domingo, 24 de agosto de 2014

Borges a contraluz



La memoria es una forma del olvido                

La argentina Estela Canto (1916-1994) —quien colaboró en la legendaria revista Sur y escribió relatos y novelas que ahora ya nadie o casi nadie lee ni recuerda— fue la fémina cuyo nombre Jorge Luis Borges inmortalizó al dedicarle, al término, su cuento “El Aleph”. En su libro de memorias Borges a contraluz (Espasa Calpe, Madrid, 1989), Estela Canto apunta que entre 1944 y 1952 fue amiga íntima de él, pero que su amistad se extendió hasta noviembre de 1985, que fueron las semanas previas a su último vuelo a Europa con María Kodama (Buenos Aires, marzo 10 de 1937), donde habría de morir en Ginebra el 14 de junio de 1986, poco después de su controvertido casamiento con ésta y de haberla nombrado heredera universal de sus derechos de autor y de la mayoría de sus bienes.
Borges y Estela Canto en el Jardín Zoológico 
(Buenos Aires, 1946)
En tales memorias, Estela Canto se propuso contar la historia de su encuentro y desencuentro con Borges, el relato de su amor frustrado. En este sentido, además de las imprecisiones en ciertos datos, de las ácidas alusiones y de las puntillosas crónicas, y de las benignas (o malignas) y divertidas anécdotas, bulle una mezcla de resentimiento y maledicencia en la manera en que acomete y traza sus recuerdos y conjeturas en torno al escritor (y su núcleo familiar), una especie de ajuste de cuentas con los involucrados en tal frustración y resquemor.
        Borges el memorioso dijo, mil y una veces, que “la memoria es una forma del olvido”, y las memorias de Estela Canto no escapan a tal definición. Y si aquél por antonomasia practicaba la conjetura en el diálogo y en los ámbitos literario, filosófico y metafísico, ésta lo hace para destazar y exponer al escrutinio público ciertos supuestos y conjeturales trasfondos de la vida personal, privada, psicológica e íntima de Borges.
         Pese a las no muy legibles fotos donde se ve a Borges paseando con Estela Canto (y otras más) y a la transcripción de 14 cartas manuscritas (en español o en inglés) que él le envió (signadas por su enamoramiento y la gestación de “El Aleph”), la mayoría en tarjetas postales, su libro es un anecdotario venenoso. Entre sus partes lúcidas descuella su crítica a la mitificación de la identidad argentina y del devenir histórico de su país, a los prejuicios y convenciones sociales y políticas de tal geografía, a ciertos acendrados atavismos como la discriminación racial, y al trasfondo de los ritos viriles y machistas implícitos en el culto a los cuchilleros y a los compadritos (a los que el Borges escritor fue proclive), y a la frustrada y traumática “iniciación” sexual del joven Georgie cuando su padre, en Ginebra, lo mandó a perder la virginidad con una furcia pagada por él (y de la que quizá era periódico cliente).
(Espasa Calpe, Madrid, 1989)
         Y al ocuparse de otras personas casi nadie se salva, dado que Estela la memoriosa abunda en chismes, indiscreciones y sarcasmos. De Norah Borges (1901-1998), la hermana del escritor, casada desde 1928 con el crítico español Guillermo de Torre (1900-1971), dice de ella, por ejemplo, que “Coloridas anécdotas circulaban sobre este desusado ser humano”. Sobre un dibujo donde Norah la retrató y que conservó, anota: “yo aparezco con una cara redonda (no es el caso) y la nariz de Guillermo de Torre (no es el caso)”. Al referir la injusta estancia de Norah en la cárcel del Buen Pastor, una prisión femenina, dice: “empleó las horas vacías retratando a rameras y ladronas, todas parecidas a Guillermo de Torre”. Y así más o menos por el estilo; por ejemplo, al narrar el anacronismo, la reticencia y los prejuicios de Borges al cortejarla; su inveterado y consabido terror al sexo; su incapacidad para entregarse a una mujer; el sometimiento al dictado de doña Leonor, su imperativa madre que empezó a dominar a los Borges (padre e hijo) a partir de que su esposo se fue quedando ciego (murió a los 64 años el 24 de febrero de 1938 y doña Leonor a los 99 el 8 de julio de 1975); sin faltar la crítica a las reprobables opiniones y posturas políticas de Borges a favor de los militares genocidas y golpistas (en Argentina y Chile) que lo alejaron para siempre del Premio Nobel de Literatura; más una serie de frivolidades en torno al prototipo de mujer que le atraía o cultivaba. Y entre otros cotilleos y supuestos que según Estela Canto le sirven para diseccionar y exhibir en canal los defectos y debilidades del escritor, también se esmera en referir sus limitaciones intelectuales y estéticas.
      
Estela Canto
((1916-1994)
     En el examen que Estela hace para explicar por qué resultó trunca la posible relación amorosa entre ella y Borges (a él le fascinó que hablara y citara en inglés), lo exhibe como un hombre que no era su tipo, al que nunca amó y que físicamente no le atraía y que se comportaba como un vil adolescente timorato e inseguro, no obstante que él tenía 45 años y ella 28: “Sus besos, torpes, bruscos, siempre a destiempo, eran aceptados condescendientemente. Nunca pretendí sentir lo que no sentía”. Pero además lo muestra castrado por su padre e irremisiblemente infeliz y sujeto al autoritarismo y a la perpetua sobreprotección y manipulación de su madre, a quien constantemente, cuando andaba de galanteo con ella, tenía que llamar por teléfono para informarle de lo que hacía, de sus pasos inmediatos y del sitio donde se hallaba (legendario es el episodio de la noche que un policía los detuvo y llevó a la cárcel por estar sin documentos en una banca del Parque Lezama y en una situación dizque “indecorosa”). Pero también hace con algunos de sus cuentos (“Funes el memorioso”, “El Zahir”, “El Aleph”, “La escritura del dios”, “La intrusa”) una serie de mínimas y superficiales especulaciones de tipo psicoanalítico donde engarza la trama del cuento en cuestión, con las supuestas circunstancias psicosexuales del eterno Georgie manipulado por su terrible y titiritera madre. Sin embargo, si en algunos de estos pasajes o ensayos breves Estela Canto parece lógica, persuasiva y convincente, no se puede disociar el tamiz y su encono; es decir, sus conjeturas están minadas, resultan falaces o parciales y tendenciosas y nunca pierden su naturaleza polémica, aún en datos elementales y nimios.
     
(FCE, México, 1987)
   Véanse algunos de estos. Según Estela, en 1913 los Borges se fueron a Europa para quedarse, “pero los motivos no se conocen”. Sin embargo, tanto el propio escritor en su Autobiographical Essay (The Aleph and Other Stories, Dutton & Co., 1970) —escrito en inglés para la revista The New Yorker (septiembre 19 de 1970) con el auxilio del norteamericano Norman Thomas di Giovanni (Newton, Massachussets, 
1933)—, como el uruguayo Emir Rodríguez Monegal (1921-1985) en Borges. Una biografía literaria (FCE, 1987) —la primera edición en inglés data de 1978—, esbozan los motivos del viaje a Europa realizado en 1914, no en 1913, y las causas que hicieron que se quedaran hasta marzo de 1921. Lo mismo ocurre cuando narra que Borges fue destituido de su miserable empleo en la Biblioteca Municipal Miguel Cané (donde trabajó nueve aciagos años, entre 1937 y 1946) y nombrado (para humillarlo) inspector de aves y conejos en los mercados municipales; o cuando relata que doña Leonor y su hija Norah cantaron el Himno Nacional y lanzaron invectivas contra el peronismo: Monegal cuenta una cosa y Estela Canto otra. En tal tenor, el sonoro matrimonio de Borges con la viuda Elsa Astete Millán (la pomposa ceremonia religiosa se efectuó en Buenos Aires el 21 de septiembre de 1967), para Estela Canto fue el resultado de una orden inapelable dictada por doña Leonor y las convenciones; y para Monegal fue una forma de rebelarse contra su propia madre (la cual, según el biógrafo uruguayo, había manifestado su desacuerdo diciendo que no “era la mujer adecuada porque no hablaba inglés”) y un intento de no perder la oportunidad de casarse de una vez por todas, pues no hacía mucho dolorosamente la había perdido ante su entonces joven colaboradora, amiga, entrevistadora, lazarilla y futura biógrafa María Esther Vázquez (Buenos Aires, 1937).
Borges y Estela Canto en La Costanera
(Buenos Aires, 1945)
         En su libro, Estela narra y enfatiza —apoyada por las cartas que Borges le escribió— que ella es la musa del “El Aleph”. Pero Monegal dice que “la verdadera musa es la Divina Comedia” —ver el Ficcionario (FCE, 1985) y su biografía— y que “la Beatriz del cuento está más relacionada con el estilo y la clase social de otra amiga de Borges, Elvira de Alvear” (1907-1959), mujer de la alta sociedad que lo visitaba en la Biblioteca Miguel Cané, a la que le prologó su poemario Reposo (Gleizer, 1934), que murió loca y a la que Borges le dedicó un poema que fue grabado en su lápida y que se lee en El hacedor (Emecé, 1960). Al respecto, Borges, falaz y lúdico, comentó en 1970 en su nota para The Aleph and Other Stories: “Algunos críticos [...] han descubierto a Beatriz Portinari en Beatriz Viterbo, a Dante en Daneri y el descenso a los infiernos en el descenso al sótano. Por supuesto, estoy agradecido por esos inesperados regalos. Beatriz Viterbo existió en realidad. Escribí el relato después de su muerte.” Pero según Estela no sólo tal cuento fue acuñado bajo la atmósfera mágica que sus seductores encantos propiciaron en Borges: “Al parecer, yo era entonces para él el eje del mundo. Me decía que El Aleph iba a ser el comienzo de una larga serie de cuentos, ensayos y poemas dedicados a mí”. Y que de entre todas las féminas que Borges conoció y se enamoró a lo largo de su vida (la mayoría platónicamente) sólo con ella “él había creído posible la felicidad del amor realizado”; no obstante, apunta: “Cuando me apretaba entre sus brazos, yo podía sentir su virilidad, pero nunca fue más allá de unos cuantos besos”.
       Amén de que sus anécdotas pueden contrastarse con lo que argumentan, reescriben y amplían varios biógrafos —sobre todo Edwin Williamson en Borges. Una vida (Seix Barral, 2004)—, el libro de Estela comprime una serie de hipótesis, omisiones, olvidos y desatinos que no se pueden tomar al pie de la letra; por ejemplo, dice que Jean de Milleret (1908-1980) intentó robarle el manuscrito de “El Aleph”, que ella tenía, pues según testimonia: “Él [Borges] vino a casa con el manuscrito garabateado, lleno de tachaduras, y me lo fue dictando a la máquina. El original quedó en casa y las hojas dactilográficas fueron llevadas a la revista Sur, donde se publicó el cuento”. Que dicho francés publicó en su idioma un libro de conversaciones con Borges “que pasó sin pena ni gloria”; libro de 1967 que Monegal cita y acredita en su biografía y en el Ficcionario, y que además fue traducido al español y publicado en 1971 por Monte Ávila Editores. Y al encontrar la oportunidad de blandir y correr la fulgurante daga en el cogote, alude al “crítico uruguayo, que iba a escribir un libro mal informado y farragoso sobre Borges” (obvia y visceral estocada a Monegal), a quien acusa de haberle pedido prestado el manuscrito de “El Aleph”, “según él, para ver la ‘escritura’”, pero que aleccionada por lo que le había ocurrido sólo le dio unas fotocopias del principio y fin del cuento, y que éstas “fueron publicadas en revistas universitarias de Estados Unidos”.

(El Colegio de México, 2da ed., México, 2008)
         Finalmente, en mayo de 1985, por un bonche de dólares Estela la memoriosa subastó, a través de la casa Sotheby’s de Nueva York, el celoso y codiciado manuscrito que no dejó que le robara ningún méndigo de poca monta y fue sonoramente adquirido por la Biblioteca Nacional de Madrid. Manuscrito cuya edición facsimilar la Universidad de Alcalá de Henares publicó en 1989, junto con el facsímil de la primera edición del cuento en la revista Sur (núm. 131, septiembre de 1945). Y El Colegio de México, en 2001, publicó una “Edición crítica facsimilar de Julio Ortega y Elena del Río Parra”, que además de la “Bibliografía” incluye un conjunto de breves “Lecturas” de Jorge Luis Borges, Emir Rodríguez Monegal, Roberto Paoli, Daniel Devoto, Maurice Blanchot, y Saúl Sosnowski.


Estela Canto, Borges a contraluz. Iconografía en blanco y negro. Colección Austral (93), Editorial Espasa Calpe. Madrid, 1989. 288 pp.



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