miércoles, 31 de diciembre de 2014

Deseo



Las amargas lágrimas de Petrolina von Samsa 
(o la pobrecita señora X)

Antes de que la austríaca Elfriede Jelinek (Mürzzuschlag, octubre 20 de 1946) recibiera el sonoro y rimbombante Premio Nobel de Literatura 2004, el reseñista, como muchos lectores de estas latitudes latinoamericanas de la aldea global, sólo tenía noticia de ella a través de La pianiste (2001), estremecedor y corrosivo largometraje dirigido y guionizado por Michael Haneke, que en el Festival de Cannes 2001 obtuvo las preseas por la “Mejor interpretación femenina” (Isabelle Huppert) y por la “Mejor interpretación masculina” (Benoît Magimel), y que es una sintética adaptación de su novela escrita en alemán —el idioma en que ella escribe— Die Klavierspielerin (1983). 
Elfriede Jelinek
Premio Nobel de Literatura 2004
La alharaca mediática y la estridencia publicitaria en torno al glamoroso Nobel otorgado a Elfriede Jelinek (caudalosos ríos de tinta corrieron sobre ella y su obra y dio múltiples entrevistas y declaraciones) indujo al lector a adquirir su novela Deseo —quezque comparada con Historia del ojo (1928) de Georges Bataille (1897-1962), reza la mentirosa cuarta de forros—, traducida al español por Carlos Fortea y reimpresa en México, en 2004, con el número 1014 de la Colección Áncora y Delfín, de Ediciones Destino, la cual, además de ciertas erratas, no acredita de qué lengua está traducida (muchos traductores suelen hacerlo del inglés y no del idioma original de la obra), ni que su primera edición en alemán data de 1989. 
Colección Áncora y Delfín núm. 1014, Ediciones Destino
México, 2004
Signada por su pésima calidad literaria, Deseo no es una novela placentera ni gratificante. Resulta la antípoda del credo hedonista de Borges: la lectura como una forma de ser feliz y uno lo recuerda optando, ante el género novelístico, por la economía y el espacio breve del cuento, más aún si se trata de una obra superficial, endeble e inútil como Deseo, en cuyos quince soporíferos, irritantes y fatigosos capítulos (compuestos de fragmentos repletos de fragmentarias, súbitas y caprichosas digresiones) abunda y se desborda el bagazo, la palabrería y los innumerables ripios. Lo mejor de ella, ni duda cabe, es el epígrafe de San Juan de la Cruz que la preludia: 
En la interior bodega
de mi Amado bebí, y cuando salía
por toda aquesta vega
y cosa no sabía
y el ganado perdí que antes seguía.
El tema medular de esta novela de Elfriede Jelinek es bastante simplote: en un frío y nevado pueblo alpino de la Austria aún actual (fines del siglo XX), Hermann, el adinerado director de una fábrica de papel, somete a Gerti, su mujer, a continuas vejaciones sexuales en las que impera el sadomasoquismo y lo escatológico. Tales relaciones son narradas sin ninguna estética erótica y sí de una forma directa, porno, soez y hosca. El hijo de ambos, llamado “el niño” por Elfriede Jelinek, quien al parecer tiene menos de 14 años (se dice en la página 23, pero en la 211 aún le quedan “dientes de leche”), ha observado por las cerraduras el grotesco y pestilente ayuntamiento de sus padres. Sin buscarlo y sin eludirlo, Gerti, quien ya no es una mujer joven, tiene una aventura con un muchacho desconocido que la aborda: Michael, un junior con estudios de derecho que boga ya “en el árido camino que ha de cubrir de alto funcionario hasta su sólido y hereditario lugar en el cartel electoral del Partido Popular Austríaco”, y quien es uno de los numerosos jóvenes turistas de invierno que infestan el pueblo para esquiar y quien se hospeda en su paterna residencia de fines de semana y de vacaciones, y cuyo vínculo sexual, narrado por Elfriede Jelinek con el mismo desenfado y crudeza, también se distingue por sus indicios sadomasoquistas y escatológicos; lo cual se repite cuando Gerti, después de ir a la peluquería, lo busca de nuevo y él la usa frente a la complicidad y el voyeurismo de sus jóvenes amigas y amigos.

Elfriede Jelinek
Gerti, alcoholizada y abrumada por su desasosiego y sus deseos sexuales, sin ninguna precaución deja en casa a su esposo y a su hijo dormido con somníferos y va en su coche a buscar otra vez a Michael hasta su residencia de vacaciones, pero él no le abre la puerta. El director, que la ha seguido en su propio auto, la arrastra a éste y se la fornica allí con la portezuela abierta y ante la mirada de Michael desde la ventana. 
De regreso en la casa familiar, mientras el director está en el baño preparándose para un nuevo fragor sexual en la alcoba (a veces nauseabunda recámara de gases: “La familia se sigue besando y pedorreando”, se lee en la página 205), se sucede el trágico asesinato que interrumpe la novela con un fin inconcluso: Gerti asfixia a su hijo y deposita su cuerpo en la corriente del río. 
Lo relativo a estos cuatro personajes y lo que hacen y sucede entre ellos y alrededor de ellos es contado y delineado por Elfriede Jelinek de una forma vaga, sardónica, esquemática y burda (además de fragmentaria y zafia); y así ocurre con casi todos los temas y subtemas que aborda cambiando, súbita e inesperadamente, de persona y de asuntos como le viene a su regalada, libertina y cáustica gana. Y si parece afirmar (no sólo con su constante repetir y repetir las escenas libidinosas y lo relativo a los genitales) que, en general, las actividades y el pensamiento del hombre giran en torno al sexo y al dinero, esto es tan reduccionista, vulgar y falaz como las numerosas falacias que plagan su novela.  
En sus múltiples digresiones y cambios de persona (a veces trata de que el lector se involucre o identifique con el “tú”, con el “usted” o con el “nosotros” o “nosotras”), Elfriede Jelinek se hace presente y mete su cuchara (“¡Sin duda los tres han sido hechos por un mismo Padre, pero han sido ideados por mí!”, dice en la página 209 sobre los protagonistas de su “sagrada familia” que se las da de “culta”: oyen música clásica y el niño estudia violín sin ningún entusiasmo y el coro de obreros de la fábrica es el hobby y la extorsión del director). Y a lo largo de las páginas la novela es tan endogámica, tan localista, que parece que la autora (acérrima, deslenguada y burlona misántropa) se limita a mirarse y fustigarse el ombligo y el sexo, así como se los mira y fustiga a sus congéneres y compatriotas austríacos, pues una y otra vez, además de comentar y contrastar ciertos usos, costumbres, hábitos, atavismos y circunstancias sociales y económicas de “los pobres” y “los ricos”, vierte o lanza ironías y puyas en contra de la familia, del hombre, de la mujer, de los turistas invernales, del deporte, de los deportistas, de los habitantes del pueblo, de la fábrica de papel, de los obreros y desempleados, de la destrucción de los ecosistemas y de los hábitats naturales, de la Iglesia, de la creencia en Dios, del gobierno, de Austria, del entorno socialcristiano y de todo aquello que se le atraviese. 
Elfriede Jelinek
En la violenta y expoliada aldea global, el país austríaco —donde proliferan los atavismos, los prejuicios y la moralina de la derecha y de la ultraderecha (con remanentes xenofóbicos y nazis)— es parte de la consabida y rancia cultura falocéntrica de Occidente en la que descuella un machismo tradicionalista, liberal o conservador más o menos predecible. Sin embargo, Hermann y Gerti están más allá de los parámetros “normales” donde el macho domina a la hembra, pues sus inextricables ataduras y confluencias sadomasoquistas y escatológicas se suceden en el marasmo de lo patético y lo patológico (ella “le pertenece de forma tan cotidiana como su orinal”, se dice en la página 125; y en la 159: “Esta mujer se ha convertido en su desagüe, se derrama en ella hasta que se desborda”; y en la 36: “La mujer se queda quieta como la taza de un retrete, para que el hombre pueda hacer su gestión dentro de ella. Él le aprieta la cabeza en la bañera, y le amenaza, con la mano enredada en su pelo, diciéndole que según se acuesta así se ama. No, llora la mujer, no hay amor en ella.”). A lo que se añade el visual y relevante hecho de que Hermann, el señor director de la fábrica (mandón, chantajista y manipulador como todo un patán reyezuelo de baja estofa), parece dibujado por un Priapo obsceno e insolente, pues además de que casi siempre está eréctil y se manosea (otrora iba al prostíbulo y ahora teme al SIDA y no usa condón), se la pasa haciéndoselo a su mujer o preparándose para ello o pensando, sediento, en hacérselo, como ni no hubiera otra cosa que hacer en el mundanal mundo inmundo, ni nada más importante que el sexo, de modo que hasta el latoso vástago le estorba. 


Elfriede Jelinek, Deseo. Traducción al español de Carlos Fortea. Colección Áncora y Delfín (1014), Ediciones Destino. 1ª reimpresión mexicana. México, 2004. 240 pp.    



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