domingo, 1 de febrero de 2015

La ninfa inconstante



Friso con desnudos escritos

Nacido en Gibara, provincia de Oriente, Cuba, el 22 de abril de 1929, Guillermo Cabrera Infante murió en Londres, Inglaterra, el 21 de febrero de 2005; de ahí que La ninfa inconstante sea una novela póstuma publicada por primera vez en 2008, en Barcelona, por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
(Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, México, 2008)
Pese a que no se trata de una gran novela a la altura de Tres tristes tigres (Seix Barral, 1967) y de La Habana para un infante difunto (Seix Barral, 1979), La ninfa inconstante, construida con capítulos breves (a veces fragmentarios), es una obra amena y lúdica repleta de esas eufónicas paranomasias y aliteraciones tan frecuentes en ciertos cauces de su particular e insigne estilo narrativo y crítico.
La voz narradora en primera persona —y principal personaje— es la del propio Guillermo Cabrera Infante, lo cual no significa que el desocupado lector se halle ante una novela autobiográfica en sentido estricto, sino que retoma elementos de tal naturaleza y los mezcla con otros que, se transluce y colige, no lo son. 
Guillermo Cabrera Infante
En tal tesitura se desglosa la narración que oscila entre el presente y el pasado. El autor ya es el celebérrimo escritor cubano que desde 1966 vive su largo exilio en Londres y desde allí evoca ciertos pasajes de su leyenda y mitología personal vividos hace décadas en La Habana entre junio y septiembre de 1957, cuando por entonces hacía crítica de cine en la revista Carteles con el no menos eximio pseudónimo de G. Caín (que transluce su nombre propio), período que los diseminados lectores de su obra conocen muy bien a través de Un oficio del siglo XX (Ediciones R, 1963), libro que compila sus recensiones y críticas al celuloide publicadas en Carteles entre 1954 y 1960 y en Revolución entre 1959 y 1960; y aquí vale mencionar la atractiva y excelente reedición de tal libro impresa en Madrid, en 1993, por Aguilar y Ediciones El País, en cuya contraportada se observa una foto del joven G. Caín tomada por Néstor Almendros, donde parece un bailarín (con look de pachuco de los años cuarentas-cincuentas) de un habanero night club; todo lo cual puede enriquecerse con las anécdotas que el propio Guillermo Cabrera Infante narra en la larga entrevista que en 1977 le hizo Danubio Torres Fierro, antologada en Infantería, ladrillesco volumen de más de mil y una páginas publicado en México, en 1999, por el Fondo de Cultura Económica, cuya “Compilación, selección de textos e introducción” se deben a la dupla de investigadores: Nivia Montenegro y Enrico Mario Santí. 
(El País/Aguilar, Madrid, 1993)
Un oficio del siglo XX (El País/Aguilar, 1993)
Contraportada
G. Caín, pseudónimo de Guillermo Cabrera Infante
Foto: Néstor Almendros
(FCE, México, 1999)
Así, en La ninfa inconstante el meollo de las reminiscencias, digresiones, juegos de palabras y paráfrasis del narrador es el fugaz encuentro-desencuentro con una rubia adolescente, llamada Estela, que aún no cumple los 16 años (se da por entendido que G. Caín tiene 28), cuyo magnetismo y sensualidad por unos momentos le recuerdan el erotismo consustancial de la sex symbol Brigitte Bardot, sin duda a imagen y semejanza de Juliette —Brigitte Bardot en el churro hollywoodense Y Dios creo a la mujer (1956)—, la joven amoral y huérfana “recogida por una pareja de casados”, quien “toma baños de sol desnuda a la orilla de la carretera, porque no tiene noción de su cuerpo” (Caín dixit).
Brigitte Bardot
Pero en el intríngulis del divertimento evocativo y narrativo de La ninfa inconstante, pulula y bulle una buena dosis dramática, existencialita, depresiva y desoladora. Además del permanente y abismal contraste entre la erudición y la cultura de G. Caín (implícitos en sus coloquiales chistes y chistoretes) y la inefable e inveterada ignorancia de la mujer-niña, su fragmentaria semblanza denota la oquedad de su índole inasible y evanescente; ella es una Lolita habanera sin sentido del humor, a quien no le gusta la música y quien nunca sonríe ni ríe, y a quien no tarda en descubrir “falsa y traicionera”, por lo que parece lógico que luego diga que “que ella no creía ni en ella”, que la encuentre “patológicamente incapaz de ningún afecto”, que para ella la vida era “un veneno lento que había que apurar”, y que casi al término, entre algunos atisbos de su vacío y promiscuidad sin tapujos (muy libertina, ninfómana y sáfica), deduzca lo obvio: que él sólo le sirvió para que ella se librara de su madrastra (y padrastro) y para huir de su opresiva casucha.
El joven cubano Guillermo Cabrera Infante en la azotea de Carteles,
revista habanera donde entre 1954 y 1960 hizo crítica de cine con el
pseudónimo de G. Caín.
Foto anónima, fechada en 1957, incluida en la segunda de forros de su novela
póstuma La ninfa inconstante (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2008).
Casi en las últimas páginas, Caín decide matarla y en su interior lo hace o con el tiempo muere para él (o en realidad murió), pese a que, ¡oh paradoja!, ella siga viva y candente en su memoria convertida en novela póstuma: cenizas de ave fénix condenadas a encenderse y revivir (por los siglos de los siglos) cada vez que un lector las lea, ya sea en un cavernario y apolillado libro o en un artilugio digital, esté o no esté latente en el limbo del ciberespacio.
Brigitte Bardot

Guillermo Cabrera Infante, La ninfa inconstante. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores (59). 1ª impresión mexicana. México, 2008. 288 pp.


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