viernes, 1 de febrero de 2013

Pasado perfecto



Huele a perro muerto en la carretera

Como muchos lectores saben (incluso de otros idiomas), el teniente investigador Mario Conde es el protagonista de siete novelas policíacas del cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), todas publicadas en España y en México por Tusquets Editores: la tetralogía “Las cuatro estaciones”: Máscaras (1997), Paisaje de otoño (1998), Pasado perfecto (2000) y Vientos de Cuaresma (2001); más La neblina del ayer (2005), Adiós, Hemingway (2006) y La cola de la serpiente (2011). 
Leonardo Padura
En la “Nota del autor” que precede a Paisaje de otoño (obra firmada en “Mantilla, noviembre 1996-marzo 1998”), Padura dice que Mario Conde apareció por primera vez en Pasado perfecto (rubricada en “Mantilla, julio 1990-enero 1991)”) y que cuando ésta tenía “un año y medio” de haber sido impresa (en Cuba, al parecer) tuvo la idea de “escribir otras tres piezas” y conformar así “Las cuatro estaciones” (ubicadas en La Habana). Es por ello que Pasado perfecto se sucede en el “Invierno de 1989”, Vientos de Cuaresma en la “Primavera de 1989”, Máscaras en el “Verano de 1989” y Paisaje de otoño en el “Otoño de 1989”. 
(Tusquets, Barcelona, 1998)
Ahora que si los personajes principales (y algunos otros) figuran o son aludidos en las tramas de las cuatro novelas (en incluso en el total de la “serie Mario Conde”), esto no significa que se trate de un conjunto consecutivo, sino que cada novela funciona por sí misma y por ende son independientes entre sí. Y esto lo marca, sobre todo, el hecho de que el autor, aunado a las ineludibles repeticiones que certifican que se trata de los mismos personajes (Mario Conde, Manuel Palacios, Antonio Rangel, el Flaco Carlos, Josefina, Tamara, etc.) varía algunas de sus peculiares anécdotas y algunos de los datos de los personajes. Por ejemplo, Mario Conde, en Pasado perfecto, el sábado 3 de enero de 1989 lleva una década de policía (“diez años revolcándose en las cloacas de la sociedad”, dice) y tiene “treinta y cuatro años y dos matrimonios deshechos”. Pero en Paisaje de otoño, además de tener 35 años, evoca que nació “a la una cuarenta y cinco de la tarde del 9 de octubre” de 1953 y por ende, con el Flaco Carlos y su madre Josefina, celebran, el 9 de octubre de 1989, su 36 aniversario, día que coincide con su último día de policía, luego de una década. 
Otra variante, por ejemplo, la encarna la china mulata Patricia Wong, la teniente “investigadora de la Dirección de Delito Económico” que en Pasado perfecto participa en el esclarecimiento del caso; es hija de un chino hacedor de comida china, cuyas excentricidades culinarias ha probado el Conde. Pues bien, tal china mulata (quien amistosamente lo llama “Mayo”) y su padre el cocinero tienen una decidida incidencia en el caso del asesinato que el Conde despeja en La cola de la serpiente; tal crimen ocurrió en mayo de 1989 en el cuarto de un mísero solar del Barrio Chino, pero la China Patricia no se apellida Wong, sino Chion. 
(Tusquets, Barcelona, 2000)
La investigación del caso que el teniente Mario Conde y el sargento Manuel Palacios resuelven en Pasado perfecto se sucede entre el sábado 3 de enero de 1989 y el siguiente martes 6, Día de los Reyes Magos. Todo arranca con la perentoria llamada telefónica del mayor Antonio Rangel, el jefe de la Central, que interrumpe la resaca y el descanso de Mario Conde. La razón: la noche del jueves primero de enero la esposa de “un jefe de empresa del Ministerio de Industrias” denunció la desaparición de su marido. El caso, para el teniente Mario Conde, quizá sería un caso más; pero el hecho de que se trata de una pareja que conoció en su adolescencia, precisamente a partir del “primero de septiembre de 1972”, día de su ingreso en el Pre de La Víbora, hace que el decurso narrativo bogue, entreverado entre la investigación policíaca y entre las digresiones concernientes a la vida personal y cotidiana del protagonista, por episodios que ilustran el pasado biográfico de éste —en el contradictorio contexto social de la dogmática Cuba prosoviética de la época—, ya en su ámbito familiar y genealógico o en relación a ciertas personas que conoció y conoce.
Tal procedimiento narrativo marca la pauta de “Las cuatro estaciones” y en sí de la “serie Mario Conde”, pues paralelamente a los capítulos del crimen y de la investigación policíaca, se relatan aspectos de la biografía del teniente investigador y sucesos que ocurren en su cotidianeidad personal, matizada por los amigos que frecuenta, entre quienes destacan el Flaco Carlos (condenado a una silla de ruedas en la Guerra de Angola) y su madre Josefina, infalible artífice gastronómica.
Rafael Morín Rodríguez es el desaparecido y por ser “jefe de la Empresa Mayorista de Importaciones y Exportaciones del Ministerio de Industrias”, induce al propio ministro de Industrias a llamar al mayor Rangel para que se investigue y resuelva el caso lo más rápido posible. El susodicho día que el Conde ingresó al Pre, oyó por primera vez la oratoria de Morín, pues dijo el largo discurso de bienvenida en su calidad de “presidente de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media del Preuniversitario René O. Reiné y miembro del Comité Municipal de la Juventud”, y entonces el Conde comprendió que “ese muchacho había nacido para ser dirigente”. La esposa de Morín es Tamara Valdemira Méndez y en el Pre fue compañera de clase del Conde y de dos de sus compinches de siempre: el Conejo y el Flaco Carlos (quien aún no era un tremendo gordo ni estaba en silla de ruedas). Un grupo de alumnos solía ir a estudiar a la regia biblioteca de la casona de Tamara, entre ellos el Conde; una mansión con inusitados privilegios de ricos burgueses, sólo porque sus padres eran embajadores en el extranjero. El Conde y el Flaco asistieron allí a la apoteósica fiesta y banquete por los 15 años de Tamara y Aymara, su hermana gemela. Fue “casi empezando el primer año de Pre, 2 de noviembre [de 1972], precisó su memoria, y cómo lo impresionó la casa donde vivían las muchachas, el patio parecía un parque inglés bien cuidado, cabían muchísimas mesas debajo de los árboles, en el césped y junto a la fuente donde un viejo angelote, rescatado de algún derrumbe colonial, meaba sobre los lirios en flor. Había espacio para que tocaran los Gnomos, el mejor, el más famoso, el más caro de los combos de La Víbora, y bailaran más de cien parejas; y hubo flores para que cada una de las muchachitas, bandejas llenas de croquetas —de carne—, de pasteles —de carne— y bolitas de queso fritas que ni soñarlas en aquellos años de colas perpetuas.”
El Flaco y el Conde se enamoraron de Tamara, pero “a los dos meses de haber empezado el [primer] curso”, Morín y Tamara se hicieron novios. Y cuando ya estaban “en tercer año del Pre” y el Flaco “era novio de Dulcita y ya Cuqui se había peleado” con el Conde, Morín y Tamara se casaron e invitaron a todos a la fiesta en casa de ella. “Aquella noche [recuerda el Conde] cogimos nuestra primera borrachera memorable: entonces un litro de ron podía ser demasiado para los dos y Josefina tuvo que bañarnos, darnos una cucharada de belladona para aguantarnos los vómitos y eso, y hasta ponernos una bolsa de hielo en los huevos.”
El meollo es que durante 17 años, pese a las mujeres y amoríos del Conde, Tamara ha sido la inasible fémina de sus recónditos y lúbricos ensueños y Morín el individuo a quien menos quisiera encontrar. 
Leonardo Padura
La pesquisa se topa con hipócritas testimonios que trazan la dizque intachable e impoluta trayectoria del trepador Rafal Morín. Pero, desde el inicio, aún sin saber qué fue lo que pasó, al adjunto del Conde le da mal pálpito: “el hombre me huele a perro muerto en la carretera”, dice. Y no se equivoca, pues paulatinamente los policías descubren los indicios de una trama de malversación que ha desfalcado a la Empresa, salpimentada por una serie de corruptelas en las que Morín, además de sucesivos viajes al extranjero con nutridas dietas y de los valiosos objetos y regalos que solía traer y obsequiar, maquillado con el nombre de su jefe de despacho, en Cuba se daba la gran vida en hoteles y restaurantes de lujo, donde no faltaba la hermosa meretriz. 
“A santo de qué alguien puede jugar con lo que es mío y es tuyo y es de aquel viejo que está vendiendo periódicos y de esa mujer que va a cruzar la calle y que a lo mejor se muere de vieja sin saber lo que es tener un carro, una casa bonita, pasear por Barcelona o echarse un perfume de cien dólares, y a lo mejor ahora mismo va a meterse tres horas haciendo cola para coger una jaba de papas, Conde. ¿A santo de qué?”, se interroga el sargento Manuel Palacios ante los manejos y enjuagues de Morín, lo cual coincide con el “código ético” que vocifera el Conde: “no me gusta que los hijos de puta hagan cosas impunemente”.
Ya descubierto el embrollo, junto al trunco plan de Morín de fugarse de Cuba tras un boyante capital sustraído, la mañana del 5 de enero su cadáver aparece asesinado y abandonado en una casa vacía de Brisas del Mar. Con tal evidencia, los policías presionan al presunto culpable, quien revela los pormenores del crimen y lo que sabía del muerto. 
Leonardo Padura
Vale decir que en las visitas que el Conde le hace a Tamara en su casona paterna (justificado por la desaparición de su marido), logra, gracias a la disposición y proposición de ella, satisfacer, por fin, el añejo deseo y sueño erótico acumulado durante 17 años. No obstante, su otro intrínseco sueño guajiro resulta aún evanescente (casi a imagen y semejanza del encierro existencial de Rufino, su pez peleador trazando en la pecera interminables círculos concéntricos: “Miró entonces su cuarto vacío y sintió que él también daba vueltas, tratando de buscar la tangente que lo sacara de aquel infinito círculo angustioso”): “tendría una casa en Cojímar, muy cerca de la costa, una casa de madera y tejas con un cuarto para escribir y nunca más viviría pendiente de asesinos y ladrones, agresores y agredidos”. Escribiría, quizá y por lo que dice, “una novela muy escuálida, muy romántica y muy dulce” —lo que remite al sonoro hecho de que Pasado perfecto está dedicada, “con amor y escualidez”, a Lucía López Coll, la esposa de Leonardo Padura. O escribiría “una novela sobre la escualidez”, quizá emulando al “viejo Hemingway”, su ídolo y recurrente escritor arquetipo. Y quizá resultaría un decoroso palimpsesto (una variante policíaca) del libro que le brinda el descanso al final de la jornada: “Abandonó la taza vacía sobre la mesa de noche marcada por otras tazas abandonadas, y fue hasta la montaña de libros que esperaban su turno de lectura sobre una banqueta. Recorrió los lomos con el dedo, buscando un título o un autor que lo entusiasmara y desistió a mitad de camino. Estiró la mano hacia el librero y escogió el único libro que nunca había acumulado polvo. ‘Que sea muy escuálido y conmovedor’, repitió en voz alta, y leyó la historia del hombre que conoce todos los secretos del pez plátano y quizás por eso se mata, y se durmió pensando que, por la genialidad apacible de aquel suicidio, aquella historia era pura escualidez.”


Leonardo Padura, Pasado perfecto. Colección Andanzas (397), Tusquets Editores. Barcelona, febrero de 2000. 240 pp.







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