y de la soledad (como Tomás y Teresa aprehendidos el uno al otro, Sabina persiguiendo su autonomía, Simón en su creencia católica, Karenin en su índole canina) llega a concluir que el amor con la joven de las gafas constituye su vida real; es decir, el amor como refugio, como salvación, como reducto para vivir al margen o en medio de un volátil mundo plagado de contradicciones y atrocidades. 
En este sentido, lo dramático de estas resoluciones es que son un tanto inciertas, fugaces y evanescentes, pues el hombre se halla inmerso en las ásperas (y a veces sangrientas o maquiavélicas) pugnas ideológicas de los diferentes kitschs que disfrazan, maquillan y antagonizan la realidad (¿o las realidades?). 
Un kitsch, pontifica el docto Milan Kundera, “elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable”; es decir, y para sintetizar su tácito fundamentalismo parafraseando a Siqueiros: “no hay más ruta que la suya”. En este sentido, Milan Kundera ve los kitschs, ya sea religiosos, políticos o ambas cosas a la vez (dando por implícito que muchos de ellos son piedra angular de la codificación de un gobierno y/o de la teoría de un sistema social), más que emanados del devenir de una disertación racionalista o supuestamente racionalista, como producto de imágenes en las que impera el sentimiento, la cursilería. Por ende, el kitsch sitúa al hombre en su diminuta dimensión, en su levedad, en lo frágil y vertiginoso de su tiempo (biológico e histórico) que transita hacia la perplejidad de lo desconocido. Así, esto no únicamente implica el no saber hacia dónde camina la historia y qué hay a la vuelta de la esquina, sino que al unísono incluye el desamparo metafísico. 
Milan Kundera
Kundera, sabedor del peso que tiene la Biblia en el pensamiento, la ética, la imaginación y la conducta no sólo eurocéntrica y occidental, ha venido entreverando y haciendo referencias a puntos polémicos del Génesis al confrontar sencillas paráfrasis teológicas con lo que cierto escepticismo racionalista se formula, de manera que el supuesto “acuerdo categórico del ser” que se instaura en la Biblia y que da por entendido que el hombre proviene y regresa al regazo de Dios, es puesto en entredicho con ejemplos irónicos que acaban siendo modelos de una situación humana y burda. La certeza de que el mito del retorno al Paraíso Celestial no es más que una fantasía utilizada para acreditar una cadena de intereses y condicionantes ideológicos y sociopolíticos (un kitsch entre muchos kitschs), sin que sea una novedad filosófica y narrativa, parece que subraya o hace más inmensa y profunda la soledad en que vaga el hombre y el planeta en el solitario e infinitesimal universo. La historia —creación y memoria intelectual de la especie humana al registrar, reflexionar e interpretar sus pasos en el globo terráqueo— es lineal porque va sucesivamente de salto en salto (o de hecho en hecho) rumbo a lo desconocido; no es cíclica porque la humanidad no regresa y sus etapas y períodos (acaso evolucionistas) los cataloga y pergeña, ya lo dijimos, la inteligencia del género humano; ni tampoco habrá de sucederse el tiempo circular e inmortal del Paraíso (o un tiempo fuera del tiempo), donde lo monótono y repetitivo sería el ámbito aséptico de la hostia: la eterna felicidad.
“Lo que sólo ocurre una vez es como si no hubiera ocurrido.” “La vida humana acontece sólo una vez y por eso nunca podremos averiguar cuáles de nuestras decisiones fueron correctas y cuáles fueron incorrectas. En la situación dada sólo hemos podido decidir una vez y no nos ha sido dada una segunda, una tercera, una cuarta vida para comparar las distintas decisiones.” Tal conclusión Kundera la repite una y otra vez en el espejo de la vida de los personajes de La insoportable levedad del ser; y la aplica frente a la cotidianidad de un individuo como frente a la historia, pues tanto ésta, como la vida de un único hombre, están repletas de errores y abandonadas en su insignificancia dentro del infinito vacío del solitario cosmos.
Milan Kundera
(foto: Aaron Manheimer)
Esta mirada terriblemente pesimista y angustiosa, trazada en medio del decurso y desasosiego de los acontecimientos, Kundera la resume en una de las conclusiones más concretas y melancólicas que, al parecer, justifican y orientan su novela-ensayo: “Lo que sólo ocurre una vez es como si no hubiera ocurrido. La historia de los checos no se repetirá por segunda vez, la de Europa tampoco. La historia de los checos y la de Europa son dos bocetos dibujados por la fatal inexperiencia de la humanidad. La historia es igual de leve que una vida singular, insoportablemente leve, leve como una pluma, como el polvo que flota, como aquello que mañana ya no existirá.”
Tomás, Teresa y Franz mueren a medio camino de forma súbita, casual e imprevista. No tuvieron el tiempo suficiente para evitar tantos vericuetos y equivocaciones; la plenitud del amor en lo más optimista de sus personales posibilidades se queda en el umbral; sus existencias fueron breves, casi fútiles, ligeras e irrepetibles. Mientras Sabina, quien permanece, boga en la búsqueda, quizá incierta y a todas luces frágil y fugaz.
Dado lo que parece ser la particular lucidez intelectual e imaginativa de Milan Kundera, su espíritu crítico que trastoca toda suerte de posturas morales, sociales y políticas, desde un racionalismo escéptico que enfatiza el caos social más o menos sin alternativas, aunado esto a la satisfacción egocéntrica que brinda el triunfo de ser un escritor famoso con jugosas e internacionales regalías, La insoportable levedad del ser puede apreciarse como la inocua manía de un sofista rumiante y tranquilo (a imagen y semejanza de una vaca sagrada) que elabora artificios (no exentos de cierta veracidad) desde el reposo de la escritura. Pero ¿qué es el mundo y el ser si se mira el lado oscuro de la luna y el universo se torno incisivo y asfixiante?


Milan Kundera, La insoportable levedad del ser. Traducción del checo al español de Fernando de Valenzuela. Colección Andanzas (25), Tusquets Editores. Barcelona, 1985. 328 pp.




Enlace a un trailer de la película La insoportable levedad del ser (1988): http://www.youtube.com/watch?v=tHwgNXMVh8I



lunes, 4 de febrero de 2013

El lobo, el bosque y el hombre nuevo



Los maricones todo lo consiguen primero

David, uno de los dos protagonistas de El lobo, el bosque y el hombre nuevo (Era, 1991), relato del narrador cubano Senel Paz, lo firma en “La Habana, 1990”. Esto no es gratuito. Diego, el otro personaje, poco antes de irse de la isla caribeña, le confesó a su amigo tener 30 años, edad, que sino es la suya, con probabilidad anda por ahí, puesto que fueron coterráneos cuando éste cursó el preuniversitario. 

Senel Paz
El establishment de la Revolución Cubana, que en la narración de David es bosquejado como dependiente de la URSS (Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas), es puesto en tela de juicio en consabidos e históricos puntos neurálgicos, como son lo estrecho y obsoleto de los dogmas ideológicos y políticos, el inveterado autoritarismo de Fidel Castro, la falta de libertades individuales y sociales, la escasez de bienes de consumo, la intolerancia hacia los gays, la censura en la educación y difusión de la cultura, y la vigilancia y el espionaje policíaco ejercido por el Estado entre ciudadanos y extranjeros.
(Ediciones Era, 1ra. reimpresión, México, 1993)
      David entra a Coppelia, la Catedral del Helado, y evoca a su amiguete Diego, quien tiempo atrás, saboreando un insinuante helado de fresa, allí lo abordó para ligárselo, tentándolo, entre otros malabarismos, con el chantaje de prestarle La guerra del fin del mundo, libro prohibido por el régimen, difícil de conseguir, que, según le presume, Goytisolo le envió de España. 
Senel Paz, a través de la evocación de David, su alter ego, traza la semblanza y el carácter de dos estereotipos de homosexuales: uno que se va de Cuba y el otro que se queda. En este sentido, la remembranza, con ambas voces, reproduce acentos de la típica verborrea de un marica, en la que no falta su dosis de sentimentalismo, humor, engaños, contradicciones y automitificación.
     Diego es un gay culto y liberal, el arquetipo que admira y aspira David, un homosexual reprimido, oculto en su rol de miliciano con carné de la juventud comunista. Diego resume su identidad con una declaración de principios, la cual, sintéticamente, reza: “soy maricón”, “soy religioso”, “he tenido problemas con el sistema”, “soy patriota y lezamiano”, “estuve preso cuando lo de la UMAP”, “los vecinos me vigilan, se fijan en todo el que me visita”. Y pese a que insiste y asegura que no se va de Cuba “aunque le peguen candela por el culo”, en realidad con su descaro, provocación, exhibicionismo y contactos que cultiva con personas del exterior, está diciendo que su partida es inminente y parte del juego.
      A imagen y semejanza de un docto parlanchín, Diego clasifica a varios tipos de gays: homosexuales, maricones, locas y de carroza. Los maricones, dice en una de sus variadas explicaciones, son los que ante la simple insinuación de un falo pierden la compostura; mientras que en los homosexuales “la balanza se inclina al deber social”, anteponen “el Deber al Sexo”, les gusta pero pueden controlarse. Así, Diego, según le convenga, se comporta como homosexual, maricón o loca. 
Y en contra de la retórica del Estado, que pugna por un hombre nuevo hecho y derecho en el socialismo, Diego ha pergeñado su propia retórica, su propio concepto de hombre nuevo que, no faltaba más, encarna él: “Por nuestra inteligencia y el fruto de nuestro esfuerzo nos corresponde un espacio que siempre se nos niega. Los marxistas y los cristianos, óyelo bien, no dejarán de caminar con una piedra en el zapato hasta que reconozcan nuestro lugar y nos acepten como aliados, pues con más frecuencia de la que se admite, solemos compartir con ellos una misma sensibilidad frente al hecho social.”
José Lezama Lima y Virgilio Piñera
      A imagen y semejanza del patriota que Diego pregona ser, presume que su “sacerdocio es la Cultura nacional”, por lo que ha realizado valiosísimas investigaciones, además de que se ha hecho de distintos objetos y colecciones de esa índole, entre lo cual destaca lo vinculado a José Lezama Lima: posee siete textos inéditos de éste, “una colección completa de Orígenes, como no la tiene ni el propio Rodríguez Feo”, dice, más “la obra del Maestro, poesía y prosa”. Según él, se mueve como pez en el agua entre la crema y nata de la intelligentsia cubana; es amiguísimo de Alicia Alonso y puede entrar, como Pedro en su casa, en la casa de la Dulce María Loynaz; consigue boletos para el ballet y el teatro, así se trate de funciones inaccesibles, con la misma facilidad con que se hace de libros proscritos, como Tres tristes tigres (“los maricones todo lo consiguen primero”, pregona), y de los ingredientes para sus almuerzos lezamianos: langostas, camarones, espárragos de Lübeck, uvas, vinos y demás cosas que sólo se obtienen en las tiendas para los diplomáticos. 
      David, en cambio, escondido y maquillado en su filiación roja, es un modelo de homosexual oriundo de un pueblo de la provincia cubana (donde “los afeminados no tienen defensa, son el hazmerreír de todos y evitan exhibirse en público”), “un guajirito de mierda que la Revolución sacó del fango y trajo a estudiar a La Habana”. La vez que Diego trató de ligárselo lamiendo su helado de fresa, lo que finalmente lo excitó no fue esto ni la promesa de leer La guerra del fin del mundo, sino la siguiente jocosa mariconería: “Yo, si vas conmigo a casa y me dejas abrirte la porteñuela botón por botón, te la presto, Torvaldo”. 
Sin embargo, al salir asombrosamente intacto de la cueva de Diego, el lobo, y mientras camina en medio del bosque como un Caperucito rojo común y corriente, hace un examen de conciencia con que somete y reprime al homosexual que lleva dentro y se dirige a sus superiores, los representantes del hombre nuevo, dizque castristas hasta las cachas, y lo delata: Diego es puto, religioso y contrarrevolucionario con contactos extranjeros. Ismael, uno de los superiores, con “ojos que da pánico soñar” (diría en su momento José Joaquín Blanco), lo nombra agente secreto, su misión: averiguar en qué embajada tiene vínculos y apuntar y chivatear lo que pregunte sobre militares y dirigentes. 
José Lezama Lima
Pero resulta que entre los ires y venires a la guarida de Diego, éste lo seduce, lo convierte en su discípulo amado, le enseña lo que debe leer, entre ello la obra de José Lezama Lima, ante quien, bajo la guía de Diego, ambos se imaginan paseando frente a su casa: “en ese momento [José Lezama Lima] espía por las persianas. Oye su respiración entre cortada, huele el humo de su tabaco. Dirá: ‘Mira esa loca y su garzón, cómo se esfuerza ella en hacerlo su pupilo, en vez de deslizarle un buen billete de diez pesos en la chaqueta’.” Y para celebrar el rito iniciático que ya lo cuenta entre “la cofradía de los adoradores del Maestro”, le prepara un almuerzo lezamiano con el barroquismo debido y que, según Diego, está sacado del capítulo séptimo de Paradiso.
      Pero ya ese tiempo quedó atrás. David no sólo enmendó su delación ante Ismael, sino que además, dados los ojos que da pánico soñar de éste, David se hizo su fraterno amigo e incluso, dice, ya lo agasajó con un almuerzo lezamiano. Ahora, como al principio del relato, que también es el término, puesto que se trata de una evocación circular, David está en Coppelia, la Catedral del Helado; y como si se tratara una estereotipada madeleine y su infalible cucharadita de té, paladea un helado de fresa y evoca aquel tiempo no tan perdido. 

Fotograma de Fresa y chocolate (1993)
A modo de corolario, cabe recordar que tal relato de Senel Paz (Fomento, 1950), con el que en 1990 obtuvo el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, cuenta con una no tan paradójica adaptación fílmica cuyo guión se debe a él (quien en Cuba ha impartido tal cátedra en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños): Fresa y chocolate (1993), churro infumable (que se consigue en DVD) dirigido por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, que en sus quince minutos de alharaquienta fama fue festejado de pie y con un empalagoso y envolvente aplauso por el respetable público que la vio durante la IX Muestra de Cine Mexicano de Guadalajara.


Senel Paz, El lobo, el bosque y el hombre nuevo. Ediciones Era. 1ª reimpresión. México, 1993. 64 pp.


Enlace a la película Fresa y chocolate (1993): http://www.youtube.com/watch?v=NinKUbwQvR4



viernes, 1 de febrero de 2013

Pasado perfecto



Huele a perro muerto en la carretera

Como muchos lectores saben (incluso de otros idiomas), el teniente investigador Mario Conde es el protagonista de siete novelas policíacas del cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), todas publicadas en España y en México por Tusquets Editores: la tetralogía “Las cuatro estaciones”: Máscaras (1997), Paisaje de otoño (1998), Pasado perfecto (2000) y Vientos de Cuaresma (2001); más La neblina del ayer (2005), Adiós, Hemingway (2006) y La cola de la serpiente (2011). 
Leonardo Padura
En la “Nota del autor” que precede a Paisaje de otoño (obra firmada en “Mantilla, noviembre 1996-marzo 1998”), Padura dice que Mario Conde apareció por primera vez en Pasado perfecto (rubricada en “Mantilla, julio 1990-enero 1991)”) y que cuando ésta tenía “un año y medio” de haber sido impresa (en Cuba, al parecer) tuvo la idea de “escribir otras tres piezas” y conformar así “Las cuatro estaciones” (ubicadas en La Habana). Es por ello que Pasado perfecto se sucede en el “Invierno de 1989”, Vientos de Cuaresma en la “Primavera de 1989”, Máscaras en el “Verano de 1989” y Paisaje de otoño en el “Otoño de 1989”. 
(Tusquets, Barcelona, 1998)
Ahora que si los personajes principales (y algunos otros) figuran o son aludidos en las tramas de las cuatro novelas (en incluso en el total de la “serie Mario Conde”), esto no significa que se trate de un conjunto consecutivo, sino que cada novela funciona por sí misma y por ende son independientes entre sí. Y esto lo marca, sobre todo, el hecho de que el autor, aunado a las ineludibles repeticiones que certifican que se trata de los mismos personajes (Mario Conde, Manuel Palacios, Antonio Rangel, el Flaco Carlos, Josefina, Tamara, etc.) varía algunas de sus peculiares anécdotas y algunos de los datos de los personajes. Por ejemplo, Mario Conde, en Pasado perfecto, el sábado 3 de enero de 1989 lleva una década de policía (“diez años revolcándose en las cloacas de la sociedad”, dice) y tiene “treinta y cuatro años y dos matrimonios deshechos”. Pero en Paisaje de otoño, además de tener 35 años, evoca que nació “a la una cuarenta y cinco de la tarde del 9 de octubre” de 1953 y por ende, con el Flaco Carlos y su madre Josefina, celebran, el 9 de octubre de 1989, su 36 aniversario, día que coincide con su último día de policía, luego de una década. 
Otra variante, por ejemplo, la encarna la china mulata Patricia Wong, la teniente “investigadora de la Dirección de Delito Económico” que en Pasado perfecto participa en el esclarecimiento del caso; es hija de un chino hacedor de comida china, cuyas excentricidades culinarias ha probado el Conde. Pues bien, tal china mulata (quien amistosamente lo llama “Mayo”) y su padre el cocinero tienen una decidida incidencia en el caso del asesinato que el Conde despeja en La cola de la serpiente; tal crimen ocurrió en mayo de 1989 en el cuarto de un mísero solar del Barrio Chino, pero la China Patricia no se apellida Wong, sino Chion. 
(Tusquets, Barcelona, 2000)
La investigación del caso que el teniente Mario Conde y el sargento Manuel Palacios resuelven en Pasado perfecto se sucede entre el sábado 3 de enero de 1989 y el siguiente martes 6, Día de los Reyes Magos. Todo arranca con la perentoria llamada telefónica del mayor Antonio Rangel, el jefe de la Central, que interrumpe la resaca y el descanso de Mario Conde. La razón: la noche del jueves primero de enero la esposa de “un jefe de empresa del Ministerio de Industrias” denunció la desaparición de su marido. El caso, para el teniente Mario Conde, quizá sería un caso más; pero el hecho de que se trata de una pareja que conoció en su adolescencia, precisamente a partir del “primero de septiembre de 1972”, día de su ingreso en el Pre de La Víbora, hace que el decurso narrativo bogue, entreverado entre la investigación policíaca y entre las digresiones concernientes a la vida personal y cotidiana del protagonista, por episodios que ilustran el pasado biográfico de éste —en el contradictorio contexto social de la dogmática Cuba prosoviética de la época—, ya en su ámbito familiar y genealógico o en relación a ciertas personas que conoció y conoce.
Tal procedimiento narrativo marca la pauta de “Las cuatro estaciones” y en sí de la “serie Mario Conde”, pues paralelamente a los capítulos del crimen y de la investigación policíaca, se relatan aspectos de la biografía del teniente investigador y sucesos que ocurren en su cotidianeidad personal, matizada por los amigos que frecuenta, entre quienes destacan el Flaco Carlos (condenado a una silla de ruedas en la Guerra de Angola) y su madre Josefina, infalible artífice gastronómica.
Rafael Morín Rodríguez es el desaparecido y por ser “jefe de la Empresa Mayorista de Importaciones y Exportaciones del Ministerio de Industrias”, induce al propio ministro de Industrias a llamar al mayor Rangel para que se investigue y resuelva el caso lo más rápido posible. El susodicho día que el Conde ingresó al Pre, oyó por primera vez la oratoria de Morín, pues dijo el largo discurso de bienvenida en su calidad de “presidente de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media del Preuniversitario René O. Reiné y miembro del Comité Municipal de la Juventud”, y entonces el Conde comprendió que “ese muchacho había nacido para ser dirigente”. La esposa de Morín es Tamara Valdemira Méndez y en el Pre fue compañera de clase del Conde y de dos de sus compinches de siempre: el Conejo y el Flaco Carlos (quien aún no era un tremendo gordo ni estaba en silla de ruedas). Un grupo de alumnos solía ir a estudiar a la regia biblioteca de la casona de Tamara, entre ellos el Conde; una mansión con inusitados privilegios de ricos burgueses, sólo porque sus padres eran embajadores en el extranjero. El Conde y el Flaco asistieron allí a la apoteósica fiesta y banquete por los 15 años de Tamara y Aymara, su hermana gemela. Fue “casi empezando el primer año de Pre, 2 de noviembre [de 1972], precisó su memoria, y cómo lo impresionó la casa donde vivían las muchachas, el patio parecía un parque inglés bien cuidado, cabían muchísimas mesas debajo de los árboles, en el césped y junto a la fuente donde un viejo angelote, rescatado de algún derrumbe colonial, meaba sobre los lirios en flor. Había espacio para que tocaran los Gnomos, el mejor, el más famoso, el más caro de los combos de La Víbora, y bailaran más de cien parejas; y hubo flores para que cada una de las muchachitas, bandejas llenas de croquetas —de carne—, de pasteles —de carne— y bolitas de queso fritas que ni soñarlas en aquellos años de colas perpetuas.”
El Flaco y el Conde se enamoraron de Tamara, pero “a los dos meses de haber empezado el [primer] curso”, Morín y Tamara se hicieron novios. Y cuando ya estaban “en tercer año del Pre” y el Flaco “era novio de Dulcita y ya Cuqui se había peleado” con el Conde, Morín y Tamara se casaron e invitaron a todos a la fiesta en casa de ella. “Aquella noche [recuerda el Conde] cogimos nuestra primera borrachera memorable: entonces un litro de ron podía ser demasiado para los dos y Josefina tuvo que bañarnos, darnos una cucharada de belladona para aguantarnos los vómitos y eso, y hasta ponernos una bolsa de hielo en los huevos.”
El meollo es que durante 17 años, pese a las mujeres y amoríos del Conde, Tamara ha sido la inasible fémina de sus recónditos y lúbricos ensueños y Morín el individuo a quien menos quisiera encontrar. 
Leonardo Padura
La pesquisa se topa con hipócritas testimonios que trazan la dizque intachable e impoluta trayectoria del trepador Rafal Morín. Pero, desde el inicio, aún sin saber qué fue lo que pasó, al adjunto del Conde le da mal pálpito: “el hombre me huele a perro muerto en la carretera”, dice. Y no se equivoca, pues paulatinamente los policías descubren los indicios de una trama de malversación que ha desfalcado a la Empresa, salpimentada por una serie de corruptelas en las que Morín, además de sucesivos viajes al extranjero con nutridas dietas y de los valiosos objetos y regalos que solía traer y obsequiar, maquillado con el nombre de su jefe de despacho, en Cuba se daba la gran vida en hoteles y restaurantes de lujo, donde no faltaba la hermosa meretriz. 
“A santo de qué alguien puede jugar con lo que es mío y es tuyo y es de aquel viejo que está vendiendo periódicos y de esa mujer que va a cruzar la calle y que a lo mejor se muere de vieja sin saber lo que es tener un carro, una casa bonita, pasear por Barcelona o echarse un perfume de cien dólares, y a lo mejor ahora mismo va a meterse tres horas haciendo cola para coger una jaba de papas, Conde. ¿A santo de qué?”, se interroga el sargento Manuel Palacios ante los manejos y enjuagues de Morín, lo cual coincide con el “código ético” que vocifera el Conde: “no me gusta que los hijos de puta hagan cosas impunemente”.
Ya descubierto el embrollo, junto al trunco plan de Morín de fugarse de Cuba tras un boyante capital sustraído, la mañana del 5 de enero su cadáver aparece asesinado y abandonado en una casa vacía de Brisas del Mar. Con tal evidencia, los policías presionan al presunto culpable, quien revela los pormenores del crimen y lo que sabía del muerto. 
Leonardo Padura
Vale decir que en las visitas que el Conde le hace a Tamara en su casona paterna (justificado por la desaparición de su marido), logra, gracias a la disposición y proposición de ella, satisfacer, por fin, el añejo deseo y sueño erótico acumulado durante 17 años. No obstante, su otro intrínseco sueño guajiro resulta aún evanescente (casi a imagen y semejanza del encierro existencial de Rufino, su pez peleador trazando en la pecera interminables círculos concéntricos: “Miró entonces su cuarto vacío y sintió que él también daba vueltas, tratando de buscar la tangente que lo sacara de aquel infinito círculo angustioso”): “tendría una casa en Cojímar, muy cerca de la costa, una casa de madera y tejas con un cuarto para escribir y nunca más viviría pendiente de asesinos y ladrones, agresores y agredidos”. Escribiría, quizá y por lo que dice, “una novela muy escuálida, muy romántica y muy dulce” —lo que remite al sonoro hecho de que Pasado perfecto está dedicada, “con amor y escualidez”, a Lucía López Coll, la esposa de Leonardo Padura. O escribiría “una novela sobre la escualidez”, quizá emulando al “viejo Hemingway”, su ídolo y recurrente escritor arquetipo. Y quizá resultaría un decoroso palimpsesto (una variante policíaca) del libro que le brinda el descanso al final de la jornada: “Abandonó la taza vacía sobre la mesa de noche marcada por otras tazas abandonadas, y fue hasta la montaña de libros que esperaban su turno de lectura sobre una banqueta. Recorrió los lomos con el dedo, buscando un título o un autor que lo entusiasmara y desistió a mitad de camino. Estiró la mano hacia el librero y escogió el único libro que nunca había acumulado polvo. ‘Que sea muy escuálido y conmovedor’, repitió en voz alta, y leyó la historia del hombre que conoce todos los secretos del pez plátano y quizás por eso se mata, y se durmió pensando que, por la genialidad apacible de aquel suicidio, aquella historia era pura escualidez.”


Leonardo Padura, Pasado perfecto. Colección Andanzas (397), Tusquets Editores. Barcelona, febrero de 2000. 240 pp.